domingo, 30 de junio de 2013

Orbital - The Altogether (2001)



Resulta significativo el hecho de que en sus primeros cinco años como banda, los integrantes de Orbital publicaron cuatro discos de estudio más doce singles mientras que en los cinco siguientes, su producción se redujo a un sólo disco y cuatro singles más. “The Altogether” llegó un par de años después de “The Middle of Nowhere”, disco que, para muchos, supuso un paso atrás en la carrera del grupo y, por ello, era esperado con especial interés para comprobar si el anterior disco fue un bache aislado o, por el contrario, el comienzo de la cuesta abajo del dúo. Quizá para aliviar esa presión, los hermanos Hartnoll se hartaron de decir que el nuevo disco era un divertimento, un trabajo sin una idea central, sin continuidad entre las distintas pistas, etc.

En cuanto a la producción, se buscó una continuidad con trabajos anteriores y prácticamente repitió el mismo equipo que en el disco precedente. Se echa de menos la presencia de Alison Goldfrapp, vocalista excelente que le dio una personalidad muy especial a todos los temas anteriores del dúo en los que colaboró. Aunque el trabajo tuvo una edición doble con remixes y algún corte nuevo en el disco adicional (que, para muchos seguidores del grupo era superior al principal), nosotros nos vamos a centrar en el disco en sí, obviando el segundo CD de las ediciones especiales.



“Tension” – El disco comienza a toda velocidad, sin concesiones, con un ritmo frenético cuajado de efectos electrónicos y samples. Un tema bailable y directo en el que cuesta encontrar por algún lado la personalidad característica del grupo. Los hermanos Hartnoll fusilan melodías y estribillos del “Surfin’ Bird” de los Bananamen sin piedad y terminan por conformar un corte extrañísimo que deja al seguidor del grupo sumido en la confusión.

“Funny Break (One is Enough)” – Tras un corte más o menos brusco, continúa el disco con una composición más amable que la primera con un aire pop inocente y la voz de Naomi Bedford como elemento principal. Intervienen en el tema como músicos invitados: Michael Smith (saxo) y Dominic Glover (trompeta) en una pieza en la que sí que está presente el estilo de Orbital aunque no termina de enamorar.

“Oi!” – Volvemos a los ritmos más puramente bailables con el siguiente tema, bastante oscuro también y construido alrededor de una línea de bajo más bien simple que se ve envuelta en un ritmo tribal bastante machacón con ocasionales samples vocales y del saxo de Ian Dury.

“Pay Per View” – Los hermanos Hartnoll introducen un ritmo con lejanos elementos latinos en los teclados que supone un agradable cambio en el disco. El bajista Andy James tiene una participación importante en un tema que nos muestra bien a las claras los principales elementos que han definido el estilo de Orbital: sonidos limpios, ritmos bien construidos y una gran elegancia en todo lo que hacen. Con todo, nos parece un tema que no destacaría especialmente en otros discos del dúo aunque en el contexto en que aquí se encuentra, nos resulta bastante adecuado.



“Tootled” – El título hace referencia a un sample utilizado en la canción procedente del tema “Sober” de la banda de metal progresivo Tool. A partir del mismo, Orbital elaboran una pieza realmente simple con un ritmo monótono y poco elaborado. Incluso se echa en falta algo que suele estar presente en los trabajos de la banda como son efectos y arreglos interesantes.

“Last Thing” – Con este tema el album remonta el vuelo acercándose al nivel que uno espera del grupo. Escuchamos por fin esos “leads” tan característicos del dúo, con las particulares voces etéreas sobrevolando por todo el tema y un ritmo inteligente. El tipo de tema que cualquier aficionado al grupo esperaría encontrar en un nuevo disco.

“Doctor?” – Llegamos a nuestro corte favorito de todo el trabajo. Probablemente diga poco en favor de “The Altogether” el hecho de que éste sea una versión pero es que lo que consiguen los hermanos Hartnoll a partir de un clasicazo como la sintonía de la serie “Doctor Who?” escrita en 1963 por Ron Granier y considerada como uno de los temas pioneros en el desarrollo de la música electrónica. Su influencia fue enorme y, particularmente, siempre hemos encontrado algunos retazos de su estilo en las piezas más cósmicas de Vangelis, por ejemplo. El homenaje de Orbital actualizando la pieza es fantástico y justifica la aparición del disco en el blog.



“Shadows” – Definitivamente la segunda mitad del disco es muy superior a la primera y este corte es un buen ejemplo de ello. Con una melodía que nos recuerda por momentos a algunos fragmentos de “In Sides” (nuestro disco favorito de Orbital hasta la fecha) y un ritmo vivo y constante, “Shadows” consigue que nos reconciliemos con el dúo.

“Waving Not Drowning” – Quizá la pieza más sorprendente de todo el disco, con un comienzo guitarrero sobre el que se construye un “loop” que sirve de base para todo el tema, vamos asistiendo paulatinamente a la adición de continuos elementos que son, a su vez, replicados engrosando una tupida red de sonidos realmente curiosa y con un punto desconcertante. Conocida es la influencia de Kraftwerk en Orbital y desde ese punto de vista, podríamos considerar este corte como el homenaje del dúo a la etapa inicial de la banda de Düsseldorf, especialmente a sus dos primeros trabajos bajo el nombre de Kraftwerk.

“Illuminate” – David Gray es el protagonista absoluto del tema más convencional en un sentido pop de todo el disco. Una canción sin demasiadas pretensiones que más parecería un tema de Gray en el que Orbital ofician como invitados que lo contrario.

“Meltdown” – Terminando el disco encontramos el tema más largo y ambicioso del mismo. Como corresponde a un corte de más de diez minutos de duración, la evolución es constante aunque siempre dentro de un estilo electrónico destinado a la pista de baile con fragmentos algo más experimentales y ambientales intercalados entre los momentos más intensos. El segmento final, el más rítmico de todos, es también uno de los puntos culminantes del disco.


Las críticas a “The Altogether” fueron, en general, bastante negativas. No en el sentido de considerarlo un mal disco pero sí como uno de un nivel muy inferior al de los anteriores del dúo. El mayor pecado, probablemente, radica en que no existe una idea detrás del proyecto sino un conjunto de retazos sueltos que no llegan a formar un todo coherente. Hasta este momento, cualquier disco de Orbital era tan reconocible como inconfundible tras una sola escucha. Sin embargo, hay no menos de cinco cortes en este trabajo que podrían haber sido firmados por cualquier otra banda electrónica y eso, que es algo que se le podría perdonar a un grupo principiante, es un lastre importante para un grupo de tanto peso como el que tenía Orbital en aquel momento. Especialmente ácidas fueron las críticas a la inclusión de “Illuminate”, canción que no encajaba en absoluto con el perfil del dúo y en la que, además, el vocalista era el cuñado de los hermanos Hartnoll. Afortunadamente, no todo en el disco es tan flojo y hay momentos verdaderamente notables de entre los que destacamos, una vez más, la versión de la sintonía de “Doctor Who”, absolutamente magnífica. Como siempre, podéis adquirir el disco en los siguientes enlaces:

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Os dejamos con el videoclip de "Illuminate":

miércoles, 26 de junio de 2013

Wally Badarou - Words of a Mountain (1989)



Apostaríamos sin dudarlo doble contra sencillo a que para una gran mayoría de gente, incluyendo muchos que se tienen por melómanos, el nombre de Wally Badarou no les dice absolutamente nada. No pretendemos dárnoslas de enteradillos o presumir de conocer a un músico de esos a los que nadie conoce ya que nosotros nos encontraríamos dentro de esa extensa mayoría de no ser por una composición concreta que escuchamos hace mucho tiempo y que sólo años después supimos que tenía a Badarou como autor.

Badarou nació en París de padres africanos aunque a los 7 años regresó por un tiempo a Benin, patria de sus mayores, donde vivió un tiempo. En ese país, sus padres (cirujano y pediatra respectivamente, formados en Francia, tenían una posición desahogada con lo que en su infancia, Wally fue un auténtico privilegiado que tuvo acceso a todas las comodidades que se podía permitir alguien en la Benin de los años sesenta, incluyendo un piano que sus padres regalaron a su hermana pero del que fue Wally el mayor usuario. En poco tiempo, Badarou padre fue ascendiendo de Ministro de Salud a Ministro de Asuntos Exteriores terminando como embajador en París, Londres Y Madrid. Así, el joven Wally regresó a la capital francesa a estudiar. Es probablemente esta formación la que lo hizo alejarse de la música tradicional de su continente pero tampoco llegó a adoptar estilos academicistas europeos. Comenta Wally: “Yo vengo de una mezcla de ambientes. No vengo de un solo país, o pertenezco al mundo antes que sólo a África. Se que seré rechazado por los racistas en Europa y por los auténticos nativos en África”.

El interés académico por la música fue espoleado por su completa animadversión a las matemáticas. La mejor forma que se le ocurrió para estudiar sin tener que cursar asignaturas convencionales fue esta pero tampoco parecía por aquel entonces que su futuro fuera a estar ligado a la música de forma profesional, aunque el hecho de saber tocar varios instrumentos, le facilitó el paso por el ejército en el servicio militar, periodo en el que militó en distintos grupos musicales. Comenzando a tocar muy influido por Chick Corea o Joe Zawinul. Al final de su etapa en el ejército abandonó la música para estudiar derecho. Tenemos así a un joven acomodado que no tenía muy claro lo que quería hacer con su vida (de hecho, después confesó que su verdadera vocación era la de piloto de aviones) y que podría haberse dedicado sin problema al “dolce far niente” de no ser por un detalle: el padre de Wally no estaba dispuesto a criar vagos y no le iba a subvencionar sus caprichos a menos que hiciera algo para ganarselo. Así, para sacarse un dinerillo, Badarou tocaba con distintos grupos como músico de sesiones. En uno de esos conciertos, con el grupo “Pi ¾” trabó amistad con el bajista que resultó ser hijo de un directivo de la discográfica Barclay. La banda, de vida efímera, llegó a publicar alguna cosa en el sello antes de la desbandada pero el talento de Wally llamó la atención del sello que lo fichó como músico de estudio. A partir de ahí, se fue haciendo un hueco en la industria participando como teclista en el “hit” “Pop Musik” del grupo “M” (alabado por Brian Eno o David Byrne, por ejemplo) y, sobre todo, participando en la fundación de “Level 42”. Es muy curiosa la historia de Badarou con este grupo ya que estuvo presente en su creación, el casi todos sus discos, interpretó teclados e incluso compuso algunas canciones pero nunca fue miembro oficial de la banda. El siguiente paso en su carrera surge de su asociación con Grace Jones de la mano del fundador de Island Records, Chris Blackwell. La principal consecuencia de esto fue que Wally tendría a su disposición un estudio de grabación que se contaba entre los más importantes del mundo, dotado con los sintetizadores y equipos más modernos con los que grabó alguna banda sonora de cierta repercusión y su disco “Echoes” con éxitos como “Chief Inspector” (muy influido por el Herbie Hancock de aquella época) o “Hi Life” (de aires y ritmos más africanos).

Llegamos así al disco que hoy nos ocupa para el que Badarou contó con el más moderno modelo de Synclavier, ordenadores MacIntosh y los últimos aparatos salidos de las factorías de Roland o Yamaha. La principal inspiración para la grabación fueron las montañas y, aunque el disco es instrumental, cada tema está relacionado con un poema de Mariane Faithfull.

Badarou trasteando con uno de sus juguetes

“Leaving this Place” – El breve poema que lo inspira reza: “going through a door / a change / of conciousness / a different law”. Se trata de un tema de piano muy suave arropado por sintetizadores de un modo muy tenue. Escribe Wally en el libreto que no es un piano real sino un Roland MKS-20 interpretado a través del controlador de su Synclavier. El corte, muy agradable tiene un gran sabor a “new age” ochentera aunque está bien construido y no cae en la mediocridad de muchos ejemplos del género sería ese tipo de “new age” que se publicaba en Windham Hill, Narada o Private Music, diferente de la que se vendía como remedio curativo para cualquier tipo de enfermedades y cuyo valor musical era, habitualmente, nulo.

“The Dachstein Angels” – “Delight in life / a play and open heart / day and innocence play / a simple part” es el texto de la Faithfull escogido para la ocasión. Con una serie de sonidos y efectos usados hasta la saciedad en el género “new age” comienza un corte que no parece demasiado prometedor aunque esa impresión es volteada súbitamente instantes después cuando el tema de transforma en uno maravilloso de esos que nos deja sin habla. No tarda en aparecer un alegre ritmo festivo de aire clasicista a base de cuerdas sintéticas que pronto se ve acompañado por samples vocales interpretando una melodía absolutamente arrebatadora que se repite una y otra vez y que se parece destinada a permanecer en la memoria del oyente para siempre, reapareciendo cuando uno menos se lo espera. Es ya un tópico pero este es uno de esos temas cuya sola presencia justifica sobradamente un disco.




“Vesuvio Solo” – Explica Wally la composición como la historia de un mirlo que sobrevuela el monte Vesubio justo antes de la erupción del año 79 de nuestra era. “Blackbird / little secret blackbird / the conscience of Vesuvio” son los versos escogidos para describir la pieza que consta de tres partes distintas. En palabras de su autor, la primera muestra al pájaro en el bosque, la segunda con el ave elevándose hasta la cima del volcán y cantando sobre ella el solo del título. La tercera pretende reflejar la avalancha que sucedió a la erupción. En lo musical, el primer tercio nos muestra ese vuelo con arpegios revoloteantes que saltan de uno a otro canal del estereo de modo constante. En la parte del canto intervienen muchos nuevos sonidos confiriendo a la pieza un aire clasicista muy atractivo a ritmo de tango lento.

“Mt. Fuji and the Mime” – Según Wally, este es uno de los trabajos más complicados del disco en cuanto a tímbrica y elaboración sonora. La síntesis FM  tiene una dificultad superior a otros tipos de síntesis y provoca esta clase de complicaciones, afinaciones “de oído” para introducir errores que corrijan la exactitud de los sonidos que resultan tan artificiales, etc. El texto escogido es realmente extraño y difícil de interpretar: “hermaphrodite young / silent / frenzied frenzy / poles of a pulstar / one, mount Fuji / one, the mime / connected by energy electric / looking like calligraphy”. La música, sin embargo, no lo es tanto: sonidos que evocan tierras orientales y un ritmo vivo en la primera parte para pasar a formas más ambientales en la segunda. Algo tópico todo ello pero se deja escuchar.

“Wolves in the Urals” – Del monte Fuji pasamos a los Urales y a su fauna. “Black sky at night / full of stars and very very cold / the wolves / proud and contemptuous / hungry and in need” es el texto inspirador de la pieza, la favorita de entre todas las del disco para el propio compositor quien narra en el libreto cómo toda ella está construida a partir de un sólo sonido del Yamaha TX816. Wadarou es absolutamente meticuloso en su trabajo y como prueba, nos cuenta que un efecto de viento que suena a mitad de la pieza es viento real pero reforzado con ruido blanco de modo que pudiera tener una especie de diapasón para poder modificar el sonido y hacer que el viento cante.

“The Feet of Fouta” – Como ocurre con muchos músicos (Olivier Messiaen es, quizá, el más conocido de ellos), Wally Badarou tiene es sinestésico, en su caso, percibe y relaciona melodías con colores. De ese modo, esta pieza dedicada a un monte africano sería de color naranja, tonalidad que aparece mencionada en el poema que la inspira. “green rain / the mist is very wet / fast into orange / red hot heat / dance dance / celebrating the rain in gratitude”. El ritmo lo aprovechó de un descarte de la banda sonora de “El Beso de la Mujer Araña” dotándolo de una nueva melodía que refuerza la conexión africana de toda la pieza.

“A Horn for Lake Powell” – Además de montañas, hay sitio en el disco para otro tipo de accidentes geográficos como sería el lago de Arizona que inspira la siguiente pieza: “very still blue water / mutual arising / red peaks, to look like orgen pipes / dive underwater / mystery beauty and depth / impermanent / illusory horns of safety and strenght” dice el poema escogido para ser ilustrado por esta composición en tonos azul oscuro y verde según Badarou. Tenemos un problema con los músicos que basan su sonido en síntesis FM y en el uso del Synclavier y es que todos nos terminan sonando muy parecidos. Hay mucho en este disco del Lito Vitale de su disco “En Solitario” en cuanto a tímbrica pero también de Morton Subotnik por citar los dos primeros ejemplos que nos vienen a la mente.

“Ayers Rock Bubble Eyes” – De Estados Unidos saltamos a Australia con un corte más ambiental si cabe que el resto, lleno de sonidos de la naturaleza (grillos, pájaros...) que, sorprendentemente, no son samples digitales sino que están creados uno por uno por Wally. No hay demasiadas sorpresas a estas alturas y el tema transcurre por caminos que hace años nos podían parecer nuevos e interesantes pero hoy suenan trillados. Los versos de Marianne Faithful que sirvieron como referencia narrativa son: “intense heat causes sparkle / another sun has a pulse / heart beat, sun beat / seeing through cool rock as if it were a bubble / landing flat as it goes dark / that’s what any bubble would do / wouldn’t it?”

“Words of Grace” – Cerrando el disco, Wally vuelve de manera intencionada a un corte similar al primero en el que un sonido electrónico sustituye al piano pero mantiene el mismo espíritu. Se trata, además, de una de las melodías más inspiradas del trabajo, delicada, fragil y evocadora. Una pequeña joyita que nos deja un inmejorable sabor de boca. El texto que la acompaña en el libreto: “Back through the doorway / home full of space / who undestands? / who wants to? / Accept the grace”




Si en este disco no se encontrase la composición “The Dachstein Angels” estamos absolutamente convencidos de que jamás habríamos sabido de su existencia. Incluso después de tenerlo y haberlo escuchado varias decenas de veces en todos estos años creemos que sin el mencionado tema, el disco sería uno más en nuestras estanterías y rara vez le dedicaríamos atención y esto sucede, principalmente, porque el resto del disco no está a la altura de la pieza estrella del mismo, una de las más bellas que el mundo de las llamadas “nuevas músicas”, música “new age” o la denominación que queramos darle a estos estilos nos ha regalado en todos estos años. Escuchadla si podeis porque estamos seguros de que os hechizará. Sólo en ese caso recomendamos profundizar en el disco aunque siempre teniendo claro que no hay otra pieza igual. No es sencillo comprar “Words of a Mountain” hoy en día a buen precio pero os dejamos algún enlace:

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miércoles, 19 de junio de 2013

Steven Wilson - The Raven That Refused to Sing (and Other Stories) (2013)



Un nuevo disco de Steven Wilson es un acontecimiento que hay que dejar reposar un tiempo, saborearlo poco a poco antes de emitir un juicio sobre él ya que es tal la cantidad de matices y sensaciones nuevas que nos descubre cada escucha que una crítica precipitada estaría condenada a quedar incompleta. Por ello, hemos esperado casi cuatro meses desde su publicación para dedicarle una entrada que no podía faltar por aquí.

Según él mismo confiesa, su intención tras publicar “Grace for Drowning” en solitario y “Welcome to My DNA” con Blackfield en 2011 era dedicar parte de 2012 (el tiempo que le dejaban todos sus proyectos) a preparar un nuevo disco de Porcupine Tree pero como tantas veces sucede, los planes que tenemos no tienen nada que ver con lo que más tarde hacemos en realidad. No sabemos cuál fue el detonante de su decisión pero lo cierto es que lo que hizo el músico británico fue preparar un nuevo trabajo en solitario en lo que parece que va a ser la orientación de su carrera en los próximos años, rompiendo poco a poco los lazos con sus otros proyectos.

Para la grabación de “Grace for Drowning”, Wilson se rodeo de un grupo de músicos de excepción, cada uno con sus bandas y proyectos personales por lo que, a la hora de organizar una gira de conciertos, se vio obligado a formar una banda completamente nueva para acompañarle. Fue esa interacción con sus nuevos compañeros la que inspiró el nuevo trabajo en el que nuestro protagonista iba a dar un paso más allá en su estilo, por difícil que parezca en un artista que ha tocado todos los palos posibles en los últimos años. Una de las grandes ventajas de ser Steven Wilson es que puedes llamar a cualquier puerta hoy en día y ésta se te abre inmediatamente. Así, pudo conformar un grupo de músicos de un nivel excepcional para acompañarle en sus conciertos y convencer a la mayoría de ellos para que participasen en la grabación y posterior gira del que sería su nuevo disco. Para la primera parte del tour de “Grace for Drowning”, Wilson reunió al teclista Adam Holzman, el guitarrista Aziz Ibrahim, el batería Marco Minnemann, el bajista Nick Beggs y el flautista Theo Travis siendo reemplazado Ibrahim por Niko Tsonev en la segunda mitad de la gira. Parece que el puesto de guitarra era el que más dudas suscitaba a Wilson puesto que para la grabación del siguiente disco de estudio, que llevaría el título de “The Raven that Refused to Sing (and other stories)” se incorporó Guthrie Govan repitiendo el resto de la banda de la gira. Repasar la trayectoria de los músicos participantes en el disco, nos da una idea de los derroteros por los que va a discurrir el disco. Comenzamos por Holzman, de quien se podría afirmar que dio sus primeros pasos profesionales de la mano de un tal Miles Davis en su controvertido disco “Tutu” (1986). Tras ello, perteneció durante un tiempo a la banda del trompetista. Casi todo su desempeño posterior se ha desarrollado en estilos cercanos al jazz-fusión y al funk. Marco Minnemann es uno de los baterías más interesantes del momento y su producción discografica, así como la cantidad de proyectos en los que está implicado son comparables a los del propio Wilson. Siempre se ha movido por caminos cercanos al rock progresivo pero no ha hecho ascos a otros estilos como el trash metal o el death metal. Nick Beggs procede de un campo absolutamente diferente al de los dos anteriores músicos como es el del tecno-pop y la new wave (fue miembro de los Kajagoogoo de Limahl) y casi todas sus colaboraciones con otros músicos se movían en esos estilos aunque en los últimos años se acercó al rock progresivo colaborando con Steve Howe o Steve Hackett antes de incorporarse a la banda de Wilson para la grabación de “Grace for Drowning”. Recientemente se ha anunciado su incorporación a The Pineapple Thief. Theo Travis es quien requiere de menor presentación para los seguidores de Wilson ya que ha colaborado en buena parte de los proyectos de éste, desde Porcupine Tree hasta No-Man, pasando por Bass Communion. No podía faltar en el disco y su presencia es notable. Por último, aunque no menos importante por ello, tenemos a la más reciente incorporación de la banda en la figura del superdotado Guthrie Govan, virtuoso de la guitarra, que ya hacía sus pinitos con sólo tres años a partir de las enseñanzas básicas de su padre. Con el tiempo se ha convertido en una referencia en su instrumento a pesar de que se dedica más a la vertiente didáctica del mismo que a la profesional.

La temática del disco es oscura y cada canción es un relato de terror con tintes sobrenaturales que van desde historias de fantasmas en la carretera, mendigos que vuelven de la muerte (o que se niegan a morir), un anciano relojero que mata a su esposa y la entierra en su taller o un personaje que espera a que llegue la muerte precedida del canto de un cuervo que se niega, precisamente, a cantar y a liberarle de la pesada carga de la existencia. Todo con un ambiente que recuerda por fuerza a los relatos de Edgar Alan Poe (el cuervo del título es un referente innegable).



“Luminol” – El primer corte del disco fue presentado ya durante la gira de “Grace for Drowning” y era uno de los grandes momentos de aquellos conciertos. Una poderosa línea de bajo es la que marca el comienzo de la pieza que es un largo desarrollo instrumental con la batería dando una réplica perfecta a Beggs y la flauta dibujando arabescos por doquier. Una súbita intervención vocal en un estilo que recuerda mucho a  Yes marca un primer cambio antes de que aparezcan los teclados y nos sumerjan en un auténtico estallido de jazz-rock con elementos progresivos de tintes épicos. Tras la extensa introducción llega la calma y entramos en un pasaje de tintes “floydianos” con la voz de Wilson respaldada por los coros y la flauta de Travis combinada con sonidos de mellotron. El piano de Holzmann pone la nota jazzistica en este segmento con una clase indiscutible. La tercera parte de la pieza llega tras una intensa transición de mellotron en la que reconocemos al Wilson al que estábamos más acostumbrados antes de cerrar con un impresionante sólo de guitarra y un regreso a los sonidos y ritmos del comienzo.

“Drive Home” – Con el segundo corte del disco se produce el primer cambio radical en el mismo. Pasamos de una música desatada e incontenible a una balada mucho más calmada y con un estribillo típicamente “wilsoniano”. Estamos ante una canción que podría haber pertenecido a cualquier trabajo de Porcupine Tree. Los arreglos de cuerda presentes en toda la pieza son realmente magistrales y la guitarra de Govan suena maravillosamente bien en todo el tema, especialmente en los minutos finales en los que tiene libertad para explayarse a sus anchas. Una delicia.

“The Holy Drinker” – Nuevo giro de tuerca en el disco con un corte misterioso, introducido por teclados llenos de reverberación que casi nos predisponen para vivir una pesadilla. Aparecen entonces bajo y batería acompañando a una guitarra que va por libre hasta la aparición del inquietante saxo de Travis. Con la llegada del mellotron ya tenemos a todos los invitados a la fiesta. Cambio de ritmo, sonido de órgano marcando la pauta y primera intervención de Wilson como vocalista en el tema. A partir de ahí, entramos nuevamente en un desarrollo clásico en su autor con cantidad de nuevos motivos apareciendo y desapareciendo a cargo de todos los instrumentistas, influencias de todo tipo se mezclan en una amalgama brillante que no deja ningún respiro al oyente hasta el final cuando nos sorprenden de nuevo con un estallido de ritmo y energía justo tras un tramo relajado que hacía presagiar que todo iba a terminar ahí.

“The Pin Drop” – El corte más breve del disco es también el más flojo en nuestra opinión, lo que no significa en modo alguno que sea malo. Afortunadamente, cuando hablamos de músicos como Wilson, hasta sus temas más anodinos rozan el notable y en esta ocasión nos quedamos con sus coros (excelentes como de costumbre) y las impresionantes intervenciones de Govan, soberbio en todo el disco.

“The Watchmaker” – Contrastando con el resto de canciones, el penúltimo corte del disco tiene una largísima introducción a base de guitarras acústicas y flauta principalmente que ocupa un tercio de la pieza. A partir de ahí entramos en una sección que se nos antoja muy crimsoniana con el precioso sonido del mellotron llenando todos los huecos del tema y un magnífico desempeño rítmico. Volvemos a los sonidos acústicos (guitarra y piano) mediada la pieza para arropar la voz de Wilson antes de llegar al cierre con ese mellotron que no nos cansamos de escuchar.

“The Raven that Refused to Sing” – La última canción del disco tiene un tono de réquiem desde los primeros instantes, con Wilson declamando con un hilo de voz y el único acompañamiento de un piano. Más tarde aparecen sonidos electrónicos en segundo plano. Poco a poco, casi sin darnos cuenta, la canción va evolucionando, ganando en intensidad, añadiendo nuevos elementos en un crescendo continuo. Tenemos un pequeño descanso en la parte central con un aire ligeramente ambiental en el que creemos notar la presencia de Eno y Fripp antes de la aparición de la batería y el bajo culminando una pieza excelente que termina en lo más alto. Cerca de las estrellas, como rezaba el título del clásico programa deportivo.




“Grace for Drowning” y “The Incident”, los últimos trabajos de Steven Wilson y Porcupine Tree respectivamente fueron discos dobles. “The Raven...” sin embargo, no llega a la hora de duración. Creemos encontrar en este dato una búsqueda de una mayor concreción por parte de Wilson, un uso más intensivo que extensivo de las ideas que redunda en una mayor elaboración si cabe, en un músico que ya es epítome de la meticulosidad y el detallismo en el trabajo. Creemos que, sin ser superior por ello a sus discos anteriores, el último disco de Wilson es más maduro y nos hace esperar grandes cosas del músico, especialmente ahora que parece haber recortado drásticamente el número de proyectos simultáneos a los que dedicar su tiempo.

Hemos dejado para el final la mención del que quizá sea el participante más ilustre en el disco: nada menos que Alan Parsons quien vuelve a ocupar el puesto de ingeniero de sonido de un disco ajeno por primera vez desde “The Year of the Cat” de Al Stewart en 1976. Parsons es uno de esos nombres que figuran con letras de oro en la historia de la música popular por su participación en varios discos fundamentales como “The Dark Side of the Moon” o “Abbey Road”, al margen de sus trabajos en solitario o con el Alan Parsons Project. Es revelador que Wilson recurra a él cuando él mismo es uno de los más destacados en ese mismo terreno como demuestran sus constantes remasterizaciones de clásicos del progresivo de King Crimson, Jethro Tull o ELP. Tanto Wilson como Parsons se han deshecho en elogios mutuos durante la grabación del disco y eso dice bastante del mismo.

Sabida es nuestra admiración por Wilson por lo que no podemos dejar de recomendar la adquisición del disco:


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Nos despedimos con "Luminol" en directo:

domingo, 16 de junio de 2013

Michael Hedges - Aerial Boundaries (1984)



Hace un tiempo leímos una crítica sobre el disco que hoy tratamos aquí que comenzaba de la siguiente forma: “Sgt.Pepper, Kind of Blue, Aerial Boundaries”. Al margen del punto de exageración con conlleva una comparación así, lo cierto es que alrededor del que fue segundo disco de estudio del guitarrista Michael Hedges ha ido creciendo un aura de leyenda que lo sitúa como uno de los hitos fundamentales en esa categoría tan relegada hoy en día como imprecisa que fue la música “new age”.

La historia de Hedges no se sale de lo convencional y sus primeros pasos son comunes a una miriada de artistas al margen del género que practiquen: cursó estudios académicos de música en su California natal, se especializó en un instrumento y una vez culminada esa etapa comenzó a buscarse la vida tocando aquí y allá. Hedges era un guitarrista zurdo pero tocaba guitarras normales “para diestros”. Es probable, sin embargo, que esa particularidad suya le llevase a huir de las afinaciones convencionales y, poco a poco, fue profundizando en su forma de tocar combinando todas las técnicas que su curiosidad le llevó a investigar e inventando, de paso, algunas nuevas. Su influencia y magisterio sobre otros guitarristas de cualquier género fue importantísima y artistas de todo tipo como Pete Townsend, Steve Vai o Satriani se deshacen en elogios cada vez que hablan de Hedges. Su campo se redujo fundamentalmente a la guitarra acústica pero su habilidad conseguía arrancarle registros verdaderamente abrumadores al instrumento.

Hedges con una de sus peculiares variantes de guitarra.

Randy Ludge era el propietario del New Varsity Theatre en Palo Alto, California. Cuenta cómo una tarde se le acercó un joven melenudo con la guitarra a cuestas y le dijo:

-         “He oído que este el sitio al que hay que acudir para tocar en Palo Alto” .
-         “Quizá. ¿qué tipo de música tocas?”.
-         “bueno, no me centro en un estilo determinado pero me gusta mucho Neil Young”.
-         “Ya. Tenemos mucha gente ya que toca cosas de Crosby, Stills, and Nash. Realmente no nos interesa otro más así”.
-         “¿Cómo te gustaría que sonase?”
-         “Si me dijeras que suenas como William Ackerman o Alex DeGrassi llamarías más mi atención”.
-         “Ya veo. Volveré mañana”.

Al día siguiente, Hedges se presentó con una maqueta que había grabado esa misma noche. Randy alucinó con lo que ahí sonaba y le dijo que podía tocar en el teatro siempre que quisiera, las veces que quisiera. La noche siguiente tuvo lugar la primera de las actuaciones de Michael.

Poco después de esto, Randy coincidió con William Ackerman, fundador del sello Windham Hill, y le dijo “te invito al cine y después a cenar si vienes un día al teatro a escuchar a este tipo”. Ackerman aceptó pensando que “una película y una cena siempre están bien” aunque no esperaba demasiado del concierto porque escuchaba recomendaciones de ese tipo a diario. Mientras escuchaba tocar a Hedges, Ackerman quedó tan sorprendido que de manera inmediata comenzó a redactar allí mismo, lo mejor que supo, el que sería el primer contrato discográfico de Michael Hedges. Su maestría con la guitarra hizo que el instrumento se le quedase pequeño y experimentó con todo tipo de invenciones, añadiendo cuerdas, variando afinaciones (de hecho, casi nunca tocaba con una afinación tradicional). Lo primero que uno se pregunta escuchando al músico es si realmente sólo hay una persona tocando; el empleo de técnicas como el tapping, el uso de la caja de la guitarra como un instrumento de percusión más y muchas otras innovaciones convirtieron a Hedges en una referencia fundamental en su instrumento.

Versión perfeccionada de la anterior.

Hoy nos encargamos del que fue el segundo LP del guitarrista, aquel sobre el que existe un cierto consenso a la hora de reconocerlo como el mejor de los que grabó nuestro protagonista de hoy. En su grabación intervienen sólo tres músicos: el propio Michael Hedges a la guitarra acústica y el bajista Michael Manring y la flautista Mindy Rosenfeld, esposa del guitarrista en aquellos años como apoyo en dos de los cortes.

“Aerial Boundaries” – Un ritmo pulsante muy propio de su admirado Steve Reich abre el disco sirviendo de preludio a un intrincado tapiz de melodías que se mezclan continuamente sin que consigamos saber dónde acaba una y empieza la siguiente. Hedges se convierte en una orquesta de un solo hombre cuya paleta de sonidos no parece tener límites.

“Bensusan” – Algo más convencional que el anterior es el segundo corte del disco sin que ello reste complejidad a su ejecución. Sí que hay una estructura más sencilla en su construcción lo que nos acerca a la música del propio William Ackerman, más asequible en todos los aspectos. A través de las notas de la guitarra de Hedges se filtra una melodía que se nos antoja enraizada en un folk muy propio de las producciones de Windham Hill de la época.

“Rickover’s Dream” – Quizá el corte más puramente “new age” del disco, muy pausado, relajante y evocador de grandes paisajes y espacios abiertos. Si el sello de William Ackerman llegó a construir un sonido propio que llegó a convertirse en imagen de marca, fue gracias a composiciones como esta y es que Hedges fue, junto a George Winston, el estandarte fundamental del sello en sus inicios.

“Ragamuffin” – Prosigue el disco en una línea muy similar con otra pieza maravillosa en la que el virtuosismo de la interpretación es tal que no nos damos cuenta, lo que a nuestros ojos es una gran virtud. Es fácil exhibirse con veloces solos de guitarra, con los dedos subiendo y bajando por el mástil más rápido que el ojo y todas esas cosas que tantas veces hemos visto hacer a muchos “guitar heroes”. Lo complicado, probablemente, sea tocar como lo hace aquí Hedges.




“After the Gold Rush” – Introduce aquí el músico su particular homenaje a su admirado Neil Young con esta versión del tema central del disco homónimo del guitarrista y cantante. Adopta aquí Hedges un papel secundario y le cede al soberbio bajo de Michael Manring todo el protagonismo melódico y ambos completan una versión excepcional de un tema que, curiosamente, en su versión original era básicamente para piano y voz sin guitarra alguna.

“Hot Type” – El corte más breve del disco es también el que nos muestra la cara más exhibicionista de Hedges que aplica toda su técnica a una pieza extraña llena de golpeos en la caja de la guitarra, armónicos, sonidos de bajo (recordemos que en ocasiones tocaba una guitarra con cuerdas adicionales para reforzar las tesituras más graves). Una rareza que no molesta en absoluto.

“Spare Change” – Continuando con la vertiente más experimental del disco, llegamos a esta auténtica maravilla en la que un Hedges inspiradísimo utiliza el tapping para construir una red de sonido que sostendrá todo el entramado de la composición (volvemos a la influencia de Reich). A partir de ahí, emplea todo tipo de efectos y distorsiones para arrancar a su guitarra sonidos nuevos (recordemos que durante su formación, experimentó con la música electrónica y se hizo un experto en este tipo de tratamiento sonoro).




“Menage a Trois” – El corte más largo del disco incorpora también a los músicos invitados, Manring, en su segunda aparición y Mindy Rosenfeld a la flauta. No es, a nuestro juicio, lo más interesante del disco a pesar de la excelente labor, como siempre, de Hedges a la guitarra y es que, cuando un músico tiene las capacidades de nuestro protagonista, apetece más escucharle sin ningún tipo de acompañamiento por muy bueno que este pueda ser. No se trata de minusvalorar el trabajo de Mindy (de hecho es una reputada intérprete fogueada en importantes formaciones especializadas en repertorio renacentista) pero los mejores momentos del tema son los dúos entre la guitarra y el bajo.

“Magic Farmer” – Cierra el disco Hedges de nuevo en solitario con un tema propio que en su inicio homenajea de nuevo a Neil Young con una breve cita al corte anteriormente revisado. Se trata de un final tranquilo y sumamente apropiado para despedir un disco fantástico en el que no hay ninguna composición de esas que nos atrapan inmediatamente y que no podemos dejar de tararear pero que, a cambio, nos regala una colección de músicas profundas, evocadoras y llenas de sensibilidad y que, al contrario de lo que ocurre a menudo con piezas como las anteriores, seguimos recordando aunque hayan pasado casi 30 años como es el caso.


Michael Hedges falleció en un accidente de tráfico en 1997, cuando sólo tenía 43 años dejando seis discos de estudio y uno en directo, un bagaje que sabe a poco habida cuenta de la excepcional categoría del músico en su doble vertiente de compositor e intérprete. Si buscáis un guitarrista diferente a lo habitual, no podéis dejar de escuchar este disco. Podeis adquirirlo, además, en cualquiera de los siguientes enlaces:

amazon.es

play.com

Como despedida, os dejamos con Hedges en directo tocando, nada menos que "While My Guitar Gently Weeps" de los Beatles.

miércoles, 12 de junio de 2013

Uakti - I Ching (1993)



En la mitología de la tribu de los tucanos, localizada alrededor de la frontera entre Brasil y Colombia existe un extraño ser, cuyo cuerpo está lleno de agujeros. Cuando el aire pasa a través de ellos, suenan extrañas melodías que le sirven para hechizar a las mujeres de la tribu. Hartos de la situación, los hombres tucanos dieron caza al monstruo, lo mataron y lo enterraron. Con la madera de los árboles surgidos de su tumba, los indígenas fabrican flautas por lo que el espíritu de Uakti sigue vivo a través de los tiempos.

Los tucanos tienen otra particularidad notable y es que todos los miembros de la tribu son capaces de hablar varios idiomas debido a que tienen prohibido desposar a una mujer que hable su mismo lenguaje (lo que sería algo parecido al incesto). Por ello, existe un idioma tucano, que hablan todos los hombres, y multitud de idiomas diferentes, que emplean las mujeres. Esta suerte de multiculturalismo y la leyenda de Uakti explican muy bien la propuesta musical que hoy vamos a glosar.

Marco Antonio Guimaraes es un violonchelista brasileño de formación clásica que a finales de los setenta era miembro de la Orquesta Sinfónica de Sao Paulo y de la de Minas Gerais. Nuestro protagonista había estudiado con Walter Smetak, un personaje sorprendente, luthier, músico e inventor, este suizo, afincado en Brasil fue una gran influencia para músicos brasileños como Gilberto Gil o Caetano Veloso en lo sesenta. Smetak fabricaba sus propios instrumentos y contagió esa pasión a Marco Antonio que comenzó a construir una pequeña orquesta de artefactos elaborados a partir de tubos de PVC, trozos de madera y metal, etc. Estos instrumentos eran diseños propios o adaptaciones de inventos de Smetak. Básicamente se trataba de tres familias: instrumentos de arco, percusiones (basadas en la marimba, principalmente) y una especie de raros órganos compuestos de tubos de PVC afinados en diferentes tonalidades que se hacen sonar golpeando las bocas de los mismos con una especie de espátulas o con las propias manos. Con este particular combo instrumental y ya como Uakti,  participaron en el disco “Sentinela” de Milton Nascimento y poco después publicaron su primer disco propio con composiciones de Guimaraes y una formación integrada por Paulo Sergio Santos y Decio da Costa Ramos (percusión), Artur Andrés Ribeiro (flautas) y Claudio Luz do Val (cello). A finales de los ochenta, la fama del grupo comenzó a extenderse y empezaron las colaboraciones con estrellas internacionales (Manhattan Transfer, Paul Simon...) y a raíz de ellas llamaron la atención de Philip Glass. Para entonces, había ya tres discos de Uakti en el mercado pero su interpretación de una pieza de Glass para un ballet encargado por el Grupo Corpo (formación brasileña de danza de gran prestigio) facilitó su firma por Point Music, el sello creado en aquellas fechas por el compositor norteamericano.

La "trilobita". Uno de los particulares inventos de Guimaraes.


El disco que hoy nos ocupa fue, quizá, el más popular de Uakti y el segundo publicado por Point Music. El grupo en aquel momento estaba formado por los citados Paulo Sergio dos Santos, Decio de Souza Ramos Filho y Artur Andrés Ribeiro. Marco Antonio Guimaraes era el compositor y tocaba algunos instrumentos pero en los créditos del disco se sitúa al margen del grupo y no como integrante. El tema alrededor del que gira la mayor parte del disco es el libro chino de los cambios, el “I Ching” del título. Cada uno de los ocho primeros cortes del trabajo está dedicado a uno de los “trigramas” fundamentales del libro y el noveno a los “hexagramas”. Todas esas piezas fueron también creadas para acompañar una coreografía del Grupo Corpo, formación, como podéis ver, hermanada en cierta forma con Uakti.

“Heaven” – Un sonido continuo de cuerda pulsada nos da la bienvenida al disco y abre un tema en el que las cuerdas son protagonistas combinadas con lúgubres sonidos procedentes de instrumentos de viento. La composición tiene tintes selváticos y es un buen y breve ejemplo del sofisticado sonido del grupo.

“Earth” – El tema más popular de Uakti es, probablemente, este rítmico corte a base de percusiones (construidas de modo parecido a un xilófono). La composición llegó a ser sintonía de una edición de la Vuelta Ciclista a España y conoció, incluso, una versión tecno. Lo más sorprendente del caso es que, en realidad, se trata de la adaptación de una pieza para órgano de Johann Sebastian Bach (aunque también encontramos la misma melodía en una obra de Vivaldi). No recordamos ahora mismo la obra concreta pero en cuanto demos con ella ampliaremos la entrada con la referencia exacta.




“Thunder” – Continúa el disco con un nuevo corte basado casi por completo en percusiones que forman un ritmo tribal, tan adecuado para la danza ritual como para el trance. Como todas las piezas que representan hexagramas, se trata de una composición de escasa duración.

“Water” – Un ritmo cadencioso domina toda esta pieza en la que escuchamos sonidos de todo tipo (vientos, percusiones, cuerdas...) conformando una amalgama ambiental que bebe, ignoramos si consciente o inconscientemente de las fuentes de Brian Eno y sus experimentos electrónicos.

“Mountain” – Una especie de marimba nos da la bienvenida al siguiente corte, uno de los más melódicos del disco, con un aire entre misterioso y juguetón que se aprovecha de la sonoridad, casi infantil, de los instrumentos utilizados para componer lo que podría pasar perfectamente por una canción de cuna. Sin duda, uno de los temas más inspirados del disco.

“Wind” – De nuevo nos encontramos con una sonoridad difícil de identificar con un instrumento cuyo timbre podría asemejarse lejanamente al de la celesta. La música es simple pero de una gran belleza en una composición que merece mucho la pena y que también tiene un cierto componente clásico que no terminamos de identificar.

“Fire” – Vuelve la percusión a reinar en todo su esplendor con este nuevo corte de aire barroco y tendencia hacia el juego, lo lúdico, lo infantil. Otro magnífico ejemplo de gran nivel y que ha situado este disco entre nuestros particulares favoritos durante mucho tiempo.

“Lake” – Cerrando la serie de trigramas tenemos otro tema, como “Thunder”, lleno de sonidos tribales, percusiones, flautas, etc. adecuados para ambientar cualquier festejo en plena amazonía.

“The Hexagrams” – La composición más extensa del disco (abarca algo más de 18 minutos) es una apasionante aventura que explora en profundidad el mundo sonoro de Uakti. Comienza con un ritmo casi obsesivo que remeda en cierto modo el “Bolero” de Ravel (pieza que el propio grupo revisó en un disco anterior) y que sirve de soporte para una serie de improvisaciones a cargo de los instrumentos de viento. Al finalizar las percusiones son las cuerdas las que toman el relevo en una transición de aire barroco que nos lleva a un estallido de percusiones tribales junto a las que podemos escuchar a los intérpretes emulando el sonido y el canto de las que podrían ser aves del Amazonas. Nuevo interludio lleno de sabor étnico, antes de entrar en la parte final, una verdadera fiesta de ritmo y sonido que, llamadnos locos, nos recuerdan a algún segmento del “Amarok” de Oldfield. Aquí se cierran las composiciones de Marco Antonio Guimaraes en el disco.

“Alnitak” – Los dos últimos cortes del disco están compuestos por Artur Andrés de Ribeiro y son bastante distintos estilísticamente de los escritos por Guimaraes. El primero y más extenso de ambos se aleja de las formas étnicas acercándose a un formato más clasicista en su vertiente más contemporánea. No es exagerado intuir una importante influencia de Philip Glass en esta composición aunque será mucho más evidente aún en la que cierra el disco. No podemos dejar de recomendar el segmento final de “Alnitak” , pleno de ritmo e intensidad es tan maravilloso que justificaría por sí sólo todo el disco.




“The Turning Point” – Tomando el relevo del corte anterior casi en el punto en que aquel lo había dejado, comienza el último tema del disco con un veloz ritmo de marimbas repitiendo una sucesión de arpegios inconfundiblemente “glassianos” que serán la base de todo el tema a lo largo de una serie de variaciones continuas. Acompañándolos, una suerte de flautas comienzan a esbozar una melodía tremendamente adictiva que se complementa por la percusión, en esta ocasión, lo que nos parece un tambor corriente, emitiendo redobles que subrayan determinados pasajes. Es probable que nuestro innegable sesgo hacia todo lo que suene a Philip Glass distorsione nuestro juicio en este punto pero creemos que “The Turning Point” es la mejor composición de un disco de por sí notable y un cierre inmejorable para el mismo.

Otro de los peculiares instrumentos del grupo. Una especie de xilófono de plástico (¿plasticófono?)

La música de Uakti es única. Utilizando instrumentos de materiales innobles consiguen un sonido que se sitúa en algún lugar indeterminado entre lo étnico y la vanguardia. Con un atractivo tan indefinible como innegable. Su discografía es escasa para un grupo con una trayectoria que supera los veinte años pero quizá sea eso lo que la haga aún más interesante. Tenemos la impresión de que su discografía, a excepción de los trabajos publicados por Point Music, no es fácil de encontrar. Podéis adquirir "I Ching" en los siguientes enlaces:

amazon.es

cduniverse.com

Nos despedimos con una versión en directo de "The Turning Point":


 

AMPLIACIÓN:

Comentábamos sobre el tema "Earth" que se trataba de una versión de J.S. Bach no acreditada en el disco. Ampliamos ahora es información. En realidad, la melodía procede del "Concierto en re para 2 violines y cello RV565" de Antonio Vivaldi. Nosotros conocíamos una adaptación para órgano del mismo realizada por Johann Sebastian Bach en su "Concierto en re para órgano, BWV596". Podéis escuchar ambas piezas a  continuación para comparar:


domingo, 9 de junio de 2013

Katia & Marielle Labeque - Minimalist Dream House (2013)



Las hermanas Katia y Marielle Labeque representan uno de esos raros casos que se dan en el mundo de la música clásica en que, como por ensalmo, un intérprete alcanza una fama repentina y se convierte en una estrella a un nivel cercano al de algunos ídolos del pop. Lo particular de su éxito es que no procede de la “vulgarización” de un repertorio clásico para hacerlo accesible al llamado “gran público” como han hecho otros nombres hoy famosos sino que alcanzaron su primer éxito con una grabación, nada menos que de las “Visions de l’amen” de Olivier Messiaen realizada cuando las pianistas contaban con 19 y 17 años respectivamente. El mérito es mayor si tenemos en cuenta que fue el propio Messiaen quien supervisó y dio el visto bueno a la grabación quedando plenamente satisfecho (recordemos que el músico estuvo casado con la también pianista Yvonne Loriod, habitual intérprete de sus obras y que su nivel de exigencia era máximo).

Esta elección de la vía “más dura” para darse a conocer, incluyó interpretaciones de música de Luciano Berio, Pierre Boulez o Gyorgy Ligeti pero no se quedaron ahí y ampliaron su repertorio a todo tipo de músicas, desde el barroco (llegaron a encargar la construcción de dos pianoforte) al jazz, el pop o el flamenco (han grabado con la cantaora Mayte Martín). Su mayor éxito fue una transcripción para dos pianos de “Rhapsody in Blue” de Gershwin lo que las elevó al estatus de estrellas. Tras haber tocado con las mejores orquestas, haber grabado en los mejores sellos y haber acompañado a los mejores solistas, decidieron crear su propio sello discográfico, KML Recordings el 2007, no sólo para publicar sus propios trabajos sino para apadrinar a nuevos artistas procedentes de los estilos más variopintos y no sólo en el ámbito de la música sino también en el campo audiovisual. Ya en 2012, establecieron un centro de reunión para artistas en Roma en el que construyeron su propio estudio de grabación y fue allí donde surgió el disco que hoy vamos a glosar. El título: “Minimalist Dream House”, dice mucho. Las “Dream House” son una serie de instalaciones ideadas por el pionero del minimalismo LaMonte Young en las que se combinaba su música con las esculturas lumínicas de su esposa, Marian Zazeela. La referencia al minimalismo del título sirve para despejar cualquier posible duda al respecto del contenido del disco pero no nos llevemos a engaño: no hay música de Young en el disco y, además, la definición de lo que es “minimalista” para las hermanas Labeque es algo más amplia de lo que se suele aceptar como tal.

A pesar de que el disco está firmado por las hermanas Labeque, intervienen varios músicos más en determinados momentos de la grabación. A saber: David Chalmin (voz, guitarras, bajo y efectos electrónicos), Raphael Seguinier (batería, percusión y efectos electrónicos) y Nicola Tescari (piano, teclados y efectos electrónicos).

Las hermanas Labeque

“Minimalist Dream House” consta de tres discos bastante diferenciados entre sí: el primero contiene varias obras más bien cortas para piano o dos pianos. El segundo se centra en piezas para grupo y el tercero nos presenta dos obras de larga duración:

DISCO 1:

“Four Movements for Two Pianos” (Philip Glass) – No habría sido demasiado arriesgado suponer que Glass aparecería en un disco de estas características aunque la pieza escogida no es la más habitual de su repertorio (de hecho, la de las hermanas Labeque es la segunda grabación que conocemos de la misma). Se trata de una composición relativamente reciente (data de 2008). No es muy amplio el repertorio de Glass para dos pianos pero dada su importancia, tenemos que recordar su ópera “Les Enfants Terribles” que, aunque escrita para tres, recuerda mucho en las formas a lo que podemos escuchar en estos cuatro movimientos. La pieza surge como encargo de la pianista Maki Namekawa y Dennis Russell Davies quienes fueron también los encargados de estrenarla. El primer movimiento es enérgico y directo. Inconfundiblemente “glassiano”. El segundo cambia de registro, bajando de velocidad y adoptando, en general, un tono mucho más comedido con un toque neo-romántico que el autor empezó a dejar ver en su música a partir de su “Dracula” y que ha cultivado desde entonces. El tercer movimiento es, quizá, el más puramente minimalista de la obra: basado en un ostinato grave, Glass construye una melodía oscura cuya influencia creemos escuchar en obras posteriores como la banda sonora de la película “Moon” de Clint Mansell. Cerrando la obra encontramos otro movimiento lento de gran densidad que va creciendo a partir de lo que recuerda a un bajo continuo barroco sobre el que aparecen escuetos grupos de notas espaciados como preludio a los clásicos arpegios de su autor.

“Three Nocturnes” (Howard Skempton) – El compositor británico, diez años mayor que Glass, comparte en su música muchas de las características de los minimalistas iniciales pero con una particularidad: sus piezas son extremadamente breves con lo que, inmediatamente, ganan en accesibilidad (como muy bien saben muchos otros autores de esa “segunda generación” de minimalistas). Sus tres nocturnos fueron escritos en 1995 y aquí son interpretados por Katia Labeque. Es música pausada, evanescente, reflejo de la de otros autores como Erik Satie o Harold Budd y en esta obra queda claramente de manifiesto. Especialmente destacado es el tercero de los nocturnos, con un ritmo de marcha hechizante, casi mágico que nos atrapa a lo largo de sus escasos dos minutos de duración.

“The Time Curve Preludes” (William Duckworth) – Otro de los autores de esa teórica “segunda generación” de minimalistas sería el norteamericano William Duckworth. Fallecido hace apenas unos meses a la edad de 69 años, su obra no es demasiado conocida y son sus “Time Curve Preludes” (1977-78) la parte más conocida de la misma aunque sólo llegó a completar el primero de los libros, con 24 piezas. Aquí escuchamos una selección de los preludios que incluye el 1º y el 17º, interpretados por Marielle Labeque y los que hacen el número 2, 7, 10 y 12 de la serie a cargo de su hermana Katia. Para los críticos, esta obra marca la entrada en una etapa post-minimalista de Duckworth aunque, dada la amplitud que ha alcanzado el término en los últimos tiempos, no creemos que sea necesario hablar de post-minimalismo cuando podría seguir llamándose minimalismo a secas. La similitud estilística que encontramos en algunos preludios como el séptimo o el décimo con música como la de John Cage hace más complicado aún hablar de post-minimalismo en un sentido temporal.

“Images” (Howard Skempton) – El resto del disco vuelve a la obra de Skempton comenzando por una selección de sus “Images” escritas en 1989. Es Marielle Labeque la encargada de interpretar las cinco piezas (los preludios nº 1, 5 y 7 y los interludios nº 4 y 5). Como ocurría con los nocturnos antes reseñados, volvemos a escuchar música tranquila, cadenciosa y profunda, de fuerte inspiración melódica.

“Postlude” (Howard Skempton) – Cierra el primer disco de la colección otra breve pieza escrita en esta ocasión en 1978 e interpretada de nuevo por Marielle. Aún más pausada, si cabe, que las anteriores, podría pasar perfectamente por una composición de Satie y está impregnada de un cierto tono fúnebre y meditativo.

DISCO 2:

“Experiences I” (John Cage) – Cuando hablábamos antes de que en este disco se exploraban las fronteras del minimalismo violentándolas en algunos momentos, pensábamos en lo que suena en este segundo CD, con músicos que muy pocos incluirían en esta categoría pero que, tras una escucha detenida, tienen motivos sobrados para aparecer aquí. Abrir el disco con John Cage es una especie de homenaje: una mirada atrás, al comienzo de todo, para saltar al presente y al futuro. La pieza para dos pianos de Cage es sólo el principio.

“Gameland” (David Chalmin) – La inclusión de música propia de los integrantes de la banda que apoya a las hermanas Labeque es el punto fuerte de este segundo CD. La única composición de Chalmin combina electrónica y sonidos experimentales con formas clásicas. Se trata de una pieza sumamente inquietante que nos recuerda en ciertos momentos a algunas obras de Roger Eno. Está construida como un “crescendo” continuo en el que la tensión aumenta por momentos hasta llegar a un estallido final de gran intensidad que podría estar sacado de cualquier disco de una banda de rock contemporánea como Nine Inch Nails.

“Suonar Rimembrando” (Nicola Tescari) – Que el minimalismo tiene puntos en común con el barroco es algo que muchos músicos han puesto de manifiesto. No sorprende, por tanto, que muchos autores de aquel periodo sean reivindicados por músicos actuales. Tarquinio Merula, por ejemplo, fue un no muy conocido músico italiano de aquella época cuya obra no es hoy muy popular. Sin embargo, la hemos encontrado ya en varias ocasiones publicada relacionándola con compositores contemporáneos (existe un disco que combina, sorprendentemente bien, música de Merula y Philip Glass). Nicola Tescari parte aquí de una chacona del compositor barroco para escribir una deliciosa pieza para piano y efectos electrónicos más que interesante.

“Nanou2” (Aphex Twin) – La presencia de Aphex Twin, pseudónimo de Richard D. James en un disco como este llama la atención de inmediato. El británico es una de las figuras más respetadas en el mundo del tecno pero una mirada más atenta a su obra encuentra claras referencias a músicos como Cage o Satie, especialmente en su disco “Drukqs” del que está extraída ésta pieza y la siguiente del CD.

“Avril 14th” (Aphex Twin) – Los seguidores de la vertiente más dura del tecno de Aphex Twin no entendieron bien la aparición de un disco como “Drukqs” del que se acepta como válida la teoría de que fue una forma de romper con el sello Warp. Sin embargo, en él se encuentra mucha de la mejor música del compositor. Este tema es un claro ejemplo de lo que decimos y uno de los más bellos de todo el disco.

“In Dark Trees” (Brian Eno) – Que la música de Brian Eno apareciera en algún momento en este disco es algo que todos podíamos esperar. Lo que no era tan previsible es que lo hiciera con esta composición de su disco “Another Green World”, por la escasa presencia de piano en ella y sus formas, más propias del rock que de la clásica. En todo caso, se trata de una muestra de la amplitud de miras con la que está hecha la selección de músicas por parte de las hermanas Labeque.


“The Poet Acts” (Philip Glass) – Quizá la obra más popular de Philip Glass haya sido su banda sonora para la película “Las Horas”. Poco después de su publicación, su colaborador de toda la vida, Michael Riesman, escribió una adaptación de la partitura para piano de la que se extrae este fragmento a cargo de Katia Labeque.

“Hymn to a Great City” (Arvo Pärt) – Quizá sea esta la pieza más bella del escaso repertorio para piano (en este caso para dos) del compositor estonio Arvo Pärt, por encima de la estática “Alina”. En apariencia es simple, como buena parte de la obra de su autor pero el resultado es una maravilla. Un ritmo continuo, casi un pulso a la manera de Reich, recorre toda la pieza, salpicado por ocasionales arpegios pero sólo con eso, Pärt consigue emocionarnos hasta la lágrima.

“En 4 Parentheses” (Nicola Tescari) – Segunda y última pieza del músico de la banda que interpreta determinadas piezas de este trabajo y una de las más interesantes puesto que combina elementos experimentales en forma de efectos electrónicos y voces espectrales con atmósferas inquietantes y una constante tensión que amenaza con saltar en pedazos en cualquier momento, cosa que sucede en los instantes finales con la irrupción de la percusión.

“Pyramid Song” (Radiohead) – Cuando hablábamos de que la selección de piezas hecha por las Labeque para esta colección estiraba los límites del minimalismo hasta casi romperlos teníamos muy presente esta canción extraída del disco “Amnesiac” de Radiohead. Sin embargo, no nos queda más remedio que rendirnos ante la evidencia de que la composición tiene, efectivamente, todas las características exigibles a una pieza para adjudicarle ese calificativo. Nos permitimos añadir, incluso, que la interpretación de David Chalmin es superior a la del propio Thom Yorke en el original.

“Free to X” (Raphael Seguinier) – El último de los miembros de la banda formada por las hermanas Labeque para grabar el disco hace su aparición en este momento con una composición llena de intensidad que es un homenaje a los pioneros del género. Combinando una percusión obsesiva con profundos “drones”, se va formando una intrincada red de sonidos que gana en riqueza con la continua adición de elementos hasta llegar a una ininteligible cacofonía final.

“Ghost Rider” (Suicide) – Cerrando el CD encontramos una de la mayores rarezas contenidas en el mismo con un corte del dúo neoyorquino “Suicide”, banda de punk electrónico de los años setenta sin conexiones aparentes con el minimalismo más allá de la estructura repetitiva de su música, algo común, por otra parte, a muchas canciones tanto punk como new wave de aquellos años.

DISCO 3:

“In C” (Terry Riley) – Poco podemos añadir a estas alturas sobre lo que ya se ha dicho sobre esta obra. El calificativo de piedra angular del movimiento minimalista le hace justicia como pocos podrían hacerlo. La revisión que realizan las Labeque y su banda en el disco es muy respetuosa y fresca a la vez y su reducida duración (no llega a media hora) la hace más accesible. El único “pero” que le ponemos es la batería que aparece en el tercio final de la obra. Por lo demás, una versión muy recomendable.

“Water Dances” (Michael Nyman) – La obra surge como banda sonora para un documental de Peter Greenaway sobre natación sincronizada en 1984 y, en un principio estaba escrita para orquesta. No conocemos ninguna versión íntegra de la obra original aunque aparecieron determinados movimientos en los discos “A Kiss and Other Movements” y “The Essential Michael Nyman Band” respectivamente. Sí que nos llama la atención el hecho de que se indique en el libreto del disco de las Labeque que esta es la primera adaptación para dos pianos de la obra cuando recordamos otra publicada por Helen Hodkinson y Brenda Russell en el disco “Taking a Line for a Second Walk”. En cualquier caso, las “Water Dances” se cuentan entre nuestras obras predilectas de Nyman y esta versión las hace justicia. En las cinco danzas escuchamos la versión más reposada del músico inglés (la inicial “Dipping”), al más metronómico y riguroso (“Stroking”), al casi lírico (“Submerging” y “Gliding”) y al desatado rockero que tanto nos gusta cuando, y es un decir, se desmelena (“Synchronizing”).


Poco más que añadir. Sabemos que una colección de tres discos sobre música minimalista puede resultar algo árida al oyente menos familiarizado con el estilo pero tenemos que reconocer que la selección musical es tan sorprendente como acertada y debería ser igual de atrayente para el neófito que para aquellos ya iniciados en el género por cuanto las composiciones escogidas (con la única excepción de “In C”) no son las tópicas de toda recopilación al uso. El trabajo viene presentado en un estuche de cartón en formato libro, realmente escueto con un austero libreto. No sabemos si forma parte del concepto minimalista o se trata sencillamente de reducir costes pero mucho nos tememos que no aguantará bien el paso del tiempo. Con todo, la música y el precio lo hacen muy recomendable. Podéis adquirirlo aquí:


Vídeo promocional del disco:

miércoles, 5 de junio de 2013

Radiohead - OK Computer (1997)



Tenemos que confesar que siempre que alguien nos habla de un grupo como “los nuevos (póngase aquí el nombre que cada cual crea más oportuno)” encontramos un motivo para desconfiar. Algo similar nos pasa con los discos y es que llevamos muchos años escuchando nuevos “Sgt.Pepper’s” como para no ponernos en guardia ante este tipo de anuncios.

En 1997 o 1998, alguien nos sugirió que escuchásemos un disco. Según esa persona, se trataba de un trabajo realmente distinto del que la crítica empezaba a decir que era comparable con la música de Pink Floyd. Inmediatamente saltaron las alarmas: ¿los nuevos Pink Floyd? Por favor... Sin embargo, le dimos una oportunidad al disco y entonces saltó la sorpresa. Resulta que la apreciación de los críticos era mucho más atinada de lo que esperábamos. Y ¿qué esperábamos? Un disco con largos pasajes de teclado, sonido antiguo... unos imitadores más. No fue así. Cuando escuchamos “OK Computer” encontramos un disco distinto, elaborado y diferente a lo que sonaba en aquel entonces en las radios. Por ahí sí que tenía sentido la comparación con Pink Floyd y con cualquier otra banda cuya aportación hubiera marcado una diferencia con sus contemporáneos. 

Como tantos otros grupos, Radiohead surgieron de las inquietudes comunes de un grupo de estudiantes que un día se decidieron a tocar juntos para ver qué salía de ahí. En aquellos años tocaban bajo el nombre de “On a Friday” por ser el viernes el día en que quedaban para ensayar. No fue hasta que firmaron por una discográfica que adoptaron el nombre definitivo de Radiohead como modificación del título de una canción del disco “True Stories” de Talking Head (en aquel, el nombre figuraba separado en dos palabras). Integraban el grupo Thom Yorke (voz, teclados, guitarra y lo que se tercie), Jonny Greenwood (guitarra, teclados y, ocasionalmente, los instrumentos que surjan), Colin Greenwood (bajo), Phil Selway (batería) y Ed O’Brien (guitarra y coros). Lo comienzos discográficos del grupo no fueron especialmente brillantes y su disco de debut “Pablo Honey”, a pesar de contener el single “Creep”, no tuvo una gran acogida. Para buena parte de la crítica, Radiohead pasaba a integrar el cajón de imitadores poco afortunados de Nirvana y otras bandas surgidas al abrigo del “grunge”. Aunque la crítica de “The Bends”, segundo LP de la banda, fue algo más prometedora, nada hacía presagiar el impacto que iba a tener el tercer disco de estudio publicado por el grupo. Durante 1995 y 1996 la banda había preparado un buen número de canciones que decidieron probar en directo durante una gira de Alanis Morissette en la que hicieron de teloneros y meses más tarde entraron en el estudio a grabar el que, para muchos, es uno de los cuatro o cinco discos más importantes de la década de los noventa: “OK Computer”.



“Airbag” – Sin concesiones de ningún tipo, el disco comienza con un poderoso riff de guitarra que enseguida nos pone en situación. Aparece pronto una percusión ligeramente distorsionada con efectos “lo-fi” acompañada de un bajo poco convencional, que se dedica a esbozar retazos de melodía sin llegar a componer una base rítmica al uso. Aparecen por doquier guitarras ambientales al estilo de los primeros U2 y todo ello arropando de forma eficaz la particular voz de Yorke. Lo más sorprendente de todo es que la unión de elementos utilizados de una forma poco convencional, termina conformando una canción realmente redonda y que funciona a la perfección. Todos los elementos están perfectamente integrados sin destacar unos por encima de otros.

“Paranoid Android” – El segundo corte del disco fue también uno de los singles y se cuenta entre las canciones más populares de la banda aún hoy. Con una estructura más propia del rock progresivo, el tema comienza de forma tranquila, con guitarras acústicas, una percusión amable y algunos efectos electrónicos pululando por ahí. Tras unos minutos aparece el riff central de la canción que marca un cambio importante. Cierto es que en algunas cosas recuerda a Nirvana pero estamos ante música mucho más elaborada, con una mayor complejidad rítmica y una producción muy cuidada, aparentemente sucia en algunos momentos pero que, tras una escucha detenida, se revela intencionadamente maquillada. Tras un nuevo cambio rítmico aparecen unos coros que crean una atmósfera decididamente setentera de un tiempo en que reinaban los mellotrones y demás parafernalias. Es entonces cuando escuchamos los mejores juegos vocales de la banda antes de la conclusión del tema en la que guitarras y electrónica se mezclan para terminar en un verdadero climax progresivo.


“Subterranean Homesick Alien” – Guitarras extraterrestres y teclados nostálgicos nos dan la bienvenida a un tema psicodélico con conexiones en el pasado (The Beatles) y en el futuro (Porcupine Tree). Cuentan los propios integrantes de la banda que en la época de la grabación escuchaban intensivamente a DJ Shadow, Miles Davis, los Beatles o Ennio Morricone. En sus propias palabras, buena parte del sonido de este tema surgió como un intento de replicar las atmósferas de “Bitches Brew” de Davis.

“Exit Music (for a film)” – Inspirada en la película “Romeo y Julieta” de Franco Zefirelli, la canción es una mezcla del estilo de Johnny Cash (reconocido por el propio Thom Yorke) y el sonido de Portishead. Los teclados tienen un protagonismo mucho mayor que en cualquiera de las piezas anteriores del disco y toda la canción está imbuida de un espíritu épico que recuerda las poderosas baladas acompañadas de mellotron de grupos como King Crimson.

“Let Down” – Una de las canciones con una estructuras más convencionales y que podría pasar por un éxito pop al uso. Con ella comprobamos que Radiohead tienen también un talento melódico fuera de lo común. Si antes comentamos que por momentos el sonido de la banda fue muy influyente en otras como Porcupine Tree, siguiendo con Steven Wilson, “Let Down” podría pasar por una canción de su proyecto Blackfield.

“Karma Police” – Junto con “Paranoid Android”, el otro gran tema del disco. Extraído también como single se trata de una canción bastante más convencional con un gran parecido con el “Sexy Sadie” de los Beatles, especialmente en determinados fragmentos al piano. La canción es bastante diferente del anterior single puesto que, apenas existe estructura y todo el tema es un largo estribillo contrastando con la complejidad y las distintas secciones de su predecesor. Sin embargo, tiene algo de hipnótico que la convierte en una canción excepcional.


“Fitter Happier” – El lado más experimental de la banda aparece en esta composición en la que una vieja aplicación para ordenador recita una serie de textos por encima de un ambiente electrónico realmente extraño en el que sólo la aparición de un piano que desgrana una melodía melancólica nos mantiene unidos a la realidad.

“Electioneering” – Tras ese extraño interludio, llega este auténtico cañonazo rock lleno de energía y agresividad. Difícilmente la contaremos entre nuestras canciones favoritas de la banda pero tenemos que reconocer que se trata de una auténtica inyección de adrenalina cuya presencia en este momento concreto del disco puede servir para provocar la reacción del oyente tras el poco convencional corte anterior.

“Climbing Up the Walls” – Volvemos a la faceta más experimental de la banda con una canción en la que las distorsiones y los tratamientos electrónicos son protagonistas. Voces y percusiones pasan por el filtro de los aparatos mientras las guitarras suenan poderosas en el primer corte de todo el disco en el que podemos encontrar algún rastro de Pink Floyd.

“No Surprises” – Llegamos al tercer single del disco, una canción maravillosa que comienza con unos acordes repetitivos de guitarra de gran belleza que son reforzados por un instrumento tan poco habitual como el glockenspiel de un modo parecido al utilizado por Mike Oldfield en el celebérrimo comienzo de su “Tubular Bells”, apoyando el riff de piano. Sin duda, una de las mejores canciones de Radiohead.


“Lucky” – Cerca del final del disco, la banda decidió incorporar esta canción escrita y grabada unos años antes por encargo de Brian Eno para un disco benéfico titulado “The Help Album” a beneficio de la ONG War Child, que operaba en Bosnia en aquellos días. Nigel Godrich fue el productor del corte y esa experiencia hizo que la banda contase con él como apoyo a la hora de grabar “OK Computer” en contra de los deseos de la discográfica que quería otro tipo de productor.

“The Tourist” – Cerrando el trabajo tenemos una composición de Jonny Greenwood de gran simplicidad en comparación con el resto del disco: guitarra, batería, bajo, voz y coros con algún teclado de fondo pero sin excesos de ningún tipo, con una producción escueta y elegante. Un cierre con algo de anticlimático pero que cumple con su cometido. Mención especial a los arreglos vocales, algo que no hemos destacado demasiado hasta ahora pero que cumple una labor primordial en todo el disco.

Material promocional de "OK Computer". Si. Es un diskette.

Leyendo historias como la siguiente, uno se pregunta por los méritos que llevan a una persona a formar parte de los puestos directivos de una gran discográfica, por la cantidad de veces en que se repiten anécdotas similares. Cuando recibieron el disco, los dirigentes de Capitol, en su rama norteamericana, pensaron que aquello no había por dónde cogerlo. No entendieron el disco en absoluto y le daban vueltas buscando un nuevo “Creep” infructuosamente. Finalmente tomaron la decisión de rebajar la cantidad de copias a solicitar del disco de los 2.000.000 iniciales a apenas 500.000 ejemplares. Acertaron de pleno. El disco entró en los puestos más altos de las listas de medio mundo consiguiendo al mismo tiempo algo mucho más difícil: la unanimidad de la crítica que elevaba a “OK Computer” a la categoría de obra maestra y disco de referencia para los años venideros casi desde el momento de su lanzamiento. Lo que hace excepcional este hecho no es esta gran acogida sino la constatación de que más de 15 años después de la aparición del disco, estas opiniones se mantienen inamovibles y hoy pocos discuten la categoría del disco. En nuestra opinión, Radiohead son una de las pocas bandas que han conseguido alcanzar un nivel elevado de popularidad manteniendo unos niveles de calidad realmente altos en casi toda su producción. Cierto es que no todos sus lanzamientos posteriores han gozado de la misma valoración aún siendo igualmente notables pero habrá tiempo para repasarlos en el futuro. Si aún no os habéis iniciado en el universo de Radiohead, éste es un momento tan bueno como cualquier otro. El disco se encuentra fácilmente en cualquier tienda. Os sugerimos un par de enlaces:

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