lunes, 12 de octubre de 2026

Vangelis - Soil Festivities (1984)



Resulta paradójico que durante la que seguramente fue su época de mayor popularidad, Vangelis grabó varios discos de estudio que hoy apenas son recordados y que, incluso entonces, no tuvieron demasiada repercusión. Con el comienzo de los años ochenta, el músico griego llegó a la cima de la fama con sus bandas sonoras para “Carros de Fuego” y, especialmente, “Blade Runner”. Esa misma fama y su carácter huraño de puertas hacia afuera hicieron que comenzase a rehuir las apariciones públicas y que adoptase un perfil bajo ante los medios de comunicación. Eso no supuso que su producción musical se redujera. Más bien al contrario. Hablamos de una época en la que estuvo particularmente activo componiendo música para teatro, ballet, bandas sonoras o trabajando junto a otros artistas como Demis Roussos o Jon Anderson. La mayoría de ese material permanece inédito aún hoy. A cambio, Vangelis publicó algunos trabajos que, suponemos, le servían para justificar su contrato con Polydor pero que no tuvieron una gran presencia comercial. Siendo justos, tenemos que reconocer que tampoco el artista parecía buscarla. Más bien al contrario, se trataba de obras muy diferentes de las que le habían llevado a la fama en los años previos e incluso en algunos casos como el de “Invisible Connections”, parecían concebidas para no gustar. Sin llegar a eso, está claro que el disco que comentamos hoy, “Soil Festivities” estaba muy alejado de cualquier intención comercial y nos muestra a un Vangelis haciendo la música que le apetecía sin atender a ningún otro tipo de consideración.


Una de las cosas que llamaba la atención a primera vista era la ausencia de títulos. En su lugar, Vangelis dividía la obra en cinco movimientos numerados correlativamente lo que deja entrever una cierta aspiración clasicista nunca del todo confirmada aunque el siguiente disco del griego sí que fue publicado por el sello clásico por antonomasia: Deutsche Grammophon. Sobre el disco, el propio Vangelis comentaba en la época que “lo compuse porque quería crear música, no para vender un millón de copias. No creo que sea posible garantizar el éxito comercial de un disco de ninguna manera porque nadie sabe realmente lo que es comercial y lo que no. Incluso si yo quisiera hacer un disco más accesible para el público de manera consciente, eso no garantizaría que fuera a ser un éxito”. Toda la música del disco está interpretada por el propio Vangelis con especial protagonismo de dos aparatos: su inconfundible Yamaha CS80, el teclado por antonomasia del sonido del griego, y el sampler E-Mu Emulator I (quizá el primer sampler “asequible” ya que valía unas 10 veces menos que el Fairlight o el Synclavier aunque también es cierto que estos eran mucho más que simples muestreadores). Vangelis ya había empleado este aparato en Blade Runner y aquí lo iba a utilizar para grabar y procesar los sonidos naturales que se escuchan a lo largo de toda la obra, un trabajo conceptual sobre los ciclos de la naturaleza a todas las escalas, desde la vida microscópica a los sistemas de galaxias. Un tema ambicioso, sin duda, que, curiosamente, dio lugar a una música mucho más intimista y expresiva de lo que cabría anticipar.


“Movement 1” - La pieza inicial es la más larga del trabajo con mucha diferencia. Comienza con sonidos de lluvia y truenos desde los que surge enseguida un pulso continuo de sintetizador que nos acompañará durante prácticamente toda la composición. A partir de ahí empezamos a escuchar a Vangelis improvisando una melodía con un sonido de flauta al que se suman pronto la percusión y también los densos sonidos de cuerdas del CS80. Lo que escuchamos a continuación es a Vangelis dirigiendo toda una orquesta electrónica combinando pizzicatos, contrabajos, violines y todo tipo de sonidos adicionales con una destreza abrumadora. La música fluye con naturalidad, sin melodías de esas que puedes tararear durante horas y que se te meten en la cabeza pero con una coherencia y una serenidad que sólo alguien como el griego puede conseguir. En los últimos minutos desaparece el pulso que llevaba ahí desde el inicio y Vangelis nos regala una preciosa coda pianística con toques de jazz que se nos antoja fascinante porque aparece y desaparece sin motivo aparente antes de dejarnos de nuevo y ahora ya hasta el final con el pulso y las atmósferas que habían poblado la composición durante todo el tiempo.


“Movement 2” - Continúa el disco con atmósferas pausadas y cuerdas etéreas acompañando un ostinato de dos notas que hace una función similar al pulso del movimiento anterior: servir de soporte para todo lo que se le va ocurriendo al músico griego y no es poco. Es este un tema lento pero que no deja de crecer. Podríamos decir que es la versión “ambient” de Vangelis pero eso se quedaría corto para describir esta composición, que sí, tiene una cualidad ambiental muy clara pero también un desarrollo musical innegable que nos fascina.


“Movement 3” - En el tercer movimiento la cosa cambia por completo. Volvemos a escuchar los sintetizadores funcionando como una orquesta pero esta vez de un modo más intenso, casi violento, con filigranas melódicas y percusiones que nos recuerdan a discos como “Heaven and Hell”. Todo ello hace de preludio para un segmento muy oscuro y tenebroso a base de capas y capas de sonidos sintéticos que nos prepara para un final tremendo. Introducido por varios toques de timbales llega un desenlace apoteósico con un Vangelis desatado desplegando su variante más sinfónica y ¿por qué no decirlo? clasicista. 




“Movement 4” - La cuarta parte de la obra siempre ha tenido algo de inquietante para nosotros. No sabemos si por la repetitiva secuencia de notas que suena desde el principio y que se nos antojaba amenazante desde la primera escucha o porque inconscientemente nos recordaba a algunas imágenes que poblaban nuestras pesadillas infantiles. En todo caso, es una gran composición en la línea del resto del trabajo.


“Movement 5” - El último movimiento vuelve a la idea del tercero, con un Vangelis improvisador utilizando toda la paleta de sonidos a su disposición pero en esta ocasión en un tono más alegre, casi jovial en algunos instantes. Cuando con otros músicos hay veces en que tienes la sensación de haber escuchado algo antes, con Vangelis lo que nos ocurre es justo lo contrario. En muchas ocasiones nos da la impresión de estar escuchando algo irrepetible. Este es uno de esos casos.




Es posible que un disco como “Soil Festivities” sea lo más cerca que vamos a estar de escuchar a un artista haciendo exactamente lo que quiere hacer, sin presiones por contentar a un público determinado o a una discográfica. También sin pretensiones de trascendencia o revanchismos de ningún tipo (motivaciones ambas que, bien utilizadas, han dado grandes resultados en muchas ocasiones). En aquel momento, Vangelis había conseguido hacer realidad una de sus grandes aspiraciones y era un artista absolutamente independiente que podía hacer lo que quisiera e incluso permitirse el lujo de no publicarlo. “Soil Festivities” es un disco que ha ganado con el tiempo y cuya valoración a nuestros oídos ha subido año a año quedando hoy por encima de otros trabajos suyos que hace un tiempo nos parecían mejores. Eso es algo que no hay tantos artistas que consigan y con el griego nos pasa con cierta frecuencia. Por ello no dejaremos de recomendar su música publicada a la espera de que pueda ir apareciendo algo de todo ese material inédito.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Charlotte Gainsbourg - 5:55 (2006)



Nos fascina el paralelismo entre las vidas de Liza Minelli y Charlotte Gainsbourg y como ambas carreras llegaron en un momento determinado a sendos discos que también tienen un montón de cosas en común. Podemos empezar la comparación hablando de sus padres. Los de Liza Minelli eran el director de cine Vincent Minelli y la actriz Judy Garland mientras que Charlotte era hija de la estrella de la canción francesa Serge Gainsbourg y de la icónica actriz Jane Birkin. En diferentes épocas y países, superestrellas absolutas los cuatro. Ambas artistas comenzaron como actrices muy jóvenes y las dos alcanzaron en ese terreno un estatus de leyendas, Liza ganando el Oscar con “Cabaret” y Charlotte de la mano de Lars Von Trier. Las dos, además, heredaron mucho del estilo de sus madres en su forma de actuar. Tanto Minelli como Gainsbourg crecieron en familias muy marcadas por las adicciones de sus padres: Judy Garland a los barbitúricos, las anfetaminas y el alcohol (de niña, la propia Liza ayudaba a medicarse a su madre) y Serge Gainsbourg al alcohol y al tabaco. En ambos casos con consecuencias trágicas: Judy murió víctima de sobredosis y el matrimonio de Birkin y Gainsbourg se rompió por las adicciones de éste quien fallecería pocos años después de un ataque al corazón (ya había sufrido uno cuando Charlotte tenía dos años pero eso no cambió sus hábitos).


Tanto Liza Minelli como Charlotte Gainsbourg compatibilizaron en diferentes momentos de sus carreras las facetas de actrices y de cantantes y las dos dejaron esta segunda en suspenso durante un largo periodo antes de volver a lo grande y llegamos así a lo que nos interesa. En 1989, Liza Minelli publicó su disco de regreso, “Results”, de la mano del dúo de pop electrónico Pet Shop Boys quienes compusieron y grabaron con ella prácticamente todo el disco (las piezas que no eran de ellos, sí que fueron arregladas y adaptadas por la pareja). De todas formas, ya hablamos de ese disco en su día así que nos centramos ahora en el que nos ocupa hoy. Charlotte Gainsbourg había grabado un LP de niña que había estado rodeado de polémica. Su padre, Serge, siempre había sacado partido de los temas más escabrosos y, de hecho, su mayor éxito fue la controvertida canción (por lo explícito de lo que en ella sonaba) “Je t'aime... moi non plus” escrita para Brigitte Bardot con quien tenía una especie de relación en aquel tiempo. Decimos lo de la “especie de relación” porque Brigitte estaba casada y, de hecho, su versión del tema no fue publicada hasta casi veinte años después por expresa petición de la actriz a Serge para proteger su matrimonio con el millonario alemán Gunter Sachs. No sirvió de mucho porque ambos se divorciaron poco después pero para entonces, Gainsbourg ya había publicado la canción con Jane Birkin sustituyendo a Brigitte. En 1984, Serge grabó una nueva canción controvertida: “Lemon Incest”. Y lo era porque lo hizo con su hija Charlotte, quien entonces tenía 12 años. Serge jugó con el juego de palabras entre “Le zeste du citron” (la rayadura de limón) y “L'incest de citron” (el incesto de limón) en una canción llena de dobles sentidos y que, para colmo, contaba con un videoclip bastante perturbador en el que padre e hija se encontraban semidesnudos en una cama. El single formó parte de un disco de Serge pero también aparecería en el que sería el debut de Charlotte un año después: “Charlotte for Ever”. La polémica fue aún mayor ya que el disco fue acompañado de una película con el mismo título dirigida por el propio Serge y protagonizada por un escritor alcohólico llamado también Serge e interpretado por él mismo. El lector ya habrá adivinado que en el film se explota la relación del escritor con su hija adolescente quien, para sorpresa de nadie, se llamaba Charlotte y estaba interpretada por su propia hija. La película fue destrozada por la crítica y fue vista como una basura cuyo único objetivo era buscar la provocación porque sí.


Lo cierto es que Charlotte siempre defendió a su padre y le profesaba una gran admiración. Por ese motivo nunca se planteó grabar otro disco sin él. Consideraba que su padre era un genio y que ella no estaba a esa altura así que decidió centrarse en su carrera como actriz. Aquí es donde entran en escena los miembros de AIR. Nicolas Godin y Jean-Banoit Dunckel eran admiradores absolutos de Serge Gainsbourg y creían que su estilo musical, con una electrónica suave, sedosa y melancólica, encajaba como un guante con la forma de cantar de Charlotte, susurrante y sensual, así que se pusieron en contacto con ella para exponerle su idea. La artista seguía reticente ante esa posibilidad pero el esfuerzo del dúo francés terminó por convencerla. Le aclararon que la música estaría adaptada a sus capacidades vocales, sin exigirle ningún esfuerzo extraordinario, le ofrecieron letras en inglés escritas por Jarvis Cocker (Pulp) o Neil Hannon (The Divine Comedy) para que no tuviera que enfrentarse al resto de escribir y confrontar sus textos con los de su padre, que para ella eran insuperables y procuraron un ambiente de grabación absolutamente acogedor, redondeado por la producción de Nigel Godrich. En 2006 aparecería por fin el segundo disco de Charlotte Gainsburg con el título de “5:55”. Toda la música era obra de AIR, quienes también se encargaron de la interpretación (Dunckel de los teclados y Godin de las guitarras, percusiones y sintetizadores) con la colaboración del propio Neil Hannon (guitarra), Jeremy Stacey y Tony Allen (baterías) con las cuerdas de The Millenia Ensemble.


“5:55” - Suena un tema de piano repetitivo acompañado enseguida por la batería y las sinuosas cuerdas sintéticas del clásico sonido de AIR. No se nos ocurre mejor entorno para la voz de Charlotte, delicada y vulnerable, que este tipo de canciones que tanto se han prodigado en la discografía de Godin y Dunckel.




“AF607105” - En el segundo tema es la percusión la que nos recibe instantes antes de que escuchemos la voz de Charlotte arropada por piano y sintetizadores en una de esas clásicas baladas de AIR que tan bien les funcionaron en el pasado. Las melodías, en especial la del estribillo, son preciosas y muy inspiradas lo que nos permite apreciar el interés que el dúo se tomó en que el disco de Charlotte estuviera a la altura. Aquí lo logra hasta el punto de convertir la canción en la narración de un accidente aereo más glamurosa de la historia.


“The Operation” - Mucho más animado es el ritmo con el que comienza la siguiente canción en la que batería y bajo nos transportan a uno de esos mundos sintéticos con toque retro que la banda explotó en el pasado en canciones como “Sexy Boy”. Las guitarras y el bajo repitiendo patrones minimalistas durante toda la pieza son la propulsión que sostiene uno de los mejores momentos del álbum.




“Tel que tu es” - Todas las canciones anteriores habían tenido letra de Jarvis Cocker. Esta es la primera en que tanto letras como música son obra de AIR. Charlotte canta en francés (hasta ahora lo había hecho en inglés) una preciosa balada con tono setentero y una atmósfera onírica amplificada por las cuerdas, los sonidos de glockenspiel y las melodías circulares de piano.


“The Songs That We Sing” - El single de adelanto del disco fue esta robusta canción cuya letra firman Neil Hannon y Jarvis Cocker al alimón. Es una pieza enérgica que combina una cierta inocencia en el estribillo con una firme determinación en lo instrumental reflejada en los ostinatos de las cuerdas y la fuerza de batería, bajo y guitarras. Quizá no es la canción que mejor representa lo que es el disco pero es una gran canción.




“Beauty Mark” - La balada más emocionante del disco, con una Charlotte cuyo susurro es casi inaudible en algunos momentos. Lo mejor son los juegos de voces de la parte central y la lánguida nostalgia que desprende en todo el final con la continua repetición del estribillo. Pocas veces se cantó con más estilo a un lunar.


“Little Monsters” - Lo que sigue comienza de un modo más raro con extraños sonidos de aves y otros animales antes de llegar a la voz y al resto de instrumentos que nos acompañan en un tema lento que tarda en desplegar sus encantos. Eso sí, cuando lo hace, justifica la espera mostrándonos una preciosa canción pop de esas que tan bien le salen al dúo francés.


“Jamais” - Suena un decidido tiempo medio con una batería marcada y un bajo que ha decidido que es el momento de lucirse. Lo demás es el típico sonido de AIR con cuerdas, piano y guitarras creando atmosferas como sólo ellos saben.


“Night-Time Intermission” - Continuamos con una canción de aire cinematográfico, con ese ambiente de las películas de policías de los años setenta, salpicada de voces femeninas aquí y allá y con una espectacular sección de cuerda dando la réplica al piano. Muy rara en este contexto pero es una de nuestras canciones favoritas del disco.




“Everything I Cannot See” - Todo ello para llegar a otra maravilla, especialmente en un estribillo en  en que Charlotte nos avasalla con una determinación que hasta ahora había mantenido oculta. Aquí, tanto ella como el dúo Dunckel/Godin nos deleitan con un tema espectacular de esos que podemos escuchar una y otra vez sin cansarnos.


“Morning Song” - La despedida se torna íntima con toques de vibráfono, guitarras acústicas y piano ayudando a Charlotte a cerrar el trabajo con una balada llena de personalidad aunque más previsible de lo que cabía esperar.



Mencionabamos antes a los Pet Shop Boys como parte de la comparación entre Liza Minelli y Charlotte Gainsbourg y vuelven a aparecer aquí a título de anécdota ya que, curiosamente, en 1999 habían grabado una versión propia, nada menos que de “Je t'aime... moi non plus” lo que, en cierto modo, cierra el círculo que hemos dibujado en esta entrada. El regreso de Charlotte a la música con “5:55” no fue todo lo efímero que podría pensarse sino que, desde ese momento, compaginó la faceta actoral con la de cantante y ha publicado varios trabajos más, algunos en tan buena compañía como el que seguía a éste, producido por Beck. En nuestro caso, lo cierto es que, pese a que el disco lo firma Charlotte, casi lo consideramos uno más de la discografía de AIR quienes, a la postre, fueron los autores y los instigadores de la grabación. Además, en casi todos sus trabajos tienen vocalistas invitados así que éste mantiene el mismo espíritu y estilo de sus discos anteriores por lo que hablamos de un trabajo que todo seguidor de AIR debería tener en su colección.

domingo, 20 de septiembre de 2026

Pedro Linde - Archipiélago (2026)



La primera reseña de una obra de Pedro Linde que hicimos en el blog estaba condicionada, tal vez en demasía, por la presencia de Jim Morrison cuya voz era el punto de partida creativo de todas las piezas de aquel disco. Hoy vamos a hacerle justicia a su autor hablando de su último trabajo, “Archipiélago”, que no es sino, y en sus propias palabras, “una colección de 6 piezas creadas a partir de grabaciones dispersas, concebidas de manera esporádica, sin ningún propósito de coherencia preestablecido”.


Linde se encarga de toda la instrumentación, fundamentalmente electrónica, y del tratamiento de todas las fuentes de sonido que no se limitan a instrumentos convencionales. El disco, pese a estar formado por piezas independientes temáticamente, acaba teniendo una coherencia interna en la que cada una de las seis “islas” tiene relación con algún lugar geográfico (a veces también temporal). Musicalmente son completamente distintas pero hay una especie de sutil hilo conductor que termina por dar sentido al título de “Archipiélago”.


“Anhelo” - Empieza el trabajo con una pieza de piano digital de corte minimalista y ambiental que nos recuerda mucho en cuanto a sonido, a la reciente colaboración de Brian Eno y Tom Rogerson en “The Finding Shore”. Al piano se suma un efecto electrónico repetitivo, como un soplo entrecortado, que le da una extraña profundidad. En la parte final aparecen efectos de viento en segundo plano ayudando a crear una sensación de movimiento que nos acompaña en todo el desarrollo.




“Percutángana Tangana” - Un título muy extraño para definir una pieza que tiene varios componentes: sonidos de percusión que se suceden todo el tiempo, samples vocales que se suman al ritmo y una interesantísima línea de bajo que evoluciona por detrás durante toda la pieza creando un fondo que llega a ser opresivo por momentos. Muy interesante  tanto desde el punto de vista del trabajo de producción como por la propia estructura de la pieza.


“Festina Lente” - El contraste del la expresión latina del título, algo así como el dicho español “vísteme despacio que tengo prisa” se refleja perfectamente entre los ritmos rápidos de las cuerdas y las percusiones y los cortes ocasionales de cánticos tibetanos que aparecen a lo largo de toda la pieza. Sin tener mucho que ver musicalmente, hay cosas que nos recuerdan al Mike Oldfield de la época de “Platinum” o a propuestas similares pero siempre con una mirada muy particular.




“Kome No Uta” - Temáticamente Linde viaja a Japón con el uso de una melodía tradicional (la canción del arroz) y lo hace con una percusión que parece sacada de una cajita de música. A ello se une un fondo electrónico a base de densas capas de sonido muy ambiental que contrasta, tanto con el ritmo como con las grabaciones de niños cantando fragmentos del tema tradicional. Una de las piezas más experimentales del disco y también una de nuestras preferidas.


“Vestalias” - Hace ahora el compositor un ejercicio de imaginación al mostrarnos lo que podrían haber sido los cantos de las vestales (guardianas del fuego sagrado) en la antigua Roma. Todo lo que suena son voces sampleadas y organizadas después en cantos angelicales a veces y fantasmagóricos en otros momentos. La atmósfera y muchos sonidos nos hacen pensar en el Jean Michel Jarre de los primeros minutos de “Ethnicolor” o en el Cristo Tapia de Veer de la banda sonora de “Utopia”. En todo caso, es otra pieza extraordinaria.




“Bluessy” - Cierra la colección una composición que es muchas cosas: es un homenaje al cine clásico pero también un pequeño discurso político (representado por fragmentos de discursos de Kennedy y Martin Luther King que dialogan entre ellos de forma ficticia). En lo musical, hay un ritmo de blues pero también fondos electrónicos muy vanguardistas que nos encantan y que hacen que queramos más aunque, por desgracia, el viaje termina aquí.


Podéis escuchar y descargar “Archipiélago” en la página habitual de Fortín Artesonoro donde también se encuentran otros discos que hemos comentado aquí tiempo atrás. También está todo el disco acompañado de varios videoclips a cual más interesante en en canal del propio autor. Somos conscientes de los tiempos que corren pero nos sigue pareciendo muy triste que músicas como estas no encuentren mayor difusión y no estén disponibles en formato físico aunque quizá sea cosa nuestra porque tenemos una edad en la que aquello que no se publica en CD o vinilo nos parece algo incompleto. Probablemente sea un problema de nuestra forma de pensar y la distribución digital sea el gran formato del futuro. Tendremos que acostumbrarnos. La parte buena es que cualquier persona en cualquier lugar del mundo puede acceder cuando quiera a esta música, cosa que en otro tiempo habría sido mucho más difícil. Os recomendamos que le deis una escucha con una advertencia: es una música adictiva.