lunes, 5 de agosto de 2019

Fabio Álvarez - Musical Zodiac (2018)



Es habitual que los artistas y compositores se muestren reacios a clasificar su música o a ser incluidos en una corriente determinada junto con otros músicos de características más o menos similares. Sin embargo es innegable que este tipo de taxonomías ayudan en muchos casos a la difusión de la obra de un autor. Centrándonos en la música de la segunda mitad del S.XX, desde la perspectiva actual parece claro que los compositores que de un modo u otro se han visto incluidos en la corriente minimalista han obtenido una difusión mayor que otros contemporáneos suyos. Otros, en cambio, cuya obra es realmente atractiva, siguen siendo hoy grandes desconocidos para los aficionados no especializados. Sería el caso del compositor que hoy traemos al blog: George Crumb.

Nacido en Virginia Occidental, pertenecía a una familia de músicos. Su padre tocaba el clarinete, su madre el violonchelo, su hermano mayor la flauta y el joven George, con apenas 10 años ya componía piezas para todos ellos en las que él mismo interpretaba el piano. Además, en el domicilio familiar había una gran colección de partituras que nuestro protagonista pasaba horas leyendo, en ocasiones mientras escuchaba las obras en la radio. Esto, en sus propias palabras, le dio un gran conocimiento sobre la notación musical. Al margen de su aprendizaje infantil, se formó en diferentes instituciones norteamericanas y completó su formación en Berlín gracias a una beca Fulbright. Pese a ser uno de los más importantes compositores de su época, la mayor parte del tiempo la ha dedicado a la enseñanza lo que no le ha impedido tener un importante volumen de producción y seguir componiendo pese a estar cerca ya de los 90 años de edad. Su estilo es tremendamente personal y no encaja con el de ninguna de las corrientes dominantes de su época. Su rasgo distintivo es la permanente búsqueda de timbres nuevos en los instrumentos tradicionales forzándolos en ocasiones hasta sus propios límites. Su obra incluye piezas orquestales, corales, canciones, obras de cámara y piezas para piano, instrumento éste último al que se dedica el disco que hoy queremos comentar.

Se trata de una grabación de los dos primeros libros de “Makrokosmos”, una monumental obra dividida en cuatro libros cuyo título hace referencia al “Mikrokosmos” de Bela Bartok. Es, además, la grabación del debut del pianista gallego Fábio Álvarez. Álvarez es un firme defensor de la música contemporánea (siempre incluye obras de este periodo en sus conciertos) y por ello escogió a un compositor como Crumb para su primer disco. Los volúmenes I y II de “Makrocosmos” son un auténtico reto para el pianista que no se limita a interpretar las notas en el teclado sino que tiene que aportar muchos más elementos como susurros, silbidos, gritos e incluso manipular las cuerdas directamente dentro de la caja del piano. Un desafío que recuerda a los experimentos de John Cage aunque el propio Crumb recuerda que cuando escribió la obra “aún no había escuchado una sola nota de Cage”. Cada uno de los volúmenes está dedicado a un compositor y a un pianista: el primero a Bela Bartok y David Burge y el segundo a Gustav Mahler y a Robert Miller. El disco lleva el título de “A Musical Zodiac” porque cada una de las dos primeras partes de la obra de Crumb está dedicada a los doce signos del zodiaco. Álvarez preparó la grabación visitando al compositor y discutiendo con él cada aspecto de la interpretación por lo que, con toda probabilidad estamos ante una de las versiones más fieles a la idea de Crumb de todas las que han aparecido en disco y no son pocas puesto que los dos primeros libros de “Makrokosmos” están entre las obras más interpretadas y grabadas de su autor.

Intérprete y compositor discutiendo la ejecución de "Makrokosmos"


VOLUMEN 1:

Parte 1.

La primera pieza, “Primeval Sounds, Cancer”, comienza como un eco lejano, con amplios acordes que reverberan con solemnidad con una sonoridad que enseguida nos pone frente al gran hallazgo de Crumb: una tímbrica completamente nueva para un instrumento aparentemente ya explorado. La música, entretanto, es calmada pero llena de tensión y misterio. “Proteus, Pisces” tiene un comienzo más convencional. El piano suena “como debe” y la composición tiene claros rasgos contemporáneos. Enseguida llega “Pastorale, Taurus” que recuerda a la primera y en la que el pianista ejerce también la tarea de narrador en cierto modo, con la inclusión de una breve intervención vocal. “Crucifixus, Capricorn” es nuestra composición favorita de esta primera parte. Los sonidos arrancados al piano son fascinantes y Fabio Álvarez lo complementa con un despliegue de susurros, rumores y lamentos que sobrecogen al oyente.




Parte 2.

La segunda parte se abre con “The Phantom Gondolier, Scorpio” en la que el intérprete dialoga con el piano silbando, algo que ocupa, en ocasiones, más tiempo que la propia ejecución pianística.
“Night-Spell I, Sagittarius” nos muestra el piano casi como un arpa, con el intérprete “rasgando” las cuerdas en el interior de la caja primero, y pulsandolas más tarde con una delicadeza impropia del instrumento. El piano vuelve a ser tocado de un modo convencional en “Music of Shadows, Libra”, donde creemos ver alguna influencia de Messiaen antes de cerrar con “The Magic Circle of Infinity, Leo”, que vuelve a las atmósferas inquietantes reforzadas por las palabras en latín que se intercalan con la interpretación.

Parte 3.

Varias series de notas velocísimas abren la tercera y última parte del primer volumen, “The Abyss of Time, Virgo”. La pausa la pone “Spring-Fire, Aries”, una pieza para escuchar con gran concentración dada la sutileza de sus notas casi imperceptibles en muchos casos. Es una de las composiciones más líricas de toda la obra y la que más justifica la frase del propio Crumb que a veces habla de si mismo como de un Chopin oscuro. Con “Dream Images, Gemini” volvemos a los sonidos manipulados, a los objetos situados entre las cuerdas del piano. El primer volumen se cierra con “Spiral Galaxy, Aquarius”.




VOLUMEN 2:

Parte 1.

El segundo volúmen de “Makrokosmos” fue escrito en 1973, un año más tarde que el primero. Comienza con “Morning Music, Cancer” donde podemos escuchar escobillas sobre las cuerdas del piano. “The Mystic Chord, Sagittarius” vuelve al “pianissimo” en su inicio para sobresaltarnos poco después intercalando pasajes muy enérgicos. “Rain-Death Variations, Pisces” vuelve a sonarnos cercano a Messiaen, sensación que se prolonga al escuchar “Twin Suns, Gemini”.

Parte 2.

“Ghost-Nocturne: for the Druids of Stonehenge, Virgo” nos muestra una combinación muy curiosa de onomatopeyas por parte del intérprete y de sonidos que nadie diría que proceden de un piano. La intensa “Gargoyles, Taurus” toma el relevo con un ritmo contagioso que se interrumpe al comenzar “Tora! Tora! Tora!, Scorpio”, un auténtico oleaje de notas que se mueven como masas revueltas de agua en un caos perfecto culminando con el grito que le da título a cargo de Fabio Álvarez. Sin bajar de intensidad llega “A Prophecy of Nostradamus, Aries”, una de nuestras piezas favoritas del disco por su contraste entre la energía del comienzo y la pausa del desarrollo.




Parte 3.

Con gran sutileza se desarrolla “Cosmic Wind, Libra”, pieza en la que, efectivamente, se consigue esa sensación de viento tan poco asimilable a un instrumento como el piano. Los silbidos regresan con la misteriosa “Voices from Corona Borealis, Aquarius” en la que apenas se escucha algún sonido suelto del piano, casi a modo de anécdota. Acercándonos al final llega “Litany of the Galactic Bells, Leo”, otra pieza que se cuenta entre nuestras favoritas de toda la obra. Cerrando el disco escuchamos a Fabio Álvarez recitando el texto del “Agnus Dei” (agnus dei qui tollis peccata mundi miserere nobis) para concluir con una breve pieza de piano.


Para Fabio Álvarez, la música de Crumb es muy exigente porque tiene una parte teatral en la que el intérprete no se limita a tocar sino que tiene que meterse en la piel del personaje que requiere cada pieza. En una entrevista para el blog El Compositor Habla, el Álvarez cuenta cómo, por ejemplo, en una pieza como “The Phantom Gondolier” tiene que “interpretar” a un ser malvado y demoníaco. Esa afinidad entre músico y compositor, afianzada en los dos encuentros que tuvieron ambos mientras se preparaba el disco, queda patente en todo momento y se pone de manifiesto en un disco extraordinario que es una perfecta introducción para un músico como Crumb, no tan conocido como debería por sus propios méritos.

Os dejamos con un pequeño documental sobre el encuentro de Crumb y Álvarez:


 

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