miércoles, 28 de enero de 2015

Jeroen Van Veen - Satie Slow Music (2014)



Hay composiciones que hemos escuchado cientos y cientos de veces y que han pasado a ocupar un lugar imborrable en nuestra memoria; interpretaciones que conocemos a la perfección en todos y cada uno de sus matices de modo que cualquier alteración sobre ese “canon” que hemos construido nos choca y no tarda en suscitar reacciones de sorpresa y, a menudo, de rechazo.

Qué decir de la música clásica cuyas piezas más notables residen junto a nosotros toda la vida. Inmutables, inalteradas por más que las oigamos una y otra vez en diferentes versiones, porque, aunque la mano del intérprete siempre está ahí y es particularísima, la mayor parte de las veces, las diferencias entre una y otra aproximación a una obra musical son escasas y no alteran sustancialmente el espíritu de la misma. Y esto es así porque, en una época en la que no existían grabaciones y los intérpretes a menudo se enfrentaban a una partitura sin haber escuchado nunca la obra en cuestión por parte de otro artista, los compositores dejaban suficientes anotaciones en sus creaciones como para que el músico que se disponía a tocar sus piezas no tuviese duda alguna acerca del “tempo” la intensidad o el humor con que se debía ejecutar la pieza en cuestión.

Sin embargo, no siempre ha sido así y hubo músicos que renunciaron casi por completo a este tipo de ayudas para la interpretación. Compositores que dejaban al libre albedrío del ejecutante la forma de enfrentarse a sus obras. Dicho así, esto puede sonar muy moderno, y rápidamente pensamos en John Cage o en corrientes posteriores a su obra. Nos equivocaríamos porque hubo artistas anteriores que dejaban en sus partituras mensajes tan ambiguos que el intérprete no podía encontrar en ellos ningún tipo de indicación práctica acerca de cómo debía tocar esa música. A pesar de ello, tras decenas y decenas de grabaciones de esas obras, la práctica totalidad de las mismas nos muestran versiones similares en todos los aspectos o con mínimas diferencias.

¿Por qué debería ser así? pareció preguntarse Jeroen Van Veen ante varias partituras del que podría ser el prototipo del genio excéntrico: Erik Satie. ¿Por qué casi todos los pianistas interpretaban de forma similar una instrucción como “ligero como un huevo”?. ¿Qué extraña convención lleva a decenas de intérpretes a tocar “desde lo más alto de sus muelas del juicio” con la misma unánime cadencia?

Van Veen pensaba que tenía que haber otra forma de interpretar instrucciones tan ambiguas como “haga acopio de clarividencia” y tomó al pie de la letra el “búscate la vida” que, en traducción libre, acompañaba a una de sus célebres “gnossiennes”. ¿Cuál fue la elección de Van Veen? Forzar al máximo los límites temporales de la música de Satie: ralentizar todo lo posible la ejecución de cada nota, de cada acorde, expandir los silencios como nunca se había hecho. A eso obedece el título del disco: “Satie Slow Music”. No es una referencia a la proverbial lentitud de la música más conocida del compositor francés sino una advertencia de que no sólo podríamos escuchar a Satie en el disco, sino a un Satie ralentizado. El citado Cage, admirador de la obra de Erik en la distancia del tiempo, tituló una de sus piezas más extravagantes: “As Slow as Possible”, tan lento como sea posible. Ese es el espíritu del disco de Van Veen publicado el pasado año 2014 por Brilliant Classics.

Erik Satie


La selección musical no es sorprendente, más bien al contrario, puede parecer tópica puesto que en el disco aparecen las célebres “Gymnopedies” y “Gnossiennes” acompañadas de una rareza como la “Petite Ouverture a Danser”, descubierta hace relativamente poco tiempo y de las “Pieces Froides” en las que Satie tomaba una serie de “préstamos” de otros autores haciéndolos propios.



El experimento, todo hay que decirlo, llama mucho la atención. Es inevitable que en un primer momento, y más cuando la pieza inicial es la archiconocida “Gymnopedie No.1”, el oyente quede descolocado ante la extrema lentitud con la que se desarrolla todo. Sin embargo, pasada la sorpresa inicial, conforme la música va fluyendo (nunca mejor dicho), esa sensación desaparece y pasamos a disfrutar plenamente de una música maravillosa independientemente de la velocidad con que se ejecute. Nos costaría mucho inclinarnos por esta versión de Van Veen a la hora de escoger nuestras interpretaciones favoritas de la obra de Satie pero sin duda tendríamos que recomendar su escucha, siquiera como curiosidad. A modo de añadido, y como "bonus track" se incluye una versión de la "Gymnopedie No.1" interpretada con la afinación de la época en la que se escribió, algo difícil de encontrar en las grabaciones modernas.

Una ventaja nada despreciable hoy en día es el excelente precio que suele acompañar a todos los lanzamientos del sello Brilliant que evita que eso sea una excusa para cualquier oyente. El disco puede comprarse en los enlaces acostumbrados.

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