jueves, 10 de marzo de 2016

David Bowie - Blackstar (2016)



No existe la forma. No hay ninguna posibilidad de hablar de este disco como si fuera uno más. No hay modo de sustraerse al “shock” que provocó la muerte de David Bowie apenas tres días después del lanzamiento de “Blackstar” en el día de su sexagésimo noveno cumpleaños. Su fallecimiento cambió por completo la visión que todos, absolutamente todos, teníamos de un trabajo para el que la palabra “fascinante” apenas alcanza a describir una pequeña porción de su contenido y es que con Bowie nada es sencillo. Siempre hay segundas y terceras lecturas para cualquiera de sus obras, desde la más inocente a la más provocadora. A finales del siglo XIX, el escritor Edwin Abbott Abbott publicó una extraña novela titulada “Flatland” en la que hablaba de un mundo bidimensional a través de un protagonista: el señor Cuadrado. En un momento determinado, ese mundo recibe la visita de una esfera pero dadas las limitadas percepciones de los habitantes de Flatland, todos la percibían como un círculo que cambiaba de tamaño conforme se alejaba o se acercaba. A la hora de enfrentarnos a un disco como “Blackstar” nos vemos ante un reto similar al del señor Cuadrado para intentar explicar la esfera a los habitantes de su peculiar mundo: carecemos de elementos suficientes para abarcar toda su complejidad. La gran cantidad de simbolismos encerrados en cada canción (especialmente en la que da título al disco) y en los videoclips extraídos del mismo hace imposible un relato coherente que pueda abarcarlos en su totalidad.

Cuando escuchamos “Blackstar” en su integridad por primera vez, al día siguiente de su publicación, nos pareció un disco extraordinario, una obra musical asombrosa digna de situarse entre lo mejor de la producción de su autor. La salud de Bowie, precaria desde hacía unos años, no parecía un elemento a tener en cuenta entonces. Craso error por nuestra parte y más cuando había señales que indicaban que algo estaba pasando (qué facil es leer las señales a toro pasado). Creímos irrelevante el detalle, por poner un ejemplo, de que la portada de “Blackstar” era la primera de toda la carrera de David Bowie en la que él no aparecía representado cuando (ahora parece evidente) era un augurio de lo diferente que era este trabajo.

En el aspecto estrictamente musical, Bowie se rodeó de músicos con los que no había colaborado antes, la mayoría de ellos procedentes del jazz en su vertiente más vanguardista y todos ellos extraordinarios instrumentistas. Intervienen en “Blackstar”: Donny McCaslin (flauta, saxo e instrumentos de viento en general), Ben Monder (guitarra), Jason Lindner (piano, órgano y teclados), Tim Lefevre (bajo) y Mark Guiliana (batería, percusión). James Murphy, de LCD Soundsystem toca las percusiones en dos cortes. El propio Bowie toca la guitarra y la armónica además de cantar.

Portada del disco en el formato de vinilo.



“Blackstar” - El texto del réquiem clásico comienza indicado que “en Sion cantan tus alabanzas. En Jerusalén te ofrecen sacrificios”. Bowie, por su parte, nos sitúa en el misterioso pueblo de Ormen en donde permanece encendida una llama solitaria mientras se prepara un sacrificio. La canción es estremecedora de principio a fin. Comienza con unas temblorosas notas de guitarra que preceden a una percusión nerviosa, de una presencia extraordinaria que es de lo más sorprendente de la composición. La voz de Bowie, más vulnerable que nunca, comienza a desgranar una angustiosa melodía que termina en un profundo lamento que se repite a lo largo de toda la pieza. El saxofón aparece para intepretar algo que bien podría ser una saeta entre ritmos frenéticos y efectos electrónicos. No encontramos parangón posible con este comienzo en toda la carrera de Bowie y sólo es un anticipo. De repente todo se detiene y sólo las percusiones acompañan a lo que parecen los últimos estertores del protagonista. Aparece entonces una preciosa balada con una guitarra casi celestial interpretando unos delicados acordes. Sin embargo, una segunda voz repitiendo como una letanía “I'm a Blackstar” parece no estar satisfecha con el ambiente tranquilo en el que se ha sumergido la canción y nos empuja hacia afuera. La instrumentación se oscurece poco a poco y comenzamos a escuchar retazos del tema inicial, especialmente a cargo de la flauta. Los minutos finales son la recreación del comienzo con un ritmo más tranquilo y menos tenso aunque la densidad de la pieza termina por rodearnos y sumirnos en la más absoluta oscuridad, algo a lo que ayudan los arreglos de cuerdas, muy cercanos en algún momento a los instantes más tenebrosos de la música de Dead Can Dance.

“Tis a Pity She Was a Whore” - La segunda canción del disco es una nueva grabación de una pieza que Bowie publicó, primero como lanzamiento digital y más tarde como “cara b” de un single en 2014. La versión que suena aquí es una intensa recreación de remoto aire jazzístico, especialmente en lo que se refiere a los arreglos de los metales. Con todo, es una pieza en la que reconocemos inmediatamente al Bowie más clásico.

“Lazarus” - El segundo single del disco, especialmente si se une al videoclip que lo acompañó, es otra canción conmovedora por el simbolismo que encierra y lo revelador (a toro pasado) de sus imágenes. La canción comienza con una introducción de guitarra deudora del Vini Reilly de the Durruti Column y se construye a partir de ella sobre un ritmo constante de batería y una extraordinaria línea de bajo. Los metales suenan fúnebres dibujando una atmósfera espesa y opresiva. Ya en la segunda mitad del tema, Guiliana despliega parte de sus habilidades a la batería con un sonido cortante, muy particular y que marca muy profundamente toda la pieza. Una obra maestra que no llega a la complejidad de “Blackstar” pero que sigue siendo una magnífica composición.

“Sue (Or in a Season of Crime)” - Canción que apareció como single de presentación del disco recopilatorio “Nothing Has Changed” de 2014 con la citada “Tis a Pity She Was a Whore” como “cara b”. Al igual que en ese caso, la que aquí aparece es una nueva grabación. La canción es una magnífica muestra de lo mejor de su autor. Con un ritmo extraordinario cercano al trip-hop (la presencia de Guiliana una vez más es imprescindible), tiene un mayor componente rockero que las anteriores piezas del disco, en especial por la omnipresente guitarra que aparece aquí casi como un elemento rítmico más.

“Girl Loves Me” - El comienzo es extraño. Bowie canta una serie de versos que siempre acaban en una nota aguda que se desvanece en el aire. Un ritmo de marcha (que nos recuerda al de “Lucky and Unhappy” del dúo francés “Air”) aparece entonces para servir de base a toda la pieza. En ella Bowie llega a cantar en lenguajes inventados como el Nadsat creado por Anthony Burgess para su novela “A Clockwork Orange”.

“Dollar Days” - Un remanso de paz en medio de un disco altamente perturbador. Escuchamos aquí una pieza lenta con un punto cinematográfico, especialmente en su parte central. Recorre toda la canción un aire de melancolía que le sienta muy bien y cuenta, además, con un punto fuerte en el gran solo de saxo que suena en la segunda mitad de la misma con el piano convertido en el acompañante perfecto.

“I Can't Give Everything Away” - Una base electrónica que comenzaba a sonar en el final del corte anterior nos recibe en la que es la canción final del disco. Bowie se atreve con la armónica  antes de cantar en lo que, a la postre, iba a ser su despedida. Una despedida luminosa con versos que, una vez más, no significan lo mismo antes que después del fallecimiento del artista: “decir mucho pero poco en realidad, decir no queriendo decir sí, esto es todo lo que siempre he sido, este es el mensaje  que dejo”.

Es asombroso cómo puede cambiar la percepción de un disco sencillamente con el conocimiento de que fue escrito, concebido y grabado por una persona que, con toda seguridad, sabía que estaba trabajando en su última obra. Bowie fue consciente en todo momento de que estaba ante su testamento artístico y eso tuvo que influir, sin duda alguna, en el resultado final. Como decíamos al principio, la cantidad de simbolismos encerrados en los textos de “Blackstar” o en los videoclips de esa canción y de “Lazarus” es inmensa y habría que ser un experto en muchos campos para poder extraerlos todos y dotar a la narración de un sentido completo. No hemos querido entrar en ese terreno porque ya hay cientos de artículos en la red que, con mayor o menor fortuna, se sumergen en esa tarea. No nos cabe duda de que Bowie, en algún sitio, estará disfrutando con esas interpretaciones. “Blackstar” marca el final de la trayectoria musical de un genio pero ya sabemos que no será lo último que oigamos procedente de David Bowie ya que durante los últimos años estuvo organizando meticulosamente su catálogo de grabaciones inéditas de modo que durante unos años seguirán apareciendo diferentes trabajos supervisados por el propio autor. Su legado es extraordinario pero estamos seguros de que crecerá mucho más con la publicación de ese material. A la hora de la despedida no nos queda más que expresar el mayor de los agradecimientos a un artista único e incomparable. Es un tópico que se utiliza en muchas ocasiones pero en ninguna con tanta justificación como en esta.

Gracias por todo, David.

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