martes, 21 de marzo de 2017

Suspended Memories - Forgotten Gods (1993)



La música “new age” conoció su momento de mayor difusión en España a finales de los años ochenta y comienzos de los noventa. En aquellos años, las mayores estrellas del género comenzaban a actuar en nuestro país y se estableció una especie de “circuito” de conciertos y festivales de gran interés. Uno de los más interesantes fue el Festival de Música Visual de Lanzarote, nacido como iniciativa del pintor y músico Ildefonso Aguilar, director del mismo desde sus inicios hasta 2002. La primera edición tuvo lugar en los Jameos del Agua en diciembre de 1989 y en ella actuaron músicos de la talla de Peter Hammill, Roger Eno, Wim Mertens, Harold Budd, John Foxx, Laraaji o Michael Brook junto con artistas nacionales como Suso Sáiz. El impresionante escenario, en el interior de una cueva volcánica aportaba un entorno perfecto para este tipo de músicas y contribuyó a que el ciclo de conciertos tuviera una gran difusión.

Poco más de un año después, en enero de 1991 tuvo lugar la segunda edición del festival. En ella estaba previsto que actuasen estrellas como Robert Rich y Steve Roach, Luis Delgado, y el dúo formado por Suso Sáiz y el mexicano Jorge Reyes quienes presentaban por aquella época su disco “Crónica de Castas”. Como suele decirse, por causas ajenas a la voluntad de los organizadores, una de las actuaciones programadas no pudo celebrarse por lo que se propuso a Reyes y Saiz que improvisasen un concierto en su lugar. Dado que Steve Roach estaba también presente, se sumó a la iniciativa que iba a reunir los sintetizadores del músico estadounidense, las percusiones e instrumentos étnicos del mexicano y la guitarra y efectos de Suso. A decir de quienes asistieron al espectáculo, la actuación fue maravillosa. En ese escenario se produjo una química especial que no convenía desaprovechar lo que dio lugar e una segunda reunión: pocos meses después el trío volvió a coincidir sobre un escenario no menos espectacular que el de los Jameos del Agua: el Parque Escultórico de la Universidad Autónoma Nacional de México (UNAM) en la cita anual de Jorge Reyes con ese lugar para ofrecer su música.

No pasó mucho tiempo antes de que Roach, Saiz y Reyes se reunieran para grabar un disco, algo que ocurriría en enero de 1992. El trío se dio cita en el estudio de Steve Roach, en pleno desierto de Arizona con la idea de seguir profundizando en la improvisación conjunta y ver qué salía de ahí. Fueron siete días de dedicación casi exclusiva a la música con tres personas que ni siquiera compartían idioma (Jorge Reyes hacía de intérprete puesto que ni Suso hablaba inglés ni Steve español) intercambiando mensajes a través de sus instrumentos a lo largo de unas sesiones llenas de magia. Suso Saiz y Steve Roach seleccionaron un puñado de temas que el españól terminó de pulir ya de vuelta en Madrid para dar forma a un disco que llavaría el sugerente título de “Forgotten Gods”. El trío adoptó, además, un nombre artístico con el que publicarían más música tiempo después: Suspended Memories.

Imagen del auditorio de los Jameos del Agua


“Different Deserts” - El disco comienza con una serie de percusiones que inmediatamente nos recuerdan a algunos trabajos de Brian Eno junto con Jon Hassell. La diferencia es que, en lugar de la característica trompeta de éste, escuchamos aquí los instrumentos étnicos de Jorge Reyes en un papel similar. De fondo, las ricas texturas electrónicas que han acompañado toda la carrera musical de Roach. La parte final del tema es más pausada y en ella los ritmos se vuelven cadenciosos, sensuales, hasta culminar en una coda de despedida profundamente ambiental.

“Snake Song” - Los mismos elementos que protagonizaban la pieza anterior siguen aquí muy presentes aunque comparten espacio con las guitarras procesadas de Suso Sáiz y con las voces de Jorge y Steve. Ritos chamánicos, sonidos que ilustran ceremonias de paso y atmósferas llenas de misterio componen un tema fantástico que te hechiza desde el primer momento. Una de las grandes piezas de todo el trabajo.




“Night Devotion” - Mucho más cercano al “ambient” puro es el siguiente corte en el que la mano de Suso Saiz es mucho más reconocible que en cualquiera de los anteriores. Los primeros instantes son de un cierto estatísmo pero conforme avanza la pieza, hay una creciente sensación de desasosiego provocado por la angustiosa guitarra del productor español.

“Saguaro” - Posiblemente sea el corte más conocido del trabajo ya que apareció en distintos recopilatorios de la época. Es un precioso tema ambiental lleno de sonidos naturales, recreados gracias a los exóticos instrumentos de Jorge Reyes. Percusiones flautas, y demás artefactos ayudan a tejer una pieza fascinante

“Mutual Tribes” - Las similitudes del disco con algún trabajo de Jon Hassell, como hemos mencionado antes, son patentes en este corte que podía haber formado parte del “Possible Musics” que el trompetista firmó con Brian Eno y que ya comentamos en el blog. Las percusiones siguen la linea de los dos primeros cortes conformando una pieza muy coherente con el estilo de todo el disco aunque puede resultar algo reiterativa.

“Suspended Memories, Forgotten Gods” - El que por el título podría ser el tema central del disco es también uno de los más elaborados. Los sonidos electrónicos tienen una gran profundidad y la composición, pese a ser improvisada como todas las del disco, está llena de matices.




“Ritual Noise” - La percusión, con un tono muy solemne, marca el ritmo de otro corte de tintes étnicos en los primeros instantes. Es la pieza más corta de todo el trabajo pero eso, lejos de ser un inconveniente nos parece un acierto. La combinación de las ocarinas y demás instrumentos de viento de Jorge Reyes con la electrónica funciona a las mil maravillas aquí.

“Distant Look” - De nuevo nos sumergimos en un atmósfera etérea sólo rota por la guitarra de Suso Sáiz en momentos puntuales. En el tramo final vuelven a aparecer las percusiones que nos han acompañado en la mayor parte del disco revelandose como el gran hilo conductor del mismo. Los últimos instantes, cuando éstas se silencian, nos regalan una preciosa melodía de flauta, de las pocas claramente reconocibles de todo el trabajo.




“Shaman's Dream” - El corte que pone fin al trabajo se abre con unas misteriosas percusiones que evocan algún ritual perdido. Sólo después comenzamos a escuchar los sonidos sintéticos de Roach envolviendo a la interminable paleta sonora de Jorge Reyes cuyo repertorio de instrumentos exóticos parece inagotable.

Es curioso como la más pura casualidad puede contribuir a la creación de una obra de arte. Steve Roach era ya una figura de la música electrónica en su vertiente ambiental antes de asistir a aquel festival en Lanzarote. Jorge Reyes, tras haber pertenecido al grupo de rock progresivo Chac Mool, se convirtió en el mayor difusor de la música prehispánica del área de mesoamérica, incorporando elementos propios y redescubriendo todo tipo de sonoridades e instrumentos. Suso Sáiz por su parte, es el productor más personal del panorama musical español de las últimas décadas y también uno de los más arriesgados creadores. El Brian Eno español, que, en una escena musical como la nuestra, también ha tenido que pluriemplearse también como nuestro particular Robert Fripp (pese a que un día el objeto declarado de su admiración fue Daniel Lanois), es la tercera pieza de un puzzle improbable pero maravilloso.

Hubo un segundo trabajo del trío un tiempo después pero ahora nos quedamos con el que fue su debut. Un disco fascinante si el oyente se deja llevar por él que, a buen seguro, gustará al lector habitual del blog. Os dejamos con un fragmento de un concierto grabado para una emisora de radio de Tucson, Arizona, en los estudios de Steve Roach en las fechas en las que se estaba creando el disco:


 

lunes, 13 de marzo de 2017

Philip Glass - The Hours (2002)



Las bandas sonoras de Philip Glass se encuentran entre lo más asequible de su producción, no tanto por una cuestión intencional por parte del propio músico sino por el hecho de que cuando aceptó hacer las primeras, ya había dejado atrás su etapa puramente minimalista. Pese a ello, rara vez se citan estos trabajos para la gran pantalla entre lo mejor de la obra del compositor norteamericano con ligeras excepciones (quizá “Koyaanisqatsi” sea la más notable de ellas).

En cualquier caso, la música para cine de Philip Glass cumple una labor fundamentalmente alimenticia aunque de cuando en cuando ha firmado trabajos notables que han tenido la suerte de acompañar a películas más o menos populares. El músico ha terminado por desarrollar un método de composición para cine muy personal que no siempre es aceptado por los directores, especialmente por los de mayor prestigio lo que quizá haya influido en el hecho de que haya trabajado con muy pocos de los más grandes. Uno de ellos fue Martin Scorsese para quien Glass hizo la música de “Kundun”, a la postre, una de sus bandas sonoras más reconocidas. El director de “Taxi Driver” aceptó, pese a las reticencias iniciales, la forma de trabajar de Glass que consistía en ir componiendo la música a partir del guión, sin contar con las imágenes y entregarla poco a poco al director mientras éste aún está rodando. Tras “Kundun”, comenzaron a llegar encargos de mayor proyección comercial como el que le hizo el productor Scott Rudin para “The Hours”, la película de Stephen Daldry basada en el libro de Michael Cunningham que ganó el premio Pulitzer de novela en 1999.

Glass sabía que el encargo había sido hecho a otros dos compositores antes que a él (se dijo que uno de ellos fue Michael Nyman) aunque ni supo ni quiso saber sus nombres. También le ofrecieron la posibilidad de escuchar la música que éstos habían entregado pero rechazó la propuesta para enfrentarse a la historia sin influencias de ningún tipo. En palabras del propio compositor, la película tenía un problema importante: narra tres historias paralelas de tres mujeres que viven en épocas y lugares diferentes. La cohesión narrativa se resentía por ello y Glass pensó que la música tenía que cumplir ese papel: literalmente, convertirse en la sutura que mantuviera unidas las tres historias. Aunque Rudin aceptó la forma de trabajar del compositor, lo cierto es que fue muy intervencionista durante toda la creación de la obra, pese a lo cual, Glass afirma que todas las propuestas fueron para bien y terminaron por mejorar el resultado final.

Se da la circunstancia de que Michael Cunningham, autor de la novela en la que se basa la película, es un gran seguidor de Philip Glass desde que en su época como estudiante adquirió la primera grabación de “Einstein on the Beach” que sonaba continuamente en su habitación. Cunningham afirma que si se dedicó a escribir fue porque no tenía talento para la música, su verdadera pasión. De hecho, cada una de sus novelas contó con una banda sonora particular mientras era creada. “A Home at the End of the World” fue escrita mientras sonaba “Big Science” de Laurie Anderson junto con canciones de Joni Mitchell o  el “Requiem” de Mozart. “Flesh and Blood” tuvo como fondo musical a Verdi, Neil Young, the Smiths o Jeff Buckley. La creación de “The Hours” estuvo acompañada del cuarteto No.14 de Franz Schubert, “Music for Airports” de Brian Eno, “So” de Peter Gabriel y “OK Computer” de Radiohead.

La banda sonora fue interpretada por una pequeña orquesta de cuerda formada por los miembros del Lyric Quartet (Rolf Wilson y Edmund Coxon, violines, Nicholas Barr, viola y David Daniels, cello) reforzados por el contrabajo de Chris Lawrence. Además intervienen un arpista y un percusionista (no acreditados en el disco). El piano en la grabación lo interpreta Michael Riesman aunque en la versión que se escucha en la película era David Arch quien lo hacía.

Michael Cunningham, autor de la novela en la que se basa la película.


“The Poet Acts” - El primer tema del disco define la atmósfera que rodeará a todo el trabajo. Las cuerdas ejecutan una base preciosa sobre la que el violonchelo dibuja una melodía sencilla pero de gran emotividad. Por momentos la pieza recuerda el desarrollo del segundo movimiento del “Concierto para violín No.1” del propio autor aunque la duración sea mucho más reducida. Estamos ante un Glass casi romántico que consigue dar con la tecla exacta que necesitaba la película.




“Morning Passages” - La pieza comienza con un tema de piano muy característico al que luego se incorporan las cuerdas. Es una fórmula que ya funcionó muy bien en bandas sonoras anteriores como la de “The Truman Show” aunque aquí tiene mucho más espacio para desarrollarse de forma conveniente. Habrá muchas piezas en la banda sonora que funcionen como esta, con la forma de un breve concierto para piano en el que se llegan a distinguir varios pequeños movimientos a pesar de que el tema completo no llega a los seis minutos de duración. Los arpegios de la parte final, marca de la casa, han sido imitados por otros músicos hasta la saciedad.

“Something She Has to Do” - Un tono más pesimista domina la siguiente pieza durante los primeros compases, cercanos en estilo a los cuartetos de cuerda más modernos del músico. La entrada del piano refuerza esa idea en un principio aunque pronto asistimos a un giro luminoso muy propio del primer Glass orquestal, el que escuchamos en obras como “Itaipu”.

“For Your Own Benefit” - Llegan ahora los dos cortes más breves del disco que no superan en ningún caso los dos minutos. El primero es una transición orquestal muy suave en su primera parte pero que gana en tensión en su tramo final.

“Vanessa and the Changelings” - El segundo tiene una mayor carga dramática así como un ritmo y una cadencia no tan propios del Glass al que estamos acostumbrados aunque, por así decirlo, suena mucho más cinematográfico.

“I'm Going to Make a Cake” - No toda la música de le película fue compuesta específicamente para la misma sino que hay algunas piezas que proceden de obras anteriores del músico como es el caso de ésta, adaptada de una de las partes más brillantes de la ópera “Satyagraha”, perteneciente a su segundo acto. El segmento final del tema sí que es una composición hecha ex profeso para la película y contrasta fuertemente con el principio.




“An Unwelcome Friend” - El piano vuelve a convertirse en el protagonista aquí tras una breve introducción por parte de las cuerdas. El esquema es similar al de “Morning Passages” pero, en su conjunto, la pieza nos parece mucho menos brillante.

“Dead Things” - Continuamos con el tono más bajo de la banda sonora que se corresponde con música que en la película acompaña a las escenas de Nicole Kidman interpretando a Virginia Woolf en los días previos a su suicidio. Teniendo eso en cuenta, el sereno dramatismo de la música es de lo más adecuado.

“The Kiss” - Uno de los fragmentos más repetitivos de toda la banda sonora. Las cuerdas y el piano se limitan a repetir patrones breves hasta el tramo final en el que se advierte alguna breve variación.

“Why Does Someone Have to Die?” - Glass recupera el tema inicial del disco aunque con un tono más oscuro y apesadumbrado. Las notas del piano pesan como el plomo y las cuerdas, que forman una especie de remanso, no consiguen sostenerla. En la película, la música acompaña un diálogo en el que Virginia Woolf explica por qué debe morir determinado personaje de una de sus novelas pero perfectamente podría haber ilustrado la imagen de su suicidio en las aguas del río Ouse, quizá con mayor fuerza que la de “The Poet Acts” que fue el tema escogido para esa función. Es la misma melodía pero ejecutada de un modo muy distinto.

“Tearing Herself Away” - Aunque no llega a sonar en la película, Glass incluye entre la selección de temas del disco esta adaptación de “Islands” del disco “Glassworks”. No hay demasiada diferencia con el original y el hecho de que no pertenezca realmente al film hace que no merezca la pena extenderse en el comentario.

“Escape!” - La última adaptación de una pieza previa es esta revisión con arreglos orquestales de “Metamorphosis II”, originalmente para piano solo. Tampoco es una versión que aporte demasiado al conjunto final.

“Choosing Life” - En el tramo final del disco volvemos a escuchar el tema de “Something She Has to Do”, esta vez, en una versión completamente orquestal en su primera parte y con una partitura para piano muy distinta a la que acompañaba al tema citado en la segunda mitad. Es una variación muy interesante que le sienta muy bien a la melodía central.




“The Hours” - Como casi es norma en toda banda sonora editada como disco independiente, el tema final suele ser el más extenso y en él se hace un repaso de los momentos más destacados de la obra. Esta no es una excepción y Glass nos hace un resumen perfecto de la que quizá sea su banda sonora más reconocida a nivel popular.

La banda sonora de “The Hours” ganó el premio BAFTA (el equivalente británico del Oscar) y fue nominada a los Globos de Oro, a los Grammy y a los propios premios de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood. Al margen de eso, es una de sus obras más interpretadas por distintos artistas desde su publicación. Michael Riesman y Nico Muhly realizaron transcripciones para piano de casi todas las piezas de la banda sonora que han sido grabadas por un gran número de pianistas. También el propio Riesman hizo una adaptación para orquesta en forma de suite de tres movimientos que funciona como un concierto para piano y así ha pasado al repertorio de distintas formaciones desde entonces.

En términos de popularidad, este sería un caso similar al de Michael Nyman y su música para “El Piano”. Bandas sonoras ambas en las que el estilo característico de ambos compositores se dulcifica para hacerlas más accesibles, alcanzando así reconocimientos y premios que les estaban vedados cuando componían de un modo, digamos, más radical. En los cinco o seis años posteriores a “The Hours”, Glass recibió muchos más encargos de bandas sonoras para películas comerciales que en todos los años anteriores lo que demuestra que algo debió hacer bien. En nuestra opinión estamos ante una banda sonora muy agradable que no está entre las 5 o 6 obras más importantes de su autor pero que no es en modo alguno desdeñable. Es un Glass muy accesible pero que mantiene sus señas de identidad y, quizá, un buen punto de partida para los que quieran acercarse a la obra del compositor norteamericano y como tal, no dudamos en recomendarla.

Nos despedimos con una versión para piano y violín del tercer movimiento de la "suite" adaptada por Michael Riesman a partir del material de la banda sonora. El propio Riesman interpreta el piano:


 

domingo, 5 de marzo de 2017

Prince - Around the World in a Day (1985)



Todo músico de éxito se enfrenta, llegado el momento, a una decisión fundamental: ¿qué hacer después de haber publicado EL DISCO?

El ego de los grandes artistas es inmenso y en su mente siempre está la idea de que lo mejor de su obra está por llegar. Sin embargo, cuando grabas un disco como “Purple Rain” es imposible no darse cuenta de que ese va a ser un trabajo que marcará tu carrera para siempre. No importa que tengas discos muy interesantes antes y que en el futuro lleges a superar esa obra (en el caso de Prince, crremos que suceden las dos cosas) porque siempre serás el autor de “Purple Rain”. Es posible que el pequeño genio de Minneapolis tomase conciencia de esto poco despúes de publicar el disco, en plena gira de conciertos. La mayor parte de las canciones del que iba a ser el nuevo disco estaba ya grabada antes de comenzar el “tour” y lo que faltaba por hacer se completó justo después de la gira. La decisión del artista fue bastante sorprendente. Ante la seguridad de que cualquier trabajo que publicase no resistiría la comparación con su predecesor, optó por proponer a su discográfica la publicación del siguiente disco con una promoción escasa en la que, de hecho, no habría adelantos en forma de “singles” como era lo habitual. El primero de ellos no aparecería hasta un mes después de la publicación del LP cuando muchas de las reseñas de la época llegaron a anunciar que no habría ninguno (http://www.nytimes.com/1985/04/22/arts/records-prince-s-around-the-world.html).

En cierto sentido, la idea era liberarse lo antes posible de la presión de hacer el primer disco tras el bombazo de Purple Rain. Dar salida a un puñado de canciones ya escritas y cubrir el expediente pero, claro está, hablamos de alguien como Prince en los años cumbre de su creatividad por lo que el resultado podría ser cualquier cosa menos mediocre. El disco iba a llevar el título de “Around the World in a Day” y era de todo menos continuista. En términos de estilo suponía un cambio importante con un giro hacia sonidos psicodélicos reforzado por la propia portada. Las comparaciones con el “Sgt.Pepper” de los Beatles eran inevitables aunque el propio Prince desmintió esa influencia (sin dejar de admitir que el tono psicodélico existía en todo el trabajo). Es curioso porque fue tras publicar ese trabajo cuando los Beatles anunciaron su retirada de los escenarios. Igualmente Prince dijo que no volvería a dar conciertos para centrarse en componer y grabar en estudio justo después del lanzamiento del disco, algo que, como es bien sabido, no llegó a cumplir.

“Around the World in a Day” está firmado, como ocurría con “Purple Rain” por Prince & the Revolution. La banda de acompañamiento del músico estaba formada por Wendy Melvoin, Lisa Coleman, Susannah Melvoin, Bobby Z., Brown Mark y Matt Fink, a los que se unieron por esas fechas miembros de la banda de Sheila E. y la propia percusionista. La función principal de la banda, realmente, era la de hacer de soporte para el músico en los conciertos ya que la práctica totalidad de los instrumentos en el disco están interpretados por el propio Prince.



“Around the World in a Day” - El comienzo con el sonido de flauta, las percusiones hindúes y demás sonidos étnicos no hace sino anticipar el tono de toda la canción, que especialmente en su estribillo, muestra una clara influencia oriental. Hay quien ha visto en este trabajo un homenaje a toda la música rock de los años sesenta y este comienzo con referencias psicodélicas encajaría en esa visión. No renuncia el músico, sin embargo, a sus señas de identidad como los ritmos funk, esbozados cerca del final de un gran tema que no fue “single” pese a que llegaron a extraerse hasta cuatro en los meses siguientes.

“Paisley Park” - Un ritmo persistente conforma la base del siguiente corte, una deliciosa canción sobre un lugar en el que impera el buen rollo y que tiene una cadencia muy propia del pop de los sesenta y ¿por qué no insistir en ello? de los propios Beatles. La guitarra del músico aparece por todas partes en pequeñas intervenciones que recuerdan al mítico punteo de “Purple Rain”.




“Condition of the Heart” - Abre la pieza un tema de piano sobre el que se filtran etéreos sonidos electrónicos que seguirán apareciendo durante el resto de la canción. El ambiente es sombrío durante la mayor parte del tiempo pero cuando se aclara todo, surge una preciosa balada de aire jazzístico con Prince cantando en falsete. Es una pieza sorprendente en Prince, que no había frecuentado estos estilos pero que se desenvuelve en ellos con maestría. Una canción de esas que no calan a la primera pero que crecen con cada escucha.

“Raspberry Beret” - El gran “hit” del disco es esta extraodinaria canción cuyo comienzo, dominado por un ritmo constante, la emparentaría con otras piezas del disco anterior, “Purple Rain”, del que se desmarca gracias a los arreglos de cuerda. En buena parte de ella, Prince opta por recitar más que por cantar en un recurso más propio de Bob Dylan que de él mismo. Estamos ante uno de los grandes temas del Prince de los ochenta. Un canción imprescindible en su repertorio.

“Tambourine” - Las percusiones toman el mando del tema desde el comienzo. Un ritmo infeccioso domina la canción con la batería brillando en primer plano acompañada de todo tipo de aditamentos entre los que destaca un extraordinario bajo. Es un tema extraño en todo caso, que pasa muy rápido.

“America” - Nuevamente un ritmo a piñón fijo, característico del Prince de esta época, nos recibe en una canción extraña que podría pasar por un tema patriótico o por todo lo contrario. Es la única pieza del disco firmada por Prince junto con toda su banda. En algún momento nos recuerda a James Brown quien, curiosamente, en los mismos meses lanzaba su “Living in America” como parte de la banda sonora de la película “Rocky IV”.

“Pop Life” - Mucho más desenfadada y ligera es la siguiente canción que fue uno de los cuatro singles del disco. Una pieza encantadora que, con toda su sencillez, se convierte en una de nuestras preferidas de todo el trabajo.

“The Ladder” - Nuevo cambio de registro por parte del músico que nos regala una balada “soul” con unos coros extraordinarios que le proporcionan la base perfecta para su forma de cantar. Es una canción perfecta y de una factura impecable que nos deja cerca del final.




“Temptation” - Cierra el disco una canción en la linea más provocativa del cantante. Los metales ayudan a resaltar la sensualidad de un tema en el que destaca también la guitarra de Prince, muy agresiva, y los arreglos electrónicos, con muchos puntos en común con los del tema que abría el disco.

Podemos afirmar que Prince “se repuso” muy bien del éxito de “Purple Rain” con un siguiente disco realmente bueno y muy diferente a aquel demostrando que aún tenía mucho que decir en los años venideros, antes de sus polémicas con su discográfica y con la industria en general. En ese periodo fue tan grande que el propio David Bowie llegó a afirmar que “los ochenta son de Prince”. Aunque en un principio su estilo no parece encajar demasiado con las estéticas que suelen aparecer en el blog, de vez en cuando hemos dedicado algún espacio a un artista como Prince cuya calidad está por encima de géneros y estilos. Estamos seguros de que volverá a aparecer por aquí mas adelante. Mientras tanto, os dejamos con una versión en directo de "Pop Life":


 

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