Un nuevo disco de
Steven Wilson es un acontecimiento que hay que dejar reposar un tiempo,
saborearlo poco a poco antes de emitir un juicio sobre él ya que es tal la
cantidad de matices y sensaciones nuevas que nos descubre cada escucha que una
crítica precipitada estaría condenada a quedar incompleta. Por ello, hemos
esperado casi cuatro meses desde su publicación para dedicarle una entrada que
no podía faltar por aquí.
Según él mismo
confiesa, su intención tras publicar “Grace for Drowning” en solitario y
“Welcome to My DNA” con Blackfield en 2011 era dedicar parte de 2012 (el tiempo
que le dejaban todos sus proyectos) a preparar un nuevo disco de Porcupine Tree
pero como tantas veces sucede, los planes que tenemos no tienen nada que ver
con lo que más tarde hacemos en realidad. No sabemos cuál fue el detonante de
su decisión pero lo cierto es que lo que hizo el músico británico fue preparar
un nuevo trabajo en solitario en lo que parece que va a ser la orientación de
su carrera en los próximos años, rompiendo poco a poco los lazos con sus otros
proyectos.
Para la grabación
de “Grace for Drowning”, Wilson se rodeo de un grupo de músicos de excepción,
cada uno con sus bandas y proyectos personales por lo que, a la hora de
organizar una gira de conciertos, se vio obligado a formar una banda
completamente nueva para acompañarle. Fue esa interacción con sus nuevos
compañeros la que inspiró el nuevo trabajo en el que nuestro protagonista iba a
dar un paso más allá en su estilo, por difícil que parezca en un artista que ha
tocado todos los palos posibles en los últimos años. Una de las grandes
ventajas de ser Steven Wilson es que puedes llamar a cualquier puerta hoy en
día y ésta se te abre inmediatamente. Así, pudo conformar un grupo de músicos
de un nivel excepcional para acompañarle en sus conciertos y convencer a la
mayoría de ellos para que participasen en la grabación y posterior gira del que
sería su nuevo disco. Para la primera parte del tour de “Grace for Drowning”,
Wilson reunió al teclista Adam Holzman, el guitarrista Aziz Ibrahim, el batería
Marco Minnemann, el bajista Nick Beggs y el flautista Theo Travis siendo
reemplazado Ibrahim por Niko Tsonev en la segunda mitad de la gira. Parece que
el puesto de guitarra era el que más dudas suscitaba a Wilson puesto que para
la grabación del siguiente disco de estudio, que llevaría el título de “The
Raven that Refused to Sing (and other stories)” se incorporó Guthrie Govan
repitiendo el resto de la banda de la gira. Repasar la trayectoria de los
músicos participantes en el disco, nos da una idea de los derroteros por los
que va a discurrir el disco. Comenzamos por Holzman, de quien se podría afirmar
que dio sus primeros pasos profesionales de la mano de un tal Miles Davis en su
controvertido disco “Tutu” (1986). Tras ello, perteneció durante un tiempo a la
banda del trompetista. Casi todo su desempeño posterior se ha desarrollado en
estilos cercanos al jazz-fusión y al funk. Marco Minnemann es uno de los
baterías más interesantes del momento y su producción discografica, así como la
cantidad de proyectos en los que está implicado son comparables a los del
propio Wilson. Siempre se ha movido por caminos cercanos al rock progresivo
pero no ha hecho ascos a otros estilos como el trash metal o el death metal.
Nick Beggs procede de un campo absolutamente diferente al de los dos anteriores
músicos como es el del tecno-pop y la new wave (fue miembro de los Kajagoogoo
de Limahl) y casi todas sus colaboraciones con otros músicos se movían en esos
estilos aunque en los últimos años se acercó al rock progresivo colaborando con
Steve Howe o Steve Hackett antes de incorporarse a la banda de Wilson para la
grabación de “Grace for Drowning”. Recientemente se ha anunciado su
incorporación a The Pineapple Thief. Theo Travis es quien requiere de menor
presentación para los seguidores de Wilson ya que ha colaborado en buena parte
de los proyectos de éste, desde Porcupine Tree hasta No-Man, pasando por Bass
Communion. No podía faltar en el disco y su presencia es notable. Por último,
aunque no menos importante por ello, tenemos a la más reciente incorporación de
la banda en la figura del superdotado Guthrie Govan, virtuoso de la guitarra,
que ya hacía sus pinitos con sólo tres años a partir de las enseñanzas básicas
de su padre. Con el tiempo se ha convertido en una referencia en su instrumento
a pesar de que se dedica más a la vertiente didáctica del mismo que a la
profesional.
La temática del
disco es oscura y cada canción es un relato de terror con tintes sobrenaturales
que van desde historias de fantasmas en la carretera, mendigos que vuelven de
la muerte (o que se niegan a morir), un anciano relojero que mata a su esposa y
la entierra en su taller o un personaje que espera a que llegue la muerte
precedida del canto de un cuervo que se niega, precisamente, a cantar y a
liberarle de la pesada carga de la existencia. Todo con un ambiente que
recuerda por fuerza a los relatos de Edgar Alan Poe (el cuervo del título es un
referente innegable).
“Luminol” – El
primer corte del disco fue presentado ya durante la gira de “Grace for
Drowning” y era uno de los grandes momentos de aquellos conciertos. Una
poderosa línea de bajo es la que marca el comienzo de la pieza que es un largo
desarrollo instrumental con la batería dando una réplica perfecta a Beggs y la
flauta dibujando arabescos por doquier. Una súbita intervención vocal en un
estilo que recuerda mucho a Yes marca un
primer cambio antes de que aparezcan los teclados y nos sumerjan en un
auténtico estallido de jazz-rock con elementos progresivos de tintes épicos.
Tras la extensa introducción llega la calma y entramos en un pasaje de tintes
“floydianos” con la voz de Wilson respaldada por los coros y la flauta de
Travis combinada con sonidos de mellotron. El piano de Holzmann pone la nota
jazzistica en este segmento con una clase indiscutible. La tercera parte de la
pieza llega tras una intensa transición de mellotron en la que reconocemos al
Wilson al que estábamos más acostumbrados antes de cerrar con un impresionante
sólo de guitarra y un regreso a los sonidos y ritmos del comienzo.
“Drive Home” –
Con el segundo corte del disco se produce el primer cambio radical en el mismo.
Pasamos de una música desatada e incontenible a una balada mucho más calmada y
con un estribillo típicamente “wilsoniano”. Estamos ante una canción que podría
haber pertenecido a cualquier trabajo de Porcupine Tree. Los arreglos de cuerda
presentes en toda la pieza son realmente magistrales y la guitarra de Govan
suena maravillosamente bien en todo el tema, especialmente en los minutos
finales en los que tiene libertad para explayarse a sus anchas. Una delicia.
“The Holy
Drinker” – Nuevo giro de tuerca en el disco con un corte misterioso,
introducido por teclados llenos de reverberación que casi nos predisponen para
vivir una pesadilla. Aparecen entonces bajo y batería acompañando a una
guitarra que va por libre hasta la aparición del inquietante saxo de Travis.
Con la llegada del mellotron ya tenemos a todos los invitados a la fiesta.
Cambio de ritmo, sonido de órgano marcando la pauta y primera intervención de
Wilson como vocalista en el tema. A partir de ahí, entramos nuevamente en un
desarrollo clásico en su autor con cantidad de nuevos motivos apareciendo y
desapareciendo a cargo de todos los instrumentistas, influencias de todo tipo
se mezclan en una amalgama brillante que no deja ningún respiro al oyente hasta
el final cuando nos sorprenden de nuevo con un estallido de ritmo y energía
justo tras un tramo relajado que hacía presagiar que todo iba a terminar ahí.
“The Pin Drop” – El
corte más breve del disco es también el más flojo en nuestra opinión, lo que no
significa en modo alguno que sea malo. Afortunadamente, cuando hablamos de
músicos como Wilson, hasta sus temas más anodinos rozan el notable y en esta
ocasión nos quedamos con sus coros (excelentes como de costumbre) y las
impresionantes intervenciones de Govan, soberbio en todo el disco.
“The Watchmaker”
– Contrastando con el resto de canciones, el penúltimo corte del disco tiene
una largísima introducción a base de guitarras acústicas y flauta
principalmente que ocupa un tercio de la pieza. A partir de ahí entramos en una
sección que se nos antoja muy crimsoniana con el precioso sonido del mellotron
llenando todos los huecos del tema y un magnífico desempeño rítmico. Volvemos a
los sonidos acústicos (guitarra y piano) mediada la pieza para arropar la voz
de Wilson antes de llegar al cierre con ese mellotron que no nos cansamos de
escuchar.
“The Raven that Refused to Sing” – La última canción del
disco tiene un tono de réquiem desde los primeros instantes, con Wilson
declamando con un hilo de voz y el único acompañamiento de un piano. Más tarde
aparecen sonidos electrónicos en segundo plano. Poco a poco, casi sin darnos
cuenta, la canción va evolucionando, ganando en intensidad, añadiendo nuevos
elementos en un crescendo continuo. Tenemos un pequeño descanso en la parte
central con un aire ligeramente ambiental en el que creemos notar la presencia
de Eno y Fripp antes de la aparición de la batería y el bajo culminando una
pieza excelente que termina en lo más alto. Cerca de las estrellas, como rezaba
el título del clásico programa deportivo.
“Grace for Drowning” y “The Incident”, los últimos trabajos de Steven Wilson y Porcupine Tree respectivamente fueron discos dobles. “The Raven...” sin embargo, no llega a la hora de duración. Creemos encontrar en este dato una búsqueda de una mayor concreción por parte de Wilson, un uso más intensivo que extensivo de las ideas que redunda en una mayor elaboración si cabe, en un músico que ya es epítome de la meticulosidad y el detallismo en el trabajo. Creemos que, sin ser superior por ello a sus discos anteriores, el último disco de Wilson es más maduro y nos hace esperar grandes cosas del músico, especialmente ahora que parece haber recortado drásticamente el número de proyectos simultáneos a los que dedicar su tiempo.
Hemos dejado para el final la mención del que quizá sea el
participante más ilustre en el disco: nada menos que Alan Parsons quien vuelve
a ocupar el puesto de ingeniero de sonido de un disco ajeno por primera vez
desde “The Year of the Cat” de Al Stewart en 1976. Parsons es uno de esos
nombres que figuran con letras de oro en la historia de la música popular por
su participación en varios discos fundamentales como “The Dark Side of the
Moon” o “Abbey Road”, al margen de sus trabajos en solitario o con el Alan
Parsons Project. Es revelador que Wilson recurra a él cuando él mismo es uno de
los más destacados en ese mismo terreno como demuestran sus constantes remasterizaciones
de clásicos del progresivo de King Crimson, Jethro Tull o ELP. Tanto Wilson
como Parsons se han deshecho en elogios mutuos durante la grabación del disco y
eso dice bastante del mismo.
Sabida es nuestra admiración por Wilson por lo que no podemos dejar de recomendar la adquisición del disco:
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