sábado, 28 de octubre de 2017

Najwajean - No Blood (1998)



El panorama musical español nunca ha sido un dechado de originalidad ni ha destacado por propuestas especialmente transgresoras o que opten por salirse de la corriente principal. De un tiempo a esta parte, los artistas preferidos por el público suelen hacer pop blandito, pop aflamencado, pop con toques latinos o cualquier combinación de las tres anteriores tendencias sin salirse ni un ápice de esas tendencias.

Por eso sorprendió en 1998 la aparición de “No Blood”, disco de debut de Najwajean. Quizá la orientación de este trabajo tuviera su explicación por el hecho de que sus autores no tenían un pasado especialmente relevante en el mundo de la música. Carlos Jean era un productor de ascendencia entre haitiana y gallega de quien no se tenían demasiadas noticias hasta aquel momento. La otra mitad del dúo, por el contrario, sí era conocida pero no precisamente por su música sino por su carrera como actriz, primero protagonizando las primeras películas de Daniel Calparsoro y más tarde haciendo lo propio con “Abre los ojos” de Alejandro Amenabar o “Los amantes del círculo polar” de Julio Medem. Todas ellas fueron películas que marcaron un nueva forma de hacer cine en España y todas tenían en común el rostro de Najwa Nimri. Sin más bagaje en lo musical que algunas experiencias en un coro o como vocalista en Respect y Clan Club cantando jazz y soul, la actriz se unió a Carlos Jean para grabar un disco que fue una verdadera revolución en la escena nacional.

En lugar de mirar hacia cualquiera de los estilos que triunfaban, Najwajean se centraron en la electrónica pero no en los estilos más bailables y comerciales sino en las sedosas propuestas sonoras que llegaban desde las islas británicas en forma de “trip-hop”, especialmente las de grupos como Massive Attack y Portishead.

El disco de debut de Najwajean aparecería en el sello Subterfuge, referencia en aquella época de la música independiente en España que vivía sus mejores momentos gracias al éxito arrollador de “Devil Came to Me” de Dover. En una linea completamente diferente, “No Blood” iba a ser otro hito no comparable en ventas pero sí en cuanto a mérito artístico.

Carlos Jean y Najwa Nimri.


“Dead for You” - Si hubo algo que ayudó a situar el disco en el panorama nacional fue la utilización de este magnífico tema como sintonía del programa de TVE “Version Española”, contenedor dedicado al cine español y de gran acogida en su momento. El espacio se estrenó poco tiempo después de la aparición de “No Blood” y sirvió para dar a conocer el disco a nivel masivo. La canción, por otra parte, es extraordinaria y podría haber triunfado sin el escaparate de la televisión aunque probablemente le habría costado mucho más. Se abre con percusiones de corte jazzístico interrumpidas por unos trombones que parecían sacados de una película de James Bond y unas cuerdas extraordinariamente bien tratadas que arropan a Najwa Nimri y su forma de cantar, de una calidez abrasadora. El estribillo, con esos “lalalas” se convirtió enseguida en una melodía imposible de olvidar.




“Mind Your Head” - La influencia de Massive Attack es innegable en este tema de arrolladoras secuencias de bajos y aire misterioso al estilo del Badalamenti de “Twin Peaks”. Las guitarras, insinuantes, hacen una labor excelente a la hora de dar color a una pieza verdaderamente espectacular.




“I Have No Blood” - El comienzo del tema se funde con el final del anterior y enseguida nos vemos arrastrados por los ritmos cadenciosos de Carlos Jean en una pieza que es otra lección de buena producción y uso de los recursos del estudio de grabación. El tema tiene una ambientación oriental en la que detalles como el uso del piano, casi a pinceladas, es magistral. Es muy de destacar cómo el  dúo sabe dejar el espacio suficiente a cada sonido, sin saturar nunca al oyente con un exceso de efectos y capas. Cada timbre se aprecia con absoluta nitidez y eso es muy de agradecer.

“The Wild Bunch” - Las referencias cinematográficas en el dúo son innegables. Al título del tema, referencia al original del western “Grupo Salvaje” de Sam Peckinpah, se suma el propio comienzo en el que oímos a alguien silbando el tema central de “La Leyenda de la Ciudad sin Nombre”. La canción es muy enérgica y a ello contribuye una guitarra eléctrica muy saturada que se une al arsenal electrónico que ya hemos escuchado en temas anteriores. El sonido es más sucio y el tema está repleto de “samples” de todo tipo, particularmente de diálogos de películas, lo que le da una personalidad muy particular.

“Behind the Child” - La siguiente canción vuelve a los crepitantes sonidos del trip-hop con sus características lineas de bajo sinuosas acompañando a percusiones casi susurrantes. La voz de Nimri es tratada de múltiples formas sonando en distintos planos a lo largo del tema consiguiendo un efecto verdaderamente sugerente.

“Like Those Roses” - Quizá el tema más potente y atractivo a primera vista de todo el disco si excluimos el que abre el trabajo. Comienza de forma calmada con unos ambientes jazzísticos muy cargados pero enseguida desaparecen bajo un infeccioso ritmo electrónico que acompaña al estribillo y nos ofrece alguno de los mejores momentos del álbum. Un tema que combina elementos de diversos géneros, incluyendo el “drum'n'bass” o el “dub” de manera magistral.




“Smile” - El siguiente corte sirve para relajarnos un poco  y tiene el inconveniente de que la melodía central nos recuerda, quizá demasiado, a la de “Narayan” publicado por The Prodigy apenas un año antes en su clásico “The Fat of the Land”. De todas formas, incluso abstrayéndonos de ese parecido, la canción tampo llega a entusiasmarnos.

“Take a Break” - Con un inicio que nos hace pensar en la Laurie Anderson de “Big Science”, la canción toma enseguida otra dirección en forma de un tiempo medio electrónico en el que el protagonismo recae en Najwa Nimri casi por completo. Es un tema muy diferente del resto del disco con cierto aire “chill out” pero no carece en absoluto de interés.

“Crying” - El disco lo cerraba una particularísima versión de uno de los grandes éxitos de Roy Orbison, publicado originalmente en 1962. La canción original es casi irreconocible aquí merced a la increíble transformación realizada por el dúo, comenzando por los ritmos de Carlos Jean y terminando en la interpretación de Najwa Nimri, que recita más que canta en la mayor parte del tema. Algo llamativo puesto que en otras versiones que grabaron por la época, los miembros del dúo fueron bastante más fieles al original sin renunciar a llevarlo a su propio terreno.

Decimos eso porque poco antes de la publicación de “No Blood” habían aparecido algunos singles con interpretaciones de temas ajenos por parte del dúo como la del tema insignia de The Proclaimers, “I'm Gonna Be (500 Miles)” o la de la “Garota de Ipanema” de Antonio Carlos Jobim y Vinicius de Moraes (la primera de ellas se incorporó al disco como décimo corte en posteriores ediciones). “No Blood” fue una “rara avis” en la música española. No había discos en esa linea o, al menos, nunca habían llegado al nivel de popularidad de éste. Como llegamos a leer en algún sitio en su momento, es un disco tan bueno que no parece español. El comentario, al margen de su intención humorística no iba en absoluto desencaminado porque estamos hablando de un trabajo único que, ni siquiera hoy en día, casi veinte años después de su aparición, tiene ningún pariente cercano si no contamos los siguientes trabajos de Najwajean o de sus componentes en solitario.

Como despedida os dejamos la versión de Najwajean del tema de Proclaimers que mencionabamos anteriormente:

 

domingo, 22 de octubre de 2017

Michael Nyman - Carrington (1995)



¿Qué hacer después de alcanzar el éxito masivo? Un puñado de artistas afortunados tienen que enfrentarse en algún momento a esa pregunta. Pese a no ser un desconocido en aquel entonces, imaginamos que Michael Nyman se planteó esta cuestión tras el gran reconocimiento y difusión que alcanzó su música para la película “El Piano”. Lo bueno para él fue que en el mundo de la música para cine no hay demasiado tiempo para pensarse las cosas. Los encargos llegan y una vez aceptados los plazos de entrega son tan cortos que no admiten demasiadas reflexiones.

Las primeras bandas sonoras tras “El Piano” fueron para dos películas intrascendentes y probablemente ya estaban escritas cuando se desató el torbellino que supuso el film de Jane Campion alrededor del músico. Podemos considerar entonces la de “Carrington” (1995) como la primera obra para la gran pantalla que Nyman compuso después de convertirse en una estrella planetaria y eso, con toda seguridad, supuso un desafío muy importante para él puesto que la película en la que Christopher Hampton relataba las interioridades del conocido como “Grupo de Bloomsbury” era una cinta con mucha proyeción y estaba protagonizada por dos estrellas como eran en aquel momento Jonathan Pryce y Emma Thompson.

Hablabamos antes de los cortos plazos de entrega que rodean a la música para el cine. La banda sonora de “Carrington” no iba a ser una excepción lo que en el caso de Nyman se iba a agravar por el hecho de no haber trabajado nunca con Christopher Hampton y carecer así de los automatismos que tan buenos resultados le habían dado en su larga colaboración con Peter Greenaway. Contaba el músico en una entrevista que no tenía nada claro el tipo de música que Hampton esperaba de él por lo que le sugirió que escuchase sus discos anteriores y le dijese qué obras encajarían mejor con lo que tenía pensado para la película. El director aceptó la sugerencia y al poco tiempo respondió con una elección: el “Cuarteto de Cuerda No.3”. Tanto le entusiasmó aquella música que la utilizó como música de prueba o “temp track” en los montajes previos de la película. La otra referencia iba a ser la música de Schubert, compositor que, según había leído Hampton, entusiasmaba tanto a Lytton Strachey como a Dora Carrington, personajes centrales del film.

Jonathan Pryce como Lytton Strachey

La música de su tercer cuarteto de cuerda se contaba entre las más inspiradas que nunca había escrito Nyman y, por algún motivo, no había alcanzado la repercusión que merecía. Originalmente era una obra coral escrita para un documental de la BBC titulado “Out of Ruins” sobre el terremoto de Armenia de 1988 que el músico adaptó para cuarteto de cuerda tiempo después. La posibilidad de reutilizarla en la película de Hampton era una gran oportunidad para rescatar aquella melodía.




El cuarteto es prácticamente reconvertido en su totalidad en el primer corte del disco titulado “Outside Looking In”. El resto de la banda sonora, con un par de excepciones, está compuesto de temas de muy corta duración con el clásico estilo de Nyman. Así, “Opening Titles” es un breve pasaje introducido por los vientos que luego se desarrolla ya de la mano de las cuerdas. La faceta más rítmica del compositor aparece en “Fly Drive”, una de las mejores piezas del disco. Con “Cliffs of Fall” entramos en terrenos más dramáticos al estilo de algunos pasajes de “Drowning By Numbers” aunque sin la inspiración de aquella banda sonora. “Every Curl of Your Beard”, como más tarde “Painting the Garden of Eden” o “If This is Dying” recupera el tema central del “Cuarteto No.3” con alguna pequeña variación. “Virgin on the Roof” es una muestra del Nyman más enérgico y otro de los grandes temas de la banda sonora tras el que llegan dos cortes dedicados a uno de los personajes centrales de la película: Mark Gertler. “Gertler”, con la melodía a cargo del saxo, tiene la fuerza del Nyman de su etapa con Greenaway y es una pieza muy elaborada, lejos de los esquemas repetitivos habituales en el músico. “Leaving Gertler” es mucho más contenida y grave, en la linea de piezas ya clásicas del repertorio de Nyman como “Memorial”. “Partridge” es el siguiente personaje en tener tema propio, una bonita melodía de cuerdas en su primera parte que se transforma en una animada danza en su segunda mitad. “Floating the Honeymoon” es un tema de piano que rompe la linea de la banda sonora hasta este momento. Aunque busca, quizá, un enganche con el espectador similar al de la banda sonora de “The Piano”, y no sólo por el instrumento en sí sino por el material melódico, no termina de estar a la altura. “Brenan” es otro tema muy emotivo que no es sino una variación de alguno de los materiales del tercer cuarteto de cuerda del músico sin recurrir a la cita directa como en otros momentos de la banda sonora. Con todo, no llega a tener la categoría del tema principal. Más adelante, “Leaving Brenan” recuperará estas melodías. El personaje de Beacus Penrose también tiene su momento musical con “Beacus”. En este caso la similitud con la banda sonora de “Drowning By Numbers” es innegable ya que se repite uno de los esquemas más característicos de esta punto por punto: Las maderas repitiendo una cadenciosa secuencia de dos notas que va variando con cada repetición mientras las cuerdas ejecutan la melodía central. “Ham Spray House” es un corte meramente incidental sin nada demasiado destacable. En cambio, “The Infinite Complexities of Christmas” tiene una de las mejores melodías del trabajo que también es uno de los momentos más emocionantes de toda la banda sonora. “Something Rather Impulsive” no es sino una nueva variación de otro de los temas anteriores y nos deja con “If this is Dying” de la que ya dijimos antes que no es sino una vuelta sobre el tema principal de la banda sonora.




El disco se completa con el “adagio” del “Quinteto en Do” de Franz Schubert, obra seleccionada por Hampton para aparecer en la película y de la que Nyman toma prestados algunos motivos para su propia partitura.

La repercusión de la banda sonora de “Carrington” no fue ni de lejos la misma que tuvo “El Piano” pero tampoco las películas tuvieron un éxito comparable. Sin embargo, si comparamos una partitura con la otra creemos que la del film de Hampton es superior a la de su predecesora lo que no hace sino confirmarnos que el éxito es algo muy caprichoso. Se confirmaba también que el músico había experimentado un claro cambio en su estilo, parejo a su desvinculación de la obra de Peter Greenaway. Sus nuevas bandas sonoras eran mucho más asequibles y menos arriesgadas que las que hizo junto al autor de “El Contrato del Dibujante” lo cual no es necesariamente malo ya que lo que Nyman no perdió en el proceso fue su personalidad. Comoquiera que, tanto “Out of the Ruins” como el disco en el que aparecen sus tres primeros cuartetos de cuerda no son nada sencillos de encontrar hoy, la opción de hacerse con una melodía tan inspirada como la que hace las veces de tema central en “Carrington” es una buena excusa para añadir el disco a la colección de cualquier aficionado interesado en Nyman.


 

domingo, 15 de octubre de 2017

Roger Waters - Is This the Life We Really Want? (2017)



No deja de llamar la atención que en el momento en que decidió poner fin a Pink Floyd tras lanzar “The Final Cut” (1983), Roger Waters era el único miembro de la banda que no había publicado aún ningún disco en solitario. Es un dato que puede sorprender a priori pero que puede tener su explicación en el hecho de que a partir de “Animals” (1977) el músico había tomado por completo las riendas de Pink Floyd siendo el autor de la gran mayoría de las canciones del grupo y quedando el resto de miembros bastante arrinconados. De hecho, el citado “The Final Cut” es prácticamente ya un disco de Waters con David Gilmour y Nick Mason como músicos invitados ya que todas las canciones están escritas por el bajista que, además, había expulsado de la banda al teclista Rick Wright. Es cierto que “The Pros and Cons of Hitch Hiking” (1984) se publicó un año antes del anuncio oficial de su salida de Pink Floyd por parte de Waters por lo que realmente fue un disco lanzado siendo aún miembro de la banda pero también lo es que el grupo estaba roto desde mucho tiempo atrás. En realidad, la práctica totalidad de aquel trabajo estaba escrita años antes cuando el propio Waters dio a elegir a sus compañeros entre ese material y el que finalmente se convirtió en “The Wall”. El músico les dijo que el que escogiesen sería el próximo disco de Pink Floyd y la otra obra se la reservaba para grabarla en solitario.

No es raro entonces que el resto de integrantes del grupo hubieran probado fortuna en solitario al ver que cada vez eran más irrelevantes en el seno de Pink Floyd, si bien es verdad que ninguno de ellos fue demasiado prolífico fuera de la banda. Waters, mientras tanto, no tenía ningún motivo para publicar por su cuenta puesto que ya daba salida en el grupo a todas sus obsesiones. No es que desde entonces nos haya dejado demasiadas obras (apenas tres en más de tres décadas y ninguna desde 1992 si exceptuamos la ópera “Ça Ira” de la que hablamos aquí hace mucho tiempo) pero precisamente por eso, un nuevo disco de quien fue el cerebro de una de las bandas más grandes de la historia es siempre un acontecimiento.

Para la grabación de “Is This the Life We Really Want?”, Waters buscó un grupo de músicos más reducido que en trabajos anteriores y la ayuda en la producción de Nigel Godrich. El que es conocido como “el sexto Radiohead” es uno de los productores más interesantes de los últimos años y ha trabajado con todo tipo de artistas desde Air a Paul McCartney pasando por Beck o Travis. Además, Godrich toca teclados, guitarras y se encarga de los efectos sonoros del disco. Los intérpretes del disco son: Roger Joseph Manning jr. (teclados), Lee Pardini (teclados), Gus Seyffert (guitarra, teclados y bajo), Joey Waronker (batería) y Jonathan Wilson (guitarra y teclados). Waters toca la guitarra acústica, el bajo y, por supuesto, es la voz principal.



“When We Were Young” - El sonido de una grabación de voz casi inaudible al principio que va subiendo de intensidad nos da la bienvenida al disco en lo que no es más que una breve introducción ambiental.

“Déjà Vu” - Un reloj marca el ritmo como lo hacía en alguna obra clásica de Pink Floyd y escuchamos la guitarra acústica y a Waters diciéndonos algunas de las cosas que habría hecho si hubiera sido Dios. Las cuerdas y el piano nos remiten inmediatamente a “The Final Cut” como si no hubiera existido ningún disco de Waters en solitario entre su despedida de Pink Floyd y este trabajo.  La canción es de las pocas que ya había sido interpretada en directo en alguna ocasión. Un precioso reencuentro del músico con su antigua forma de componer que se prolongará en el resto del disco.




“The Last Refugee” - Volvemos con las grabaciones de radio y los viejos mensajes que daban la hora exacta cuando llamabas a determinado número de teléfono. Entra la batería marcando una suave cadencia remarcada por el piano apareciendo a continación la personal voz de Waters que recupera viejos trucos como la utilización de ecos repitiendo la última palabra de un verso concreto. Volveremos a encontrarnos con ese recurso más adelante. Los sintetizadores suenan antiguos devolviéndonos a la atmósfera de clásicos como “Wish You Were Here” algo que va a ser la tónica general del disco. Mención especial merece el buen trabajo de Joey Waronker a la batería.




“Picture That” - Al disco que citamos hace un instante pertenecía una canción como “Welcome to the Machine” cuyo espíritu domina por completo los primeros momentos de este tema que cambia con la entrada de la batería devolviendonos al clásico sonido de Pink Floyd, referencia más acusada que nunca antes en la obra de Waters en solitario, lo que, en cierto modo, no deja de ser una claudicación. Con todo, es una gran canción con grandes momentos, especialmente a los teclados, que no puede disgustar a ningún seguidor de la banda.

“Broken Bones” - Guitarra acústica y voz, un esquema muy sencillo, abren la siguiente canción a la que se suman unos preciosos arreglos de cuerda. Nuevamente las referencias a discos como “The Wall” o “The Final Cut” son inevitables. No hay grandes cambios en un trabajo bastante lineal y coherente en lo musical y también en cuanto al concepto general.

“Is This the Life We Really Want?” - Llegamos a la canción que da título al disco que es también la que más deja entrever la mano de Godrich como productor. Waters se despacha a gusto contra lo injusto del mundo actual y la indiferencia que provoca esto entre todos nosotros llegando al punto de un imbecil termine siendo elegido presidente (en el tema puede oírse una grabación de Donald Trump). Aunque en lo musical no es especialmente destacada, la carga del texto la convierte en uno de los temas centrales del disco.

“Bird in a Gale” - Enlazando sin solución de continuidad con el tema anterior, la intensidad gana muchos enteros con respecto a aquel, algo que le debemos a los sintetizadores y, especialmente, a una batería extraordinaria. Es uno de los momentos más potentes del disco y vuelve a sumirnos en la atmósfera del viejo “The Wall”. El texto es en esta ocasión más breve que en otras canciones y es reemplazado por grabaciones y “samples” radiofónicos en muchos instantes.

“The Most Beautiful Girl” - Otra balada dura y llena de rabia con un gran trabajo de producción para que todo suene perfecto. El piano, majestuoso durante toda la canción, se funde a la perfección con las cuerdas regalándonos momentos de gran belleza que contrastan con lo crudo de los textos de Waters, certero como siempre en sus críticas. También los coros del final son delicadísimos y dignos de mención.

“Smell the Roses” - Este fue el primer adelanto del disco y ya en él se podía apreciar el giro retro de todo el trabajo. El recuerdo de temas como “Have a Cigar” se hace presente nada más escuchar los primeros compases de una canción a la que sólo le falta el clásico solo de David Gilmour para ser puro Pink Floyd. Más Pink Floyd que cualquiera de las cosas que se han publicado con ese nombre desde la salida de Waters.




“Wait for Her” - Volvemos a las baladas y con ellas al tema central del disco que se escucha en varias canciones desde que aparece en “Déjà Vu”. Hay algunas variaciones como un piano que aquí suena diferente o la melodía principal que en otros momentos se canta y aquí corre por cuenta del bajo o la guitarra eléctrica pero en lo esencial es una variación más del leitmotiv de todo el trabajo.




“Oceans Apart” - Realmente las tres últimas piezas del disco funcionan como una suite en la que este tema hace de transición entre las otras dos. De hecho, el último verso del mismo pasa a ser el título del siguiente.

“Part of Me Died” - Enlazando con el anterior con la intervención del piano que acompaña a la guitarra acústica (que ya venía sonando desde mucho antes), entramos en el cierre del trabajo. Es este un tema repetitivo en su comienzo que termina de modo cortante cuando alcanzaba su mayor intensidad.


NO. Creemos que “NO” es la única respuesta posible a la pregunta que nos plantea Roger Waters desde el título del disco. El músico nos plantea una serie de escenarios que se  muestran ante nuestros ojos a diario sin provocarnos ninguna reacción. De ninguna forma puede ser esta la vida que queremos y Waters, siempre reivindicativo e intencionadamente molesto, se encarga aquí de enfrentarnos con esa realidad que sólo atisbamos durante los breves instantes que tardamos en encontrar el mando a distancia y cambiar de canal durante el incómodo noticiario.

Con este disco, Waters se suma a la larga lista de músicos veteranos que han optado por volver al sonido y formas de sus mejores años en estos últimos tiempos. Esto, que es algo que solemos criticar en muchas ocasiones, podemos perdonarlo, especialmente cuando, como es el caso, quien lo hace es una leyenda sin nada que demostrar a nadie. “Is This the Life We Really Want?” nos parece un gran disco que, además, decanta a favor de Waters, siempre a nuestro juicio, la balanza en el eterno debate sobre si Pink Floyd terminaron con su salida o siguieron existiendo tras ella. Al margen de consideraciones legales creemos que los Pink Floyd de Gilmour (a los que también apreciamos mucho) eran otra cosa.