viernes, 5 de junio de 2020

George Winston - Winter Into Spring



Quedan ya muy atrás las anteriores entradas que le dedicamos a George Winston en el blog y éste es un buen momento para volver sobre la música del pianista norteamericano. En su día nos centramos en su etapa en Windham Hill Records, la más popular de su carrera y aquella en la que tuvimos conocimiento de su música. Repasamos varios de sus discos clásicos pero nos dejamos uno de nuestros favoritos: “Winter Into Spring”. Con excepción de su primer trabajo, todos los primeros de Winston estaban inspirados en distintas épocas del año. Comenzó con “Autumn” en 1980 y más tarde vinieron “December” o “Summer” pero antes de esos dos, semanas antes de “December”, de hecho, apareció “Winter Into Spring”. Con él, el pianista buscaba reflejar los peculiares ambientes de los días de transición entre el invierno y la primavera. ¿Estrategia comercial desprovista de contenido musical? En otro artista pensaríamos que sí pero tratándose de alguien tan peculiar como George Winston, creemos que la inspiración fue absolutamente real. Como en todos los discos que le hicieron popular en su día, Winston no necesita nada más que su piano. El talento del músico hace el resto.

George Winston


“January Stars” - La forma de tocar del pianista norteamericano es cristalina y sabe arrancar sonidos a su piano que muy pocos consiguen. La pieza que abre el disco es exquisita. Comienza con una especie de trino que bien podría ser imitación de algún ave nocturna en la tradición de Olivier Messiaen. A esa breve tema pronto le añade una melodía marca de la casa que discurre pausada con una placidez que nunca cae en la sensiblería. Un paseo exquisito en el que el propio Winston da las respuestas a las preguntas que va planteando sobre la marcha.




“February Sea” - El segundo corte cambia por completo. Comienza con un ostinato que se repite una y otra vez y sobre el que aparece una melodía enérgica y vital como pocas en la que podemos intuir lejanamente la infuencia de Steve Reich, uno de los pocos compositores contemporáneos del ámbito de la música culta por el que Winston reconoce profesar una gran admiración. No podemos decir que sea una pieza minimalista porque no lo es en absoluto pero hay algo en su ritmo, en ese pulso continuo que inmediatamente nos remite a ese estilo. En las notas de alguna edición reciente, Winston apunta que la pieza está inspirada en la obra de The Doors.

“Ocean Waves (O Mar)” - El único corte del disco que no está compuesto por Winston es esta versión de un clásico de 1939 del pionero de la “bossa nova” Dorival Caymmi. El pianista imita a su manera la introducción del popular arreglo que el guitarrista Bola Sete hizo del original y luego aborda la melodía central enriqueciendola con todo tipo de filigranas que no resultan invasivas en modo alguno. Si se conoce la interpretación de Caymmi, no cabe duda de que se identifica enseguida la pieza en manos de Winston pero de no saber que no es una composición suya, no creemos que nadie lo hubiera advertido dada la perfecta integración de la música en el estilo propio de nuestro artista.

“Reflection” - Uno de los dos temas breves del trabajo lo que no quiere decir que sea prescindible ya que pese a no llegar a los tres minutos hay en él suficiente contenido como para no pedirle nada más. Tenemos las habituales secciones completamente diferentes de muchas de las composiciones de Winston con una parte inicial muy vivaz combinada con fragmentos más reflexivos.

“Rain” - El planteamiento de la siguiente pieza es diferente. Un comienzo calmo de aire jazzístico se difumina en una melodía que va creciendo poco a poco a partir de la repetición de un motivo muy sencillo que va cambiando de forma casi sin darnos cuenta. De repente se produce un giro absoluto entrando de nuevo en terrenos filo-minimalistas. De hecho podríamos considerar sin problemas este segmento como un claro precedente de “Tamarack Pines”, el homenaje al antes mencionado Steve Reich que Winston grabaría unos años más tarde.




“Blossom / Meadow” - George Winston habla de su música como “rural folk piano” y es una definición que nos cuesta encajar con la mayor parte de su obra con pocas excepciones como sería, quizá, su disco “Summer”. Este corte en dos partes, especialmente en la primera de ellas, sí que tendría algo de folk aunque no está entre nuestros preferidos del trabajo. Hay un interesante desarrollo melódico pero lejos de los momentos más inspirados de su autor.

“The Venice Dreamer (part 1, introduction)” - El cierre lo pone una pieza separada en dos partes. La primera y más breve comienza con mucha energía aunque enseguida cambia por completo de registro entrando en una zona en la que los silencios importan tanto (y ocupan mucho más espacio) como las propias notas. Una introducción de lo más interesante.

“The Venice Dreamer (part 2)” - Tras ella llega una composición que mezcla un notable aire de “jazz” con rasgos folclóricos y hasta ligeramente clasicistas en determinados momentos. Luego comienza un largo pasaje al más puro estilo Winston que nos acompaña hasta el final del trabajo. Uno de los mejores de su autor. En ediciones modernas del disco "The Venice Dreamer" aparece con la indicación "dedicado a la memoria de David Fleck" aunque en las primeras versiones esta dedicatoria no aparecía en ningún corte en concreto sino en el disco en general. Desconocemos quién era Fleck ya que el único referente que hemos encontrado con ese nombre es un ilustrador británico que aún sigue entre nosotros.




Tenemos la impresión se que George Winston está bastante olvidado hoy en día. Bien es cierto que su obra no es demasiado extensa y que su particularísimo carácter (hay quienes hablan de él como de alguien rayano en el autismo aunque no hemos podido confirmar que lo sea) nunca le ha permitido prodigarse en promociones y entrevistas en todos estos años. Pese a ello su obra es verdaderamente interesante y, a nuestro juicio, una de las que mejor ha resistido el paso del tiempo de todas las que en los años ochenta dominaban las listas de ventas en la categoría de “new age”.

Pese a que su salud no es la mejor y a que ha sufrido varias enfermedades serias en los últimos años, Winston sigue publicando discos y ofreciendo conciertos con cierta regularidad. Tenemos que reconocer que no hemos seguido demasiado su etapa más reciente pero seguro que con el tiempo terminamos por compensar esta carencia. Mientras tanto, aprovechamos con esta entrada para recordar uno de sus discos imprescindibles.

sábado, 30 de mayo de 2020

Ludovico Einaudi - Eden Roc (1999)



Con “Eden Roc”, el italiano Ludovico Einaudi se enfrentaba al clásico problema de todo artista que por fin ha conseguido llamar la atención del público con uno de sus discos: ¿cómo enfocar el siguiente paso? En el caso del músico optó por una vía conservadora. Introdujo alguna variación en cuanto a los instrumentos utilizados, incorporó algunos artistas invitados y mantuvo casi inalterado el estilo que le granjeó las primeras adhesiones masivas.

En el apartado de invitados destaca especialmente la presencia de Djivan Gasparyan, el maestro armenio del “duduk”, figura legendaria que ha colaborado con muchos de los más grandes artistas del panorama musical de las últimas décadas, desde Sting, Peter Gabriel o Brian May hasta Hans Zimmer o Brian Eno. Junto a él escuchamos también las cuerdas del Quartetto David, los sintetizadores de Alessandro Radici o la guitarra de Ricky Maja. Como solistas de cuerda tenemos a los contrabajistas Stefano Dall'Ora y Franco Feruglio, al violonchelista Marco Decimo y al violista Antonio Leofreddi.

Ludovico Einaudi


El disco, como es habitual en Einaudi, es una colección de piezas agradables al oído. Particularmente nos encanta el comienzo con esa breve “Yerevan” en la que destaca el duduk de Gasparyan sonando, enigmático, sobre un colchón de cuerdas que flotan estáticamente. El piano apenas dibuja unos breves trazos en la parte final a modo de despedida. “Eden Roc” es completamente diferente, introducida por un intenso ritmo de guitarra al que se suma el propio Einaudi, enseguida nos deja un motivo a la viola muy sencillo pero de gran belleza. Más melódica y emotiva es “Fuori Dalla Notte” con las cuerdas presentando la melodía central que se desarrolla en todo su esplendor al piano. Una de las grandes piezas del disco, sin lugar a dudas. “Due Tramonti”, en cambio, es un giro intimista en forma de dueto entre el piano y la viola de Leofreddi, una de las grandes protagonistas del disco. Con “Nefeli” llegamos al primer tema de piano solo del trabajo en el que no encontramos ninguna sorpresa: es la típica composición de Einaudi carente de riesgo. A quien le guste la música del italiano le encantará y a quien no le llame la atención le dejará indiferente. “Odessa” es un tema muy relajado que comienza con el piano pero cuya evolución se produce principalmente gracias a las cuerdas, de nuevo con protagonismo de la viola de Leofreddi y el duduk de Garparyan. Una pieza meditativa, casi “ambient” que, por lo que tiene de diferente, está entre nuestras favoritas. No falta un pequeña cuota de tensión en el disco y ésta aparece con fuerza en “Ultimi Fuochi”, composición de corte minimalista en la que se puede ver la influencia de Nyman. El trabajo de la sección de cuerda es perfecto y consigue mantenernos en vilo, especialmente durante la introducción del tema. Luego aparece el piano y todo se relaja un poco aunque siempre dentro de un nivel muy alto. Regresamos a un romanticismo marca de la casa con la excelente “Giorni Dispari”, magnífica pieza de cámara que nos demuestra que Einaudi tiene capacidad para hacer grandes cosas cuando se lo propone. Más jovial y casi “pop” es “Julia”, una melodía simpática sin demasiado recorrido que da paso a la reflexión minimalista de “Fuori Dal Mondo” que repite el esquema de “Fuori Dalla Notte” (cuerdas más piano) con un resultado tan inspirado como el de aquella. Otra de las joyas del disco. “Ultimi Fuochi II” es una miniatura de transición en absoluto despreciable ya que tiene una gran categoría y “Un Mondo a Parte” es, quizá, la composición más clasicista de todo el álbum. Seria y formalmente perfecta, tiene una fuerte carga emocional y eleva el nivel general del disco, a estas alturas, ya muy alto. “Password” vuelve al piano solo y comienza con una bagatella que luego evoluciona en su discurso hacia algo más convencional. Volvemos a Gasparyan ya cerca del final del trabajo con “Yerevan II”, un breve corte en el que el duduk dialoga con las cuerdas. Un digna continuación de la primera parte. Por fin, el cierre lo pone la extensa “Exit”, un tema tirando a ambiental con continuos diálogos entre el piano y las cuerdas que esconde una sorpresa en su final ya que tras lo que parece la conclusión de la pieza llega un largo silencio que no es sino el preludio de una coda en la que Einaudi recupera por unos instantes uno de los temas pricipales del disco.




No es Ludovico Einaudi un artista muy dado al riesgo y menos aún en estos momentos en los que empezaba a hacerse un nombre. “Eden Roc” pretendía ser, en cierto modo, una guía de viajes. El título alude a una cadena de hoteles (también algún corte como “Nefeli”) y algún otro tema lleva nombre de ciudad. Sin embargo, esa supuesta multiculturalidad no termina de reflejarse en la música más allá de la aparición de Gasparyan y es que en ningún momento las adiciones folclóricas llegan siquiera a difuminar el estilo de Einaudi. Diríamos que “Eden Roc” es uno de los mejores discos de su autor ya que está repleto de buena música pero pronto reparamos en que realmente no hay gran diferencia en este sentido entre todos los discos del italiano. Todos sus trabajos se mueven en similares parámetros estilísticos y de calidad. Por ello creemos que este es un disco tan recomendable como cualquier otro para cualquiera que desee introducirse en el mundo de Einaudi. Un mundo muy agradable, placentero y sin sobresaltos.


 

lunes, 18 de mayo de 2020

Vangelis - Oceanic (1996)



Después de una década de los ochenta en la que publicaba más o menos un disco al año si contamos los firmados en colaboración con otros artistas, los años siguientes supusieron un cierto parón discográfico para Vangelis. Pese a que en 1990, el artista pasó a formar parte de la nómina de East West Records, un subsello de Warner recuperado del olvido en aquellas fechas, su producción en forma de discos no fue muy abundante. Se publicó “The City”, el ya comentado aquí “Voices” o la banda sonora de “1492, Conquest of Paradise” y apareció por fín la esperada música que el griego compuso para Blade Runner varios años antes pero los discos el trabajo de composición del artista iban por caminos separados: no se publicaba la mayoría de lo que componía y lo que se publicaba era, en parte, material compuesto tiempo atrás. De ese modo, toda la música que hizo para publicidad y muchas bandas sonoras (algunas del nivel de la de “La Peste” o “Lunas de Hiel”) siguen hoy inéditas a nivel discográfico. Otras obras como “Mythodea” o “El Greco”, compuestas en estos años, tardarían mucho en ver la luz.

A cambio, aparecieron otras obras más insulsas como la citada “Voices” o el disco que comentamos hoy: “Oceanic”. Supuestamente el proyecto surge del encargo que Vangelis recibe para realizar una banda sonora para un documental sobre ballenas. Sea o no cierto este extremo, lo cierto es que el toque acuático del disco es innegable, desde el propio título del trabajo y de todos los cortes hasta los sonidos empleados o las fotos del libreto cuyo diseño hizo el propio músico tienen continuas referencias a este concepto. Las imágenes de la portada y las del interior proceden de las películas “La Reina del Mar”, con la inevitable Esther Williams y “Desfile de Candilejas”, ambas con abundantes números de ballet acuático en su metraje. El disco, como es habitual en el griego, está compuesto e interpretado en su totalidad por él mismo.

Vangelis



“Bon Voyage” - El disco comienza metido en tópicos con sonidos de olas y demás ambiente marino para dejar paso a la habitual pompa y circunstancia del músico griego pero sin demasiada profundidad. Cuerdas solemnes y percusiones rimbombantes en una introducción resultona pero vacía.

“Siren's Whispering” - No mejora la cosa en la siguiente pieza. Un ritmo electrónico continuo similar a un “sirtaki” ve transcurriendo entre “samples” vocales (haciendo las veces de las sirenas del título) e inanes solos de teclado emulando ora un violín, ora un arpa. Olas y más olas se suman a la música en una mezcla que a los tres minutos ya resulta manifiestamente aburrida... y dura ocho. El Vangelis más irrelevante que recordamos.

“Dreams of Surf” - Llegamos así a un tema pianístico nada original con reminiscencias del Bach de “el clave bien temperado” pero, una vez más, demasiado superficial. No es que no resista la comparación con el genio alemán, cosa que no sería reprochable, sino que tampoco la resiste con el Vangelis más normalito. Con todo, la pieza supone una mejora respecto a lo anterior.

“Spanish Harbour” - Volvemos a los ritmos programados, esta vez en la linea de trabajos como “The City”. Arpegios por aquí y por allá, acordes sintéticos que transcurren dejando pasar el tiempo y por fin la melodía central con un sonido que intenta emular sin acercarse demasiado una guitarra española. Pese a todo, la melodía está lograda y coloca a este corte entre los más rescatables del disco aunque sigue adoleciendo de falta de ideas.

“Islands of the Orient” - Continuando con la linea ascendente del disco nos encontramos con esta pieza dominada por una secuencia electrónica mucho más interesante que todo lo anterior. Alrededor de ella, Vangelis va construyendo un armazón realmente sólido a base de retazos sintéticos, ráfagas de piano y ambientes a ratos cercanos a trabajos como “El Greco”. De las pocas piezas del disco que podría salir airosa de una comparación con otros temas de las épocas más inspiradas del compositor.




“Fields of Coral” - Para culminar un magnífico sector central del disco llega esta misteriosa pieza en la que a partir de una sencilla linea de bajo muy bien construida aparece un ritmo procesional y un tema en el que se mezclan arpas, flautas y demás instrumentos del arsenal electrónico del griego en un canon bellísimo que demuestra, una vez más, que incluso en sus momentos más flojos, los genios acaban por regalarnos piezas magníficas.




“Aquatic Dance” - Todo lo que sube tiene que bajar y con este tema iniciamos el descenso. Un ritmo cadencioso domina toda la composición pero a lo largo de la misma no encontramos demasiados elementos destacables. La melodía de violonchelo apunta cosas pero no llega a enamorarnos. Un corte de un nivel medio dentro de este disco que también podría haber encajado bien en el anterior “Voices”.

“Memories of Blue” - Y ya cerca del final volvemos al piano con fondos sintéticos con esta pieza introspectiva que quiere recordar días mejores, especialmente de los años de “Chariots of Fire”, “Blade Runner” o “Antarctica” pero sin llegar ni de lejos a aquella brillantez. Un tema digno pero olvidable.

“Song of the Seas” - El cierre del trabajo es sorprendente. Tiene un aire “vintage” por ese sonido de guitarra tan propia de bandas como los Shadows y se mezcla con sonidos tópicos, y más en los noventa, como son las flautas de pan usadas hasta la saciedad en productos y subproductos “new age” de la época. Sin embargo, la simplicidad de esos elementos, lo sobrio de los arreglos, en especial de las cuerdas y por encima de todo, la calidad de la melodía hacen de su escucha un momento de disfrute casi inesperado y que siempre nos hace terminar de escuchar este “Oceanic” con una sonrisa en la cara.




Cuando en los años ochenta se hizo popular la categoría de “música new age” para definir una serie de estilos que no cabían en ninguna otra clasificación, era habitual que se hablase de artistas como Vangelis, Mike Oldfield, Brian Eno o Jean Michel Jarre entre muchos otros, como de músicos “new age” aun cuando pocos o ninguno de sus trabajos encajaban en los parámetros estéticos del supuesto movimiento. Por ello nos sorprendió que Vangelis publicase en una fecha tan tardía como 1996 un disco de estas características que sí podría encajar en el catálogo de discográficas del género como Hearts of Space o similares. Esto no sería nada peyorativo puesto que dentro de la “new age” hubo discos magistrales pero en el caso de Vangelis y “Oceanic” cuando lo definimos como disco “new age” lo hacemos pensando no tanto en esos discos maravillosos como en la cantidad de clichés y lugares comunes que se repetían en muchos trabajos “new age” de aquellos años y que llaman más aún la atención al escucharlos en un CD de Vangelis. No todo en “Oceanic” es malo pero no creemos equivocarnos demasiado si decimos que en su momento fue el trabajo más insulso publicado por el griego hasta entonces. Pese a todo, no está de más darle un par de escuchas a los momentos más inspirados porque Vangelis siempre nos deja alguna joya escondida, incluso en los trabajos más prescindibles.