miércoles, 9 de noviembre de 2011

Vangelis - Antarctica (1983)



Ya comentamos anteriormente en La Voz de los Vientos cómo el éxito de la banda sonora de “Carros de Fuego” hizo que Vangelis se alejase del mundillo del cine por miedo a quedar encasillado. Por este motivo, la música original del griego para “Blade Runner” pasó muchos años inédita y algo similar ocurrió con la que hoy nos ocupa.

Y todo ello a pesar de que no estamos hablando de una superproducción de Hollywood al uso sino de una mucho más humilde producción japonesa sobre una expedición científica al polo sur que estuvo a punto de terminar trágicamente en 1958. La película cuenta la historia de cómo la expedición tuvo que ser abortada y, durante el regreso, los veinte perros que acompañaban a los científicos, fueron atados y abandonados ante la imposibilidad de que acompañasen a sus dueños por la escasez de alimentos y agua. El film se centra en la epopeya de los canes, algunos de los cuales consiguieron soltarse y sobrevivir un tiempo cazando lo que podían. Todo tiene un final más o menos feliz cuando los cuidadores de los animales regresan en verano al continente antártico y encuentran a los dos únicos perros supervivientes.

La odisea de los animales es el centro de la película, que destaca por las espectaculares imágenes y paisajes polares rodados por el director Koreyoshi Kurahara. El film obtuvo un éxito realmente notable en Japón donde se conviertió en una de las películas que mayor recaudación consiguió en aquellos años.

Como decíamos anteriormente, Vangelis no tenía intención de publicar la música de “Antarctica”. De hecho, en el momento en que se hizo la banda sonora, la carrera del músico estaba muy orientada a sus trabajos con el cantante de Yes, Jon Anderson, con quien formaba en aquellos años el popular dúo Jon & Vangelis. Sin embargo, la buena aceptación de la película en Japón hizo que apareciera un disco con su banda sonora en aquel país. Cinco años después, Polydor optó por editar el trabajo en el resto del mundo ante la demanda que había de la edición japonesa en otros países.

Centrandonos en el disco, sobra comentar que tanto la composición del mismo como la interpretación y grabación corren por cuenta del genio griego que lo grabó en los míticos estudios Nemo de Londres, ciudad en la que tenía montado su sancta sanctorum en la época. De ahí surgieron algunas de las melodías más evocadoras de la carrera de Vangelis, incluyendo el tema más conocido de la banda sonora que hoy tenemos con nosotros. Pasamos a hacer un breve repaso uno por uno de los ocho cortes del album.


Vangelis en los legendarios estudios Nemo.

“Theme from Antarctica” – Sin duda, la composición más conocida del disco y uno de los grandes temas del músico en los ochenta. La pieza es un prodigio de sencillez que nos muestra que el talento de Vangelis no siempre se refleja en ampulosas y grandilocuentes sinfonías con capas y capas de sintetizadores. El tema principal de la banda sonora se basa en un ritmo simple y continuo marcado por un pulso constante, una modesta percusión con algunos aderezos de timbales por aquí y por allá y una secuencia electrónica en segundo plano. Sobre este colchón se desarrolla la melodía principal con un sonido que evoca el de algún exótico instrumento de cuerda pulsada. No faltan los espectaculares sonidos que sólo Vangelis consigue arrancar a su Yamaha CS 80 pero sólo aparecen como refuerzo de la melodía en determinados momentos. A veces minusvalorado en comparación con otros temas más famosos de su discografía, este “Theme from Artarctica” no tiene mucho que envidiar a la mayoría de grandes “hits” de nuestro músico.



“Antarctic Echoes” – En el segundo tema del disco nos encontramos al Vangelis más íntimo contruyendo una delicada melodía que podría ser improvisada en muchos momentos y en la que, como en la mayoría de las bandas sonoras, aparece de nuevo el “leitmotiv” del film en una versión mucho más lenta y de una fragilidad exquisita. No hay percusión alguna en el tema que, imaginamos, debe encajar como un guante con las grandes extensiones heladas mostradas en la película.

“Kinematic” – Haciendo honor a su título, esta pieza es el contrapunto rítimico a la placidez del corte anterior. Nos encontramos ahora con una rápida secuencia electrónica a partir de la cual van apareciendo las distintas melodías. De nuevo los timbales cumplen una importante labor, no sólo rítmica sino melódica en cierto modo acompañados de una percusión más variada (campanas, platillos, gongs, etc). No deja de ser una pieza ambiental pero en un tono realmente diferente a su predecesora.

“Song of White” – Continuando con la tendencia de intercalar temas rítmicos con otros más relajados, “Song of White” se abre con una serie de sonidos aislados formando una melodía difusa, casi como si el oyente la escuchase en la lejanía. A mitad del tema nos sorprende la repetición del fragmento inicial del disco, tal y como lo escuchamos en la primera pieza del album. No se trata de una evocación de la melodía principal sino de la repetición exacta de un extracto de la pieza que abría el trabajo que se despide con un breve fundido. No entendemos muy bien el por qué de esta repetición pero algún sentido debe tener.

“Life of Antarctica” – En nuestra opinión, estamos ante otro de los grandes temas del disco. Vangelis nos regala aquí una preciosa combinación de secuencias y melodías tremendamente evocadora. Todo aquello que hizo del músico una figura esencial en su estilo, lo podemos encontrar en los cinco minutos que dura este tema, quizá el más cercano a trabajos anteriores como “Blade Runner” de todo el disco.

“Memory of Antarctica” – Regresamos a los ambientes tranquilos por un instante en esta nueva recreación del motivo principal de la banda sonora, en esta ocasión, en un estilo que encajaría a la perfección en “Chariots of Fire” y es que la coherencia estilística que podemos encontrar en los trabajos de Vangelis en su etapa con Polydor nos da muestras de una madurez cada vez más apreciable. Podemos manifestar nuestra preferencia por discos de la etapa anterior en RCA, más pasional y salvaje en muchos aspectos, pero la versión más pacífica del músico en el periodo que va desde la mencionada “Chariots of Fire” hasta “Mask”, en 1985 nos parece realmente imprescindible.

“Other Side of Antarctica” – Otra preciosa pieza ambiental construida a partir de arpegios repetidos sobre los que aparecen los clásicos sonidos marca de la casa. Quizá sea un tema más solemne que otros anteriores por el propio carácter de las percusiones (timbales y platillos, principalmente) que aparecen a lo largo de la pieza.

“Deliverance” – El cierre del disco nos remite, más que ningún otro, a la tan citada banda sonora de “Carros de fuego” y es que esta composición podría haber formado parte de la misma sin ningún reparo, quizá como continuación del famoso “Eric’s Theme”. En cualquier caso, funciona a las mil maravillas como cierre de esta banda sonora y nos deja con el buen gusto de boca que sólo los manjares más exquisitos pueden dejar.



Al margen de los ocho temas comentados, hay mucha más música que suena en la película pero que no está incluída en el disco. Como es habitual en Vangelis, la música para el film y la música para ser editada en CD son dos cosas totalmente distintas e independientes y en esta y otras bandas sonoras queda patente este punto de vista. Existen algunos discos piratas en los que se incluye el resto de la música compuesta por el griego pero, realmente, lo más interesante está recogido en el disco oficial.



Portada de una de las ediciones "pirata" de la banda sonora.


No queremos despedir esta entrada sin destacar, una vez más, la gran capacidad de evocación que tiene la música de Vangelis. No hay que hacer un tremendo esfuerzo para imaginarse las gélidas llanuras polares mientras se escucha esta música. Por momentos, el frio se puede sentir filtrandose entre las notas de los sintetizadores sumergiendonos en una sensación casi sinestésica. Si la música de este disco tiene que asociarse a un color, no puede ser otro que el blanco.

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Para despedirnos, os dejamos este video con Vangelis hablando sobre esta banda sonora. Aunque sabemos que todos dominais el japonés, el músico habla en inglés para hacerlo todo más comprensible:

domingo, 6 de noviembre de 2011

Lito Vitale - Sobre miedos, creencias y supersticiones (1981)



Lito Vitale empezó a ser conocido en España, y suponemos que también fuera de su Argentina natal, en la segunda mitad de la década de los ochenta, en la época de mayor esplendor de aquello que se conoció como música new age. La versión de Vitale que alcanzó más fama era la del músico que combinaba elementos del jazz más moderno, con una grandísima influencia de Pat Metheny, y la música tradicional argentina en todas sus vertientes. Especialmente inspirados fueron los años en los que estuvo activo el Lito Vitale Cuarteto, formación compuesta por un percusionista, un bajista y un intérprete de instrumentos de viento que, acompañando a los teclados de Lito realizaron alguno de los mejores discos que hemos tenido la oportunidad de escuchar dentro de su estilo.

Sin embargo, los inicios de Vitale no fueron por esos derroteros. Ya hemos tenido ocasión de comentar alguno de sus trabajos de su etapa casi infantil como miembro de Músicos Independientes Asociados y, aunque había en todos ellos algún elemento jazzistico, el estilo general de los mismos era mucho más cercano al rock progresivo, con Lito ejerciendo de Rick Wakeman o Keith Emerson en muchos momentos de los mismos.

El primer disco en solitario del bonaerense seguía esa tónica. A lo largo del verano de 1981, cuando aún no había cumplido los 20 años, Lito se encerró en los estudios Tubal y se dedicó a grabar una serie de pistas completamente en solitario. Nuestro músico toca todos los intrumentos del disco, a saber: Piano, batería, sintetizadores, bajo, guitarra, percusiones y canta en los ocasionales pasajes vocales que aparecen de cuando en cuando. Las composiciones y arreglos son también suyos. Es Vitale quien ejerce de técnico de grabación y quien se encarga de las mezclas del trabajo. Este colosal esfuerzo no tendría mayor trascendencia si el resultado no mereciera la pena pero es que, además, el disco alumbrado tras las sesiones de ese verano era realmente magnífico. “Sobre miedos, creencias y supersticiones”, que era el título del trabajo era un disco conceptual sobre esos sucesos, aparentemente sobrenaturales, que jalonan las leyendas de tantos pueblos y lugares. En palabras del músico en la tapa del album:

“Los seres, hechos y cosas que el pueblo interpreta como símbolos de un mundo sobrenatural o como mensajeros del más allá, han provocado, en todos los tiempos y regiones, una amplia gama de fenómenos culturales.

Son incontables los miedos, creencias y supersticiones, que si bien contienen elementos diferentes, se apoyan en la necesidad de canalizar la inseguridad propia del ser humano, su miedo ante lo desconocido, su afan por explicar lo inexplicable.”

Pasamos a comentar los seis cortes del disco a continuación:

“Baguala de los hueseros” – La baguala es un tipo de canción procedente del noroeste argentino, muy rítmica y de aires andinos. La pieza de Vitale no termina de encajar con las bagualas tradicionales que hemos podido escuchar anteriormente porque desde el comienzo nos encontramos con un tema de auténtico rock progresivo instrumental, basado en los teclados y con un buen trabajo de batería pese a no ser éste precisamente un intrumento en el que Vitale se defienda con especial destreza. Tras la obertura, de corte épico con interesantes cosas a la guitarra eléctrica, aunque algo escondidas por la propia mezcla del tema, llegamos a la parte intermedia, centrada en ese sonido de piano tan carácterístico de Lito en los años venideros. El desarrollo de toda la composición es realmente magistral y un buen anticipo de lo que el músico será capaz de desarrollar en el futuro. A pesar de la referencia a los hueseros, lugares donde se guardan los huesos de los muertos, la pieza no tiene un tono especialmente lúgubre o tenebroso sino que más bien nos resulta un brillante ejercicio de estilo en el que Vitale parte de premisas ya tocadas en sus discos con M.I.A. y termina llegando a otro sitio bien distinto y con una voz propia bien reconocible.

“Alumbrando a las ánimas” – El segundo corte del album sí que tiene un tono acorde con la temática general del mismo ya que está formado por una serie de voces dolientes que se mezclan con letanías ininteligibles y lamentos que conforman una pieza realmente inquietante, como ya nos anticipaba su título.

“Pueblos y caminos” – El tono sombrío que toma el disco en el corte anterior cambia radicalmente desde las primeras notas de “Pueblos y caminos”, donde una brillante intro de teclados, desemboca en un auténtico instrumental en clave de rock sinfónico progresivo en el que no faltan los solos al más puro estilo de Wakeman hasta la entrada de la voz del propio Vitale canturreando una melodía de un modo que nos recuerda al de su compatriota Pedro Aznar. Probablemente estemos ante el mejor tema del disco, con continuos cambios de ritmo, una continua exhibición de facultades a los sintetizadores y nuevas ideas que aparecen casi a cada compás. La mezcla perfecta del rock progresivo, el jazz y algunos elementos folclóricos que nos deja con un excelente sabor de boca.



“Noche de la salamanca” – El título alude a una especie de aquelarres que tienen lugar, según la leyenda, en las afueras de los poblados y son fiestas orgiásticas en las que se llevan a cabo pactos con el diablo y todo tipo de actos de brujería con abundante bebida, comida y presencia de elementos clásicos como el macho cabrío, etc. La visión que Vitale nos da de esas noches, es realmente contraria a lo que podríamos suponer, ya que nos regala un tema lento y apacible, introducido por un suave piano y unas cuerdas sintetizadas muy del estilo de Vangelis, por poner un ejemplo. De nuevo la voz de Lito nos va llevando casi de la mano por todo el recorrido de un modo muy similar al de muchos instantes del corte anterior. Un ligero cambio alrededor de los tres minutos con la irrupción de la batería nos lleva a la parte más rítmica del tema, alejada en todo caso del frenesí y la locura desbordada que debía reinar en las celebraciones a las que hace referencia el título de la composición. Al margen de esas consideraciones, del todo personales, “Noche de la Salamanca” es otra composición sobresaliente dentro de un disco en el que la inspiración está presente de principio a fin.

¿Serían las noches de la Salamanca similares a lo que imaginó Goya?

“La luz mala, en el campo” – La luz mala, de acuerdo con la tradición, es una manifestación luminosa en forma de orbe que flota en el aire e incluso persigue a aquellos que se la encuentran llevando la desgracia en muchos casos. Se trata de una leyenda principalmente argentina y uruguaya pero que tiene su propia versión en países de todo el mundo con distintos nombres. Vitale nos muestra su visión de este fenómeno a través de una pieza electrónica en la que los sonidos de su teclados nos remiten forzosamente al Vangelis más popular durante toda la introducción. Sólo algo más tarde, cuando entra el piano y la voz nos reconocemos en presencia del compositor argentino sin ningún género de dudas. Es precisamente la voz de Lito la que lleva el peso del tema en su parte central con una melodía de aires folclóricos muy efectiva. Como ocurre en casi todos los temas del disco, la composición se cierra con un regreso a la melodía inicial en un arreglo distinto.



“Dios, el fin” – El cierre del trabajo, comienza con un recurso muy utilizado que entendemos como un homenaje al “Dark Side of the Moon” de Pink Floyd, que es un latido continuo de corazón que está presente como fondo en toda la pieza. El sonido electrónico que entra poco después parece sacado directamente de otro de los temas del mítico disco de la banda de Roger Waters: el sensacional “On the Run”. Al margen de tributos más o menos disimulados, “Dios, el fin” es un magnífico tema electrónico que pone un broche inmejorable a un trabajo sobresaliente.

La edición en CD del disco que podemos encontrar hoy en las tiendas incluye cuatro bonus tracks pertenecientes al disco “Lito Vitale Cuarteto” que ya comentamos en su momento. No dejeis de haceros con el mismo si teneis ocasión. En nuestra opinión, “Sobre miedos, creencias y supersticiones” es la mejor versión de Lito Vitale en solitario y no anda muy lejos de sus mejores momentos con el cuarteto. Nos llama la atención que en los años sucesivos, Lito Vitale se alejó mucho del estilo sinfónico-progresivo de este disco con contadas excepciones que quizá tengan su propio hueco en el blog más adelante. Sin desmerecer sus trabajos más populares, sí que es cierto que nos habría gustado oir más cosas de Lito en la linea de este disco. A la espera de que, quizá más adelante, nos regale algo así, bueno será repasar este disco y disfrutarlo a fondo.

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Para terminar, os dejamos una entrevista con el músico en 2007 en la que repasa varios aspectos de su carrera:

martes, 1 de noviembre de 2011

George Winston - Forest (1994)



En 1994, la carrera de George Winston pasaba por un momento delicado. Tras sus exitosos discos “Autumn” y “December” en 1980 y 1981 llegó un año después “Winter Into Spring”, notablemente más flojo que aquellos y se abrió una especie de paréntesis de nueve años sin discos nuevos. Cuando apareció “Summer” en 1991 las espectativas eran altas pero los resultados artísticos no estuvieron a la altura. No funcionó del todo mal en cuanto a ventas pero cuesta mucho encontrar en ese disco composiciones del nivel de las que poblaban sus discos de comienzos de los ochenta. Por ello, y a pesar de que la particular personalidad del pianista es ajena a las modas y al qué dirán, su siguiente disco podía marcar un punto de inflexión definitivo en su carrera relegandole a un segundo plano, incluso en el ámbito de la llamada música New Age, estilo en el cual Winston era una estrella. Este riesgo era aún mayor si tenemos en cuenta la proliferación de pianistas en el género a lo largo de toda la década, muchos de ellos pertenecientes al mismo sello, Windham Hill, en el que Winston publicaba habitualmente,

En este contexto, es comprensible que “Forest” fuera un trabajo muy esperado. A primera vista, las lineas generales del CD eran las mismas de los discos anteriores del músico, a saber, temas propios, versiones de músicos, poco conocidos en muchos casos pero muy apreciados por Winston y alguna que otra melodía tradicional.

Pasamos a tratar los temas del album uno por uno:

“Tamarack Pines” – Abre el disco una auténtica maravilla inspirada por el compositor norteamericano Steve Reich. Sorprende que un pianista tan libre e intuitivo como Winston tenga entre sus músicos favoritos a uno de los pioneros del minimalismo con todo lo que tiene el movimiento de aparente rigidez y falta de sensibilidad, tan ajenas a priori a la música de nuestro pianista. Sin embargo, en este corte, Winston consigue aprovechar lo mejor del género con una pieza repetitiva y muy rítimica realmente intensa en la que su propio estilo es perfectamente reconocible. En la sección inicial del tema, Winston pulsa directamente las cuerdas del piano a modo de introducción antes de pasar a la ejecución más “convencional”. El final del corte, con repetidos “stacatti” ascendiendo hacia las notas más altas del teclado nos parece tremendamente original. El título de la composición alude a una curiosa especie de pino de Montana, única en este tipo de arbol que pierde sus hojas (sus agujas, hablando con propiedad) en otoño.



“Forbidden Forest” – Segundo tema propio del disco. Como ocurría en el tema anterior, Winston ataca directamente las cuerdas, sin usar el teclado con una técnica que ha ido incorporando poco a poco a su ejecutoria habitual. Apenas hay algunas notas sueltas intepretadas al modo convencional. El tema, sin ser nada especialmente destacado, cumple como transición hacia el siguiente corte.

“Troubadour” – Nos encontramos con la primera versión de otro músico presente en el disco. Se trata de una composición del músico de cine John Barry que apareció en 1964 como cara B del single “Theme from Goldfinger” como parte de la banda sonora de una de las exitosas películas de James Bond a las que Barry puso música. “Troubadour” es un tema breve con cierto aire jazzy melancólico que se adapta perfectamente al estilo de Winston que es capaz como nadie de hacer suyas composiciones del todo distintas.

“The Cradle” – Larry Young es uno de los músicos favoritos de Winston, quien tiene unos gustos realmente exquisitos y originales. Una de las secciones más interesantes de su página web oficial es, precisamente, aquella en la que recomienda grabaciones de músicos que considera interesantes para que todos los aficionados podamos encontrar aquello que más le inspira. Young, organista de jazz, compuso esta pieza para su disco de 1968 titulado “Heaven on Earth” (1968).

“Cloudy this Morning” – Otra de las composiciones propias del disco y una de nuestras favoritas. Se trata de uno de esos típicos temas de Winston, ora folclóricos, ora ambientales, en los que el músico se encuentra tan cómodo.

“Last Lullaby Here” – Casi enlazado con el anterior tema, comienza “Last Lullaby Here”. Brevísimo corte de menos de un minuto de duración que funciona como una especie de coda de “Cloudy this Morning”.

“Mon Enfant” – Otro de los lugares comunes en la discografía de Winston son las versiones de temas tradicionales, ya sean villancicos o canciones de infantiles. La pieza que nos ocupa ahora, pertenece al segundo grupo y es una lenta balada que el músico ya grabó en un raro disco basado en un cuento japonés titulado “Sadako and the Thousand Paper Cranes” con la narración de Liv Ullmann. Para realizar su versión de la popular tonada, Winston se basa en otras previas a cargo de Ralph Towner o Wes Montgomery.

“Returning” – Otra brevísima composición de apenas 40 segundos que apenas sirve para transportarnos hacia el tema que originalmente cerraba la cara A del LP.

“Graceful Ghost” – Escrita por el pianista William Bolcom en 1969 y dedicada a su padre fallecido, es una canción muy popular en Estados Unidos y tiene versiones de todo tipo, incluída alguna en formato clásico. La versión de Winston se queda, en realidad con dos de los fragmentos de la composición original. El resultado es un rag-time realmente bonito y que encaja como un guante en el estilo de nuestro pianista.

“Walking in the Air” – La segunda parte del disco arranca con tres composiciones de Howard Blake para la película de animación “The Snowman”. La primera de ellas es una melodía realmente prodigiosa a la que Winston hace justicia convirtiendola en el tema más bello del disco. Como suele hacer de vez en cuando, el pianista combina a lo largo de la pieza versiones de piezas distintas. De este modo, a mitad de la composición de Blake, el músico se enfrenta de nuevo a las cuerdas del piano sin la intermediación del teclado para introducir una parte de la pieza “Quiet Observer” del arpista suizo Andreas Vollenweider y también una melodía de su admirado Dominic Frontiere, perteneciente a la banda sonora de “The Outer Limits” (1963). Para la parte final del tema, Winston retoma la composición original de Howard Blake. Sólo por temas como el inicial “Tamarak Pines” o este “Walking in the Air”, habría merecido la pena todo el disco, pero aún nos quedan varias composiciones interesantes.



“Building the Snowman” – Segunda de las piezas de Blake incluídas por nuestro músico en su disco. Se trata en esta ocasión de un tema mucho más breve. Más ambiental que melódico, hace las veces de transición hacia el tercero y último de los adaptados a partir de la banda sonora de Blake.

“The Snowman’s Music Box Dance” – Como indica el título, estamos ante una de esas melodías clásicas de las cajitas de música de toda la vida. Resulta inevitable, por tanto, que sea una melodía juguetona y alegre de aire infantil en la que Winston se encuentra como pez en el agua. No conocemos la versión original de la pieza pero tenemos la sensación de que Winston aporta algo de su propia cosecha a la composición porque tiene todas las características habituales de su propia música.

“Love Song to a Ballerina” – Nueva versión, en esta ocasión del que era compañero de discográfica de Winston en Windham Hill en aquellos años, el famoso Mark Isham, quien ha hecho una interesante carrera en los últimos años como compositor de bandas sonoras. La pieza, también con aires de caja de música, pertenece al disco “The Steadfast Tin Soldier” (1985) del trompetista.

“Lights in the Sky” – Se trata de otra de las breves piezas del piansta que abundan en el disco. Es una veloz melodía de aires repetitivos realmente inspirada que nos recuerda a la versión más clásica de Winston de sus brillantes discos iniciales.

“Japanese Music Box” – Acercandonos al cierre del trabajo, seguimos con las cajitas de música. Con un formato que recuerda al de las citadas cajas, Winston adapta una tradicional canción de cuna japonesa con brillantes resultados.

“Night Sky” – El cierre escogido por Winston para el disco es otra composición propia, de aires reflexivos y melodía indefinida. Huye en esta ocasión el pianista del tema reconocible para poner un elegante broche a un magnífico disco.


Imagenes de los pinos Tamarack, únicos pinos caducifolios en el mundo. Son los que muestran un tono dorado.


Si tenemos que hablar de los aspectos musicales, el reto del que hablabamos unas cuantas lineas más arriba había sido superado con creces por Winston entregandonos un disco soberbio. Seguramente, todos los aficionados recordarán siempre al pianista por sus discos “estacionales”, a saber: “Autumn”, “December”, “Winter Into Spring” y “Summer” y esa es una etiqueta que no se podrá quitar por mucho que siga publicando trabajos nuevos con cierta regularidad. Nuestra opinión es que “Forest” está a la altura de los mejores discos de esa etapa y supera ampliamente los resultados de “Summer” sin ir más lejos.

Winston es una persona de personalidad difícil. A juicio de muchos de los que le han tratado, es incluso arisco en muchas ocasiones. Otros hablan de un punto autista en su trato. Indudablemente es un tipo muy particular que hace lo que le gusta sin plantearse si será o no bien acogido por su público. Le gusta disfrutar de los paisajes de su adorado Montana, tocar la guitarra y el piano y no es muy amigo de las giras, aunque con “Forest” se embarcó en una serie de conciertos por todo el mundo y visitó nuestro país por primera vez. A pesar de ser un gran improvisador y de no tocar nunca con partitura, es un firme defensor del aprendizaje musical ortodoxo y considera que conocer la teoría musical es fundamental para cualquier intérprete. En sus propias palabras, “es imprescindible conocer las reglas para romperlas de vez en cuando”. A pesar de esto, y aunque resulte chocante, delcara que jamás estudió ni interpretó música “clásica” tradicional, entendiendo por tal, la música europea de los siglos XVII, XVIII y XIX (esto resulta un poco sorprendente cuando alguunas de sus piezas más populares son versiones de Pachelbel o J.S.Bach). Su música es casi exclusivamente americana y basada en la tradición de aquel país (blues, jazz, cajun, india, algo de rock…).

Geroge Winston al piano.

 
Curiosamente, y a pesar de su fama de huraño, su página web oficial es una completísima fuente de información sobre sus gustos musicales, sus músicos favoritos (con cientos de grabaciones recomendadas), sus mayores influencias, su estilo de interpretación (al piano, a la guitarra y a la armónica). Recorrer esta web es una experiencia que puede llevar horas sumergido en un mar de datos, nombres, fechas, referencias discográficas, etc. que soprende por su exhaustividad y detalle y que no podemos dejar de recomendar a todos los interesados en Winston y en la música norteamericana en general, alejada de las corrientes principales y más conocidas.

Los interesados en adquirir "Forest" teneis la oportunidad de hacerlo en los siguientes enlaces:

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Os dejamos con Winston interpretando "The Cradle" y hablando de su música: