miércoles, 16 de abril de 2014

Vangelis - El Greco (1998)



Además de su conocida faceta como músico, el griego Vangelis es pintor y dedica a este arte una parte muy importante de su tiempo. Al margen de eso, la obra musical del compositor ha estado íntimamente ligada con la pintura en muchos momentos. Esta relación comienza con una serie de documentales dirigidos por Frederic Rossif en los años setenta centrados en distintos artistas contemporáneos como George Mathieu, Georges Braque, Pablo Picasso o Giorgio Morandi. Todas aquellas películas contaban con la correspondiente banda sonora de Vangelis.

Quizá el deseo de acercar lo más posible el proceso de creación de un pintor al del músico es lo que escondía tras una idea como la de “Direct”, nombre que recibe un complejo sistema de generación, manipulación y grabación del sonido que Vangelis se hizo construir a mediados de los años ochenta mediante el cual pretendía poder plasmar de forma inmediata (espontánea, decía él) cualquier idea musical que le viniera a la cabeza, interpretándola y grabándola conforme se le iba ocurriendo, a la manera de un pintor con su lienzo y sus colores.

Lo cierto es que en la producción musical del griego hay un antes y un después de la construcción de ese complejo sistema de creación. A partir de entonces, parece decrecer su interés por el mercado discográfico y los escasos lanzamientos que nos ha brindado en las últimas décadas parecen simples compromisos contractuales con las discográficas. La gran mayoría de sus bandas sonoras recientes permanecen inéditas y, lo que resulta más sorprendente, el músico afirmaba en una entrevista de hace un par de años que compone y graba música a diario de modo que hay horas y horas de composiciones de Vangelis que nunca verán la luz. Son contados, por tanto, los proyectos que mueven a nuestro músico a publicar su obra con fines comerciales en los últimos tiempos y fue la pintura la que nos permitió disfrutar de uno de los trabajos más fascinantes y, al mismo tiempo, menos conocidos de su discografía.

En 1995, recibimos la noticia de la publicación de un nuevo disco de Vangelis titulado “Voices”, que formaría parte de los lanzamientos “regulares” del artista y que quizá tenga su hueco aquí el en futuro. Al mismo tiempo aparecía un disco mucho más interesante que aquel y que pasaría desapercibido salvo para los visitantes de la Galería Nacional de Atenas. La idea detrás del trabajo (llamarlo disco se queda claramente corto) era notable: el Ministerio de Cultura griego iniciaba una campaña para restaurar y conservar su patrimonio artístico y se materializó en la publicación de un estuche en edición limitada con una obra inédita de Vangelis y un lujoso libro firmado por el músico y numerado a mano en sus 3000 ejemplares. Los beneficios obtenidos por su venta se dedicarían a financiar la restauración de tres cuadros de “El Greco” pertenecientes a sendos museos atenienses. Aquello iba a ser la primera piedra de un proyecto que tenía como objetivo posterior comprar y recuperar así para Grecia obras del pintor que se encontraban en museos del extranjero. También aquí iba a implicarse el músico pero eso excede ya el objeto de esta entrada.

Vangelis compuso una profunda suite en siete movimientos que, según algunas fuentes, aún puede adquirirse en la tienda de la propia Galería Nacional. La obra llevaba por título “Tributo a El Greco” y ahí habría quedado su historia de no ser porque alguien, tres años después, tuvo la idea de publicar el disco de forma independiente y lanzarlo en todo el mundo. Con ese motivo, Vangelis grabó tres nuevas piezas y las incluyó en el nuevo disco que iba a titularse, sencillamente, “El Greco” alterando ligeramente el orden de las restantes y, por tanto, la propia estructura de la obra. El nuevo disco constaría así de diez movimientos. La música en él contenida no tiene demasiada relación con ninguna obra publicada anteriormente por su autor (quizá sí con algunos trabajos para Irene Papas) aunque por lo que hemos podido escuchar de esa inmensa parte inédita de su producción, particularmente en las llamadas “Tegos Cases”, sí que albergaría similitudes con ese tipo de composiciones. Vangelis realiza una prodigiosa inmersión en el mundo a veces oscuro y otras luminoso del pintor toledano de adopción construyendo una atmósfera fantástica, de influencia bizantina y reminiscencias clasicistas que no tenemos ningún problema en contar, contra la opinión generalizada de muchos seguidores del griego, entre sus mejores trabajos jamás publicados. En "El Greco" podemos disfrutar de la visión musical de un pintor sobre la obra de otro. También de la visión de un músico sobre un pintor que durante su estancia en la Corte Española se hacía acompañar, ocasionalmente, de músicos mientras pintaba. La visión, por último, de un griego actual sobre la obra de un compatriota que vivió siglos atrás.

"El Entierro del Conde de Orgaz".  

“Movement I” – Un lejano ruido de campanas nos da la bienvenida a un viaje fascinante. Escuchamos un profundo rumor de sintetizadores que nos mece con un reconfortante vaivén mientras comienza a dibujarse una melodía de flauta procedente de los sofisticados aparatos de Vangelis. Irrumpen entonces las cuerdas que dan más solemnidad si cabe al movimiento. Algunos sonidos de fondo nos recuerdan los clásicos ruidos de un barco de la época por lo que nos gusta pensar que asistimos al viaje del joven pintor desde su Creta natal hasta Venecia, primera parada de su etapa italiana. Las melodías son densas, pesadas, de lento desarrollo... siguiendo con el imaginario viaje de el Greco, el patrón musical se asemeja al del celebérrimo cuarto movimiento de la 5ª sinfonía de Mahler, justo el escogido por Visconti para acompañar las escenas más emotivas de su “Muerte en Venecia”. No creemos que tal relación sea intencionada por parte de Vangelis pero a nivel subconsciente y por algún motivo que se nos escapa, siempre hemos establecido esa comparación.

“Movement II” – Unos golpes de percusión abren el segundo movimiento en el que los instrumentos toman otra forma recordándonos el sonido del antiguo psalterio. También la música se torna bizantina en el que es uno de los pasajes más bellos del disco en el que Vangelis explora las raíces culturales que comparte con el Greco de un modo fantástico.



“Movement III” – El siguiente movimiento del disco es uno de lo añadidos a la versión comercial de 1998 y, por tanto, no formaba parte del lanzamiento original. Vangelis opta por un sonido sintético que se asemeja al arpa y que utiliza con profusión en sus trabajos de los noventa. Es una composición más luminosa que las anteriores y con el sello de su autor muy presente aunque, ciertamente, contrasta profundamente con los dos movimientos iniciales. Se diría que tiene más en común con algunos fragmentos de “Chariots of Fire” que con el resto del álbum pero no por ello deja de ser un buen tema.

“Movement IV” – Retoma Vangelis el disco de 1995 donde lo dejó rebautizando aquel tercer movimiento con el siguiente ordinal. Escuchamos la fantástica intervención en el disco de Montserrat Caballé, artista que no necesita de presentación alguna aquí y cuya relación con el compositor griego es de una profunda amistad lo que les ha llevado a colaborar en muchos momentos. La melodía tiene claras aspiraciones clasicistas y tiene algunas similitudes con piezas anteriores del compositor como “Glorianna” de su disco “Direct”. Estamos, sin duda, ante uno de los grandes momentos del disco con un Vangelis pletórico, especialmente en la segunda mitad de la pieza en la que escuchamos la versión más clásica del compositor griego, grandilocuente y delicado al mismo tiempo, con una intensidad que no desmerece la de discos imprescindibles como su “Heaven and Hell”.



“Movement V” – Escuchamos al segundo de los añadidos al disco original, una pieza para piano (no deja de ser realmente un sintetizador lo que suena pero la forma es esa) que fue utilizada para promocionar el disco en algunos anuncios televisivos de la época. Escuchamos algunos arreglos de cuerdas, el característico timbre del arpa sintético, etc. en una composición breve que tampoco encaja del todo en el conjunto pero que, en cambio, se nos antoja un buen reclamo para atraer a posibles compradores del disco.

“Movement VI” – En el sexto movimiento escuchamos al tenor Konstantinos Paliatsaras interpretando una melodía que nos vuelve a remitir a la música bizantina que ya explorase el músico en alguno de sus temas escritos para los discos con Irene Papas que citábamos al comienzo. El lugar que ocupa esta pieza en el disco no es el que le correspondía en la versión de 1995 en la que era el 5º movimiento. El que en aquel entonces fuera el 4º queda para más tarde.

“Movement VII” – Los dos temas que hemos escuchado ya que fueron añadidos al trabajo para su edición internacional comienzan y terminan de la misma forma, entre el sonido del viento, y así ocurre también con el más breve del disco, una maravillosa danza de aire renacentista en la que aparece también un rotundo coro sin acreditar en el disco y que nos recuerda, casi por fuerza, a discos como “Mask” pero sin el tremendo armazón electrónico de aquel. Aunque, de nuevo, se rompe en cierto modo la unidad estilística del disco original, la extraordinaria calidad de la composición nos hace olvidar inmediatamente ese detalle.

“Movement VIII” – Un apagado retumbar de tambores se escucha a lo lejos junto con algunas flautas que no hacen sino anticipar la entrada de las cuerdas conforme avanza hacia nosotros la procesión. ¿un entierro tal vez? ¿acaso el del Conde de Orgaz?. Es difícil saberlo pero el giro que experimenta la pieza en su segunda mitad, con unas brillantísimas cuerdas interpretando una melodía que la entrada de los coros convierte en algo celestial, nos sugiere alguna relación con la particular composición que el pintor utilizara para el célebre cuadro mostrado más arriba. En el disco original, éste movimiento antecedía al que aquí ocupa el sexto lugar pero esta modificación no supone una gran diferencia.

“Movement IX” – Acercándonos al final del disco comprobamos cómo Vangelis regresa a los paisajes más profundos y reflexivos del movimiento inicial pero no hay ya sonidos navales de fondo por lo que el viaje que nos sugiere el músico tiene un carácter mucho más permanente. Pocas veces el compositor escribió (es un decir) una pieza tan intensa sin necesidad de artificios y giros grandilocuentes. Es éste un Vangelis muy diferente al que alcanzó la fama décadas atrás pero igualmente mágico.

“Movement X, Epilogue” – El homenaje a el Greco podría haber terminado perfectamente con el movimiento anterior pero entonces nos habríamos perdido una maravilla como es este epílogo. De nuevo el compositor al piano con una melodía bellísima cuyos primeros compases nos llevan a pensar, equivocadamente, en un arreglo del “One More Kiss Dear” de Blade Runner y que evoluciona a partir de ahí hasta convertirse en una de esas pequeñas gemas que salpican su discografía y que lo elevan muy por encima de otros músicos de su generación que nunca alcanzaron niveles de inspiración como los del maestro griego. La música es, en realidad, de lo más simple y se repite en varias ocasiones pero esa aparente sencillez es lo más complicado de lograr sin caer en la banalidad. Un cierre inmejorable para una obra maestra.

Por razones que se nos escapan, “El Greco” no suele estar demasiado bien considerado por buena parte de los seguidores de Vangelis aunque esa opinión no se refiere sólo a éste trabajo sino a alguno más como “Mythodea”. Ambos suelen ser tildados de pretenciosos y de intento por parte del griego de ser algo que no es: un compositor clásico. Resulta particularmente triste este punto ya que en los círculos academicistas, Vangelis no suele ser tomado demasiado en serio como compositor serio y las opiniones más benévolas lo tildan de artista popular con pretensiones. Esa es, evidentemente, una batalla más que perdida para el compositor... si éste albergase el más mínimo deseo de entablarla. La visión del artista del mundo académico no puede ser de mayor indiferencia ya desde el comienzo de su carrera. Por la posición de su familia, no habría tenido ningún problema para recibir la mejor educación musical que el dinero hubiera podido comprar pero, sencillamente, eso jamás interesó a Vangelis. Es muy posible que ese desdén le haya pasado factura y que por ello buena parte de los menosprecios que recibe procedan, precisamente, del mundo académico y el haber publicado discos con Deutsche Grammophon o Sony Classical además de haber colaborado con nombres de la talla de Montserrat Caballé, Kathleen Battle o Jessye Norman no ha cambiado ni un ápice esta postura por parte de la crítica.


Particularmente, no le damos mayor importancia ni al hecho de haber grabado en esos sellos ni a las opiniones de uno u otro sector. Vangelis nos parece un grande y “El Greco” uno de sus mejores trabajos de siempre. Si el lector no tiene aún el disco y quiere hacerse con él lo puede encontrar en los siguientes enlaces, cuidando de no confundirlo con la banda sonora de la película del mismo título y obra también de Vangelis que apareció años más tarde:


Nos despedimos con el último movimiento del disco:

 

1 comentario:

  1. Estupendo post de un genio como Vangelis, llevo dias que después de desempolvar este trabajo del griego, el cual no escuchaba desde que fue publicado, no para de sonar en mi reproductor, y ciertamente al igual que 1492, Vangelis ha enfatizado su música en una época muy oscura y austera ( o por lo menos muy sombría ) de la España medieval .
    Sin duda una obra maestra, incomprendida por muchos y amada por otros.

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