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domingo, 11 de enero de 2015

Kitaro - Oasis (1979)



La revelación que supuso para Kitaro el conocimiento de los sintetizadores de la mano de Klaus Schulze marcó una división fundamental en la carrera de un admirador de Pink Floyd que grababa discos y hacía giras con un grupo inspirado en la banda británica, la Far East Family Band y que se iba a convertir en poco tiempo en una de las figuras más importantes de la “new age” de la década de los ochenta.

Fue a raíz de una gira con la banda japonesa que Kitaro y el sintesista alemán trabaron una amistad que llevó a este a producir el siguiente trabajo de la banda y a ayudar al teclista nipón a familiarizarse con las posibilidades de los sintetizadores de la mano de una de las mayores figuras de la época dorada de la música electrónica. A su regreso al País del Sol Naciente, Kitaro decidió que era hora de comenzar una carrera en solitario de la mano de la tecnología, iniciando así una carrera más que interesante. En sus primeros trabajos, la influencia de Pink Floyd era aún notoria pero con el tercero, el que vamos a comentar aquí hoy, comenzamos a percibir una personalidad musical independiente que iba a combinar magistralmente electrónica, instrumentos tradicionales, el folclore de su país y un innegable talento para la melodía.

Kitaro, al igual que Vangelis, por citar un músico con un estilo relativamente cercano, no recibió ningún tipo de formación musical ortodoxa sino que aprendió por sí sólo, primero con la guitarra, más tarde con los teclados y poco a poco practicando con todo tipo de percusiones y flautas tradicionales. De ese modo, en la mayoría de sus discos, especialmente en los de su primera etapa, el compositor se encargaba de todos los instrumentos que formaban parte de la grabación. Así, tras dos discos algo titubeantes, y de modo simultaneo a la grabación de su celebérrima banda sonora para la serie documental de la televisión japonesa dedicada a la Ruta de la Seda, Kitaro se centró en el que sería su primer gran disco en solitario, titulado “Oasis”. No parece casual que este fuera el primer disco del músico que no tenía título en japonés que luego se traduciría al inglés para su comercialización en el resto del mundo (algo que sí ocurría con la mayoría de los cortes). “Oasis” era un trabajo con vocación internacional y probablemente hoy siga siendo uno de los mejores de toda la trayectoria de su autor.



“Rising Sun” – Entre tintineos electrónicos se filtran sonidos de campanas como preludio a una melodía de aire y timbre tradicionales en la que de aúnan sonidos orientales y formas de los paisajes más abstractos de la música de la Escuela de Berlín. Tras esta introducción escuchamos una serie de arpegios que se repetirán durante todo el corte, una percusión muy sencilla y una sucesión de motivos en los que Kitaro utiliza el clásico sonido de sintetizador que le acompañará durante toda su carrera. Una serie de variaciones sobre el tema central se van sucediendo parsimoniosamente hasta enlazar con la siguiente pieza del disco.

“Moro-Rism” – El cambio es notable desde el primer instante con una marcada percusión que acompaña a una secuencia de reminiscencias germánicas. Los efectos sonoros son ya inequívocamente herederos de Schulze e incluso la melodía central se aleja de los aires tradicionales japoneses. Es el corte más breve del disco pero también uno de los más intensos aunque el final con un “fade out” muy brusco podría haberse elaborado mucho más.



“New Wave” – Parece establecerse una alternancia en el disco entre pasajes lentos y rápidos en la cual toca un tema suave con aire de transición en el que, sobre un ritmo procesional se superponen diversas melodías entrelazadas de escucha agradable.

“Cosmic Energy” – Una serie de efectos electrónicos se combinan con el sonido del gong para crear un ambiente tremendamente evocador de esos que presagian que algo va a suceder. En efecto, tras unos minutos de atmosféricos, aparece la percusión y una secuencia no demasiado compleja pero llena de energía que, con el apoyo de una tenue melodía de fondo configuran una base rítmica muy descriptiva y deudora de los momentos más intensos del Schulze de “Moondawn” o “Timewind”. La improbable mezcla entre la espiritualidad oriental y el sonido mecánico germánico daba aquí frutos de lo más inspirado. El tema concluye con una serie de efectos marinos que anticipan el siguiente corte.

“Aqua” – Seguimos con un sonido electrónico pero ahora en una vertiente mas relajada. Los acostumbrados arpegios de su autor se combinan con pulsaciones graves en una creación sonora que replica en cierto modo las texturas más etéreas de Jean Michel Jarre en discos como “Equinoxe” pero llevadas al terreno de un Kitaro, siempre amable e incapaz de incluir ningún tipo de sonido perturbador. No es el japonés un músico adecuado para el oyente que busque riesgo y sonidos agresivos, eso está claro, pero en su estilo es imbatible.

“Moonlight” – Probablemente sea este el tema más relajado del disco aunque tiene su interés. La serie de secuencias y melodías que se suceden y mezclan a lo largo del mismo termina por crear momentos de gran belleza que podrían corresponderse con los primeros minutos de “Cosmic Energy” aunque aquí son un corte independiente, quizá porque no evolucionan en un cambio como el que experimentaba el tema citado.

“Shimmering Horizon” – Toma ahora Kitaro las guitarras y otros instrumentos de la misma familia para ejecutar la parte central de un tema que deja entrever la influencia de David Gilmour en el músico, aunque la melodía central es ejecutada con sintetizador en el más puro estilo del compositor japonés. Este tipo de temas con la guitarra ocupando un papel importante se dejaban escuchar de vez en cuando en el Kitaro de estos años y en la banda sonora de “Silk Road” hay varios ejemplos.

“Fragrance of Nature” – El mejor tema de todo el disco, en nuestra opinión, y también de toda la carrera del músico japonés, es esta intensa pieza en la que tenemos de todo: percusiones y efectos sonoros en la línea del “On the Run” de Pink Floyd, la energía de los tambores japoneses, timbres característicos del sonido de la Escuela de Berlín y una melodía principal extremadamente sencilla pero atrayente a más no poder, con el añadido de que constituye una base excepcional para una serie de solos de sintetizador espectaculares. Una joya a preservar, incluso por parte de aquellos a los que el sonido, en ocasiones meloso, de Kitaro, no llega a entusiasmar. El tema se cierra con una preciosa coda en la que desaparecen percusiones y secuencias para centrarse en una pequeña melodía con aire de canción de cuna llena de sensibilidad.



“Innocent People” – Los sonidos más tradicionales de los instrumentos de cuerda como el Shamisen o el Koto (también nos parece escuchar timbres más propios de la música hindú como el sitar o el sarod) son aquí protagonistas absolutos, junto con los gongs y demás percusiones ceremoniales. Quizá sea la pieza del disco más alejada del contexto electrónico-occidentalizado que gobierna el trabajo, a pesar de la melodía electrónica que flota alrededor de todo el tema. Con todo, nos parece una transición muy interesante hacia el final del trabajo.

“Oasis” – Un final que vuelve a estar plenamente sumergido en la electrónica, con varias series de arpegios simultáneas que van creciendo y extendiéndose hasta formar una tupida red de sonido de gran belleza (volvemos a acordarnos del Jarre de “Equinoxe 3”, por ejemplo) en lo que es un colofón perfecto para un disco excepcional.

Es posible que la gran sensibilidad musical de Kitaro hiciese de él un músico demasiado conservador en algunos momentos, que no tuvo el coraje de evolucionar su sonido, de experimentar con otro tipo de timbres o de buscar riesgos como sí hicieron, en un momento u otro, muchos de los músicos de su generación. Quizá por ello, siempre se sintió cómodo con la etiqueta de “new age” que muchos pusieron a su música. Hay un punto de inmovilismo en muchos de los considerados grandes de ese género que, por un lado, les aseguró un estatus y unos niveles de venta confortables en ese mercado pero que por otro, evitó que pudieran “acceder” a un prestigio mayor en otros círculos (en muchos ambientes la “new age” es considerada una categoría menor, cuando no es utilizada como un término despectivo). Sea como fuere, la música de Kitaro es la que es: tan reconocible como monolítica en las formas; algo que no es necesariamente malo pero que reduce el número de discos que llaman nuestra atención a los pertenecientes a su primera época.

Sin embargo, todo lo dicho sobre la carrera de Kitaro contemplada globalmente, no debe empañar trabajos como este “Oasis”, realmente fantástico y de un nivel comparable al de muchos clásicos del género y de la época en la que fue grabado. Por ello, no podemos sino recomendarlo a todos los lectores que aún no lo hayan escuchado. Puede adquirirse en los siguientes enlaces:

amazon.es

play.com

Nos despedimos con una versión en directo del corte final del disco y que le da título: "Oasis".

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Kitaro - Silk Road Vol.I & II (1980/81)



Todos los músicos acaban por tener un disco concreto con el que terminan siendo identificados para siempre, unas veces por las cifras de ventas, otras por la calidad intrínseca de la obra y en alguna que otra ocasión por circunstancias ajenas a la propia música. Si hablamos de Kitaro, su obra más conocida es, con toda probabilidad, la banda sonora que compuso para la serie documental “Silk Road: the Rise and Fall of Civilizations”. La serie vio la luz en 1980 y estuvo en antena la friolera de 10 años. Capítulo tras capítulo, se mostraba la influencia de la ruta de la seda en el desarrollo del Japón antiguo. Kitaro se implicó profundamente en la obra componiendo y grabando en solitario una gran cantidad de música. Como ejemplo de su identificación con el programa, insistió hasta la saciedad en que el documental debía emitirse en stereo para así aprovechar al máximo las cualidades de la música en su combinación con las imágenes (recordemos que estamos hablando de 1980 cuando las emisiones televisivas eran en mono y fue, precisamente la cadena NHK, productora del documental, la primera en emitir regularmente con ese formato de audio a partir de 1979).

En 1980 se publicó un primer disco con selecciones de la música de Kitaro para la serie televisiva. Sin embargo, la gran popularidad alcanzada por la música del documental hizo que unos meses más tarde, ya en 1981, apareciera un segundo volumen. Con el tiempo se publicarían dos entregas más pero nos vamos a centrar en las dos primeras que llegaron a Europa en su momento en forma de disco doble, aunque en reediciones posteriores han sido publicadas por separado, como fueron lanzadas inicialmente en Japón.

En el momento en que se emitió el primer capítulo de la serie, Kitaro era un músico relativamente conocido que acababa de lanzar un gran disco unos meses antes bajo el título de “Oasis” en un estilo que anticipaba el de la nueva banda sonora. Se trata de música electrónica con raices en los maestros de la Escuela de Berlín, especialmente en los trabajos de Klaus Schulze pero impregnada de una riqueza melódica muy superior la de los alemanes y una sensibilidad plenamente oriental. Como ocurría con muchos de los grandes músicos surgidos en los setenta, los discos eran trabajo casi por completo de una sola persona que se encargaba de su composición, de la interpretación de todos los instrumentos, de la grabación y de la producción. Kitaro se reveló como un maestro en todas y cada una de esas facetas. A continuación, nos centramos en los dos volúmenes iniciales de “Silk Road” enfocándolos como si de un trabajo unitario se tratase. Utilizaremos para los comentarios los títulos en inglés de cada composición:


Portada del primer volumen de Silk Road

“Silk Road” – Comienza el disco con el tema más popular de la trayectoria del músico japonés, una breve introducción electrónica da paso sin demasiados preámbulos a una melodía de una belleza conmovedora. Sólo unos pocos elementos son necesarios para construir una obra de arte de gran calado: unos escuetos rasgueos de guitarra, arreglos electrónicos de corte minimalista, algo de mellotrón para colorear los fondos y todo el talento de un músico en estado de gracia. La sintonía de “Silk Road” se convirtió en un hito en poco tiempo y ha sido utilizada en multitud de ocasiones como reclamo de todo tipo de eventos.



“Bell Tower” – Entramos a continuación en un pasaje electrónico que recuerda al mejor Klaus Schulze (el que podemos escuchar en “Mirage”, por ejemplo) recreando ambientes oníricos en la más pura escuela planeadora. Distintas melodías difusas que no terminan de concretarse en algo definido van apareciendo y desvaneciendose hasta llegar a un profundo sonido grave que se integra en el comienzo de la siguiente pieza.

“Heavenly Father” – Sin solución de continuidad, entramos en el siguiente corte, marcado por un sonido de bajo que se repite con parsimonia a modo de pulso para acompañar a unos fantasmagóricos coros de mellotron que actúan como preludio de una ágil secuencia electrónica. Aunque la melodía y los sonidos empleados no tengan mucho en común, el ambiente y el esquema general de la pieza nos hacen pensar de nuevo en Schulze y su “Crystal Lake”, especialmente por la combinación de mútiples secuencias en tonos agudos, con ligeras variaciones marcadas por los comentados “pulsos” graves.

“The Great River” – Sin darnos cuenta, nos encontramos de lleno en la siguiente etapa del viaje donde el ritmo vuelve a ser marcado por un pulso periódico, similar a una sirena. Realmente se trata de otro pasaje ambiental a modo de transición de los que abundan en la obra que, a pesar de estar concebida como banda sonora, en su plasmación en disco guarda una coherencia interna muy lograda.

“The Great Wall of China” – Llegamos así al siguiente punto con una pieza secuencial que sigue debiendo mucho a la Escuela de Berlín pero, en esta ocasión con mayor cercanía al sonido de Tangerine Dream.

“Flying Celestial Nymphs” – Tras una de las más breves piezas del disco, llegamos a una composición de corte acústico en la que la guitarra es la protagonista construyendo el armazón sobre el que se asienta el omnipresente mellotrón y las pinceladas electrónicas de Kitaro. Se trata de uno de los momentos más personales del músico en los que se libera de toda influencia externa y nos muestra todas sus ideas (aunque podemos intuir algo del Vangelis de “L’Apocalypse des Animaux” si escarbamos un poco, algo que también ocurre con el siguiente corte del disco).

“Silk Road Fantasy” – Con una secuencia que recuerda a la del tema principal para abrir boca, el tema no tarda en ir por otros derroteros. De nuevo hay una importante presencia de la guitarra en un tema mucho más melódico que los anteriores y que amplía los registros hasta ahora mostrados en el trabajo.

“Shimmering Light” – Tras unos momentos más pausados, el disco vuelve a entrar en una senda rítmica con la aparición por primera vez en el mismo de los tambores rituales japoneses que anticipan la llegada de un ritmo electrónico, no demasiado vivo pero sí muy intenso. Lo que escuchamos en este corte es lo que creemos que ha quedado como el sonido clásico de Kitaro: ritmos electrónicos aderezados con percusiones tradicionales y melodías inspiradas en el folklore de su país. Todo ello hecho con una gran sensibilidad y huyendo de falsos efectismos.



“Westbound” – Regresamos con este tema a los pasajes más ambientales del disco, con secuencias repetitivas y ensoñadoras, atmósferas confeccionadas con los sonidos mágicos del mellotron y melodías apenas esbozadas con trazos sueltos.

“Time” – Buena parte de lo afirmado sobre la composición anterior vale también para ésta, con el añadido de una melodía de cierto tono melancólico que se repite varias veces antes de llegar al segmento final con un solo de sintetizador que nos remite inmediatamente a la otra gran influencia de Kitaro: Pink Floyd y, en especial, su desaparecido teclista Rick Wright.

“Bodhisattva” – Uno de los cortes más extraños, sin duda, por lo que tiene de contraste con el resto del disco. Construído casi exclusivamente a base de percusiones (los sintetizadores apenas aparecen como elemento de apoyo), sirve perfectamente para transitar hacia el corte final del disco. Ya hemos citado antes a Vangelis como posible influencia. Aquellos que hayais escuchado alguna de las bandas sonoras del griego para el director Frederic Rossiff, podreis rememorar muchos pasajes de las mismas con un desarrollo y un tratamiento de las percusiones muy similar al que emplea Kitaro en este tema.

“Everlasting Road” – Como cierre del disco, tenemos esta composición que es una especie de variación del tema principal en el que se prescinde del leit motiv de éste. Para entendernos, es como si Kitaro decidiese jugar con todos los elementos melódicos de la sintonía de la serie pero sin utilizar el más conocido. El resultado, en cualquier caso, es más que interesante. En el final, el músico nos regala una pequeña coda, ya sin secuencias rítmicas y envuelta en sonidos de viento (uno de los tópicos más repetidos del género electrónico) de gran elegancia.

Así concluía el primer volúmen de la música de la serie. Como indicamos anteriormente, su gran éxito hizo inevitable la aparición de un segundo. Ambos se comercializaron juntos en un disco doble en gran parte del mundo poco después. La paleta sonora de Kitaro se amplió para este segundo disco en el que oímos algunos instrumentos que no aparecían en el anterior. Pasamos a comentar el segundo de los CDs:


Volumen 2 de la banda sonora en su edición separada.


“Peace” – Un continuo tintineo, mezcla de campanillas y sintetizadores, abre el disco junto con fugaces destellos electrónicos. Salvando las distancias, no podemos evitar acordarnos del comienzo de otro disco clásico como “Equinoxe” de Jean Michel Jarre, especialmente por lo que de evocador tienen ambas piezas, que podrían ilustrar perfectamente un amanecer (¿qué hay mas Japonés que un sol naciente?, por cierto).

“Takla Makan Desert” – Continuando con la estela del disco anterior, tenemos uno de esos temas marcados por la guitarra acústica (y el santur en esta ocasión) junto a la cual Kitaro nos deja una cuantas melodías con su sello inconfundible. No es lo mejor del trabajo pero se deja oir.

“Eternal Spring” – Volvemos ahora a los ritmos electrónicos apoyados por percusiones étnicas y batería como los que escuchamos en el primer volúmen de la banda sonora. La esencia del sonido de Kitaro se encuentra en cortes como éste, uno de los más destacados de todo el trabajo.

“Silver Moon” – El músico japonés recuerda en un tono mucho más pausado, el leit motiv de la serie con su característico sonido de flauta sintetizada y un escueto apoyo de mellotron. En la segunda parte de la pieza, y con los mismos elementos, Kitaro improvisa una nueva melodía que combina elementos tradicionales y retazos floydianos.

“Magical Sand Dance” – La percusión es el elemento más novedoso en la pieza, especialmente la forma en que es utilizada ya que muchos de los trabajos futuros del músico transcurrirán por derroteros similares: un cierto toque épico cercano a la cursilería en algún momento. Esta versión de Kitaro más “sensiblera”, si se nos permite la expresión, iba a ganar espacio en sus discos futuros hasta el punto de convertirse en una especie de marca de la casa. No podemos decir que el tema sea malo pero algunos elementos como los citados impiden que lo disfrutemos tanto como podríamos haberlo hecho.

“Year 40080” – Comienza con un sonido de viento uno de los temas más meditativos de la obra, con los elementos melódicos reducidos a la mínima expresión para terminar por configurar una pieza de marcado carácter ambiental y un gran poder evocador.

“Time Travel” – Casi como continuación de la pieza anterior, tenemos los mismos elementos básicos a los que se unen diversas percusiones utilizadas, no como acompañamiento o soporte rítmico sino como parte fundamental de la composición.

“Reincarnation” – Acercandonos a la conclusión del disco volvemos al Kitaro más clásico con secuencias electrónicas importadas desde Berlín y melodías flotantes con guiños a la tradición pero con el inconfundible toque del sintesista japonés. Probablemente sea una de las piezas más destacadas de esta segunda parte de la banda sonora.

“Dawning” – Manteniendo el nivel alto del corte anterior, el músico vuelve a los terrenos ambientales en otra gran pieza que cierra la parte más brillante del disco y una de las más inspiradas de los dos volúmenes.

“Tiensan” – Como queriendo cerrar en cierto modo un hipotético círculo, Kitaro vuelve a la guitarra acústica, los efectos de viento y los arpegios electrónicos que fueron la base de tantos temas en la banda sonora que hoy hemos expuesto. Se trata de un juego de variaciones sobre una melodía inicial que va desarrollandose con parsimonia durante los minutos que cierran el trabajo recogiendo varios de los elementos utilizados durante toda la grabación.

Una de las diferencias más notables entre los dos volúmenes de “Silk Road” que hoy comentamos estriba en la variedad. El primer disco tiene a su favor la gran baza del tema principal, sin equivalente que le pueda hacer sombra en la segunda parte. A eso le unimos una mayor coherencia interna en todo el trabajo que hace más sencillo juzgarlo como una obra unitaria. El segundo, por su parte, es algo más rico en cuanto a sonidos, gracias a la incorporación de instrumentos nuevos, y tiene una mayor variedad estilística, siempre dentro de un orden y es que la música de Kitaro no se caracteriza precisamente por las grandes innovaciones ni los sobresaltos. Hay una muy conocida anécdota que ilustra esta afirmación: Enamorado de uno de sus sonidos más característicos, el de flauta con el que suele abordar sus mejores melodías, decidió comprar todas las unidades posibles del modelo de sintetizador con el que lo ejecutaba (si no recordamos mal, un Mini Korg s700). De este modo, si uno de ellos se estropeaba, el músico disponía de varios otros de los que extraer las piezas necesarias para reparar el principal. Esto explica la rápida identificación de su música con sólo escuchar algunos acordes así como el gran parecido de muchos de sus discos aunque pertenezcan a épocas diferentes.


El MiniKorg s700 (imagen de www.vintagesynth.com/)


Creemos que Kitaro es un músico muy interesante y que gustará a los lectores habituales del blog, si aún no lo conocen. Hoy en día no es fácil encontrar la edición doble de “Silk Road” que hoy hemos comentado pero es posible adquirir ambos volúmenes por separado. Os dejamos los enlaces habituales para adquirirlos:

amazon.es (vol.I)

amazon.es (vol.II)

Para despedirnos, os dejamos con el mejor corte del segundo volúmen: Dawning.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Kitaro - Kojiki (1990)



Hay una larga lista de artistas de incuestionable categoría que encajan a la perfección en los estilos que solemos tratar en el blog pero que, por una u otra razón, no han aparecido aún en estas páginas. La entrada de hoy y la próxima van a estar dedicadas a una de las mayores figuras de lo que se dio en llamar música “new age”, curiosamente uno de los escasos músicos que siempre se mostró cómodo con esa denominación.

Kitaro, nombre artístico de Masanori Takahashi, es un multinstrumentista japonés de larga trayectoria. Desoyendo los deseos de sus padres, que querían otro futuro para él, decidió dedicarse a la música. Llama la atención el hecho de que, al igual que otros artistas como Vangelis, no recibió ningún tipo de formación académica y su aproximación a la música fue plenamente autodidacta. Sus primeros trabajos los hizo como miembro del grupo Albatros pero no tardó en ingresar en la Far East Family Band, una de las formaciones más representativas de su país que reflejaba  una gran influencia de bandas como Pink Floyd y, en menor medida, Tangerine Dream. Una de las peculiaridades de este grupo era  la continua entrada y salida de nuevos músicos. Por ello, en los periodos en los que, por ejemplo, se quedaban sin bajistas, era Kitaro quien lo reemplazaba con lo que poco a poco terminó por dominar un buen número de instrumentos, aunque su principal medio de expresión iban a ser los sintetizadores.

Durante una gira por europa en 1972, Kitaro conoce a Klaus Schulze cuya música termina fascinandole hasta el punto que se queda un tiempo con él aprendiendo todo lo necesario sobre sintetizadores. La admiración terminó siendo mutua y el propio Schulze terminaría por encargarse de la producción del siguiente disco de la Far East Family Band.

Sin embargo, el flechazo que supuso para el músico japonés su encuentro cara a cara con las posibilidades de los sintetizadores le animó a emprender una carrera en solitario con la que, en poco tiempo, se iba a convertir en una figura mundial. La música de Kitaro tenía poco que ver con la de Schulze o la de Tangerine Dream ya que era mucho más melódica, más expresiva y menos mecánica además de reflejar muchos elementos de la tradición de Japón con lo que el estilo de Kitaro pronto se reveló como algo único.

El disco del que hoy vamos a hablar pertenece a una segunda etapa en la trayectoria del músico en la que, tras el éxito de sus primeros discos que le dan fama mundial (particularmente su banda sonora para una serie documental sobre la ruta de la seda, de la que hablaremos proximamente) Kitaro afronta un cierto cambio de registro incorporando sonidos orquestales y reduciendo la presencia de la electrónica en el resultado final. “Kojiki” es el nombre del texto histórico más antiguo que se conserva relativo a la historia de Japón. Data del año 712 y narra los hechos acaecidos en el imperio desde su orígen hasta el reinado de la emperatriz Suiko. En el libreto que acompaña al disco se relatan brevemente los acontecimientos correspondientes a cada una de las piezas que integran el trabajo.

Kitaro en directo.

“Hajimari” – La historia de la creación de Japón comienza con un mundo desierto en el que unas nubes oscuras no se distinguían de la tierra. El mar no era más que un lodazal y no había ninguna forma de vida. Entonces, las nubes empezaron a girar y a elevarse en medio de una gran tormenta hasta dar lugar a un diluvio que duró meses. Cuando por fín la lluvia cesó, el cielo y la tierra estaban ya separados y comenzaban a aparecer los primeros brotes de hierba. Musicalmente, Kitaro emplea un recurso algo manido como es el de comenzar la pieza con unos latidos de corazón sobre los que se escuchan truenos distantes. Unas notas graves se repiten varias veces hasta desembocar en una luminosa progresión melódica de gran belleza y solemnidad a cargo de las cuerdas que culmina en un precioso y breve solo de violín.

“Sozo” – Del caos inicial surgen los primeros dioses. Los más rezagados fueron Izanagi y su compañera Izanami. En su viaje desde el puente del arco iris en Takamagahara hasta la residencia del resto de dioses, iban removiendo el mar con una lanza. Cada vez que la extraían del agua, el barro que goteaba formó las islas que darían lugar al Japón. Una vez llegados a su destino se casaron y tuvieron hijos que se convertirían en los respectivos dioses del viento, el mar, las montañas, la tierra, etc. El personal estilo del músico japonés se hace evidente en esta composición con una secuencia repetitiva de seis notas alrededor de la cual se va construyendo una melodía de estilo contrapuntístico en la que, tanto los sintetizadores como las flautas se van dando la réplica mutuamente. Alrededor del minuto dos aparece el tema principal en forma de una melodía típica de su autor con el no menos particular sonido de sus sintetizadores, reconocible a la primera escucha. Y es que Kitaro es un animal de costumbres y una vez encontrado un sonido de su gusto, lo utiliza hasta la saciedad dando lugar a alguna anécdota de la que hablaremos en la próxima entrada. El corte, en general, tiene un aire cinematográfico, culpa, sin duda, de la extensa sección de cuerdas participante en el disco.

“Koi” – El último de los hijos de Izanami fue el dios del fuego, tras cuyo alumbramiento ella falleció. El dios de la noche, Mikoto, abrumado por la muerte de su madre, se muestra terriblemente desconsolado y termina por ser expulsado de la tierra de los dioses por su padre. Tras un largo deambular, llega a un lugar sometido por el dragón de ocho cabezas. Allí descubre el amor tras conocer a Kushinadahime, una doncella local. Kitaro nos muestra aquí su lado más sensible con una melodía realmente bella introducida por sus teclados y replicada posteriormente por el violín. Hacia la mitad del tema se produce un cambio a través de un diálogo entre las flautas y el violín tras el que regresamos al tema principal, ya con el refuerzo de la orquesta y una batería un tanto prescindible que no aporta gran cosa al conjunto y, escuchada hoy, le da un toque “kitch” a la pieza que no le hace mucho bien.

“Orochi” – El monstruoso dragón ha devastado el pueblo de Kushinadahime y ha devorado a sus siete hermanas y ahora reclama a la última de la estirpe. Mikoto entabla una interminable lucha con la criatura en la que termina derrotandolo. Percusiones tradicionales y sonidos ancestrales como el del koto y la flauta sakuhachi abren una de las composiciones más intensas del disco en la que los ritmos electrónicos y los tambores se combinan con efectos de sonidos propios de la Escuela de Berlín y la solemnidad de las cuerdas. Intervienen en la batalla guitarras eléctricas, flautas y la sección de cuerda en pleno para dar forma a una pieza épica como corresponde al tema mitológico que pretende narrar. Podeis escuchar la versión en directo del tema a continuación:



“Nageki” – Hikaru, diosa del sol, se apiada de su exiliado hermano y le ofrece vivir con ella en Takamagahara. Sin embargo, las travesuras constantes de Mikoto acaban desesperandola de modo que termina por ocultarse en la Cueva de la Roca Celestial sumiendo al mundo en la oscuridad. Por ello, Mikoto es desterrado de nuevo. Tras la emotiva batalla del tema anterior, entramos ahora en un tema mucho más pausado con protagonismo casi total de los sintetizadores en su inicio con el sonido de flauta característico de su autor, coros celestiales sampleados, sonidos de arpa… todo un catálogo de recursos de la música “new age” en su versión más tópica. Afortunadamente, Kitaro sabe combinarlos de forma magistral y no nos suena trillado en absoluto. Paulatinamente van incorporandose otros elementos como las cuerdas (en pizzicato), algún sólo de violín, etc. para concluir esta especie de transición de forma relajada.

“Matsuri” – Mikoto suplica a su padre Izanagi para que saque a Hikaru de la cueva. Los otros dioses organizan una gran fiesta a las puertas de la misma con música, canciones y danzas. Sorprendida de que en un mundo oscuro y tenebroso se celebre una fiesta tan grande, Hikaru abre la puerta de su escondite y se asoma para ver qué pasa. En ese momento, Tajikarao, el dios de la fuerza retira la piedra y arrastra a su hermana al exterior. Llegamos así a nuestro corte favorito del disco con permiso del anterior “Orochi”. Los tambores iniciales marcan un ritmo que pronto se transformará en frenético con secuencias electrónicas que acentúan el aire festivo de la pieza. Kitaro nos golpea entonces con una melodía realmente bella de aire tradicional (como todas en el disco) que no nos deja otra opción que rendirnos ante su talento. A mitad de la pieza encontramos una especie de interludio a base de tambores y cantos rituales a modo de puente para terminar regresando al tema principal. Un precioso final orquestal pone el colofón a una magnífica pieza y nos deja a las puertas del final de la epopeya. De nuevo, podeis disfrutar de su versión en directo:



“Reimei” – Con el retorno del sol a Takamagahara y el resto de tierras, la naturaleza vuelve a florecer en todo su esplendor. Con la bendición de Hikaru, Mikoto se casa con Kushinadahime y ambos, como en toda buena historia, son felices por siempre marcando el comienzo de una nueva era. Si hay algo de lo que se puede acusar a Kitaro es del exceso de azucar que añade a su música en momentos puntuales. Ese posible defecto no se ha dejado notar demasiado en “Kojiki” pero en el tema que pone el punto final al disco, encontramos algo de eso: una melodía excesivamente preciosista y unos arreglos (batería, coros, campanas…) poco afortunados nos muestran al Kitaro más meloso aunque a estas alturas creemos que se le puede perdonar, máxime cuando acabamos de disfrutar de un disco soberbio en su conjunto.

Participan en la grabación, al margen del propio Kitaro, Kohhachi Itoh (bajo), Yasuo Ogata (teclados), Hiroshi Araki (guitarra), Syoji Fujii (batería), Hideo Funamoto (percusión) y Steven Kindler (violin) y la sección de cuerdas de la Skywalker Symphonic Orchestra. No en vano, George Lucas figura en los agradecimientos del disco).

A lo largo de los años ochenta, Kitaro alcanzó el estatus de figura mundial y, en muchos momentos, se le reconocía como el abanderado del género “new age”. Esa popularidad le llevó, incluso, a realizar bandas sonoras para importantes directores como Oliver Stone. Con el declive de ese tipo de músicas, su figura quedó relegada a un segundo plano aunque sigue componiendo y publicando música con regularidad. Tenemos que confesar que en La Voz de los Vientos le perdimos el rastro en aquellos años, algo que trataremos de corregir. Sin embargo, consideramos que en su primera etapa nos dejó varios trabajos magníficos, coronados por este “Kojiki” que hoy os recomendamos. En la próxima entrada nos encargaremos del que probablemente sea su disco más conocido. Hasta entonces, os dejamos los habituales enlaces en los que adquirir el disco:


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