miércoles, 31 de julio de 2013

Rick Wakeman - The Six Wives of Henry VIII (1973)



Como tantos y tantos viajeros, Rick Wakeman era un habitual comprador de libros en las terminales de los aeropuertos de modo que siempre tenía a mano algo que leer durante los viajes y las esperas que se suelen producir en las escalas. Durante una gira por los Estados Unidos como miembro de Yes, cayó en sus manos un libro dedicado a Enrique VIII y sus seis esposas. Fascinado por la lectura, una idea comenzó a fraguarse en la mente del viejo gruñón (como firma hoy en twitter): desde un tiempo atrás, había una serie de melodías que le rondaban la cabeza pero para las que no conseguía encontrar un momento y una temática adecuada a pesar de haberlas ensayado incluso para incorporarlas a algún trabajo de Yes.

Así, Wakeman decidió dedicar el que sería su primer disco en solitario (hubo uno anterior pero sin composiciones propias), no al segundo de los monarcas de la casa Tudor sino, más específicamente, a cada una de las seis esposas que tuvo durante su reinado. En el cine conocemos casos de melodías y composiciones dedicadas específicamente a ilustrar el carácter y modo de ser de un personaje concreto asociándole así con un “leitmotiv” que le acompañará en sus distintas apariciones en la pantalla y también las óperas de Wagner cuentan con determinados temas musicales asociados a alguno de sus protagonistas pero no son habituales en el campo de la música popular este tipo de asociaciones y descripciones de personas concretas con elementos estrictamente musicales. Para mucho, además, el trabajo de Wakeman sería el primer disco auténticamente conceptual de la historia aunque esto ya es más discutible.

Así se las gastaba el viejo Rick en la época.

“Catherine of Aragon” – La que fuera primera esposa de Enrique VIII había enviudado recientemente del hermano de éste, Arturo. Para su desgracia, los tres hijos varones que dio a luz fallecieron sin llegar a cumplir los dos meses en ninguno de los casos, al igual que ocurrió con una de sus hijas. Tras 18 años de matrimonio sin ningún heredero a la corona y tras la aparición de Ana Bolena, Enrique pidió el divorcio provocando el cisma que desembocó en el nacimiento de la Iglesia Anglicana. La visión de Wakeman de Catalina contó con sus compañeros de Yes, Chris Squire (bajo), Steve Howe (guitarra) y Bill Bruford (batería). También intervienen Les Hurdle (bajo), Mike Egan (guitarra), Ray Cooper (percusión) y las voces de Liza Strike y Barry St.John. Desde el punto de vista musical estamos ante una de las mejores piezas del disco, con un guiño, incluso a la “Asturias” de Isaac Albéniz en clara referencia al origen español de Catalina. Wakeman construye una serie de pasajes de pianos llenos de lirismo y no exentos de virtuosismo y los rodea de un armazón rock y efectos cósmicos gracias al mini-moog. Una pieza en la cual el teclista es capaz de concentrar en apenas cuatro minutos lo mejor de su talento sin llegar a sonar grandilocuente, su gran defecto en discos posteriores.



“Anne of Cleves” – Wakeman se salta el orden cronológico y de la primera esposa pasamos a la cuarta, que no llegó a ser reina por no consumarse el matrimonio en los escasos seis meses que duró. Repite Egan a la guitarra y acompañan, además, a Wakeman el bajista Dave Winter y Alan White, batería que sustituiría a Bruford en Yes por aquel tiempo. Con esta formación claramente rockera, el teclista nos ofrece un excepcional instrumental rock muy poderoso en el que priman los veloces solos de teclado marca de la casa. De paso, Wakeman se permite juguetear con los sintetizadores extrayendo sonidos que, en su época, sonaban avanzados. Una pieza, en suma, con todas la virtudes y defectos del rock progresivo pero que nos encanta.

“Catherine Howard” – Poco después de la anulación del anterior matrimonio, Enrique tomó como esposa a Catherine Howard con quien probablemente mantenía relaciones desde mucho antes. Los deslices de Catherine la llevaron a perder la cabeza, literalmente, un par de años después de casada. Los músicos que participan en la pieza son Chas Cronk (bajo) y Dave Cousins (banjo), ambos miembros de The Strawbs, antigua banda de Wakeman, Dave Lambert (gutarra), Barry de Souza (batería), Frank Riccotti (percusión) y Dave Cousins (banjo). Quizá sea el tema más melódico de todo el disco y el perfil algo más bajo de los acompañantes de Wakeman en la grabación nos hace pensar en que buscaba un mayor espacio personal y un protagonismo absoluto. Los mejores momentos con el mini-moog de todo el disco los escuchamos aquí pero también hay un precioso pasaje de guitarra en la primera mitad del corte. En la segunda, el teclista se adentra en esos terrenos casi circenses que tanto le gustan pero no estamos seguros de que encajen bien en esta pieza.

“Jane Seymour” – Retrocedemos ahora hasta la tercera esposa de Enrique que fue la madre del heredero de los Tudor, Eduardo VI. Desgraciadamente, las complicaciones en el parto le costaron la vida siendo la única de las esposas del monarca que tuvo un funeral regio y que comparte el panteón con quien fue su marido. Sólo la batería de Alan White acompaña a Wakeman en la pieza. El teclista se desplazó a la iglesia londinense de St.Giles-without-Cripplegate para grabar en su órgano esta solemne composición de tintes barrocos. En el estudio añadirían las partes electrónicas algo más tarde.

“Anne Boleyn” – Segunda esposa y, quizá, la que más juego ha dado en la literatura. Haciendo caso al viejo adagio “cherchez la femme”, Ana sería la verdadera causante de la ruptura con el Vaticano de Gran Bretaña. Como toda buena historia, la suya terminó también en tragedia siendo ejecutada por orden de su propio marido. La banda que interpreta la pieza la completan Les Hurdle, Mike Egan, Bill Bruford, Liza Strike y las vocalistas Laura Lee y Sylvia McNeill. Mientras trabajaba en el disco, el músico soñó que asistía a la ejecución de Ana Bolena y que, durante la misma, sonaba el himno “St.Clement”, popular tema religioso que acompaña al texto de John Ellerton: “The Day Thou Gavest, Lord, is Ended”. La melodía se le atribuye al reverendo Clement Cotteril Scholefield pero en los créditos del disco, Wakeman se la adjudica a E.J. Hopkins. Esto viene a cuento porque la parte final de la pieza contiene una rendición del himno religioso por parte de Rick al piano y el pequeño coro femenino de su banda. La primera, original del teclista, es, quizá, la composición más compleja del disco, con continuos cambios de ritmo, el piano dando paso al sintetizador y éste al órgano en una continua sucesión realmente inspirada.

“Catherine Parr” – La última de las esposas había enviudado en dos ocasiones antes de casarse con Enrique y también terminó por sobrevivir a éste. Se dice que ejerció como enfermera más que como esposa en los cuatro años que vivió con el Rey. Repiten los mismos músicos que interpretaron “Anne of Cleves”. A modo de conclusión, Wakeman se reserva una sucesión de solos de esos que tanto le gustan. No en vano, “Catherine Parr” es una de las piezas que más suele interpretar en directo convirtiéndose en un clásico del repertorio del teclista londinense.

Con “The Six Wives of Henry VIII” Wakeman comenzaba una carrera en solitario del modo más prometedor posible. A nuestro juicio, la mayoría de sus discos posteriores no responden a las expectativas provocadas por este debut perdiéndose en florituras y exageraciones desmesuradas. Hay un punto de contención aún en este disco de debut que quizá sea lo que le hace más disfrutable y, de hecho, hoy lo tenemos por un clásico de su género y un trabajo imprescindible para aquellos interesados en el rock progresivo. Para su desgracia, en el mismo año de su lanzamiento se publicaron también un buen puñado de obras maestras que pudieron ensombrecer la calidad del disco de Wakeman y que éste pasase algo más desapercibido pero entendemos que era muy difícil hacerse un hueco bajo los focos que iluminaban el “Tubular Bells” de Mike Oldfield y “The Dark Side of the Moon” de Pink Floyd.

La pretensión inicial del músico era la de titular el disco “Henry VIII and his Six Wives” con lo que habría una séptima composición. Dadas las limitaciones de espacio del vinilo y comoquiera que no tenía intención alguna de recortar ninguna de las piezas, nos quedamos sin saber cómo veía Rick al famoso monarca. Sin embargo, y sabida la afición del músico por retornar a sus viejos éxitos (ha publicado segundas partes de varios de ellos), no nos sorprendió que unos años atrás se publicase una revisión en directo del trabajo con mucho material nuevo donde podíamos encontrar el corte “Defender of the Faith”, supuestamente, la pieza dedicada a Enrique VIII y descartada del disco original. Al margen de filias y fobias respecto a Rick Wakeman, personaje muy dado a suscitar ambos sentimientos, creemos que este disco es uno de esos de obligada escucha y, casi nos atreveríamos a afirmar que también de obligada posesión. Si queréis haceros con él, os dejamos un par de enlaces:



Como despedida os dejamos con "Catherine Parr" en directo en 2009:

 

domingo, 28 de julio de 2013

Attention Deficit - Attention Deficit (1998)



Conocimos a Michael Manring allá por los años ochenta cuando era el músico de apoyo clásico del sello Windham Hill en el que su bajo solía aparecer como complemento en las grabaciones de William Ackerman, Michael Hedges o como miembro del grupo Montreux. Por supuesto, también editó sus propios discos en solitario y sus colaboraciones se extendían a otros artistas del ámbito de la “new age” fuera de Windham Hill como fueron los casos de Suzanne Ciani o Paul Machlis.

Sin embargo, los gustos musicales de Manring no le han permitido estancarse en un sólo género y desde aquellos ya lejanos comienzos, ha experimentado con todo tipo de estilos aprovechando su capacidad con el bajo que le ha convertido en uno de los cinco o seis mayores exponentes del instrumento en la actualidad. Manring vive habitualmente en San Francisco y de ese mismo lugar procede Alex Skolnick, guitarrista de la banda Testament durante los años ochenta y los primeros noventa. Tras dejar la banda fundó su propio grupo, Savatage y por esas fechas intervino en dos cortes de “Thonk”, el disco más radical hasta el momento de Manring, aparecido en 1994 y que llegó a ser calificado como el primer disco new-age-trash metal-fusión de la historia. Poco después, en 1997, Skolnick reclutó a Manring para su grupo The Skol-Patrol y un año más tarde se convirtieron en Attention Deficit con la incorporación del batería Tim Alexander, antiguo componente de Primus.

Attention Deficit sólo publicaron dos discos pero ambos son grandes trabajos en los que se combina el virtuosismo instrumental con una inusual efervescencia de ideas. A simple vista es difícil imaginarse a qué sonaría un grupo formado por músicos de procedencias tan diversas aunque la crítica suele compararles con los instrumentales de Frank Zappa o los discos del que fue su batería, Terry Bozzio, en compañía de Tony Levin y Steve Stevens, quizá por la coincidencia en la configuración de ambos tríos. Nosotros encontramos similitudes también entre la música de Attention Deficit y la de los King Crimson de aquellos años pero será algo que desgranaremos como de costumbre en el comentario del disco corte por corte.



“ATM” – Hay tres cortes en el disco cuyo título esta formado por las iniciales de los nombres de los músicos en distinto orden. El primero es el que abre el trabajo y en él, es protagonista la batería que compone una interesante marcha entre voces de radio y las primeras florituras de Alex Skolnick a la guitarra. En la segunda mitad del tema entra el bajo de Manring para cerrar una introducción muy contenida, alejada de exhibicionismos.

“An Exchange of Niceties” – El bajista se toma la revancha adoptando un papel dominante en el siguiente corte en el que la guitarra nos lleva por pasajes que delatan una sólida influencia de los King Crimson de los noventa. Un tema intenso y conciso así como también breve, lo que es una constante en el disco.

“Scapula” – La guitarra adopta un papel rítmico casi funky para ceder a la sección que habitualmente debería ejercer esa tarea el protagonismo del corte, no sin mostrar algunos ramalazos de destreza técnica a lo Van Halen aunque siempre por debajo de un sensacional Michael Manring, dominador de los distintos tipos de bajo que aparecen en la pieza.



“Snip” – Brevísimo corte a modo de transición consistente en un sólo de bajo a cargo de Manring característico del músico.

“It’s Over Johnny” – Entramos en territorios más duros y ahí es la guitarra eléctrica la que manda con un marcado trasfondo “blues” alrededor del que se construye un extenso solo al alcance de muy pocos.

“TMA” – Sin solución de continuidad entramos en la siguiente pieza que conserva el estilo de la anterior, tornándose, si acaso, en una improvisación más libre y ajena a formas convencionales.

“Fly, Pelican, Fly” – Enlazada con la anterior se encuentra esta larga transición casi ambiental que, ignoramos por qué, en su primera parte nos trae a la cabeza el “Matte Kudasai” de King Crimson a pesar de ser piezas con poco en común aparentemente. Hay más momentos crimsonianos a lo largo del desarrollo de la composición que se revela como una de las más interesantes de todo el disco.



“Febrile” – Giro radical hacia un poderoso instrumental rock con guiños más duros y un Michael Manring desatado mostrándose como lo que es: un bajista superdotado.

“MAT” – Tercero y último de los títulos acrósticos y turno de nuevo para la batería como intérprete principal. Resulta complicado hacer de ese instrumento el protagonista de un tema y que este no resulte plomizo y cargante pero nuestro trío lo consigue sin problemas en un tema, una vez más, notable.

“Wrong” – Nueva transición breve cuajada de efectos marcianos y juegos de sonido sin mayor intención que la de transportarnos hacia la siguiente etapa del viaje.

“The Girl from Enchilada” – El funk, el jazz y el blues son los elementos que se juntan en esta composición que pasa, en nuestra opinión, por ser otra de las más destacadas del trabajo. Parece mentira que sólo sean tres instrumentos los que suenan porque, en ocasiones, creemos oír sintetizadores y demás efectos que proceden, en realidad, de los diversos bajos y pedales de Manring.

“Merton Hanks” – Nueva transición en clave de jazz-rock que haría las delicias de los seguidores de Porcupine Tree, especialmente de sus trabajos más experimentales como “Metanoia”. La versatilidad del trío sigue sorprendiéndonos a cada tema.

“III Fated Conspracy” – Enlazando con los últimos compases del corte anterior entramos en un segmento oscuro e inquietante que nos prepara para la recta final del trabajo. Ambientes oscuros y tensión a raudales antes de comenzar la despedida.

“The Blood Room” – Un comienzo funk esconde otra intensa pieza experimental y arriesgada en la que nuestros tres músicos disfrutan y nos hacen disfrutar de una intensa libertad creativa que, quizá si fueran más populares no se podrían permitir. Se lo agradecemos profudamente.

“Festivus” – De nuevo, tenemos una transición que no llega a los 20 segundos de duración y que nos lleva hasta el siguiente tema.

“Khamsin” – Aunque la lista de cortes del disco llegue a los 18, lo cierto es que, integrando las transiciones como introducciones de la siguiente pieza habría quedado un “tracklist” de ocho o nueve cortes más coherente y sencillo de comentar. “Khamsin” es otra composición experimental con ese bajo circular omnipresente de Manring acompañando las evoluciones de sus compañeros

“Lydia” – De no ser por la ácida guitarra de Skolnick, el tema podría pasar por uno de los amables instrumentales de los discos de Manring en Windham Hill: música agradable, bien construida y mejor ejecutada. Todos los temas del disco aparecen firmados por el trío pero sospechamos que la referencia femenina del título y el estilo de la pieza son demasiado personales para haber sido escrita a seis manos.

“Say Hello to My Little Friend” – Para poner punto y final al disco, nuestro trío endurece de nuevo su propuesta con un giro hacia propuestas neo-progresivas. Un despedida a la altura de un gran disco, muy poco conocido.


El heavy metal fue durante muchos años, especialmente tras la decadencia del rock progresivo a principios de los ochenta, el refugio para los músicos más virtuosos de la escena rockera. El lugar en el que poder explayarse con libertar y construir solos estratosféricos y estructuras más complejas que las del pop de las radiofórmulas. Aunque nunca llegó a ser un género mayoritario, se expandió creciendo y subdividiéndose en infinidad de estilos que, inevitablemente, terminaron por fusionarse con otros nuevos. Alguna de esas vías de evolución terminaron por juntar el metal con el progresivo dando lugar a alguno de los grupos más interesantes de las últimas décadas. Si os interesan este tipo de sonidos, con una cierta base “metalera”, desarrollos progresivos y elementos de jazz, funk y otras músicas, creemos que Attention Deficit es un grupo que os puede entusiasmar. Aunque en su corta trayectoria apenas alumbraron dos discos muy minoritarios, aún es posible adquirirlos por ahí. Os dejamos un par de enlaces para hacerlo:


grooves-inc.es


Nos despedimos con una pequeña "masterclass" de Manring explicando lo que él llama "hyperbass":

jueves, 25 de julio de 2013

Daniel Hope - Spheres (2013)



En las últimas décadas, los límites entre la música culta, clásica o cualquier denominación que queráis utilizar y otros estilos se han difuminado hasta ser prácticamente inexistentes. Vangelis ha publicado discos en un sello como Deutsche Grammophon, otros sellos clásicos dedican grabaciones a versiones de Tubular Bells y estrellas consagradas del ámbito más púramente académico graban en discos de estrellas del pop. En este contexto, proliferan discos como el que hoy queremos comentar aquí.

Daniel Hope es un violinista sudafricano residente en Viena. Hijo del escritor y periodista Christopher Hope, se trasladó a muy temprana edad a Europa pero no fue la de su padre la influencia que marcaría su futuro profesional. Su madre era secretaria y más tarde manager de Yehudi Menuhin y es muy probable que ese contacto con el mítico violinista y director fuese el que inclinara al pequeño Daniel hacia el violín.

Tras completar sus estudios, Hope tocó con las mejores orquestas y entró a formar parte del mítico Beaux Arts Trio, una de las formaciones de cámara más renombradas de la segunda mitad del siglo pasado. Actualmente es uno de los artistas más populares del sello Deutsche Grammophon y recientemente ha publicado un disco en el sello en el que aparecen gran cantidad de compositores habituales en el blog por lo que era casi obligado dirigir nuestra atención hacia “Spheres”. A lo largo del disco, Daniel Hope repasa obras de compositores clásicos y las acompaña con otras de músicos contemporáneos consagrados y piezas de autores jovencísimos de la actualidad que, en muchos casos, conocen aquí su primera versión grabada.

Intervienen en el disco, aparte del propio Hope, Jacques Ammon (piano), Chie Peters (violin), Jual Lucas Aisemberg (viola), Christianne Starke (violonchelo), Jochen Carls (contrabajo), la Deutsches Kammerorchester Berlin y miembros del Rundfunkchor Berlin, todos dirigidos por Simon Hasley.

Daniel Hope en acción

“Sonata for violin and continuo” – Abre el disco una pieza del compositor barroco alemán Johann Paul Von Westhoff, violinista destacado y uno de los primeros autores en escribir piezas para violín solo. La aquí seleccionada es una composición que requiere de buenas dosis de virtuosismo y que nos muestra cómo muchas músicas contemporáneas que creemos innovadoras, tienen profundas raíces en épocas pretéritas y pensamos en algún fragmento para violín de “Einstein on the Beach”.

“I Giorni” – Aunque ha sido mencionado en alguna ocasión de pasada por aquí, nunca le hemos dedicado una entrada al compositor italiano Ludovico Einaudi, algo que habrá que corregir en el futuro. “I Giorni” es uno de sus discos más celebrados y su pieza central, de gran belleza, es una de las escogidas por Hope para integrar el disco.



“Echorus” – Rara es la colección de música contemporánea que no incluya una pieza de Philip Glass. La elección de esta composición concreta puede estar relacionada con el hecho de que el músico norteamericano la dedicó expresamente a Yehudi Menuhin, mentor de Hope. “Echorus” es, en realidad, un arreglo para dos violines y orquesta del “Etude No.2” para piano del propio autor. En esta forma, indudablemente, la pieza gana en presencia y se convierte en una obra notable.

“Cantique de Jean Racine, Op.11” – Hope abre un hueco a la música del cambio de siglo del XIX al XX en la figura del francés Gabriel Faure. Estilísticamente, se trata de una composición que podría parecer fuera de lugar en el contexto del álbum pero la extraordinaria capacidad para la melodía del compositor galo está muy directamente emparentada con la música de Einaudi, por ejemplo, con lo que, en realidad, Hope estaría estableciendo puentes entre distintas épocas con gran acierto.

“Prelude No.15 for violin and piano” – Muy de agradecer es la presencia de compositores, no ya contemporaneos sino, como reza el tópico, insultantemente joven como es la norteamericana (rusa de nacimiento) Lera Auerbach, que aún no ha cumplido los cuarenta años. En el disco tenemos dos muestras de sus preludios para violín y piano. El que hace el número 15 es una preciosa pieza muy íntima, llena de matices que te obligan a subir el volumen del reproductor para apreciarlos en su totalidad.

“Fratres for violin, string orchestra and percussion” – Poco podemos añadir sobre Arvo Pärt y su “Fratres” a estas alturas. La versión que aquí escuchamos es una de las más interpretadas y, quizá nuestro formato favorito de la pieza. En cualquier caso, siempre es recomendable revisar a este autor y esta obra en concreto.

“Wild Swans Suite” – Otra joven compositora (aunque no tanto ya que nació en 1957) de origen ruso y nacionalidad australiana es la siguiente en aparecer por aquí. Elena Kats-Chernin aparece con una selección de su ballet “Wild Swans”. Es trata de una pieza alegre y ensoñadora con un aire de cuento de hadas construida alrededor de un diálogo entre el piano y el violín. Un gran descubrimiento.

“Musica universalis” – Continuando con los nuevos compositores, llegamos a Alex Baranowski, nacido en 1983. Autor de bandas sonoras, colaborador de grupos de música pop, electrónica, etc. La obra seleccionada por Hope para su inclusión en el disco es una preciosa pieza llena de sensibilidad cuyo estilo nos recuerda al de otro autor que ha aparecido por aquí en algún momento como es Rene Aubry. Esta grabación es la primera que se hace de la pieza.



“Spheres” – Nacido en 1975, Gabriel Prokofiev es nieto del afamado compositor ruso Sergei Prokofiev. Combina piezas electrónicas con composiciones más convencionales desde el punto de vista formal como la que aquí aparece: un tema oscuro con tintes inquietantes y un punto de suspense que continúa la senda abierta por autores recientes como Ligeti o Messiaen. Como en el caso anterior, su presencia en el disco supone un estreno mundial en formato grabado.

“Berlin by Overnight” – Max Richter se ha ido construyendo una interesante carrera como compositor electrónico tras dejar Piano Circus, una interesante formación dedicada a la música contemporánea de raíces minimalistas. Tras colaborar con Future Sound of London, se lanzó a una carrera en solitario que ha dado ya varios discos que aparecerán por el blog en algún momento. Recientemente ha alcanzado un cierto éxito con una revisión radical de las cuatro estaciones de Vivaldi para el sello Deutsche Grammophon en la que también participa Daniel Hope. En “Berlin by Overnight”, Richter firma una pieza que podría pasar perfectamente por obra de Philip Glass ya que reúne todas las características de la música del de Baltimore. Una gran pieza en todo caso, a pesar de su brevedad.

“Biafra” – Segunda aportación de Baranowsky al disco, una pieza íntima y reflexiva que continúa con la linea de su anterior aparición en el disco.

“Lento” – Aleksey Igudesman es un compositor ruso nacido en 1973 que ha dedicado buena parte de su carrera a explorar la música de violín en diferentes tradiciones folclóricas. En este movimiento, el músico refleja la influencia de nombres como Pärt o Gorecki en el tratamiento de la orquesta y muy especialmente en el coro aunque la parte de violín es mucho más expresiva y apasionada que la de esos autores, recordando en cierto modo a Debussy. Se trata de la primera grabación realizada de la obra.

“Passagio” – La segunda pieza de Einaudi presente en el disco es este corte de su disco “Fuori dal mondo”, una de sus mejores composiciones y que, además, se adapta como un guante al estilo de Hope. Si no conocéis la música del italiano, estamos seguros de que os enamorará con esta pieza, con un cierto aire folclórico y una belleza intemporal.

“Prelude No.8 for violin and piano” – Vuelve a sonar la música de Lera Auerbach con otro de sus preludios. En esta ocasión con un aire romántico muy marcado que nos encanta, aunque, como en el primero aparecido en el disco, su música es muy tenue, muy delicada y requiere de un esfuerzo extra para su escucha.

“Benedictus” – No es la primera vez que aparece Karl Jenkins en el blog y seguro que tampoco es la última. Escuchamos aquí un fragmento de su misa “The Armed Man”, una pieza entregada por completo a la melodía, sin experimentos ni florituras. Música auténtica llena de sensibilidad que le brinda al violín de Hope una oportunidad de lucimiento. La parte coral tiene una clara influencia de Faure con lo que la inclusión en el disco del músico francés, un autor sin mucha relación aparente con el resto, se revela poco a poco como imprescindible.

“Prelude and Fugue in E minor, BWV855” – Como contrapunto a tanto compositor actual, Hope introduce aquí una pieza de Johann Sebastian Bach. Se trata de un arreglo de una de las piezas incluidas en “El clave bien temperado”. Como ocurre con toda la buena música, funciona a la perfección en casi cualquier versión y la incluida aquí corrobora esa afirmación.

“Trysting Fields” – Michael Nyman aparece representado aquí con un fragmento de la banda sonora de “Drowning by Numbers”, escrita por el músico a partir de material de la Sinfonía Concertante de W.A.Mozart. Sin duda, se trata de nuestra obra favorita de Nyman, al menos de entre las escritas para acompañar a las películas de Greenaway. La versión de Hope es bastante más intensa que la de la propia Michael Nyman Band y eso es decir mucho aunque ayuda que el arreglo se haya cuidado mucho para resaltar el papel del violín del sudafricano de un modo mayor que en la partitura original.

“Nachpiel” – Karsten Gundermann, compositor alemán nacido en 1966 es el escogido para cerrar el disco con un fragmento de su obra dedicada a Fausto que sirve, además, como primera grabación publicada de la pieza. Un final muy adecuado por otra parte, para un disco notable hacia el que conviene dirigir la vista (deberíamos decir el oído) si estamos interesados en descubrir nuevos compositores.


Lo interesante de Daniel Hope y que le diferencia de la mayoría de sus colegas de profesión es su hiperactvidad. Al margen de su faceta interpretativa, también lleva un videoblog en el que informa de sus actividades. Además de eso, con cierta regularidad organiza conciertos benéficos para los que recluta a lo más granado de entre sus colegas. Especialmente activo se muestra a la hora de recordar todo lo relacionado con los acontecimientos sucedidos durante la época de Hitler. Así, ha conmemorado la noche de los cristales rotos, ha dado recitales centrados en la música de compositores checos que fueron encerrados en campos de concentración, etc. No contento con esto, participa en la organización de diferentes festivales por todo el mundo en los que no sólo se escucha música “clásica” sino que tienen cabida todo tipo de estilos. Su versatilidad como intérprete, por otra parte, le ha llevado a grabar música de todos los periodos y autores siendo esta la primera vez que se sumerge en la obra de compositores contemporáneos. Por ello, encontramos el disco muy recomendable para todos los seguidores del blog que lo podrán adquirir, como siempre, en los siguientes enlaces:

amazon.es

fnac.es

Os dejamos con un trailer promocional del disco:

domingo, 21 de julio de 2013

Wim Mertens - Integer Valor (Integrale) (1999)



A lo largo de la década de los noventa, Wim Mertens optó por introducir progresivamente más intérpretes de cuerda en su grupo lo que supuso una cierta dulcificación de su música. El primer ejemplo de este cambio fue “Jardin Clos”; un buen disco pero que quedaría como un mero anticipo de lo que vendría después dada la excepcional calidad del siguiente trabajo de estas características del belga favorito de este blog.

Fue en 1998 cuando apareció en las tiendas “Integer Valor” un nuevo disco de Mertens de los que entrarían en la categoría de “discos para ensemble” y que, cronológicamente se situaría por detrás de “Lisa”, un EP de música para piano escrita para una película belga y de “Sin Embargo”, un errático disco de guitarra que cogió a todos los seguidores del músico con el paso cambiado. En este contexto, había cierta expectación por escuchar el siguiente paso del artista. Un simple vistazo a la formación empleada para la grabación hacía pensar en una continuidad con la línea abierta en “Jardín Clos” ya que aparecía un extenso grupo de cuerdas (Xavier Claeys, Maurits Goossens, Stefaan Claeys y Claire Delplanque a los violines, Kris Van Severen y Paul Bervoets a las violas, los cellos de Lieven Vandewalle y Koen Lievens y los contrabajos de Michel Vangheluwe y Etienne Siebens). Acompañando a esta mini orquesta tenemos a los habituales acompañantes de Mertens: Dirk Descheemaeker (clarinete y saxo soprano), Marc Verdonck (saxo alto), Ward Hoornaert (trompeta), Herman Lemahieu (trompa), Eddy Verdonck (trombón) y Hugo Matthijssen (tuba). Como último complemento tenemos la voz cristalina de Els Van Laethem, el arpa de Brigitte Hertogs, la guitarra de Peter Verbraecken y la percusión de Bart Quartier. Wim Mertens se reserva para si el puesto de pianista en la banda.

Portada de la primera edición, de un solo disco, de "Integer Valor"


Desde el primer momento quedó claro que “Integer Valor” era un trabajo maravilloso. Probablemente la obra maestra de su autor por mucho que cueste desplazar de esa categoría en el imaginario privado de cada seguidor los primeros títulos que escuchó en su momento y que siempre parecen imposibles de superar. Las nueve composiciones que contenía el disco conformaban una colección en la que se juntaba lo mejor del músico belga: melodías arrebatadoras, una sensibilidad extrema, ritmos enérgicos y una voz propia y reconocible. Sin embargo, lo mejor estaba aún por llegar. Cuando no nos habíamos repuesto del impacto del disco apareció en las tiendas sin avisar una caja de tres discos titulada: “Integer Valor (Integrale)” conteniendo una versión extendida de la obra reorganizada en tres partes diferenciadas, cada una de ellas con su propio título independiente. Si ya el disco original era magnífico, su edición expandida era aún mejor. Cierto es que las mejores piezas ya estaban en el disco publicado inicialmente pero la calidad de alguna de las excluidas de esa primera selección merecía el rescate y justificaba con creces la aparición de la integral de la obra.



TO FILL IN THE BLANK

“To Obey” – Comienza la obra con un tema lento, solemne, a cargo de los vientos con apoyo puntual del arpa (que tendrá mayor protagonismo en la coda) y una percusión que refuerza el aire majestuoso de la pieza. Como obertura, el tema funciona a la perfección y nos pone en el estado de ánimo adecuado para lo que vendrá después, que no es poco.

“Leverage” – De nuevo los vientos son protagonistas en una pieza con reminiscencias de discos como nuestro admirado y ya comentado aquí “Motives for Writing”. Ritmos obstinados en el comienzo y una evolución hacia estructuras más experimentales conforme avanza la pieza. Escuchamos aquí al Mertens que no suele tener cabida en los discos “normales” y que suele reservarse para los grandes ciclos aunque la extensión de la caja permite en esta ocasión que haya suficiente espacio para este tipo de músicas aquí.

“Positively Imperative” – Llegamos ahora a uno de los momentos más interesantes, de esos en los que Mertens hace magia con la sección de viento que se convierte, a la vez, en una máquina perfecta de ritmo y en una arrebatadora productora de melodías. Un tema fantástico que no es sino el preludio de lo que viene a continuación.

“Yes, I Never Did” – Si afirmamos que esta es, no sólo la mejor pieza del disco, sino una de las mejores de Mertens en toda su carrera, muchos pensareis que exageramos pero tenemos el convencimiento de que es así desde la primera escucha, ya cuando formaba parte del “Integer Valor” inicial de sólo ocho cortes. Trompeta y saxo soprano construyen una impresionante introducción que, a la llegada de las cuerdas, se transforma en una maravilla que no puede dejar a nadie indiferente. ¿El mejor Mertens? Si no lo es, está muy cerca. La segunda parte de la pieza cambia por completo de registro con un desarrollo lento que nos permite recuperarnos y asimilar la experiencia de los primeros minutos.



“Neither Do I Too” – Son ahora las maderas las encargadas de recrear una melodía fantástica con muchos puntos en común con otras de su primera época escritas para piano. En un fantástico diálogo, las cuerdas van dibujando melodías por debajo hasta la incorporación del saxo a la conversación.

“Collateral Damage” – Toma los mandos ahora Mertens al piano como en los tiempos de “4 Mains” y piezas similares con las cuerdas prestas a dar la réplica. La banda al completo va incorporándose a una pieza intensa y de largo desarrollo en la que la pequeña orquesta de cuerda montada por el músico alcanza un papel mucho más importante del que había ejercido hasta ahora y funcionando como cualquier otro de los instrumentos de la paleta de Mertens, asumiendo funciones rítmicas cuando toca y melódicas el resto del tiempo. La pieza está construida como un continuo crescendo que alcanza su climax al final con la incorporación de las percusiones.

“Sidemen” – Segunda de las piezas que aparecieron en el disco original. De nuevo es el piano el que hace los honores en una introducción llena de ritmo a la que se incorporan el resto de instrumentos, empezando por la trompeta y siguiendo por el resto de vientos y las cuerdas hasta llegar a la voz de Els Van Laethem. Toda la composición es una fiesta plena de optimismo y vitalidad que nos revela un Mertens eufórico e inspirado en un momento excepcional. Los últimos minutos del corte nos sorprenden con una extraña serie de sonidos electrónicos y percusiones muy inquietantes y ajenas al desarrollo de la pieza pero tras escuchar lo que el belga nos ha regalado antes, no es cuestión de poner “peros”.

“To Obey (reprise) – Como indica el título, cerrando el primero de los discos tenemos una nueva versión del tema que lo abría minutos atrás. Se trata de una recreación más pausada en la que las cuerdas ocupan un segundo plano y el piano interpreta lánguidamente la melodía principal.



WRITTEN CONVERSATION

“Tout est visible” – El segundo de los discos que componen la obra está integrado por aquellos temas cuyo título es en francés y es también el que más cortes contiene de los que formaron parte del lanzamiento inicial. El primero de ellos es éste. Si hay una característica que diferencia notablemente a Mertens del resto de músicos de ascendencia minimalista y que le señala como una influencia diferenciada sobre otros artistas (Tiersen, Goude, Einaudi...) es su extremada capacidad para construir melodías inolvidables. El talento melódico del compositor belga se pone de manifiesto como nunca en esta pieza y, en general, en todas las incluidas en este disco. Imposible resistirse a una maravilla de este calibre que no merece la pena intentar describir con palabras.



“Au-dela du fleuve” – Practicamente todo lo dicho del tema anterior sirve, palabra por palabra para éste. Talento puro al servicio de la música, un momento de inspiración máximo y un gusto excepcional para plasmarlo todo con elegancia. El tema formó parte también de los ocho que conformaron la primera versión del trabajo con lo que es fácil hacerse una idea de los motivos del entusiasmo que nos causó en su momento. Aparte del idioma de los títulos, empezamos a encontrar diferencias formales entre este disco y el anterior: los temas de “Written Conversation” se ajustan más a un esquema de piano más cuerdas y tienden más a la melodía que al ritmo pero esta regla no es inamovible como veremos más adelante.

“Tout est illumine” – Pasamos ahora a un delicadísimo tema para piano con un leve apoyo orquestal. Melancolía a raudales en otra pieza fantástica que en el contexto del disco corre el riesgo de pasar desapercibida dada la calidad de la música que la rodea.

“Tout ça, c’est fini” – Rompiendo con la tónica del segundo CD de la obra, el siguiente tema es una nueva explosión de ritmo y vitalidad que, en cualquier otro trabajo de Mertens, sería una de las mejores piezas de largo.

“La fin de la visite” – Nueva pieza procedente de la selección inicial del disco y, una vez más, una composición fantástica. El piano de Mertens desatado en labores rítmicas y los vientos tomando las riendas de la melódía. Con ese proceso tan característico de adición de instrumentos o secciones enteras, se incorporan las cuerdas hasta conformar una pieza magnífica que puede competir en intensidad y energía con las más poderosas creaciones de la Michael Nyman Band.

“Comme en dormant” – Último de los cortes del CD que formaron parte de la versión de un solo disco. La estructura es similar a la de los dos primeros temas de “Written Conversation”, es decir, piano, cuerdas y un énfasis especial en la melodía. Sin llegar a los niveles de excelencia de aquellos, seguimos estando en presencia de una pieza preciosa.

“Au fond, la mer” – Mertens revisa aquí una melodía aparecida en el anterior disco “Jardin Clos” con ligeros retoques. Reconociendo su buena factura y su elegancia, no se cuenta entre nuestras favoritas del disco y encontramos en ella los primeros síntomas de un cambio en la música del belga que se iba a intensificar en los años posteriores y que, a nuestro juicio, le resta fuerza: un protagonismo excesivo de la sección de cuerda, con un tratamiento algo dulzón que se pondría de manifiesto en trabajos como la banda sonora de “Father Damien”, aparecida unos meses más tarde.

“Si loin du centre” – Una serie de secuencias ascendentes y descendentes a cargo del piano secundadas por el clarinete y arropadas por las cuerdas conforman otra interesante pieza en la que la percusión también juega un papel importante. Quizá no tenga el encanto de otras composiciones del disco pero nos sigue pareciendo una composición a tener en cuenta.

“Hors-nature” – Llegamos al final del segundo disco con una composición que parecía destinada a pasar desapercibida por lo anodino de inicio pero que poco después se transforma de un modo radical con la aparición de una de esas melodías inolvidables que, de vez en cuando, se saca el belga de la manga. Con todo, la versión del disco no le hace justicia y creemos que el propio Mertens pensaba igual ya que la remodeló con ocasión del lanzamiento de un recopilatorio posterior e, incluso, grabó un disco años más tarde que no es sino una serie de variaciones sobre esta composición.



FULL OF COBBLES

“The Way Down” – El tercer disco de la colección es, quizá, el más experimental de todos aunque sin llegar a los extremos de los ciclos para los que el belga se reserva su música más inaccesible. El primer corte se abre con una percusión de aire marcial (en la linea del “Mars” de Holst, para entendernos) y se acompaña de un piano rítmico lo que, tras la entrada de la sección de cuerda, nos presenta un panorama muy cercano estilísticamente al de la Michael Nyman Band y, ciertamente, la pieza encajaría en alguna de las bandas sonoras del británico.

“A Feet Maniac” – Se trata de una de esas composiciones amables de Mertens ante las que no puedes evitar esbozar una sonrisa. Optimismo con un punto de inocencia son las sensaciones que transmite el compositor en una composición intrascendente pero con encantro.

“And Bring You Back” – Un sonido de órgano (que, curiosamente, no aparece en los créditos) se combina con los pizzicati de la pequeña orquesta y la guitarra de Peter Verbraecken en otra pieza de tono naïf que formó parte del “Integer Valor” original, siendo, quizá, la más prescindible de las piezas de aquel trabajo.

“In 3 or 4 Days” – En contraste con la anterior, la siguiente composición era ya una de las destacadas de aquel disco. Interpretada en sus primeros minutos por sintetizadores (simulando un clavicembalo para la melodía principal pero también con sonidos puramente electrónicos), es con la incorporación de la orquesta cuando la pieza se nos muestra en toda su magnificencia. Vuelve a sonar la guitarra pero ahora en su versión eléctrica, lo que siempre es una rareza en Mertens, al igual que el lanzamiento de “singles” de sus discos. En el caso de “Integer Valor” fue precisamente ésta la composición escogida como tal, acompañada de otras tres piezas, inéditas entonces, pero que después formarían parte de la versión integral que hoy comentamos.



“Song 6” – Quizá la gran sorpresa del disco fuera esta composición. Un tema maravilloso para vibráfono y saxo (con algunos sintetizadores de fondo). Hasta donde sabemos, ha pasado desapercibida incluso entre los seguidores del músico belga y no nos consta que haya sido incorporada a sus conciertos. Sin embargo, creemos que se trata de una de las mejores piezas que han salido de la pluma del compositor en todos estos años y merecería ser recuperada.

“For Quietness” – A punto de cerrar esta monumental obra nos encontramos con una “pequeña” (entrecomillamos porque su duración supera el cuarto de hora) extravagancia de nuestro músico. Una extensísima pieza con aire de improvisada en la que los teclados van soltando melodías sueltas sobre un fondo de violines (a veces en pizzicato y otras a la manera convencional). Una pieza innecesaria que llega a cansar y que bien podría haber sido descartada o, al menos, reducida en cuanto a su duración.

“The Way Up” – Como cierre, volvemos a la versión más rítmica de Mertens en un tema que es una réplica al que abría este tercer disco pero sin los tambores de guerra que dominaban aquel, que ahora no aparecen hasta la parte final.


Somos conscientes de que en esta entrada la pasión de fan nos ha hecho perder por completo la objetividad pero es que el entusiasmo que sentimos quince años atrás cuando escuchamos por primera vez esta obra sigue presente en cada nueva audición que le dedicamos. Tengamos en cuenta también que cuando apareció “Integer Valor”, Mertens llevaba ya 18 años de trayectoria y lo razonable, llegados a ese punto, suele ser esperar un bajón en cuanto a calidad o, en el mejor de los casos, un cierto estancamiento. Cierto es que no siempre es así y que muchos artistas mantienen un buen nivel por periodos prolongadísimos pero suelen ser casos excepcionales. Para aquellos que quieran hacerse con esta obra, dejamos los siguientes enlaces:


Nos despedimos con una versión en directo en Madrid de "Comme en Dormant":

miércoles, 17 de julio de 2013

Kronos Quartet - Winter Was Hard (1990)



Si existe una formación que, partiendo de la llamada música culta, ha alcanzado una categoría y popularidad equiparable a la de muchas estrellas del rock, esa es, sin duda, el Kronos Quartet. Formado en 1973 por David Harrington, violín principal del cuarteto, se han destacado siempre por arriesgar al máximo con su repertorio abarcando estilos minoritarios dentro de la música de cámara e incorporando a la misma, sonidos y estilos que nunca habríamos pensado en escuchar en una sala de conciertos.

Aunque siempre han tenido un ojo puesto en la música clásica contemporánea y no es raro que a primera vista se les relacione con la corriente minimalista, el jazz y todo tipo de folclores han formado parte de sus discos y conciertos de modo que en su discografía podemos escuchar igualmente a Glass, Reich o Riley de la mano de Thelonius Monk o Bill Evans, Astor Piazzolla, Henryk Gorecki o Kevin Volans pero también músicas más insospechadas como la de Sigur Ros, Jimi Hendrix o Nine Inch Nails. Poco a poco se han ido construyendo un nombre y buena prueba de ello son los más de 800 cuartetos y arreglos para cuarteto que han encargado en estos años y la gran cantidad de obras que los compositores más renombrados de la actualidad han escrito específicamente para ellos. Sobre el escenario, el Kronos Quartet es una delicia. Ajenos a los convencionalismos, pueden aparecer en bermudas y con camisa hawaiana si se tercia pero cuando la luz se apaga, ¡ay amigos! Entonces muy pocos se fijan ya en la vestimenta. Aprovechamos estos días en que el grupo celebra su cuadragésimo aniversario para dedicar la entrada a uno de sus discos más impresionantes, publicado en 1989 por la formación más longeva del cuarteto en todos estos años: David Harrington y John Sherba (violines), Hank Dutt (viola) y Joan Jeanrenaud (violonchelo) con ayudas puntuales en alguna de las piezas del disco de las que hablaremos en su momento. En “Winter Was Hard” vamos a encontrar una combinación de compositores realmente original por sus estilos y procedencias, absolutamente diferentes y con poca relación entre ellos.

Imagen de la formación que participa en el disco

“Winter Was Hard, Op.20” – El San Francisco Girls Chorus dirigido por Elizabeth Appling y por Earl L. Miller al órgano son los principales intérpretes de esta breve pieza del finlandés Aulis Sallinen. En ella escuchamos elementos folclóricos con un toque contemporaneo muy al estilo de otros músicos como Arvo Pärt.ç



“Half Wolf Dances Mad in Moonlight” – La segunda pieza del disco se corresponde con un extracto de una obra comentada en el blog tiempo atrás: “Salome Dances for Peace” de Terry Riley. Se trata de un monumental cuarteto de cuerda de una duración próxima a las dos horas del que aquí escuchamos un fragmento. La relación de Riley con el Kronos quartet ha dado grandes frutos y la grabación de esta obra es uno de los más destacados.

“Fratres” – Si Riley es de sobra conocido por los lectores del blog, ¿qué decir entonces de Arvo Pärt? El compositor estonio aparece representado en el disco por una de sus obras más conocidas: “Fratres”. Como es sabido, no existe una orquestación fija para interpretar esta pieza existiendo versiones para quinteto de cuerda, quinteto de vientos, violín y piano, orquesta y percusión y un sinfín de combinaciones que no restan un ápice de calidad y emotividad a una obra maravillosa. La reescritura de la pieza para cuarteto de cuerda fue la quinta revisión de la misma realizada por el propio Pärt y, probablemente, es en este disco en el que aparece grabada por primera vez (aunque este aspecto no es fácil de confirmar).

“Six Bagatelles, Op.9” – Retrocedemos unos años en el tiempo para encontrarnos con esta obra de juventud del austriaco Anton Webern, uno de los más representativos miembros de la Segunda Escuela de Viena. La elección de la obra tiene algo de sorprendente puesto que estas bagatellas no pasan por ser parte de las creaciones más representativas de su autor e, incluso, para algunos críticos, son un trabajo no del todo depurado.

“Forbidden Fruit” – La paz y tranquilidad que parecían reinar hasta ahora en el disco saltan por los aires en los primeros segundos de la pieza del norteamericano John Zorn que obliga al cuarteto a estirar al máximo las posibilidades expresivas de sus instrumentos. Zorn es una de las voces más arriesgadas de la música contemporanea y abarca un buen número de estilos ademar de haber inventado algunos nuevos. No es casual que, al margen de su aportación al disco como compositor, Zorn sea también uno de los productores. La pieza tiene muchos puntos en común estilísticamente hablando con algunas obras de John Cage con las que comparte el uso del “collage” y la aparición de un DJ (Christian Marclay) manejando los platos. La otra participación ajena al Kronos Quartet de la de Ohta Hiromi en las voces. “Forbidden Fruit” fue incluida anteriormente en el disco de Zorn de 1987 “Spillane” y con su aparición en “Winter Was Hard” el cuarteto reivindica su participación en la pieza.

“Bella by Barlight” – John Lurie tiene una carrera muy extensa tanto en su faceta de actor (ha intervenido en películas como “Paris, Texas”, “La Última Tentación de Cristo” o “Corazón Salvaje”) como de músico, primero con los peculiares Lounge Lizards y más tarde en solitario dedicado a las bandas sonoras. Por si esto fuera poco, también es pintor y su obra se expone en alguno de los museos más renombrados, incluyendo el MOMA. La pieza que el Kronos escoge para el disco es parte de la banda sonora de la película de Jim Jarmusch “Stranger Than Paradise”, protagonizada por el propio Lurie.



“Four, for Tango” – Llegamos a uno de nuestros momentos favoritos del disco que es la excepcional composición del argentino Astor Piazzolla, encargada por el propio Kronos Quartet al músico. La forma en la que el cuarteto se adapta a la sinuosa música del genio marplatense es magistral y demuestra que la versatilidad de la formación no conoce fronteras estilísticas.

“Quartet No.3” – Alfred Schnittke es uno de los más interesantes compositores que surgieron de la antigua Unión Soviética y sólo su pobre salud, que le obligó a pasar largas temporadas postrado en cama (llego a estar un tiempo en coma en 1985 siendo practicamente desahuciado por los médicos pero se recuperó y siguió componiendo), ha evitado que su obra sea aún más extensa. A pesar de todo, dejó un buen número de sinfonías y obras de cámara realmente sobresaliente. El tercer cuarteto de cuerda de Schnittke es una obra apasionada y expresiva que contrasta con el carácter supuestamente frío de la escuela soviética y la interpretación del Kronos es sobresaliente. Años después, el cuarteto se animaría a grabar la integral de la obra de Schnittke para este formato (sus cuatro cuartetos más una serie de canciones y una breve pieza dedicada a Stravinsky) y en ese doble CD se incluiría, una vez más, esta grabación que hoy comentamos.

“Adagio” – El “Adagio” de Samuel Barber forma parte ya de la memoria sonora del siglo XX y pocas personas habrá que no lo reconozcan al sonar sus primeras notas. Quizá no sean tantos los que sepan que la pieza no nació para ser interpretada por una gran orquesta, como suele hacerse, sino como el segundo movimiento del “Cuarteto de Cuerda, Op.11” del compositor americano. Fue Toscanini el responsable de su estreno en 1938 aunque en arreglo orquestal fue realizado por el propio Barber unos meses después de completar el cuarteto, consciente del evidente potencial dramático de la composición. Tratándose de una grabación del formato original de la obra, creemos que el Kronos Quartet podría haber interpretado el cuarteto completo y no sólo el movimiento central pero, en cualquier caso, la obra y la versión siempre merecen la pena.

“A Door is Ajar” – Cerrando el disco tenemos una miniatura de autor desconocido que en los créditos aparece como composición tradicional. En realidad, consta del sonido del viento soplando, un brevísimo tema musical y una voz robótica que dice “a door is ajar” y, tras un portazo, “thank you”.

El título de la última pieza (una puerta entreabierta) nos parece la mejor descripción posible para el disco en su conjunto. El Kronos Quartet nos abre una puerta hacia una serie de músicas de diversas procedencias con una característica en común: un atractivo casi ineludible. Elaborado guardando un delicado equilibrio entre música con un cierto potencial comercial (Pärt, Barber) y otra realmente minoritaria Harrington y compañía consiguen cuadrar un disco que creemos imprescindible para aquellos melómanos con inquietudes por todo tipo de estilos y que, probablemente, funciona mejor en su función de “puerta entreabierta” por la que asomarse al mundo de compositores con los que no nos atrevemos directamente a través de discos monográficos que como obra cerrada de la que disfrutar continuamente con escuchas reiteradas y es que sabemos que cuando uno cae presa de la atracción de músicos como Pärt o Piazzolla no se conforma con escuchar piezas sueltas en recopilatorios. En cualquier caso, os dejamos los habituales enlaces en los que adquirir el disco:



Para despedirnos, os dejamos al Kronos en directo interpretando "Four, for Tango".

domingo, 14 de julio de 2013

Boards of Canada - Tomorrow's Harvest (2013)



El “National Film Board of Canada” es un organismo público del estado de Canadá dedicado a producir documentales, cortos de animación y obras de ficción que surge para promocionar la cultura del país de la hoja de arce. Muchos de los documentales que produjeron en el pasado llegaron a ser vistos por los hermanos Michael Sandison y Marcus Eoin en su Escocia natal y tomaron el nombre de la productora como inspiración para su “nom de guerre” como duo musical.

Desde pequeños, ambos hermanos jugueteaban con cualquier aparato electrónico que caía en sus manos y, gracias a que en su familia había tradición musical, éstos eran muchos. Así, con sólo diez años ya estaban familiarizados con las cintas de grabación y realizaban sus propios “pastiches” sonoros con rudimentarios samples. Como ocurre habitualmente, ambos hicieron sus pinitos en bandas juveniles hasta que Mike invitó a su hermano a formar parte de su nuevo grupo allá por 1986. Poco después, ambos se quedaron como únicos integrantes del mismo y nació Boards of Canada.

Un elemento importantísimo de la personalidad del grupo, y esto es muy relevante para hablar de la campaña promocional de su último disco, es el hermetismo. Apenas conceden entrevistas, sus actuaciones son escasísimas y, por si esto fuera poco, han demostrado una afición por los enigmas, los juegos numéricos (el número 6 y los hexágonos son omnipresentes en su carrera), los mensajes ocultos, etc. lo que les ha proporcionado un estatus de grupo de culto similar al obtenido por la serie televisiva “Lost” por parecidos motivos.

El famoso disco promocional que inició la locura entre los seguidores del grupo.


Su discografía es escasa y, contando con el trabajo que hoy comentamos, se limita a cinco discos (el primero de ellos casi imposible de encontrar hoy) y varios EP’s publicados en su mayoría por el sello Warp, lo que da una pista más sobre su música. Lo cierto es que habían transcurrido ya casi ocho años desde su anterior larga duración cuando comenzó una especie de juego de enigmas inteligentemente manejado por los hermanos y la discográfica. Comenzó con el envío de seis misteriosos discos de vinilo a sendas tiendas en todo el mundo. En ellos figuraba un misterioso código numérico (de seis dígitos, ¿cómo no?) a partir del cual comenzaron a generarse todo tipo de especulaciones. A partir del código surgieron más pistas incluyendo la propia grabación contenida en el disco que era una extraña secuencia de números similar a las que se emiten, sin que quede muy clara su función exacta, desde diferentes estaciones de radio en todo el mundo en las últimas décadas. De ahí pasamos a una página web y, unos días después, al anuncio de un nuevo disco de Boards of Canada que llevaría por título: “Tomorrow’s Harvest”.

Cuando un grupo es importante en su estilo, suele generar dos tipos de influencia: la primera y más evidente, es la aparición de imitadores, conocidos por los aficionados como clones de la banda o artista en cuestión. Se trata de una opción respetable pero que no deja de ser la solución “fácil” desde el punto de vista creativo. En los estilos que tratamos habitualmente en el blog encontraríamos varios ejemplos de grupos “imitados” como Tangerine Dream, clonados en Redshift o Radio Massacre International, Kraftwerk y su réplica Komputer o, ya en el territorio nacional, OBK como pobre remedo de Depeche Mode. La segunda vía desde el punto de vista artístico es la de los músicos que, evidenciando su admiración por otro artista, no se limitan a copiarle sino que toman elementos concretos de su estilo y los adaptan construyendo una voz propia que trasciende la imitación. Continuando con las músicas que habitualmente tratamos aquí, Yann Tiersen sería un ejemplo de esto en relación con Michael Nyman o Wim Mertens, Orbital con Kraftwerk o Steven Wilson con Pink Floyd o King Crimson.

Boards of Canada pertenecerían también a esta segunda categoría. Sus influencias procedentes de músicos y bandas del pasado son evidentes pero el dúo ha sabido filtrarlas por un tamiz personal que es el que les hace realmente interesantes a nuestro juicio y conseguir, a partir de esas influencias, un sello propio que les hace reconocibles.



“Gemini” – Abre el disco una breve fanfarria que nos recuerda a las sintonías de los anuncios previos a una proyección en las salas de cine. Entramos a continuación en una atmósfera oscura y angustiosa durante unos instantes hasta que comienza a sonar una secuencia electrónica en segundo plano que le debe buena parte de su inspiración a los Tangerine Dream de los setenta y es a este tipo de cosas a las que nos referíamos antes con lo de las influencias bien aprovechadas. Efectivamente, recuerdan por unos instantes a Tangerine Dream pero no son la banda alemana.

“Reach for the Dead” – Efectos de ruido blanco acompañados de una percusión cadenciosa nos reciben en el comienzo del siguiente corte. De forma casi imperceptible va apareciendo una melodía que poco a poco se hace con toda la pieza llevandonos por territorios “ambient” que firmaría el propio Brian Eno. Hace su aparición entonces una secuencia que es pura Escuela de Berlín y se funde con ritmos más actuales formando una amalgama de estilos y sonidos realmente cautivadora.


“White Cyclosa” – De nuevo sonidos que nos retrotraen a la mejor época de los Klaus Schulze o Edgar Froese sirven como introducción de otra composición puramente ambiental llena de misterio y sugerencia con algunas gotas del Jarre más atmosférico. Un pasaje más en un viaje lleno de atractivos.

“Jacquard Causeway” – Sonidos electrónicos y una percusión que parece ir por libre respecto de la melodía principal conforman un corte inquietante, de los más experimentales de un disco, por otra parte no muy prodigo en rarezas y extravagancias gratuitas, que también es uno de los más extensos de todo el trabajo.

“Telepath” – Gélidos pasajes atmosféricos envuelven una voz robótica que repite sucesiones de números y que parece sacada del disco “Radio-Activity” de Kraftwerk en lo que sería un breve homenaje a los de Düsseldorf.

“Cold Earth” – Llegamos así a uno de los grandes momentos del disco con un tiempo medio en el que se combina lo mejor de los Tangerine Dream de los ochenta (que algo bueno también tenían) con ritmos “trip-hop” más actuales hasta conformar una de las piezas con una posible salida comercial más clara de todo el disco.

“Transmisiones Ferox” – Tras la breve tregua que supuso el anterior corte nos encontramos con otra pieza estrictamente ambiental, casi minimalista que hace las funciones de transición hacia la siguiente.

“Sick Times” – Regresamos a los temas rítmicos, no demasiado abundantes en el disco pero siempre brillantes. En este caso la parte melódica juega un papel secundario pero imprescindible como contrapunto al ritmo. Si Brian Eno no hubiese lanzado sus últimos trabajos en el sello Warp, diríamos que este tema suena como un cruce, precisamente, entre esas dos etiquetas sonoras.

“Collapse” – Tras varios temas en un estilo algo diferente, volvemos a encontrarnos con secuencias electrónicas “setenteras” como base a partir de la cual crecen los densos paisajes sonoros tan característicos del dúo escocés.

“Palace Posy” – Una combinación de percusiones tribales y sonidos electrónicos analógicos algo desafinados abre la siguiente pieza que termina convirtiéndose en una extrañísima canción retrofuturista en la que voces fantasmales cantan un estribillo hipnótico sumergidas en una amalgama de sonidos de una precisión abrumadora.

“Split Your Infinites” – En una línea similar se mueve la siguiente pieza. Si hay algo que caracteriza la música de Boards of Canada es la extrema elaboración de los sonidos que aparecen en cada una de sus composiciones. En una escucha inicial es muy probable que esto pase desapercibido pero si el oyente presta atención, por ejemplo, a este tema, se encontrará un nivel de producción sonora sorprendente, con efectos casi imperceptibles a cada momento revelando un perfeccionismo en el trabajo de los hermanos poco habitual en los músicos electrónicos de hoy en día.

“Uritual” – Aparcamos de nuevo los ritmos para adentrarnos en las texturas sonoras más sofisticadas formando un prolongado “loop” de tintes minimalistas con el que nos desplazamos plácidamente hacia la recta final del disco.

“Nothing is Real” – En algunos momentos, tenemos la tentación de calificar algunas piezas de Boards of Canada como verdadera música de ascensor, como se calificaba de forma despectiva a buena parte del “ambient” y la “new age” en los años ochenta por su aparente intrascendencia y falta de profundidad. Ésta pieza concreta sería candidata a esa definición pero basta con escuchar atentamente el trabajo que hay detrás de cada instante sonoro, por superficial que pueda parecer, para darse cuenta de lo injusto que sería tratarla así.

“Sundown” – De nuevo nos encontramos ante una pieza puramente ambiental, sin sobresaltos y con un sonido limpio, mucho más claro de lo habitual en un disco en el que hasta el más leve de los sonidos denota un gran trabajo detrás.

“New Seeds” – Una de nuestras piezas favoritas del disco es esta que aparece cerca del final del mismo. Una secuencia rítmica simple se combina con la percusión y lo que parecen unas cuerdas más o menos convencionales para conformar una extraordinaria pieza de pop futurista de esas que te hacen pensar que aún hay futuro en la música electrónica, más allá de las viejas glorias de décadas pasadas.


“Come to Dust” – Más o menos en la misma línea del corte anterior se encuentra este en que encontramos alguna referencia, de nuevo, a Tangerine Dream, especialmente a su etapa de los primeros años ochenta en discos como, por ejemplo, “Hyperborea”. En cualquier caso, este parecido no es suficiente para meter al tema en la categoría de “clon” a la que antes nos referíamos aunque sí en la de claras influencias.

“Semena Mertvykh” – El cierre del disco lo pone el corte más oscuro del mismo, formado por un profundo “drone” grave acompañado de breves trazos melódicos de breve duración que serviría de perfecto fondo sonoro para una película apocalíptica de esas en las que el protagonista se despierta en medio de unas ruinas deshabitadas y no sabe adónde ir.


Aunque la electrónica es una de las referencias más habituales en el blog, la gran mayoría de discos de este tipo que hemos comentado pertenecen a décadas pasadas y es que no encontramos en la actualidad demasiados artistas cuyo sonido nos resulte suficientemente atractivo. Tenemos que confesar que descubrimos a Boards of Canada en tiempos vergonzosamente recientes ya que es un grupo del que habíamos recibido excelentes referencias desde hace mucho tiempo sin que, hasta ahora, les hubiéramos prestado la atención debida. Con la excusa del lanzamiento de su nuevo disco consideramos que era un buen momento para interesarnos por ellos y la experiencia ha sido muy satisfactoria (también influyo leer que alguien como Steven Wilson afirmaba de “Tomorrow’s Harvest” que era, sin dudarlo, el mejor disco aparecido en lo que llevamos de 2013). Si, como nosotros, queréis introduciros en su obra, el disco está disponible para su adquisición en los siguiente enlaces:

amazon.es

fnac.es

Os dejamos con la fiesta secreta que se organizó en pleno desierto de Mojave para presentar el disco a unos cuantos escogidos que supieron interpretar las pistas de la campaña promocional_

miércoles, 10 de julio de 2013

The Beatles - Abbey Road (1969)



El final de los Beatles como grupo estuvo lleno de paradojas. La más curiosa es que, cuando sus miembros apenas se podían ver, grabaron más música que nunca. Producto de ello fue un disco como “Let it Be” que, prácticamente concluído se guardó en un cajón durante unos meses mientras que los cuatro músicos volvían a entrar en el estudio para grabar las que serían sus últimas canciones juntos (aunque serían publicadas antes, quedando “Let it Be” como disco de despedida).

Lo que sucedió en las sesiones de “Let it Be” dejó el futuro de la banda visto para sentencia, como se suele decir. Sin embargo, McCartney (probablemente el único que aún creía en los Beatles) se empeñó en tirar del carro y en reunir de nuevo al cuarteto para grabar a la vieja usanza, tocando en directo y prescindiendo en la medida de lo posible de tomas adicionales posteriores. Muchas de las canciones del disco fueron compuestas en la época del “White Album” que, a pesar de ser doble, dejó mucho material fuera que se aprovechó en este trabajo.

Uno de tantos homenajes a la icónica portada del disco.


“Come Together” – Abriendo el disco tenemos una de las canciones más celebradas de los Beatles. Escrita por Lennon, el juego entre la batería y el bajo del comienzo es magnífico y se convierte en la base de la canción hasta que aparece el riff de guitarra del estribillo. Los teclados tienen también su protagonismo y la guitarra de Harrison nos brinda alguno de sus mejores momentos cuando llega su turno.





“Something” – George Harrison no tuvo un papel tan importante en el grupo como el dúo principal que formaban Lennon y McCartney pero eso no puede ensombrecer el hecho de que muchas de sus aportaciones son tan magníficas como las de sus compañeros. Sus dos canciones de este disco son un perfecto ejemplo de lo que decimos y ambas son una muestra de una sensibilidad muy especial. La categoría de “Something” es tal que para Lennon se trataba de la mejor canción del disco y es, sin duda, una de las mejores del propio Harrison. Por ponerle algún pero, encontramos que los arreglos de cuerda, muy típicos de la época, no han envejecido del todo bien y eso lastra en algún momento el tema (aunque no tanto como otros del disco “Let it Be”, por ejemplo).

“Maxwell’s Silver Hammer” – Llega el momento de McCartney en el disco y su primera aportación cambia completamente el tono del mismo con una canción alegre de aire intrascendente en la que lo más destacado es la aparición de un sintetizador Moog que tiene un importante papel en la primera parte de la canción. Tanto Lennon como Harrison mostraron sin complejos su disconformidad con la canción pero con el tiempo ha quedado como una pieza simpática.

“Oh Darling” – Segundo tema de McCartney, ahora en una onda completamente diferente disfrazada de “blues” clásico. No pasará a la historia como una de las mejores canciones de los Beatles aunque Lennon creía que era un tema más que interesante (tanto, que quiso cantarlo al pensar que su voz le iba mucho mejor que la de su compañero).

“Octopus’s Garden” – La única canción de Ringo Starr del disco es un inocente canción escrita durante unas vacaciones en el yate de Peter Sellers. Deliciosamente intrascendente, contiene algunos guiños al rock’n’roll de los 50 aunque no pasa de ser una anécdota.

“I Want You (She’s so Heavy)” – Aunque no suele ser incluida entre las listas de canciones favoritas cuando hablamos de los Beatles, esta canción de Lennon es una de las más interesantes y complejas del disco. Comienza bajo la apariencia de un blues pero los continuos cambios de ritmo y de estilo (la parte central podría haber aparecido en cualquier disco posterior de Santana) y muchos han visto en esta canción la incursión más seria de la banda en los terrenos del rock progresivo, especialmente por la larga coda final en la que aparece de nuevo un Moog haciendo efectos de ruido blanco.

“Here Comes the Sun” – De nuevo Harrison y de nuevo con una canción maravillosa, simple pero encantadora. Armado de una guitarra acústica envuelta con delicados arreglos electrónicos al principio y por el resto de la banda más tarde, el guitarrista escribe una gran pieza en la que pone de manifiesto sus cualidades. De nuevo sorprende oír la importante presencia del sintetizador en los minutos finales.




“Because” – El impacto que tuvo en su momento el disco el disco “Switched on Bach” de versiones del maestro alemán por parte de Walter Carlos con el sintetizador Moog queda patente en esta canción en la que es éste el único instrumento que acompaña a las voces de Lennon, McCartney y Harrison. Además, igual que Carlos se basó en Bach, los Beatles lo hicieron aquí en Beethoven aunque de un modo distinto. Se cuenta que estando en el estudio, Yoko Ono comenzó a tocar la sonata “Claro de Luna” al piano y Lennon le pidió que tocase los mismos acordes pero al revés. Esa fue la base de otra canción inmortal en la que disfrutamos como nunca de la perfecta interacción vocal del grupo (con truco, ya que hubo un gran trabajo en estudio duplicando voces para incrementar la sensación de coro).

“You Never Give Me Your Money” – El disco iba a terminar con un largo “medley” de ocho canciones enlazadas sin solución de continuidad. La primera de ellas, escrita por McCartney es esta bonita balada que se transforma pronto en un rock más tradicional antes de desembocar en la siguiente pieza resultando en realidad un pequeño “medley” dentro del “medley”.

“Sun King” – Guitarra, bajo y batería marcan los primeros momentos de una canción que siempre nos ha parecido que tiene un aire crimsoniano muy marcado aunque según Harrison, la influencia habría que buscarla en temas como “Albatross” de Fleetwood Mac.

“Mean Mr.Mustard” – Continúa el “set” con una brevísima canción típica de Lennon que habría encajado a la perfección en el “White Album”.

“Polythene Pam” – Siguendo con Lennon tenemos esta animada pieza con un sonido muy americano, especialmente en la parte de la batería que no tiene mayor importancia en el contexto del disco.

“She Came in Through the Bathroom Window” – Pasamos de dos canciones de Lennon a dos más de McCartney de similar trascendencia: todas ellas nos parecen apuntes de lo que podrían haber sido canciones más elaboradas pero que tratadas de este modo, quedan como un simple muestrario de un cierto potencial que no llega a realizarse del todo.

“Golden Slumbers” – Lo mejor del tema es lo bien que encaja con la canción posterior y los arreglos de cuerda de George Martin que arropan una canción que, de otro modo pasaría desapercibida.

“Carry That Weight” – Todo el grupo canta este himno que casi cierra el disco y en el que se repasan otras melodías, especialmente la de la canción que abría el “medley” minutos atrás. Quizá residiera en la pieza una intención inconsciente de hacer otro “Hey Jude” (especialmente, la coda de aquella inmortal canción) pero no se llega a alcanzar la intensidad del clásico.

“The End” – Cerrando el “set” y, por tanto, el disco, iba a estar un vigoroso “rock” en el que se combinan potentes guitarras con exquisitos coros y algún que otro piano poniendo un punto final muy adecuado al disco pero algo cambió en el estudio.

“Her Majesty” – Resulta que había una canción más grabada pero cuyo encaje con el resto no acababa de ser del agrado de su autor, Paul McCartney, de modo que recortó ese fragmento de la cinta. El montador, acostumbrado a no tirar nada de lo que grababa, pensó que ese trozo final iba a ser el cierre del disco y lo empalmó unos segundos después de “The End” tras un espacio en blanco inventando así uno de los primeros “temas ocultos” de la historia discográfica (en las primera ediciones del disco, ni siquiera venía acreditada esta pieza).

En su momento las críticas no fueron demasiado entusiastas acerca del disco pero, como tantas veces ocurre, hoy en día muchos de aquellos que no apreciaron “Abbey Road” lo tienen por uno de los mejores trabajos de los Beatles cuando no el mejor. Lo cierto es que hoy en día nos parece casi un sacrilegio pretender hacer una crítica a algo tan grande como fue el cuarteto de Liverpool. Baste decir que, en nuestra opinión, cualquiera de sus discos a partir de “Help!” son obras maestras incontestables que resisten la comparación con cualquier trabajo de cualquier otra banda de cualquier estilo y momento y eso no lo consiguen todos los grupos. Para adquirir este clásico, os dejamos los habituales enlaces:

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domingo, 7 de julio de 2013

Steve Reich - Tehillim / Three Movements (1994)



A finales de los años setenta, Steve Reich sintió la necesidad de cerrar un ciclo y de dar a su música un giro, abriéndola a nuevos elementos e influencias, enriqueciéndola con nuevos puntos de vista. Así, y aprovechando su renacido interés por la religión judía a la que pertenece (pero que siempre había permanecido al margen de su expresión musical), se embarcó en la composición de una pieza basada en algunos textos sagrados, concretamente en versos de cuatro de los salmos del libro.

Como corresponde a un giro temático tan notable, “Tehillim” (plural de salmo en hebreo), también llevó consigo una importante evolución musical respecto al estilo anterior del músico. Además, el hecho de que en la tradición judía se haya perdido hace mucho tiempo la costumbre de cantar los textos sagrados, permitió a Reich, en sus propias palabras “construir una forma musical ajena a cualquier tradición previa que imitar o ignorar”. Completando el programa en la grabación de Nonesuch que hoy comentamos, encontramos “Three Movements”, una pieza completada en 1986 que podemos ver como una profundización en las ideas que Reich comienza a alumbrar en “The Desert Music” (ya tratado aquí anteriormente) y una extensión de otras composiciones del autor en los años inmediatamente anteriores.

La partitura de “Tehilim” está escrita para cuatro voces femeninas y una pequeña orquesta que, en realidad es la suma de un grupo de instrumentistas de viento, otro de cuerda, un par de teclistas y un “ensemble” de percusión configurando una formación bastante habitual en el género minimalista. En el disco que hoy comentamos, la interpretación corre por cuenta del Schönberg Ensemble acompañado del Grupo de Percusión de La Haya, ambos bajo la dirección de Reinbert de Leeuw. “Three Movements”, por su parte, es interpretada por la London Symphony Orchestra  dirigida por Michael Tilson Thomas.

Reich con su inseparable gorra.

“Part I: Fast” – El texto en que se basa el primer movimiento de “Tehillim” procede del Salmo 19 y reza así:

1 Los cielos cuentan la gloria de Dios, el firmamento proclama la obra de sus manos
2 Un día cuenta al otro la noticia, una noche a la otra se lo hace saber
3 Sin palabras, sin lenguaje, sin una voz perceptible
4 Por toda la tierra resuena su eco, sus palabras llegan hasta los confines del mundo

Cualquier seguidor de Reich se vería profundamente sorprendido al escuchar los primeros compases de la pieza en la que se puede escuchar una melodía perfectamente definida a través de la voz de la cantante lo que supone una novedad importante. De hecho, el único rastro del estilo del compositor lo encontramos en la base rítmica que acompaña a la voz, con caja y palmas marcando un paso continuo, ahora sí, inequívocamente “Reichano”. El clarinete entra en escena y, tras él, el resto de las vocalistas construyendo un intrincado contrapunto con la melodía principal mezclando música antigua y contemporánea con la mayor naturalidad. Con regular cadencia de suman los instrumentos que faltaban hasta que termina por intervenir todo el grupo. En cierto modo Reich cierra un hipotético círculo: el músico que diseñó el concepto de “fase” como respuesta moderna al clásico “canon” acaba escribiendo un auténtico “canon” cuyo efecto termina por imitar al de sus “fases”.




“Part II: Fast” – Basado en los siguientes versos del salmo 34:

12 El que quiera amar la vida y gozar de días felices,
13 Que refrene su lengua de hablar el mal y sus labios de proferir engaños
14 Que se aparte del mal y haga el bien; que busque la paz y la siga

El segundo movimiento de “Tehillim” es muy diferente al primero con el que el único elemento en común son las percusiones. La melodía principal es ejecutada por dos de las voces femeninas de acuerdo al viejo principio de “tema y variaciones” aunque salpicado por breves interludios instrumentales.

“Part III: Slow” – Inspirado en dos versículos del salmo 18:

25 Tu eres fiel con quien es fiel, e irreprochable con quien es irreprochable
26 Sincero eres con quien es sincero, pero sagaz con el tramposo.

El movimiento lento de la obra vuelve a mostrarnos un Reich diferente. El ritmo lo llevan las marimbas con una cadencia lenta y parsimoniosa que se acompaña de vientos y cuerdas que construyen una pieza densa, pesada y de gran estatismo. La relación entre el texto y la música se pone de manifiesto por el empleo del tritono (DO sostenido – SOL), conocido en la antiguedad como “el diablo en la música” justo en el momento en que las cantantes mencionan al “tramposo”.

“Part IV: Fast” – En contraste con el movimiento anterior, el que cierra la obra recupera los momentos luminosos como corresponde a los versículos del salmo 150 que lo inspiran:

4 Alabadlo con panderos y danzas, con cuerdas y flautas
5 Alabadlo con sonoros címbalos, con resonantes címbalos
6 Que todo lo que respira alabe al Señor

La música vuelve a brillar en un ejercicio de estilo en el que Reich resume todo lo que nos enseñaba en los primeros dos movimientos dotando al movimiento, además, de un dinamismo aún mayor en el que tan pronto se juega con los contrapuntos entre las voces como se nos introduce en ágiles diálogos entre las distintas secciones instrumentales. Un cierre colosal, sin duda, para una pieza magnífica aunque desconcertante para el oyente más familiarizado con el Reich anterior.


“Three Movements” es, en cierto modo, una composición que nos devuelve a los registros más habituales del músico, siempre y cuando tengamos en cuenta la novedad que supuso en 1984 (dos años antes de la composición de la pieza) el estreno de “The Desert Music” y el debut del músico escribiendo para orquesta. El primero de los movimientos, de hecho, guarda grandes con la obra mencionada y que ya tuvo su capítulo en el blog meses atrás: la orquesta con el piano como líder, emite una serie de oleadas sonoras que nos arrastran como si fuéramos víctimas de un tsunami musical: no hay forma de escapar ni de luchar contra la corriente por lo que lo mejor es dejarse llevar. El segundo movimiento supone un gran cambio puesto que son las maderas las que se encargan de guiarnos a lo largo de un pasaje mucho más tranquilo aunque no exento de misterio con un importante apoyo de los violines. En realidad, la música aquí contenida no es más que una adaptación para orquesta del cuarto movimiento de los cinco que formaban “Sextet”, obra anterior del músico. Cerrando los tres movimientos y, de paso, el disco, volvemos a los ritmos rápidos, basados en un uso intensivo de marimbas y vibráfonos (también, ocasionalmente, del piano). Sobre ellos, la orquesta ejecuta una serie de melodías breves una y otra vez recordándonos la procedencia de la música, obra de uno de los pilares fundamentales del movimiento minimalista.




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