lunes, 27 de agosto de 2018

David Bowie - Hours (1999)



En 1994, el músico y programador David Cage comenzó a escribir el guión de un interesante videojuego que llevaría por nombre “The Nomad Soul”. La gran novedad del mismo era que el jugador no “perdía” cuando el el personaje principal muere durante la partida sino que su alma se trasladaba entonces al cuerpo de otro de los personajes. “The Nomad Soul” iba a ser el primer lanzamiento de la compañía francesa Quantic Dream y combinaba las características de distintos productos similares: juegos de lucha, “shooters”, resolución de puzzles, etc. El producto era realmente ambicioso hasta el punto que Cage se puso en contacto para la creación de la banda sonora del mismo con artistas de la talla de Björk, Massive Attack o David Bowie quien, para su sorpresa, fue el primero en responder afirmativamente.

El ofrecimiento de Bowie no quedó ahí. El artista terminó por formar parte del videojuego como personaje de la trama y también como miembro de la banda virtual “The Dreamers” que aparecería tocando en determinadas escenas de la aventura.

“The Nomad Soul” aparecería en el mercado en 1999, casi al mismo tiempo que “Hours”, el  nuevo disco de Bowie que fue grabado de modo simultáneo a la banda sonora. Durante las sesiones, Bowie y Reeves Gabrels escribieron un gran número de temas, tanto instrumentales como cantados y se llegó a hablar de que “Hours” sería realmente la banda sonora del juego algo que no fue así finalmente aunque ambas obras tuvieran mucha música en común. Posteriores reediciones de “Hours” iban a incorporar como parte del material adicional algunas composiciones instrumentales de la banda sonora junto con canciones del músico que aparecieron en películas de la época (“Stigmata” y “American Psycho”).

Los anteriores discos de Bowie (“Outside” y especialmente “Earthling”) habían supuesto un importante giro hacia la música electrónica en la carrera del músico. Curiosamente “Hours” iba a tener un enfoque completamente distinto regresando a sonidos clásicos y canciones más convencionales lo que, en general, fue bien acogido por parte de la crítica aunque podría evidenciar un cierto conformismo por parte de un músico a quien, hasta entonces, se le podía acusar de cualquier cosa menos de esa. En el apartado artístico, sería el último trabajo de Bowie con Gabrels, colaboración que venía produciéndose desde los tiempos de Tin Machine. El guitarrista no quedó nada contento con el resultado final del que se eliminaron algunas de sus partes, incluyendo una de sus canciones que fue concebida como uno de los temas centrales del disco y finalmente quedó relegada a “cara b”. Aparte de Gabrels, que se encarga de las guitarras, los teclados y las programaciones, participan en “Hours”: Sterling Campbell (batería), Mark Plati (bajo, guitarras, teclados y Mellotron) y Mike Levesque (batería). Otros músicos como Everett Bradley (percusión), Chris Haskett (guitarra) o Holly Palmer (coros) intervienen puntualmente en una sola canción.

Carátula de "The Nomad Soul"


“Thursday's Child” - La primera canción del disco lo tiene todo: es un tema magnífico que, además, tiene una factura pop clásica. Una interpretación excelente, coros acertadísimos, arreglos sobrios... una de esas piezas hechas para sonar en cualquier tiempo y lugar. Puede ser criticada precisamente por eso, por ser una pieza que parece diseñada para formar parte de la programación habitual de esas emisoras que dedican todo su tiempo a los grandes éxitos de décadas pasadas y esa opinión tendría parte de razón pero la canción es suficientemente buena como para ignorar ese hecho.




“Something in the Air” - El segundo corte es mucho más personal. Sigue siendo un tiempo medio pero tanto el bajo como las guitarras son más incisivos. Sin ser el Bowie rompedor al que estamos acostumbrados, es una canción muy atractiva que, en cierto modo, podemos ver como un adelanto de alguna de las piezas de los últimos trabajos del músico.

“Survive” - El comienzo acústico de la pieza nos hace pensar en un cambio con respecto a las anteriores y, en efecto, hay algo de eso. Los arreglos, en los que también escuchamos un Mellotron, son muy diferentes y hacen de esta una canción de esas que no llaman la atención al principio pero que terminan calando con el tiempo.

“If I'm Dreaming My Life” - Las guitarras se endurecen en el comienzo de un tema que también nos muestra una percusión desnuda que le da un carácter muy particular. La pieza tiene varios cambios de ritmo que la dan un dinamismo notable. No hay en todo el disco un tema claramente por debajo de los demás ni tampoco demasiados que destaquen del resto pero éste, por su propia estructura y duración (supera los 7 minutos), llama mucho la atención.

“Seven” - Apenas una guitarra acústica y unas cuerdas sirven a Bowie para presentar otra canción de esas de las que se suele decir que son un clásico instantáneo. Una pieza sencilla pero impecable que parece carne de recopilatorio, sin que esto pretenda sonar peyorativo. A estas alturas parece claro que el músico había dejado de lado la experimentación para dedicarse a hacer buenas canciones sin mayor ambición y la idea funcionó de maravilla.




“What's Really Happening” - Con todo, nunca viene mal introducir un punto de tensión en el disco y eso es lo que tenemos aquí con esta pieza potente que, como alguna otra de las que hemos comentado ya, nos encajaría perfectamente en un disco como “The Next Day”, trabajo que encontramos muy próximo a “Hours” pese a los más de 15 años que los separan.

“The Pretty Things Are Going to Hell” - Esa relación entre ambos trabajos podemos encontrarlas también en esta canción aunque de forma algo más críptica. La canción no tuvo videoclip oficial pero, de hecho, sí se hizo uno en el que Bowie se encontraba con reproducciones de sí mismo en diferentes etapas de su carrera. Dos de esas marionetas aparecieron en el videoclip de “Love is Lost”, perteneciente a “The Next Day” en 2013. Además de eso, la canción, pura energía, es una de las más interesantes de “Hours”.




“New Angels of Promise” - En la misma linea agresiva comienza el siguiente corte del disco, con unos interesantísimos arreglos electrónicos sobre la voz del músico que nos remiten a trabajos anteriores con Brian Eno.

“Brilliant Adventure” - Y si nos acordabamos de Eno en la canción anterior, es imposible no hacerlo con este breve instrumental que se diría sacado directamente de “Low” o “Heroes”. Era una de las partes de la banda sonora de “The Nomad Soul” que no contaba con voces y la única rescatada para “Hours” (hubo más pero quedaron como “cara b” de los diferentes singles.

“The Dreamers” - Cierra el disco la canción que lleva el nombre de la banda ficticia que Bowie Lidera en el videojuego. Una pieza que sigue la linea del resto del CD: rock elegante, ambicioso por momentos pero siempre dentro de una corrección absoluta.

Después de varios discos con la electrónica como base, Bowie afrontó con “Hours” una especie de retorno a las viejas formas. Puede resultar sorprendente que precisamente cuando el músico se pone a trabajar en una banda sonora para un videojuego sea cuando abandona este enfoque que, a priori, encajaría mejor en un entorno tecnológico pero Bowie siempre ha huido de convencionalismos y no le fue del todo mal así. Como curiosidad, “Hours” fue el primer disco en ser comercializado como descarga digital un par de semanas antes de la aparición en formato físico, al menos, por parte de una estrella de peso dentro de la industria.

Os dejamos con la versión en vivo de "Survive":

 

viernes, 17 de agosto de 2018

Andrea Cortesi & Marco Venturi - Glass Kancheli Tüür (2014)



Existe un topico acerca del arte contemporáneo que dice que es imposible de disfrutar. Que son obras que requieren de explicaciones y conocimientos técnicos para ser entendidas y que eso va contra la esencia del arte que debería ser sensorial antes que intelectual. Es cierto que las vanguardias del siglo pasado radicalizaron su discurso hasta el punto de hacerlo casi ininteligible pero también lo es que con un poco de esfuerzo hasta esas propuestas pueden ser disfrutadas sin tener que ser un experto.

La música no se queda al margen de todo esto que decimos con un agravante: al ser un arte mucho más popular, la oferta de obras, digamos, mucho más fáciles de asimilar, relegó a muchos de los compositores “cultos” a una marginalidad elitista de la que no ha sido fácil sacarlos. Sin embargo, hay en la actualidad un buen número de compositores que, sin salir del mundo académico, han regresado a un discurso musical más accesible que les ha hecho alcanzar una mayor popularidad que a la generación inmediatamente anterior.

En el disco que hoy comentamos encontramos a dos autores “cultos” cuya música no tiene ninguna complicación estética. Es directa, muy melódica y está alejada de las asperezas de décadas pasadas. Junto a ellos, un viejo conocido como Philip Glass con una obra reciente llena de romanticismo que ya apareció en el blog en una versión diferente hace unos años. Nos ofrecen todos ellos una serie de obras para violín y piano que son interpretadas por Andrea Cortesi y Marco Venturi en una grabación del sello Brilliant.

Marco Venturi y Andrea Cortesi


El disco lo abre precisamente Philip Glass con su “Sonata para Violín y Piano” de 2008. Una perfecta combinación en tres movimientos del Glass de siempre y de su reciente versión más “clasicista”. El movimiento inicial, muy dinámico, entroncaría con su vertiente más popular, la que llegó a partir de los ochenta y que se refleja en algunas bandas sonoras y en sus primeras sinfonías. En su segunda parte, Glass nos regala una bellísima partitura de violín en la linea de obras como “The Hours”. El segundo movimiento es una delicada melodía romántica que tendría mucho que ver con su producción de los últimos años. Una joya. El último movimiento, como corresponde a la sonata clásica, vuelve a utilizar un tempo rápido con algún gran momento y una energía muy contagiosa aunque nos quedamos con los dos primeros.




Continuamos con el georgiano Giya Kancheli, quien ya ha tenido alguna aparición anterior en el blog. De hecho, si hubiéramos seguido un orden estrictamente cronológico, esta entrada de hoy debería haber ido antes de la que le dedicamos a sus “Miniatures” en grabación de los mismos intérpretes del disco que comentamos ahora ya que, de hecho, ese disco fue inspirado por la gran impresión que le causó al compositor la interpretación de este “Time... And Again” que comentamos a continuación. Comienza de forma solemne con una intervención autoritaria del piano que nos recuerda a la determinados fragmentos de la “Musica Ricercata” de Ligeti. El violín da la réplica en segundo plano frase por frase hasta que todo cambia cuanto el piano marca un ritmo constante y Andrea Cortesi se zambulle en profundidades melódicas de mucho calado. Es una música reflexiva y paciente en la que todo termina por desarrollarse entre momentos de tensión marcada y otros de una fragilidad extrema.




Cierra el disco “Conversio” del estonio Erkki-Sven Tüür. Un músico que comenzó con una formación académica convencional pero que tuvo tiempo de convertirse a principios de los años ochenta en una estrella del rock local con su grupo In Spe. Pronto lo dejó para centrarse en la composición lo que nos ha permitido disfrutar de una extensa obra de todo tipo: óperas, sinfonías, conciertos, música de cámara, para piano, para órgano, coral... incluso con experimentos electrónicos de cuando en cuando. “Conversio” fue escrita en 1994. La procedencia estonia de Tüür hace que enseguida se nos venga a la cabeza el nombre de Arvo Pärt y los primeros compases de esta obra no hacen sino reforzar esa idea. El violín ejecuta una y otra vez un tema decididamente minimalista alrededor del que juguetea, casi con toques de “jazz” el piano de Marco Venturi. Las sucesivas variaciones de la pieza nos llevan a Steve Reich con una buena presencia también de John Adams. Muy recomendable esta obra de Tüür quien es uno de esos artistas a los que tenemos en el punto de mira.




Hace un tiempo leímos en algún sitio que, por lo general, las personas dejamos de escuchar música nueva a partir de los 30 años. De esa edad en adelante lo que hacemos es escuchar a los artistas que ya conocemos y son muy pocos los nuevos que pasan a formar parte de nuestras audiciones habituales. Los 30 nos quedan ya un poco atrás y, sin embargo, seguimos buscando constantemente nuevos sonidos y artistas que añadir a todos aquellos que nos han ido acompañando desde jovencitos y en esa búsqueda continuamos encontrando nombres que nos aportan muchas horas de disfrute sin dejar por ello de escuchar a aquellos. Este disco es un buen ejemplo de lo que queremos decir puesto que aparecen compositores relativamente nuevos o menos conocidos junto con un Philip Glass que es la banda sonora de buena parte de nuestra vida. Al margen de su propia calidad, el trabajo está aquí para presentar a aquellos que no hayáis oído nada suyo a Kancheli y a Tüür con la esperanza, al menos, de despertar vuestra curiosidad. Si lo logramos con alguno de nuestros lectores, la reseña estará más que justificada.

miércoles, 8 de agosto de 2018

Max Richter - Nosedive (2017)



Hace varios años ya que vivimos en la que muchos han llamado la “edad de oro” de la ficción televisiva. El talento que antes parecía reservarse para esa primera división que era el cine ahora está mucho más dividido y estamos disfrutando de verdaderas joyas en formato serial. Productos cada vez más cuidados en los que las interpretaciones, los guiones y las técnicas narrativas están muy por encima de lo que era habitual apenas un par décadas antes en el medio.

Como es lógico, este despliegue de recursos ha terminado por llegar a todos los aspectos de la producción televisiva incluyendo, claro está, a las músicas. Seguro que muchos de nosotros nos costaría nombrar al autor de la banda sonora de cualquier serie popular de los ochenta o noventa con contadas excepciones (Miami Vice, Twin Peaks, Expediente X y pocas más) y esto tiene mucho que ver con el hecho de que los músicos, como los actores o directores de la mayoría de ellas pertenecían a un segundo o tercer escalón, alejado del olimpo de la gran pantalla.

Eso ha cambiado en los últimos tiempos y ahora encontramos nombres como los de Michael Giacchino en “Lost” o David Arnold en “Sherlock” junto a bandas sonoras como la de “Stranger Things” que han sido capaces de traer a un primer plano un género como fue la música electrónica secuencial que parecía haber caído en el olvido. El propio Max Richter, de quien hablaremos hoy, compuso una música absolutamente inseparable de las imágenes de esa joya que fue “The Leftovers”. Hablamos de figuras ya consagradas en el cine que no tienen reparos en trabajar también para la pequeña pantalla.

Entre las ficciones más cuidadas e inquietantes de los últimos tiempos destaca la producción británica “Black Mirror” que, a diferencia de otras, tiene para cada capítulo una banda sonora diferente lo que ayuda a diferenciarlos (las historias de cada uno de ellos son independientes y carecen de continuidad). La lista de músicos que han participado en la serie, especialmente en las últimas dos temporadas, es impresionante e incluye nombres como los de Clint Mansell, Sigur Ros, Cristobal Tapia de Veer y, en el capítulo que hoy nos ocupa: Max Richter.

El compositor alemán tiene una cada vez más sólida carrera discográfica que se ve reforzada de forma paralela con sus trabajos para el cine y la televisión. Tanto es así que a su contrato con el gigante clásico Deutsche Grammophon ha unido la creación de su propio sello llamado “Studio Richter” en el que, con distribución de la citada discográfica, va dando salida a sus trabajos destinados a la pantalla. Y es a través de “Studio Richter” como nos llega “Nosedive”, la banda sonora del primer capítulo de la tercera temporada de “Black Mirror”. Se trata, en realidad, de un EP con siete temas que apenas dura unos 25 minutos pero cuyo contenido musical merece mucho la pena. Seis de los siete cortes del disco están escritos para quinteto de cuerda con el acompañamiento de Richter a los sintetizadores y, en cuatro de ellos, con el añadido del piano de Andy Massey. El corte restante es puramente electrónico. El quinteto de cuerda protagonista de la grabación está formado por Louisa Fuller y Natalia Bonner (violines), John Metcalfe (viola) y Caroline Dale y Will Schofield (violonchelos). Todos ellos salvo Schofield, habituales en la música de Richter desde sus primeros discos.

Escena de "Nosedive", capítulo de la serie "Black Mirror".


“On Reflection” - El tema central de la banda sonora es también el más largo del disco. Una composición que comienza con una serie de acordes de piano marca de la casa alrededor de los cuales van creciendo las cuerdas. Es una pieza muy cercana a determinados pasajes de la monumental “Sleep” de la que ya hablamos en su momento. Con cada repetición del ciclo va ganando presencia la viola que desgrana una melodía “nymanesca”, una de las influencias más claras de Richter en sus inicios. Si nos fijamos mejor, incluso el piano ejecuta una serie de notas muy próximas a la música que Nyman escribió para “Drowning by Numbers” aunque mucho más ralentizadas aquí. En todo caso, es esta una pieza exquisita en la que Richter es plenamente reconocible.




“Dopamine 1” - El siguiente corte, brevísimo, apenas consta de una leve progresión electrónica sustentada en el colchón sonoro del quinteto. Una obra con muchas posibilidades que debería ser desarrollada en el futuro.

“The Sorrows of Young Lacie” - Una de las características de “Sleep” es la repetición de una serie de temas principales en distintos momentos de las ocho horas de duración de la obra. Aquí se repite ese esquema recuperando el motivo central del corte que abría el disco, eliminando el solo de viola y resaltando más la parte de piano.

“Dopamine 2” - Los sonidos sintéticos encuentran aquí un espacio en el que desarrollarse con mayor amplitud que en la primera transición aunque en esencia el tema es muy similar. Excelente como música ambiental, podría dar mucho más de sí.

“The Journey, Not the Destination” - Aunque en los créditos del disco sólo se menciona como intérpretes de este corte a los miembros del quinteto de cuerda, es un gazapo evidente puesto que el piano es el protagonista de toda la primera parte y es secundado por la electrónica de Richter poco después. Quizá sea la pieza más dinámica del trabajo, con ritmos electrónicos, secuencias sintéticas y acordes minimalistas que dejan a las cuerdas como un elegante acompañamiento. Una gran composición en la linea del Richter más reciente, por ejemplo, el de la obra dedicada a Virginia Woolf que comentamos aquí tiempo atrás.




“Nocturne” - El único corte puramente electrónico del disco no es sino la abstracción de las partes sintéticas de otra de las composiciones previas del trabajo, despojada del resto de instrumentos. Una pieza ambiental muy aparente pero quizá innecesaria.

“The Consolations of Philosophy” - Cierra el EP la tercera recreación del tema central. La diferencia es el protagonismo del violonchelo que le da un tono mucho más melancólico si cabe. No hay mayor novedad que esa en todo caso para poner el punto final a un disco muy breve pero de mucho interés para los seguidores del músico alemán.

Hoy en día, Max Richter es uno de los compositores estrella del sello Deutsche Grammophon, lo que le garantiza la posibilidad de darle salida a todo lo que vaya componiendo sin demasiado riesgo financiero. Ello facilita que trabajos como este “Nosedive” vean la luz en formato físico, cosa que no sería sencilla de otro modo dada su corta duración. Sus seguidores estamos, pues, de enhorabuena aunque esto obliga a ser más selectivos y a andarse con mucha atención al resto del público que quiera acercarse al mundo sonoro del músico alemán ya que pueden encontrarse con lanzamientos como este que, por su corta duración, tendrían una gran probabilidad de desilusionarle. Poniendo eso por delante, desde aquí recomendamos su escucha.

Así presentaba uno de los creadores de la serie el capítulo "Nosedive".


 

jueves, 2 de agosto de 2018

Kate Bush - The Kick Inside (1978)



Pregunta de Trivial Pursuit: ¿quién fue la primera mujer que logró llegar al número uno de las listas de éxitos británicas con una canción escrita por ella misma?. Estamos seguros de que muy poca gente acertaría una pregunta así y es algo natural porque el nombre de la artista no es uno de los que primero se nos viene a la cabeza al pensar en estrellas del rock y el pop. Lo que quizá sí sorprendería mucho a la mayor parte de la gente no es el “quién” sino el “cuándo” porque tan curioso acontecimiento tuvo lugar nada menos que en 1978.

Esto supone que en uno de los mercados discográficos más importantes del mundo, ninguna mujer había llegado al primer puesto con una canción propia hasta finales de la década de los setenta lo cual dice mucho, y poco bueno, sobre la industria musical y la sociedad del siglo pasado. Queda claro pues, que lo que consiguió Kate Bush con su canción “Wuthering Heights” fue un hito de mucha trascendencia. Más aún cuando reparamos en que lo logró con apenas 19 años de edad.

Repasemos un poco su biografía hasta ese momento. Kate nació en una familia con un modelo que ya hemos encontrado antes en otros músicos: padre británico y presumiblemente protestante y madre irlandesa católica que se empeña en educar a su hija conforme a esa confesión. Ambos progenitores, además, tenían inquietudes musicales siendo el padre pianista aficionado y la madre bailarina. Sus hermanos mayores, además, participaban activamente en la escena folclórica local del Condado de Kent así que, desde niña, Kate estaba familiarizada con distintos instrumentos entre los que se encontraba el piano, el órgano e incluso el violín y comenzó a escribir sus propias canciones casi al mismo tiempo que aprendía a leer. De hecho, en su etapa escolar grabó una cinta con un buen número de ellas que envió a distintas discográficas en su momento.

Probablemente el intento habría quedado aquí (o quizá no, porque si algo no le faltaba a la niña era determinación) pero resulta que la cinta llegó a oídos de David Gilmour. No de alguien que se llamaba igual sino de ESE David Gilmour. “Me intrigó aquella voz tan particular. Fui a su casa en Kent y conocí a sus padres. Allí, ella me puso una cinta con cuarenta o cincuenta canciones suyas y pensé ¿por qué no hacer algo?” declaró el guitarrista de Pink Floyd que, en aquel momento, trabajaba en los últimos retoques de “Wish You Were Here”. Tanto le gustó lo que oyó que decidió tomarse en serio la carrera de la joven pero no como cabría esperar, promocionandola como la nueva gran revelación del panorama musical británico sino financiando la grabación de una demo en condiciones, con un productor de la talla de Andy Powell y tres temas arreglados por el propio Gilmour. El guitarrista le llevó la cinta a los directivos de EMI consiguiendo un contrato para ella casi de forma inmediata. La discográfica, en lugar de lanzar a una joven de apenas 16 años como Kate al mercado, decidió invertir en su formación consiguiendole a alguno de los mejores profesores posibles, no sólo en el aspecto musical sino en el interpretativo (estudió mimo con el mismísimo Lindsay Kemp). Durante ese periodo de aprendizaje, Kate comenzó a tocar en pequeños locales con un pequeño grupo llamado The KT Bush Band”. Cuando llegó la hora de grabar el primer disco, la artista tuvo que hacer una de las pocas concesiones de su carrera precisamente en relación con sus músicos: mientras que ella quería grabar con su propia gente, en la discográfica tenían preparados a varios intérpretes de primera fila: Ian Bairnson y David Patton (del Alan Parsons Project, como lo era el propio Andy Powell), Alan Parker (guitarrista en el “Diamond Dogs” de David Bowie), Duncan McKay (teclista de 10cc), Bruce Lynch (bajista de Cat Stevens), el batería de sesión Stuart Elliott (“The Year of the Cat” de Al Stewart, entre otros), Morris Pert (percusión) o Alan Skidmore (saxo). Todos de una u otra manera estaban relacionados con Powell que iba a ser el productor del disco. Donde Kate no dejó que la discográfica decidiera fue a la hora de escoger el single de presentación del disco: iba a ser, sí o sí, “Wuthering Heights” sin importarle en absoluto que la gente de EMI insistiera en otras opciones. No tardó en comprobarse quién llevaba la razón.

Kate Bush.


“Moving” - El disco comienza con un breve instante de sonidos de ballenas que enseguida da paso a la inconfundible voz de Kate. Una herramienta que la artista aprovecha de forma magistral explotando su registro más agudo, el que la ha hecho famosa. La canción es un tiempo medio en el que destacan los arreglos de piano y bajo así como los juegos vocales de la parte final que se diluye dejandonos de nuevo con los cantos de las ballenas del comienzo. Fue un tema inspirado por y dedicado al citado más arriba Lindsay Kemp.

“The Saxophone Song” - El espíritu de esa primera pieza se mantiene en la segunda con momentos en los que Kate recita más que canta. Pese a la corta duración del tema, los arreglos de sintetizador y “mellotron” la emparentan con el rock progresivo, entonces en franca retirada frente a otros géneros emergentes.

“Strange Phenomena” - La introducción de piano nos deja frente a frente con la versión más teatral de Kate, interpretando la canción en el más amplio sentido del término. No es de extrañar, pensándolo bien, que terminase por cruzar sus caminos con Peter Gabriel, algo así como su contrapartida masculina en lo que a interpretaciones intensas se refiere. Al igual que ocurría con el tema anterior, una de las cuestiones más destacadas de la música de Kate es su capacidad para recoger en apenas tres minutos un gran número giros y variaciones de todo tipo en su música.

“Kite” - La primera canción del disco en la que apreciamos por completo la enorme personalidad musical de Kate Bush es esta en la que la artista hace auténticos arabescos con su voz a lo largo de unos minutos alegres y dinámicos no exentos de complejidad, especialmente en los arreglos de teclado y los ritmos que terminan por conformar una canción deliciosa.

“The Man With the Child in His Eyes” - Continuamos con una balada magnífica compuesta por Kate con apenas 13 años lo que no deja de sorprendernos cada vez que la escuchamos dada la brillantez melódica y la complejidad estructural de la misma. Una joya a recuperar.




“Wuthering Heights” - La canción con la que empezó todo. Uno de ese puñado de temas inmortales que trascienden géneros y épocas y que será recordado siempre. No es raro que en una de las piezas anteriores (“Strange Phenomena”), la artista hablase de sincronicidades y casualidades ya que algo de eso hubo aquí. Kate compuso la canción tras ver una ficción televisiva basada en “Cumbres Borrascosas” de Emily Brontë y sólo despúes leyó la obra descubriendo entonces que Emily y ella habían nacido en la misma fecha: 30 de julio. “Wuthering Heights” es una de esas canciones que justifican por sí solas toda una carrera. Imprescindible.




“James and the Cold Gun” - Completamente distinta es la siguiente pieza cuyos arreglos, no nos engañemos, podrían ser perfectamente los de una canción del Alan Parsons Project. No en vano era esta la favorita de la discográfica para ser lanzada como single del disco. Sin ser una mala canción, no le llega ni a la suela de los zapatos a la anterior. Por otro lado, el estilo, más rockero, no encaja para nada con el resto del disco.

“Feel It” - Piano y voz. Nada más es necesario para crear una canción extraordinaria. Incluso el piano es prescindible de puro hipnótica que es la interpretación de Kate. Escuchando temas como este es más fácil comprender la influencia de la cantante en otras figuras posteriores, en especial, en nuestra admirada Tori Amos.

“Oh to Be in Love” - Una de nuestras canciones favoritas del disco en la que, además, aparece el hermano de Kate, Paddy, tocando la mandolina. Los coros de David Paton e Ian Bairnson le dan una réplica perfecta a la cantante en un estribillo jovial de esos que levantan el ánimo de cualquiera.

“L'Amour Looks Something Like You” - Regresamos a las baladas con esta canción que sigue la linea trazada por las de la primera parte del disco. Kate ocupa todo el espacio, no importa los instrumentos que aparezcan para acompañarla. El mérito es enorme por cuanto su voz no es precisamente potente pero la artista se las arregla para utilizarla de modo que esto carezca de importancia.

“Them Heavy People” - Llegamos a otra de las grandes canciones del disco. Una exquisita pieza con toques de humor (esa tuba marcando el ritmo) mientras la artista, con su hermano a los coros, dibuja un estribillo optimista como pocos.




“Room for the Life” - Nos acercamos al final con otro tema de cierto aire “beatle” aunque, bien mirado, hay varios en el disco en los que se aprecia esa influencia que quizá no sea más que un reflejo de una forma muy británica de hacer pop de la que beben ambos artistas.

“The Kick Inside” - Cerrando el disco encontramos otra maravillosa balada de piano con arreglos orquestales que no puede sino maravillarnos y hacernos pensar en lo que sentiría David Gilmour al escuchar aquella vieja cinta con cosas de esta altura creadas por una mujercita de apenas 15 años. Sin duda, una tarde para la historia.


Kate Bush es una de esas artistas que hace honor al calificativo de “inclasificable”. Nadie canta como ella, eso es casi una obviedad pero es que además, compone, escribe sus letras y tiene suficientes inquietudes para estar siempre a la vanguardia sin plegarse a las modas. “The Kick Inside” llegó en un momento en que no parecía encajar por ninguna parte con la música que sonaba entonces y, pese a ello, triunfó. En los ochenta, Kate investigó como el que más en las nuevas tecnologías y fue una de las grandes usuarias de máquinas como el Fairlight cuando no todo el mundo lo conocía. Abandonó muy pronto las giras y en un momento determinado se tomó un largo descanso de más de diez años sin grabar nada nuevo. En suma, una artista libre que ha sabido labrarse una carrera sin interferencias externas manteniendo hoy un estatus casi de culto y haciéndose acreedora de un respeto unánime por parte de los críticos.

Nos despedimos con la segunda versión del videoclip de "Wuthering Heights":

 
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