miércoles, 7 de noviembre de 2012

Paul Machlis - The Bright Field (1995)



Conocimos a Paul Machlis hace ya muchos años como parte del prodigioso dúo que el pianista californiano formó junto con el violinista escocés Alasdair Fraser. De esa asociación nacieron un par de discos maravillosos de música celta con un delicioso toque clásico. Es innegable que Fraser era la figura más visible del dúo pero eso no ha impedido a Machlis desarrollar una modesta carrera en solitario de forma paralela a los discos a dúo con Alasdair y, en una segunda etapa con Skyedance, la superbanda celta liderada por el propio Fraser y un buen puñado de instrumentistas que se cuentan entre lo más granado del género.

El “boom” de la música de origen celta que se produjo en los años ochenta gracias a la extraña asociación que muchos sellos hicieron entre ésta etiqueta y la de música “new age” desembocó en todo tipo de fusiones estilísticas entre artistas de origen irlandés y escocés (y, en menor medida, bretones y gallegos) y músicos de otros estilos. Dentro del amplio abanico de posibilidades abierto en aquellos años, la vía escogida por Fraser y Machlis era, quizá, la más clasicista y no nos referimos a que tuviera relación con formas académicas cercanas a la llamada música culta sino a que acudían a las fuentes primigenias del género. Fraser, además de ser un violinista superdotado, es un gran investigador de la música de sus mayores y no se limitó a tocar aires, jigas y danzas tradicionales sino que revitalizó un importante repertorio de músicos relativamente olvidados de los siglos XVIII y XIX cuyas partituras acumulaban polvo en las bibliotecas sin que nadie se atreviese a rescatarlas.

La música de Fraser y Machlis era, por tanto, música celta pero con un tratamiento extremadamente cuidado, con arreglos exquisitos e instrumentaciones sobrias. Recientemente hemos dedicado varias entradas a Nightnoise y son éstos, quizá, el único referente estilístico con el que se les podría comparar. Tras publicar un par de discos junto con Fraser, Machlis asumió el reto de grabar por su cuenta y publicó un primer disco, “The Magic Horse”, realmente sorprendente y arriesgado del que hablaremos en su momento. Saltamos ahora hasta 1995, año en que apareció su segundo trabajo: “The Bright Field”. En palabras de Machlis, el pianista buscó una formación absolutamente clásica (piano, violín y cello) para dar un aire más serio a su música acercándose a lo que podría llamarse música celta de cámara. El trío iba a estar integrado por el propio Machlis (piano y sintetizadores), Alasdair Fraser (viola, violin) y Barry Philips (cello). Como apoyo, interviene en varios temas el guitarrista William Coulter.


Una de las pocas imagenes promocionales del pianista.


“Wintersuite” – Unas evocadoras notas de piano replicadas por el violín constituyen la introducción de la pieza que pronto despega de la mano de un Alasdair Fraser, tocado por la mano de alguna diosa celta, quien nos regala una rápida melodía de aire tradicional. Sin embargo, en la segunda parte del tema volvemos a la calma con el piano retomando las riendas en una transición muy delicada que culmina en un pasaje final de continuos diálogos entre viola y piano primero y entre viola y cello más tarde. La forma de tocar de Machlis, al igual que la de otros pianistas de origen celta (pensamos en Tríona Ní Dhomhnaill o Mícheal Ó Suilleabhain) es muy particular, llena de cambios de ritmo, arpegios y tresillos que le dan una vivacidad muy especial a cualquier melodía. Como cierre del tema, se retoma por unos instantes el motivo inicial.



“Buchanan Mist” – Concebida casi como una pieza de piano sólo, el resto de instrumentos apenas intervienen como un leve acompañamiento. La composición de Machlis estaría en la línea de muchos otros pianistas que hicieron fortuna en aquellos años con melodías de fácil escucha pero en este caso, estamos ante una pieza muy inspirada y lejos de los clichés tan explotados en su género.



“The Promenade” – De nuevo, Machlis se reserva todo el protagonismo en una pieza folclórica con alguna incipiente referencia clásica pero que se permite guiños a ritmos cercanos al rag time. Tras los minutos iniciales la composición da un giro hacia lo celta con el apoyo de la guitarra que actúa como sostén rítmico.

“Dancing Boots” – El título de la pieza ya nos da una idea aproximada de por dónde van a ir las cosas. Es la guitarra en esta ocasión la que rompe las hostilidades marcando un ritmo festivo desde el comienzo para que el piano de Machlis se explaye a sus anchas en el corte más alegre de lo que llevamos de disco. Si de algo peca la composición es de ser excesivamente breve y de dejarnos con ganas de más (particularmente, encontramos que hay varios momentos que exigían la irrupción del violín de Fraser para hacer despegar la pieza y convertirla en una danza memorable).

“The Selkie” – Volvemos a los tiempos lentos y cuando eso viene acompañado del violín de Fraser sólo podemos sentarnos, escuchar con atención y disfrutar. Quizá sea esta la pieza que más se acerca a aquello que Machlis pretendía en su declaración de intenciones inicial: crear una suerte de música celta de cámara. Hay en el disco grandes melodías que, sin duda, entrarán más fácilmente en nuestros recuerdos pero “The Selkie”, especialmente en su segundo tramo, clásico a más no poder, será siempre una de nuestras favoritas.

“The Early Morn” – Machlis retoma el protagonismo a los teclados en una pieza, algo insulsa en su mitad inicial pero que gana muchos enteros en la parte final con una melodía mucho más inspirada en cuya ayuda acude el cello para terminar por resucitar la composición aunque sin llegar a los niveles de excelencia de su predecesora.

“Shetland Air” – Disfrazada bajo la forma de un aire tradicional con ritmo de vals llega esta melodía de piano sólo que podría ser la primera parte de una breve suite para este instrumento junto con la siguiente. Por su brevedad y su carácter cíclico y repetitivo nos recuerda a alguna miniatura similar de George Winston y toda la pieza tiene un cierto aire a cajita de música muy agradable.

“Éamonn Á Chnuic” – Llegamos a la única pieza de todo el trabajo basada en una melodía tradicional. Machlis elabora una serie de variaciones al piano sobre el tema inicial que vuelven una y otra vez sobre una breve melodía pero añadiendo en cada ocasión elementos nuevos.

“Along the Western Shore” – Acercándonos al final del disco nos encontramos con otra de esas composiciones de aromas tradicionales en las que Alasdair Fraser nos regala una interpretación prodigiosa. El acompañamiento de guitarra nos sitúa más cerca que nunca de los estilos puramente folclóricos. Además, como suele ser habitual en los músicos celtas, la pieza combina distintas melodías y ritmos que aparecen enlazados en una especie de suite breve. Machlis ocupa un segundo plano con los sintetizadores de modo que el tema es el que más nos recuerda a los discos publicados como dúo con Fraser.

“Pennan Den” – La única composición del disco que aparece firmada por otra persona  aparte de Machlis es este aire tradicional en cuyos créditos se cita a James Watt. Ignoramos si se refiere al inventor escocés de la máquina de vapor quien también hizo sus pinitos como músico y constructor de instrumentos musicales. En cualquier caso, la tonada tiene todo el aire tradicional de las músicas escocesas de los siglos XVIII y XIX con lo que bien podría ser una curiosidad del famoso ingeniero.

“The Bright Field” – Fraser y Machlis acostumbran a cerrar sus discos con un tema lleno de emoción y este no iba a romper esa regla no escrita. Se trata de un bonito dúo de viola y piano que representa a la perfección lo que ambos músicos pueden hacer cuando se sienten inspirados.

En las últimas semanas estamos teniendo en el blog muchos ejemplos de músicos que, partiendo de raíces celtas y de otros folclores, han construido poco a poco carreras notables con un estilo propio. Como en todos los fenómenos que terminan por convertirse en moda (y eso pasó con la música celta hace unos años), no es oro todo lo que reluce y se grabó y publicó mucha “morralla” aprovechando el tirón de modo que se hacía difícil separar el grano de la paja. Creemos que la perspectiva del tiempo transcurrido ayuda mucho a la hora de valorar en su justa medida la valía real de aquellos artistas y que Machlis, Fraser, Nightnoise o Loreena McKennitt por poner sólo algunos ejemplos recientes aparecidos en el blog, se cuentan entre los músicos que merecen la pena, más allá de modas y tendencias. Paul Machlis, por centrarnos en nuestro protagonista de hoy, no ha sido especialmente prolífico como solista pero eso le da más importancia si cabe a sus pocos discos publicados. Si queréis darle una oportunidad a “The Bright Field”, lo podéis adquirir en los siguientes enlaces:

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domingo, 4 de noviembre de 2012

Dead Can Dance - Anastasis (2012)



El girasol es una de las flores con un ciclo vital más curioso. Como todos sabemos, su orientación varía de modo que durante el día va girando siempre de cara al astro rey en un movimiento sorprendente. Al caer la noche, la planta parece morir marchitándose de un modo que se antoja definitivo. Sin embargo, esa muerte aparente no impide que la planta resucite al día siguiente para reemprender una danza solar que es fundamental para su vida.

No es extraño que Brendan Perry y Lisa Gerrard decidieran utilizar una preciosa foto de un campo de girasoles marchitos para ilustrar la portada de su disco de retorno tras más de quince años de silencio, al menos en lo que se refiere a discos de estudio. El título del disco, “Anastasis”, hace referencia a esta resurrección pero no sólo en el sentido religioso del término ya que también alude a la interrupción de un proceso (la muerte) para revertir a un estado anterior lo que lo relaciona tanto con los girasoles de la portada como con el retorno de Perry y Gerrard como pareja artística apartando momentáneamente sus carreras en solitario. Como ninguno de los dos da puntada sin hilo, el uso de un término griego tiene mucho que ver con la propia música que muestra una importante influencia de la cultura clásica helénica y bizantina.

El regreso de Dead Can Dance ha sido algo realmente inesperado. Hay algo en la pareja de unión mística, como si se tratase de dos seres destinados a encontrarse por muy alejados que hayan podido estar en algunos momentos. En su primera época activa, parecía imposible que el dúo subsistiera habiendo varios miles de kilómetros de distancia entre ellos. Tras su separación, parecía inverosímil que ambos continuasen sus carreras por separado: la simbiosis que habian alcanzado se antojaba irrompible. Lo cierto es que nunca se oficializó la disolución del grupo. Lisa Gerrard había lanzado un primer disco en solitario en los momentos de mayor popularidad de Dead Can Dance pero eso no impidió que grabasen juntos “Spiritchaser” en 1996 y que estuviera previsto un nuevo disco para un tiempo después. Simplemente, esto nunca llegó a suceder. Lisa iniciaba una serie de colaboraciones artísticas con otros músicos como Pieter Bourke, Patrick Cassidy o Hans Zimmer con las que llegó a alcanzar un éxito aún mayor que el obtenido con Dead Can Dance mientras que Brendan, tras un magnífico y muy personal disco en 1999, parecía desaparecido de la escena musical hasta hace apenas un par de años. En 2005 se produjo un primer regreso a los escenarios para una extensa gira de la que se publicaron la mayoría de conciertos en ediciones limitadísimas con una tirada de 500 ejemplares cada una. Tras la publicación de “Ark” en 2010 comenzaron a sonar los primeros rumores sobre la vuelta de Dead Can Dance, confirmados poco después por Brendan. El 30 de septiembre de 2011 aparece casi por sorpresa en la web oficial del grupo el EP titulado “Live Happenings” para ser descargado de forma gratuita por los visitantes interesados. El disco, que contenía material grabado en el tour del 2005, fue seguido por otros cuatro volúmenes más a lo largo de los meses posteriores para preparar de algún modo el regreso de la formación. El dúo había estado ligado desde sus inicios a la prestigiosa discográfica 4AD e incluso, los primeros discos en solitario de ambos artistas habían sido editados por esa misma editorial. Sin embargo, desde hace unos años, Lisa publica en su propio sello y Brendan ha grabado con Cooking Vynil. El retorno de Dead Can Dance ha sido publicado por Play it Again Sam, comúnmente abreviado a PIAS, una discográfica de dimensiones y funcionamiento muy similares a las de 4AD que parece ser el entorno en el que ambos músicos se encuentran más cómodos a la hora de trabajar.

Reciente imagen promocional del dúo.

“Children of the Sun” – Nos dan la bienvenida al disco unos poderosos metales sintetizados que sirven de introducción para la batería y las cuerdas. Son sólo unos segundos pero bastan para reconocer la impronta del grupo sobre el que no parece haber pasado el tiempo. Los textos hablan, en palabras de Perry, de la evolución humana pero no como un viaje lineal por el tiempo sino como un fenómeno cíclico. Es precisamente Brendan el vocalista principal de la canción en la que no faltan los elementos más reconocibles de Dead Can Dance: sonidos de otro tiempo, instrumentos antiguos (¿cítaras?) junto con modernos sintetizadores y una música imposible de ubicar en una época determinada.



“Anabasis” – Una de las características principales de la música de Dead Can Dance es la alternancia y el equilibrio entre los temas cantados por Brendan Perry y aquellos en los que es la voz de Lisa Gerrard la protagonista. Anabasis pertenece a la segunda categoría. El título, de origen griego, como varios en el disco, significa viaje, expedición pero hacia el interior. La música no nos da muchas pistas en los primeros compases sobre el rumbo que va a tomar el tema ya que sólo escuchamos una secuencia lenta de notas que se repite una y otra vez con un fondo de percusiones metálicas. Son necesarios algunos minutos para que las características cuerdas del sonido de la banda aparezcan y la voz de Lisa Gerrard entone un profundo lamento que combina sonidos bizantinos con aromas árabes. Cabría recordar que la “Anabasis de Jenofonte” es un texto clásico en el que se narra el ataque de Ciro el Joven contra su hermano Artajerjes II, Rey de Persia. Para su expedición, Ciro se valió de mercenarios griegos a los que incorporó a sus propias tropas lo que explicaría la aparente mezcla de culturas de la canción.

“Agape” – Las influencias árabes son más evidentes que nunca en el inicio de la canción con los violines interpretando una melodía de inconfundible sabor oriental. El título hace referencia al término griego para describir el amor más incondicional: el que antepone ante cualquier otra cosa el bienestar de la persona (o personas) amadas, llegando incluso al sacrificio personal si fuera necesario. Aunque la participación de Lisa Gerrard es menos intensa que en corte anterior, su presencia marca por completo la composición. La composición recuerda en muchos aspectos a trabajos anteriores de la banda, especialmente a su “Into the Labyrinth”, uno de sus discos más populares.

“Amnesia” – Las primeras notas de la composición recuerdan poderosamente a otra canción comentada aquí no mucho tiempo atrás: “Teardrop” del disco “Mezzanine” de Massive Attack de la que toma prestado un ritmo monótono y unas notas de piano aisladas en el inicio. Sin embargo, esta impresión no tarda en desvanecerse (apenas los segundos que tarda en hacer acto de presencia la profunda voz de Brendan Perry. Conocemos ya el espíritu combativo de las letras del cantante y en esta canción nos deja otra buena muestra del mismo poniéndose de lado de los perdedores, de aquellos que nunca escriben la historia y cuya visión de los acontecimientos es olvidada pronto en beneficio de la versión oficial. Comenta Perry como para los griegos, Mnemosyne, diosa de la memoria, era la madre de todas las musas (él habla de la más importante de ellas, aunque no formaba parte, propiamente, de ese grupo) y de ahí el homenaje en los versos finales: “All my love and all my kisses, sweet Mnemosyne”.

“Kiko” – Uno de los cortes más complejos del disco y también de los que mejores críticas está obteniendo. Con una melodía de inspiración oriental, combina distintos ritmos y sonidos junto a los cuales, la voz de Lisa Gerrard suena más evocadora que nunca en una composición que va derivando casi sin darnos cuenta, hacia sonidos bizantinos que ocupan todo el tramo final de la canción, completamente instrumental.



“Opium” – Llegamos al que es uno de nuestros temas favoritos de todo el disco, quizá el que mejor combina esa mezcla de elementos ancestrales y contemporáneos de todo el disco, y no sólo por la presencia de ese instrumento maravilloso que es el hang drum y que representa como ningún otro esa mezcla. El protagonista, Brendan, nos habla de una huída más metafórica que real de la civilización moderna y de sus grandes ciudades hacia una vida más ligada a la tierra y a lo verdaderamente importante. En una segunda lectura, habla de los atajos para lograr esa evasión (el opio del título) y de cómo ese camino no lleva a ninguna parte finalmente.

“Return of the She-King” – El comienzo del tema, con lo que parecen ser gaitas de algún tipo, nos descoloca puesto que el estilo no se parece a nada que Dead Can Dance hayan abordado anteriormente, con una melodía mucho más directa de lo habitual. La aparición de coros más cercanos a lo que podríamos esperar en un disco de Enya que en uno de la pareja Gerrard-Perry no hace sino reafirmarnos en lo anteriormente dicho. Cuando empieza a cantar Lisa, en cambio, encontramos ya alguna similitud con trabajos anteriores del dúo, especialmente con el disco “Aion”. Las diferentes superposiciones de la voz de la cantante nos transportan hasta lo mejor que nos han dado los miembros del grupo en toda su carrera aunque con un aire general al que no encontramos un calificativo mejor que “cinematográfico” para describirlo. En la parte final, escuchamos también a Brendan con una breve intervención vocal a la que se une Lisa para conformar el único dueto vocal de todo el disco. La reina a la que hace referencia el título podría ser Hatshepsut si atendemos a la temática general del disco aunque no sea este el tema que más nos recuerde el antiguo Egipto en el trabajo.

“All in Good Time” – Para cerrar el disco, Brendan y Lisa nos dejan el que quizá sea el corte más tranquilo del mismo en el que apenas escuchamos una percusión muy leve y la música queda en un segundo plano ante la intensidad de la interpretación de Perry. El texto, optimista en el fondo, nos habla de cómo todo llega si sabemos esperar lo suficiente. No deja de ser una despedida desconcertante, especialmente si tenemos en cuenta que, a lo largo de su carrera, Dead Can Dance no se han caracterizado precisamente por tener letras esperanzadoras sino más bien todo lo contrario y los discos de Brendan Perry en solitario, profundizan en esa idea.

Todo apunta a que la reunión de Dead Can Dance no es algo pasajero sino que tiene visos de una cierta estabilidad. La gira que está siguiendo a la aparición del disco está teniendo una gran acogida y probablemente aclare todas las posibles dudas que la pareja formada por Brendan y Lisa podría albergar acerca de la recepción por parte de su público de un retorno tan tardío. Ya hay noticias sobre nuevas canciones en las que el dúo estaría trabajando de cara a un nuevo disco. No hay razón alguna para precipitarse, especialmente tras haber esperado 16 años hasta “Anastasis” pero que Dead Can Dance volvieran a publicar regularmente sería algo a celebrar. Uno podría pensar que siendo una formación tan particular (no conocemos a nadie que suene ni remotamente cercano a ellos) su público sería forzosamente reducido. Muy al contrario, encontramos seguidores de Dead Can Dance en todas las “tribus” musicales, desde góticos hasta amantes de la música electrónica, pasando por fans del rock progresivo o de la música antigua lo que pone de manifiesto lo acertado de una propuesta transversal que toma algo de todos los géneros pero no puede ser encasillada en ninguno de ellos. Si queréis uniros a la celebración de esta “resurrección” artística, podéis adquirir el disco en cualquiera de los siguientes enlaces:

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Para despedirmos, os dejamos un video de una actuación en directo de la actual gira del grupo: "Opium", en Denver.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Loreena McKennitt - Troubadours on the Rhine (2012)



La última vez que hablamos de Loreena McKennitt fue para glosar el que fue su disco de retorno tras varios años de silencio, “An Ancient Muse”. A partir de aquel trabajo, la producción de la cantante canadiense experimentó una doble tendencia: por un lado, sus discos comenzaron a aparecer con una frecuencia mucho mayor de lo habitual y por otro nos mostraban un claro retorno a las raíces de la artista, volviendo a la temática más puramente celta o a los villancicos clásicos. Paralelamente, la instrumentación fue reduciéndose y acercándose a lo más básico del género.

El último disco aparecido sólo hace unos meses, sería el mayor exponente de esto que comentamos: un CD grabado en directo durante un programa de radio ante una reducida audiencia presencial de unas 300 personas en el que Loreena con su voz y tocando su inseparable arpa y el piano sólo se acompañó del guitarrista Brian Hughes y la cellista Caroline Lavelle. El concierto tuvo lugar el 24 de marzo de 2011 y fue retransmitido por la emisora alemana SWR1, en cuyos estudios tuvo lugar el evento.

El repertorio de la actuación se centró en piezas de los primeros trabajos de la artista (especialmente de “The Visit”) y en su disco más reciente, podríamos decir que por necesidades del guión ya que buena parte de las canciones de los discos “de viajes” de la canadiense habrían requerido de una banda más numerosa para que le interpretación no sonase “descafeinada”. Al contrario de lo que ocurre con sus discos de estudio, en este “Troubadours on the Rhine” la mayoría de los temas son adaptaciones de melodías tradicionales y de textos de poetas británicos, ocupando las piezas propias una parte reducida del recital. Afirma Loreena sobre el disco que: “Es muy distinto de otras grabaciones mías. La experiencia es muy similar a un concierto íntimo que podría haber dado en mi propia casa ante mis amigos”.


Cartel de uno de los conciertos de la reciente gira española de la artista.



“Bonny Portmore” – Con las suaves notas del arpa de Loreena y un leve acompañamiento de sintetizador se acompaña la artista en la adaptación de esta canción tradicional incluida originalmente en su disco de 1991 “The Visit”. El cello de Lavelle le da un aire clásico a la canción que quizá no poseía en versiones anteriores. En cualquier caso, la voz de McKennitt, más entonada que nunca, es la auténtica protagonista de la canción y de todo el disco.



“Down by the Sally Gardens” – Seguimos con las melodías tradicionales adaptadas por la artista para acompañar a un poema de William Butler Yeats. La canción apareció originalmente en el anterior disco de estudio de la artista, titulado “The Wind that Shakes the Barley”, que representaba la confirmación de la vuelta de la artista al sonido y las temáticas de sus primeros discos. Loreena deja de lado esta vez el arpa y se ocupa del piano para acompañar al cello que es el encargado de las más destacadas partes instrumentales de la canción.

“The Wind That Shakes the Barley” – Segundo tema procedente del disco más reciente de la artista y de nuevo se trata de una melodía tradicional adaptada a un poema, en esta ocasión de Robert Dwyer Joyce. La versión destaca por la tensión transmitida en la interpretación. Apenas tenemos una base de teclados a modo de bordón, con algunos apuntes del piano subrayando determinados pasajes y el cello y la guitarra eléctrica añadiendo un cierto dramatismo en momentos puntuales. Loreena huye de las exhibiciones vocales y adopta un tono más cercano a la narración con una cierta entonación que a una ejecución más tradicional. Pese a ser una canción bien conocida, la versión de Loreena nos muestra aspectos distintos de un tema que cuenta con versiones ciertamente desgarradoras como la que hizo Lisa Gerrard a capella en un celebrado disco de Dead Can Dance años atrás.



“Between the Shadows” – Llegamos a una de las dos únicas composiciones propias de la artista incluidas en el disco. Se trata de un precioso instrumental aparecido originalmente en el disco ya citado “The Visit”. La versión aquí recogida es algo más lenta y, a falta de la arrolladora fuerza de su primera encarnación (recordemos que en aquel entonces, Loreena contó con una potente sección rítmica de batería, bajo y percusiones), nos regala un par de interesantes pasajes a cargo de la guitarra eléctrica primero y del cello después que aportan un aire nuevo a la composición.

“The Lady of Shalott” – Quizá el tema “estrella” de “The Visit” fue, precisamente, este largo romance de Alfred Lord Tennyson para el que Loreena McKennitt escribió la música. En él se narraba una de las trágicas historias que aparecen en las leyendas artúricas. En esta ocasión, el sonido del arpa, el cello y los sintetizadores es más que suficiente para recrear una versión muy cercana a la original y tan recomendable como aquella.

“Stolen Child” – Llegamos a la canción más antigua del repertorio de Loreena de entre las incluidas en el disco. Apareció originalmente en el disco “Elemental” y en ella, como en la anterior, la artista compone la música que acompaña a los textos del poeta, en este caso, William Butler Yeats, quien aparece así por segunda vez en el disco. La composición es una de las más exigentes en cuanto a sus partes vocales y en ella Loreena hace gala de sus magníficas cualidades alternando los agudos más impactantes con los graves más cálidos y pasando del susurro a las notas más intensas en pocos compases.

“Penelope’s Song” – La segunda composición del disco enteramente escrita por la artista pertenece a “An Ancient Muse”, trabajo que comentamos en La Voz de los Vientos no mucho tiempo atrás. Como ocurría con “The Lady of Shalott”, la versión aquí recogida guarda una gran fidelidad con la original con lo que poco más podemos añadir. Se trata de una de las mejores canciones de su autora, en una versión exquisita e interpretada en un gran momento artístico de la canadiense. No se puede pedir más.

“The Bonny Swans” – El que que el primer single de “The Mask and Mirror” y una de las canciones más populares de la artista no podía faltar en el concierto. El texto es tradicional mientras que la música fue compuesta por la propia Loreena. En su momento, fue esta una canción que sorprendió bastante al público por la importante presencia de la guitarra eléctrica que no pasa precisamente por ser un instrumento ligado a la tradición celta. En la versión del concierto, su protagonismo es mayor, si cabe, al estar ausentes las percusiones y elementos rítmicos que adornaban al original quedando el piano como único instrumento que hace esas labores en determinados momentos de la canción.

“The Parting Glass” – Para cerrar el disco, Loreena recurre a otra canción tradicional incluida en “The Wind that Shakes the Barley”. Se trata de una balada que ya era uno de los cortes más íntimos de aquel disco (Loreena sólo se acompañaba de guitarra y violín) y que aquí interpreta casi en su totalidad con la ayuda del piano, siendo la presencia del resto de instrumentos casi testimonial.

La voz de la artista canadiense ha sido siempre el principal activo de todos sus discos y ha soportado los acompañamientos instrumentales más recargados en muchos de esos trabajos sin perder ni un ápice de su protagonismo. Sin embargo, en un formato tan cercano como el de este “Troubadours on the Rhine” es en el que podemos apreciar con mayor claridad la dimensión de una vocalista realmente excepcional a la que no podemos encontrar rival fuera del ámbito del bel canto. El mérito de poseer una voz tan privilegiada es, sin embargo, relativo. No lo es tanto el haber sabido encontrar un repertorio, unas canciones y un estilo dentro del cual utilizar esas cualidades naturales y adaptarlas a la música para conseguir un doble resultado: conseguir unos arreglos mediante los que la voz se ajuste a las canciones y, a la vez, mejorarlas de modo que el resultado sea el mejor de los posibles. Quizá sea esta habilidad la que ha hecho que Loreena McKennitt sea hoy la artista que es, referencia ineludible en las últimas décadas dentro de los estilos que aquí solemos tratar. Los que queráis adquirir el último disco que la artista nos ha dejado, lo podéis hacer en los siguientes enlaces:

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