sábado, 1 de agosto de 2020

Roger Eno & Brian Eno - Mixing Colours (2020)



Roger Eno hizo su debut discográfico en “Apollo: Atmospheres and Soundtracks”, disco firmado por su hermano Brian. Pese a ello y al hecho de que ambos artistas han sido siempre muy dados a las colaboraciones, nunca hasta ahora se decidieron a publicar un disco a dúo. Ya contamos aquí no hace mucho tiempo la gestación de “Apollo” y cómo parte del material compuesto para ese trabajo terminó formando parte de otro disco titulado “Music for Films III”. Si tomamos ambos discos y les sumamos algunas piezas del posterior “More Music for Films” tendremos la práctica totalidad de la música creada en común por los hermanos Eno.

Esto cambió hace unos meses con la aparición de “Mixing Colours”, disco cuya gestación ha durado la friolera de quince años. Fue en 2005 cuando Roger comenzó a componer una serie de piezas, para piano en su mayoría, que eran enviadas paulatinamente a su hermano para que éste se encargase de la transformación de las mismas añadiendo sus particulares texturas y tratamientos sonoros. Nunca se pensó en que todo ese material formase parte de un disco: “me levantaba, subía las escaleras, encendía el equipo, improvisaba un rato y le mandaba a Brian aquello que creía que podía interesarle”. Cuando reunieron una cantidad significativa de piezas de suficiente calidad, los hermanos realizaron una primera selección de las mismas que es la que conforma “Mixing Colours”, un proyecto del que ya hay anunciada una continuación en forma de “EP” y que sigue vivo ya que se ha creado una web para que los seguidores de ambos músicos manden sus creaciones visuales acompañando a la música del disco con la idea de ampliar la vida del mismo construyendo una nuevo espacio a modo de muchas de las obras que en el terreno de lo audiovisual ha creado el propio Brian Eno en las últimas décadas. Cada pieza del disco lleva como título el nombre de un color y juntas conforman un interesante cuadro que reune la esencia de sus dos creadores. La referencia a los colores no es baladí. Al parecer, buena parte del proceso de creación y transformación de las piezas de su hermano por parte de Brian se hizo en numerosos viajes en tren, mirando por la ventanilla los paisajes y centrandose en colores concretos para cada composición. Esta suerte de sinestesia no es nueva para el mayor de los Eno quien ya hizo discos como “Neroli” basados en aromas, por ejemplo. Al respecto afirmaba en una entrevista de 2011: “no diría que soy sinestésico a pesar de que veces pienso en determinados sonidos en términos de temperatura, luminosidad, dureza o angularidad. No tengo reacciones invariables como Nabokov cuando decía que la letra “d” era de color verde aceituna, por ejemplo, aunque hay algunos acordes menores que me provocan un enfado inmediato y combinaciones de colores que me emocionan profundamente como el azul cielo combinado con un claro marrón-chocolate.”





El disco empieza con “Spring Frost” donde la melodía crece a partir de una lenta progresión de pulsos electrónicos. Imposible no reconocer inmediatamente el estilo de Roger sometido a un tratamiento que no podemos evitar comparar con el de trabajos clásicos de Brian Eno con Harold Budd. “Burnt Umber” explora los ambientes de novela gótica de trabajos como “Lost in Translation” con un sonido percusivo metálico como elemento central de la melodía que le viene como un guante. “Celeste” cambia ligeramente el tono por uno algo más clásico (siempre se habla de la influencia de Schubert en Roger Eno). Una preciosidad en todo caso con un tratamiento mínimo por parte de Brian que se limita a subrayar algunas notas con ese inconfundible toque etéreo marca de la casa. Especialmente destacada es la segunda mitad de la pieza. Continuamos con “Wintergreen” y su toque de cuento infantil, de cajita de música que enlaza con “Obsidian”, la primera composición puramente ambiental del disco en la que todo está hecho a base de texturas sonoras, sin un instrumento conductor más o menos protagonista. Una pieza emocionante que tiene algo de decadente con ese sonido como de órgano sonando en la lejanía que no puede ser más adecuado. Con “Blonde” aparece ese ritmo de vals lento con toques minimalistas que tanto le gusta a Roger Eno que nos lleva a una de las piezas más melancólicas del trabajo: “Dark Sienna”, prácticamente una composición para piano solo sin demasiados retoques en su primera parte que pasa por un segmento más oscuro en el tramo central para cerrar con un final repetitivo. “Verdigris” lo ralentiza todo al extremo, como si fuera una variación de “Spring Frost” en un mundo más denso. Continúa el trabajo con “Snow” que comienza como si fuera una adaptación lenta del “Koyaanisqatsi” de Glass para terminar con un inconfundible aire otoñal muy propio de Satie.



La segunda mitad del disco se abre con “Rose Quartz”, una fragil pieza que nos recuerda a “La Petite Fille de la Mer” de Vangelis. “Quicksilver” es una de las composiciones que menos intersante nos ha resultado por ser una suerte de variación del tema central que no termina de aportar nada aparte de un tono más oscuro. “Ultramarine” e “Iris”son piezas más breves y meditativas con mucho menos desarrollo melódico en el caso de la primera y un aire como de estudio en la segunda. “Cinnabar” recupera el aire de suspense tan característico de la obra de Roger Eno. “Desert Sand” tiene la novedad de una atmósfera electrónica algo diferente en el inicio aunque no tarda en volver por los cauces habitales del resto del disco reapareciendo ocasionalmente a lo largo de la pieza. En “Deep Saffron” las notas se duplican en forma de eco creando un efecto “líquido”, como de reflejo en la superficie del agua. Muy interesante. El trabajo prácticamente concluye con la última variación del tema inicial titulada “Cerulean Blue”, tenue como casi todo el disco y de una fragilidad extrema. A modo de broche queda la única pieza que no hace referencia directa a un color en su título: “Slow Movement: Sand”. Estéticamente no difiere en nada del resto del disco pero si tiene una estructura muy adecuada para el cierre basada en la repetición continua de un motivo mientras diferentes instrumentos entran y salen de escena, especialmente las cuerdas que terminan por dar un toque muy elegante a la composición.



La reunión de los hermanos Eno en un disco por fín no se sale de lo esperado en ningún momento. Las melodías, las texturas y la producción son exactamente lo que uno podría pensar a priori y el espacio reservado a la sorpresa es nulo. No existe ningún desafío para el oyente y pese a todo ello, el resultado es excelente. Probablemente uno de los mejores discos “ambient”de los firmados por Brian Eno, a la altura de muchos de sus clásicos de los ochenta en el género. Y es que aunque la composición recae muy probablemente en Roger en al menos el 80% de lo que escuchamos, todo lo demás tiene la impronta de Brian. Pese a que la producción reciente del mayor de los hermanos es bastante lineal y mantiene un nivel de calidad constante, pensamos que “Mixing Colours” destaca mucho mucho sobre este hasta el punto de ser nuestro favorito en mucho tiempo.

 

lunes, 20 de julio de 2020

Craig Chaquico - Acoustic Planet (1994)



Es imposible saber cómo se habría desarrollado la carrera de Craig Chaquico o incluso si habría tenido una carrera musical de no haber sufrido un grave accidente de tráfico con apenas 12 años de edad. Y es que si bién no empezó ahí la relación del pequeño Craig con la guitarra, sí fue donde se hizo más íntima y alcanzó un nivel de compenetración que difícilmente se habría dado de otro modo.

Rebobinamos la historia hasta llegar a la California de mediados de los años 50 en la que nace nuestro protagonista. Sus padres, músicos aficionados ambos, tenían ocupaciones comunes: él, tapicero, tenía un pequeño negocio en Sacramento. Ella era funcionaria. Todos los días después de cenar, el matrimonio tocaba música en casa durante un tiempo antes de ir a la cama de modo que el jovencito Craig creía que eso era lo que pasaba en todas las casas. A los 10 años recibió como regalo una guitarra que enseguida aprendió a tocar con gran entusiasmo pero el suceso clave ocurriría un par de años después. Mientras regresaba a casa con su padre en el coche, ambos fueron embestidos por un conductor borracho. Como resultado del accidente, Craig sufrió mútiples fracturas en ambos brazos y en una pierna. Su padre, músico aficionado, como decimos, recordó la historia de Les Paul, el legendario constructor de guitarras eléctricas quien durante la convalecencia de un accidente similar y ante la perspectiva de perder un brazo (algo que finalmente no sucedió) desarrolló una serie de técnicas de overdubbing, delays y ecos que le permitían extraer un montón de nuevos sonidos a su guitarra. Para recuperar la movilidad de las manos Craig practicó horas y horas con la guitarra hasta el punto en que se convirtió en un virtuoso que con apenas 14 años ya tocaba en bares y recintos del circuito rockero californiano donde comenzó a llamar la atención de muchas personas entre las que se encontraba Paul Kantner, guitarrista de Jefferson Airplane, una de las bandas fundamentales del rock psicodélico de la costa oeste norteamericana.

Cuando empezó a grabar con Kantner, Craig Chaquico era un joven de 17 años. En poco tiempo participó en varios conciertos y discos de estudio de distintos miembros de Jefferson Airplane además de compartir escenario con luminarias de la élite musical de su momento como Grateful Dead, Santana o Crosby, Stills and Nash. Nunca llegó a ser miembro oficial de Jefferson Airplane pero cuando dos de sus miembros abandonaron la banda y el resto decidió seguir tras cambiar el nombre por el de Jefferson Starship, Chaquico se incorporó al grupo en el que siguió durante todo su recorrido bajo ese nombre y, más tarde, solo como Starship.

En 1991 Craig Chaquico abandona la banda que se disuelve poco después e inicia una carrera en solitario en una linea completamente diferente que le convertiría en una de las estrellas de la “new age” americana de los noventa. Realmente su música no era “new age” en el sentido espiritual y místico del término sino sencillamente rock instrumental con toques de jazz o folk pero al publicar en el sello Higher Octave, uno de los más importantes del género, sus discos acababan inevitablemente en esa categoría en las tiendas en una época en la que las guitarras se habían hecho un hueco importante dentro de ella de la mano de gente como Ottmar Liebert y, algo después, Tino Izzo o Neal Schon.

Su primer disco en esta etapa en solitario fue un auténtico bombazo y quizá hablemos de él en el futuro. De momento hoy nos vamos a centrar en el segundo: “Acoustic Planet” publicado al año siguiente del que fue su debut. Como en aquel, casi todas las composiciones están firmadas por Chaquico y el teclista Ozzie Ahlers, quien además de sintetizadores, toca el bajo y la percusión aparte de alguna guitarra adicional en el disco. Aparecen también el batería Wade Olson en tres de los cortes del disco y el bajista Jim Reitzel en uno de ellos. Al igual que sucedía en su primer disco, Chaquico acompaña cada pieza con una serie de textos en forma de poemas en las notas del CD quee resultan muy ilustrativos.

Chaquico en su etapa como estrella rock


“Native Tongue (New At Two)” - El primer poema habla del esfuerzo por comunicarse con alguien en una lengua desconocida. Musicalmente es una pieza preciosa en la que el sonido cristalino de la guitarra de Chaquico se impone sobre todo lo demás. El resto, acompañamentos, ritmos, etc. son impecables pero realmente todo está en la guitarra. La segunda parte del tema incorpora algún solo de teclado notable que le da un toque jazzístico muy adecuado a una composición que ya desde el principio del disco nos deja muy clara la linea que va a seguir todo el trabajo.





“Winterflame” - El segundo tema habla de las noches de verano pasadas al raso junto a la hoguera y el contraste que se produce con las de invierno en parecidas circunstancias. Chaquico lo afronta con un toque de blues en el comienzo a dúo con el teclado de Ahlers que termina por convertirse en una balada muy resultona con los habituales destellos de virtuosismo que al guitarrista se la escapan casi sin darse cuenta.

“Find Your Way Back” - Continúa el trabajo con una pieza bastante más enérgica y llena de dinamismo, con toques country y un piano al estilo de Bruce Hornsby que le hace mucho bien a la composición. Un clásico instrumental inconfundiblemente americano que podría servir de sintonía de inicio a cualquier sit-com de sobremesa.




“Gathering of the Tribes” - El tema se plantea como un contraste entre la vida de los nativos americanos y la tecnología de los noventa, con edificios de cristal y el zumbido de los ordenadores en habitaciones en las que huele a sándalo e incienso. La melodía es directa con un difuso toque latino en los arreglos y nos regala grandes momentos como el interludio central con preciosas texturas de sintetizador acompañando a la guitarra. Nada especialmente revolucionario pero, con todo, un muy buen tema.

“The Graywolf Hunts Again” - Una historia de superación ante las adversidades que Chaquico plasma en un tema funk que es una auténtica lección de guitarra que llega a sonar en muchos momentos como un bajo que da la réplica al propio bajo. Una de nuestras piezas favoritas del disco por el optimismo que desprende en todo momento.

“Añejo de Cabo” - Chaquico quiere hacer aquí su propia pieza de aire mexicano aunque no estamos seguros de que el resultado sea demasiado convincente. En muchos momentos parece como si ritmos y melodías fueran cada uno por su lado, influjo quizá del tequila al que hace referencia el título.

“Just One World” - Una de las piezas centrales del disco con el estilo característico del músico, esto es, una melodía limpia salpicada de momentos de lucimiento y un acompañamiento de teclado y batería que va ganando en importancia conforme se acerca el final, convertido ya el corte en una pieza vertiginosa. La composición fue incluida dentro de una selección de grabaciones musicales que la NASA envió al espacio como parte del programa “Space Ark”.

“Center of Courage (E-Lizabeth's Song)” - Chaquico dedica esta dificilísima pieza en la que demuestra toda su capacidad como intérprete a la doctora (Elisabeth) que le trató tras su accidente y a sus padres que le hicieron emplear la guitarra como parte importante de su recuperación. El guitarrista hace aquí una portentosa exhibición de facultades en una composición de tintes barrocos en la que la influencia de J.S.Bach asoma por todas partes. Es la única pieza del disco interpretada por Chaquico en solitario.




“Acoustic Planet” - El broche lo pone esta larga pieza absolutamente representativa del estilo del músico californiano en esa frontera entre el rock instrumental, la “new age” y categorías tan resbaladizas como el “smooth jazz”. Un cierre que hará las delicias de cualquier oyente al que le gustase el primer disco de Chaquico, “Acoustic Highway” y, por extensión, todo lo anterior de este segundo.

Hubo un momento en la historia de la música “new age” en el que se convirtió en el refugio de artistas que venían rebotados del rock y otros estilos. Hubo decenas de nombres con un pasado glorioso que dedicaron buena parte de su tiempo en los ochenta y noventa a grabar música instrumental alejada de las corrientes mayoritarias. Y no solo estrellas, también hubo importantes secundarios que hicieron sus pinitos en este tipo de estilos. Entre los primeros, nombres como los de los integrantes de Yes, Jon Anderson, Rick Wakeman o Steve Howe tienen discos de música “new age”. Entre los segundos tenemos a artistas como Carlos Alomar (colaborador de David Bowie en muchos trabajos), Jerry Goodman (de la Mahavishnu Orchestra), Eddie Jobson (Roxy Music) o Patrick O'Hearn, músico de la banda de Frank Zappa.

Craig Chaquico fue uno de ellos pero, a diferencia de la mayoría, él sí se consolidó en este nuevo estilo y no sintió la necesidad de volver al rock. Entre 1993 y 2005 publicó discos con regularidad. En los últimos años su producción ha disminuido a la vez que se ha incrementado su perticipación en campañas benéficas y su colaboración con distintos hospitales en los que utiliza la música como parte de la terapia de recuperación de un buen número de lesiones.

martes, 7 de julio de 2020

Pedro Linde - King Lizard Poems (2020)



Seamos sinceros. El rock no es una música que suela caracterizarse por la calidad de las letras. Podemos repasar decenas y decenas de sus discos más representativos, en todos sus subgéneros y apenas encontraremos un puñado de textos notables rodeados de ripios más o menos afortunados. Estamos generalizando, claro, pero lo cierto es que esa música estruendosa de melenudos adolescentes no ha destacado por dejarnos textos inmortales que los rapsodas futuros puedan recitar en los siglos venideros.

Hay excepciones ¿cómo no? Entre otras, así como si nada, un premio Nobel de literatura como Bob Dylan, pero no es el único. La carrera de Leonard Cohen, Patty Smith, Lou Reed o Joni Mitchell, por citar solo a unos pocos, nos ha dejado una producción poética de altísima calidad pero es que, en realidad, hablamos más de poetas metidos a músicos que de escritores de canciones. Muchos de ellos han publicado sus poemas incluso antes de empezar a cantar. Es el caso de Patty Smith y también el de uno de nuestros protagonistas de hoy: Jim Morrison.

Quizá el más icónico de los miembros del fatídico “club de los 27”, antes que estrella de rock fue poeta pero siguió siéndolo durante su carrera como líder de los Doors. El teclista Ray Manzarek, que conocía a Morrison de su etapa en la universidad, se encontró con él casualmente en Venice Beach. Hablando de todo un poco, Morrison terminó leyéndole uno de sus poemas e inmediatamente Manzarek supo que debían formar un grupo de rock. Hasta ese momento, Morrison estaba interesado en la literatura en general, la poesía en particular e incluso en el cine pero no se le conocían inquietudes musicales. Sin embargo, pronto comprendió que el rock podía ser la mejor forma de difusión de sus textos. Los conciertos de los Doors eran una verdadera experiencia. Entre canción y canción, Jim solía improvisar recitados de cierta extensión que hacían de cada “show” casi una homilía pero también había actuaciones de Morrison sin el acompañamiento de la banda. Recitales poéticos en los que el artista declamaba con su hipnótica cadencia textos de sus poemarios y algunas improvisaciones. En ocasiones se acompañaba del piano pero eran las menos. Probablemente su sesión más conocida tuvo lugar el 9 de febrero de 1969 en lo que iba a ser un ensayo para una especie de audio-libro que nunca llegó a publicarse. La grabación quedó archivada hasta que, poco antes de trasladarse a París en 1971, Morrison pidió una copia a los estudios para conservarla a modo de álbum de notas. Tras la repentina muerte del artista, alguien encontró la cinta que circuló durante mucho tiempo bajo el título de “The Lost Paris Tapes” aunque, en realidad fueron grabadas en Los Ángeles antes de trasladarse a Francia, como decimos.

Ese documento fonográfico es la base de la obra que comentamos hoy en el blog. Aquí es donde aparece el jienense Pedro Linde. Compositor, intérprete de violín, artista plástico... un curriculum impresionante dentro del ámbito más académico de la música en el que ha compuesto y estrenado un buen número de piezas electroacústicas, muchas veces acompañadas de soportes visuales. Admirador de la poesía de Morrison, decidió explorar la faceta musical de la misma utilizando el propio recitado del autor como un objeto sonoro a partir del cual crear una obra nueva cuyo resultado es absolutamente fascinante. Linde selecciona fragmentos de los poemas y los manipula para extraer todo lo que tienen de musical. No se trata de modificaciones radicales al estilo de un Jean Michel Jarre en “Zoolook”, por ejemplo, sino de algo mucho más sutil. La voz de Morrison suena perfectamente inteligible en todo momento. No así la del propio Pedro Linde que también aparece en la grabación completamente distorsionada, acompañada, además, de texturas electrónicas y todo tipo de artefactos sonoros que se integran en el relato formando una obra sorprendente a todos los niveles. “Lizard King Poems” se divide en diez partes, cada una de ellas construida a partir de diferentes versos recitados por Morrison. Una aventura original y tremendamente placentera.

Pedro Linde en imagen procedente de su bandcamp.


“PARTE 1: 1. Radio dark night 2. A vast radiant beach 3. Moonshine night” - Comenzamos con una vibración electrónica que deviene en un impresionante fondo sintético sobre el que escuchamos la voz de Morrison. Con fragmentos que se repiten a modo de contrapunto, se desdoblan, se desvanecen convertidos en ecos... una experiencia que desde el prime momento se revela como completamente fascinante. El latido del sonido se integra perfectamente con la narración hechizandonos como solo el propio Morrison podría hacer en uno de sus recitales.



“PARTE 2: 4. Frozen moment by a lake 5. Dawn’s highway 6. The hitchhiker 7. Far Arden poem” - Diferentes “chasquidos” e interferencias de todo tipo nos reciben en el inicio de la que es la sección más larga del trabajo. Esta vez la voz de Morrison es acompañada, casi diríamos dirigida, por un ritmo mecánico que se intercala entre los diferentes recitados ofreciéndonos momentos de una suerte de “ambient” industrial que nos recuerda que no solo estamos ante un “collage” bien elaborado por parte de Linde sino ante una pieza musical con entidad propia que no solo compementa los textos sino que se vale de ellos para crecer como una obra completamente diferente. 

“PARTE 3: Song 1. Bird of prey” - La tercera parte está introducida por el rumor de las olas del mar y diversos sonidos de aves marinas ya presentes en la grabación original de Morrison. En esta ocasión, el texto no es un mero recitado sino un canturreo por parte del artista de una serie de versos que casi parecen una canción infantil. Linde opta por añadir un efecto de eco a la voz original renunciando en este caso a la duplicación y repetición de los cortes anteriores.



“PARTE 4: 8. Texas radio and the big beat” - Volvemos aquí a la experimentación sonora que parte otra vez de ritmos industriales que sirven de colchón sonoro para los versos de Morrison. El ritmo se disuelve y la voz continúa en el tramo central para reaparecer en el tramo final con una cadencia parsimoniosa que encaja como un guante en la narración del lider de The Doors en su papel de chamán.



“PARTE 5: 9. The holy shah 10. Hitler” - El corte más corto del disco no rebaja ni por un instante la intensidad. Sobre un ritmo constante se suceden los sonidos electrónicos, casi al mismo nivel de protagonismo que la voz en una de nuestras partes favoritas en el aspecto musical pese a su brevedad.

“PARTE 6: Song 2. Winter photography” - Como ocurría en “Bird of Pray”, volvemos a escuchar a Morrison en una especie de salmodía en la que sí que apreciamos un mayor trabajo de Pedro Linde a la hora de dar al monótono recitado forma de canción. Al igual que en el caso anterior, el fondo sonoro lo forman el oleaje y las aves marinas.

“PARTE 7: 11. To come of age 12. Black polished chrome 13. Search on, man 14. Indian, indian 15. A vision of America 16. Motel, money, murder, madness” - Renuncia aquí Linde al acompañamiento instrumental en la larga introducción en la que sólo escuchamos la voz de Morrison en diferentes desdoblamientos. Pasados esos primeros instantes aparecen los primeros efectos sonoros, primero una especie de chisporroteo continuo y más tarde un ritmo rodante que le da a la pieza un tono opresivo que nos recuerda a los trabajos más oscuros de Bass Communion.

“PARTE 8: Song 3. Women in the window” - La última “canción” del disco sigue los mismos parámetros de las anteriores, si acaso, con un inquietante tono infantil en la melodía que tararea Morrison, tan inquietante como las canciones que las niñas entonaban cuando saltaban a la comba en las películas de la saga “Pesadilla en Elm Street”.

“PARTE 9: 17. Earth, air, fire, water 18. Discovery” - Jim Morrison dialoga consigo mismo saltando entre los distintos canales del estéreo con un tenue fondo sonoro en el que no se repara fácilmente al principio pero que se hace imprescindible conforme avanza la pieza.

“PARTE 10: 19. Now listen to this 20. Stoned inmaculate (fragment) 21. White blind light 22. Bird of prey (repeat)” - El cierre del trabajo tiene mucho también de resumen. Escuchamos los zumbidos electrónicos de la séptima parte, los ritmos de la segunda, los fondos marineros de las canciones que han ido apareciendo a lo largo de todo el trabajo y, como perfecto colofón, a Morrison repitiendo los versos de “Bird of Pray”: bird of pray, bird of pray, flying high, flying high, in the summer sky, bird of pray, bird of pray, flying high, flying high, gently pass on by...


El descubrimiento de esta obra de Pedro Linde nos llega a través de Sarah Vacher y su nuevo netlabel Fortín Sonoro, sucesor de Luscinia Discos. “Lizard King Poems es la primera referencia de un sello al que deseamos lo mejor. Como ocurría con su predecesor, la calidad musical de sus lanzamientos no merece otra cosa. 

La idea de poner música a las grabaciones de 1969 y 1970 de Jim Morrison no es nueva. ¡De hecho lo hicieron los propios miembros restantes de The Doors! En 1978 los supervivientes de la banda se reunieron para grabar “An American Prayer”, lo que muchos seguidores consideran el último disco del grupo en una afirmación más que discutible. Lo que hicieron Manzarek, Krieger y Densmore fue adornar los recitados de Morrison con un fondo de rock o blues en algunos casos y dejarlos tal cual en otros, con un resultado muy irregular.

Cuando leímos la descripción del proyecto de Pedro Linde, uno de los primeros artistas que nos vino a la cabeza fue Steve Reich y alguna de sus obras iniciales como “Come Out” o “It's Gonna Rain” pero a la hora de la verdad, hay pocos puntos en común entre “Lizard King Poems” y cualquiera de estas dos piezas pese a partir de una premisa similar cual es el tratamiento musical de una grabación vocal no pensada para ese fin. Algo más de sentido tendría comparar este disco con una obra como “Different Trains” con la que comparte el tratamiento de textos como fragmentos musicales aunque en esta ocasión no se trata de “replicar” esos fragmentos a través de un cuarteto de cuerda, como hizo Reich, sino de crear una obra musical nueva acompañando el recitado. Sea como fuere, “Lizard King Poems” es una experiencia sonora sorprendente que no podemos sino recomendar a todos los lectores, sean o no seguidores de Jim Morrison.