domingo, 24 de febrero de 2013

Fripp / Keeling / Singleton - The Wine of Silence (2012)



Desde que comenzó a experimentar junto con Brian Eno en los primeros esbozos de lo que se daría en llamar “Frippertronics”, el guitarrista Robert Fripp inauguró un curso de acción progresivo que, quizá, llegó a su culminación con la publicación meses atrás de “The Wine of Silence”. Resumiendo mucho, los citados “Frippertronics” eran un extraordinario artefacto mediante el cual, el músico podía interpretar su guitarra de modo que el sonido era recogido por una grabadora y reproducido a continuación por otra llegando el sonido resultante de nuevo a la primera de suerte que la propia música iba evolucionando ganando en capas y en densidad. Con la llegada de la tecnología digital, los rudimentarios “Frippertronics” evolucionaron en “Soundscapes” ganando en complejidad y en posibilidades expresivas.

Fripp se ha valido de esta creación para investigar y grabar un buen número de piezas además de para dar incontables conciertos con lo que ha construido un notable corpus de discos surgidos del uso de esta técnica. Tenemos así un caso en el que una necesidad técnica puntual evoluciona hasta convertirse en un recurso propio cuyo uso abre extraordinariamente la paleta de sonidos a disposición del guitarrista (en el caso de Fripp, aunque valdría para otros instrumentos) transcendiendo por completo su utilidad inicial. Llegados a este punto, surgen una serie de interesantes preguntas: ¿podrían este tipo de composiciones, existentes sólo en el hermético soporte magnético de la cinta (por expresarlo en términos románticos e inexactos a partes iguales), ser transferidos a papel mediante su transcripción a una notación convencional? ¿Sería posible, por ejemplo, elaborar una partitura para orquesta de modo que estos “soundscapes” fueran interpretados ante un auditorio por músicos humanos sin intermediación de la tecnología?

David Singleton se mostró convencido de esto desde el momento en que escuchó los “soundscapes” en los ensayos previos a una gira de Fripp junto a David Sylvian. En sus propias palabras, aquella música era “evidentemente, música orquestal moderna salvo por un pequeño detalle... no había, ejem, orquesta”. Si a la presencia de Singleton, habitual técnico de sonido de Fripp, sumamos la presencia del compositor de corte clásico Andrew Keeling, admirador de la música de King Crimson y Robert Fripp desde muchos años atrás y la del miembro del California Guitar Trio, Bert Lams, la ecuación queda completa.

Se decidió, por tanto, transcribir una serie de “soundscapes” por parte de Lams a notación clásica. A partir de ahí, Keeling realizaría la orquestación de las partituras de Lams y sería la peculiar formación holandesa Metropole Orkest la encargada de interpretar la obra. Se trata de una orquesta muy particular compuesta por una extensa plantilla de músicos clásicos pero que cuenta con dos importantes secciones de percusión para interpretar jazz o rock si es necesario. No obstante, en la grabación de la música de Fripp escucharemos la versión más clasicista de la orquesta, dirigida por Jan Stulen.

Ignoramos cómo sonaría la interpretación de la orquesta de los “soundscapes” de Fripp. ¿cómo es eso? Podría preguntarse un lector habitual... ¿todo esto para hablar de un disco que no ha sido escuchado por el articulista? No. La frase cobrará todo su sentido si proseguimos con la lectura. Al escuchar la grabación, Singleton y Fripp descubrieron que faltaba algo. Ahí estaba, efectivamente, la música grabada por el guitarrista en una perfecta transcripción orquestal y sonando con una nitidez perfecta pero ¿por qué no terminaba de mostrarse el resultado buscado? ¿qué pieza faltaba? Se escuchaba a una orquesta pero faltaba la sensación de estar escuchando realmente a una orquesta. Como apunta el propio Singleton en las notas del disco, la solución parece obvia una vez que se te ocurre pero no fue tan fácil llegar a ella. Lo que decidieron fue tratar la transcripción de los “soundscapes” como si fueran el material original interpretado por la guitarra de Fripp y repetir el mismo proceso: hacer un nuevo “soundscape” con las grabaciones de la orquesta dando forma a lo que llamaron “orchscapes”. Así, la grabación es reproducida y procesada creando un sonido irreal que, paradójicamente, consigue que la orquesta suene como si el oyente se encontrase en un auténtico concierto.


Los miembros de la Metropole Orkest.


El proyecto no es nuevo sino que nació hace más de una década y, de hecho, las grabaciones de la orquesta datan de 2003. El título del disco no puede ser más exacto. Un buen vino no se hace en cuatro días: hay ideas que deben madurar el tiempo justo para que den el fruto adecuado. Estamos seguros de que las grabaciones originales, publicadas en su momento, habrían dado un exquisito mosto, incluso, quizá, un agradable vino joven. Cuando la cosecha es tan excepcional como era esta del 2003, merece la pena esperar para elaborar un “gran reserva” como es este “The Wine of Silence”. Esperamos que disfrutéis de esta delicia tras las correspondientes “notas de cata”

“Pie Jesu” – Nada más descorchar la botella nos invade un profundo aroma norteño, con esa sensación que entra al abrir la ventana en febrero, con notas de haya y abeto pero llenas de matices que van ganando en riqueza conforme se van añadiendo nuevas capas a la mezcla. Es raro leer alguna crítica del disco que no haga referencia a la música de Arvo Pärt pero también tiene mucho del Gavin Bryars de “The Sinking of the Titanic”. Aunque no haya referencias en ese sentido, varios de los cortes del disco tienen títulos que remiten a la estructura clásica de una misa de requiem, empezando por este “Pie Jesu”, de una delicadeza sublime. No parece casual esta elección ya que la obra en su conjunto es de una gran profundidad como iremos viendo.

“Midnight Blue” – Comprobamos a estas alturas que el disco es embriagador pero con una sensación de alcohol débil, que nos permite en todo momento permanecer plenamente conscientes. La aparición de los violines le da un punto de acidez fresco que le sienta estupendamente a una pieza que entra con gran suavidad, casi sin darnos cuenta. Las masas orquestales se balancean de un lado a otro de un modo armonioso y perfectamente acompasado dejándonos en una situación de postración total ante la profundidad de la música que nos envuelve por momentos aislándonos de todo.

“Black Light” – La textura de la partitura es, en este punto, oleosa pero apreciamos ya algunos elementos de tensión que no habían aparecido hasta ahora. Siguiendo con el símil vinícola, esta composición tendría un cuerpo pleno y en ella la orquesta suena más inquietante que nunca, con más nervio, golpeándonos sin pausa hasta desarmarnos como lo hacen las olas de la playa con el castillo que los niños han abandonado al caer la tarde.

“Miserere Mei” – Es en este momento cuando aparece el coro introduciendo tonalidades llenas de fuerza, de un profundo color rubí con brillantes reflejos de los metales y puntuales destellos de campanas que resaltan el conjunto armonioso de la composición. Conforme ganan peso las percusiones y los vientos nos vemos rodeados por tonos más oscuros, casi granates, que se debilitan conforme pasan los minutos. Extinguido el brillo inicial, coro y sección de cuerdas firman una alianza que nos conduce lentamente hacia el final de la pieza.

“Requiescat” – Aunque es este un disco con suficiente entidad para ser disfrutado por sí solo, creemos que haría un maridaje perfecto con un sofá amplio, cómodo pero no hasta el punto de llamar al sueño y con una luz muy suave, casi inexistente. El oyente en esta situación debe hacer un esfuerzo de concentración para sumergirse en la música sin perder la consciencia para disfrutar todos y cada uno de los matices en ella presentes. Asistimos a un trabajo redondo, coherente y perfectamente estructurado. La sección en la que nos encontramos, la más extensa del disco, presenta algunas importantes diferencias con las anteriores ya que en los primeros momentos no son las cuerdas sino los metales los que ocupan el lugar principal hasta la aparición del coro, protagonista absoluto de la pieza en nuestra opinión, alcanzando momentos de gran belleza especialmente cuando se combinan con las percusiones. Hay ocasiones en las que no somos capaces de entender a primera vista la naturaleza de una composición. Escuchando los discos de “soundscapes” de Fripp, podemos caer en la tentación de considerarlos meros experimentos de música ambiental, que pertenecerían al ámbito del rock más experimental o a corrientes vanguardistas de la electroacústica. Al desprender la música en ellos contenida de las ataduras formales de la guitarra y los efectos electrónicos y trasladarla a un ámbito formalmente diferente como el una orquesta clásica comprobamos cómo se adapta a él de un modo sorprendentemente natural revelando que su verdadera naturaleza era orquestal, sinfónica y es por ello que no se resiente en absoluto, como sí lo hacen otras obras que se muestran vacías tras recorrer un trayecto similar. Singleton tenía razón.

“Pie Jesu” – Una de las cualidades del vino es el retrogusto y el hecho de que Fripp decida cerrar el disco con la misma composición que lo abría nos evoca esa figura. En la despedida podemos escuchar la excelente pieza de apertura en una versión que invierte el proceso de construcción de su antecesora despojándose progresivamente de todas las capas de sonido que la iban formando hasta terminar en una sola línea melódica que se desvanece lánguidamente hasta desaparecer poniendo fin a un disco diferente.

Cuando un artista acumula una trayectoria como la de Robert Fripp, sólo se pueden esperar cosas buenas de él. A lo largo de los años, ha demostrado tener un criterio de calidad realmente notable y es raro encontrar algún disco firmado por él que no nos aporte algo, a cualquier nivel. Es muy de agradecer, por ejemplo, que no se conformase con la grabación que dio origen a “The Wine of Silence” en 2003 si realmente no quedó del todo convencido del resultado y que se permitiese guardarla hasta ahora cuando, por fin, suena como había buscado que sonase en un principio. No es necesario que seas un fan de la música de Fripp para que te guste esta grabación. Es más, la encontramos más adecuada para seguidores de compositores contemporaneos como el varias veces citado aquí Arvo Pärt que para aficionados al propio Fripp. En cualquier caso, “The Wine of Silence” es un trabajo recomendable para cualquier melómano. Recomendamos su disfrute en sorbos cortos. Escúchese sin moderación.

Para comprarlo:




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