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martes, 7 de mayo de 2019
Thibault Cauvin - Cities II (2018)
En pocas décadas el mundo de la música clásica ha experimentado un cambio muy importante en lo que se refiere a su imagen de cara al exterior. Hasta hace nada, los intérpretes y directores respondían a un patrón en el que se veían muy pocas variaciones. Eran gente que vestía de forma elegante y cuyo comportamiento era intachable. Poco dados a la extravagancia y con un ineludible aire intelectual. Había excepciones que rompían esa tónica, como la que supuso la irrupción del Kronos Quartet en su día, pero no pasaban de ser una curiosidad.
Sin embargo, en los últimos tiempos vemos como prolifera otro tipo de intérpretes. Jóvenes que no tienen complejos a la hora de vestir o peinarse, que afrontan con naturalidad repertorios clásicos mezclados con otros contemporáneos y que no distinguen entre géneros. Thibault Cauvin estaría en este último grupo. Se trata de un joven músico francés que a sus escasos 34 años ya tiene una carrera muy dilatada que abarca una decena de discos en los sellos más prestigiosos y más de mil conciertos por medio mundo (más de 120 países afirma en su web). Su instrumento es la guitarra clásica lo que ya tiene un punto de novedad ya que no es precisamente éste uno de los más populares en los repertorios de concierto de hoy en día y uno de sus patrocinadores es Billabong, la compañía australiana de ropa centrada en el mundo del “surf”, una de las mayores aficiones de Cauvin al margen de la música. En su discografía encontramos desde monografías dedicadas a compositores como Scarlatti, Albéniz o Vivaldi hasta selecciones de la obra para guitarra de distintos compositores de todas las épocas. En 2012 publicó el primer volumen de “Cities”, un trabajo dedicado a las ciudades del mundo que había conocido a lo largo de sus giras. Hoy nos vamos a centrar en la segunda parte de aquel disco, publicada a finales del año pasado y en la que el guitarrista se asocia con distintos intérpretes para continuar su recorrido por alguno de los lugares más fascinantes del planeta.
El disco se grabó en los míticos estudios de Château d'Hérouville, el lugar del que surgieron algunos de los mejores discos de artistas como Elton John, Pink Floyd, Jethro Tull, David Bowie, Iggy Pop, los Bee Gees o Fleetwood Mac. Los estudios habían permanecido cerrados durante más de una década pero se reabrieron recientemente con la idea de utilizarlos como centro de formación para músicos e ingenieros de sonido.
“Bamako” - La primera parada del viaje es la capital de Mali y de allí, Cauvin se trae al intérprete de kora, Ballaké Sissoko. Ambos interpretan una composición propia de Ballaké en la que la kora y la guitarra se hablan de tú a tú. Es una pieza lenta en la que sólo algún segmento a cargo de Sissoko rompe esa tónica. En todo caso es muy interesante.
“Cap Ferret” - “Todo viajero está encadenado a sus raíces y las mías están aquí” afirma Thibault sobre Cap Ferret, el cabo situado en la costa atlántica francesa. En la pieza, el guitarrista se acompaña de la voz de Matthieu Chédid, quien también toca la guitarra. El autor de la canción es el hermano de Thibault, Jordan, de quien hablaremos más adelante. Es un tema melancólico con un inconfundible aire francés que en algún momento puede recordarnos a los primeros discos de Yann Tiersen.
“Agades” - De la costa francesa a pleno desierto del Sahara, en el centro de Niger. Allí reside el músico Kevin Seddiki de quien Cauvin rescata su pieza “Désert” para interpretarla en compañía del trompetista Erik Truffaz en un estilo que es imposible no comparar con el del Miles Davis de discos como “Siesta”. La melancolía de la trompeta destaca sobremanera en una composición preciosa con un gran poder de evocación.
“Rio de Janeiro” - El siguiente viaje, Cauvin lo hace sólo. En esta ocasión nos lleva a Río de Janeiro con la pieza del también guitarrista clásico Marco Pereira “Bate-coxa”. En esta ocasión nos ofrece una veloz danza con aires del sur que no son exclusivamente brasileños ya que nos parece detectar la presencia de ritmos procedentes de la tradición de sus vecinos argentinos en mucho momentos del tema que es una invitación a ser feliz desde el primer momento y también la nota más alegre del disco hasta el momento.
“Venezia” - La primera parada “clásica” llega con una adaptación del madrigal “Si dolce è'l tormento” de Claudio Monteverdi en la que participa la mezzo-soprano Lea Desandre. Nada que objetar a dos interpretaciones exquisitas por parte de cantante y guitarrista.
“Budapest” - El violinista de jazz francés Didier Lockwood (quien también ha tocado con bandas de rock como Magma o Pierre Moerlen's Gong) es el invitado en “Csárdás”, la composición de Vittorio Monti que ya era una adaptación de un tema tradicional que es un clásico de la música “klezmer”. Es una pieza que desde el primer momento nos remite a la Europa Oriental con esa tristeza tan suya en su primera parte que luego se convierte en un frenesí rítmico cuando entra el tema principal. Cauvin está magnífico pero la interpretación de Didier Lockwood roza lo sublime.
“Bombay” - Mathias Duplessy es un compositor y multi-instrumentista francés que, al margen de la guitarra, domina varios instrumentos exóticos como el morin juur, una especie de violín de Mongolia. Ya colaboró con Cauvin en la primera parte de “Cities” y ahora repite con su pieza “A Night in Mumbai”, interpretada en solitario por el guitarrista. Es una de nuestras piezas favoritas del disco por lo contemporáneo de su sonido y también, quizá, porque nos recuerda a la música del amigo del blog Jorge Granda.
“Granada” - Afirma Cauvin que “España es la casa de la guitarra” y que por ello tiene un vínculo muy especial con nuestro país. Curiosamente, y a pesar de lo amplio del repertorio para guitarra de la música española, Cauvin escoge una obra para piano como es la “Danza Española No.2” de Enrique Granados para el disco. Se acompaña en su ejecución del violonchelista Christian-Pierre La Marca. Es una pieza maravillosa que suena bien en cualquier versión, ya sea la más fiel de sus interpretaciones clásicas o una adaptación de Tori Amos como la que ya disfrutamos en el blog tiempo atrás.
“New York” - El salto a Nueva York lo damos de la mano de la percusionista Adèlaïde Ferrière que acompaña a la marimba a Cauvin en su interpretación de “Mad Rush” de Philip Glass. Poco podemos decir aquí de Glass y de esta composición de la que a hemos comentado aquí varias versiones muy diferentes. En este caso, Cauvin opta por un enfoque en el que se limitan las repeticiones quedando reducida la duración de la obra a la mitad de lo que suele ser normal en su ejecución. Por ponerle algún pero, podemos señalar que la guitarra queda opacada en gran parte de la pieza por la marimba, instrumento más que capaz de ejecutar la obra por sí solo sin ningún tipo de acompañamiento.
“Tokyo” - Si España es la casa de la guitarra, Japón no le anda demasiado lejos en cuanto a la amplitud del repertorio compuesto allí en el ámbito académico del último siglo para las seis cuerdas. Como ejemplo, uno de los compositores más célebres del país como fue Toru Takemitsu, tenía un buen número de obras escritas para guitarra. Cauvin escoge, sin embargo, a otro músico nipón como Yuquihiro Yokoh y su arreglo de la popular pieza tradicional “Sakura” para el disco. Es una composición grabada en innumerables ocasiones por guitarristas de todo el mundo, aunque está lejos de la popularidad de otras obras que aparecen en el disco. Lo interesante es que ofrece momentos en los que el intérprete puede dar mucho de sí mismo y no nos referimos a que requiera de un especial virtuosismo sino a que ofrece un gran espacio para la expresividad de Cauvin que lo aprovecha a la perfección.
“Berlin” - Thibault tiene un hermano guitarrista llamado Jordan que también es compositor aunque se centra más en estilos cercanos al jazz. Aquí escuchamos una pieza escrita por Jordan en colaboración con Thylacine, el proyecto electrónico del saxofonista francés William Rezé. El uso de la electrónica (inevitable si queremos dedicarle un tema a Berlín), da una buena medida de la apertura de Cauvin que no quiere limitarse a un repertorio más o menos convencional. Como seguidores de la música electrónica que también somos, esta pieza nos parece extraordinaria.
“Istanbul” - Cierra el disco la composición “Koyunbaba” del compositor y guitarrista italiano Carlo Domeniconi. Es con mucho la pieza más larga del disco y también aquella en la que Cauvin tiene un mayor espacio para demostrar sus cualidades que no son pocas. Sin duda, otra de nuestras favoritas dentro del disco.
Como sus últimos discos, “Cities II” está publicado por Sony Classical lo que demuestra que la apertura del viejo mundo académico hacia otras músicas y estilos es ya una realidad consolidada e intérpretes como Thibault Cauvin lo demuestran continuamente grabando, incluso, videoclips, al más puro estilo de las estrellas del pop.
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miércoles, 15 de octubre de 2014
Pierre Moerlen's Gong - Downwind (1979)
Aunque Mike
Oldfield es uno de los músicos con una mayor personalidad y posee una obra en
la que una de las características más importantes es la originalidad,
especialmente en sus primeros trabajos, la participación de un instrumentista
como Pierre Moerlen en su cuarto disco en solitario, “Incantations”, cambió por
completo la fisonomía del mismo y su presencia se hizo tan notoria como la del
propio Oldfield.
El trabajo de
Moerlen, especialmente al vibráfono, protagoniza por completo la cuarta parte
de la obra eclipsando todo lo demás y algo así no está al alcance de
cualquiera. Nuestro músico había formado parte de la banda francesa Gong y tras
colaborar con Oldfield por primera vez, lideró su propia variante del grupo
denominada “Pierre Moerlen’s Gong” en la que sus percusiones eran el centro de
la música. La banda grabó un par de discos de modo simultaneo a las giras de
Pierre con el grupo de Mike Oldfield y
las colaboraciones entre ambos se hicieron tan estrechas que ocurrió lo que
tenía que ocurrir, con el multi-instrumentista británico devolviendo las
atenciones prestadas y colaborando en el que quizá sea el mejor disco del grupo
de Moerlen.
“Downwind” sería
el primer disco de la banda en aparecer bajo la denominación de “Pierre
Moerlen’s Gong” para evitar confusiones con el grupo “matriz” que seguía activo
simultáneamente aunque los estilos de ambos eran a estas alturas muy
diferentes. La banda de nuestro percusionista hacía una fusión de jazz y rock
muy atractiva con el elemento distintivo del vibráfono que se convirtió pronto
en la seña de identidad del grupo. Los Gong de Moerlen estaban integrados por
Hansford Rowe (bajo), Ross Record (guitarras, voz), Benoit Moerlen (vibráfono),
François Causse (percusión) y el propio Pierre (batería, vibráfono, marimba,
timbales, teclados y voz). Participan además en el disco, en calidad de
invitados Didier Lockwood (violín), Mick Taylor (guitarra) y la pequeña banda
formada por Didier Malherbe (saxo), Mike Oldfield (guitarra, teclados, bajo y
percusión), Steve Winwood (teclados) y Terry Oldfield (flautas) que interviene
sólo en el corte que da título al disco. Casi todo el trabajo, a excepción de
la pieza central, se grabó en el estudio según recuerda Hansford Rowe
“prácticamente en directo”. Sólo el tema en el que intervienen Oldfield y
compañía se hizo en varias fases, una inicial en el estudio de Mike con Pierre
Moerlen y otra posterior en la que se registró la parte de los restantes
miembros de Gong.
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| Pierre Moerlen |
“Aeroplane” – Un
clásico sonido de órgano “setentero” nos da la bienvenida al disco en una de
las dos canciones con textos del saxofonista y teclista Ruan O’Lochlain que
aparecen en el trabajo. La pieza no destaca especialmente y podría pasar por un
tema más de cualquier grupo de los que abundaban en aquellos años salvo por la
batería, algo por encima de la media. Nada, sin embargo, denotaba la
excepcional calidad del grupo.
“Crosscurrents” –
Esa impresión inicial cambia en cuanto empezamos a escuchar la segunda pieza
del disco; una sensacional demostración de jazz-fusión dominada por las
marimbas de Pierre Moerlen que se elevan por encima de una batería
inmisericorde que martillea con precisión de metrónomo cambiando continuamente
de signatura rítmica. Rowe comienza a hacer diabluras al bajo y el violín
eléctrico del miembro de Magma Didier Lockwood nos lleva a territorios de la
Mahavishnu Orchestra. Es en esta pieza en la que empezamos a apreciar el
potencial de la banda que explotará por completo en el siguiente corte.
“Downwind” – El
tema más largo del trabajo, con diferencia, es también el más interesante y no
sólo por la presencia de Oldfield sino por el extraordinario trabajo de todos
los músicos, comenzando por los vibráfonos de los hermanos Moerlen,
perfectamente secundados por saxofón y batería en los inicios del tema. De
pronto, comienzan a sonar, desatados, los dos hermanos repitiendo una serie de
notas de modo hipnótico que anuncian la llegada de algo muy grande.
Efectivamente, cuando irrumpe Oldfield a la guitarra (y también al bodhran,
percusión irlandesa de importancia capital en esta parte de la pieza) tenemos
la sensación de encontrarnos en medio de algo muy grande. Decir que podríamos
estar escuchando cualquier sesión de las grabaciones de “Incantations” sería
muy injusto para Moerlen pero así como su participación en aquella joya de
Oldfield consiguió eclipsar en cierto modo al autor de “Tubular Bells”, Mike (y
su hermano Terry a las flautas) se toman la revancha en esta suite
absolutamente arrebatadora en la que también la batería raya a un nivel estratosférico.
El final, de corte jazzistico, con un gran saxofón es también más que
destacable.
“Jin-go-lo-ba” – La siguiente pieza del disco es una versión del archiconocido tema del percusionista nigeriano Babatunde Olatunji popularizado por Carlos Santana en su disco de debut en 1969. Lo cierto es que la versión de Moerlen tiene mucho más en común con la de Santana que con la original e incluso se aprecia cierta imitación del estilo del mexicano en las partes de guitarra. La inclusión de un tema como este puede ser influencia de Weather Report quienes también jugaban en la época con piezas de origen africano y latino. No es lo mejor del disco pero se deja escuchar.
“What You Know” –
Segundo tema con textos de O’Lochlain que pasa sin pena ni gloria y del que
únicamente destacamos el trabajo de Pierre al clavinet amenizando las partes en
las que la percusión no es suficiente atractivo.
“Emotions” –
Regresa el vibráfono y con él algunos de los mejores momentos del disco en
diálogo directo con el violín eléctrico. En este tranquilo corte escuchamos en
plenitud el característico sonido del violín eléctrico que tanto éxito tuvo en
aquellos años a cargo de intérpretes como Jerry Goodman o Jean Luc Ponty.
“Xtasea” – Cerrando el disco nos encontramos con una prolongación del corte anterior en cuanto a estilo y atmósfera aunque con la incorporación de bajo y batería al conjunto con lo que la pieza gana en expresividad y se convierte en un excelente final, sin estridencias y lleno de elegancia.
Dentro de la
plétora de bandas y músicos que aparecieron en la década de los setenta dentro
de las difusas fronteras del rock con pretensiones más artísticas, los Gong de
Pierre Moerlen no llegaron a la categoría de superestrellas pero alcanzaron
cierta relevancia dejándonos un puñado de discos nada desdeñables. Intentaremos
ir dándoles cabida aquí en la medida de lo posible comenzando por la próxima
entrada que también estará centrada en un trabajo de la banda. Por ahora, y si
queréis haceros con “Downwind”, está disponible una reciente edición por parte
del sello Esoteric quienes están haciendo un excelente trabajo de recuperación
de este tipo de discos muy difíciles de encontrar hoy en día en sus ediciones
originales. Está disponible en los enlaces de siempre:
amazon.es
play.com
Nos despedimos con un exrtacto de una versión en directo de "Downwind" (sin Oldfield):amazon.es
play.com
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