domingo, 31 de julio de 2016

Gidon Kremer - New Seasons (2015)



El primer contacto que tuvimos con Gidon Kremer fue en nuestra adolescencia y a través de una grabación de “Las cuatro estaciones” de Vivaldi que el violinista realizó para Deutsche Grammophone bajo la dirección de Claudio Abbado. Aquel fue uno de los primeros compact disc que entró en la casa familiar y, por lo tanto, sonó con profusión durante mucho tiempo hasta que los nuevos discos que se iban adquiriendo le quitaban tiempo de reproducción poco a poco. Estamos lejos de ser entendidos en nada pero en aquel entonces lo éramos mucho menos y aquella versión siempre nos llamó la atención porque la encontramos muy diferente a otras que conocíamos.

Unos años después volvimos a encontrarnos con Kremer como intérprete del primer concierto para violín de Philip Glass. Ahí su forma de tocar nos enamoró y nos hizo apuntar su nombre como uno de nuestros violinistas de referencia. No nos hizo falta buscar mucho porque su violín iba apareciendo periódicamente en grabaciones de compositores en los que nos íbamos interesando a lo largo de los años. Desde Arvo Pärt hasta Vladimir Martynov, pasando por Astor Piazzolla, discos con la presencia de Kremer en los créditos se iban acumulando en nuestras estanterías.

El más reciente de ellos apareció durante el año pasado y en él, bajo el título de “New Seasons”, Kremer y su orquesta de cuerda, la Kremerata Baltica, revisan obras de cuatro compositores actuales: Philip Glass, Arvo Pärt, Giya Kancheli y Shigeru Umebayashi. Llama la atención la referencia en el título a las “estaciones” ya que esa parece una obsesión recurrente en la carrera de Kremer. El propio violinista hace referencia a ello en los textos que ilustran la grabación cuando recuerda entre sus interpretaciones más recordadas la ya citada de las “cuatro estaciones” de Vivaldi junto con las de las “cuatro estaciones porteñas” de Piazzolla o las “russian seasons” que el propio violinista encargó a distintos compositores años atrás. Kremer entiende las estaciones como ciclos vitales que son comunes a artistas de todas las épocas y, por tanto, una forma de confrontar estilos y tiempos diferentes con un mismo tema. El disco supone, además, el regreso de Kremer a Deutsche Grammophone después de más de diez años.


Gidon Kremer


El disco comienza con el segundo concierto para violín de Philip Glass, subtitulado “The American Four Seasons”. Surgió como un encargo del violinista Robert McDuffie para tener una composición que acompañase en sus programas de concierto habituales a las “Cuatro estaciones” de Vivaldi. Glass escribió cuatro movimientos precedidos de un prólogo y separados por tres canciones, todos ellos, prólogo y canciones, escritos para violín solo. El estilo de Glass es inconfundible y hemos de señalar que Kremer se ajusta al mismo con absoluta perfección dejándonos una grabación que complementa perfectamente la que el propio artista hizo del primer concierto del compositor, grabación aquella que, por otra parte, fue la primera de la obra. El contraste entre los enérgicos sonidos de los cuatro movimientos propiamente dichos del concierto y las delicadas canciones es uno de los grandes logros de la obra. De entre las segundas nos quedamos con la frágil “canción nº1”, de una emoción estremecedora que, además, enlaza con el movimiento más extenso del concierto, el segundo, que por su desarrollo nos recuerda mucho a su equivalente en el primer concierto del compositor, uno de nuestros momentos predilectos de todo el repertorio de Glass. También el dinámico tercer movimiento nos parece brillante y una buena muestra de la producción más clasicista de su autor en los últimos años.




Continúa el programa con una miniatura para cuerdas y coro, obra de Arvo Pärt, que lleva por título “Estonian Lullaby”. Es una canción compuesta en el año 2000 y revisada en 2006. Se trata de una exquisita melodía de un carácter mucho más lírico de lo habitual en el compositor estonio que se hace extremadamente corta.

No habíamos tenido aún en el blog ninguna obra del compositor georgiano Giya Kancheli por lo que haremos una breve presentación. Como tantos otros artistas de la antigua Unión Soviética, Kancheli se trasladó a occidente tras la caída del Muro de Berlín. En el caso de Giya, desde hace más de veinte años reside en Amberes. Al margen de música de concierto, ha escrito obras para teatro así como bandas sonoras para películas, especialmente antes de mudarse a Bélgica. La mayor parte de su producción es orquestal aunque tiene un buen puñado de obras de cámara. Tampoco hace ascos al uso de tecnología como queda claro en la obra que aquí se incluye, la extensa “Ex Contrario” para violín, violonchelo, samplers, bajo y compact disc. La pieza, escrita en 2006, comienza con unos compases de teclado rápidamente secundados por las cuerdas en un tono oscuro y lúgubre. Se produce en estos primeros momentos un fuerte contraste entre el clavicordio, más luminoso, y la orquesta, que termina ganando la batalla. Lo que sucede después tiene mucho que ver con las corrientes de finales del siglo pasado en las que la atonalidad comienza a dejar paso de nuevo a la melodía aunque todo ello dentro de un contexto poco dado a la floritura innecesaria o a la expresión de júbilo. La segunda mitad de la pieza gana en fuerza todo lo que la primera tenía de introspectivo. El drama se eleva por encima de todo lo demás y, con una interrupción que parecía sonar a tango, entramos en una impresionante parte final en la que encontramos alguna similitud (quizá el tango al que nos referíamos antes tenga algo que ver) con algunas obras del polaco Zbigniew Preisner.

Cerrando el disco tenemos una breve pieza del compositor japonés Shigeru Umebayashi, perteneciente a la banda sonora de la película “In the Mood for Love” (2000), campo el de la música para cine en el que el músico es especialista. Resulta muy curioso que la melodía, un tango de gran belleza, también nos traiga a la cabeza inmediatamente a Preisner y muy especialmente a su música para la trilogía de Kieslowski, “Tres Colores”. De no venir indicada su autoría en el disco, habríamos apostado sin dudarlo por el compositor polaco.

Aunque cuenta en su haber con muchas grabaciones de autores “clásicos” como J.S.Bach, Vivaldi, Prokofiev, Tchaikovski o Shostakovich, Kremer es uno de esos intérpretes que quiere mantener una relación estrecha con la música de su tiempo, por lo que en su repertorio nunca faltan autores vivos, con muchos de los cuales mantiene una activa relación. Esto es muy de agradecer ya que muchos de los grandes nombres de la interpretación parecen tener alergia a lo que se hace hoy en día y es raro encontrar a las “figuras” arriesgándose con este tipo de músicas. Es por ello que merece mucho la pena seguir la trayectoria de determinados intérpretes carentes de complejos ya que pueden ser una buena guía para descubrir compositores contemporáneos en los que, de otro modo, quizá no nos fijaríamos nunca. Gidon Kremer es uno de ellos.


 

jueves, 28 de julio de 2016

Battiato - Fetus (1972)



Cuando un artista es tan grande que es capaz de crear obras maestras en estilos de lo más diverso corre el riesgo de hacerse popular precisamente por la vertiente menos interesante de su carrera. Algo así le ocurre al personaje que traemos hoy por vez primera al blog.

Hay pocas cosas que no haya hecho Franco Battiato en la música. Desde la canción protesta hasta la ópera pasando por la experimentación electrónica, el rock progresivo, el pop, el tecno-pop o su participación en el Festival de Eurovisión, su talento ha encontrado siempre una vía de expresión en cada momento. Vamos a comenzar casi por el principio con un Battiato que había publicado unos cuantos singles en la onda tradicional de la canción italiana de la época (baste decir que llegó a competir con Albano Carrisi en algún concurso radiofónico que ganó, claro está, éste último). Por aquel entonces conoció a Juri Camisasca colaborando con su banda de rock progresivo. Junto a ellos grabó “La Convenzione”, un extraño disco colaborativo en el que aparecían temas de Franco y Juri por separado más uno de Osage Tribe, la primera banda de Battiato.

En 1972 apareció el primer disco firmado por de Battiato bajo el título de “Fetus”y subtitulado “Ritorno al Mondo Nuevo” en homenaje a la novela de Aldoux Huxley “Un mundo feliz” y, más concretamente, a la recopilación de ensayos sobre la misma que el propio escritor publicó un par de décadas más tarde titulada, precisamente,  “Regreso a un mundo feliz”. El disco es un trabajo conceptual sobre la reproducción artificial utilizada en la novela y a ella se refieren la mayor parte de los títulos del mismo. Para dar forma a la idea, Battiato se vale de los recursos más vanguardistas del momento: sintetizadores y demás aparataje electrónico, técnicas de composición aprendidas de los músicos más avanzados (recordemos que llegó a trabajar con Stockhausen en aquel tiempo) y un marco formal que podríamos encuadrar dentro del “rock progresivo” más arriesgado.

Los músicos participantes en “Fetus” son: Gianfranco D'Adda (batería, percusión), Gianni Mocchetti (guitarras, bajo, coros), Riccardo Rolli (guitarras y coros), Pino Massara (teclados), Alberto Mompellio (teclados), Sergio Almangano (violín) y Rossella Conz (voz). El propio Battiato canta y toca la guitarra eléctrica y los sintetizadores.

Franco Battiato en 1972


“Fetus” - El CD (que no el disco como aclararemos más tarde) se abre con el hoy tópico recurso de utilizar un latido de corazón como ritmo central. Battiato canta un par de estrofas sobre él antes de pasar al meollo del tema, presentado por el crudo sonido de los sintetizadores analógicos de la época. Ayudados por guitarras eléctricas y percusiones dibujan un pasaje muy interesante que concluye con una breve pieza acústica.




“Una Cellula” - El segundo corte se parece más, formalmente, a la típica canción melódica de los sesenta pero los arreglos electrónicos tienen una personalidad suficientemente importante para alejar esa idea de nuestra mente. La parte final del tema es una buena muestra de ello con unas percusiones muy acertadas que acompañan perfectamente el solo de sintetizador.

“Cariocinesi” - No llega a los dos minutos el siguiente corte en el que se mezcla rock'n'roll con jazz y efectos sintéticos y hasta algún toque folk. Un rareza exquisita en la que destacan especialmente el violín y el contrabajo en un dueto lleno de ritmo.

“Energia” - Realmente el disco de vinilo en su edición original comenzaba con este corte en el que voces infantiles se combinan en un principio con la melodía principal de “Fetus”, la pieza que en CD ocupa el primer puesto del “tracklist”. Tras una breve pausa entramos en la parte central de la composición en la que la voz de Battiato se combina con ritmos y sonidos que recuerdan a los primeros Kraftwerk, contemporáneos de esta grabación.

“Fenomenologia” - Con una serie de acordes de guitarra en el más puro estilo de Pink Floyd o, por qué no, de Premiata Forneria Marconi, comienza una de las mejores canciones del disco con un Battiato perfectamente reconocible incluso por los que sólo tienen como referencia sus discos más conocidos de los años ochenta. Como ocurre en todo el trabajo, las canciones tienen un montón de variaciones y esta incluye un extraño estribillo en el que el artista canta repetidamente la ecuación que define la forma de una onda sinusoidal justo antes de introducirnos en un psicodélico pasaje electrónico que concluye de forma similar a como empezaba el tema minutos antes.

“Meccanica” - Quizá la pieza más experimental del disco. Sintetizadores y percusiones desatadas dibujan un paisaje propio del floreciente rock progresivo de entonces que desemboca de forma algo atropellada en una segunda parte en la que el bajo eléctrico y el violín presentan el tema central que luego desarrollarán los teclados. Una breve intervención vocal se ve interrumpida por un nuevo “riff” electrónico y ambas escenas se alternarán durante unos minutos con la incorporación final de unos fantasmagóricos coros que parecen sacados de una obra de Ligeti. La referencia nos parece menos casual cuando escuchamos fragmentos de conversaciones de los astronautas del Apolo XI combinados con música clásica (en este caso, de J.S.Bach). Es inevitable entonces pensar en “2001” de Stanley Kubrick, influencia más que probable, habida cuenta del poco tiempo que había transcurrido en el momento de la grabación del disco desde el estreno de la película.




“Anafase” - Más referencias espaciales aparecen en los textos del comienzo del siguiente corte, tan vanguardista como el anterior y compuesto, en realidad de varios micro-temas que bien podrían haber tenido títulos separados (algo aplicable, en realidad, a la práctica totalidad del disco). Los sonidos electrónicos están a la altura de los que empleaban en la época los pioneros alemanes de los sintetizadores y, de hecho, pasarían desapercibidos en cualquiera de los primeros discos de Tangerine Dream o Klaus Schulze. Incluso la utilización del órgano en el segmento final es muy característica de los estilos de ambos. Cerrando la pieza escuchamos de nuevo una referencia a otro de los cortes anteriores del disco: “Fenomenología”.




“Mutazione” - Concluye el trabajo con otra canción memorable en la que tenemos todos los elementos de la música más avanzada de aquellos años dentro del ámbito de la música popular: guitarras “floydianas”, percusiones propias del rock progresivo, coros psicodélicos y efectos electrónicos de primera fila. Todo ello adornando un emocionante “in crescendo” que pone el punto final al disco de un modo inmejorable.

Nos llama mucho la atención el hecho de que en la edición en CD que tenemos del disco, éste venga rotulado como “sperimentale 72-78” y también que tres de los ocho cortes del mismo vengan fechados en 1975 cuando según todas las referencias que encontramos, el disco se publicó en 1972. Ignoramos si esto se debe a que alguna de las versiones de nuestra edición se corresponden con regrabaciones posteriores de esos mismos cortes.

Hecha esta precisión, queremos terminar manifestando nuestra gran admiración por Franco Battiato como artista y pensador. En su faceta musical ha sido capaz de hacer grandes cosas en géneros completamente diferentes alcanzando el éxito de la forma más insospechada. También esos discos “pop” de los ochenta que le dieron la fama en nuestro país nos parecen extraordinarios pero es la primera etapa de su carrera, la que se abre con “Fetus”, la más fascinante de todas y a la que, seguro, dedicaremos más entradas en el futuro. Si no habéis tenido la ocasión de disfrutarla aún, os la recomendamos vivamente.

domingo, 24 de julio de 2016

Oystein Sevag - European Roots Vol.1, Early Works (2000)



Mientras escribíamos la anterior entrada del blog, dedicada a Bill Douglas, nos dábamos cuenta de las similitudes que existen entre las carreras del músico canadiense y el protagonista de la reseña de hoy, un viejo conocido de los lectores. No pensamos tanto en el estilo como en la evolución de ambos desde una formación clásica con incursiones en el jazz hacia la música “new age”, género éste en el que los dos se hicieron un nombre gracias a la publicación de trabajos magníficos.

La diferencia más relevante es que, si bien de la obra de Douglas anterior a su salto a la fama no tenemos noticia al margen de alguna reseña perdida de alguna pieza de cuyo rastro poco más hemos sabido (de grabaciones, por supuesto, ni hablamos), en el caso de Sevag sí existe una ventana hacia ese pasado desconocido no hace tanto tiempo.

Hablamos tiempo atrás de un disco en el que aparecían sus primeros experimentos electrónicos, fechados entre 1983 y 1990 pero no era ese el único tipo de música que Sevag compuso en aquellos años. Antes de eso había tocado en bandas de rock y jazz junto a algunos de los más importantes músicos de Noruega, muchos de los cuales le acompañarían después en sus más importantes trabajos. En 1984, buscando una orientación para su carrera, tomó la decisión de aislarse durante unos meses en Triora, un pequeño pueblo medieval de menos de 500 habitantes situado en el norte de Italia. Allí escribió un cuarteto de cuerda que marcó de forma clara la dirección a tomar en lo sucesivo. Los años siguientes fueron de gran experimentación llegando a componer una pieza electrónica cuya ejecución abarcaría 312836848952048476111942888886103770498 años. No, no se nos ha quedado la mano sobre el teclado del ordenador: esa es la duración exacta de una composición que no entró en el libro Guinness de los récords porque no había forma de asegurar que el aparato encargado de interpretarla tuviera suficiente vida útil para hacerlo. La mayor parte de esas obras aparecieron en el disco al que nos referíamos antes: “Private Collection: Electronic Landscapes 1983-1990”. En esos años dio forma al que sería su gran proyecto; “Close Your Eyes and See”, disco grabado en su propio estudio en 1989. Durante la composición del mismo, Sevag escribió otra obra de cámara en la forma de un quinteto de viento.

Tanto el cuarteto de cuerda de 1984 como el quinteto de viento de 1987 forman parte de “Early Works”, el primer volumen de la colección denominada por Oystein Sevag, “European Roots” que apareció en 2000 sin que hasta el día de hoy hayamos podido disfrutar de ninguna de las secuelas anticipadas por el propio indicativo del número de volumen. Los músicos que interpretan el cuarteto “Triora” son María Sevag (violín), Miriam Rudloph (violín), Beatrix Hülsemann (viola) y Ute Petersilge (violonchelo). El quinteto de viento lo ejecutan: Gro Sandvik (flauta), Steinar Hannevold (oboe), Lars Kristian Brynildsen (clarinete), Ilene Chanon (trompa) y Per Hannevold (fagot).

Imagen de las calles de Triora.


“TRIORA”

“I. Allegro deciso” - Cuenta Sevag cómo para él era muy difícil integrarse en la música de su tiempo cuando sus referentes eran clásicos, especialmente Beethoven, lo que, a la hora de plantearse escribir un cuarteto de cuerda  es una referencia más que ambiciosa. A la hora de la verdad, lo cierto es que la composición del músico noruego no es especialmente nostálgica de tiempos pasados y está teñida de un sonido absolutamente contemporáneo. El primer movimiento muestra motivos muy bellos pero no está exento de una tensión muy acorde con la modernidad y tiene un acerado sentido dramático.

“II. Tranquillo” - Mucho más reposado es el segundo movimiento de la obra, con temas en los que creemos ver una raíz folclórica muy presente lo que, al menos por ese lado, lo emparenta con otro gran maestro del cuarteto de cuerda como fue Bartok. Sevag se revela aquí como un compositor extraordinariamente dotado que podría haber construido una carrera muy sólida dentro de la música académica de habérselo propuesto.

“III. Scherzo” - Nuestro movimiento favorito de la obra es este tercero en el que nos parece encontrar influencias de maestros como Bernard Hermann, especialmente en el uso de los violines para crear atmósferas llenas de tensión que son maravillosamente aprovechadas por viola y violonchelo (especialmente por éste último) para dibujar inquietantes espirales melódicas que le dan a la obra una componente cinematográfica muy importante.

“IV. Molto tranquillo” - A modo de interludio, el cuarto movimiento de la obra no rebaja un ápice el sentido dramático de los anteriores mientras nos conduce hacia el desenlace. La música es gélida como corresponde al origen del compositor y nos recuerda en algún momento a otros autores de procedencia igualmente nórdica como Arvo Pärt o Erkki Sven Tüür.

“V. Presto” - La conclusión del cuarteto vuelve a evocar en nosotros imágenes de cine. Atmósferas sonoras de pantallas en blanco y negro, escenas no demasiado iluminadas y todo ello, sencillamente con el uso de un temas musical muy sencillo pero también muy poderoso.


“THE LYRICAL JOKE IN THE SECRET GARDEN WHEN THE LEAVES ARE FALLING”

“I. In the Lyrical Joke” - Desde el primer momento, Sevag enfoca esta obra como una broma musical pero lo cierto es que no nos lo parece en ningún momento. Los ritmos de este primer movimiento tienen una cierta raíz minimalista, si por tal entendemos la forma de manejar los instrumentos de viento de compositores como Wim Mertens, Michael Nyman o Jean Philippe Goude (especialmente de éste último). Cierto es que hay un aire desenfadado en toda la pieza pero eso, lejos de quitarle seriedad, la hace mucho más atractiva a nuestros oídos.

“II. In the Secret Garden” - El segundo movimiento es más reposado y en él apreciamos un finísimo sentido melódico que ya destacaba en el Sevag “electrónico” que conocíamos pero que no es tan fácil de desplegar en un formato como este sin caer en el uso de temas intencionadamente pegadizos  y de engañoso atractivo. Estamos ante una joyita que podría haber quedado en el olvido y que justifica la validez de un proyecto como el que representa este disco.

“III. When the Leaves Are Falling” - El cierre de la obra es extraordinario. Una fiesta de ritmo y melodía sin apenas descanso con elementos minimalistas magistralmente utilizados como las bases sobre las que edificar una sólida propuesta musical. Como ocurre en otros momentos del disco, nos parece apreciar elementos folclóricos como parte de algunas melodías lo que revelaría un profundo respeto del artista noruego por sus raíces, algo que siempre nos ha parecido intuir en otras de sus obras.

No podemos negar que fue toda una sorpresa para nosotros escuchar estas dos obras de Sevag años atrás. Teníamos al noruego por un músico muy competente, capaz de crear piezas extraordinarias como ese clásico de su género que es “Horizon” y de grabar grandes discos en estilos tan diferentes como el “ambient” o incluso el jazz pero desconocíamos por completo su faceta clásica. Ni por asomo pensamos que dentro de ese ámbito, Sevag hubiera escrito obras de la categoría de las incluidas en el disco que hoy hemos comentado así que la conclusión, casi inevitable habida cuenta de lo dicho anteriormente es que estamos ante un músico de gran categoría, cuyos méritos no quedan circunscritos a un género concreto sino que van más allá de clasificaciones.

No es habitual encontrar este tipo de artistas de los que sólo podemos lamentarnos por lo relativamente escaso de su producción discográfica y es que cada uno de sus trabajos nos deja con más ganas de escuchar los siguientes. Seguro que los que conozcáis a Sevag y no hayáis tenido la oportunidad de escuchar este disco, os vais a llevar una grata sorpresa si cae en vuestras manos. Estamos convencidos.