martes, 23 de agosto de 2016

Tim Fain Plays Philip Glass Partita for Solo Violin (2015)



Existe una tendencia en los compositores a asociarse en momentos determinados con intérpretes concretos para los que componen piezas con regularidad. En los últimos años de la trayectoria de Philip Glass, en los que, como es bien sabido, se ha entregado casi por completo a las formas e instrumentos clásicos, hay varios instrumentistas que han ocupado este rol.

Uno de los más destacados de este grupo es el violinista Tim Fain, una de las revelaciones del violín de los últimos años que úne en su repertorio habitual a clásicos como Beethoven o Tchaikovski con compositores contemporáneos (el propio Glass, Nico Muhly, Max Richter...) e incluso a estrellas del rock o la música electrónica como Iggy Pop o James Blake. Fain empezó a interpretar a Glass años atrás participando en grabaciones como la de “The Book of Longing” o el “Sextet for Stings” (en ésta última como miembro de los Glass Chamber Players). La relación entre músico e intérprete fue estrechándose hasta que en 2011, Glass escribió su “Partita for Solo Violin” para Fain. La obra se estrenó en un concierto en el Templo de Dendur, situado dentro del Museo Metropolitano de Nueva York al que fue transportado piedra por piedra en 1965 como donación al mismo del Gobierno Egipcio. El concierto fue retransmitido en su momento vía internet alcanzando cierta repercusión en el ámbito clásico pero no fue hasta el año pasado que vio la luz en forma de CD, cómo no, dentro del sello Orange Mountain Music.

La grabación recoge, además de la “Partita” otras tres piezas para violín solo extraídas de la amplísima producción de Glass a lo largo de su carrera. Todas ellas, claro está, son interpretadas por Tim Fain.

Violinista y compositor en los instantes previos a una actuación.


La “Partita” está dividida en siete movimientos que incluyen una obertura, dos “canciones”, dos “danzas” y una “chacona” dividida en dos partes. Como ya ocurría en otras piezas para instrumentos solistas del repertorio reciente de Glass (pensamos en “Orbit” para violonchelo o en su reciente “Sarabande in Common Time” para violín), la música tiene una extraña mezcolanza de estilos entre el clásico minimalismo del compositor norteamericano y la música barroca (la elección del término “partita”, tan habitual en la obra de J.S.Bach, por ejemplo, no puede ser casual). Esta relación entre el barroco y el minimalismo ya ha sido revelada, entre otros, por el propio Steve Reich y está siendo muy explotada por las discográficas con discos que combinan obras de ambos periodos con muy buen gusto y excelentes resultados. En la obra que nos ocupa hay un claro equilibrio entre las dos, digamos, tendencias: la obertura o la primera primera parte de la chacona, por ejemplo, son más barrocas pero las dos danzas o la segunda canción son inconfundiblemente “glassianas”. Mención aparte merece la interpretación de Fain: apasionada cuando así lo requiere la pieza y meticulosa y afilada en los momentos más tensos de la partitura. De toda la obra, nos quedamos con el extenso último movimiento, la segunda parte de la “chacona” que es, en sí misma, un resumen de las virtudes de toda la “Partita”.




La segunda obra del programa es la primera que Fain incluyó en su repertorio habitual y, de hecho, ya la grabo para otro disco aparecido en el sello Naxos hace unos años. Se trata de el segundo “Knee Play” de la ópera “Einstein on the Beach”, pieza capital en la producción de Glass. Es esta pieza un auténtico desafío para cualquier intérprete dada la vertiginosa ejecución que requiere por parte del mismo y Fain, muy acostumbrado ya a ella, la defiende con brillantez.




Continúa el disco con un fragmento de “Book of Longing”, el ciclo de canciones que Glass escribió poniendo música a los versos de Leonard Cohen años atrás. En la grabación original de la obra ya participaba Fain al violín por lo que tampoco esta partitura le resulta desconocida. La pieza, de muy corta duración, es de una gran belleza y no exenta de complejidad.

Cerrando el disco, escuchamos los interludios del segundo concierto para violín de Glass. Como ya hemos comentado en el blog, el concierto, subtitulado “The American Four Seasons” consta de cuatro movimientos dedicados a cada una de las estaciones del año pero el compositor quiso complementarlo con una introducción y tres canciones para violín solo que se intercalaban en la obra. La idea inicial era que formasen parte del concierto pero también que funcionasen de forma independiente como parte del repertorio solista de aquellos violinistas intereasados. Fain aprovecha la ocasión para tomar esas piezas y poner con ellas un broche adecuado al disco.

La habitual resistencia del oyente de música clásica a la hora de enfrentarse con el repertorio más reciente, justificada en muchos casos por la complejidad formal de la música académica de buena parte del siglo XX, no debería ser una excusa para evitar la obra más reciente de Glass. Discos como el que hoy comentamos pueden ser disfrutados sin problema incluso por los oyentes más “conservadores” estilísticamente hablando.

Os dejamos con los dos artistas hablando de su colaboración:

 

jueves, 18 de agosto de 2016

Wim Mertens en el Teatro CASYC de Santander.



Se está convirtiendo ya en una saludable costumbre que todos los veranos, los responsables de la UIMP incluyan en el programa de actividades culturales un recital de alguno de los compositores contemporaneos más próximos la corriente minimalista. Tras las visitas en años recientes de Michael Nyman y Philip Glass, le tocó el turno anoche a Wim Mertens en su versión más reducida de piano y voz.

La excusa era la presentación de su último trabajo, ya comentado en el blog, que lleva por título “What Are We, Locks, to Do?”. Los que hemos tenido la ocasión de asistir a varios conciertos del músico belga sabemos que cuando hablamos de la presentación de un disco, no vamos a limitarnos a escuchar unas pocas piezas del mismo acompañadas de los temas más populares del repertorio del compositor y el concierto celebrado anoche en el Teatro CASYC de Santander no fue una excepción.

Mertens defendió con brillantez la práctica totalidad del nuevo disco en la primera parte del recital, en la que incluyó, si la memoria no nos falla, una composición inédita. Pese a que el nuevo trabajo de Mertens no se encuentra entre nuestros favoritos de su amplia trayectoria, tenemos que reconocer que su versión en directo nos encantó, llegando a entusiasmarnos en muchos momentos. El belga ofrece una gran ejecución de los mejores momentos del disco y consigue revitalizar aquellos que no terminaban de convencernos en el registro discográfico. Además, tanto al piano como a la voz, encontramos un Mertens más brillante que en las últimas ocasiones en que habíamos asistido a una actuación suya.



Los más familiarizados con el músico sabrán que sus conciertos tienden a ser breves; en ocasiones limitados a la ejecución del disco que toque presentar y de unos pocos bises a continuación. Ayer parecía que iba a ser igual pero tenemos la impresión de que el entusiasmo del público hizo que Mertens se alargase un poco más de lo habitual llegando a ofrecer hasta tres tandas de bises. La primera, incluyó versiones para piano solo de piezas de su anterior “Charaktersketch” y de otros trabajos recientes (creemos que también sonó una pieza nueva). No fue hasta la segunda que escuchamos algún clásico como “No Testament”, tema que jamás habíamos escuchado con piano y voz (aunque, a priori, parezca difícil de adaptar sin las flautas y, especialmente, sin la percusión que es la auténtica protagonista de la composición) o “Struggle for Pleasure”. Cuando parecía que ya no iba a volver al escenario, el fervor del público hizo que el músico retornase para regalarnos las últimas piezas, incluyendo el que quizá sea su tema más popular: “Close Cover”.

Aunque en ningún momento se dirigió al público, vimos a un Mertens distendido y muy cómodo que ofreció un recital de gran altura en todos los sentidos y que, pese a lo arriesgado del repertorio (apenas con tres composiciones más o menos conocidas en todo el concierto), dejó un gran sabor de boca en la mayoría de los asistentes. Sólo esperamos que el éxito del concierto (con el cartel de “no hay billetes” colgado desde hacía varios días), haga que no tengamos que esperar otros trece años hasta que Mertens vuelva a visitar Santander, ciudad que no disfrutaba de su presencia desde 1993 en la gira del disco “Shot and Echo”.

martes, 16 de agosto de 2016

Nicolas Godin - Contrepoint (2015)



Johann Sebastian Bach no solo es una de las más grandes figuras de la historia de la música universal en todos los sentidos sin que también es, con toda probabilidad, una de las más influyentes. Nadie discute aquí la genialidad de Mozart, Beethoven o cualquier otro gran nombre que cada lector pueda sugerir pero nos atrevemos a afirmar que, sin entrar en comparaciones entre la obra en sí de cualquiera de ellos, la influencia de la de Bach en los compositores posteriores a su época no resiste comparación alguna.

Uno de los aspectos en los que es más evidente esta huella lo encontramos en la variedad de géneros musicales en los que, de una u otra forma, está presente el músico alemán. Claro ejemplo, y de los más recientes, lo encontramos en el disco que hoy traemos al blog.

Conocimos a Nicolas Godin como la mitad del dúo francés de música electrónica, AIR, una de las formaciones más interesantes aparecidas en las últimas décadas. Según él mismo indica en las notas del trabajo que comentamos, llegó un punto en que se cansó de la música porque sentía que no era lo más importante en su vida. Para reengancharse decidió volver a los comienzos, regresar al piano y a las obras con las que dio sus primeros pasos. La inspiración fue un documental sobre el pianista Glenn Gould, quizá la máxima expresión de la genialidad aplicada a la interpretación (en el sentido más amplio) de una partitura. Con ese estado de ánimo, volvió a contactar con el profesor con el que dio sus primeros pasos como estudiante de música y a trabajar con lo que él mismo describe como “el libro de instrucciones de la música occidental”: “el clave bien temperado” de Johann Sebastian Bach.

Godin había perdido práctica para interpretar a este nivel y le dedicó muchas horas a la recuperación de la destreza necesaria para ejecutar dignamente esa y otras obras. Durante el proceso surgió la idea de realizar un disco dedicado a Bach. Un disco en el que el músico pudiera explorar a fondo algunas partituras del genio y llevarlas a su terreno del mismo modo que tantos otros hicieron en su momento. No se trataba de ser fiel a las interpretaciones convencionales de la música de Bach sino a su espíritu. Como hizo Gould. Como hizo Wendy Carlos (cuyo “Switched on Bach” era considerado por el propio pianista como uno de los discos más grandes de su tiempo). ¿Bach à la AIR? Algo así.

En la grabación participan, además de Nicolas Godin (guitarra, bajo, teclados, piano, voz): Vincent Taurelle (teclados, batería), Marcelo Camelo (guitarra, voz), Remi Sciuto (flauta, saxo), Renald Villoteau (tuba), Conan Mockasin (guitarra), una pequeña sección de cuerda y un grupo vocal.

Nicolas Godin.


“Orca” - Un sonido electrónico interpreta una breve fanfarria interrumpida con una serie de acordes de guitarra eléctrica y una sección de cuerda que nos recuerda los mejores momentos de la Penguin Cafe Orchestra. Es a partir de ahí cuando Bach se hace reconocible en forma de fuga a base de instrumentos eléctricos ejecutados de forma impecable, con un uso intensivo de distorsiones de todo tipo.




“Widerstehe Doch der Sünde” - El segundo corte del disco es puro AIR. Las percusiones y arreglos son reconocibles de inmediato por cualquier seguidor de la banda, muy especialmente por los familiarizados con su últimos discos. Es sorprendente lo bien que se filtran las inmortales melodías del genio alemán entre los recursos sonoros diseñados por Godin para la ocasión. El piano, concretamente, es precioso y sólo algún pasaje coral nos resulta algo fuera de lugar. La parte final, completamente diferente sigue, sin embargo, teniendo muy presente el espíritu de AIR en su versión más oscura.




“Club Nine” - Una batería claramente jazzística nos prepara para una continuación de piano muy cercana al inmortal “Take Five” de Dave Brubeck, influencia señalada por Godin en los comentarios del disco como una de las más importantes a la hora de afrontar el disco. La pieza es deliciosa y no acusa en ningún momento los defectos propios de la adaptaciones de clásicos a otro formato.




“Clara” - La presencia del vocalista brasileño Marcelo Camelo y la especial sonoridad del idioma portugués en su versión del otro lado del atlántico contribuyen decisivamente a que esta exquisita adaptación de las “variaciones Goldberg” a la “bossa nova” sea toda una delicia. Las cuerdas, el clásico sonido del Rhodes y los ritmos cadenciosos convierten la canción en una de nuestras favoritas del álbum.

“Glenn” - El pianista Glenn Gould es, como ya dijimos, la principal inspiración del disco y en este corte tiene su homenaje más directo. La pieza tiene un aire “retro” encantador, tanto en lo referido a los timbres como en la parte de los arreglos. Las cuerdas, actúan como soporte y es la electrónica más añeja la que lleva todo el peso junto con breves pero imprescindibles intervenciones de la tuba. En el segmento final escuchamos la voz de propio Gould sacada de una entrevista.

“Quei Due” - El escritor Alessandro Baricco, quien ya colaboró con AIR en el pasado, es el encargado de escribir la letra de una canción en la que se une la melancolía de la canción francesa de los años sesenta (pese a estar cantada en italiano) con una sensualidad muy ligada siempre a los trabajos de Godin en su dúo con Benoit Dunckel. La segunda parte del tema tiene algunos elementos épicos que sirven de transición hacia un precioso final en el que las cuerdas van ganando presencia.

“Bach Off” - Los ritmos y la utilización de la marimba nos remiten inmediatamente a África en una propuesta que mezcla el minimalismo de Steve Reich con las texturas electrónicas de bandas como Boards of Canada. Cuando suena el saxo no podemos evitar acordarnos de Fela Kuti. En el segundo tramo, la energía de las percusiones nos acerca a los últimos AIR, los que musicalizaron el “Viaje a la Luna” de Melies. El contraste entre la fuerza del bajo y los timbales y la delicadeza del clavicordio o el piano es maravilloso. En nuestra opinión, es el gran candidato a ser considerado el mejor tema de todo el trabajo.

“Elfe Man” - El cierre adopta la forma de una canción de cuna con sonidos de cajita de música al comienzo y sonoridades más etéreas y angelicales más adelante. Es inevitable pensar en el Danny Elfman de las bandas sonoras de Tim Burton como referencia, no sólo por el juego de palabras con el título de la pieza sino porque el compositor es mencionado por Godin en las notas del disco entre una larga lista de músicos suyo trabajo le ha servido como inspiración.




Salvo un par de piezas (adaptadas de una cantata y de las “variaciones Goldberg”), el resto son todos preludios y fugas del extensísimo repertorio “bachiano”. Sin embargo, el resultado final del disco es un trabajo absolutamente fiel al sonido y al espíritu de la música de AIR, pese a la ausencia aquí del segundo integrante del grupo. Los seguidores de la banda disfrutarán con “Contrepoint” pero no tienen por qué ser los únicos. La música de Bach está presente, claro, pero en muchos momentos podemos llegar a olvidarlo gracias a la forma en que Godin la integra en su propia creación. Desde ese punto de vista, el disco es todo un acierto ya que no se trata de realizar versiones fieles pero innovadoras en cuanto al sonido como hizo Wendy Carlos sino de auténticas adaptaciones a un universo musical diferente. “Contrepoint” es uno de los trabajos que más nos ha sorprendido de los aparecidos el pasado año 2015 y eso ya es mucho en una época en la que sorprender es muy difícil.

jueves, 4 de agosto de 2016

Brian Eno - Thursday Afternoon (1985)




No es su faceta más conocida pero lo cierto es que los intereses artísticos de Brian Eno desde sus inicios estaban divididos entre la música y la pintura y, de hecho, cursó estudios simultáneamente en ambas disciplinas. No es raro en una mente tan poliédrica como la suya que terminase poniendo los medios necesarios para hacer que ambas materias confluyesen a menudo en su obra.

A mediados de los años ochenta, como ya es sabido, Eno definió los puntos básicos de lo que desde entonces conoceríamos como “ambient”: una música concebida para acompañar sin necesidad de prestarle toda nuestra atención durante todo el tiempo; una experiencia sonora que sirva para rellenar huecos sin distraer al oyente. No tardó mucho en ampliar los horizontes de esa idea acompañando su música de imágenes o, al menos, de posibles imágenes “imaginadas” (valga la redundancia) por el oyente. Así surgieron discos como “Music for Films” y sus dos secuelas, en los que Eno diseñó una serie de paisajes sonoros que puso a disposición de algunos directores de cine por si tenían a bien utilizarlos para acompañar sus películas.

En 1984, Brian Eno llevó un poco más allá el concepto musical de “ambient” para acercarlo a la fotografía y al vídeo. Diseñó una serie de “vídeo-pinturas” junto con la actriz y fotógrafa Christine Alcino. En ellas contemplamos a Christine en largos planos distorsionados con técnicas de edición de vídeo durante casi una hora y media siguiendo una idea similar a la que el propio artista había empleado en sus trabajos musicales. Se trataba, por lo tanto, de una película a la que el espectador podía echar un vistazo de vez en cuando mientras estaba ocupado en cualquier otra actividad. Las imágenes iban acompañadas, claro está, de una banda sonora compuesta e interpretada por el propio Brian Eno. Si hablamos hace un rato de una concepción ambiental de fotografía y vídeo es precisamente porque cuesta distinguirlos aquí dado el estatismo de la película, apenas cambiante en cada una de las siete “vídeo-pinturas” que la integran.

La banda sonora de la obra aparecería en 1985 en formato del disco compacto regrabada convenientemente para acomodar su duración a la del disco. En muchos aspectos, podríamos considerar este “Thursday Afternoon” como el disco de música “ambient” definitivo. Se trata de una pieza extremadamente sencilla consistente en un fondo sonoro electrónico apenas cambiante sobre el que evoluciona de modo parsimonioso una escueta melodía de piano. Se diría que es una extensión de la primera de las cuatro composiciones de “Ambient 1: Music for Airports” ya que comparte con aquella muchos aspectos. Tras la publicación de “Thursday Afternoon” Eno abandonó por un tiempo la música “ambient”, al menos en sus discos en solitario, centrándose en trabajos de colaboración o compartidos con otros artistas de su círculo más próximo como su hermano Roger, Daniel Lanois o Michael Brook (quienes de uno u otro modo también participan en “Thursday Afternoon”). Más adelante, sin embargo, volvió a grabar trabajos en una linea similar.

Poco más podemos decir. Si os animáis a haceros con el disco tenéis por delante una hora de música ambiental en estado puro. Sin matices. Si, además, queréis probar la experiencia de ver la “video-pintura” completa con la banda sonora completa, lo podéis hacer a continuación siempre y cuando los responsables de youtube no retiren el vídeo por las (ejem) escandalosas escenas de desnudos protagonizadas por la modelo. No es un comentario gratuito. En varias ocasiones estas imágenes ha sido retiradas de la plataforma o clasificadas como “sensibles” para determinado público.

¿Se os ocurre un plan mejor para un jueves por la tarde?


 

domingo, 31 de julio de 2016

Gidon Kremer - New Seasons (2015)



El primer contacto que tuvimos con Gidon Kremer fue en nuestra adolescencia y a través de una grabación de “Las cuatro estaciones” de Vivaldi que el violinista realizó para Deutsche Grammophone bajo la dirección de Claudio Abbado. Aquel fue uno de los primeros compact disc que entró en la casa familiar y, por lo tanto, sonó con profusión durante mucho tiempo hasta que los nuevos discos que se iban adquiriendo le quitaban tiempo de reproducción poco a poco. Estamos lejos de ser entendidos en nada pero en aquel entonces lo éramos mucho menos y aquella versión siempre nos llamó la atención porque la encontramos muy diferente a otras que conocíamos.

Unos años después volvimos a encontrarnos con Kremer como intérprete del primer concierto para violín de Philip Glass. Ahí su forma de tocar nos enamoró y nos hizo apuntar su nombre como uno de nuestros violinistas de referencia. No nos hizo falta buscar mucho porque su violín iba apareciendo periódicamente en grabaciones de compositores en los que nos íbamos interesando a lo largo de los años. Desde Arvo Pärt hasta Vladimir Martynov, pasando por Astor Piazzolla, discos con la presencia de Kremer en los créditos se iban acumulando en nuestras estanterías.

El más reciente de ellos apareció durante el año pasado y en él, bajo el título de “New Seasons”, Kremer y su orquesta de cuerda, la Kremerata Baltica, revisan obras de cuatro compositores actuales: Philip Glass, Arvo Pärt, Giya Kancheli y Shigeru Umebayashi. Llama la atención la referencia en el título a las “estaciones” ya que esa parece una obsesión recurrente en la carrera de Kremer. El propio violinista hace referencia a ello en los textos que ilustran la grabación cuando recuerda entre sus interpretaciones más recordadas la ya citada de las “cuatro estaciones” de Vivaldi junto con las de las “cuatro estaciones porteñas” de Piazzolla o las “russian seasons” que el propio violinista encargó a distintos compositores años atrás. Kremer entiende las estaciones como ciclos vitales que son comunes a artistas de todas las épocas y, por tanto, una forma de confrontar estilos y tiempos diferentes con un mismo tema. El disco supone, además, el regreso de Kremer a Deutsche Grammophone después de más de diez años.


Gidon Kremer


El disco comienza con el segundo concierto para violín de Philip Glass, subtitulado “The American Four Seasons”. Surgió como un encargo del violinista Robert McDuffie para tener una composición que acompañase en sus programas de concierto habituales a las “Cuatro estaciones” de Vivaldi. Glass escribió cuatro movimientos precedidos de un prólogo y separados por tres canciones, todos ellos, prólogo y canciones, escritos para violín solo. El estilo de Glass es inconfundible y hemos de señalar que Kremer se ajusta al mismo con absoluta perfección dejándonos una grabación que complementa perfectamente la que el propio artista hizo del primer concierto del compositor, grabación aquella que, por otra parte, fue la primera de la obra. El contraste entre los enérgicos sonidos de los cuatro movimientos propiamente dichos del concierto y las delicadas canciones es uno de los grandes logros de la obra. De entre las segundas nos quedamos con la frágil “canción nº1”, de una emoción estremecedora que, además, enlaza con el movimiento más extenso del concierto, el segundo, que por su desarrollo nos recuerda mucho a su equivalente en el primer concierto del compositor, uno de nuestros momentos predilectos de todo el repertorio de Glass. También el dinámico tercer movimiento nos parece brillante y una buena muestra de la producción más clasicista de su autor en los últimos años.




Continúa el programa con una miniatura para cuerdas y coro, obra de Arvo Pärt, que lleva por título “Estonian Lullaby”. Es una canción compuesta en el año 2000 y revisada en 2006. Se trata de una exquisita melodía de un carácter mucho más lírico de lo habitual en el compositor estonio que se hace extremadamente corta.

No habíamos tenido aún en el blog ninguna obra del compositor georgiano Giya Kancheli por lo que haremos una breve presentación. Como tantos otros artistas de la antigua Unión Soviética, Kancheli se trasladó a occidente tras la caída del Muro de Berlín. En el caso de Giya, desde hace más de veinte años reside en Amberes. Al margen de música de concierto, ha escrito obras para teatro así como bandas sonoras para películas, especialmente antes de mudarse a Bélgica. La mayor parte de su producción es orquestal aunque tiene un buen puñado de obras de cámara. Tampoco hace ascos al uso de tecnología como queda claro en la obra que aquí se incluye, la extensa “Ex Contrario” para violín, violonchelo, samplers, bajo y compact disc. La pieza, escrita en 2006, comienza con unos compases de teclado rápidamente secundados por las cuerdas en un tono oscuro y lúgubre. Se produce en estos primeros momentos un fuerte contraste entre el clavicordio, más luminoso, y la orquesta, que termina ganando la batalla. Lo que sucede después tiene mucho que ver con las corrientes de finales del siglo pasado en las que la atonalidad comienza a dejar paso de nuevo a la melodía aunque todo ello dentro de un contexto poco dado a la floritura innecesaria o a la expresión de júbilo. La segunda mitad de la pieza gana en fuerza todo lo que la primera tenía de introspectivo. El drama se eleva por encima de todo lo demás y, con una interrupción que parecía sonar a tango, entramos en una impresionante parte final en la que encontramos alguna similitud (quizá el tango al que nos referíamos antes tenga algo que ver) con algunas obras del polaco Zbigniew Preisner.

Cerrando el disco tenemos una breve pieza del compositor japonés Shigeru Umebayashi, perteneciente a la banda sonora de la película “In the Mood for Love” (2000), campo el de la música para cine en el que el músico es especialista. Resulta muy curioso que la melodía, un tango de gran belleza, también nos traiga a la cabeza inmediatamente a Preisner y muy especialmente a su música para la trilogía de Kieslowski, “Tres Colores”. De no venir indicada su autoría en el disco, habríamos apostado sin dudarlo por el compositor polaco.

Aunque cuenta en su haber con muchas grabaciones de autores “clásicos” como J.S.Bach, Vivaldi, Prokofiev, Tchaikovski o Shostakovich, Kremer es uno de esos intérpretes que quiere mantener una relación estrecha con la música de su tiempo, por lo que en su repertorio nunca faltan autores vivos, con muchos de los cuales mantiene una activa relación. Esto es muy de agradecer ya que muchos de los grandes nombres de la interpretación parecen tener alergia a lo que se hace hoy en día y es raro encontrar a las “figuras” arriesgándose con este tipo de músicas. Es por ello que merece mucho la pena seguir la trayectoria de determinados intérpretes carentes de complejos ya que pueden ser una buena guía para descubrir compositores contemporáneos en los que, de otro modo, quizá no nos fijaríamos nunca. Gidon Kremer es uno de ellos.


 
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