viernes, 27 de enero de 2023

Jeff Buckey - Grace (1994)



"La luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo, y tu has brillado con muchísima intensidad, Roy.”


La cita procede del encuentro entre Roy Batty y Eldon Tyrell en la película “Blade Runner” pero nos parece perfecta para describir la breve trayectoria del artista que traemos hoy al blog: Jeff Buckley. No es habitual que un músico con apenas un disco de estudio publicado y unas pocas grabaciones en directo sea citado como influencia capital por artistas de la talla de Thom Yorke, Matt Bellamy, Adele, Eddie Vedder, Chris Cornell y tantos otros pero es que en la vida de Buckley, muchas cosas se salieron de lo normal. Para empezar, su padre, Tim Buckley, era una estrella del folk/rock y también uno de los más experimentales del género al introducir elementos de jazz y psicodelia en sus discos. Sin embargo, Jeff solo vio una vez a su padre ya que éste se divorció de su madre un mes antes de dar a luz y falleció por una sobredosis de drogas cuando el niño apenas tenía 8 o 9 años. Por lo tanto tenemos que buscar su relación con la música por otro lado y es que su madre tenía formación en piano y violonchelo y su padrastro era un gran aficionado al rock progresivo y a bandas como Led Zeppelin o The Who. Jeff Empezó a tocar la guitarra y decidió que quería ser músico de rock cuando aún era un niño y empezó a tocar y cantar en varias bandas sin demasiado éxito compatibilizándolo con otros trabajos más mundanos.


Tardó un poco pero a principios de los 90, Jeff Buckley empezó a tener una cierta estabilidad tras desplazarse a Nueva York y tocar con regularidad en pequeños locales. Entre los contactos que hizo en esa etapa estaba el veterano Gary Lucas, antiguo guitarrista de Captain Beefheart, quien le incorporó a su banda de entonces: Gods and Monsters. Lucas y Buckley se conocieron durante un concierto homenaje a Tim en el ambos interpretaron varias canciones en lo que Jeff define como una forma de despedida de su padre, ya que no pudo asistir a su funeral en su momento. El dúo comenzó entonces a trabajar en varias canciones que más adelante serían grabadas por Buckley en su primer disco en solitario y es que el joven Jeff no tenía mucho interés en seguir con una banda. Antes de llegar a grabar, el artista se hizo un nombre tocando, como decíamos antes, en recintos pequeños, pubs y cafés, especialmente en el Sin-é que cobraría una gran importancia en su futuro. Buckley tenía un repertorio de lo más ecléctico en el que tenían cabida versiones de soul, blues, cantautores, punk, rock, etc. pero todo interpretado con un estilo personalísimo tanto en la parte vocal como a la guitarra. Estas actuaciones llamaron la atención de gente importante y se cuenta que muchas noches era habitual ver limusinas en la puerta del café Sin-é. Finalmente fueron los de Columbia quienes se llevaron el gato al agua y consiguieron firmar a la estrella emergente. En poco tiempo se organizó una sesión de grabación en directo en el Sin-é de la que saldría un EP de cuatro canciones que alcanzó la categoría de mítico. En la grabación aparecían dos temas propios y sendas versiones de Edith Piaf y Van Morrison y en todos ellos quedaba patente que estábamos ante alguien especial. Un intérprete sutil, frágil, sensible, que abría una puerta a un tipo de vocalistas diferentes como Antony Hegarty, Rufus Wainwright o incluso el anteriormente citado Thom Yorke, quien afirmó que “escuchar cantar a Jeff Buckley le dio la confianza que no tenía para cantar en falsete”.


Llegamos así a “Grace”, el único disco de estudio publicado por Buckley en vida y en cuya grabación prácticamente todo el peso recayó en él. Buckley cantaba, tocaba la guitarra, los teclados, el dulcimer y las percusiones. Mick Grondahl se encargaba del bajo y el resto de músicos, participaron en cortes puntuales. En la lista tenemos a Gary Lucas y Michael Tighe a la guitarra, Loris Holland al órgano, Matt Johnson a la batería y Micha Masud a la tabla.


“Mojo Pin” - Abre el trabajo una de las canciones que integraba el EP del café Sin-é, escrita por Buckley y Lucas. La doliente voz de Buckley lo llena todo acompañada de una batería jazzística y una guitarra delicadísima en la introducción, enseguida cambia hacia tonos más rockeros con guiños a Robert Plant pero siempre dominada por un estilo interpretativo absolutamente personal por parte de Jeff.


“Grace” - Segunda de las canciones que procedían de las antiguas sesiones de Buckley y Gary Lucas (en realidad, la base era un instrumental de este último). En esta ocasión es un agitado tiempo medio con magníficos arreglos de guitarra y cuerdas. Una canción llena de matices con toques progresivos y folkies que hacen de ella una de las mejores del disco. Fue el primer single del trabajo.




“Last Goodbye” - Segundo single y también la canción que más éxito tuvo en el momento de su publicación. En ella se combinan guitarras y bajo de aire “grunge” con arreglos de cuerda en una combinación que funciona mucho mejor de lo que podría parecer en un principio.


“Lilac Wine” - Ya dijimos que en sus actuaciones en locales de Nueva York, una de las cosas que más llamaban la atención era la elección del repertorio, con canciones de procedencias muy diversas. Eso ocurre con esta balada escrita en 1950 por el compositor de musicales James Shelton. Una canción que aquí aparece con un arreglo muy sencillo de cuerdas y guitarra, con momentos en los que Buckley canta prácticamente sin acompañamiento. Una joya que a veces pasa desapercibida.


“So Real” - Buckley solía decir que esta era su canción favorita por muchas razones, entre ellas, porque se grabó en una sola toma. Cuatro músicos en el estudio tocando y la grabadora encendida. Nada más. Y no es una canción sencilla porque hay en ellas varios cambios de ritmo y otros detalles que hacen pensar en la necesidad de más de un intento para que todo salga como debe.


“Hallelujah” - Siempre es difícil hacer una buena versión de una canción ajena y cuando el original es de alguien consagrado como Leonard Cohen, mucho más aún. Guitarra y voz. Solo con eso es suficiente para que Buckley, no solo salga airoso del reto sino que consigue hacer una interpretación que, para muchos, es la que quedará como la mejor de todas las que se han hecho de la pieza. Lo curioso es que, como pasó con la original de Cohen, en su momento pasó inadvertida y no fue hasta un tiempo después que alcanzó el estatus de clásica que hoy tiene.




“Lover, You Should've Come Over” - Continúa el disco con una balada folk más bien convencional en la que destaca el raro arreglo de órgano interpretado por Loris Holland. Buckley, en todo caso, demuestra una madurez en su forma de interpretar muy alejada de la edad y experiencia que tenía entonces.


“Corpus Christi Carol” - Una de las sorpresas del disco es este villancico tradicional que Buckley recordaba por una versión cantada por la mezzo-soprano Janet Baker y que sonaba en su casa cuando era pequeño. La versión de Buckley, apenas acompañado por su guitarra, es exquisita.


“Eternal Life” - Otra de las canciones que ya se encontraban en el EP del Sin-é. Tiene toda la apariencia de ser un homenaje del músico a sus admirados Led Zeppelin, tanto por el formato, más cercano al hard rock, como por su estilo vocal, próximo al de Robert Plant.




“Dream Brother” - El disco original se cerraba con esta oscura canción dedicada a un amigo que estaba pensando dejar a su novia cuando ésta le comunicó que estaba embarazada. Buckley había vivido esa situación en la persona del hijo y no quería que su amigo causara el mismo sufrimiento que él había padecido.


Buckley derrochaba carisma como un moderno James Dean pero, como él, no vivió lo suficiente como para demostrar el increíble potencial que se adivinaba en sus primeros trabajos. En 1997, cuando estaba trabajando en la grabación del que iba a ser su segundo disco, falleció ahogado mientras nadaba en un río en Memphis en circunstancias que nunca quedaron del todo claras. Para entonces, “Grace” no era todavía un disco de culto. Las ventas fueron más bien discretas al principio y no fue hasta un tiempo después que la crítica comenzó a valorar el disco incluyéndole en muchas de las listas de los mejores trabajos de la década. Artistas como Lou Reed, Bob Dylan, Jimmy Page o David Bowie se deshacían en elogios hacia el trabajo que hoy en día está considerado como un clásico de su tiempo.


Como suele ocurrir en estos casos, “Grace” alcanzó mucha más difusión tras el fallecimiento de Buckley de la que había tenido con él aún vivo. De hecho, algunos lectores pensarán que nos hemos dejado fuera del análisis una canción: “Forget Her”, con la que se cerraba el disco que la gran mayoría de ellos tendrán en sus casas. Si ese es el caso, es porque la versión que tienen es alguna de las reediciones que fueron lanzadas posteriormente a la muerte del artista ya que la original contenía solo diez canciones. Con posterioridad al fallecimiento de Jeff han aparecido muchas grabaciones en directo, versiones expandidas de “Grace” e incluso un disco con el material que se había grabado para el segundo disco. Todo muy interesante pero nosotros nos quedamos con este “Grace” y con las grabaciones del músico en el café Sin-é de las que quizá hablemos más adelante.

miércoles, 11 de enero de 2023

Pascal Gaigne - Solisterrae (1996)




Conocimos la música de Pascal Gaigne con su banda sonora para la película/documental de Víctor Erice, “El Sol del Membrillo”, en la que se narraba el proceso de creación de un cuadro a cargo del pintor Antonio López. El disco en el que aparecía esa música era una de las primeras referencias del sello donostiarra NO-CD Rekords, uno de los más importantes en el crecimiento de las “nuevas músicas” en España en la década de los noventa. Fueron responsables de la publicación de varios de los mejores discos del género en nuestro país con nombres como los de Suso Sáiz, Luis Paniagua, Ildefonso Aguilar, Eduardo Polonio o el mexicano Jorge Reyes entre otros.


Gaigne, compositor francés de nacimiento pero que ha desarrollado casi toda su carrera en San Sebastián, tiene una sólida formación clásica y también en el campo de las vanguardias, con trabajos electroacústicos en sus comienzos que cosecharon un buen número de reconocimientos y premios en su momento. Su principal campo ha sido la música para cine aunque también ha compuesto para ballet o teatro, además de obras de concierto. Sus primeras grabaciones fueron acompañando a la cantante Amaia Zubiria en sus comienzos como artista solista y pronto empezaría a publicar su propia música, primero con las bandas sonoras de “El Sol del Membrillo” y “Ozkaz” y poco después con “Solisterrae”, el disco que traemos hoy al blog y que recoge una colección de piezas de procedencia diversa que Gaigne compuso en la primera mitad de los noventa.


Para la ocasión, Gaigne se acompaña de un grupo nutrido de músicos que participan en el trabajo en diferentes combinaciones. La nómina incluye a Hervé Michaud (oboe), Jean-François Verdier (clarinete), Sarah Louvion (flauta), Laurent Pellerin y Daniel Rossignol (violines), Bruno Dubarry (alto), Pierre Gil (violonchelo), Claude Delmas (contrabajo), Karlos Jiménez (piano), Elizabeth Collard (arpa), Gonzalo Tejada (contrabajo), Luis Camino (percusión), Andrew Cronshaw (cítara eléctrica, concertina), Ramón Oyarzabal (saxo soprano) y Corinne Durous (piano). Gaigne toca principalmente la guitarra aunque en determinadas piezas incorpora sintetizadores, bandoneón o el birimbao.


“L'enfant debout” - Abre el disco la música que Gaigne escribió para la obra de teatro del mismo título que la pieza. Una maravilla de corte minimalista con protagonismo del piano y los vientos en una línea similar a la de Wim Mertens, Rene Aubry o a lo que años más tarde haría Nacho Martín. Una joyita dinámica, alegre y muy inspirada que transmite pura alegría en todos y cada uno de sus compases.


“Canço de picat” - El segundo corte es una canción popular balear que Pascal conoció a través de María del Mar Bonet. Gaigne interviene a la guitarra de doce cuerdas en un tema muy reflexivo cuya interpretación nos remite a las estrellas de la guitarra instrumental de los mejores años de la “new age” americana como Will Ackerman o Michael Hedges (el contrabajo, un poco al estilo de Michael Manring, ayuda también a situarlo en esa época dorada del sello Windham Hill). Si tenemos que fijarnos en alguna referencia nacional, Jesús Auñón sería un buen candidato a posible influencia de Gaigne en su ejecución de este tema.




“Digitales” - El título hace referencia a una flor venenosa y responde a su forma, similar a la de un dedal. Para evocarla, Gaigne vuelve al tono de la primera composición aunque sustituyendo el piano por la guitarra. Las maderas (en especial el oboe) son las encargadas de la melodía central aunque todo el conjunto es soberbio con mención especial al trabajo de Luis Camino a la percusión. Por momentos nos vienen a la cabeza trabajos de la misma época de gente como Javier Paxariño y es que aquellos fueron muy buenos años para estas músicas en España.


“Etoiles...” - Escrita para un documental sobre la tribu de los indios Lacandones, de la actual México, es una de las piezas más clasicistas del disco con predominancia de las cuerdas que construyen un colchón perfecto para la melodía principal, de nuevo con Hervé Michaud al oboe. Todo de una gran delicadeza y dando como resultado una de las grandes composiciones del disco.


“Manu's Dream” - Pascal Gaigne le dedica esta pieza a su hijo, nacido poco antes de la grabación. Volvemos a las influencias minimalistas con un piano repetitivo al que se une la flauta y después el oboe. Cada nuevo instrumento que va apareciendo repite la misma melodía con muy pocas variaciones en lo que podría ser una especie de canción de cuna, paradójicamente no demasiado infantil. Es un tema en apariencia sencillo que poco a poco va desarrollando complejidades armónicas nada obvias tras la primera parte de la pieza.


“Herrian Herria” - No podía faltar la txalaparta, aunque aquí aparezca en su versión “piccolo” en la música para un documental del Instituto Cultural Vasco. Pese a todo, no tiene un tono especialmente folclórico. Al contrario, el comienzo es muy percusivo pero enseguida la cosa gira hacia tonos minimalistas y con la incorporación de clarinete y saxos volvemos a atmósferas cercanas al “Temurá” de Javier Paxariño, disco casi contemporáneo a este y probablemente una de las cumbres de este tipo de música en nuestro país.




“Finisterrae” - Pese a que pueda pensarse que el título alude a Galicia o Bretaña, como explica el propio Pascal en las notas del disco, la pieza está inspirada en una noche en la que el músico se perdió en Noruega despertando con la luz de la aurora boreal. Es una larga pieza, muy intimista en la que la guitarra acústica tiene todo el espacio del mundo para expresarse con libertad durante la mayor parte de la composición. El clarinete tiene también su sitio, muchas veces haciendo un dúo precioso con las cuerdas. La entrada del contrabajo le da un aire jazzístico al tema y lo emparenta directamente con alguno de los primeros trabajos de Pat Metheny para el sello ECM, tono que se mantiene con la entrada del violonchelo en el segmento final.


“Herederos del mar” - El único corte del disco sobre el que Pascal no hace comentario alguno por lo que nada sabemos acerca de su inspiración o procedencia. En un estilo que bien podría tener algo de francés en su raíz, puesto que es compartido por autores como el citado Rene Aubry, Jean Philippe Goude o el primer Yann Tiersen, “Herederos del mar” es una magnífica pieza que se cuenta entre las mejores de todo el disco.




“Nomades” - La cítara de Andy Cronshaw capta toda nuestra atención desde el comienzo en esta preciosa composición que el propio Gaigne define como “crepuscular” en el sentido literal de últimos momentos del día. El bandoneón que suena en momentos puntuales le da un toque marinero realmente curioso a una pieza preciosa y muy intimista.


“Petit pas” - El músico se atreve con un instrumento ten exótico como el birimbao en el comienzo de este tema, muy rítmico y con un fuerte aire folcórico, especialmente en cuanto al uso de las percusiones. Nos resulta muy interesante la combinación de diferentes melodías de saxo a cargo de Ramón Oyarzabal que se alternan con segmentos percusivos hasta llegar al tema central. Una estructura sorprendente para una pieza más experimental de lo que parece.


“Ekilore” - Cerrando este “Solisterrae” encontramos esta deliciosa pieza inspirada en un personaje del cuenta cuentos vasco Koldo Amestoy. La melodía de concertina es exquisita y nos deja con una sonrisa de oreja a oreja tras concluir un disco excelente, de esos a los que hay que volver frecuentemente para disfrutar de música sin complicaciones pero llena de momentos maravillosos.





Pascal Gaigne es uno de los compositores para cine más importantes de los últimos tiempos y ha puesto música a varias películas y documentales que se cuentan entre los más destacados del cine español de los últimos años como “La Pelota Vasca”, “Azul oscuro, casi negro”, “Siete mesas de billar francés”, “En tierra extraña” o “Lasa y Zabala”. Pese a ello, tenemos la sensación de que el reconocimiento que tiene no es el que merece y sigue siendo muy desconocido para el gran público. Esperamos que esta entrada ayude a despertar la curiosidad de aquellos que aún no conozcan la música de Gaigne porque es una obra que puede dar muchas satisfacciones a aquellos que aún no se hayan acercado a ella.

sábado, 31 de diciembre de 2022

Jean Michel Jarre - Oxymore (hommage to Pierre Henry) (2022)



El ambicioso proyecto que fue “Electronica” tuvo a Jean Michel Jarre ocupado durante muchos años antes de ver la luz en dos volúmenes que aparecieron en 2015 y 2016. Aquellos dos discos sirvieron para reflotar una carrera que parecía casi terminada tras muchos años de silencio discográfico protagonizados por algún recopilatorio, refritos de “Oxygene” y giras con sabor a despedida por la elección de un repertorio lleno de viejos “hits” y escasas novedades. Tal fue el efecto de “Electronica” que el músico francés entró a partir de ahí en una época de creatividad casi inédita en su carrera volviendo a ritmos de publicación de prácticamente un disco por año que no se recordaban ni siquiera en sus mejores épocas.


De forma paralela, el músico seguía manteniendo abierta la posibilidad de nuevos volúmenes de “Electronica” dejándose ver con otros artistas y llegando a afirmar que lo veía como un proyecto paralelo a tener en cuenta en el futuro. Había una variable a tener en cuenta y es que, a pesar de lo bien que salió aquello en muchos sentidos, no todas las colaboraciones llegaron a buen puerto por uno u otro motivo. Una de las que habrían sido más especiales era la que pudo haber juntado al alumno Jarre con uno de sus maestros en sus inicios musicales: Pierre Henry. Hablamos de una de las figuras claves en el desarrollo de la música electroacústica y padre de la “música concreta”, con el que Jarre contaba para uno de los cortes de “Electronica”. Desgraciadamente la delicada salud de Henry no o hizo posible y su fallecimiento en 2017 terminaba con toda opción de colaboración entre ambos. Sin embargo, su viuda hizo llegar algunas grabaciones de sus archivos a Jarre por si quería hacer algo con ellas. Ahí es donde comienza este proyecto, con Jean Michel trabajando en una nueva obra inspirada en conceptos de su época de estudiante y combinando las técnicas de entonces con la tecnología más avanzada de nuestros días. Partiendo de esa premisa surge “Oxymore”, una obra en la que, como suele pasar con Jarre, se juntan muchas ideas. Por un lado, el músico profundiza en el sonido binaural que ya exploró en “Amazonia” y por otro en la realidad virtual como nueva forma de asistir a espectáculos innovadores siguiendo la estela de “shows” recientes como su concierto virtual en Notre Dame. “Oxymore” se estreno en tres conciertos virtuales que Jarre ofreció desde la Maison de la Radio et de la Musique de París a finales de enero de 2022. Mientras el músico interpretaba desde allí la obra, los asistentes se encontraban en “Oxyville”, una ciudad virtual diseñada por el ruso Pavel Pavlyukov con claras influencias arquitectónicas del brutalismo soviético desarrollado entre 1945 y 1970 (periodo que, casualmente, coincide con los primeros años del Groupe des Recherches Musicales y su precedente, el Groupe de Recherche de Musique Concrete” a los que perteneció Henry). Cada corte del disco se correspondía con un entorno visual diferente del que los asistentes podían disfrutar a través de cascos de realidad virtual o directamente en la pantalla de su ordenador.


Cartel anunciador de los conciertos de presentación de "Oxymore"


“Agora” - La introducción del trabajo es un breve corte en el que, entre distintos efectos sonoros escuchamos repetidamente el nombre de Pierre Henry junto con algunos fragmentos del propio compositor hablando de su visión de la creación sonora. Todo ello tratado de forma electrónica al estilo del viejo “Zoolook” para conformar un inicio que bien podría haber formado parte del siguiente corte en lugar de aparecer por separado.


“Oxymore” - El segundo tema del disco es un ejemplo de mezcla entre la música concreta (es decir, procedente de objetos normales, no pensados para hacer música con ellos) y la electrónica más avanzada. En la primer parte escuchamos varias secuencias típicas del “sonido Jarre” acompañadas de percusiones y voces modificadas de mil y una formas pasando en la segunda mitad a una pieza más estructurada en torno a un ritmo constante. Un perfecto calentamiento para lo que se nos viene encima.




“Neon Lips” - El siguiente corte es una verdadera locura. Parte de una secuencia sencilla a la que se le suman diferentes efectos percusivos y vocales que desembocan en una parte rítmica con trazas de melodías electrónicas que nos recuerdan a alguno de los mejores momentos de discos clásicos como el mismísimo “Equinoxe”. Luego nos dejamos llevar por un ritmo rápido rodeado de sonidos y samples en la línea de lo que fueron “Oxygene 15” y “Oxygene 15” en la entrega más reciente de la trilogía. En el cierre escuchamos un curioso (e irritante) sonidillo que interpreta una molesta letanía que nos evoca la sensación de estar escuchando a alguien que habla sin parar mientras le vamos ignorando esperando que se canse. Es un final que nos recuerda a un fragmento similar del “Psyche Rock” de Henry por lo que no es descartable que sea un pequeño homenaje.


“Sonic Land” - Una de las composiciones más cercanas al espíritu de la obra de Henry, con una nota pulsante que se repite una y otra vez y distintos efectos sonoros que van apareciendo en segundo plano. Llegamos a una serie de compases repetitivos a modo de pizzicatti y a continuación pasamos a un tramo más propio del Jarre experimental (pensamos en cosas como “Chronologie 7”). Los pads utilizados también nos recuerdan a ese mismo disco del lejano 1993 y, de repente, comienza un verdadero muestrario de patrones rítmicos en el que parece que Jarre va probando con los diferentes “presets” de la máquina sin terminar de decidirse por uno concreto. Curiosamente con ello logra un gran dinamismo en una pieza que no deja respiro alguno en toda su extensión. En el tramo final parece adivinarse el uso de un sample de una de las primeras grabaciones de Jarre: “Erosmachine”.




“Animal Genesis” - Sin ser de nuestras favoritas, es este uno de los cortes más curiosos del trabajo. Dominado por una especie de “tic tac” de un reloj durante toda la primera parte, escuchamos todo tipo de ruidos acompañando una percusión monótona y aleteos de paloma que ya utilizó el músico en “AERO” (2004). Toda la secuencia nos recuerda enormemente a lo que sonaba en la cuarta temporada de la serie “Stranger Things” durante (y que nos perdone el lector para el que esto suponga un spoiler) la destrucción de Hawkins. Lo más sorprendente es que justo después empieza una secuencia electrónica típicamente ochentera que podría pertenecer sin problema a la banda sonora de la popular serie. Para los suspicaces, el episodio en cuestión se emitió varios meses después del concierto en el que se estrenaba “Oxymore” con lo que todo esto no pasa de ser una divertida coincidencia. El tema concluye con lo que nos parece un guiño melódico a la “Carmina Burana” de Carl Orff tras el que termina poco a poco la pieza.


“Synthy Sisters” - Uno de los cortes más breves del disco es este travieso tema en el que el protagonismo se lo llevan los samples vocales en continuo diálogo entre sí. El tono infantil de los mismos nos provoca una sonrisa antes de llegar a la explosión de ritmo que se produce en la parte central. Probablemente lo más cercano al espíritu de “Zoolook” que Jarre haya hecho desde aquel disco.


“Sex in the Machine” - Llegamos a la pieza más potente desde un punto de vista sonoro de todo el disco. Dominada por una percusión espectacular en su parte central, Jarre llega a recuperar algún sonido utilizado en el desafortunado “Teo & Tea” y a juntarlo con guiños (una vez más) al “Psyche Rock” de Henry para componer un tema absolutamente espectacular, más melódico de lo que es el resto del disco y muy cercano a experimentos del pasado como “Moon Machine”. Por muchas cosas, nuestra pieza favorita de “Oxymore”




“Zeitgeist” - Continuamos en el fragmento más enérgico del trabajo con un corte industrial en el que volvemos a escuchar la voz de Pierre Henry intercalada en distintos momentos de la pieza que, en determinados momentos, quizá por tener un patrón rítmico y una estructura similar, nos recuerda mucho al tema central de “Teo & Tea” pero esta vez mucho mejor hecho y con un trabajo de producción a años luz de aquel.


“Crystal Garden” - Años atrás, Jarre se metió en el negocio de la alta fidelidad lanzando una línea de aparatos de audio de alta gama entre los que destacaba el Aerosystem One: un sistema de altavoces adaptado a los productos de Apple (iPod y iPhone principalmente). Dentro de esa gama existía un modelo de edición muy limitada que contaba con un diseño en cristal a cargo de la prestigiosa compañía Lalique. Para la promoción se hicieron distintos reportajes en vídeo con una banda sonora exclusiva e inédita de Jarre. El músico recupera ahora parte de esa música en la introducción de esta pieza en la que, como vemos, la referencia al cristal del título no es casual. La segunda parte del corte está dominada por un ritmo que se nos antoja muy similar (aunque algo ralentizado) al que Jarre creaba en 1970 para el antes mencionado “Erosmachine”, lo que tendría sentido dada la temática del disco. Por lo demás, el tema es un descanso para coger fuerzas antes del tramo final del disco que es de los que dejan exhausto al mas pintado.


“Brutalism” - El el final del disco encontramos los dos temas que, a día de hoy, han aparecido como “singles” del disco con sus correspondientes remezclas. El primero de ellos, calificado como “bomba tecno” en sus notas de prensa promocionales, es precisamente eso: una pieza de música tecno, con una atmósfera pesada y densa que juega con un ritmo en medio tiempo y unos sintetizadores que repiten constantemente una melodía corta e inquietante. Para quien espere al Jarre melódico y amable de los años ochenta será una decepción. Para los que busquen una versión actualizada de su música se parecerá mucho a lo que esperan. Nuestra opinión es que estamos ante una versión muy satisfactoria de un músico que en 2022 no ha querido quedarse en la nostalgia como bien podría haber hecho tras sus discos de 2016 y 2018 recordando tiempos pasados.


“Epica” - Cerrando el trabajo tenemos una frenética pieza en la que los ritmos a base de samples vocales nos abruman ya desde el comienzo. De ahí en adelante la cosa se convierte en una verdadera locura. ¿El “Zoolook” del siglo XXI? Si no lo es, se parece mucho a lo que debería ser un disco así. La pieza sube y sube de identidad hasta llegar a un final apoteósico acompañado de una línea de bajo que, por algún motivo, nos recuerda al “Thriller” de Michael Jackson.


Hay un par de detalles que nos hacen pensar que Jarre nos tiene reservada una vuelta de tuerca y de ahí nuestra introducción con tantas referencias a “Electronica”. En su momento, el primer volumen de ese trabajo tenía un formato peculiar en lo que se refiere a la caja de la edición en CD y es que se abría al revés que un disco normal. Esto tenía explicación porque el diseño del segundo volumen, aparecido meses después, encajaba en el primero formando ambos una caja más grande como combinación de ambas. Pues bien, ese mismo esquema se repite en “Oxymore” que también se abre “al revés”. Si a eso unimos que Jarre ha anunciado que los diferentes singles del disco van a ser “prolongados” por otros artistas (ojo, evita conscientemente la palabra remix y la sustituye por “toma 2”, “extensión” o “continuacion”), no es descabellado creer que en un plazo no demasiado largo tendremos un nuevo “Electronica” en el que se incluyan las “revisiones” que de diferentes partes de “Oxymore” ya han hecho artistas como Martin Gore, Deathpact, Brian Eno o French79. Probablemente junto con algunas más anunciadas por Jarre en las últimas semanas y en un formato que encaje con el CD ya publicado.


Volviendo a “Oxymore”, lo cierto es que ha sido una gran sorpresa para nosotros. Aún teniendo un nivel elevado, sus trabajos de la última etapa siempre tenían un “pero”. “Electrónica” era un proyecto de colaboraciones, “Oxygene 3” y “Equinoxe Infinity” aprovechaban el tirón de la nostalgia y “Amazonia” no dejaba de ser un soporte musical para una obra visual. Todos ellos eran, en todo caso, discos difíciles de analizar sin recurrir a la comparación con sus referentes directos (en el caso de “Oxygene” o “Equinoxe”) o con la obra de los diferentes colaboradores (en “Electronica”). “Oxymore”, en cambio, retoma el camino en que Jarre se encontraba cuando grabó “Teo & Tea” planteando un disco conceptual (como era aquel) y con una historia relacionada con la realidad virtual (al igual que entonces). Además, hay varios guiños sonoros a “Teo & Tea” en “Oxymore” como ya hemos comentado y no estamos seguros de que sean involuntarios. En cualquier caso, el resultado es infinitamente superior.


Las reacciones al disco han sido muy variadas, tanto por parte de los críticos como por la de los aficionados. En ambos sectores encontramos opiniones muy a favor y otras decididamente negativas. Esto nos hace comparar el disco con la que quizá sea su verdadera referencia en la discografía de Jarre: “Zoolook”. Este fue un trabajo muy desconcertante en su día pero también uno de los mejor valorados con la perspectiva del tiempo. Incluso desde un punto de vista de experimentación sonora, la mayor parte de las piezas de “Oxymore” van un poco más lejos que en el disco de 1984 en el que se veían muchas influencias contemporáneas al mismo como la de Herbie Hankock, Talking Heads o la propia Laurie Anderson. En cualquier caso, creemos que con “Oxymore” Jarre abre un nuevo camino a explorar en el que los temas tecno puramente bailables, que abundaban en muchos de sus últimos trabajos y conciertos, quedan muy bien integrados dentro de la obra y, sobre todo, están al servicio de la misma. Es recurrente la crítica en un sector de los aficionados que incide en la supuesta falta de melodías y en la opinión de que en este disco apenas se reconoce a Jarre. Respetando todas las opiniones, creemos que quienes así se expresan están demasiado centrados en el Jarre de los singles y los recopilatorios obviando que por cada “Oxygene 4”, “Magnetic Fields 2”, “Orient Express”, “Rendez-Vous 4”, “Ethnicolor” o “Chronologie 4” había un “Oxygene 5”, un “Magnetic Fields 3”, un “Night in Shanghai”, un “Wooloomooloo”, un “Tokio Kid” o un “Chronologie 7”. Piezas todas ellas muy experimentales y alejadas del Jarre que sonaba en la radio. Quizá falte la validación que solo dan los años pero no es descabellado pensar que “Oxymore” se encuentra entre los mejores discos que Jarre ha publicado en varios lustros y puede sostener la mirada a más de uno de sus discos “clásicos” sin ruborizarse. Por todo ello, nos parece muy adecuado que la última entrada del blog en este año esté dedicada a este “Oxymore”.


Mención aparte merece un importante aspecto técnico de “Oxymore” y es que, como también ocurría en “Amazonia”, la compra del disco incluye la descarga digital de su mezcla binaural. Muy recomendable si queremos disfrutar de un verdadero acercamiento inmersivo al sonido. Parece que después de un tiempo apostando por formatos como el 5.1 o el 7.1 Jarre ha tomado partido por la opción binaural. Algo lógico ya que no requiere, como los formatos mencionados, de un equipo especial para poder disfrutarla y cualquier oyente con unos buenos auriculares la tiene a su alcance. Merece la pena probarla aunque solo sea de vez en cuando. Como despedida, os dejamos un par de remevisiones de sendas piezas del disco a cargo de colaboradores tan ilustres como Martin Gore (de Depeche Mode) y Brian Eno. ¿Las disfrutaremos en CD en un próximo volumen de "Oxymore" a modo de "Electronica 3"? Solo queda esperar para saber la respuesta.