Un lugar donde hablar de música y compartir opiniones con el único ánimo de ampliar gustos musicales y, acaso, descubrir nuevos artistas al eventual lector.
Lo normal habría sido que esta entrada hubiera aparecido en el blog hace varios meses pero hay dos circunstancias que nos han hecho ir retrasándola hasta ahora. Por una parte, desde las primeras reseñas que leímos, se hablaba de la importancia de acompañar la audición del soporte visual en forma de película que acompañaba las primeras presentaciones del disco ante la prensa especializada. Por otro lado, la posibilidad de asistir a uno de los conciertos de la consiguiente gira nos hizo pensar en la conveniencia de disfrutar de nuevo del directo de Steven Wilson para tener la visión completa del disco antes de escribir esto.
“The Overview” es un trabajo con mucha carga conceptual detrás. Todos los discos de Wilson la tienen en mayor o menor medida pero en este caso es la base de toda la obra. El título hace referencia a “the overview effect”, un cambio de perspectiva acerca de la propia existencia que se ha encontrado en muchos astronautas al volver de sus viajes. Según indican, la visión de la pequeñez y fragilidad del planeta en relación con la inmensidad del espacio, opera un profundo cambio en la forma de ver las cosas a partir de ese momento relativizando aspectos que parecen muy importantes para el resto de la gente como las fronteras, los pequeños problemas del día a día, etc. A partir de ese concepto, Wilson compone una obra épica dividida en dos largas suites que supone su regreso efectivo al rock progresivo más clásico con la ayuda del líder de XTC, Andy Partridge que escribe las letras de la primera mitad del trabajo. Para la grabación, Wilson recurre a un grupo de músicos más reducido que en sus últimos discos, encargándose él mismo de las guitarras, teclados, percusiones e incluso el bajo al que parece haberse aficionado tras encargarse también de ese instrumento en la última formación de Porcupine Tree. Le apoyan Adam Holzman a los teclados, Randy McStine como guitarra y segunda voz, Theo Travis al saxo y la flauta y Russell Holzman como batería.
“Objects Outlive Us” - La primera suite comienza con la parte titulada “No Monkey's Paw” en la que el falsete de Wilson nos recibe antes de una serie de recitados breves con un exíguo acompañamiento instrumental. Una buena introducción para “The Buddha of the Modern Age”, sección introducida a través del piano y la batería en la que Wilson va construyendo un poderoso “in crescendo” al más puro estilo de los Yes clásicos. La cosa desemboca en “Objects: Meanwhile”, la primera canción con un formato más o menos convencional en la que los textos de Partridge exploran las comparaciones entre los más irrelevantes aspectos de la vida cotidiana y los grandes sucesos a nivel cósmico que están sucediendo al mismo tiempo en algún lugar del universo. Es un tema extraordinario en el que recuperamos al mejor Wilson y que confirma que su retorno al rock progresivo es un hecho con un gran Adam Holzman a los teclados y unos juegos vocales fantásticos. Llegamos entonces a un interludio instrumental muy potente con una línea de bajo que va permeándolo todo acompañada poco a poco por el resto de músicos en un segmento lleno de inspiración que nos lleva a la parte final de la canción. Proseguimos con “The Cicerones”, un corto instrumental en el que escuchamos esos juegos de guitarras acústicas tan característicos de Wilson en trabajos como su alabado “The Raven that Refuse to Sing” y que enlaza con “Ark”, un recitado monótono que va ganando fuerza con cada repetición hasta convertirse en uno de los mejores tramos del álbum enlazado con el instrumental “Cosmic Sons of Toil”, fantástica pieza progresiva en la que piano, bajo, batería y teclados hacen magia a lo largo de unos pocos minutos para desembocar en “No Ghost on the Moor”, lenta pieza en la que se recupera, falsete incluido, el tema del comienzo con una batería y un acompañamiento de guitarra muy “floydiano” que se disuelve poco a poco en el instrumental “Heat Death of the Universe”, pieza ambiental en la que escuchamos a Theo Travis a la flauta.
“The Overview” - La segunda parte del trabajo empieza de un modo muy distinto con “Perspective”, una serie de recitados de datos y parámetros astronómicos centrados en el tamaño de estrellas y objetos cósmicos sobre un fondo electrónico que combina ritmos y secuencias veloces con partes ambientales. La “narración”, a cargo de Rotem Wilson, la esposa de Steven, recuerda, como han reflejado la práctica totalidad de las crónicas, a la que aparecía en el clásico “Albedo 0.39” de Vangelis. Continuamos con “A Beautiful Infinity”, clásica balada del artista con un texto que nos remite a los temas de películas como “Interstellar”. La canción enlaza con “Borrowed Atoms” sin solución de continuidad. Es este otro de los grandes momentos del disco, que comienza con un piano muy en la línea de Rick Wright, de Pink Floyd, pero que enseguida cambia por completo entrando en un corto tramo que perfectamente habrían firmado los Yes de su etapa dorada y que termina con “A Beautiful Infinity II”, ambientes electrónicos con el regreso de la narración de Rotem. “Infinity Measured in Moments” es otra parte absolutamente fantástica con una batería extraordinaria, juegos vocales al más alto nivel y una locura final en forma de solo de Moog a cargo de Adam Holzman a la altura de los momentos más intensos del “Nucleogenesis” de Vangelis en el citado “Albedo 0.39”. De ahí al final solo nos queda “Permanence”, un cierre instrumental a cargo del saxo de Theo Travis que tiene mucho de anticlimático viniendo de donde venimos pero que tampoco se extiende demasiado (a diferencia de la versión incluida en la versión “deluxe” del disco, que abarca casi un cuarto de hora).
La conclusión a la que llegamos es que “The Overview” es un gran disco, uno más, de un Steven Wilson que sigue siendo la gran referencia del rock progresivo actual, a nuestro juicio, pese a sus devaneos con otros estilos, ya sean publicados con su propio nombre o como parte de proyectos paralelos. No somos de los que criticaron su cambio de estilo con discos como “To the Bone” o, especialmente “The Future Bites” pero sí que es cierto que en este su último trabajo encontramos a un Wilson más cómodo en estilos que domina con soltura, deslizando sus habituales homenajes e investigando nuevas posibilidades. Sobre la necesidad de escucharlo acompañado de la película utilizada en los conciertos, nuestra opinión es que no es algo demasiado relevante. El film es magnífico y resulta un gran apoyo para la música pero en modo alguno se hace imprescindible. En youtube hay algún fragmento como este para que saquéis vuestras propias conclusiones:
El comentario final es acerca del directo. Tuvimos la ocasión de disfrutarlo en la madrileña sala La Riviera y sólo podemos decir que el espectáculo estuvo a la altura, con un sonido más que bueno y una puesta en escena al nivel de lo esperado. Los músicos fantásticos, especialmente el bajista Nick Beggs, ausente en el disco, y un Wilson muy cercano que se permitió varias bromas sobre su tipo de público y cómo había cambiado la cosa desde sus primeros conciertos en Madrid con asistencias de apenas 40 personas. En el apartado personal, fue un placer encontrarnos allí con Alberto, del canal de youtube Diversión con Vinilos y charlar con él brevemente en en descanso del espectáculo. Os dejamos, de paso, su opinión sobre el disco a modo de despedida:
Cuando tenemos a dos músicos tan eclécticos, abiertos y de trayectorias tan dispares en géneros muy diferentes como el jazz, el pop, el rock progresivo, la música electrónica o el ambient como Robert Fripp y Theo Travis, lo raro sería que no colaborasen tras conocerse. No estamos seguros de cuándo se produjo el primer encuentro entre ellos pero es posible que quien antes se dio cuenta de lo bien que podrían mezclar los estilos de ambos fuera Steven Wilson cuando en el debut de su proyecto Bass Communion juntó la flauta de Travis con samples de guitarra de Robert Fripp. Travis era ya un asiduo colaborador de Wilson, tanto en sus grabaciones en solitario como en los discos de Porcupine Tree o No Man y Fripp también había trabajado en varios trabajos de Steven, tanto en los que implicaban a sus diferentes grupos como los que firmaba con alguno de sus pseudónimos.
El propio Theo Travis cuenta que fue en 2004, en una grabación de Nine Horses, la banda de David Sylvian y Steve Jansen en la que él participaba tocando saxos y flauta en la que tuvo el primer “contacto” con Fripp aunque fue algo muy particular. Resulta que el guitarrista también participaba en el disco y había grabado con anterioridad sus partes pero a la hora de la verdad fueron descartadas y, en su lugar, se utilizaron las de flauta del propio Travis. Todo eso no fue óbice para que un tiempo después, Travis se pusiera en contacto con Fripp para pedirle algunos “soundscapes” para un disco propio. El guitarrista le dijo que antes quería verle tocar en directo así que Theo le invitó a un concierto que iba a ofrecer en aquellas fechas con su banda Soft Machine Legacy, una especie de “spin off” de los Soft Machine originales que funciona con diferentes nombres desde 1978. Por lo que parece, a Fripp le convenció lo que escuchó allí y decidió colaborar con Travis en su disco. La cosa funcionó de maravilla y a partir de entonces, Travis & Fripp son un dúo que ha publicado varios discos ya como tal, tanto de estudio como en directo.
En 2009, el dúo fue invitado a participar en el Festival de Jazz de Coventry. Su concierto, improvisado en buena medida, tendría lugar el 23 de mayo en la famosa catedral en la que tocaron Tangerine Dream en su día y a la que Benjamin Britten dedicó su “War Requiem”. El disco recogiendo la actuación aparecería publicado un año después en el sello de Robert Fripp y nos muestra a dos artistas extraordinariamente compenetrados teniendo en cuenta que, como afirmaba el guitarrista, era solo la cuarta vez que tocaban juntos en público (y las tres anteriores habían sido en los días precedentes en otras iglesias británicas).
El disco está organizado en dos sets. Comienza el primero de ellos con “The Apparent Chaos of Stone”, pieza en la que las flautas son quienes abren las hostilidades con una serie de melodías que se repiten en bucle gracias al uso de distintos pedales de efectos mientras van surgiendo otras en un ejercicio hipnótico al que se suman poco a poco los “soundscapes” característicos de la música de Fripp cuya guitarra aparece poco después iniciando un magnífico diálogo improvisado. Continúa el concierto con “In a Field of Green”, introducida por los clásicos ambientes del guitarrista a los que se suma Travis, ahora con el saxo, en una serie de largas notas sostenidas que nos recuerdan en cierto modo a otro reconocido improvisador como es Jan Garbarek. Cuando aparece la guitarra de Fripp lo hace en ese particular estilo que venimos disfrutando desde discos como “Evening Star” con Brian Eno. “The Unquestioned Answer”, el tercer corte, es más ambiental, si cabe, y en él sale el saxofonista de jazz que Travis lleva dentro, jugando de nuevo con los pedales, ecos y “delays” para entrar en diálogo consigo mismo en una pieza fantástica. Con “Blue Calm” entramos en los ambientes más oscuros procedentes de la guitarra procesada de Fripp hasta llegar a “Duet for the End of Time”, referencia a Messiaen en la que esta vez el saxo y las flautas sirven de soporte con progresiones melódicas que nos recuerdan por un momento al trabajo de Fripp (y Eno) en los instrumentales del “Heroes” de Davis Bowie.
El segundo set empieza con “The Offering”, de nuevo un prodigioso juego de flautas que van entrelazando melodías continuamente quedando en suspenso después para dar paso a otro diálogo saxo-guitarras en el que Fripp destaca con su sonido ácido. En “Angels on the Roof” tenemos algo más de intervención de la electrónica con una serie de sonidos sintéticos que conversan con la flauta. “Moonchild” es la particular revisión del dúo de la canción de King Crimson, en la que deconstruyen diferentes elementos del tema principal y juegan con ellos hasta hacerla prácticamente irreconocible. Cierra el set y el disco, la extensa “Lamentation” con casi 20 minutos de duración lo que favorece el lento desarrollo de la misma a partir de una serie de “soundscapes” muy dinámicos que van surgiendo de la guitarra que va creando capa tras capa. Solo transcurridos unos minutos aparece la flauta y poco después una interpretación más “convencional” por parte de Fripp. En medio de un paisaje espacial volvemos a escuchar el saxo de Travis en su versión más “garbarekiana” que nos acompañará durante unos minutos más hasta el final de la pieza.
La petición de Fripp a Travis de escucharle tocar en directo antes de decidir si quería o no colaborar con él no era un capricho de estrella. Para el líder de King Crimson, la experiencia de tocar en vivo y la comunicación con otros músicos en formatos de pura improvisación es algo fundamental como ha demostrado con su banda y con los legendarios “ProjeKcts” que no son sino permutaciones de los diferentes miembros de King Crimson en las que se exploran posibles nuevos caminos del grupo. Afortunadamente, Travis pasó la prueba con nota y gracias a ello hemos podido disfrutar ya de varias grabaciones de ambos, incluyendo las de los conciertos anteriores a este en los que se presentaron la mayor parte de las piezas del mismo. Seguro que en un futuro volvemos sobre alguna de ellas pero de momento dejamos aquí nuestra recomendación para este gran “Live at Coventry Cathedral”.
“Wild Opera”, nuestro disco favorito de No-Man, se había publicado hacía ya varios años y en ese periodo, la carrera de Porcupine Tree había despegado definitivamente. Eso, unido a un prolongado silencio discográfico de Tim Bowness hacía pensar en “Returning Jesus” como el más que probable disco de despedida del dúo formado por Tim y Steven Wilson. De hecho, en el trabajo iba a aparecer material escrito a lo largo de varios años, incluso rescatado de los meses anteriores a la publicación de su anterior disco. En su día, muchos pensaron que el especial cuidado con el que estaba hecho todo en el nuevo trabajo obedecía al deseo de dejarlo todo en lo más alto. La despedida perfecta.
Luego supimos que no era así y No-Man han resistido hasta nuestros días incluso haciendo compatible su existencia con las exitosas trayectorias de sus dos miembros por separado pero creemos que es un buen momento para recordar este precioso “Returning Jesus” publicado hace casi veinte años. El disco se hizo esperar y es que conocemos pocos casos, por no decir ninguno, en los que el “single” de adelanto aparezca con más de dos años de antelación respecto al disco al que pertenece. Rareza que se vio duplicada con la aparición del segundo “single” dos años más tarde que el propio LP, con lo que quedó mucho más cerca en el tiempo del siguiente trabajo de la banda que del disco al que pertenecía. Todo esto tenía una explicación y es que los dos miembros de la banda estuvieron muy ocupados en ese tiempo rescatando las primeras canciones que escribieron allá por 1988-1989 y que solo habían aparecido en formato cassette en 1993 bajo el título de “Speak”. En los meses previos a la aparición de “Returning Jesus”, No-Man estuvieron recuperando, remezclando y en muchos casos regrabando las pistas de aquellos temas antiguos. Las partes vocales, por ejemplo fueron grabadas por completo. La nueva versión de “Speak” sería publicada en CD a mediados de 1999 pero todo ese trabajo fue simultaneo a la composición y grabación de la mayor parte del material del nuevo disco que también rescataría alguna pieza antigua que no había encontrado acomodo en ningún otro proyecto en su día.
De lo minucioso del proyecto da buena cuenta el hecho de que prácticamente los tres últimos años del mismo los dedicaron a seleccionar con sumo cuidad las canciones del mismo así como los músicos idóneos para cada tema. En el proceso se llegó a pensar en un disco más bien corto de poco más de media hora de duración, en uno mucho más extenso con prácticamente todo lo grabado sin apenas filtros e incluso incluir transiciones habladas entre las canciones en las que se desarrollasen aún más los textos. Finalmente se optó por una selección algo mayor que la planteada en un principio prescindiendo de canciones completamente terminadas pero que podían alterar la coherencia interna del álbum.
Para ello, Bowness y Wilson se rodearon de una formación de aire jazzístico lo que daba una buena pista de por dónde podían ir los tiros en esta ocasión. Al batería Steve Jansen (quien ya había trabajado con No-Man), el flautista y saxofonista Theo Travis (participante en proyectos anteriores de Wilson como Bass Communion) y el bajista Colin Edwin (de Porcupine Tree), se unen en esta ocasión el teclista David Kosten, los trompetistas Ian Carr e Ian Dixon y el guitarrista Ben Christophers. El resto de instrumentos, como es habitual, corrían todos por cuenta de Steven Wilson.
“Only Rain” - El álbum comienza con unas cuerdas lánguidas y repetitivas que nos recuerdan a “The Sinking of the Titanic” de Gavin Bryars. Sobre ellas aparece la voz de Bowness sosteniendo ese mismo ritmo pausado, cadencioso, casi somnífero, apenas alterado por la trompeta de Ian Carr, imbuida del espíritu del Miles Davis de discos como “Siesta”. Tras la introducción aparece la percusión y la guitarra de Ben Christophers con un punto errático que le sienta de maravilla al tema que gana en consistencia a partir de entonces con cuerdas, trompeta y contrabajo unidas en un precioso segmento jazzístico que se va difuminando en un lento final. La canción surge de una coda que pensaron añadir a un tema anterior para un disco de remixes en 1995. En aquel momento Bowness estaba trabajando en otro proyecto con David Kosten y se pensó incluir el tema en el disco que este iba a publicar bajo el nombre de Faultline pero se descartó.
“No Defence” - Mucho más convencional es la siguiente canción construida a partir de una serie de acordes de guitarra mil veces repetidos en el rock. La magia la opera en esta ocasión Tim Bowness con su inimitable estilo a la hora de cantar. A partir de ahí, cada detalle es una gema más a añadir al conjunto. El piano, los fondos de mellotron o similar, la exquisita batería de Steve Jansen o la trompeta, en este caso de Ian Dixon no hacen sino mejorar la pieza a cada intervención.
“Close Your Eyes” - Cambio total en cuanto a entorno sonoro para arropar la voz de Bowness. Percusiones africanas, sonido de órgano y una preciosa guitarra que pone filo a la canción es todo lo que necesita el grupo para componer un tema extraordinario con toda la esencia de una banda peculiar y única en su especie. La canción parte de otra escrita en 1988 que revisaron mientras trabajaban en la nueva edición de “Speak”. Se quedaron con las partes más interesantes y aprovecharon las aportaciones de todos los músicos participantes en la grabación.
“Carolina Skeletons” - Llegamos a una de nuestras 4 o 5 canciones favoritas de la discografía de No-Man que, además, funciona de maravilla en formatos muy diferentes como atestiguan las distintas versiones en directo que podemos oír en los conciertos de la banda. Como todos los temas anteriores, es un tiempo lento y melancólico, perfectamente adornado con efectos electrónicos, una delicada guitarra y una atmósfera evocadora. Rozando la perfección. Curiosamente, esta canción, al igual que la siguiente, fueron compuestas y grabadas por la Wilson y Bowness directamente en el estudio de grabación sin partir de ninguna idea previa.
“Outside the Machine” - Volvemos al espíritu “jazzy” con la batería juguetona de Jansen ribeteada de las notas precisas de piano. Poco después escuchamos a Tim levantar la voz, algo poco frecuente en él, para subrayar un estribillo encantador. Creemos que es difícil escuchar a alguien cantando “no te necesito” de una forma más elegante.
“Returning Jesus” - El comienzo es arrebatador. Una percusión que bien podría salir de las cacerolas de la casa de cualquiera de los músicos se combina con un primitivo sonido electrónico no muy diferente al del Casiotone más básico. Pues con ese ritmo en bucle tenemos ya la base de otra gran canción que comienza con Tim cantando varias veces el título del tema que vendrá después, en un curioso juego que puede llevar a la confusión ya que este será una pieza instrumental. En la parte central de la canción aparece el autoarpa tocado por Wilson, quien se enamoraría de ese sonido durante mucho tiempo.
“Slow It All Down” - Curiosamente, y pese a que, como decíamos antes, el título de este tema era parte de la letra del anterior, no se trata de una coda de aquel ni mucho menos sino de una composición independiente y de gran interés en la que se combinan ritmos electrónicos, el saxo de Theo Travis y las guitarras para formar una pieza instrumental de gran entidad, quizá más cercana a otros proyectos de Wilson como sería Bass Communion.
“Lighthouse” - Otra de las canciones clásicas de la banda con un Bowness que recita más que canta durante la mayor parte de la misma con la única excepción del estribillo. Pese a un comienzo muy relajado, la evolución de la canción, especialmente a partir de la entrada del órgano, es quizá la más cercana de todo el disco a un concepto cercano al rock progresivo. La parte central en la que volvemos a escuchar una batería muy jazzística mezclada con juegos minimalistas de teclado en el más puro estilo de Steve Reich, es una verdadera maravilla que justificaría por sí sola todo el disco. Tras un corte abrupto, se cierra la pieza con un segmento lleno de aroma “floydiano” tanto en la parte del órgano como en la de la guitarra. El punto de partida fue otra canción descartada, en esta ocasión de 1994.
“All That You Are” - Con un esquema cercano a “No Defence”, en el sentido de que parte de una base trillada para evolucionar después en algo muy distinto, “All That You Are” es un cierre perfecto para el disco. Con un punto de épica inesperado pero que le sienta de maravilla es una despedida inmejorable que nos deja con una sonrisa en la boca.
Lo cierto es que Tim Bownes confirmó los rumores de los que habíamos hablado al principio. Los trabajos anteriores de No-Man no habían obtenido el éxito y las buenas críticas de sus precedentes pese a que los dos artistas consideraban que eran tan buenos como aquellos o mejores. Con ese panorama, trabajaron en “Returning Jesus” con la perspectiva de que si aquel iba a ser su último disco juntos, querían hacer algo de lo que sentirse orgullosos y lo consiguieron hasta tal punto que Bowness comenta divertido en las notas de la reedición de 2002 del trabajo que una de las pocas críticas negativas que llegó a leer decía: “no me gusta nada de lo que se oye en el disco y, lo que es peor, es que estoy convencido de que los autores están encantados con el resultado”. A eso, Tim solo pudo añadir: “Tiene toda la razón”.
No-Man han seguido grabando discos hasta hoy en día y lo cierto es que es el único de todos los proyectos colaborativos de Steven Wilson que parece seguir en pie y a pleno rendimiento, toda vez que su participación en Blackfield es cada vez más marginal pudiendo considerarse ya el proyecto de Aviv Geffen más que la colaboración que fue en su día. “Returning Jesus” fue un punto de inflexión para No-Man que merece la pena recordar y cuya escucha nunca decepciona.
Hablábamos en la anterior entrada de la influencia del “krautrock” y más concretamente de Tangerine Dream en la música de Steven Wilson. Como ya señalamos, sus primeros proyectos de adolescencia (Altamont y Karma) reflejaban claramente su amor por estos estilos pero con la creación de Porcupine Tree, este tipo de sonidos quedó en un segundo plano. Sin embargo, la necesidad del músico inglés de expresarse por todos los medios posibles terminó por llevarle a crear distintos proyectos con los que explorar todo tipo de músicas. Así, en 1996 puso en marcha I.E.M. (Incredible Expanding Mindfuck) que sería la forma de mostrar su lado “kraut” y un par de años más tarde, Bass Communion, su proyecto más puramente electrónico que comenzó con una orientación más ambiental y terminó por convertirse en el acercamiento a la “drone music” de Wilson.
Nos centramos hoy en el segundo volumen del proyecto, titulado sencillamente “II”. El trabajo apareció algo más de un año después del primer volumen aunque se grabó prácticamente de modo simultaneo a los últimos cortes de aquel. En la misma época, Wilson trabajaba junto con el resto de miembros de Porcupine Tree en el disco “Stupid Dream”. El sonido del grupo estaba evolucionando hacia canciones más cortas y estructuras pop/rock más convencionales que antaño, lo que dejaba poco margen para los experimentos de Wilson con sonidos y ritmos electrónicos amalgamados con rock progresivo que caracterizaron a Porcupine Tree cuando eran un proyecto personal y también en los primeros trabajos ya como una formación estable de cuatro músicos. Quizá eso hiciera que Wilson diera forma a proyectos alternativos como Bass Communion para seguir explorando en una dirección más electrónica, al margen del que ya era su proyecto principal. El primer disco de Bass Communion fue una especie de recopilación de material grabado en la época 1995-1998 junto con trabajos de exploración sobre cintas procedentes de las sesiones de grabación de “Flowermouth”, el segundo disco de No-Man (el proyecto de Wilson con Tim Bowness). En aquel trabajo colaboraban, entre otros, Robert Fripp y Theo Travis y algunos de los “soundscapes” creados por el primero formaron parte del larga duración de debut de Bass Communion convenientemente tratados y procesados por Wilson. “Bass Communion II”, por el contrario, parece un proyecto más definido y con una idea más clara detrás. Pese a encontrar también aquí una continuación de la experimentación sobre el material de Fripp de 1993, el resto del material parece más en consonancia con la idea de hacer un disco con una coherencia interna mayor. De hecho, “Bass Communion I” ha quedado en un cierto olvido y no ha sido reeditado con posterioridad como sí lo fueron otros discos de ese proyecto, incluyendo “Bass Communion II”.
“Advert” - El primer corte del disco no llega al minuto de duración y es, simplemente, un fondo sonoro con una serie de efectos que enlaza directamente con la segunda pieza.
“16 Seconds Swarm” - En los primeros instantes apenas oímos un sonido como de estática del que surge de forma tenue una especie de melodía muy lenta y sin un gran desarrollo en un principio. La adición de nuevas capas sonoras tras cada repetición va haciendo de ese escueto tema algo casi hipnótico que evoluciona de una forma similar a la música de Brian Eno en los discos de la serie “Ambient”. La música fluye tranquila hasta el ecuador de la pieza cuando irrumpe un potente colchón de cuerdas electrónicas que eleva el tema a un nivel superior, de un modo que nos recuerda mucho a los trabajos de Johann Johannsson que llegarían unos años después. Una pieza extraordinaria.
“Grammatic Oil” - La primera novedad llega de la mano de la percusión. Una serie de tambores tribales ejecutan un ritmo constante sobre un fondo sintético que primero es tranquilo pero que pronto se torna inquietante, especialmente a partir de la aparición de un esquemático tema de sintetizador y de la entrada de lo que podría ser un “mellotron”. A todos estos elementos se suma un pulso rítmico grave que aparece a intervalos irregulares terminando de construir una atmósfera fascinante de la que poco a poco desaparecen las percusiones del principio. Aparece entonces puntualmente una afilada sección de cuerda que da paso a efectos y ecos que nos transportan a un lugar oscuro, claustrofóbico, amenazante, que no permite ni un instante de relajación terminando la pieza entre una gran tensión.
“Drugged 3” - En el primer disco de Bass Communion aparecían las dos primeras partes de “Drugged”, el experimento de Wilson sobre los “soundscapes” de Robert Fripp al que nos referíamos más arriba. Aquí tenemos la última pieza de la serie que comienza con el exótico sonido del “autoharp” que tanto gusta a Wilson. Acompañándole, un fascinante “soundscape” que se desdobla poco después con la adición de un órgano. Aparece entonces la guitarra eléctrica con un par de acordes que nos introducen en la segunda parte de la pieza, un segmento que Wilson reutilizaría como parte de la canción “Together We're Stranger” del disco homónimo de No-Man unos años después. De ahí en adelante la pieza vuelve a los sonidos casi celestiales de “16 Seconds Swarm” con el añadido del saxo de Theo Travis, uno de los colaboradores más consistentes de toda la carrera de Wilson en sus distintos proyectos.
“Dwarf Artillery” - Cambio radical de estilo en el siguiente corte que cuenta con un comienzo pleno de ritmo. Un latido de bajo, un pulso electrónico y efectos sonoros de todo tipo van combinandose en una animada secuencia de la que surge un repetitivo fondo de órgano. La combinación, en diferentes secuencias de todos esos elementos termina por conformar una pieza más que interesante que se nos hace corta pese a superar los siete minutos de duración.
“Wide Open Killingfeld” - La siguiente pieza es una inmersión en ambientes sonoros que funcionaría como la prolongación de “Grammatic Oil” pero rebajando unos cuantos puntos la tensión. Sin llegar a ser un corte especiamente amable, es mucho más acogedor que aquel. Sin sobresaltos y con un desarrollo más lineal, funciona, sin embargo, como pieza atmosférica para mantener al oyente alerta.
“A Grapefruit in the World of Park” - Si hay algo que lastra en cierta medida el disco, al margen de su larga duración, el bajón que suponen los dos últimos cortes y es que el que cierra el trabajo no es demasiado diferente del que lo precede lo que nos deja con un tramo final de más de 25 minutos sin apenas variaciones que contrasta con la alternancia de estilos de los primeros cinco temas del album. Sin ser en modo alguno dos piezas intrascendentes, las dos últimas pueden provocar la desconexión de muchos oyentes aunque, al fin y al cabo, hablamos de música “ambient” y la propia definición de la misma implica que puede seguirse sin una atención excesiva ¿no es así?.
Aunque nació como un proyecto casi marginal para la exploración sonora por parte de Steven Wilson y la inmersión en estilos que no cabían en sus otras aventuras, lo cierto es que, a día de hoy Bass Communion es su encarnación más longeva ya que son ya 21 años los que han pasado desde su primer disco y aún sigue en marcha (Porcupine Tree llegó a los 20 años de actividad pero no pasó de ahí y la participación de Wilson en No-Man no parece clara en los últimos años pese a que se anunció un nuevo disco no hace mucho). De hecho, podríamos decir que es el único proyecto del músico que sobrevive a la decisión de aparcar todo lo demás para centrarse en los discos firmados con su propio nombre y eso es algo que hemos de agradecerle ya que Bass Communion es una propuesta completamente distinta al resto pero lo suficientemente abierta como para explorar un gran número de tendencias dentro de la música electrónica más ambiental. Si aún no la conocéis, este disco es un punto de partida muy accesible antes de meterse en trabajos más áridos.
A los amantes de la parapsicología, el nombre de Konstantin Raudive no les resultará extraño. Tras conocer la obra del pionero sueco Friedrich Jürgenson, se interesó en el nuevo fenómeno de las “psicofonías” en la década de los sesenta siendo uno de los primeros autores en investigar en ese campo obteniendo una extensa colección de grabaciones con supuestas voces del más allá. Esos “fantasmas” captados por la cinta magnética fueron la inspiración de Steven Wilson para realizar uno de los mejores discos grabados bajo el nombre de Bass Communion.
En origen, Bass Communion fue una especie de prolongación de Altamont, un proyecto de adolescencia de Wilson en el que, en compañía de su amigo Simon Vockings, trataban de hacer música basada en las bandas de “krautrock” que tanto gustaban a ambos jóvenes. En cualquier caso, si bien aquellas cintas de Altamont tenían una influencia muy directa de bandas como Tangerine Dream, la música de Bass Communion era algo diferente. Sus puntos en común con los alemanes se encontraban más en el espíritu de experimentación que en el estilo musical. “Ghosts in Magnetic Tape” estaba basado en una serie de viejos discos de 78 rpm que Wilson encontró en el desván de la casa de sus padres. Esas grabaciones de campo, con sonidos ambientales a modo de librería, inspiraron al músico pese a que ni siquiera tenía un equipo adecuado para reproducirlas a la velocidad correcta, teniendo que hacerlo a 45 rpm. A lo largo del trabajo encontramos extensos pasajes en los que podemos escuchar un profundo tratamiento sonoro de esas fuentes de las que Wilson extrae verdaderas maravillas. Esos discos sonando a una velocidad más lenta de lo normal con los ruidos inevitables causados por el deterioro de los mismos a lo largo del tiempo, los saltos, los siseos, etc. conforman una base sonora a partir de la cual, Wilson realiza todo su trabajo. Jonathan Coleclough, viejo amigo del lider de Porcupine Tree aporta los samples adicionales utilizados en la grabación.
El disco consta de cinco partes numeradas correlativamente. La primera comienza con un profundo “drone” salpicado por notas de piano que forman un esbozo de melodía y transcurre así durante la mayor parte del tiempo, con los sonidos flotando entre los canales del estéreo y la continua aparición de rumores y extraños ruidos que hacen de la mezcla una escucha verdaderamente inquietante. En el tramo final escuchamos un raro crepitar, procedente con toda seguridad del paso de la aguja por las partes más silenciosas de los discos almacenados en el desván para terminar fundiéndose con un fantasmagórico sonido orquestal que nos recuerda la visión de Gavin Bryars del hundimiento del Titanic. La segunda parte del trabajo cambia por completo de sonidos, ofreciéndonos un canto que en otro contexto sería angelical pero que aquí causa el efecto contrario. Es en esta parte en la que más se nota el trabajo de Wilson en cuanto al tratamiento de los sonidos, no sólo de la voz principal sino de todo lo que se mueve bajo la superficie. Un tema más que interesante que podría ser una especie de reverso tenebroso de la segunda parte del “Music for Airports” de Brian Eno. Llegamos así a la tercera parte en la que nos sumergimos de nuevo en las capas más oscuras de la música de Wilson, con sonidos graves opresivos por todas partes de entre los que surgen, muy de cuando en cuando, extraños efectos sonoros enterrados muy profundamente en la mezcla. Si hay algo en el disco que recuerde a las “psicofonías” que mencionábamos al principio es precisamente esta parte. El cuarto movimiento, por así llamarlo, de la obra es el que tiene una mayor intención melódica aunque los motivos se filtren con dificultad entre una densa neblina sonora. Cuerdas e incluso un lejano órgano hacen un esfuerzo titánico por dejarse oír mientras una suerte de latido percusivo lo va invadiendo todo. Llegamos así a la extensa parte final de casi veinte minutos de duración. Los primeros son realmente claustrofóbicos con una serie de efectos continuos que hacen pensar en una tormenta lejana o en un enfurecido río subterráneo transcurriendo varios metros en el subsuelo bajo nuestros pies. La atmósfera perfecta para una incursión en el “upside down” de la serie “Stranger Things”. Aparece entonces Theo Travis para interpretar sus habituales flautas que son convenientemente tratadas y distorsionadas por Wilson quien consigue que suenen como las escucharíamos si estuviéramos sumergidos en una bañera, lejanas, espesas... el escenario sonoro ideal para un paseo por las afueras de Las Vegas en, digamos, el año 2049.
“Ghost on Magnetic Tape” fue el cuarto disco de Bass Communion y el primero con título propio (los anteriores tenían como único distintivo un ordinal). Como sucede con casi todos los proyectos paralelos de Steven Wilson, el disco ha conocido diversos formatos desde su publicación en 2004. Apareció como CD, como vinilo con un tema adicional, y más recientemente como doble CD con el añadido de un segundo disco en el que el artista sonoro Andrew Liles hace una extensa reinterpretación de todo el trabajo (igualmente recomendable). A lo largo de todos estos años hemos prestado una gran atención a la obra de Wilson pero su proyecto ambiental, Bass Communion, ha ocupado apenas un par de entradas hasta el día de hoy. Con esta y con la siguiente pretendemos paliar esta situación y ampliar nuestra visión sobre la versión más arriesgada y experimental de la música del artista británico, quien, pese a haber aparcado muchos de sus proyectos como eran Porcupine Tree, No-Man e incluso Blackfield, sigue manteniendo, por contra, una linea muy regular de lanzamientos de Bass Communion en paralelo a su obra en solitario bajo su propio nombre.
Recientemente hablamos aquí de esos discos que surgen a partir de descartes de otros trabajos, de canciones que quedaron fuera por unos u otros motivos de proyectos pasados y que no terminan de encontrar acomodo hasta mucho después. En la carrera de Porcupine Tree, al igual que ocurre en la posterior en solitario de su líder Steven Wilson, hay decenas de temas de estas características. Alguno de ellos acaba formando parte de discos posteriores pero en el caso de la banda británica, la salida habitual terminaba por ser la de publicarlos como parte de recopilatorios.
Llama la atención que una formación de trayectoria tan extensa como Porcupine Tree no tenga ningún disco de grandes éxitos al uso. Se podría argumentar al respecto que nunca fueron realmente un grupo extremadamente popular a nivel global pero esa no es razón, en la mayoría de los casos, para no lanzar de vez en cuando algún recopilatorio que facilite el acercamiento a su música de aquellos demasiado perezosos para ponerse a bucear por los discos convencionales. Ahí radica parte de la originalidad de la banda de Wilson y es que a lo largo de los años publicaron un buen número de recopilaciones aunque todas ellas estaban integradas en su mayor parte por material inédito o publicado en tiradas muy bajas como complemento de los singles. Ese es el caso del disco que traemos hoy aquí, publicado en 2001 bajo el no demasiado original título de “Recordings”.
En este trabajo se iban a recoger canciones del periodo inmediatamente anterior. El que se correspondía con la grabación de “Stupid Dream” y “Lightbulb Sun” y en cierto modo sirvió para cerrar una etapa. Comenta Wilson que lo normal habría sido aprovechar parte de ese material para próximos trabajos pero que se descartó la idea ante el cambio de rumbo que estaban planeando y que les llevaría a un sonido más duro y cercano al metal progresivo en sus siguientes discos. “Recordings” iba a suponer, además, la despedida del batería Chris Maitland, reemplazado por Gavin Harrison poco después.
Imagen de la formación de la banda hasta "Recordings".
“Buying New Soul” - “Recordings” se abre con una maravillosa canción que la banda completó justo tras acabar las sesiones de grabación de “Lightbulb Sun”. Es un extenso tema que cuenta con una deliciosa introducción electrónica en la que podemos escuchar un agonizante violonchelo justo antes de la entrada de la guitarra acústica de Steven Wilson. Comienza ahí la canción propiamente dicha, que cuenta con un estribillo lento absolutamente imbatible. Superada la mitad del tema tenemos un clásico interludio instrumental que incluye una parte electrónica realmente evocadora que sirve de base para una nueva parte de guitarra previa a la revisión final del tema central. Es el único corte del disco firmado por todos los integrantes de la banda y una canción de la que todos afirmaban que, de haberse terminado a tiempo, habría formado parte del citado “Lightbulb Sun”.
“Access Denied” - En las mismas sesiones de grabación de aquel disco, presentó Wilson la demo de esta canción que no gustó a ninguno de los integrantes de la banda y quedó aparcada. Afortunadamente el cantante no cejó en su empeño y la banda accedió a grabarla para que formase parte de “Recordings”. Es una canción corta, en la linea de las que Porcupine Tree grabó en aquellos años. El comienzo es casi jovial, con el piano martilleando una serie de notas que Wilson acompaña con su voz modificada electrónicamente. En los primeros instantes hay hasta un cierto aire “beatle” en la canción pero enseguida se encamina por otros derroteros más experimentales y hasta jazzísticos con efectos electrónicos y un tono más oscuro aunque pronto retoma el espíritu inicial. Una rareza dentro de la discografía de Porcupine Tree que merece la pena revisar.
“Cure for Optimism” - El disco “Lightbulb Sun” contó con dos singles: “Four Chords That Made a Million” y “Shesmovedon”. Esta canción fue grabada entre las sesiones de “Stupid Dream” y “Lightbulb Sun” y se incluyó en forma de “cara b” en el segundo de los singles mencionados. Es una pieza muy interesante que cuenta con una larga introducción instrumental que desemboca en una canción lenta muy del estilo de Wilson. Los arreglos, como siempre, son de lo más destacado. Sonidos atmosféricos y efectos de todo tipo así como sonidos antiguos como el del Mellotron arropan al cantante que, al margen de eso, se acompaña de su guitarra acústica.
“Untitled” - Continuamos con una larga improvisación instrumental procedente de las mismas sesiones y que, como el tema anterior, apareció ya en la versión en CD del single de “Shesmovedon”. En su comienzo recuerda a la anterior “Buying New Soul”, quizá por el uso del violonchelo y por tener una atmósfera similar. Pronto toma un rumbo distinto con elementos de jazz y detalles que recuerdan a los experimentos de la banda en su disco “Metanoia”. Un tema más ambiental que el resto del disco y que nos da una buena medida de esa faceta de la banda.
“Disappear” - Seguimos en las sesiones de grabación de “Lightbulb Sun” y llegamos a esta sencilla canción que apareció como “cara b” del single “Four Chords that Made a Million”. Un tema quizá algo convencional para lo que representa una banda como Porcupine Tree, incluso teniendo en cuenta que pertenece a la etapa del grupo más orientada a este tipo de canciones.
“Ambulance Chasing” - Retrocedemos en el tiempo hasta las grabaciones de “Stupid Dream”, el trabajo anterior a “Lightbulb Sun” para encontrar este interesantísimo corte instrumental con un protagonismo coral por parte de todos los miembros de la banda, especialmente de la sección rítmica formada por Colin Edwin y Chris Maitland. Las guitarras tienen ese toque psicodélico que tan bien le sentaba al sonido del grupo en sus primeros discos. La pieza fue “cara b” en la versión en CD del single “Piano Lessons” y cuenta con la participación de Theo Travis como músico invitado.
“In Formaldehyde” - Igual que “Dissapear” y procedente de las mismas sesiones, este tema fue otra de las “caras b” de “Four Chords that Made a Million”. Es otra de esas canciones de la banda llenas de efectos psicodélicos, guitarras líquidas y voces procesadas a la que quizá le falte un poco de fuerza para ser recordada como un gran tema pero que merece la pena escuchar.
“Even Less” - Si tenemos que quedarnos con una sóla canción de todo el trabajo, sin duda sería con esta. “Even Less” es uno de los grandes clásicos de la banda pero en la versión que apareció publicada en “Stupid Dreams”, fué recortada casi en la mitad de su duración. Aquí escuchamos el tema original completo a lo largo de sus gloriosos catorce minutos. “Even Less” anticipa el giro hacia el “metal” de los próximos discos de la banda y también tiene muchos de los elementos alrededor de los que Wilson construiría su carrera en solitario más adelante. No es de extrañar que se convirtiera en una canción habitual en el repertorio de Porcupine Tree en vivo y que siga muy presente en el del propio Wilson hasta nuestros días.
“Oceans Have No Memory” - El disco termina con un instrumental más corto que se grabó inicialmente para “Stupid Dream” pero que fue descartado quedando como “cara b” del single “Piano Lessons” aunque sólo en su versión en vinilo. Es un tema intimista con la guitarra eléctrica como instrumento principal que no tiene demasiada trascendencia. Costaría identificarlo como de Porcupine Tree si no supiéramos que lo es.
Si hay un hecho destacable en la discografía de Porcupine Tree es, precisamente, la ausencia de trabajos irrelevantes. Incluso las recopilaciones tienen unas características que las hacen imprescindibles para todo seguidor de la banda. En esta linea, “Recordings” es un complemento perfecto para los dos discos de cuyas sesiones de grabación se nutre y un disco muy útil para documentar esa época del grupo, previa al cambio de estilo y de alineación que se daría inmediatamente después.
No es la primera vez que hablamos aquí de la inteligencia y la visión comercial de Steven Wilson, paralela a su extraordinario nivel como artista completo. Una de las cosas que cuida mucho desde sus comienzos y en todos los proyectos que ha liderado, es el no dejar que su rastro “se enfríe”, el tener siempre activos a sus seguidores mediante la aparición periódica de nuevo material. En unas ocasiones ese hueco se cubre con discos en directo, en otros con recopilaciones de material antiguo difícil de encontrar y alguna vez, con discos como el que hoy nos ocupa en el que se recogen descartes de trabajos anteriores y alguna versión en directo.
Las últimas noticias que nos llegan del músico británico hablan de un importante giro que tiene pensado afrontar en su próximo disco, previsto para finales del año que viene. Según estas informaciones, Wilson querría cerrar una etapa e iniciar la siguiente con un cambio de estilo bastante pronunciado. Como, de hecho, su cerebro estaría ya trabajando con esos nuevos parámetros, no ha querido dejar atrás cabos sueltos en su trabajo de los últimos años. Para ello, publica “4 ½”. Un disco que no tendría la entidad suficiente para ser considerado el quinto de su carrera en solitario pero que, evidentemente, va después del cuarto (sabemos que hay más de cuatro discos anteriores publicados bajo el nombre de Steven Wilson pero por diversas razones, no todos ellos pueden considerarse trabajos con entidad propia y así lo cree el propio músico).
“4 1/2” contiene material nuevo para el oyente pero no de nueva creación. De hecho, la mayor parte de las canciones son descartes de los dos anteriores discos del músico que no encajaron en aquellos por diversos motivos, principalmente temáticos. Esto implica que no estamos necesariamente ante material “de desecho” pero, desde luego, tampoco ante un disco concebido como una serie de canciones escritas en un mismo momento y con la intención de que formen parte de una obra concreta. Un disco, pongamoslo así, que sirva para mantener contento al aficionado mientras llega el plato fuerte.
Imagen que se esconde tras las 4 barras y media que se recortan en la portada del disco.
“My Book of Regrets” - La primera pieza del disco se comenzó a escribir en 2013 aunque fue acabada en 2015. De hecho, parte de lo que aquí suena procede de un concierto de la gira del año pasado con adiciones grabadas posteriormente en el estudio. Intervienen en la pieza Adam Holzman (teclados), Dave Kilminster (guitarras), Nick Beggs (bajo) y Craig Blundell (batería). Wilson canta y toca guitarras, teclados y percusiones. Comienza el tema con un escueto “riff” de guitarra que no ofrece demasiadas novedades. El texto y los arreglos en general recuerdan en un principio a los de “Hand. Cannot. Erase”, lógicamente, y podría perfectamente haber entrado en la lista de temas de ese disco. El desarrollo de la canción, sin embargo, termina por llevarla por otros derroteros, especialmente a partir del minuto dos, en el que, tras una pausa dramática, escuchamos una frenética guitarra muy similar a la del “Time Flies” del último disco de Porcupine Tree que ya tenía bastantes similitudes con algún fragmento del “Animals” de Pink Floyd. A partir de ahí entramos en un tramo de rock progresivo instrumental en el que destaca especialmente el bajo de Nick Beggs, fantástico en todo momento. Algunos ramalazos de “hard rock” van intercalándose de vez en cuando hasta llegar al último tramo, más próximo a los experimentos de los Porcupine Tree más electrónicos en un primer momento hasta llegar al gran sólo de guitarra final, con aires del David Gilmour más épico. Para el cierre, Wilson vuelve al motivo inicial de la pieza que es recreado una última vez.
“Year of the Plague” - Procedente de las sesiones de grabación de “The Raven that Refused to Sing”, fue completada a finales de 2015. Wilson toca todos los instrumentos acompañado de Adam Holzman al piano. Nos recibe con un tono misterioso como correspondía a la temática de aquel disco. Wilson tira de “samples” (especialmente de cuerdas) para crear el ambiente ideal antes de iniciar una serie de melancólicos acordes a la guitarra acústica con el acompañamiento del piano de Holzman. El instrumental no tiene un gran desarrollo pero no deja de ser una pieza emotiva y bien construída.
“Happiness III” - Aunque es un tema escrito en 2003, se grabó en 2014 durante las sesiones de “Hand. Cannot. Erase”. La banda la integran los músicos que firmaron ese disco: Adam Holzman (teclados), Guthrie Govan (guitarras), Nick Beggs (bajo) y Marco Minnemann (batería). Wilson canta y toca guitarras. La canción, que explota recursos de los que Wilson se ha servido reiteradamente en los últimos años, se beneficia de una gran actuación de Minnemann a las baquetas que construye una serie de espacios de gran amplitud a través de los que se filtra un estribillo casi “pop” que nos recuerda más al Wilson de Blackfield que al de sus trabajos en solitario. El armazón, sin embargo, es inconfundiblemente suyo.
“Sunday Rain Sets In” - Pieza instrumental procedente de las mismas sesiones de grabación que el anterior aunque sin Govan y Minnemann, reemplazados aquí por Theo Travis (flauta) y Chad Wackerman (batería). Comienza con unos temblorosos acordes de guitarra a los que la intervención de Travis confiere un aire aún más misterioso. Es una de esas transiciones que tan bien le salen a Wilson, con un toque jazzístico en esta ocasión, que le sienta de maravilla aunque no faltan el súbito cambio de tono en forma de ráfaga de guitarra cercano al final de la pieza.
“Vermillioncore” - El último tema “nuevo” del disco se terminó a mediados de 2015 aunque partía de ideas anteriores (se indica que parte del tema proviene de dos años antes). Repiten Wilson, Holzman y Beggs y se suma a ellos la batería de Craig Blundell. Es, quizá, la pieza que mejor acogida ha tenido por parte de los seguidores del músico y muchos la han comparado con algunas piezas de King Crimson. Sin querer quitarles la razón, encontramos suficientes elementos y giros característicos de Wilson como para adjudicarle otra paternidad. El núcleo de la pieza es una breve frase de “stick” que se repite una y otra vez saltando del mismo a las guitarras y adornado, conforme nos adentramos en la composición, con capas sonoras electrónicas. La batería de Blundell, entusiasta, cumple su labor sin llegar a enamorarnos.
“Don't Hate Me”- Cerrando el disco encontramos una versión de una canción del disco “Stupid Dream” de Porcupine Tree (reeditado muy convenientemente por estas mismas fechas). El tema procede de una interpretación en directo grabada durante la gira de Wilson del año pasado pero ha sufrido importantes retoques en el estudio de cara a su inclusión aquí. Los músicos son los mismos de “My Book of Regrets” con la adición de Theo Travis (flauta) y la cantante Ninet Tayeb que interpreta buena parte del texto de la pieza. Es esta la parte más atractiva de la canción, por otra parte muy conocida por los seguidores de Wilson y Porcupine Tree. La versión es muy interesante por el hecho de estar interpretada por músicos muy diferentes de los que integraban en su momento la banda y sus aportaciones particulares se dejan notar en los fragmentos instrumentales que suenan en la parte central.
Muchas clasificaciones que aparecen en las webs de música incluyen una categoría a la hora de puntuar un disco que viene a llamarse algo así como “sólo para completistas”. Con ella se pretende englobar los trabajos de un grupo o artista cuyo contenido, probablemente, sólo interese a los seguidores más fieles del mismo. “4 1/2” nos parece un disco que debería figurar en esa categoría lo cual no quiere decir que no pueda interesar a un público más amplio ni tampoco pretende etiquetar el trabajo como algo inferior, de calidad discutible. Creemos que está uno o dos escalones por debajo del nivel habitual de la producción de Wilson pero eso es algo lógico, casi esperado, con un lanzamiento de las características de éste.
Nos despedimos con un homenaje reciente de Wilson y su banda a David Bowie en directo. Ninet Tayeb, co-protagonista de "Don't Hate" me, se atreve aquí con "Space Oddity".
Tonefloat es un pequeño sello holandés
especializado en pequeñas tiradas de discos muy especiales de
artistas no muy conocidos en muchos casos y también en reediciones
de trabajos de músicos de mayor fama. Se caracterizan por publicar
muchos títulos en vinilo en ediciones de gran calidad además de
cuidadas tiradas de compact discs en preciosos formatos réplica de
vinilo con estuches de cartón, fundas interiores, etc.
La nómina de artistas cuyos discos han
pasado en un momento u otro por el catálogo de Tonefloat es
impresionante. Hace unos años, con ocasión del lanzamiento del
TF-100, es decir, la referencia número cien del sello, decidieron
editar un disco especial en quel se recogieran varias colaboraciones
entre diferentes artistas del sello, todas ellas inéditas. El
resultado, una colección exquisita de composiciones en los estilos
más habituales del sello: rock progresivo, ambient, drone music,
etc. Los participantes en el TF-100 son todos artistas de gran
prestigio en sus respectivos campos. Comenzamos con Sand Snowman,
alias de Gavan Kearney, multi-instrumentista, pintor y escritor que
ha grabado ya una decena de discos además de participar en muchos
otros de artistas de lo más variopinto. El segundo nombre es el de
Theo Travis, saxofonista, flautista y clarinetista que ha grabado con
Robert Fripp, Harold Budd o Robert Sylvian. Continúa la lista con
Steven Wilson. Poco podemos añadir sobre él que no hayamos dicho ya
en el blog. Moonswift, alias de Ashley West compositora e intérprete,
pareja de Sand Snowman es la siguiente en la relación que continúa
con Dirk Serries, artista belga más conocido por su identidad de
Vidna Obmana bajo la cual ha lanzado un gran número de trabajos de
ambient en la vertiente más oscura del género. Cierran la lista dos
holandeses, Peter Van Vliet y el prolífico Maarten Van der Vleuten.
Logotipo de Tonefloat Records.
“Like Charcoal” - La primera pieza
del disco recoge la colaboración entre Sand Snowman (guitarras, bajo
y percusión), Theo Travis (flauta) y Steven Wilson (voz, guitarra
eléctrica). Sobre un fondo electrónico, el antiguo líder de
Porcupine Tree canta con languidez una lenta melodía muy en la línea
de sus temas más íntimos. Escuchamos entonces los primeros acordes
de la guitarra acústica de Sand Snowman en un pasaje ambiental de
gran calado en el que todo tipo de efectos sonoros se unen a las
guitarras para construir una atmósfera única. Sólo faltaba Travis
por sumarse a la fiesta y lo hace con una serie de notas sacadas del
registro más grave de su flauta que aportan el toque justo a una
estupenda composición.
“Trevail” - Los mismos
protagonistas se encargan del siguiente corte, un instrumental en el
que Sand Snowman se queda con las guitarras acústicas, Wilson con la
eléctrica y Travis, protagonista principal, con la flauta y el
clarinete. Se trata de un brevísimo tango con cierto aire a la
música de Morricone. Las guitarra acústica es la encargada de crear
el estado de ánimo justo para que Travis, principalmente a la
flauta, improvise una interesante melodía. El apenas minuto y medio
que dura la pieza se hace extremadamente corto.
“California Falling” - El tercer
corte del disco reune a Moonswift (voz, guitarra y bajo), Dirk
Serries (guitarra eléctica), Peter Van Vliet (voz, teclados,
programaciones) y Steven Wilson (mellotron). La canción es una
preciosidad en la que se combinan voces etéreas con un ritmo
electrónico continuo e inquietantes notas de guitarra. Una pieza en
un estilo similar al de Cocteau Twins, por poner un ejemplo cercano,
que muestra un entendimiento total entre los músicos implicados en
ella.
“Pale Ghostlike Friend” - Turno
para Sand Snowman (guitarras, glockenspiel y armonio), Peter Van
Vliet (guitarra acústica) y Steven Wilson (voz, mellotron, bajo y
theremin). Es una de las piezas más animadas del disco con Van Vliet
y Wilson marcando un ritmo vivo desde el comienzo, sólo roto con la
llegada del estribillo. La canción tiene un ligero aire a los Pink
Floyd de la etapa Barrett en el comienzo. Con la entrada del
glockenspiel y los coros de mellotron evoluciona ya hacia algo más
parecido a los discos más recientes de Steven Wilson, quien hace uno
uso realmente interesante del theremin, instrumento usado a menudo
como espectáculo de feria por muchos artistas.
“Through the Eyes of the Duck” - La
única pieza del disco obra de un solo artista es este corte
electrónico a cargo de Peter Van Vliet que se encarga de las
programaciones además de tocar la guitarra electrónica. Es un corte
bailable que no aporta demasiado al disco, además de encajar mal en
el conjunto. Una lástima porque las ideas que hay, especialmente en
lo que se refiere a la guitarra, son muy atractivas pero quedan
sepultadas por el monótono ritmo que suena de principio a fin.
“Song for John Fahey” - El corte
más largo del trabajo es un dúo entre los dos artistas con mayor
participación en el mismo: Sand Snowman (guitarra acústica) y
Steven Wilson (autoarpa, violín, guitarra eléctrica y bajo. La
pieza, dedicada al mítico guitarrista folk norteamericano John
Fahey. Estamos ante una extensa y cadenciosa composición en la que
destaca el precioso sonido de la autoarpa, instrumento parecido a la
cítara que Wilson utiliza puntualmente en sus trabajos con grandes
resultados. En la segunda mitad del tema, éste evoluciona hacia
conceptos más folclóricos que ambientales haciendo reconocible el
estilo del homenajeado que apenas podía intuirse en la primera.
Magnífica pieza que está entre lo mejor del disco.
“Murmlefish” - Cerrando el disco
encontramos al dúo formado por Dirk Serries (guitarra) y Martin Van
Der Vleuten (voz, teclados y programaciones). La pieza, también de
larga duración, es otra exploración más por los terrenos del
“ambient”, estilo común a todos los artistas participantes en el
disco en algún momento de sus carreras. A pesar de que las
percusiones y algunos efectos son algo más potentes de lo habitual
en él, encontramos una influencia clara de Brian Eno así como
sonidos que se nos antojan un homenaje al Vangelis de Blade Runner.
Además de una magnífica celebración
de la referencia número 100 del sello, este disco nos parece una
excelente puerta de entrada en los sonidos de una serie de artistas
de esos que no ocupan los primeros puestos en las listas de éxitos
ni las portadas de las revistas pero que tienen mucho más que
aportar que buena parte de los habituales de los medios de
comunicación. Además, para los seguidores de la trayectoria de
Steven Wilson es un trabajo que no puede faltar, especialmente en las
discotecas de los más completistas.
Hay muchas cosas extraordinarias en la
carrera de Steven Wilson y no es la menos sorprendente que cada nuevo
proyecto en el que se embarca cree con mayor expectación que el
anterior y que casi siempre supere la más optimista de las
previsiones de sus seguidores. Lo cierto es que “The Raven that
Refused to Sing (and Other Stories)” Alcanzó un nivel que parecía
muy difícil de sostener (no digamos ya de superar); nuestra
impresión es que Wilson era consciente de ello y por eso se enfrentó
al siguiente reto con mucha más calma que en otras ocasiones,
reduciendo en la medida de lo posible el resto de proyectos y
adelgazando al máximo su agenda. Así, en los últimos dos años,
las únicas noticias que hemos tenido de él eran las
correspondientes a sus trabajos de remasterización y remezcla de
discos clásicos de las últimas décadas. Sabíamos que durante la
gira de su anterior disco se estaba trabajando ya en nuevas canciones
y que la intención era la de que su banda fuese lo más estable
posible para garantizar el mayor nivel de calidad posible pero no
muchos más detalles.
A principios de 2014 empezaron a
saberse algunas cosas relativas al nuevo disco, especialmente en lo
tocante al concepto central del album. Parece ser que Wilson vio un
documental titulado “Dreams of a Life” en el que se hacía una
investigación sobre la vida de Joyce Carol Vincent. Su historia
saltó a las portadas de los periódicos ingleses cuando su cadaver
apareció en su apartamento, tumbado en la cama, con la televisión y
la calefacción encendidas en enero de 2006. Alrededor de su
esqueleto, pues ese era el estado en que se hallaban sus restos,
varios regalos recién envueltos y preparados para ser enviados,
aparentemente, a sus familiares y conocidos en las navidades de 2003.
La cineasta Carol Morley se vio atraída por ese suceso y decidió
reconstruir la vida de Joyce buscando a sus posibles familiares y
conocidos para lo que llegó, incluso, a poner anuncios en prensa, en
marquesinas o en los transportes públicos. Como resultado de sus
esfuerzos descubrió que la fallecida era una mujer activa, inquieta,
cuya vida estuvo marcada por la escasa relación con sus padres y por
un maltrato por parte de una antigua pareja que la hizo cambiar con
frecuencia de domicilio y de trabajo (de hecho, el apartamento en que
apareció su cadáver era uno de los que el estado británico pone a
disposición de las víctimas de la violencia doméstica). A pesar de
esa situación, Joyce consiguió salir adelante y tener una vida de
cierto éxito y popularidad en sus círculos habituales lo que hacía
más inexplicable y desolador el hecho de que absolutamente nadie la
echase en falta durante más de dos años. El film mostraba
entrevistas con algunos de sus vecinos, con antiguas relaciones de
Joyce o con la gente de su barrio y, quizá de una manera algo
idealizada, retrataba toda una vida que luego nadie pareció
extrañar. A partir de ese concepto, Steven Wilson crea su propio
personaje femenino a través de cuyos ojos afronta el que es su
cuarto disco de estudio en solitario, según la discografía más o
menos aceptada que excluye muchos lanzamientos limitados y rarezas
del recuento final. Es curioso que el propio autor cite como
principal influencia a la hora de hacer el disco el que también
hacía el número cuatro de la carrera de Kate Bush, “The
Dreaming”, publicado igualmente tras un periodo de casi dos años
de preparación por parte de la cantante.
La historia de Wilson se construye a
partir del blog imaginario de una mujer que se inicia el 8 de octubre
de 2008 con una entrada en la que la protagonista escribe: “hoy
cumplo 30 años. Josef K fue arrestado el día que cumplia 30 años”.
Con esa referencia al protagonista de “El Proceso” de Kafka,
comienza uno de los discos más ambiciosos que hemos oído en los
últimos tiempos. El blog completo puede leerse aquí.
Gran parte de los temas habituales en Wilson se van desplegando en el
diario, comenzando por los recuerdos de la infancia y la adolescencia
de la protagonista (con algunas referencias a la propia trayectoria
de Wilson como una entrada encabezada con un “No Man is an Island”,
por ejemplo), la llegada de una hermana adoptada 3 años mayor que
ella, con la que sólo convive durante 6 meses hasta que sus padres
se separaran y con la que experimenta importantes descubrimientos
personales. Tiempo después la recordará como la persona con la que
más cosas ha compartido a pesar de lo breve de su convivencia. El
gran tema del disco, sin embargo, es la soledad. La protagonista se
siente sola desde que tiene recuerdos, con una escasa relación con
sus padres pero también, más adelante, con sus compañeros de
colegio, de instituto, etc. Allí establece relaciones utilitarias
pero superficiales “be friendly but don't make friends” dice en
la entrada del 14 de septiembre de 2009, aunque llega a tener un
breve noviazgo con un fotógrafo. Hay tiempo para hablar de música.
Los primeros discos que escuchaba junto con su hermana fueron de Dead
Can Dance y This Mortal Coil pero más adelante, su grabación
favorita fue un viejo vinilo con el “Cuarteto para el fin de los
tiempos” de Olivier Messiaen. Uno de los escasos “hobbies” de
que tiene la autora del blog es peculiar: colecciona recortes
periodísticos en los que se habla de mujeres desaparecidas. Ese
interés se refleja en pensamientos como el que tiene el 10 de marzo
de 2011 cuando recuerda a la perra Laika, primer animal en ser
enviado al espacio que fue encontrado en la calle por los soviéticos
que decidieron escogerla porque nadie la reclamaría. También habla
del arrepentimiento, de los fantasmas de las decisiones no tomadas...
poco después escribe: “en el último mes habré pronunciado apenas
veinte palabras”. Otro tema habitual en Wilson son los fenómenos
paranormales o, al menos, las historias inexplicables. En un momento
determinado, nos habla del caso de una tal Lena Springer, aparecida
de repente en medio de una calle de Viena y atropellada por un
autobús. Supuestamente Lena había desaparecido sin dejar rastro en
1876. Falleció, por tanto, a la edad de 28 años, 104 años después
de su fecha de nacimiento. La historia no es más que una recreación
del controvertido caso de Rudolf Fenz del que hay abundante
información en internet, un clásico de la parapsicología. La
presencia de “fantasmas” es cada vez más habitual en la
narración, incluyendo una visita de la protagonista con 13 años a
la protagonista actual. El blog acaba el 2 de marzo de 2015 con una
entrada en la que habla del comienzo de una ascensión lo que
asociado a los textos anteriores del mismo nos sugiere la idea del
suicidio de la protagonista, otro de los temas que aparecen de cuando
en cuando en el imaginario de Wilson.
Una de las imágenes del blog de la protagonista.
Participan en la grabación los mismos
músicos que lo hicieron en el anterior trabajo del músico con
alguna adición: Guthrie Govan (guitarras), Nick Beggs (bajo, Chapman
stick), Adam Holzman (piano, teclados), Marco Minnemann (batería),
Dave Gregory (guitarras), Chad Wackerman (batería), Ninet Tayeb
(voz), Theo Travis (flauta, saxo), Katherine Jenkins (narración),
Leo Blair (voz) y el propio Steven Wilson (voz, teclados, guitarras,
bajo, banjo, percusiones, etc.)
“First Regret” - El disco comienza
con un tema instrumental basado en una preciosa melodía de piano que
poco a poco se funde con una serie de efectos electrónicos que
desembocan sin solución de continuidad en el siguiente corte.
“3 Years Older” - El sonido de los
teclados nos da la bienvenida antes de ser interrumpido por una serie
de veloces acordes de guitarra acústicas que desembocan en un
poderoso riff tras el que podemos disfrutar de la extraordinaria
interpretación del propio Wilson al bajo. Comienza la canción
propiamente dicha con una excepcionales harmonías vocales entre
nuestro artista y Nick Beggs. Los textos parecen repasar la breve
relación de la protagonista de la historia con su efímera hermana
adoptiva. En el ecuador de la pieza asistimos a una soberbia
explosión de rock progresivo tras la que Adam Holzman ejecuta un
magnífico solo de piano de corte jazzístico, uno de los pocos
detalles en esa linea del disco que contrasta en ese aspecto con el
precedente “The Raven...” El gran momento de Holzman, sin
embargo, llega un poco después con un alucinante solo de “Hammond”
que rivaliza con muchos otros de los grandes de los teclados dentro
del género.
Primero de los tres "aperitivos" del disco que Wilson fue dejando en su web.
“Hand Cannot Erase” - El lado más
“pop” de Steven Wilson, aquel que solía encontrar su lugar en
los discos de Blackfield, aparece en este momento. La canción, todo
un “hit” en potencia, es sencilla y tremendamente directa. Emana
energía y optimismo a partes iguales y, además, está producida con
un gusto extremo, como todo lo que toca nuestro artista.
“Perfect Life” - La primera gran
sorpresa llega con el tema escogido como primer single. Sobre un
fondo electrónico y una base rítmica industrial pero próxima a
estilos como el “chill out” escuchamos la narración de Katherine
Jenkins en primera persona hablando nuevamente de la íntima relación
entre las dos jóvenes en su adolescencia. El concepto suena cercano
al de discos como el “Tr3s Lunas” de Mike Oldfield hasta que
comienza a cantar el propio Wilson repitiendo como un mantra el
título de la pieza rodeado de un ambiente excepcional creado por las
guitarras, los coros de Nick Beggs y algunos efectos vocales
electrónicos cosecha del propio Wilson. Esta segunda mitad podría
estar firmada por Brian Eno y no podría sorprender a nadie.
“Routine” - Con unos sencillos
acordes de piano comienza otra extraordinaria creación de Wilson en
la que describe la mecánica vida de la protagonista que aparece
también en la voz de Ninet Tayeb que toma los mandos por un
instante. Un delicioso estribillo acompañado por lo que parece un
clavicordio y un violín sintético se interrumpen con el canto de
Leo Blair, miembro del coro de la Cardinal Vaughan Memorial School.
Entramos así en la magistral segunda parte de la pieza con el sonido
de la celesta ejecutado por Holzman y el clásico sonido de flauta
del “mellotron” en un momento de claro sabor “crimsoniano”.
Es entonces cuando Guthrie Govan ejecuta un emocionante solo de
guitarra antes de la segunda aparición de Tayeb en la que se intuye
el giro hacia la oscuridad que comienza a experimentar el disco. A
modo de coda, una guitarra que parece sacada de “The Dark Side of
The Moon” acompaña a Wilson en la estrofa final.
“Home Invasion” - Asistimos a un
gran giro en este instante marcado por la enérgica guitarra de Govan
y una soberbia sección rítmica que no deja de recordarnos a King
Crimson en sus improvisaciones alrededor del “Mars” de Gustav
Holst. En estos momentos es cuando escuchamos al Wilson más cercano
a Porcupine Tree siquiera por unos instantes con un Marco Minnemann
imperial. La introducción termina y tras una breve secuencia en plan
“Money for Nothing” entramos en una especie de blues metálico en
la que se habla de la soledad y el aislamiento al que nos lleva
internet que ofrece la posibilidad de tenerlo todo sin moverse de
casa.
“Regret #9” - Enlazado con el final
del corte anterior llega este instrumental que comienza con un
espectacular solo de teclado sobre una base rítmica exquisita.
Holzman con un sonido muy cercano al del Rick Wright de “Wish You
Were Here” comienza a impartir una auténtica lección que alcanza
momentos de auténtico éxtasis musical con la entrada de la guitarra
eléctrica. Una barbaridad de tema que acaba, quizá, demasiado
pronto.
“Transcience” - Wilson en solitario
ejecuta todos los instrumentos de esta transición de influencias
“floydianas” en el comienzo que nos muestra de nuevo las
excelencias del músico a la hora de elaborar armonías vocales, en
este caso, en una sorprendente onda “folk”.
“Ancestral” - Llegamos de este modo
al corte más largo del disco, aquel en el que brilla con luz propia
Theo Travis a la flauta y el saxo. Con unos magistrales arreglos de
cuerda que hacen maravillas en un tema que tiene momentos cercanos al
trip-hop (ese ritmo continuo a lo Massive Attack) y que crece a cada
minuto mostrando trazas de lo que podría ser hoy Porcupine Tree de
seguir activos. Otro solo de Govan nos deja sin aliento antes de
atravesar el ecuador de la pieza marcado por la nueva aparición de
Ninet Tayeb. A partir de ahí, comienza la fase final del descenso a
los infiernos de la protagonista, excelentemente dibujado en una
suite de jazz-rock oscuro que recupera las mejores atmósferas de
“The Raven...”, con grandes dosis de “mellotron” y una
guitarra omnipresente, siempre inquietante con un claro “toque
Fripp”. El tramo final es una orgía de metal progresivo con un
“riff” que martillea sin parar nuestros oídos que desemboca en
el jazz onírico encarnado en los teclados de Holzman y la flauta de
Travis para terminar ambos mezclados en un cierre absolutamente
estremecedor.
“Happy Returns” - Volvemos casi por
sorpresa al comienzo del disco, con el piano que servía de
introducción como prólogo de una canción, de nuevo, en la onda de
Blackfield, con la guitarra acústica y unos teclados sencillos como
principal acompañamiento de la voz de Wilson que tararea un
agradable estribillo. Es la despedida de la protagonista en un texto
en el que parece dirigirse a su hermano y sus sobrinos en un párrafo
final que enlaza con el trágico desenlace de la verdadera Joyce: “Do
the kids remember me? / Well I got gifts for them / and for you and
sorrow / but i'm feeling kind of drowsy now / so I'll finish this
tomorrow”. Una letra sencilla pero conmovedora cuando concemos la
historia real en la que se basa. La canción formó parte del repertorio de la gira del anterior disco del músico.
“Ascendant Here On...” - La pieza
que cierra el disco es una pequeña joya en la que el coro infantil
citado anteriormente canta una sencilla melodía sobre unos
melancólicos acordes de piano. Emotivo sin caer en el
sentimentalismo.
La historia del rock progresivo corre
paralela a la de los llamados “discos conceptuales”, trabajos con
un hilo conductor en el que todas las piezas se relacionan entre sí
para contar una historia aunque puedan subsistir en muchos casos de
forma individual. Dentro de esa categoría, esta última entrega de
Wilson es una de las más elaboradas y complejas, algo que no debería
sorprendernos tratándose de un maestro de la simulación desde que
inventó Porcupine Tree muchos años atrás como una extraña banda
de culto de los años setenta rescatada del olvido gracias a unas
viejas cintas.
Tras varias escuchas del trabajo,
nuestra conclusión es muy similar a la que sacamos cuando lo oímos
la primera vez: por increíble que parezca, Steven Wilson ha vuelto a
superarse mejorando en muchos aspectos su trabajo anterior, el
brillantísimo “The Raven that Refused to Sing (and Other
Stories)”. “Hand. Cannot. Erase.” es un disco mucho más
versátil que aquel y, en cierto modo, retrata más fielmente lo que
es Steven Wilson abarcando todas sus influencias junto con su estilo
propio, el de Porcupine Tree en diferentes etapas o el de Blackfield.
A pesar de lo desconcertante de algún tramo del disco (ese “Perfect
Life” que, además, era el adelanto), su integración perfecta en
la historia que en él se narra justifica su estilo, lejano a lo
esperado en el artista. Si después de publicar “Grace for
Drowning” alguien nos hubiera dicho que los dos siguientes trabajos
de Wilson iban a ser aún mejores, le habríamos mirado con la
condescendencia con que se mira a los “fans” en el peor sentido
del término. Hoy nos encontramos con que esa descabellada afirmación
hipotética es una realidad, al menos en nuestra opinión, lo que nos
obliga a plantearnos ¿cuál es el techo creativo de Steven Wilson?
Quizá su próximo trabajo nos ofrezca una aproximación de dónde se
encuentra pero, mientras tanto, disfrutemos de un trabajo como este
que tiene todos los visos de convertirse en un clásico instantáneo.
Os dejamos con el "teaser" del disco aunque lo que deberíais hacer es salir corriendo a comprarlo YA.
El que prometía
ser el concierto del año tuvo lugar por fin ayer en Madrid en la fantástica
sala de conciertos del Hotel Auditorium, un recinto en las cercanías del
Aeropuerto de Barajas en el que, curiosamente, se celebran este tipo de
espectáculos con grandes estrellas internacionales con cierta frecuencia (Steve
Vai fue el anterior en el mes de junio) aunque no parezca, a priori, el lugar
más adecuado.
Los seguidores
habituales del blog conocen sobradamente la admiración que aquí sentimos por
Steven Wilson y su único concierto en nuestro país de su gira actual era una
cita a la que no podíamos faltar. Las críticas de su reciente concierto en el
Royal Albert Hall londinense fueron magníficas y eso animaba a cualquiera,
especialmente sabiendo cómo se las gastan los medios británicos. Nos sorprendió
leer un tweet de Burning Shed (discográfica del músico) el día antes del
concierto en el que anunciaban que había entradas disponibles para el mismo que
se podían obtener gratuitamente respondiendo al mensaje y, sinceramente, no nos
gustó leerlo porque nos temíamos un auditorio desangelado con más butacas
vacías que ocupadas. Nada más lejos de la realidad: la asistencia fue masiva y,
si algún cliente del hotel despistado no supiera el nombre del artista que iba
a actuar, lo habría tenido aún más difícil si hubiese tratado de adivinarlo por
las camisetas del público asistente: logotipos e imágenes de grupos y artistas
como Peter Gabriel, Opeth, Pink Floyd, King Crimson, U2, Syd Barrett, Roger
Waters, The Beatles, Genesis, Porcupine Tree e incluso Jean Michel Jarre
estaban presentes por cualquier lugar en el que quisiéramos posar la vista.
La banda que
acompaña a Wilson en la gira es difícilmente mejorable: Chad Wackerman
(batería), Nick Beggs (bajo, stick), Adam Holzman (teclados), Guthrie Govan
(guitarra) y Theo Travis (saxo, clarinete y flauta). Junto a ellos, un
expresivo Steven Wilson (guitarras, bajo, teclados y voz) mucho más expresivo y
cordial de lo que nos imaginábamos completaba el plantel. La aparición de
Wackerman en lugar de Marco Minnemann (batería en el disco y en los primeros
conciertos de la gira) se debía a que, al no estar cerradas las fechas para el
tour de Wilson, Marco decidió aceptar otra oferta de Joe Satriani para girar en
estos meses.
Habíamos decidido
no indagar nada acerca de los conciertos anteriores de la gira por lo que,
tanto el tipo de espectáculo como la selección de canciones, etc. nos eran
desconocidos y lo cierto es que, tanto la concepción visual del show como la
puesta en escena fueron sobresalientes. Comenzaba el concierto con la
proyección de un cortometraje de unos 20 minutos de duración sobre un músico
callejero que acude día tras día a la misma esquina. Alguien ha apuntado que el
film narra la historia de la canción “Luminol” y podría estar en lo cierto. Era
opinión general entre los asistentes que el video se hace excesivamente largo
como comienzo pero no tardaríamos en olvidar esa espera. En los últimos momentos
de la película, el músico coge su guitarra y comienza a interpretar unos
acordes conocidos cuando caemos en la cuenta de que no es ya el sonido de la
filmación lo que escuchamos sino al propio Wilson apareciendo desde el fondo
del escenario e interpretando la primera canción propiamente dicha del
concierto: “Trains”, procedente del disco “In Absentia” de Porcupine Tree. Tras
la misma, entramos en el torbellino de sensaciones y buena música que es la
monumental “Luminol”, larga suite de jazz-rock progresivo que fue estrenada en
la gira del anterior disco del músico y que luego formó parte de “The Raven
That Refused to Sign”. No importa las veces que hayamos escuchado la pieza:
cada vez suena mejor que la anterior, incluyendo esta versión en vivo. A continuación
se interpretó la excelente “Postcard”, una emocionante canción que se cuenta
entre nuestras favoritas del disco “Grace for Drowning” y que aquí fue
interpretada magistralmente junto con proyecciones relacionadas con el texto de
la misma. Prosiguió el concierto con dos canciones seguidas del último disco,
una espectacular “The Holy Drinker” con un fantástico Nick Beggs al stick que,
no conforme con eso, se luce también en los coros finales. Tras esto, Wilson
hizo una pequeña pausa para contarnos cómo se entiende con sus músicos ya que
ni sabe leer ni escribir música. Así, con Guthrie Govan como aliado, el músico
nos hablaba del tipo de descripciones que le hace a la hora de indicarle el
tono que tiene que tener cada interpretación, descripciones del tipo de:
“imagina que eres un chico perdido en el bosque, al que acaba de abandonar su
esposa quien, además, se ha llevado a los niños con ella”. Pasado el momento de
humos, llegaba otro de los puntos fuertes con el nuevo single del disco, “Drive
Home”. Justo a continuación, el artista presentaría una de las dos nuevas
canciones del show que formarán parte de un próximo trabajo. Como él mismo
dijo, aún no hay título decidido y en cada concierto de la gira le ponen uno
nuevo. Tras pruebas anteriores como “Mother’s Call” o “Wreckage”, fue Adam
Holzman el encargado de titularla en esta ocasión aunque el propio Wilson se
encargó de asegurar tras leerlo que, en ningún caso, el elegido por el teclista
sería el título final de la pieza. Según nos pareció entender, éste era algo
así como “The Rabbit Incidental Helmet” o algo por el estilo. La pieza sonó muy
electrónica para lo que podríamos esperar de un nuevo trabajo de Wilson pero no
deja de ser prometedora. En este momento llegó una pequeña pausa en el espectáculo.
Éste se iba a reanudar con la proyección de un video sobre
un fondo sonoro que algunas crónicas identifican con un tema de Bass Communion
que no conseguimos reconocer en el concierto. Sí que nos recordó algo más a los
efectos sonoros del tema “Clock Song”, descarte del último disco que aparecía
sólo en la edición “deluxe”. La proyección se realizaba sobre un telón
semitransparente que apareció frente al escenario y que conigue un efecto
realmente curioso al ver a los músicos a través de él mientras se proyectan las
imágenes. La pantalla permanecería ahí durante algún tema más. A continuación,
y como prolongación lógica del video, comenzaba “The Watchmaker”, esa
fantástica combinación de rock progresivo y jazz (sensacionales el teclado de
Holzman y la flauta de Theo Travis). Tras la historia del viejo relojero llega
la de otro tipo aún más “jodido” como pudimos oír en la propia presentación de
la canción. Evidentemente, hablamos del coleccionista obsesivo de “Index” en
una interpretación impecable, una vez más, por parte de toda la banda.
Prosiguiendo con los temas de “Grace for Drowning” llegaba “Sectarian”, un
impresionante instrumental antes del cual, Wilson hizo una pequeña semblanza de
un instrumento como el mellotron de cuya invención se cumplen ahora 50 años.
Holzman ilustró la explicación con un par de ejemplos clásicos como las flautas
del comienzo de “Strawberry Fields Forever” o las cuerdas de “The Court of the
Crimson King” de King Crimson aprovechando para comentar jocosamente que
posiblemente sea el único músico en el mundo con tantos seguidores fans de los
Beatles como de King Crimson. Faltaba un sonido clásico del mellotrón por ser
mostrado: el de los coros, pero ese iba a aparecer “intensivamente” en palabras
de Wilson en la propia “Sectarian”. Al concluir ésta, el telón en el que se
proyectaban los videos cayó derribando la separación imaginaria entre artista y
público. Como queriendo reforzar esa idea, Wilson invita en ese momento al
público a levantarse de sus asientos y a seguir de pie junto al escenario la
parte final del concierto.
El último tramo del concierto comenzaba con el único tema
procedente del disco “Insurgentes”, esa soberbia canción titulada “Harmony
Korine” para continuar con una versión algo reducida de la monumental “Raider
II” de “Grace for Drowning” y cerrar el concierto con “The Raven that Refused
to Sign” con las proyecciones del emocionante videoclip animado de la pieza.
Sólo quedaban los bises y estos no decepcionaron: una canción nueva titulada
“Happy Returns” que según el músico formará parte de un próximo trabajo y el
sensacional final que puso “Radioactive Toy”, tema insignia de la primera etapa
del músico cuando Porcupine Tree era sólo un pseudónimo. En algún otro
concierto de la gira hemos leído que se interpretó un tercer “bis” como “Ljudet
Innan” del dúo de Wilson con Mikael Akerfeld llamado Storm Corrossion pero no
tuvimos tanta suerte en Madrid.
Ya con las luces encendidas se proyectó otro corto con
música de Bass Communion mientras el público abandonaba la sala. Como si de una
película se tratase, en la pantalla se proyectaban los nombres de los músicos y
una despedida. Cuando miramos el reloj y vimos que habían pasado más de dos
horas y media desde que empezó el concierto, no nos lo podíamos creer ya que todo
había pasado volando, lo que no deja de ser una magnífica señal.
Es una pena que en esta ocasión sólo haya habido una fecha
de Wilson en España y él mismo se mostraba sorprendido cuando comentaba en un
momento del concierto que creía que nadie en nuestro país escuchaba su música,
opinión que cambió cuando pudo contemplar el estado del teatro en los momentos
previos a la actuación. Esperamos que en próximas giras mucha más gente pueda
asistir a los conciertos porque, realmente, merecen mucho la pena.
Os dejamos con un video en el que Jess Cope explica cómo hizo los videos que acompañan a las canciones del último disco de Wilson y, claro está, que son proyectados en los conciertos.