jueves, 8 de diciembre de 2016

Jean Michel Jarre - Oxygene 3 (2016)



El seguidor de Jean Michel Jarre ha vivido en los últimos años una larga travesía del desierto en la que ha tenido que soportar discos horrendos y espectáculos vergonzantes en forma de “playbacks” incalificables en discotecas indignas de quien tiempo atrás sacaba a las calles a millones de personas para escuchar su música. El momento en que todo se empezó a torcer es difuso. Unos lo sitúan después de la publicación de “Oxygene 7-13”, la secuela de su afamado “Oxygene” que vino acompañada de un giro hacia la música de baile con decenas de remixes, conciertos multitudinarios (que se parecían más a una “rave” que al clásico espectáculo del artista francés), discos de remezclas tecno e incluso colaboraciones fallidas con productores de moda en mercados como el japonés que no llegaron a ninguna parte. Otros hablan de declive algo más tarde, cuando apareció “Metamorphoses”, trabajo que rompía todos los esquemas previos de los seguidores al incluir canciones pop y colaboraciones de lo más insospechado. No faltan quienes piensan que el momento en que se tocó fondo llegó mucho después con “Teo & Tea”, disco que algún día aparecerá por aquí, siquiera para ilustrar de alguna forma todo aquello que un artista no debería hacer nunca.

Sea como fuere, lo cierto es que pocos esperábamos algo como lo que ha ocurrido en estos últimos meses cuya culminación, quizá, se haya producido en estas últimas horas en las que se ha anunciado que el músico francés ha sido nominado por segunda vez en toda su carrera a ganar un premio Grammy.

En los momentos más prolíficos de su trayectoria, Jarre llegaba a duras penas a la ratio de un disco por año. Sólo entre 1981 y 1984 pudo grabar varios trabajos a ese ritmo (y uno de ellos era un disco en directo con, eso sí, varias composiciones nuevas). Lo normal era que entre LP y LP transcurriesen dos o tres años. De repente, y tras ocho años de sequía, se anuncia el proyecto “Electronica” que, para mayor asombro, constaba de dos discos, cada uno de los cuales tenía una duración cercana al doble de lo que solían ocupar los trabajos “clásicos” del músico. Ambos volúmenes aparecerían en un espacio de tiempo de apenas siete meses. Junto a los “Electronica”, Jarre se embarcó en una gira que le ha tenido ocupado hasta estos días en los que se prepara el último concierto de la misma en París. Pese a que en septiembre se presentó un trabajo “menor” en forma de sintonías para la remodelada cadena de noticias pública francesa France Info, nada hacía indicar que el músico guardase aún un as bajo la manga. ¡Y qué as!

La liebre saltó cuando una conocida web de comercio electrónico mostró en sus bases de datos de productos futuros las palabras mágicas: “Jean Michel Jarre” y “Oxygene”. Parecía que una tercera parte del disco-emblema del músico francés estaba en camino siguiendo los pasos de otro amigo de las secuelas como Mike Oldfield. Las noticias se fueron confirmando pintando un panorama que, apenas un par de años antes, ningún seguidor de Jarre se habría atrevido a aventurar.

En las distintas entrevistas que el músico ha dado en estas últimas semanas se adivina una especie de depresión post-parto en la que se vio sumido durante las últimas etapas de la grabación de “Electronica 2”. Según parece, Jarre se encerró a trabajar en su estudio partiendo de una idea. En el proceso de composición de la música del proyecto anterior, el músico escribió bastantes piezas que finalmente no hallaron acomodo en el mismo pero había una en especial que le devolvió las sensaciones que tuvo en la época de la grabación del primer “Oxygene”. Comenta el músico que desde su discográfica ya le habían hecho llegar la posibilidad de hacer algo en relación con el 40º aniversario de su disco más popular pero que no terminaba de verlo claro y no estaba seguro de querer hacer algo más allá de alguna reedición especial o algo por el estilo. Eso cambió durante la composición de la citada pieza que terminaría siendo “Oxygene 19”. Entonces, y en medio de la “depresión” a la que nos referíamos antes, Jarre decidió hacer un experimento: encerrarse en su estudio durante seis semanas, el espacio de tiempo en que creó y grabó “Oxygene” en 1976, y trabajar con las mismas ideas que entonces, con una fecha límite y sin demasiadas pretensiones salvo ver qué era capaz de conseguir en unas condiciones similares a las de 40 años atrás y empleando recursos parecidos. No se trataba de hacer una producción extraordinaria sino de trabajar con un número reducido de elementos. Igual que hizo 40 años antes.

El resultado ya está en nuestras manos bajo el nombre de “Oxygene 3”. Jarre cierra la trilogía renombrando la segunda parte, que en su momento apareció como “Oxygene 7-13” y ahora pasa a ser “Oxygene 2” con una portada adaptada a la gama cromática de la de 1976. La tercera parte, la actual, aparece con la misma portada que el original pero cambiando ligeramente el punto de vista de modo que ahora el planeta con la calavera encerrada en su interior se ve desde otro ángulo. Exactamente lo mismo que ocurre con la música: se trata de un punto de vista diferente sobre las mismas ideas.



“Oxygene 14” - El disco se abre de forma directa: una breve sucesión de notas graves y una potente secuencia que repite con energía unos pocos acordes. Sobre ella surge la primera melodía del disco, escueta pero efectiva. De repente cesa toda la parafernalia sonora y escuchamos un primer solo a cargo del músico. Se repite entonces el ciclo inicial incorporando una segunda secuencia de modo sutil. Tras el segundo solo, ligeramente diferente al primero y acompañado ahora del resto de elementos del tema, escuchamos una nueva serie de arpegios repetitivos que parecen anticipar un ritmo bailable que nunca llega. En su lugar escuchamos densos colchones de cuerdas marca de la casa, una nueva secuencia en tonos agudos de esas que salpican todos los discos del músico y la aparición de otro sonido clásico en la obra de Jarre: el utilizado habitualmente para su “arpa laser”.

“Oxygene 15” - El tema se funde en el siguiente con el inconfundible sonido del “Eminent” de fondo. Sobre él se deshilacha la melodía del corte anterior antes de entrar en un pasaje rítmico dominado por la secuencia que se apuntaba en los últimos segundos de “Oxygene 14” apoyada en los inconfundibles ritmos de la “mini pops”. Este tramo atmosférico, de difícil asimilación en las primeras escuchas es uno de nuestros momentos favoritos del trabajo. Una delicia para los amantes de los sonidos electrónicos primitivos, alejados aún de las pistas de baile. De fondo, poco a poco, comienza a escucharse un sonido grave que nos prepara para el siguiente corte que llega tras una breve ráfaga que recuerda al comienzo de “Brick England”, la colaboración con Pet Shop Boys en “Electronica 2”.

“Oxygene 16” - Y si pensamos en colaboraciones del proyecto “Electronica”, los primeros instantes de esta pieza podrían pasar perfectamente por un mano a mano entre Jarre y los Tangerine Dream de la época dorada, muchos de cuyos sonidos clásicos escuchamos aquí envueltos en secuencias y efectos de aquellos años. Tras el inicio entramos en un tramo muy ágil en el que la capacidad de Jarre para manejarse en esos ambientes (ritmo definido, secuencias potentes y cuerdas dibujando melodías etéreas) queda de manifiesto. Estaríamos ante una combinación de “Hey Gagarin” y “Oxygene 11” que cerraría la primera parte del disco. Para los nostálgicos, la conclusión es un claro homenaje a  la tercera parte del disco original, con la repetición de las notas centrales de aquella pieza.

“Oxygene 17” - Todo disco de Jarre tiene un “single” destinado a servir de enganche y esa es la función de este corte, estrenado en algunos conciertos de la gira de “Electronica”. Una breve introducción con un sonido que también recuerda al del “Oxygene 3” de 1976 se ve acompañada de los sonidos más característicos de la trología: las omnipresentes cuerdas del “Eminent” y los ritmos de la “mini pops”. La melodía no es tan sencilla como otras que sirvieron de single aunque podría tener un aire al clásico “Oxygene 4” incorporando muchas más notas entre las que formaban el tema central del viejo “hit”. Aunque tras la primera escucha no es una melodía que se fije en la memoria del oyente, con el tiempo termina por calar.




“Oxygene 18” - La parte más intrascendente del disco es esta breve transición. Está construida a partir de un “pad” muy sencillo del tipo que todos hemos escuchado cientos de veces en grabaciones “new age” y “ambient”. Con ese fondo escuchamos una sencilla melodía que se repite varias veces difuminándose antes de que nos de tiempo a asimilarla del todo.

“Oxygene 19” - El tema que dio origen a todo comienza con una secuencia que se filtra entre las cuerdas utilizando timbres propios de la música de baile pero sin ningún atisbo de percusión que pueda ensuciar el corte. Escuchamos entonces una melodía que, tanto por los sonidos utilizados en su construcción como por su forma, nos recuerda claramente la banda sonora de la película “Les Granges Brulees” compuesta por Jarre en 1973, antes de alcanzar la fama con el primer “Oxygene”. Otra ráfaga nos pone a las puertas de un “subidón” que no aparece, dejándonos Jarre en su lugar, una nota burlona, un único pulso que nos dice “no sigáis por ahí, esto es otra cosa”. Aparecen de nuevo las notas “rotas” que nos recibían en “Oxygene 15” y que nos van a trasladar hasta la parte final.

“Oxygene 20” - Nos recibe el último tema del disco con un sobrecogedor sonido de órgano. Vemos entonces a Jarre encerrado en su estudio durante seis semanas bordeando la locura convertido en un moderno Erik, el Fantasma de la Ópera de la novela de Gaston Leroux (la referencia puede ser rebuscada pero en la obra, Erik habita los sótanos de la Opera Garnier, edificio en cuya construcción participó como arquitecto. Curiosamente, Jarre debutó como músico en 1971 estrenando su ballet “A.O.R.” precisamente en ese lugar. No nos extrañaría que el comienzo de la pieza tuviera ese pequeño chiste privado, dada la afición del músico a esconder mensajes en sus discos más recientes). Planea de nuevo la serie de notas distorsionadas que hemos escuchado en muchos momentos del disco y que nos llevan a la inserción por parte del músico de unos segundos de “Oxygene 6”, la composición que cerraba el disco de 1976. A partir de aquí, la sorpresa. Las dos primeras partes de la trilogía se cerraban con un tema sencillo basado en un ritmo monótono de “mini pops” que se repetía varias veces. El cierre de “Oxygene 3” es mucho más intenso. Capas de sonidos se superponen en una progresión de acordes de una solemnidad sobrecogedora. Una despedida grandiosa, desprovista de efectos sonoros y artificios de ningún tipo. Al fondo, arrecia una tormenta y se extingue una hoguera. Como bien apuntó el amigo Deckard, de los foros de Fairlight Jarre, cuando se agota el oxígeno, la llama se extingue. Toda la fuerza de ese simbolismo se encuentra en este final.

Desde el punto de vista conceptual y sonoro, creemos que “Oxygene 3” cumple mejor con el papel de secuela de “Oxygene” que “Oxygene 7-13” (aún nos cuesta llamarlo “Oxygene 2”). Aquel era un disco mucho más contundente y poderoso, en especial en el tramo que va desde la parte 10 a la 12 y, pese a que la estructura de muchos de los cortes era idéntica a la de las seis primeras partes, el sonido era claramente moderno en su época. En ese sentido, la mayor parte de “Oxygene 3” tiene mucho más en común con el disco original. El tono, sin embargo, es mucho más oscuro ahora. Especialmente en el tema que pone fin al disco. También esto puede tener relación con el concepto de la serie “Oxygene” que tenía mucho que ver con el ecologismo, movimiento que en 1976 aún estaba dando sus primeros pasos y tenía un horizonte más esperanzador que hoy en día, cuando estamos viendo que las peores predicciones de entonces se están haciendo realidad.

Si hace dos años nos dicen que los próximos discos de Jean Michel Jarre iban a ser un disco doble de colaboraciones y una tercera parte de “Oxygene”, seguramente nos habríamos echado las manos a la cabeza ante el descalabro que cabía esperar de parte de alguien cuyo último disco de estudio había sido “Teo & Tea”. Ni por asomo habríamos esperado el alto nivel de los tres trabajos y el reconocimiento posterior por parte de sectores de la crítica que llevaban años ignorando cualquier cosa que publicaba el francés. La reciente nominación al Grammy, al margen del valor real del premio en sí, supone que Jarre vuelve al primer plano de la música cuando muchos le dábamos por amortizado. Sólo por eso, ha merecido la pena este último año y medio del francés.

Nos despedimos con una serie de artistas, colaboradores en el proyecto "Electronica", ofreciendo su visión sobre el primer "Oxygene".




El disco completo está disponible para su escucha en Spotify:


domingo, 4 de diciembre de 2016

Wim Mertens - Dust of Truths (2016)



La Batalla de Accio (año 31) es el momento histórico escogido por Wim Mertens como inspiración del cierre de su trilogía “Cran aux Oeufs”. En aquel momento clave, Octavio (luego llamado César Augusto) derrotó al ejército de Marco Antonio y Cleopatra poniendo fin a la relativa independencia del Egipto Ptolemaico que quedó incorporado a Roma como una provincia más.

Hace apenas unas semanas que apareció “Dust of Truths”, disco para una formación algo más reducida de lo que pensábamos cuando se anunció el proyecto y se decía que la tercera parte estaba escrita para orquesta. Cierto es que se trata de “ensemble” amplio pero sólo consta de un músico más que “Charaktersketch” (diecisiete frente a los dieciséis de entonces). La diferencia estriba más en la composición del grupo que en el número: las cuerdas ganan peso frente a los metales. Detalles como este al margen, estamos ante un disco nuevo de Mertens en el que, pese a los muchos años de carrera del belga, aún tiene recursos para sorprendernos. Divide el músico su orquesta en tres grupos en los créditos del álbum: las cuerdas, integradas por Tatiana Samouil, Wietse Beels y Hans de Vos (violines), Liesbeth de Lombaert y Jeroen Robbrecht (violas), Lode Vercampt (violonchelo) y Ruben Appermont (contrabajo), los instrumentos de viento, interpretados por Dymphna Vandenabeele (oboe, corno inglés), Bart Watté (clarinete), Katrien Noël (clarinete bajo), Filip Neyens (fagot, contrafagot), Hendrik Pellens (saxos) y Rozanne Descheemaeker (trompa) y un cuarteto final integrado por Eline Groslot (arpa), Peter Verbraken (guitarras), Evert Van Eynde (percusión) y el propio Wim Mertens (piano).

Representación pictórica de la Batalla de Accio.


“Tunneling” - Los primeros acordes de piano del disco tienen un toque de jazz desacostumbrado en la música de Mertens. Se ven acompañados por las cuerdas que actúan como refuerzo sin interferir demasiado en el desarrollo del tema. La introducción es larga y juega con variaciones sobre el tema inicial pero la segunda parte de la composición cambia por completo. Cuando aparecen los vientos nos encontramos en presencia de una pieza que encajaría mucho más con el el estilo de Eric Mertens que del propio Wim. Podría formar parte del primer disco de aquel, “Spleen”, sin ningún problema.

“Kyrielle” - En el segundo corte reconocemos ya al Mertens de los últimos años con un elemento que, si bien no es del todo nuevo en su música, sí que sigue sorprendiéndonos: la guitarra eléctrica. En los primeros compases del tema su presencia es muy relevante aunque conforme éste avanza se va integrando más con el resto de instrumentos hasta pasar desapercibida. La melodía está en la linea de los discos de finales de los noventa de su autor, particularmente de la banda sonora de “Father Damien”. Lo más destacable son las partes de saxofón del segmento central y la coda final  en las que encontramos los momentos más brillantes de toda la composición.

“Set Metres” - Mucho más interesante nos resulta la siguiente pieza del disco, introducida por el piano que es rápidamente secundado por las cuerdas y los vientos. Es un tema con una estructura repetitiva al principio que va dejando entrever distintos elementos destinados a formar una melodía muy lograda en el tramo central.

“A Travelogue” - A continuación llega otra de nuestras piezas favoritas del disco. Es un corte que empieza de forma contundente con un tema bien definido que se repite varias veces. En el fondo tiene una estructura que casi podríamos calificar de “rock” con los las cuerdas y los vientos al unísono haciendo las veces de guitarras eléctricas. En muchos momentos nos recuerda a piezas de grupos pertenecientes a las tendencias más vanguardistas del rock como los también belgas Univers Zero.

“Nuanced” - Las ideas surgen por doquier desde el primer momento de esta pieza. Los fraseos de los clarinetes entrecruzándose, jugando de forma desenfadada sobre la base de piano son magníficos, dignos del Mertens más inspirado y libre porque esa es la sensación que nos transmite la composición: libertad. Mucho más allá de lo que solemos escuchar en la música académica y, particularmente en la de raíces minimalistas. Una pieza alegre, brillante y muy inspirada.

“Moss You Are” - El siguiente corte le resultará familiar al seguidor del Mertens más reciente ya que la melodía central es la misma que abría “In the Knapsack” del disco “What Are We, Locks, to Do”, el segundo volumen de la trilogía que cierra “Dust of Truths”. Una de esas melodías cuyo desarrollo es fácilmente predecible a poco que el oyente se halle familiarizado con la forma de componer del belga. Lo que hace especial la música de Wim es que, pese a todo lo dicho, la pieza sigue siendo maravillosa. La parte final de la composición, exclusivamente interpretada con cuerdas es de gran altura y nos recuerda a la tercera parte de la trilogía “Alle Dinghe” titulada del mismo modo.

“Transbordered” - Volvemos aquí a los sonidos y ambientaciones que ya escuchamos en “Kyrielle”. Un tema amable y que se escucha de forma placentera pero que tampoco aporta nada nuevo a estas alturas del disco.

“The Tonality” - Llegamos a otro de los puntos fuertes del disco. Una pieza que comienza con unas notas de piano que pronto entran en diálogo con las cuerdas. A partir de ahí se incrementa la intensidad y terminamos por  encontrarnos en medio de una composición sensacional en la que la guitarra pone el sustento rítmico y los vientos dibujan melodías breves con gran precisión. El único “pero” que podemos ponerle es que hay momentos en los que esperamos un desarrollo mucho más poderoso que se queda en nada. Con todo, es un gran tema.

“Old Katarakt” - Un mayor tinte reflexivo se desprende de la siguiente composición que, por otra parte, nos acerca al Mertens clásico de discos como “Strategie de la Rupture” con las cuerdas como añadido principal a una melodía de piano que podría haber sido escrita en la época del citado disco sin problemas. Una vez más, el autor belga consigue un tema emocionante partiendo de elementos de lo más sencillos.




“More Real” - El proverbial talento de Mertens para crear melodías se pone aquí de manifiesto una vez más. El parte inicial disfrutamos de uno de sus clásicos temas breves que luego se transforma en una fiesta de ritmo y sonido propulsada por el piano en modo “Struggle for Pleasure” (por citar uno de los temas inmortales del compositor. Con esa base aparece la guitarra eléctrica y el resto de la Wim Mertens Orchestra para ofrecernos una pieza vital y optimista. Una verdadera gozada.

“Eigenstates” - El cierre del disco es verdaderamente extraño. El tema empieza con una serie de palmas interpretando un ritmo irregular. Con ese fondo entra la guitarra acústica y, más tarde, el arpa. La pieza, que se nos antoja una variación sobre otra composición del músico que no terminamos de identificar. En todo caso, creemos que es uno de los cortes más prescindibles de todo el disco y un cierre no demasiado adecuado.

Con “Dust of Truths” cierra Mertens “Cran Aux Oeufs”, una obra que nos ha brindado tres trabajos notables en un periodo de tiempo de apenas un año lo que nos tranquiliza en cuanto al nivel que cabe esperar del músico en los próximos años. No es fácil que un artista tan prolífico como Mertens mantenga un nivel tan elevado de forma sostenida pero tras un cierto bajón en algún momento de la década pasada, creemos que ha encontrado una nueva voz, una forma de expresión diferente a la de los años ochenta y noventa pero igualmente válida. Celebramos este hecho y esperamos no tardar demasiado en volver a saber de nuevos trabajos de Mertens.


 

jueves, 24 de noviembre de 2016

James Forest - James Forest (2014)



Después de décadas escuchando música de las más variadas procedencias y estilos tendemos a pensar que es muy difícil que un disco nos sorprenda. Es cierto que muchas veces caemos en ese error que se suele sumar a una especie de compartimentación mental por la cual enseguida tratamos de aplicar a un músico una serie de categorías que nos hacen más fácil su asimilación y simplifican la labor de descubrimiento del mismo identificándolo con otros artistas que forman parte de nuestro bagaje como oyentes.

No podemos negar que esto es algo muy útil en la mayor parte de los casos. Alguien nos habla de un artista, nos facilita una breve descripción de su estilo e inconscientemente nos hacemos una idea del tipo de música que hace y de las referencias con las que lo podemos comparar. Lo cierto es que con el paso del tiempo, este tipo de clasificación suele funcionar bien en la mayoría de casos pero todavía quedan ejemplos que nos descolocan por completo. Artistas a partir de cuya descripción nos hacemos una idea que salta en pedazos en cuanto empezamos a escuchar su obra pero la cosa no se queda ahí. Tras los primeros instantes de esa audición, volvemos a hacernos una idea acorde con nuestros esquemas sólo para comprobar momentos más tarde que también ésta era errada.

Este proceso, repetido una y otra vez de forma continua es el que sufrimos el primer día que escuchamos la música de James Forest: esquemas mentales, prejuicios y barreras que caían uno detrás de otro como uno de aquellos gigantescos dominós que de vez en cuando aparecían en la televisión de nuestra infancia. El resultado final era tan bello como demoledor y esa es una descripción que podemos aplicar perfectamente al disco que comentamos hoy.

¿Quién es James Forest? La información que hay sobre él en la red es escueta. Se define como un viajero incansable con un rasgo intransferible: una guitarra siempre a cuestas. Nacido en Quebec, en sus apenas 30 años, el músico ha vivido en Pakistán y la India además de pasar largas temporadas en Europa. Con estos datos sería fácil hacernos una idea simple de Forest como un cantautor al uso pero nos equivocaríamos por mucho. Su música parte de la guitarra pero va mucho más allá. La electrónica surge por todas partes para transformarlo todo. Los arreglos y mezclas se alejan de los caminos trillados y nos dejan sin referencias claras. En su aún breve carrera, Forest mantiene activos distintos proyectos: sus trabajos en solitario, su banda James Forest & the East Road y June in the Fields, su dúo con Mélissa Brouillette, también miembro de East Road.

El disco que comentamos lleva como título, sencillamente, “James Forest”. El músico interpreta todos los instrumentos y cuenta con la colaboración de Alain Quessy como segunda voz y guitarra en algunos temas del trabajo.

“She Turns Me On” - Forest nos recibe con una serie de sonidos electrónicos acompañados por guitarra acústica piano y el clásico sonido del Fender Rhodes. Como presentación resulta impresionante pero aún es mas impactante cuando empieza a cantar con una preciosa modulación electrónica mientras dialoga consigo mismo a dos voces. De fondo escuchamos un sonido de órgano exquisito mientras la pieza inicia un viaje hacia los sonidos más etéreos que nos brinda la tecnología hoy en día. El final es una verdadera maravilla de electrónica clásica con una producción maravillosa. No se nos ocurre ningún músico que haga algo parecido a lo que hace aquí James Forest. Un verdadero espectáculo sonoro que hay que escuchar una y otra vez.

“Calm as the Ocean” - La canción se abre con un ritmo electrónico muy sencillo. Sobre él, se escuchan los primeros acordes de la guitarra de Forest y, a continuación, su voz. Es muy difícil escoger un punto fuerte en la música del artista quebequés pero, desde luego, su forma de cantar sería uno de los claros candidatos. Su voz es frágil, vulnerable, pero tremendamente expresiva. Aquí, tras un inico muy calmado se ve rodeada de una electrónica cada vez más oscura que se desarrolla en un amplio pasaje final muy evocador.

“My Peaceful Games” - Es la guitarra acústica la que nos recibe ahora con unos acordes placenteros que nos trasladan a los pasajes más íntimos de un Yann Tiersen o un Steven Wilson (son referencias con poco en común entre sí a primera vista pero ya hemos dicho que Forest no es un artista nada fácil de clasificar). La balada pasaría por una canción tranquila más de las que tantas veces hemos oído pero, una vez más, el desarrollo es lo que la hace diferente. La sencilla adición de una sección de cuerda electrónica sirve para dar una nueva profundidad a la primera repetición de la estrofa y las segundas voces de Alain Quessy ayudan a amplificar ese efecto.

“The Same Old Story” - No nos cuesta reconocer una notable influencia del piano de Rick Wright en los mejores momentos de Pink Floyd en el comienzo de esta pieza. Con ese acompañamiento escuchamos a Forest cantando con su estilo particular otra balada tenue, inapreciable hasta llegar a un breve interludio pianístico que marca el comienzo de la parte final, en una linea similar al resto del tema.

“My Rainy Days” - Retornamos al formato de guitarra y voz por unos instantes (voces, puesto que Quessy vuelve a colaborar aquí). Forest posee una voz muy peculiar que podríamos encuadrar en esa tendencia de los últimos años a mostrarnos cantantes diferentes con timbres frágiles y desvalidos. Pensamos en el malogrado Jeff Buckley, en Thom Yorke o Anohni. Sin ser necesariamente parecido a ninguno de ellos, Forest canta con un estilo tan personal como cualquiera de los citados.

“Morning Walks” - Cambiamos de sonidos ahora para escuchar uno mucho más agresivo que podría proceder de un sintetizador o del propio Rhodes anteriormente citado con alguna modificación. Escuchamos el bajo eléctrico marcando el ritmo sobre el que entona su texto James Forest y la pieza se endurece definitivamente con la aparición de los teclados tipo mellotrón y la acerada guitarra eléctrica que lo acompaña. Es entonces cuando comienza a escucharse una secuencia electrónica que nos remite a los clásicos del género en su variante berlinesa. La coda final, que añade a esta influencia elementos minimalistas es un verdadero prodigio.

“Shooting Stars” - La última participación de Quessy como acompañante vocal (aún hará una colaboración más a la guitarra) se produce en esta delicada pieza que comienza como un tema acústico pero que va incorporando elementos electrónicos paulatinamente. Volvemos a pensar en Steven Wilson como referencia melódica y de producción aunque la personalidad de Forest es suficientemente fuerte como para destacar por encima de cualquier influencia.

“The Calling Light” - Suena de nuevo el Fender Rhodes con un ligero aire “Beatle” en el inicio de la siguiente canción que es, probablemente, nuestra favorita de todo el disco. Tras un comienzo, más o menos convencional asistimos a un cambio de acordes que anticipa un giro importante. Escuchamos entonces un sólo de sintetizador que nos hace entrever la sombra de los Pink Floyd de “Welcome to the Machine” aunque ligeramente más civilizados. De repente, sin previo aviso, nos introducimos de lleno en un pasaje electrónico de gran categoría imposible de adivinar por el desarrollo de la canción. La cantidad de ideas que pone en juego en este disco James Forest nos deja sin habla durante toda la escucha. La mezcla de estilos es de una audacia digna de admiración y la soltura con la que el artista los maneja es impresionante. Sólo la sección electrónica final de esta canción justificaría discos completos de otros artistas.

“Morning Breeze” - Seguimos moviéndonos por terrenos psicodélicos en la siguiente canción. Bajo la forma de una balada acústica, Forest incorpora elementos sintéticos y, una vez más, finaliza con una coda arrolladora a base de secuencias que viene precedida de un exquisito pasaje electrónico. El contraste entre formas musicales tan diferentes que nuestro artista realiza con la mayor naturalidad es fascinante.

“Beautiful Day for the Road” - Nos acercamos al final con otre gran canción que comienza con la guitarra eléctrica dibujando una melodía con tintes de himno y alguna lejana reminiscencia celta. No necesita mucho más nuestro artista para construir a partir de ahí un tema muy emotivo. Como es ya marca de la casa, en los últimos instantes aparece la electrónica para poner la guinda fina al tema de un modo muy elegante.



“Long Time Gone” - La despedida opta por el intimismo de la guitarra acústica en uno de los escaso temas que podríamos calificar como “convencionales” en el sentido de que, por una vez, James Forest no hace saltar las barreras entre géneros y “se limita” a escribir una canción de tintes folclóricos con algún que otro arreglo electrónico al final y un cierre antológico con una guitarra eléctrica cargada de distorsión echando el cierre a un disco extraordinario.

La combinación de canciones sencillas, elementos folk, música electrónica de la mejor factura y una voz personalísima hace de este trabajo de James Forest una verdadera joya y algo verdaderamente único en su género (quizá Julia Holter podría pertenecer a una categoría similar). Aunque el disco tiene ya un tiempo (se grabó en 2014), lo consideramos uno de los grandes descubrimientos del año, mérito que tenemos que darle a Sarah Vacher de Luscinia Discos que es quien edita el trabajo y quien amablemente nos lo hizo llegar hace unas semanas. Estamos convencidos de que su escucha no va a dejar a nadie indiferente.


 
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