Mostrando entradas con la etiqueta Jon Anderson. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Jon Anderson. Mostrar todas las entradas

sábado, 20 de mayo de 2023

Vangelis - Opera Sauvage (1979)



Frustración es la palabra que mejor define lo que siente un seguidor de Vangelis cuando contempla la cantidad de música que probablemente se quedará sin poder escuchar por culpa del desdán del músico a la hora de publicarla. Esta sensación se agrava en el momento en que te das cuenta de que ni siquiera la música publicada es toda la que parece ser. Esto es particularmente decepcionante cuando nos acercamos a sus bandas sonoras ya que las pocas que han visto la luz en formato discográfico, no solo contienen apenas algunos extractos del material original sino que en su gran mayoría han sido regrabadas por completo para su publicación. Ocurre así con el disco que comentamos hoy, uno de los grandes clásicos del griego y, probablemente, la banda sonora más conocida de las que grabó para Frederic Rossif.


El encuentro entre músico y cineasta se produjo a principios de los setenta cuando Rossif buscaba un nuevo colaborador tras el traslado de su músico más habitual, Maurice Jarre, a Hollywood. Hasta entonces, la mayoría de sus documentales habían tenido tema histórico y político pero en aquel momento empezó a centrarse en dos aspectos distintos: el arte (especialmente la pintura) y la naturaleza. De aquel encuentro surgieron no menos de dieciséis bandas sonoras (tanto de películas como de series) de las que apenas tres se han publicado a día de hoy y de forma muy parcial. Esto es especialmente trágico en el caso de la que comentamos hoy: “Opera Sauvage”, un disco de poco más de 40 minutos que recopila algunas de las composiciones que sonaban en los 22 episodios de la serie documental sobre la naturaleza que se emitió entre 1975 y 1981. A pesar de contar con algunas de las piezas más populares de la carrera de Vangelis, al músico no tuvo interés en publicar esa música hasta 1977 cuando arreglo y regrabó parte del material para publicarlo con el sello Polydor en 1979. Por supuesto, el griego fue el encargado de tocar todos los instrumentos con la única excepción del arpa, interpretada por Jon Anderson en uno de los cortes.


“Hymne” - El disco no podría empezar mejor. Sin introducciones, sin preámbulos de ninguna clase, Vangelis nos golpea directamente con una de sus melodías más reconocidas y no hay nada más: una melodía pura y simple, ejecutada con uno de los sonidos más característicos del griego, sin acompañamientos en las primeras repeticiones salvo unos fondos muy sutiles. Solo en la segunda parte la melodía se desdobla y hay un cambio hacia la épica con las percusiones. Nada exagerado. Solo unos pocos golpes de timbal y unas campanillas para resaltar la fuerza del tema. Una de esas piezas tan simples que solo está al alcance de Vangelis hacerla inolvidable.




“Reve” - El siguiente corte es mucho más largo y reina en él esa melancolía especial del compositor heleno que comienza interpretando un tema, probablemente improvisado, con un sonido asimilable al piano y un cierto tono jazzístico. Aparece entonces una percusión muy suave de fondo acompañada de efectos electrónicos que nos llevan al tema central, ya como diálogo entre diferentes timbres sintéticos que hacen las veces de piano y flauta. Es un viaje que hace honor al título, “sueño” en el que, de forma muy tranquila, Vangelis nos lleva por paisajes indefinidos y llenos de misterio.


“L'Enfant” - Con la siguiente pieza volvemos al Vangelis clásico de temas como “To the Unknown Man” y ese esquema de línea electrónica de bajo continuo y melodía central inolvidable. En esta ocasión, es un maravilloso tema de piano que en las sucesivas repeticiones es replicado con sintetizadores. El acompañamiento va aumentando cada vez y aparece un precioso tema de bajo, variaciones de la melodía principal y percusiones perfectamente integradas para subrayar cada parte. Incluso se incorporan una serie de filigranas que estarían muy presentes en la música del griego en los años posteriores, especialmente en bandas sonoras como la de “Carros de fuego”. “L'Enfant” es otro de esos temas imprescindibles que no suelen faltar en las mejores recopilaciones de su autor.




“Mouettes” - El tema más corto del disco sigue la línea tranquila de otras músicas para documentales del griego con cosas que recuerdan a “L'Apocalypse Des Animaux” o a “La Fete Sauvage”. Una miniatura muy inspirada que deja paso a algo muy diferente.


“Chromatique” - La novedad viene dada por la instrumentación ya que en esta ocasión, Vangelis no se complica y opta por la guitarra acústica para introducirnos hacia una bellísima melodía electrónica con un ligero aire folclórico. Esta forma de usar la guitarra hacía mucho tiempo (quizá desde el lejano “Sex Power”, de 1970) que no se escuchaba en ningún disco del griego y lo cierto es que funciona muy bien para darle un aire más natural al conjunto.


“Irlande” - Tenemos una especial debilidad por esta pieza que parte de un lúgubre toque de campanas para desarrollar una melodía maravillosa en la que Vangelis bebe de sus raíces griegas y mediterráneas como nunca antes lo había hecho. Esta vía, que exploraría mucho más en el disco de Irene Papas, “Odes”, publicado en las mismas fechas que “Opera Sauvage”, nos daría grandes momentos en el resto de la carrera del compositor.


“Flamants Roses” - Cierra el disco un largo tema en el que escuchamos la participación de Jon Anderson al arpa abriendo la pieza. De ese comienzo surge un tímido tema de sintetizador al que le cuesta asomarse entre las capas y capas de sonido que produce Anderson. Tras la introducción es el propio Jon el que ejecuta la melodía principal doblado enseguida por los distintos sintetizadores de Vangelis que replica el tema con ligeras variaciones. Llegamos así al tramo final donde todo se desborda en lo que podría ser un anticipo de la espectacular “suite” que el músico compondría poco después para la citada “Carros de fuego”. Tambores, metales, y toda la paleta electrónica de Vangelis subiendo en varios grados la temperatura hasta desembocar en un cierre absolutamente espectacular. Los últimos instantes de la pieza los ocupa una breve coda mucho más tranquila con la que todo fluye lentamente hasta el final.





Poco después del fallecimiento de Vangelis, fuentes próximas a su familia aseguraron a la web https://elsew.com/data/latest.htm que su intención era que su legado pudiera ser disfrutado por todo el mundo y eso incluía la publicación de su catálogo inédito. La gran dificultad estribaba en catalogar y ordenar todo ese material (e imaginamos que también la gestión de los derechos del mismo, especialmente de las bandas sonoras). En todo caso pedían paciencia a los seguidores del músico por lo que no es probable que podamos empezar a disfrutar de todo ese material a corto plazo. Entretanto, tenemos el consuelo de que su obra publicada es amplia y tiene joyas como este “Opera Sauvage” que podemos disfrutar una y otra vez.

martes, 21 de mayo de 2019

Anderson Bruford Wakeman Howe (1989)



El regreso de John Anderson a Yes en 1983 no fue todo lo satisfactorio que el cantante esperaba. El primer disco de esa etapa, “90125” tuvo un notable éxito comercial que en cierto modo pudo justificar la “traición” de la banda al estilo que les hizo grandes en los años setenta pero “Big Generator” acabó con esa coartada. Aunque las ventas fueron aceptables y los singles llegaron a puestos altos en la listas, la crítica en general fue bastante dura y el disco pasa hoy por ser uno de los dos o tres más flojos de la carrera de la formación. Incapaz de corregir esa deriva de la banda de su vida, Anderson decidió abandonarla por segunda vez. Su primer impulso fue retomar su colaboración con Vangelis para la que ambos artistas habían trabajado un tiempo antes, escribiendo  varias canciones pero la espina de Yes seguía clavada y el disco con el griego iba a ser aplazado. En su lugar, Anderson pensó en volver escribir para su vieja banda. Su relación con Chris Squire no era mala (de hecho, el bajista aparecería incluso en un videoclip de “In the City of Angels”, el disco en solitario de Anderson de 1988) pero la negativa de este a volver a las esencias de Yes hizo que el vocalista pensase en otra opción.

La formación de Yes en “Big Generator estaba integrada, además de por Anderson y Squire, por Trevor Rabin, Tony Kaye y Alan White. Con la excepción de Rabin, que se incorporó a la banda en 1982, el resto eran todos miembros veteranos del grupo pero no necesariamente los más carismáticos. Jon Anderson era muy consciente de esto y pensó en reunir a sus propios Yes poniéndose en contacto con Steve Howe, Rick Wakeman y Bill Bruford, integrantes de la formación más recordada por los fans. Squire se sentía muy cómodo con su banda por lo que ni siquiera se planteó abandonarla a la vez que recordó a Anderson que, dado que su abandono de Yes fue voluntario, el único legitimado en ese momento para utilizar el nombre de la banda era él. Ante la perspectiva de unos más que probables problemas judiciales, optó por una solución no del todo original pero con un potencial muy atractivo: prescindir de un nombre al uso y sustituirlo por los apellidos de los cuatro integrantes, a la manera de Crosby, Stills, Nash & Young o de Emerson, Lake & Palmer. La alternativa a Yes se llamaría Anderson, Bruford, Wakeman, Howe. Abreviado: ABWH.

Sobre el papel, la idea era interesante pero a la hora de la verdad, el trabajo iba a ser más un disco de Anderson con aportaciones de Steve Howe que una obra coral. Bill Bruford creía que iba a tocar la batería en un disco de Jon en solitario cuando se encontró con Howe y Wakeman, siendo en ese momento cuando empezó a olerse el pastel. En todo caso, el batería hizo una aportación importante incorporando a las grabaciones a su compañero en King Crimson, el bajista Tony Levin. Junto a Levin, aparecen otros músicos de sesiones como Milton McDonald (en su currículo, discos de las Spice Girls o Take That, entre otros) o el teclista Matt Clifford. Según algunas versiones, hay muchos otros músicos que intervienen de una u otra forma en el disco y que no aparecen acreditados. Incluso se ha llegado a afirmar que Bill Bruford no toca en ningún momento y que su participación en el proyecto se reduce a los conciertos de la gira posterior.

ABWH o, si respetamos el orden de la foto, AHBW


“Themes” - El primer corte, dividido en tres partes, procedería de un par de demos de Jon Anderson y habría sido grabado por éste junto con los músicos de estudio contratados. Steve Howe apenas tendría una breve intervención a la guitarra en el tramo final. La pieza comienza con unas notas de teclado que se repiten unas cuantas veces hasta que aparece la sección rítmica, ya en la segunda parte, y Ánderson comienza a cantar su texto. Es un corte que comienza a recordar más a los Yes clásicos en el último tramo con la aparición de la guitarra y el solo de sintetizador que, sin llegar al virtuosismo habitual en Wakeman, sí que tiene todos sus tics. La tercera parte, instrumental como la primera, no está nada mal aunque lejos de los grandes momentos de la banda

“Fist of Fire” - Presumiblemente esta canción formaría parte de las escritas por Anderson para el proyecto con Vangelis que no llegaría a realizarse. Es uno de los temas con más fuerza del disco pese a que todo el peso lo llevan la voz y los teclados, quedando el resto de instrumentos en un segundo plano. Con todo, nos deja con la sensación que que podría haber dado mucho más de sí.

“Brother of Mine” - Nueva canción en tres partes, una de las cuales aparece acreditada a Geoff Downes, probablemente porque se trata de una demo que él y Howe escribieron para Asia y que quedó descartada. Probablemente la mejor pieza del disco desde el punto de vista del seguidor veterano de la banda. El comienzo es puro Jon Anderson y toda la primera parte, titulada “The Big Dream”, es notable. El segundo segmento, “Nothing Can Come Between Us” es una continuación perfecta del primero que nos lleva a la pieza de Downes en la que se aprecia ese cambio de estilo, especialmente en el largo estribillo que comienza con el título del tema: “Long Lost Brother Of Mine”. El cierre, con una orientación mucho más “pop” no desluce en absoluto la suite que aún está a buen nivel. En el tramo final escuchamos un amago de armonías vocales en el que se echa mucho de menos a Chris Squire.




“Birthright” - Ocurre aquí lo mismo que en el corte anterior. Max Bacon, vocalista de GTR, es el autor junto a Howe de esta canción escrita originalmente para un disco de la efímera banda liderada por Howe y Steve Hackett. El propio Matt Clifford, a quien ya citamos como músico de estudio del disco, llegó a girar con GTR en su momento. Con un texto que habla de la primera prueba nuclear británica que tuvo lugar en la población australiana de Woomera sin que el aviso llegase a tiempo a la población, es esta una de nuestras canciones favoritas del disco, especialmente por su segunda parte en la que los teclados recuerdan extraordinariamente a los de Vangelis.




“The Meeting” - Con este momento de tranquilidad el disco comienza a decaer visiblemente. Esta canción de Anderson, quien probablemente es también su único intérprete, está muy en la linea de sus discos en solitario pero no termina de encajar en un disco de Yes, por mucho que ahora se llamen de otra forma.

“Quartet” - Llegamos a una nueva “suite” en cuatro partes, tres de las cuales eran demos de Jon Anderson. “I Wanna Learn” es una aburrida pieza en la que sólo se salva la guitarra acústica de Steve Howe. “She Gives Me Love” parte de una composición del pianista Ben Dowling, y aporta muy poco al conjunto, más allá de algunas trompetas sintetizadas y unos pocos juegos de teclado aquí y allá. “Who Was the First” enlaza poco después confirmando que no hay forma de que la pieza levante el vuelo. Cierra la “suite”, “I'm Alive”. No es un mal tema pero los arreglos de cuerdas suenan tan artificiales y los sonidos escogidos para acompañarlos, tan edulcorados que distraen por completo de la escucha.

“Teakbois” - Tema de Anderson, probablemente destinado a su disco “Deseo”, trabajo de orientación latina que apareció unos años más tarde. Con mucha diferencia, lo peor de todo el disco. Una especie de pieza de baile caribeña que termina por desconectarnos del todo del trabajo.

“Order of the Universe” - El comienzo es puro AOR con todo lo que ello conlleva. Tampoco debería sorprender puesto que las de las cuatro partes de la pieza, tres eran demos de Steve Howe para Asia y GTR. “Order Theme” es un instrumental con aire de sintonía de informativos y unos teclados y unas guitarras que no pueden ser más ochenteras. “Rock Gives Courage” cuenta con Rhett Lawrence en los créditos y es de lo más salvable del tema pese a estar mucho más cerca de discos como “Big Generator” de lo que Anderson hubiera pensado cuando decidió dejar Yes. “It's So Hard to Grow” añade un poco de picante en forma de “hard rock” a la mezcla y consigue arrancarnos una sonrisa. y las otras  procedentes de demos de Howe para Asia y GTR.

“Let's Pretend” - El cierre del disco cuenta con Vangelis acreditado como autor puesto que era un tema creado para Jon & Vangelis. Sin embargo es difícil encontrar alguna traza del griego en toda la pieza que no pasa de ser una balada correcta.


El único disco de estudio de ABWH tenía todos los ingredientes, a priori, para ser uno de los mejores trabajos de Yes pese a no llevar ese nombre. La formación clásica (menos Squire) firmando todos los temas, una portada de Roger Dean y el hecho de surgir como respuesta a la deriva comercial de los Yes nominales prometían grandes cosas. A la hora de la verdad, nada fue como parecía. Pese a lo indicado en los créditos, la participación de Wakeman y Bruford fue testimonial y el disco estuvo compuesto por retales descartados de distintos proyectos personales de Jon Anderson y, en menor medida, de Steve Howe. Pese a todo, el disco tiene buenos momentos y consigue, siquiera mínimamente, recordar a los Yes de su mejor época, como una banda tributo de hoy en día recuerda a la original. Como maniobra comercial, la idea de Anderson era discutible y pudo haber sido el primer paso para una guerra abierta con los Yes de Squire pero lo que sucedió después fue todo lo contrario. Quizá en un futuro nos ocupemos de esa etapa que fue un paso más allá, en todos los sentidos, de lo que significó el disco de ABWH.

Así sonaban ABWH en directo:

 

miércoles, 18 de julio de 2018

Jon & Vangelis - Private Collection (1983)



Uno de los momentos críticos en la historia del rock progresivo más clásico se produjo cuando, tras el lanzamiento de “Tales from Topographic Oceans”, el teclista Rick Wakeman anunció su salida de la banda inglesa Yes. Con ella, una de las formaciones punteras del género se quedaba sin el que era uno de los instrumentistas más icónicos de siempre y lo hacía en el momento en que la popularidad del grupo se encontraba en el punto más alto desde que arrancaron su carrera. Sucedió en plena gira de presentación del disco y dejaba a la banda coja justo antes comenzar los ensayos para su nuevo trabajo.

Se comenta que fue Jon Anderson quien decidió invitar a Vangelis a uno de los conciertos de Yes que iba a tener lugar en París con la excusa de charlar un rato después y sondear la posibilidad de incorporar al teclista griego como sustituto de Wakeman. Vangelis, que llevaba un tiempo pensando en la posibilidad de dejar París para establecerse en Londres, aceptó probar y participó en un buen número de ensayos con la banda. Sin embargo, parece que su intención nunca fue la de volver a ser miembro de un grupo y mucho menos aún, de uno tan grande como Yes que le obligaría a alejarse de sus proyectos en solitario y a viajar constantemente por el mundo para tocar. Esa etapa era parte del pasado y quedó enterrada cuando disolvió Aphrodite's Child para centrarse en su carrera en solitario de modo que tras esas semanas de ensayo, Vangelis se despidió de la banda no sin haber forjado una buena relación con varios de sus miembros, en especial con Jon Anderson. No pasó mucho tiempo antes de que el teclista decidiera devolver la cortesía al cantante invitándole a cantar una pieza en su disco “Heaven and Hell” en la que sería la primera de varias colaboraciones de Anderson en discos de Vangelis, ya fuera como vocalista o como instrumentista.

La química entre ellos era cada vez mayor y así, en 1979, coincidiendo con la salida de Yes de Jon Anderson (junto con Wakeman que había vuelto a la banda algo después de su primera espantada), grabarían juntos “Short Stories”, el primero de los discos publicados bajo el nombre de Jon & Vangelis en los ochenta. En la formación del dúo pudo tener mucho que ver Jannis Zographos, manager del músico griego en la época que también pasó a dirigir la carrera en solitario de Anderson en aquellos meses. “Short Stories” fue un trabajo prácticamente improvisado que se compuso y grabó en menos de un mes. “Entraba en el estudio, comenzaba a cantar y tres horas después teníamos tres canciones terminadas. Con Yes tardábamos tres horas en prepararnos para ensayar apenas una”, declaraba Anderson acerca de la forma de trabajar con Vangelis. “Short Stories” no recibió buenas críticas aunque tuvo un par de canciones que sonaron con cierta frecuencia en la radio. El segundo trabajo del dúo fue bastante mejor y tuvo mucha más repercusión, especialmente cuando Donna Summer grabó su propia versión de uno de los singles. Sin embargo hoy queremos centrarnos en el tercer y último disco del dúo, grabado en 1983 bajo el título de “Private Collection”.

Las cosas habían cambiado mucho desde que apareció el primer disco de la pareja: Vangelis había ganado el Oscar con la banda sonora de “Chariots of Fire” y el estreno en los cines de “Blade Runner” era reciente. Anderson por su parte acababa de publicar su segundo disco en solitario, se estrenaba como colaborador de Mike Oldfield en su disco “Crises” y, lo más importante, preparaba su regreso a Yes para su reencarnación más “pop” con la que volverían al primer plano gracias al single “Owner of a Lonely Heart”. En estas circunstancias, Jon & Vangelis graban un disco maravilloso. En nuestra opinión, y de largo, el mejor de los que crearon juntos. Vangelis firma toda la música y toca todos los instrumentos. Jon Anderson por su parte es el autor de las letras y, logicamente, el vocalista. Como invitado aparece el saxofonista Dick Morrissey, quien ya había colaborado con Anderson en su disco “Song of Seven” y con el propio Vangelis en el archiconocido  tema de amor de “Blade Runner”.

Jon Anderson y Vangelis en los estudios Nemo.


“Italian Song” - El disco comienza con una balada preciosa cantada en algo que suena a italiano pero que podría ser una invención fonética de Jon Anderson puesto que en ningún sitio hemos podido encontrar la letra. En cierto modo recuerda a la magnífica “So Long Ago, So Clear” del disco Heaven and Hell, especialmente por el ritmo y el tipo de arreglos aunque no llega al nivel de excelencia de aquella.

“And When the Night Comes” - El siguiente corte comienza con un ritmo metronómico que anticipa el que escucharemos más adelante en la soberbia “Horizon”. A partir de ahí se va desarrollando una canción maravillosa con referencias cinematográficas (cita literal de “As Time Goes By” de la película “Casablanca” incluida) en la linea de las que ya abundaban en el anterior disco del dúo. Los sintetizadores de Vangelis suenan magistrales al igual que el saxo de Dick Morrisey para completar una gran canción.




“Deborah” - Tanto Vangelis como Anderson tienen una cierta querencia por los temas románticos y no es raro encontrar en sus respectivas discografías algunas piezas excesivamente edulcoradas. Ese sería el caso de esta balada de sabor clásico que rezuma almíbar por todos sus poros. Podemos perdonárselo porque no se prodigan demasiado con este registro pero es un tema que bien podrían haberse ahorrado. Con todo, la sección de piano de la parte final es una preciosidad que salva la pieza.

“Polonaise” - Entre 1981 y 1983, Polonia estuvo sometida a la ley marcial durante un año y medio. Fue un tiempo muy duro con una fuerte represión y centenares de opositores encarcelados, así como varios fallecidos en las calles. Esta pieza fue dedicada a ellos y tiene una fuerte carga emotiva, subrayada por los solemnes arreglos de un Vangelis que ya había dado buenas muestras de su talento para la épica. Las melodías recuerdan en muchos momentos a las que el griego creó para los documentales de naturaleza de Frederic Rossif.

“He is Sailing” - El único single del disco fue esta canción, la más animada de la “cara a” del LP, con una base secuencial, batería electrónica y la voz de Jon Anderson modificada ligeramente con el uso del “vocoder”, recurso que Vangelis ya había empleado en “See You Later” un tiempo antes. Un buen tema que tuvo cierto recorrido en la radio en su momento.




“Horizon” - Lo mejor del disco y, probablemente, de toda la discografía de Jon & Vangelis es esta larga suite que ocupa toda la “cara b” del disco. El comienzo es espectacular, con una nota repetida a modo de secuencia y un patrón rítmico muy personal sobre el que se despliega una melodía sencilla pero poderosísima, todo ello surgido de los sintetizadores de Vangelis. Tras un par de minutos de introducción, entra la voz de Anderson cantando una letra de cierto calado espiritual, en la linea de las que escribía para Yes. Llega entonces el precioso estribillo tarareado por el cantante sobre unos teclados muy en la linea de “Chariots of Fire”. Entramos ahora en un segmento instrumental breve que nos lleva a una serie de repeticiones del tema central, adornadas con toques de campanas y diversas florituras electrónicas. Una verdadera maravilla. Tras ese largo segmento entramos en un pasaje mucho más relejado y ambiental que nos recuerda al Vangelis de “L'Apocalypse des Animaux” y nos lleva a un tema de piano muy inspirado y de aire romántico. Vuelve a intervenir Jon Anderson cantando una melodía que se complementa a la perfección con los teclados, cada vez más clasicistas del compositor griego, especialmente en el tramo siguiente en el que anticipa los sonidos que aparecerían en “Mask”, su siguiente trabajo de estudio. Se recupera brevemente al piano el tema central de la suite y Anderson entona sus últimos versos antes de cerrar una pieza tremenda.





Quizá haya lectores a los que les haya chocado nuestra afirmación de que “Private Collection” era el último disco de Jon & Vangelis puesto que en 1991 apareció “Page of Life”. Lo cierto es que ese trabajo fue grabado en 1986 pero nunca fue del agrado de Vangelis hasta el punto que perdió interés en publicarlo entonces. Posteriormente, en 1998, se publicó una nueva versión del disco con una selección de canciones muy diferente e incluso con diferentes versiones de varias de ellas. Vangelis nunca dio el visto bueno a ese nuevo lanzamiento que ha quedado como una rareza más. Recientemente se reeditó una vez más, esta vez sí con el visto bueno y la supervisión del griego, eso sí, con el “tracklist” original y un tema extra. Algo ocurrió en ese tiempo entre Vangelis y Anderson puesto que nunca más se juntaron para grabar nada pese a que el cantante afirma que trató de contactar con Vangelis en más de una ocasión y éste nunca le devolvió las llamadas.

Como suele ocurrir en estas reuniones entre grandes estrellas en sus respectivos campos, no podemos decir que los discos de Jon & Vangelis se encuentren entre lo mejor de ambos artistas. A lo sumo podemos considerarlos una rareza en la discografía de ambos. Sin embargo, a lo largo de los discos que nos ofrecieron hay momentos notables y discos como este que merece la pena revisar de cuando en cuando.

jueves, 12 de mayo de 2016

Yes - 90125 (1983)



De la poca estabilidad de Yes como banda hemos hablado ya en muchas ocasiones. Casi podríamos afirmar que la esencia del grupo era el cambio constante pero llega un momento en que la ausencia de determinados miembros hace prácticamente imposible la continuidad del proyecto, especialmente cuando la persona que falta es, quizá, la más carismática de la formación. Algo así ocurrió con el cambio de década y la entrada en los años ochenta cuando Jon Anderson, uno de los “frontmen” más particulares del rock, abandonó la banda de la mano de Rick Wakeman.

Con todo, la banda siguió adelante e incluso grabó un disco más, seguido de la tradicional gira. Sin embargo, la continuidad de Yes parecía carecer de sentido. El rock progresivo agonizaba y la mayor parte de sus mayores representantes se replanteaba sus carreras buscando nuevos horizontes más acordes con los gustos del público de los ochenta. Trevor Horn, efímero integrante de la banda se centró en su carrera como productor. Steve Howe y Geoff Downes unieron fuerzas con John Wetton y Carl Palmer para formar Asia, el supergrupo que mejor encarna lo que se dio en llamar “AOR”, acrónimo de “Adult Oriented Rock” o rock para adultos. Por último, Chris Squire y Alan White siguieron brevemente como dúo además de crear otra tentativa de supergrupo bajo el nombre de “XYZ” junto con Jimmy Page. No cristalizó.

Fue entonces cuando, por intermediación de un directivo de Atlantic records, conocieron al guitarrista sudafricano Trevor Rabin, quien estaba intentando hacerse un hueco en el mercado americano. Los ensayos funcionaron bien y las canciones que traía Rabin se adaptaban bien a las características del trío. Faltaba una pieza, un teclista, y Squire recurrió a Tony Kaye, antiguo colega en Yes para ¿cerrar? la formación de la nueva banda. Solo quedaba ya un nombre y se decidió que éste fuera “Cinema”.

Los ensayos y las primeras sesiones del disco fueron muy duros y durante las mismas hubo muchos roces, fundamentalmente entre Tony Kaye y Trevor Horn. De hecho, la mayor parte de los teclados del disco pasaron a ser interpretados por Trevor Rabin (autor, por otra parte, de casi todo el material). Había algo que no terminaba de funcionar, especialmente con las voces, problema que no se solucionó hasta que alguien sugirió un nombre: Jon Anderson. Su incorporación a Cinema no fue sencilla pero finalmente se produjo y, con ella, se facilitaba un último paso: ¿por qué llamarse Cinema y empezar de cero pudiendo llamarse Yes?. La respuesta parecía evidente y, escudandose en problemas legales con otras bandas que ya funcionaban bajo el nombre de Cinema, la maquinaria de Yes volvía a caminar con un sonido radicalmente distinto. No podía ser de otra forma ya que el disco no lo grabó Yes sino otra banda que sólo después adoptó el nombre de Yes.

El nuevo estilo de la grupo iba a asumir las tendencias del momento. Trevor Horn no estaba solo en la producción ya que en el disco le acompañarían en esas labores y en las de ingeniería de sonido su compañero en Art of Noise, J. J. Jeczalik, Gary Langan, quien había trabajado en los últimos discos de Queen y en los de The Buggles y Julian Mendelson, quien sería responsable del sonido de los primeros discos de Pet Shop Boys poco después.

Cinema tras su conversión en Yes.


“Owner of a Lonely Heart” - El primer tema del disco deja bien a las claras lo que vamos a escuchar aquí: una producción superlativa de Trevor Horn, a la altura de los mejores discos de la época y que iba a marcar una linea a imitar por decenas de bandas en los años siguientes. No todo es original y algunas guitarras y bajos recuerdan poderosamente a los de The Police, una de las bandas más populares en los años previos. La canción fue un éxito tremendo en todo el mundo y los efectos electrónicos, samples, etc. transformaron casi por completo la maqueta que traía Trevor Rabin, cuyas guitarras son mucho más ácidas de lo acostumbrado hasta entonces en la banda, siempre que hablemos de Yes, claro, porque no conviene olvidar que esta encarnación no nació para ser llamada así. Pese a las diferencias con lo publicado anteriormente bajo ese nombre, “Owner of a Lonely Heart” nos parece un gran tema y su éxito, algo muy merecido. Pura MTV.




“Hold On” - Con un “riff” que nos recuerda los sólos épicos de Gary Moore se abre una canción en la que se mezca un incipiente “AOR” con ramalazos de rock duro y abruptos cambios de ritmo que son una de las pocas herencias del pasado progresivo de la banda. No faltan los efectos electrónicos, en especial en el tratamiento de los juegos vocales de algunos coros pero en lineas generales estamos ante un medio tiempo rockero más que aceptable.

“It Can Happen” - El sitar de Dipak Khazanchi abre una de nuestras canciones favoritas del disco. Enseguida aparece el bajo de Squire y comienza a cantar Anderson el estribillo. Una pausa nos lleva hacia la parte central de la canción, en la que el grupo despliega una gran energía a lo largo de un fragmento relativamente extenso con continuos cambios de instrumentación y ritmo hasta construir una pieza verdaderamente rica y también una de las pocas con conexiones con el estilo previo de Yes, especialmente en el tramo final en el que oímos algunas florituras vocales dignas del pasado de la banda.




“Changes” - Cerrando la “cara a” del disco está esta poderosa pieza que comienza con un intenso ritmo de marimbas de cierta apariencia minimalista. La batería se incorpora para subrayar un comienzo enérgico y los clásicos sonidos de flauta del sintetizador Fairlight se suman a la fiesta. Tras la introducción y un breve puente que nos vuelve a recordar a The Police, llega la parte central de la canción, ahora sí, dentro de los parámetros del “rock orientado a adultos” de la época. Esto se traduce en una pieza pulcra, exquisitamente diseñada pero con un cierto sabor a plástico que no puede disimularse. Todo es muy correcto pero le falta algo.

“Cinema” - La “cara b” se abría con un breve instrumental extraído de una suite mucho más extensa que fue descartada precisamente por su duración. El corte es de una gran fuerza y tiene algo de cinematográfico lo que seguramente influyó mucho en que fuera llamado “Cinema” y no “Time” como la pieza de la que está sacado. Con todo, quizá habría estado mejor aprovechado como interludio instrumental dentro de una canción mayor.

“Leave It” - Un brillante comienzo “a capella” nos da la bienvenida a una canción en la que el “Fairlight” vuelve a ser protagonista jugando con las distintas voces de los miembros del grupo combinadas para formar unas magníficas secuencias rítmicas. Junto con “Owner of a Lonely Heart”, quizá sea el tema del disco en el que el trabajo de producción de Trevor Horn se deja notar con más nitidez. También es una de las canciones más cercanas al pop de todo el disco, pese a algún momento grandolocuente hacia el final.




“Our Song” - Un catálogo de tópicos “AOR” nos recibe en la apertura de la siguiente canción: una pegadiza melodía de teclado en el inicio, doblada por la guitarra eléctrica y con el refuerzo de una batería a piñón fijo. El bajo de Squire, complaciente al principio, es el que, con sus diabluras, se encarga de dirigir la canción por unos derroteros algo más aceptables que consiguen parecerse a Yes en un segmento intermedio verdaderamente magnífico. El cierre llega con un retorno al tema inicial de teclado que ahora no suena tan manido, curiosamente.

“City of Love” - El comienzo del tema es muy interesante y tiene cierta carga de experimentación electrónica. No dura mucho, sin embargo, y enseguida nos volvemos a mover dentro de la corriente mayoritaria de aquel momento y, a riesgo de resultar tediosos, tenemos que volver a mencionar el término “AOR”, de nuevo con toques “metal”. Nada especialmente destacado pero correcto en cualquier caso.

“Hearts” - La despedida nos llega con un tema que se diría especialmente pensado para Jon Anderson y que nos recuerda mucho a sus discos en solitario. Con una bonita melodía, casi infantil, interpretada con el “Fairlight” se va edificando una pieza que gana en solemnidad con cada compás hasta desembocar en un precioso estribillo que, ahora sí, pocas bandas podrían haber firmado de no haberlo hecho Yes.

Hablar de “90125” es hacerlo de la importancia de la “marca” en el mundo de la música. No debería ser así pero es imposible abstraerse a algo así. Hay grupos cuya formación ha sido siempre la misma, al menos, a partir del momento en que son conocidos. Otros, como Yes o King Crimson, han hecho del cambio una constante en sus trayectorias. Hay bandas en las que la salida de un sólo miembro abre profundos debates entre sus seguidores sobre la autenticidad de lo que queda del grupo. Genesis y Peter Gabriel (más tarde con Steve Hackett) o Pink Floyd y Roger Waters (en menor medida con Syd Barrett) son ejemplos claros de esta situación. En Yes los cambios siempre se han asumido como naturales hasta el punto de que sólo uno de sus miembros estuvo presente en todos los discos de la banda hasta su fallecimiento: Chris Squire. Sin embargo, llega un momento en que, no tanto los cambios de personal, sino la desnaturalización del sonido del grupo hace que sea muy difícil seguir considerandolo como la misma banda, aunque se llame igual. “90125” fuerza al máximo la fidelidad de los seguidores de Yes ya que, no sólo la nueva formación se construye alrededor de un músico que no había tenido relación alguna con el grupo, Trevor Rabin, sino que, además, la utilización del nombre de Yes surge sólo al final, cuando casi todo el disco está compuesto. Son Cinema los que crean el disco, los que lo graban y los que lo van a publicar. Sólo el hecho de que Cinema con Jon Anderson sea algo que se puede hacer pasar por Yes de cara al público provocó el cambio de nombre con una finalidad exclusivamente comercial.

El resultado musical, con todo, no es excesivamente malo en este caso, siempre que no pretendamos encontrar una continuidad del sonido de Yes (ni siquiera del Yes del ya controvertido “Drama”, precedente inmediato de este). “90125” es un disco que nos gusta aunque inicia una trayectoria que terminaría por desembocar en el desastre más absoluto con “Big Generator” unos años después. Es un trabajo claramente situado en una época muy determinada y con un productor que es hoy un icono de esa misma época. Sólo por eso merece la pena darle una escucha de vez en cuando. Sin ser un disco imprescindible, resulta agradable recordarlo con cierta frecuencia.


"Hold On" en directo sonaba así:

 

domingo, 27 de septiembre de 2015

Yes - Tormato (1978)



Dejamos al final de la entrada anterior a Yes con su formación “clásica” reunida de nuevo (se puede discutir qué Yes es más clásico, si el de Bruford o el de White a la batería pero el resto de componentes son los mismos). Acababan de lanzar un disco que volvía en cierto modo al sonido más identificativo de la banda y se encontraban ante el reto de volver a trabajar juntos para grabar nueva música. Como ya indicamos, Wakeman se incorporó tarde a la creación de “Going for the One” con lo que su labor se limitó a la de intérprete. La gira que siguió a aquel disco sirvió para engrasar de nuevo la maquinaria y conjuntar así al quinteto de cara a la creación de más musica.

Las sesiones de grabación comenzaron poco después de concluir la gira mundial y la primera sorpresa iba a llegar pronto ya que no iba a haber en el disco ninguna pieza de larga duración (la más extensa no llegaba a los ocho minutos). Inesperado para los seguidores de la banda ilusionados con la posibilidad de volver a escuchar a la formación que grabó “Tales from Topographic Oceans” y muy decepcionante en cierto modo. No iba a ser la duración de los temas el único foco de descontento para los aficionados y, con el paso del tiempo, para los propios integrantes de la banda.

En el aspecto sonoro, Wakeman incorporaba algún nuevo teclado a su repertorio como el Polymoog Synthesizer pero tambíen se atrevía con el clave, instrumento barroco por excelencia pero menos solemne que el órgano que utilizó con profusión en el disco precedente. Por lo demás, Jon Anderson canta y toca la guitarra acústica, Steve Howe se encarga de las guitarras y la mandolina, además de hacer coros, Chris Squire toca el bajo, el piano y toma parte también en los coros y Alan White es el responsable de la batería y de un amplio surtido de percusiones. También interviene en los coros.

Imagen de la contraportada del disco. El cambio estético no es sólo visual.


“Future Times / Rejoice” - Comienza el disco con dos temas enlazados. El primero de ellos obra de todo el grupo y el segundo firmado sólo por Anderson. Un riff de teclado algo más extenso de lo habitual abre la pieza replicado después por la guitarra de Howe. La batería marca un ritmo marcial y Jon comienza a cantar el texto de la canción con la ayuda del resto en los coros que ocupan un lugar algo más secundario con respecto a épocas pasadas del grupo. El segundo tema comienza con Anderson cantando una intrincada melodía a la que se van sumando el resto de componentes del grupo. El sonido es más crudo que en discos anteriores y, aunque la esencia progresiva de la música de Yes sigue ahí, existe un acercamiento a formás más convencionales. Con respecto al disco anterior, la presencia de los teclados de Wakeman es más importante y eso tiene su peso en el trabajo.

“Don't Kill the Whale” - El único corte que fue extraído como “single” de “Tormato” fue esta canción del dúo Anderson/Squire. Comienza con un riff de guitarra muy directo que desemboca en una canción más cercana que nunca a un formato pop-rock del que la banda había estado alejada hasta ahora. Seguimos teniendo interesantes segmentos de teclados y guitarra e incluso una gran melodía coral a mitad de la pieza pero algo estaba cambiando. Incluso se aprecia un cierto endurecimiento del sonido que evoluciona hacia planteamientos más propios del AOR que pronto se convertiría en una corriente de gran importancia.



“Madrigal” - Anderson y Wakeman firman la pieza más corta del disco, una canción en la que el teclista utiliza el clave como instrumento principal y casi único acompañamiento de Anderson. Más adelante aparece Howe a la guitarra acústica poniendo el contrapunto perfecto al dúo en un tema verdaderamente delicioso.

“Release, Release” - De nuevo Anderson, ahora junto con la sección rítmica formada por White y Squire, son los autores de una de las canciones más dinámicas de todo el disco. Un tema rock de gran energía que se nos antoja que constituyó una influencia muy importante para bandas posteriores y pensamos en The Police. El tema que da nombre al último disco del grupo de Sting, “Synchronicity”, debe mucho a esta composición, especialmente a su primera parte ya que la segunda cambia la intensidad inicial por un enfoque más tranquilo que termina con un solo de White al que se añade sonido ambiente que da la apariencia de hallarnos en un concierto (aunque Wakeman aclararía más tarde que se grabó en un partido de fútbol).

“Ariving UFO” - La “cara b” del disco comenzaba con una pieza de Anderson, Wakeman y Howe. El título hace referencia a los OVNI y los sonidos con los que comienzan tiene mucho que ver con los clásicos efectos “marcianos” que suelen utilizarse para acompañar este tipo de películas e historias. Al margen de eso, la pieza es la clásica canción de Yes con continuos cambios de ritmo, diferentes secciones y un hueco para cada uno de los instrumentistas. Aunque no suele ser recordada especialmente, es una de nuestras composiciones favoritas del disco.

“Circus of Heaven” - El único corte del disco firmado por Anderson en solitario surgió tras leer éste una novela de Ray Bradbury. La pieza es una balada con clara influencia de la música africana tanto en los ritmos como en los arreglos, especialmente los de guitarra. La segunda parte de la misma cambia hacia un sonido más ambiental y en ella podemos escuchar la voz de Damion, hijo de Jon y podría ser un anticipo de lo que empezaría a hacer el cantante un poco después, tanto en solitario como en sus discos en colaboración con Vangelis.

“Onward” - Anderson es el autor de uno u otro modo de todos los cortes del disco con la única excepción de esta magnífica balada a cargo de Chris Squire. Quizá sea la mejor composición de todo el trabajo y cuenta con unos arreglos orquestales de gran belleza a cargo de Andrew Price Jackmanm, compañero del bajista en muchos proyectos al margen de Yes (también de otros miembros de la banda como Steve Howe). Se trata de una balada de gran belleza que ha sido recientemente recuperada por los Yes actuales para abrir los conciertos tras el fallecimiento de Chris Squire el pasado mes de junio. Algo paradójico ya que no formó parte del repertorio de la banda en la gira que siguió a la publicación de “Tormato”.



“On the Silent Wings of Freedom” - El tema clave en la evolución del sonido de Yes entre los discos anteriores a este y lo que vendría a partir del próximo es esta composición de casi ocho minutos de duración (la más larga de “Tormato”). En ella encontramos cosas de las etapas más recordadas de la banda con un comienzo en el que Howe raya a gran altura sobre un ritmo imparable a cargo de Alan White, relampagueantes teclados a cargo de Wakeman y un Squire que experimenta con nuevos sonidos para su bajo. Anderson, mientras tanto, se ve arropado en determinados momentos por los inconfundibles coros que caracterizaron los mejores años de la banda y todo esto ocurre al mismo tiempo que el sonido evoluciona hacia planteamientos que comienzan a acercarse a los del “hard rock” que comenzaba a despuntar como tendencia mayoritaria en la música de finales de los años setenta. Sin llegar a la magnificencia de otras “suites” de la banda, el tema es un cierre muy digno para un disco controvertido.

Como apuntábamos al comienzo, aunque las ventas del disco no fueron del todo mal, la recepción por parte de los aficionados de la banda y de la crítica no fue del todo buena. El sonido del disco es, en lineas generales, pobre, algo que reconocieron los propios músicos más tarde. Las canciones, sin ser realmente malas, no llegan al nivel medio que había caracterizado al grupo hasta este momento y, a pesar de algún buen tema como “Onward” se echa en falta esa canción que sirva para enganchar a los viejos seguidores de la banda. Como tampoco “Don't Kill the Whale” fue un single especialmente exitoso, la sensación general era de de un proyecto fallido, decepción que se torna aún mayor cuando se confronta con las expectativas que suscitaba el hecho de ver reunida a la formación que grabó un disco como “Tales from Topographic Oceans” trabajando desde cero en un nuevo disco (recordemos que Wakeman llegó a las sesiones de “Going for the One” con el disco ya compuesto). Con “Tormato” se puso el punto final a toda una etapa en la historia de Yes (aunque en aquel momento no lo sabían) ya que poco después todo saltaría por los aires con los cambios más traumáticos sufridos por la banda en su carrera pero habrá tiempo de hablar de todo eso más adelante.


sábado, 19 de septiembre de 2015

Yes - Going for the One (1977)



Sólo han pasado unas semanas desde que hablamos aquí de “Relayer”, en nuestra opinión, el disco que ponía fin a la etapa más creativa de Yes y desde entonces hemos vuelto a escuchar con atención los trabajos inmediatamente posteriores de la banda, dos de los cuales nos ocuparán en esta y en la próxima entrada del blog. Por algún tipo de desavenencias, nunca aclaradas del todo por ninguno de sus protagonistas, el teclista Patrick Moraz dejó de formar parte del grupo. Entre la grabación de “Relayer” y la del siguiente trabajo, la banda tuvo tiempo de hacer una gira con aquel trabajo, de tomarse un descanso para que cada miembro pudiera publicar sus propios trabajos en solitario, algo que para todos ellos era una experiencia nueva. Jon Anderson publicó “Olias of Sunhillow”, Chris Squire su “Fish Out ot Water”, Steve Howe, “Beginnings”, Alan White, “Ramshakled” y Patrick Moraz, “Story of I”. Tras este breve hiato, la banda se volvió a reunir para una nueva gira por Norteamérica en cuyo repertorio se incluían algunos temas de los cinco discos en solitario de cada uno de sus miembros. A la conclusión, empezaron los planes para un nuevo trabajo y las correspondientes sesiones en Suiza, a donde la banda se había trasladado por motivos fiscales. Fue ahí donde surgieron los problemas con Moraz aunque no está claro si esto ocurrió antes o después de que alguien sugiriera contratar a Rick Wakeman ¡como músico de sesión! Para el disco.

La cuestión es que Moraz abandonó Yes y su sustituto iba a ser su carismático antecesor en el puesto. Fue aquella una reunión muy especial para Wakeman quien manifestó en alguna ocasión que la banda que el dejó tenía muy poco que ver con la que encontró a su regreso, mucho más madura hasta el punto en que, según el teclista, empezaron a conocerse casi desde cero. Lo cierto es que la labor de Rick en el disco se limitó a la interpretación sin llegar a aportar ninguna composición, algo lógico ya que todo el trabajo estaba hecho cuando él llegó.




“Going for the One” - Un riff con aire a viejo rock'n'roll abre una pieza que empieza a tomar forma con la entrada de la voz de Anderson y los clásicos coros de la banda. Es un comienzo abrumador, lejos de las largas introducciones de discos anteriores y no permite apenas respiro. Está claro que el hecho de concentrar todas las ideas de la canción en cinco minutos obliga a esto y el resultado es estupendo. El sabor del rock clásico, como decimos, está muy presente y apenas hay tiempo para disfrutar los veloces teclados de Wakeman o las guitarras, siempre atinadas de Steve Howe pero, a pesar de todo, es una canción con el inconfundible sello de Yes (firmada por Anderson en solitario) que contó con una gran acogida.



“Turn of the Century” - Muy diferente es el siguiente corte del disco introducido por una preciosa guitarra acústica que es el único acompañamiento de la voz de Anderson en los primeros instantes. A título de curiosidad, hay una breve melodía a cargo del propio Howe que bien pudo inspirar el célebre tema de saxo de “Baker Street”, el éxito de Gerry Rafferty que apareció pocos meses después. Estamos, en todo caso, ante una balada magnífica a la que Jon Anderson saca todo el partido. Es, además, el único tema del disco que firma Alan White y lo hace junto con los citados Anderson y Howe. La segunda parte de la pieza nos regala un extraordinario pasaje en el que el piano de Wakeman dialoga con el bajo de Chris Squire de forma memorable. Se incorpora enseguida la guitarra de Howe y la pieza alcanza niveles de excelencia elevadísimos, a la altura de lo mejor de la banda en discos anteriores. El cierre, de nuevo con Howe a la guitarra acústica, es delicioso.

“Paralells” - Wakeman se pone ante las teclas del órgano de la iglesia de St.Martin en Vevey, para ejecutar una introducción solemne que desemboca en una robusta canción sostenida siempre en el colchón proporcionado por Rick. El tema es la aportación de Squire al disco en el apartado compositivo y contiene el clásico despliegue de recursos de la banda además de mostrarnos a un Howe en estado de gracia, por encima del siempre excesivo Wakeman que aquí se encuentra como un niño con zapatos nuevos frente a un órgano que le permite esa grandilocuencia a la que es tan dado a veces.

“Wonderous Stories” - Anderson ejerce en el disco como el líder de la banda y firma aquí su segunda pieza en solitario (participa como autor en todas las del disco salvo en “Parallels”). Se trata de otra balada de esas que tanto prodiga el vocalista y es también una de las canciones más breves del grupo en mucho tiempo, como corresponde al primer single del disco. No tiene, por tanto demasiada historia aunque en ella podemos escuchar los habituales solos de todos Wakeman y Howe, mucho más subordinados al conjunto que de costumbre.

“Awaken” - No podía terminar el disco sin una larga suite y esta llega para ocupar la mayor parte de la “cara b” del disco. Escrita por Anderson y Howe, recuerda en el comienzo a algunos momentos del “Tales from Topographic Oceans”, justo hasta que suena el “riff” central de la pieza que nos introduce en una aventura fascinante. Para muchos, incluídos los propios miembros de la banda, “Awaken” está entre las mejores cosas que jamás se grabaron bajo el nombre de Yes y damos fe de lo atinado de la afirmación. Con una estructura compleja, cambios constantes de ritmo y un desarrollo laberíntico, en esta composición se resumen las mejores cualidades de una banda ya mítica. Wakeman vuelve al órgano pero aquí todo suena ajustado, preciso, sin que sobre nada. Lo mejor, sin embargo, está por llegar. Tras una pausa comenzamos a escuchar una sutil pulsación metálica alrededor de la que crecen auténticas estructuras de teclados (piano, órgano, mellotron...) de gran belleza (que inspirarían, probablemente, a Mike Oldfield para su “Incantations”). Anderson ejecuta el arpa como preludio de su emotiva intervención vocal, una auténtica invocación espiritual, un nuevo “padrenuestro” con el que Anderson practicamente despide un trabajo excelente: “Master of images / Songs cast a light on you / Hark thru dark ties / That tunnel us out of sane existence / In challenge as direct / As eyes see young stars assemble / Master of light / All pure chance / As exists cross divided / In all encircling mode / Oh closely guided plan / Awaken in our heart / Master of soul / Set to touch / All impenetrable youth / Ask away / That thought be contact / With all that's clear / Be honest with yourself / There's no doubt / No doubt / Master of time / Setting sail / Over all our lands / And as we look / Forever closer / Shall we now bid / Farewell farewell...”



Con “Going for the One”, Yes vuelven a esquemas propios de la etapa anterior de la banda, a un sonido más puramente progresivo y renunciando al acercamiento al jazz del disco anterior. En el apartado estético, curiosamente el cambio fue en otro sentido: en lugar de seguir con las portadas de Roger Dean se pasaron al bando de la gente de Hypgnosis, responsables del diseño de alguna de las mejores portadas de discos de la historia del rock y relacionados, principalmente, con la carrera de Pink Floyd (aunque muchos otros grandes como Led Zeppelin, Genesis, AC/DC o Alan Parsons pasaron también por el estudio de diseño del equipo). El disco conserva, eso sí, el logotipo clásico de la banda que diseñó Dean en su momento.


Pese a lo que indicábamos en la introducción y en la anterior entrada dedicada a Yes cuando señalamos que “Going for the One” era, en cierto modo, un paso atrás en la evolución de la banda, de ninguna forma queríamos decir que se tratase de un mal disco. Al contrario, nos parece un trabajo magnífico tomado de forma aislada y nuestras críticas aparecen al ubicarlo dentro de una linea temporal en la que lo vemos como un retorno a caminos ya recorridos con anterioridad. Esta tendencia no iba a consolidarse ni mucho menos en discos posteriores en los que asistiríamos a una cara absolutamente diferente de la banda, algo que comenzaremos a ver en la próxima entrada.

Os dejamos con un breve documental sobre la grabación del disco:

miércoles, 26 de agosto de 2015

Yes - Relayer (1974)



Si hay una banda en el ámbito del rock progresivo que ha hecho del cambio constante de miembros casi una bandera de su estilo, esa es Yes. Es cierto que hay otras bandas en las que la formación ha ido cambiando, incluso de modos más radicales (pensamos en King Crimson) pero es que en toda la trayectoria de Yes no es posible hallar tres discos de estudio consecutivos en los que se mantenga la misma alineación.

Tras completar los que quizá son los dos mejores discos de la banda (“Close to the Edge” y “Fragile”) el batería y miembro fundador, Bill Bruford, decidió tomar otro camino y dejó su sitio en la banda a Alan White. Con esa formación la banda grabó el controvertido “Tales from Topographic Oceans” que supuso el adiós de uno de sus miembros más carismáticos: el teclista Rick Wakeman tras terminar la gira que sucedió a la publicación del disco. Las discrepancias con el resto de la banda sobre el rumbo a seguir y el éxito de sus primeros discos en solitario movieron a Rick a bajarse del barco poco antes de comenzar las sesiones de grabación del nuevo trabajo. Evidentemente, Yes necesitaba reclutar cuanto antes a un nuevo teclista y una de las primeras opciones (la que más visos de cristalizar parecía tener) era nada más y nada menos que la del griego Vangelis, amigo personal de Jon Anderson desde un par de años antes. Vangelis y el resto del grupo ensayaron durante unas semanas pero finalmente el antiguo miembro de Aphrodite's Child rehusó la invitación, en parte porque acababa de dejar un grupo y lo último que quería era entrar en otro y por otro lado, porque su carrera en solitario estaba a punto de experimentar un gran salto al firmar con la discográfica RCA.

El elegido para sustituir a Wakeman fue el teclista suizo Patrick Moraz, antiguo miembro de Refugee, especie de secuela de The Nice en la que Moraz ocupaba el lugar de Keith Emerson acompañando a Lee Jackson y Brian Davison, acompañantes del teclista en aquella banda. Moraz era un virtuoso del teclado con un estilo más orientado al jazz que su predecesor en Yes cuya ausencia consiguió suplir con absoluta maestría.

Prácticamente toda la inspiración para el disco surgió de “jam sessions” entre los cinco miembros de la banda que se mostraron absolutamente compenetrados a pesar del poco tiempo de ensayo que tuvieron junto a Moraz. La mayor parte del trabajo gira alrededor del concepto de la guerra y es que se da la circunstancia de que tanto el teclista como Jon Anderson habían leído “Guerra y Paz” de Tolstoy en aquellas fechas y pasaron largos ratos discutiendo acerca de la novela. El primer tema del disco, que ocupa toda la “cara a” del LP es, de hecho, la musicalización de una gran batalla con su preludio, su carga, sus canciones de victoria y su himno de esperanza final.

Tenemos, por tanto, a una banda ya consagrada con la necesaria inyección de savia nueva y un proyecto en el que todos los músicos están implicados al cien por cien, sin fisuras ni dudas como ocurría, por ejemplo, con Wakeman en el disco anterior. Se reunen en el estudio privado del bajista de la banda: Jon Anderson (voz), Steve Howe (guitarras y coros), Patrick Moraz (teclados), Chris Squire (bajo y coros) y Alan White (batería) para grabar “Relayer”. En nuestra opinión, uno de los grandes discos de Yes.

Yes con Patrick Moraz (de pie a la derecha de la foto)


“The Gates of Delirium” - Comenza el tema con una cacofonía de teclados rota sólo por la guitarra de un Steve Howe en estado de gracia en todo el disco. El primer apunte de melodía que surge de las cuerdas es reforzado por el bajo de Squire mientras las percusiones comienzan a tomar posiciones. Escuchamos un primer coro de aire marcial que conduce a los soldados a la batalla anunciada por un interludio electrónico justo antes de la primera intervención de Jon Anderson. Tenemos por tanto a todos los contendientes en el campo de batalla cuando Howe interpreta el que será motivo central de la pieza. Instantes después, una fanfarria de guitarra anuncia las primeras hostilidades a la vez que los sintetizadores dibujan trazos inimaginables, lejos de virtosismos innecesarios. Asistimos después a un impresionante pasaje que combina lo mejor de la parte instrumental de la banda con un gran Jon Anderson poco antes de adentrarnos en el corazón de la larga suite con los teclados de Moraz dibujando auténticos himnos mientras Howe, convertido en un titán, se debate en en centro de la batalla asestando mandobles por doquier y derribando hipotéticos enemigos a golpe de guitarra. Muchos consideran esta pieza como la que contiene los mejores momentos del guitarrista en la discografía de Yes y, si no lo es, desde luego está en disposición de pelearle el honor a cualquier otra. Entramos entonces en un aparente caos de percusiones, sonidos metálicos desgarrados y ritmo desenfrenado impulsado todo ello por el bajo de Chris Squire quien reivindica su cuota de protagonismo con una fuerza desbordante. Una auténtica locura desde todos los puntos de vista en la que escuchamos a Yes en estado puro. Cerrando la sección, suena un nuevo motivo arrebatador procedente de los sintetizadores de Moraz dando pie a Howe para replicar y engrandecer si cabe la melodía en sucesivas repeticiones. Termina la batalla con un etéreo pasaje electrónico roto por una bellísima melodía de guitarra en la que Howe hace magia una vez más antes de dar paso a Jon Anderson para que ponga la rúbrica a uno de los fragmentos más bellos de la discografía de Yes, que saldría publicado en single de forma independiente bajo el título de “Soon”. Nos cuesta mucho encontrar un cierre tan emotivo para una suite de estas características y sólo encontramos un sucesor de similar altura en “So Long Ago, So Clear”, la maravilla que el propio Anderson cantaba para cerrar la primera parte del “Heaven and Hell” de Vangelis un poco después.



“Sound Chaser” - Patrick Moraz toma las riendas junto a Alan White en el comienzo de la pieza construyendo una magnífica pieza de jazz-rock que sorprendió a muchos de los seguidores de la banda. Cuando entran el resto de elementos, la música vuelve a circular por cauces más propios del rock progresivo pero en determinados momentos, todos los músicos terminan por ceder a su lado más jazzístico. Squire arranca ritmos trepidantes a su bajo antes de ceder los trastos a Howe que se atreve con un solo extraordinario que, en algunos momentos suena algo aflamencado. El acompañamiento de Moraz, sutil, es de una gran delicadeza y termina por llevarnos hasta una breve intervención de Anderson justo antes del cierre con un regreso al tema inicial y al jazz-rock en un final de ritmo creciente que se frena de modo súbito para volver a acelerar antes de que Moraz tome los teclados de nuevo para ejecutar un excelente solo final.

“To Be Over” - La parte más emocional de Howe surge en los minutos iniciales del tema en los que escuchamos el peculiar sonido electrificado de un sitar jugando con los sonidos electrónicos procedentes de los teclados de Moraz. Tras la introducción entramos en la parte más convencional de la mano de Anderson, quien interpreta una tranquila balada alejada de los sobresaltos del resto del disco. Hay, por supuesto, espacio para algunas buenas intervenciones (protagonizadas principalmente por Steve Howe) pero en comparación con los dos cortes anteriores, nos dejan con ganas de más.


Tiempo después de la publicación del disco, Rick Wakeman afirmó que no le había gustado nada y que Yes había perdido el rumbo con ese acercamiento al jazz-rock que no tenía mucho que ver con lo que habían hecho antes. La responsabilidad del cambio hay que achacársela con toda probabilidad a Patrick Moraz y quizá fuera eso lo que motivaba las palabras de Wakeman, algo resentidas y, en nuestra opinión, equivocadas. Moraz no volvió a grabar con la banda (sí participó en la gira posterior) y en el siguiente disco, Wakeman volvía a ocupar su puesto tras los teclados y, efectivamente, todo rastro de jazz-rock desapareció. Habrá tiempo de hablar de ese trabajo en el que Yes, siempre en nuestra opinión, dan un paso atrás pero siempre nos quedaremos con la incógnita de lo que habría sucedido de profundizar en la línea apuntada en “Relayer”, quizá el último gran disco de la banda.

Mención aparte merece la maravillosa portada de Roger Dean, quizá la mejor de las que realizó para Yes en sus años dorados. Para despedirnos, os dejamos con una versión de "Sound Chaser" en directo:

domingo, 29 de diciembre de 2013

Mike Oldfield - Crises (1983)



Indiscutiblemente, Mike Oldfield ha pasado a la historia de la música popular por dos momentos muy concretos. El primero no admite ninguna duda y es su disco “Tubular Bells”. El segundo, criterios de calidad aparte, no puede ser otro que “Moonlight Shadow”. La canción soñada por cualquier artista, el “hit” que suena una y otra vez en las radios y que incluso hoy, 30 años más tarde de su publicación, cualquier persona reconoce sin problemas, sea o no aficionada a la música.

Nos atreveríamos a afirmar, sin ningún apoyo científico, que ningún aficionado a la música de Oldfield citaría “Crises” entre sus cinco discos favoritos del músico con todo lo que esto tiene de paradójico dado el éxito de su canción estrella pero lo cierto es que, sin llegar al nivel de ninguno de sus predecesores (“Crises” hace el número ocho cronológicamente hablando) nos parece hoy en día un disco muy interesante, y no precisamente por el omnipresente single que contenía.

Oldfield estaba siguiendo una evolución paulatina desde las largas suites instrumentales de sus primeros grandes discos hasta las canciones pop. Este camino, que culminaría unos años más tarde con “Earth Moving” pasó por distintas etapas, desde un primer intento con la fórmula de suite larga + temas cortos combinando instrumentales y canciones en “Platinum”, continuando por breves piezas fraccionadas en “QE2” hasta dar con la versión mejorada de la idea de “Platinum” en el soberbio “Five Miles Out”. Se asienta entonces la concepción del disco como una cara instrumental en forma de pieza extensa como las de los viejos tiempos y otra con canciones pop-rock que sirvan de enganche para un público algo refractario ya a los usos y costumbres del rock progresivo de la década anterior. “Crises” iba a ser la versión más depurada de esa forma de organizar un disco pero también un arriesgado giro sonoro por parte de su autor: ganaban en presencia los sintetizadores, en especial el archiconocido “Fairlight”, uno de los reyes de los años 80, especialmente entre los músicos con mayores inquietudes sonoras y junto a eso, se experimenta con un endurecimiento de la propuesta musical acercándose en muchos momentos al rock duro en una amalgama entre heavy metal, electrónica y canciones pop muy curiosa, original en su momento y que, quizá, no ha resistido el paso del tiempo igual de bien que otros discos de su autor.

El disco se grabó entre turbulencias personales y discrepancias dentro del tandem Oldfield-Branson acerca del enfoque de su carrera, problemas con royalties etc. pero esto no impidió que el lanzamiento de “Crises” fuera muy ambicioso ya que coincidía con el décimo aniversario de “Tubular Bells” que iba a conmemorarse con dos conciertos en el Wembley Arena (que al final se quedaron en uno). En cierto modo, este aniversario tuvo también alguna repercusión en el contenido musical del nuevo disco.

Oldfield quiso repetir la estrategia que ya siguió en “Platinum”, no sólo en cuanto a la estructura del disco sino en un sentido más profundo: buscando formar un grupo de músicos de estudio distinto al habitual que le aportase una visión nueva a la hora de interpretar. Así, para el nuevo disco reclutó al vocalista de Family, Roger Chapman, para cantar en uno de los temas y a Jon Anderson para otro (Oldfield conoció a Chapman en 1969 cuando se presentó a una audición de Family en la que buscaban bajista siendo rechazado. A pesar de ello, hubo cierta conexión entre ambos por lo que pensó inmediatamente en él para el tema final del disco). También se enroló en el proyecto el sensacional batería Simon Philips que se ganó los galones de co-productor del disco además de marcar con un estilo personal varias de las composiciones del trabajo. El bajista Phil Spalding completa las novedades de un disco cuyos créditos incluyen también nombres ya habituales de la discografía de Oldfield como la cantante Maggie Reilly, Rick Fenn (guitarra) y Pierre Moerlen (vibráfonos).

El multi-instrumentista se iba a tomar muy en serio la grabación siendo extremadamente concienzudo en su trabajo en alguna de las piezas. En el libreto que acompaña la edición más lujosa del disco publicada a lo largo de este pasado año, Oldfield pone como ejemplo el proceso de creación de “Moonlight Shadow”. Cuenta cómo desde el principio pareció una idea magnífica y cómo le llevó más de tres meses darla por terminada. Todo apuntaba a que sería un gran tema pero no tenía claro si sería un instrumental o una canción. Probó con varias letras que no funcionaron hasta que Oldfield, que tenía una cita con Maggie Reilly en el estudio para grabar la canción al día siguiente, se sentó a escribir el texto con la ayuda de un diccionario de rimas. La letra final termina por recoger varias de las circunstancias de la grabación: era una noche de luna y el lugar del estudio que ocupaba Oldfield estaba en la sombra. Las 4AM fue la hora en la que se dio por terminada la canción quedó para ser grabada. Tampoco éste fue un proceso sencillo: en las primeras tomas, Maggie cantaba el tema como una canción rock convencional y no funcionaba bien. Oldfield quería que sonase casi como una canción de cuna, como si estuviera siendo susurrada al oído del oyente. Tras horas de trabajo y un tratamiento meticuloso de algunos fragmentos en los que casi se grababa sílaba a sílaba, la canción fue terminada.

Maggie Reilly en una captura del videoclip de "Moonlight Shadow"

“Crises” – Un sonido de sintetizador mezclado con toques de campanas abre un tema en el que enseguida escuchamos un guiño al comienzo de “Tubular Bells” con una secuencia de notas realmente similar a la de aquel momento aunque, en esta ocasión, es completamente electrónica. Tras un breve desarrollo de esa idea, vamos adentrándonos en la composición de la mano del clásico sonido de Oldfield con la guitarra eléctrica, rotundamente subrayado por el bajo y una batería muy agresiva. Como para resaltar esa dureza en el sonido escuchamos un motor acelerando, mezclado con sirenas de policía y ruidos de cristales rotos. La guitarra adopta entonces formas cercanas al rock duro e inicia una serie de potentes riffs e ideas que se van enlazando en un fragmento rápido y potente que se extiende durante varios minutos acompañado de golpes de cuerdas y metales convenientemente sampleados. Tras un pequeño interludio en tono de blues, escuchamos al propio Oldfield cantando una breve linea: “crisis, crisis, you can’t get away. I need you by my side cause there is a crisis” una y otra vez. Sin solución de continuidad llegamos a un tramo brillante marcado por la excepcional percusión de Simon Philips que acompaña a la perfección a las guitarras de Mike, quien canta otro pequeño texto relacionado con la ensoñadora portada del disco: “the watcher and the tower, waiting hour by hour”. Mediada la extensa pieza entramos en un tramo puramente electrónico, casi ambiental, de gran belleza en el que Oldfield aprovecha para introducir una bonita sección de guitarra eléctrica que anticipa en cierto modo algunos momentos de su “Amarok” que llegaría años después. Los teclados electrónicos vuelven a adueñarse de la pieza en una recreación del tema inicial a partir de la cual volvemos a escuchar otra intervención magistral de Philips con la batería y con diversas percusiones (también aquí se escucha otro breve motivo que sería recuperado en esa obra maestra que sería “Amarok”). Poco a poco la melodía va ganando en complejidad hasta terminar por convertirse en un espectacular final. “Crises” es un extenso instrumental que quizá no tenga la fuerza de otros como “Taurus II” o cualquiera de las caras de los cuatro primeros discos de su autor pero no deja de tener su interés, especialmente por cómo anticipa ideas que serán desarrolladas en el futuro. No sólo en el citado “Amarok” sino también, y especialmente en su última parte, en la suite “The Wind Chimes” del disco “Islands”.

“Moonlight Shadow” – Cuando una canción es tan popular como esta y ha pasado a la memoria colectiva de la gente, no es necesario decir mucho más. Es rara la lista de las mejores canciones de la década de los ochenta que no incluya entre ellas “Moonlight Shadow” y lo cierto es que existen motivos sobrados para ello. Se trata de una canción sencilla (un continuo ritmo de guitarra rasgueada, una voz angelical y una batería marcando el paso), directa, en la que la propia estrofa es tan pegadiza como un estribillo y que carece de sofisticaciones innecesarias. Además de eso, es una gran melodía y tiene una corta duración. Era inevitable que se convirtiera en un hit y eso fue lo que ocurrión.

“High Places” – La intervención del vocalista de Yes, Jon Anderson, en el disco llega en este extraño tema que es uno de nuestros favoritos de Oldfield en el formato “canción”. Se trata de un tema poco convencional, sin relación alguna con cualquier canción anterior de Oldfield o del propio Anderson pero que funciona muy bien. Si hubiera que buscar alguna similitud, quizá la encontraríamos en las canciones de Jon a dúo con el griego Vangelis en los discos que lanzaron en los años anteriores. Se trata de la única pieza en la que interviene Moerlen en el disco.



“Foreign Affair” – Habitualmente menospreciada cuando se habla de “Crises”, esta canción en la que volvemos a escuchar la voz etérea de Maggie Reilly también está entre nuestras favoritas de su autor. De nuevo asistimos a una pieza interpretada en su práctica totalidad con sintetizadores (salvo por la batería de Philips, claro) a los que Oldfield saca una sonoridad verdaderamente acertada. La canción, en realidad, es una repetición continua de un único motivo musical pero tiene algo que nos ha enganchado desde la primera vez que la escuchamos.



“Taurus III” – El punto más exótico en el disco lo pone este breve instrumental aflamencado en el que Oldfield se exhibe con varios tipos de guitarras e incluso un banjo pero del que la parte que más nos gusta es, una vez más, la intervención de Simon Philips. Aunque habitualmente está considerado como uno de los puntos fuertes del disco, creemos que no pasa de anecdótico.

“Shadow on the Wall” – Cerrando el disco está la pieza más combativa del mismo, inspirada en los conflictos sociales que tenían lugar en aquellas fechas en los astilleros de Gdansk, Polonia con el sindicato Solidaridad de Lech Walesa como protagonista. Oldfield utiliza el tema para componer un tema de rock duro que se beneficia mucho de la teatral forma de cantar de Roger Chapman pero que nunca terminó de convencernos.

Si dejamos al margen el “boom” asociado al single “Moonlight Shadow”, creemos que “Crises” es un disco de transición en el que Oldfield rompe en cierto modo con el estilo y el sonido de trabajos anteriores y comienza a dar un mayor protagonismo a la electrónica en detrimento de la extensa paleta de instrumentos que interpretaba en trabajos anteriores. A pesar de ello, hay un buen puñado de ideas interesantes que iban a ser exploradas en el futuro. Era inevitable, además, que el éxito del single principal del disco tuviera consecuencias y esto supuso que, durante un tiempo, todos los discos del músico tuvieran como carta de presentación un “single” tremendamente comercial, al menos, hasta la salida de Oldfield de Virgin con la única excepción de “Amarok”. Desconocemos si en el caso de Mike, esto se debe a la presión de Richard Branson para componer canciones más comerciales porque lo cierto es que buena parte de los supervivientes de los años gloriosos del rock progresivo habían experimentado una transformación similar en su música. Sin alejarnos mucho del disco, el propio Jon Anderson con Yes estaba a punto de lanzar su “Owner of a Lonely Heart”, éxito pop muy alejado de la grandilocuencia de “Close to the Edge” o “Tales from Topographic Oceans”. También en 1983 aparecía “Mama” de Genesis por poner sólo dos ejemplos de leyendas del rock progresivos reconvertidos a números uno del pop.

A lo largo de 2013 asistimos a la reedición en distintos formatos de “Crises” y de su predecesor “Five Miles Out” por lo que el lector interesado no tendrá problema en encontrar una versión a su gusto del disco que hoy hemos comentado en cualquier tienda. Dejamos los enlaces a las tres versiones disponibles en CD:

amazon.es (edición simple)

amazon.es (deluxe edition con 2 discos)

amazon.es (box-set con 3 discos, DVD y libro)

Nos despedimos con "Moonlight Shadow" interpretada en directo en San Sebastián en la gira "Discovery" de 1984:

 

viernes, 7 de octubre de 2011

Vangelis - Heaven and Hell (1975)



De cuando en cuando aparecen en el mercado grabaciones realmente especiales por todo lo que tienen de diferente y los caminos nuevos que abren. Si hubo un momento en que esto era realmente difícil, ese era la primera mitad de los años setenta, época en la que parecieron caer todas las barreras y las barreras entre las distintas corrientes se disolvieron como por ensalmo y en la que se grabaron algunos de los discos más maravillosos de la historia de la música popular.

Uno de esos discos es, a nuestro juicio, "Heaven and Hell" de Vangelis. El griego había estado ensayando con Yes a petición de su amigo Jon Anderson, con la idea de que fuera nada menos que el sustituto de Rick Wakeman en la banda aunque, tras su etapa en Aphrodite's Child, el teclista no tenía intención de volver a formar parte de un grupo. En cualquier caso, Vangelis acababa de firmar un importante contrato con RCA y estaba montando su propio estudio en Londres en el que, quizá por primera vez, iba a disponer de todo lo necesario para desarrollar la música que quería hacer sin limitaciones de tipo técnico. Cuenta la leyenda que la grabación de "Heaven and Hell" se hizo entre andamios, cemento a medio fraguar y con los albañiles deambulando por los incipientes estudios.

Curiosamente, y pese a tratarse de uno de los mejores discos del griego, no contiene ninguna de las melodías más populares de su autor, y es que "Heaven and Hell" es una sinfonía que combina cantos bizantinos, rock progresivo, elementos clásicos y sonidos espaciales. A pesar de la ausencia de esos sensacionales estribillos del Vangelis más popular, varios fragmentos de la obra alcanzaron cierta notoriedad al ser incluídos en la sensacional banda sonora de la no menos magnífica serie de divulgación científica escrita por Carl Sagan, "Cosmos". La importancia del disco es notable y podemos escuchar referencias a este trabajo en muchos de los discos más conocidos de Vangelis en los años siguientes, especialmente en la banda sonora de "Carros de Fuego"

Junto a Vangelis, que toca todo tipo de instrumentos, entre los que se encuentran el magnífico piano aparece en los mejores momentos de la obra, tenemos a la vocalista Vana Veroutis, el English Chamber Choir dirigido por Guy Protheroe y, muy especialmente, una colaboración que merece un comentario aparte.

Y es que uno de los momentos más grandiosos del disco llega con el final de la cara A del viejo vinilo y que lleva el título independiente de "So Long Ago, So Clear", preciosa canción interpretada por Jon Anderson y primera gran colaboración entre el vocalista y Vangelis quienes formarían un interesante duo artístico un tiempo después. No dejeis de escuchar el tema porque en él se recoge lo mejor de los dos artistas en cuatro minutos realmente mágicos.

Por si lo anteriormente dicho no fuera suficiente para animaros, el disco está disponible a precio realmente irrisorio en muchas webs. Os dejamos un par de sugerencias:

amazon.es

play.com

Os dejamos con la música de "Heaven and Hell" utilizada en la serie "Cosmos" de Sagan: