domingo, 1 de junio de 2014

Wim Mertens - Jardin Clos (1996)



El compositor francés Gabriel Faure escribió en 1914 un ciclo de ocho canciones titulado “Le Jardin Clos” en el que ponía música a una serie de poemas del escritor flamenco Charles Van Leberghe. A pesar del origen común del escritor y de Wim Mertens, de la temática de la obra de Faure y de que el número de canciones escritas por él en su ciclo (ocho) coincide con las compuestas por nuestro compositor belga favorito en el disco que tituló, curiosamente, “Jardin Clos”, no hemos encontrado ninguna relación que pudieran guardar las dos obras entre sí pero la coincidencia nos pareció llamativa.

En las distintas entrevistas promocionales que ofreció Mertens en la época en la que apareció el disco, insistía mucho en el origen conceptual del mismo, al que alude de forma velada para quienes no estaban al tanto de su significado, el propio título de la obra. Los “jardines cerrados” que sirven como excusa al pianista eran instituciones religiosas reservadas a las mujeres en las que éstas hacían todo tipo de trabajos, incluyendo algunos de carácter artístico, en los países bajos a partir del siglo XIII. Algunas de las obras más sorprendentes que nos dejaron eran extraños relicarios elaborados a partir de cráneos humanos y precisamente uno de ellos es el que ilustra la portada del disco que hoy comentamos. Curiosamente, y contrariamente a lo que cabria esperar de una temática como la que inspiraba el disco, su autor se encargó de destacar el importante contenido sensual e incluso erótico de la música grabada en un trabajo que él mismo definía como el que mayor carga de feminidad tenía de todos los que había compuesto hasta entonces. Lo de la carga erótica, podría explicar el hecho de que una de las intérpretes del disco (de uno de los temas, en realidad) era nada menos que Sylvia Kristel, actriz cuyo papel más conocido fue el de Emmanuelle en la célebre serie de películas eróticas protagonizadas por la desinhibida joven.

Algunos de los relicarios elaborados en los "Jardin Clos" del S.XIII


El sonido del disco iba a ser algo muy innovador para los seguidores del músico belga ya que utilizaba una pequeña orquesta de cuerda de nueve intérpretes, algo absolutamente nuevo en la música de Mertens y la confrontaba a un cuarteto de metales. Al margen de estas dos secciones, encontramos otros recursos ya habituales en la obra del compositor. La relación completa de intérpretes sería la siguiente: Xavier Claeys, Maurits Goossens, Stefaan Claeys y Claire Delplanque (violines), Kris Van Severen y Paul Bervoets (violas), Lieven Vandewalle y Koen Lievens (violonchelos), Michel Vangheluwe (contrabajo), Dirk Descheemaeker (clarinete), Ward Hoornaert (trompeta), Rik Vercruysse (trompa), Eddy Verdonck (trombón bajo), Hugo Matthijssen (tuba), Els Van Laethem (soprano), Lieven de Roo (bajo), Sylvia Kristel y Chusa de la Cruz (voces), Brigitte Hertogs (arpa), Peter Verbraeken (guitarra), Bard Quartier (percusión) y Wim Mertens (piano).

“As Hay in the Sun” – Comienza el disco con unas suaves notas de piano que se repiten varias veces hasta la incorporación de la guitarra y los metales. Empieza ahí un juego de repeticiones entre los vientos y ésta última que se prolonga durante unos instantes. Hay una especie de tensión contenida durante toda la pieza que amenaza con estallar en cualquier momento pero que finalmente no llega a desencadenarse.

“Often a Bird” – Las cuerdas, con un ritmo alegre desde el primer momento, subrayado por golpes de percusión, abren una de las piezas más optimistas que jamás haya compuesto su autor. Con este fondo, asistimos a un precioso diálogo entre el arpa y el piano con el clarinete como su más destacado testigo. Toman las riendas las cuerdas a continuación en un brillante segmento central en el que asistimos al cambio en el sonido de Mertens que inevitablemente trae tan nutrida sección en un músico que no solía hacer uso de este tipo de instrumentos más allá de formatos reducidos como el trío. Brillante como pocas esta composición.




”Wound to Wound” – Llegamos así al momento de mayor intensidad del disco. La pieza se abre con un ritmo muy vivo a cargo de lo que parece un clavicordio a pesar de no aparecer en los créditos. Partiendo de esa base rítmica asistimos a una exhibición notabilísima de ritmos y melodías vivaces a cargo de los violines principalmente que encadenan una frenética sucesión de motivos que no dejan apenas respiro al oyente. Esta sensación aumenta conforme pasan los minutos y nos vemos envueltos en una auténtica cacofonía sonora en la que los instrumentos comienzan a sonar desacompasados e incluso fuera de afinación hasta conseguir un efecto absolutamente sorprendente que, estamos seguros, es intencionado. En los últimos tres minutos de la pieza, se mezclan poco a poco todas las distintas melodías que nos habían sido presentadas de forma sucesiva en la primera mitad, superponiéndose todas al mismo tiempo en un genial batiburrillo del que es difícil sacar nada en claro pero que cumple con el objetivo de dejar al cliente sin repuesta posible.

“Out of the Dust” – Tras la pieza anterior era absolutamente necesario un cambio de estilo y Mertens cumple a la perfección con esa idea con la pieza más breve del disco. En ella escuchamos la versión más amable del compositor con sus clásicos ritmos a cargo de los metales y el piano y la primera aparición de la soprano Els Van Laethem, hermana de Katelijne, quien hizo el mismo papel en “Shot and Echo”, el anterior disco de Mertens para grupo. La aportación de la cantante es básicamente la de cubrir la ausencia de la voz de contratenor del compositor en trabajos anteriores en una etapa en la que Wim parecía reservarla para sus discos de piano.

“A Secret Burning” – Continuando con la línea optimista y desenfadada del tema anterior, Mertens nos ofrece otra canción con protagonismo de la voz de Els, las cuerdas y su teclado. La línea de bajo que sostiene toda la primera parte de la composición sería desarrollada con mayor detenimiento en otra composición posterior del músico: “For Quietness” que apareció en “Integer Valor”. La parte final del tema es una magnífica combinación de voces superpuestas que nos parece que se encuentra entre lo más brillante del disco.

“Hedgehog’s Skin” – Una introducción de piano inmediatamente replicada por las cuerdas nos da la bienvenida a otro tema luminoso como pocos que se revela más bello aún cuando aparece la voz angelical de Els Van Laethem, auténtico descubrimiento del disco a estas alturas. El momento en que se une a la mezcla el bajo Lieven de Roo nos parece absolutamente mágico y nos recuerda los mejore momentos vocales de la música de Mertens en sus primeros trabajos. La pieza es un auténtico torrente de ideas que no se detiene en ningún momento. Cuando creíamos que lo mejor había pasado nos arrastra en un veloz descenso sin frenos de la mano de la sección de cuerda y un clavicordio omnipresente que culmina en un brillante final con el que despedimos la sección central del disco.



“Pierced Heart” – Regresa el compositor belga a sus orígenes minimalistas con un prolongado “ostinato” de piano que sirve de fondo para una melodía de guitarra muy acorde con el acompañamiento. Las cuerdas se reservan el derecho de réplica en determinados momentos pero sólo para subrayar ciertos giros melódicos ya esbozados por la guitarra. Es esta una composición extraña si la tomamos dentro del conjunto del disco ya que parece ajena a su espíritu general. Sin embargo, tiene algo de hipnótico que no deja de llamar nuestra atención aunque no podemos considerarla como una de las mejores del trabajo dada la brillantez de buena parte de lo escuchado en los minutos anteriores. La historia particular de Wim Mertens con la guitarra merece un capítulo aparte al que podríamos hacer referencia aquí pero, dado que existe un disco del compositor dedicado casi por completo a música para ese instrumento, la reservamos para el momento en que hablemos de ese trabajo.

“Not Me” – Cerrando el disco encontramos el tema más extraño de todo el trabajo. De vez en cuando, Mertens nos dedica una extravagancia de este tipo: una melodía extremadamente brillante, casi perfecta, pero subordinada por completo a una rara sucesión de voces que aparece en determinados intervalos de tiempo recitando una serie de motivos. En “Stretti”, composición de 1986 que no apareció en ningún disco en su momento (aunque se incorporó a algunas recopilaciones más adelante) teníamos un primer ejemplo de esto y ahora nos encontramos con algo similar. Las voces de Sylvia Kristel y Chusa de la Cruz (pareja sentimental del compositor) comienzan a recitar una serie de números en sucesión ascendente la primera (y en idioma neerlandés) y descendente la segunda (en castellano). Así, Chusa enuncia el número 33 y Silvia el 1 y continúan con la serie hasta llegar cada una de ellas al extremo opuesto de la misma. Entre cada una de las intervenciones de las improvisadas recitadoras asistimos a una interpretación de la melodía a la que cada vez de suman instrumentos nuevos así como temas complementarios. La música que escuchamos es tan arrebatadoramente bella que ni siquiera una “boutade” como la del conteo divergente por parte de Sylvia y Chusa puede emborronarla.

En su momento, el nuevo sonido de Mertens con la importante presencia de las cuerdas nos descolocó bastante. “Jardin Clos” nos gustó pero había algo que no terminaba de convencernos. Casi veinte años después, seguimos manteniendo la buena impresión que teníamos de sus mejores partes y hemos superado las reticencias que nos provocó la “dulcificación” del sonido del compositor belga. Cierto es que la aparición de una obra maestra como fue “Integer Valor” un tiempo después nos hizo relegar “Jardin Clos” a un segundo plano, algo no justificado dada la calidad intrínseca del disco. Poco a poco, hemos ido rectificando nuestro error y el disco que hoy comentamos, ha ganado bastante en nuestra consideración.


La versión que hemos comentado hoy de “Jardin Clos” es la original, publicada en 1996. En las tiendas es más probable que encontréis la última remasterización en la que se incluyó una pieza más que en su momento formó parte del single “As Hay in the Sun”. En los siguientes enlaces se puede encontrar, precisamente, esta versión más reciente.

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Nos despedimos con una extraordinaria versión en directo de "From Wound to Wound"

miércoles, 28 de mayo de 2014

Klaus Schulze - Timewind (1975)



Si nos preguntan por nuestro disco favorito de Klaus Schulze, responderemos sin apenas dudar con el título de “Mirage”. Nos costaría más escoger el disco que consideramos el más representativo de su obra pero consideramos muy probable que en la mayoría de las ocasiones en que tuviéramos que contestar una pregunta así, nuestra elección sería “Timewind”.

En este trabajo, todo lo que Schulze había venido apuntando hasta el momento se materializa de una forma soberbia. Como ocurre en la mayoría de músicos de la Escuela de Berlín, el gran salto cualitativo lo representa la aparición en su música del secuenciador, instrumento que marca la frontera entre la música meramente planeadora  y oscura de discos como “Irrlicht”, del propio Schulze o “Zeit” y “Atem” de sus colegas de Tangerine Dream y los posteriores que basaban buena parte de su sonido, precisamente, en largas y, en ocasiones, poderosas secuencias electrónicas. Un sonido nuevo que no encontraba comparación alguna y que fue el centro de toda una revolución musical en los años setenta. Curiosamente y por extraño que nos pueda parecer hoy, el primer gran éxito de Schulze no se produjo en su país natal sino en Francia, algo que el propio músico explica así: “Los franceses estaban mucho más abiertos a la música experimental. En aquel momento, los alemanes sólo aceptaban algo nuevo si llevaba una pegatina diciendo: “éxito en EE.UU” o “éxito en Gran Bretaña”. Nuestra música (habla de él mismo, de Tangerine Dream o de Ash Ra Tempel) empezó a ser aceptada fuera de Alemania e incluso en los Estados Unidos se referían a ella como una música fresca e innovadora sorprendiéndose de nuestra procedencia germánica. Sólo entonces obtuvimos cierto reconocimiento en Alemania, algo que en mi caso ocurrió cuando publiqué “X” en 1978 que era ya mi décimo disco”.

¿Daft Punk? No. Klaus Schulze.


“Timewind” supone el encuentro de Schulze con el secuenciador, algo que sucede, además, en el que con toda probabilidad es el mayor momento de inspiración del artista. En solitario, el músico alemán compone y graba dos extensas suites electrónicas en las que homenajea a su modo a su compositor más admirado: Richard Wagner. No en vano, los títulos de cada una de las piezas que integran el disco hacen referencia a lugares “wagnerianos”. El disco se graba prácticamente en directo en un estudio que apenas merece ese nombre. Cuando Klaus Schulze se trasladó a la ciudad de Celle, alquiló una pequeña peluquería en la que vivía durmiendo sobre un colchón. Alrededor del mismo, el músico situó sus (aún escasos en aquel entonces) sintetizadores y aparatos. Un rudimentario aislamiento acústico a base de ropa de ocasión forrando todas las paredes le permitía tocar hasta altas horas de la noche y grabar los resultados en una “Revox” de dos pistas. Toda la música era esencialmente improvisada y grabada en una sola toma. De ahí surgió esta obra de arte a cuyo nivel pocas veces más pudo acercarse su propio autor.

“Bayreuth Return” – Como es habitual en los discos de Schulze, cada una de las caras del viejo LP era completamente diferente de la otra. La primera, en este caso, es claramente secuencial, llena de ritmos electrónicos absorbentes e hipnóticos sobre los que el artista improvisa todo tipo de efectos sonoros y melodías. La música secuencial, como el minimalismo norteamericano y otros géneros afines, tiene unas reglas muy básicas que conviene aceptar para disfrutarla plenamente. El oyente debe saber a lo que se enfrenta y asumirlo. Si lo hace, tendrá horas y horas de placentera escucha. Si intenta racionalizarlo demasiado y buscarle pegas no le costará mucho construir un argumentario que eche por tierra los méritos y logros del género. Si ese es el caso, no debería ni siquiera acercarse a un disco como este que requiere de una total complicidad por parte de quien escucha. En cualquier caso, las secuencias de este “Bayreuth Return” son amables, lejos de la avasalladora potencia y los demoledores graves de discos posteriores del propio Schulze o Tangerine Dream y por ello su escucha es más sencilla.

“Wahnfried 1883” – La cara B del disco es todo lo contrario de la anterior. Escuchamos aquí al Schulze meditativo, ambiental, con densas capas de sonido superponiéndose unas a otras. Una suite de gran poder evocador cuyo espíritu enlaza inmediatamente con las oníricas imágenes de la portada del disco, de clara inspiración “daliniana” (no en vano, el genio de Figueras era muy admirado por Schulze). De toda la música que el artista alemán ha grabado en esta misma línea (y, creedme, es mucha) es “Wahnfried 1883” la pieza más redonda e inspirada en nuestra modesta opinión. No encontramos por ninguna parte el espíritu del homenajeado Richard Wagner pero ello no obsta para que nos sintamos fascinados por el soberbio despliegue sonoro edificado por Schulze a lo largo de estos casi 30 minutos de fantasía lisérgica. Si el efecto de la música “al natural” es tan fantástico, no queremos ni imaginar cómo la disfrutarían los “hippies” de la época en esas mitificadas sesiones que combinaban ácidos, efluvios aromáticos de dudosa procedencia y sonidos como estos.



El disco con el que Schulze obtuvo el reconocimiento en Francia al que se refería en la entrevista que citábamos anteriormente fue, claro está, “Timewind”. Gracias a él, el músico alemán fue galardonado con el prestigioso “Grand Prix du Disque” que entrega la Academia Charles Cross. En la ceremonia de entrega, además de Schulze, se encontraba presente otro de los premiados aquel año: el compositor francés Olivier Messiaen. La música electrónica daba en aquel momento un salto de gigante en cuanto a su prestigio codeándose con alguna de las mayores luminarias del siglo y era Schulze quien encarnaba entonces a ese movimiento. Por ello y por muchas otras razones, recomendamos fervientemente este clásico de la música electrónica a todos los lectores que aún no lo tengan en su colección. Las ediciones que hoy se encuentran a la venta contienen bastante material adicional procedente de la época del disco además de alguna pieza más moderna pero con inspiración en aquel momento histórico. Os dejamos algunos enlaces dónde adquirirlo.

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Nos despedimos con un poco de Schulze en directo en 1977:

 

domingo, 25 de mayo de 2014

Pat Metheny Unity Group - Kin (2014)



Parece que cuando Pat Metheny montó su Unity Band hace un tiempo, dio con la tecla adecuada tras muchos años experimentando con distintas formaciones y colaboraciones, tiempo en el cual llegó a construir su propia banda-robot en forma de “orchestrion”. Hace unas cuantas semanas tuvimos la oportunidad de disfrutar de la versión 2.0 de la banda a la que se incorpora una pieza más en la figura del italiano Giulio Carmassi, compositor y multi-instrumentista que lo mismo sirve para un roto que para un descosido y es que la cantidad de recursos que aporta suponen para la banda un salto exponencial en cuanto a los sonidos de que disponen para plasmar sus ideas. Etimológicamente no parece haber ninguna diferencia significativa entre la palabra “band” y “group” más allá de que en la primera se supone que todos los miembros tocan, al menos, un instrumento, mientras que en el segundo caben también vocalistas. No parece tener relación con esto el cambio de denominación de la nueva formación de Metheny que pasa de “Unity Band” a “Unity Group” aunque bien cierto es que Carmassi aporta voces en algunos momentos.

Adopte el nombre que adopte la formación, hay una cosa indiscutible y es que la música que contiene éste nuevo trabajo de Metheny y compañía ha ganado en complejidad. Hablaba el guitarrista en una reciente entrevista de esto cuando indicaba que la pieza con la que comienza el disco le había costado 34 páginas de papel pautado, algo nada habitual en su música y, por extensión, en el jazz contemporáneo. Para el músico, su nueva banda (o grupo) supone un salto en términos de sonido similar al de la llegada del technicolor al cine. En sus propias palabras: “Si el anterior disco era como un documental sobre una banda en un estudio, el retrato de un momento, éste sería más la versión Spielberg de lo que esa banda puede ser”.

Integran el Pat Metheny Unity Group en el disco: Pat Metheny (todo tipo de guitarras y efectos electrónicos, sintetizadores y “orchestrionics”), Chris Potter (saxos tenor y soprano, clarinete bajo, clarinete, flautas), Giulio Carmassi (piano, trompeta, trombón, trompa, vilonchelo, vibráfono, clarinete, flauta, piccolo, saxo alto, piano wurlitzer, voces), Ben Williams (bajo acústico y eléctrico) y Antonio Sánchez (percusiones).



“On Day One” – Una amalgama de percusiones de todo tipo abre una pieza en la que saxo y guitarra al unísono esbozan los primeros apuntes melódicos. No mucho después asistimos al primer cambio radical de estilo. Una percusión marcadamente monótona (probablemente surgida del “orchestrion”) sirve de pauta para la entrada del contrabajo y la guitarra. Cuando aparece el saxo, el sello de Metheny está ya claramente presente en la composición, algo más que evidente en el momento en que comienza a sonar su inconfundible guitarra. El siguiente segmento del tema se llena de ritmos latinos y Chris Potter se adueña por completo de la escena en un solo magnífico antes de llegar a la parte final en la que Metheny vuelve a tomar el mando. La apertura del disco, con un monumental tema de más de 15 minutos como éste nos recuerda al Metheny de “The Way Up”, uno de sus discos más celebrados.

“Rise Up” – El guitarrista norteamericano empuña la acústica con la energía de sus mejores tiempos en un sensacional comienzo lleno de vida en el que le escuchamos acompañado exclusivamente por platillos y palmas. El esquema rítmico de la pieza es tremendamente complejo con signaturas cambiantes y muy ricas. El piano de Carmassi nos hace rememorar los tiempos de Lyle Mays y eso siempre es una buena señal aunque lo cierto es que todo en la pieza parece sacado de la mejor época del Pat Metheny Group con la adición del saxo de Potter.

“Adagia” – Nos concede un respiro el músico en esta balada de corta duración en la que su guitarra primero y el saxo después esbozan románticos paisajes de aire porteño y es que, independientemente del ropaje con que Metheny se vista en cada ocasión, siempre tiene un ojo puesto en el sur.

“Sign of the Season” – Continúa el trabajo con otro tema extenso de larga evolución en el que la música va desplegándose de forma progresiva e imparable. Como es tan característico en los discos de Pat, una percusión insistente, muchas veces ayudada del pulso continuo del piano, va construyendo una red a partir de la cual los diversos instrumentos solistas (aquí guitarra y saxo principalmente) ejecutan sus respectivas partes alternándose en el papel principal.

“KIN (←→)” – El tema que da título al disco obedece a un esquema similar al anterior en su inicio, con una excitante percusión a la que se añaden los sintetizadores, más presentes que nunca hasta ahora en el trabajo. También aparece con fuerza el clásico sonido de guitarra sintetizada del músico con el que afronta el largo solo central de la composición. A partir de ese momento, vuelve a intervenir el saxofón en otra magnífica aportación que pone de manifiesto algo difícil de prever: el sonido de Metheny permaneció durante años alejado de ese instrumento con resultados excelentes. El hecho de que en el anterior disco con Potter decidiese recuperar los saxos parecía anticipar un cambio en la sonoridad de la banda pero no ocurre nada parecido. Por el contrario, el saxo suena perfectamente integrado con el resto de instrumentos y el resultado sigue llevando el sello de Metheny bien claro. Una jugada magistral que revela cuánta verdad había en la frase del músico cuando hablaba de la razón que le llevó a volver a utilizar saxos en su música: “Chris Potter”. Un intérprete excepcional que sabe hacer exactamente lo que cada pieza requiere.

“Born” – Cambio de tercio con una balada romántica que no cae en ningún momento en tópico almibarado al estilo de Kenny G por mucho que sea el saxo su principal instrumento. Esta pieza justifica el comentario del crítico de JazzTimes Geoffrey Himes cuando afirma al respecto del disco que “escribir buenas melodías es la habilidad mas infravalorada del jazz moderno, quizá porque es también la más rara. Hay cientos de músicos que se enorgullecen de escribir enrevesadas piezas en 7/4 o 9/4 y de moverse en sus solos de lo tonal a lo atonal para volver más tarde al comienzo. Bien. Pero ¿cuántos de ellos pueden escribir una balada que podamos tararear al oído de nuestra amante?”



“Genealogy” – Con una duración inferior al minuto, esta breve combinación de percusión y saxo hace las veces de transición hacia el tramo final del disco.

“We Go On” – Una ráfaga de sonidos electrónicos abre una pieza que pronto se torna en algo más convencional cuando Potter interpreta una melodía de corte clásico con aire de soul. No la escogeríamos entre las más destacadas del disco pero no deja de ser interesante.

“Kqu” – No se despega Metheny de los ritmos pausados en los últimos minutos del disco aunque ahí terminan los parecidos entre ésta pieza y la anterior. Escuchamos aquí un perfecto ejemplo de los que es un quinteto de jazz conjuntado de modo magistral. Todos los músicos tienen su espacio justo en el cierre del trabajo que concluye así, dejándonos con un excelente sabor de boca.


Llama la atención cómo un músico como Metheny puede seguir manteniendo un nivel artístico excelente y, al mismo tiempo, editar discos con una regularidad asombrosa. Tenemos suerte de poder disfrutar de un artista tan grande cuya aportación sospechamos que será aún mejor valorada con el paso del tiempo. “Kin” es aún muy reciente con lo que es sencillo encontrarlo en cualquier tienda pero nosotros seguimos dejando aquí los enlaces de costumbre por si os decidís a adquirirlo on-line.

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Nos despedimos con el trailer oficial del disco: