sábado, 30 de enero de 2016

Julia Holter - Have You in My Wilderness (2015)



Bajo la apariencia de una joven muchacha que podría pasar por una aspirante a cantautora de esas que recorren los bares y pubs californianos buscando un sitio en el que tocar una noche con la esperanza de que algún productor despistado apure allí la última cerveza del día, se esconde una artista fascinante. De qué otro modo si no podemos calificar a alguien que basa su primer disco en una obra de Eurípides, lanza un segundo que comparte similar inspiración clásica y un tercero inspirado en una novela de Colette.

Las literarias no son, sin embargo, las únicas influencias poco convencionales. La música de Julia Holter le ha hecho acreedora de comparaciones con artistas de la talla de Laurie Anderson o Meredith Monk sin tener realmente mucho en común con ellas a primera vista. Tras un periodo formativo que no se sale de lo común, la cantante se planteó su futuro como profesora hasta que un día se sentó a componer y le salió una canción. A partir de ese momento todo pareció más sencillo. Gracias a las facilidades que ofrece la tecnología actual, Julia grabó sus primeras canciones que aparecieron en distintos recopilatorios de distribución local y poco después, reunió suficiente material para un primer disco. Todo ello, como quien dice, sin salir de una habitación de su casa. En aquel tiempo, además, conoció a Linda Perhacs, todo un fenómeno paranormal de esos que a veces ocurren en la música. Se trata de una cantautora que publicó un disco en 1970 que pasó desapercibido hasta que fue redescubierto a comienzos de la década pasada por el movimiento “new weird america”. Se trata de una corriente compuesta por artistas que buscaban su inspiración en discos olvidados de aquellos años, preferentemente con componentes de psicodelia y folk. Julia tocó en varios conciertos con Linda antes de lanzar su disco de debut.

Vamos a centrarnos hoy en su trabajo más reciente, aparecido el año pasado y para el que contó con una serie de músicos de acompañamiento con los que pudo reducir la carga de electrónica de anteriores trabajos. Se trata de los percusionistas Corey Fogel y Kenny Gilmore, el bajista Devin Hoff, Danny Meyer (saxo y clarinete), Chris Speed (saxo), Andrew Tholl (violín) y Christopher Votek (violonchelo). Julia canta y se encarga de los teclados.

Julia Holter.

“Feel You” - Con un sonido de clavicordio comienza un tema encantador en el que escuchamos la voz de Julia en forma de “sample” como parte de la estructura rítmica de la que se encarga la batería mientras que el contrabajo ocupa un papel más melódico. Las cuerdas están muy equilibradas y acompañan a la perfección a la voz de Julia que canta con una extraña alegría inocente.




“Silhouette” - La elección de los sonidos y la combinación de los mismos es una de las características más originales del sonido de Julia Holter. El uso de la voz como un instrumento más también lo es aunque en este sentido puede recordar a otras figuras como la de Kate Bush. En este corte podemos disfrutar de la versión de la artista más cercana a la de la intérprete de “Wuthering Heights”, siempre en un tono más comedido. La coda final con las cuerdas interactuando con la voz tratada electrónicamente de la artista es, sencillamente, magistral.




“How Long?” - Holter se transforma explorando los registros más graves de su voz en el comienzo de esta pieza  para luego ofrecernos un precioso despliegue vocal en lo que podríamos llamar el estribillo de la pieza. Es como si en medio de una canción de Suzanne Vega apareciera Laurie Anderson sin previo aviso interpretando una balada sacada de un musical. Absurdo en apariencia pero extraordinario una vez que lo escuchas.

“Lucette Stranded on the Island” - Una serie de raras percusiones es la forma con la que Julia comienza la siguiente canción en la que hace su entrada casi susurrando una serie de notas al estilo de Björk o Stina Nordenstam. La melodía tiene un regusto impresionista, como sacada de un cuaderno de notas olvidado de Erik Satie y todo ello combinado conforma un conjunto verdaderamente original. Una de las grandes canciones del disco.

“Sea Calls Me Home” - Volvemos al clavicordio usado de forma rítmica para abrir una canción de sabor “retro” en un primer momento que se ve acentuado por el uso de silbidos y los arreglos de batería en la sección central. Es entonces cuando escuchamos un solo de saxo acompañado de cierta distorsión electrónica en un tramo final que nos recuerda lejanamente (de nuevo) a Björk.




“Night Song” - Basta una frase como la inicial para ponernos en alerta. La canción comienza de un modo prometedor en todos los sentidos: melodía, arreglos e interpretación son soberbios e inquietantes al mismo tiempo. Si Badalamenti no hubiera estado disponible para hacer la banda sonora de Twin Peaks en su momento, una música como esta habría podido ocupar su sitio sin desmerecer en absoluto a la de aquel. En la parte final las cuerdas se atreven a sonar casi minimalistas para dibujar una coda extraordinaria que termina bruscamente, como muchas de las canciones del disco.

“Everytime Boots” - Nada que ver el corte anterior con la animada canción que le sucede en el orden del disco. Con una percusión sencilla pero impecable, Julia nos arrastra a través de un ritmo infeccioso (con pinceladas de “country”) a lo largo de una montaña rusa de acelerones y pausas que nos desconciertan en un principio y nos enamoran una vez que entramos en su juego.

“Betsy on the Roof” - No parece sencillo hacer que una balada con piano suene diferente pero Julia Holter lo logra aquí aprovechando para demostrar que tampoco se desenvuelve mal con las teclas al margen de sus recursos vocales que son mucho mas vastos de lo que parece indicar su aspecto (si es que este puede dar una idea de las capacidades de una intérprete).

“Vasquez” - Cambio de registro con giro inesperado hacia el jazz en el corte más vanguardista del disco que también es uno de nuestros favoritos. Hay un aire nostálgico y una mirada a medio camino entre el Herbie Hancock de la etapa “Mwandishi” y los AIR de “Moon Safari” para dar forma a una canción indescriptible y maravillosa al mismo tiempo.

“Have You in My Wilderness” - Si cerramos los ojos podemos imaginarnos sin problemas a Laurie Anderson recitando el texto que abre la canción. Paulatinamente, con la adición de nuevos instrumentos y melodías, el tema se separa del estilo de Laurie y va entrando en el territorio propio de Julia y adoptando una cadenciosa forma repetitiva que encaja perfectamente como despedida


Hasta el día de hoy, la crítica ha sido unánime en sus elogios hacia Julia Holter y cada disco ha sido acogido con mayores loas que el anterior. En cierto modo, se ha convertido en la musa de toda una generación de oyentes a los que muchos calificarán inmediatamente de “hipsters” pero ni siquiera ese pretendido encasillamiento puede ocultar el hecho de que Julia es una artista llena de talento que ha sabido encontrar la vía adecuada para dejarlo salir.

Por nuestra parte, tenemos claro que es una artista que va a seguir creciendo en el futuro y, por lo tanto, a la que vamos a seguir con mucha atención. Como despedida, uno de los cortes del disco interpretado en directo:


 

miércoles, 27 de enero de 2016

Enya - Dark Sky Island (2015)



Cuando terminó de grabar “And Winter Came”, su disco de temas navideños de 2008, Enya decidió tomarse un largo descanso durante el cual se alejó por completo de la música y pudo viajar más de lo que lo había hecho anteriormente. Hasta cuatro años duró ese periodo de renovación espiritual que se vio sucedido por otro también bastante prolongado de renovación material. En 2011 y 2012, la artista irlandesa y Nicky Ryan procedieron a la actualización de sus estudios de grabación con el objeto de dotarlos de los equipos más avanzados desde el punto de vista tecnológico en busca de un sonido más fresco y diferente. Veremos en el comentario que los progresos en ese sentido fueron menores de lo esperado.

Ya en 2012 comenzó el proceso de grabación del que sería el octavo álbum de estudio de la artista si obviamos la banda sonora de “The Frog Prince”. La tarea, laboriosa como siempre, dio como fruto un disco titulado “Dark Sky Island” que apareció a finales de 2015. Los viajes realizados por la cantante irlandesa en los años previos a la grabación del disco están muy presentes en el mismo. No llegan a tener la presencia que tienen en trabajos de similar inspiración de Loreena McKennitt por poner un ejemplo pero sí que centran de algún modo la narrativa de todo el trabajo.

Al margen de la renovación de los equipos de su estudio particular, el método de creación del disco fue el habitual: Enya compone toda la música, canta y toca todos los instrumentos, Nicky Ryan se encarga de la producción y Roma Ryan de los textos, incluyendo dos canciones en “loxian”, idioma ficticio creado por la escritora unos años antes y que ya apareció en algún disco previo de Enya. En uno de los cortes aparece un músico invitado, costumbre que la artista había abandonado tras los primeros discos. Se trata del contrabajista Eddie Lee.

La isla de Sark, inspiradora en parte del disco.


The Humming” - No tardamos mucho en comprobar si la tan anunciada renovación tecnológica iba a reflejarse en un estilo o un sonido nuevo para Enya. La respuesta es: Sí. Y no. En la primera canción del disco escuchamos timbres sutilmente diferentes. El piano eléctrico no es exactamente aquel al que estamos habituados y tampoco lo son las percusiones. También los coros tienen un cuerpo muy diferente. No suenan como antaño, a la misma voz doblada hasta el infinito sino que tienen una apariencia más real. El efecto es el mismo pero no igual. La canción, por otra parte, es sencilla y muy pegadiza. Uno de los clásicos cortes de la irlandesa que podrían sonar sin descanso en cualquier emisora de radio.

So I Could Find My Way” - Con un pausado ritmo de vals, Enya interpreta una balada encantadora dedicada a la madre de Nicky Ryan, fallecida en los meses en que se llevaba a cabo la grabación del disco. Es el tipo de pieza que hemos oído muchas veces en los discos de la artista pero que siempre resulta interesante.



Even in the Shadows” - La primera canción realmente diferente del disco es esta intensa pieza dominada por un ritmo muy marcado, algo no muy habitual. Así como se hace difícil imaginar practicamente toda la obra de la artista irlandesa en voz de otros artistas, hay algo en esta canción que la hace “exportable” y que, quizá, la convierta en un clásico. Desde luego, se convirtió ya en una primera escucha en una de nuestras favoritas de todo el disco.

The Forge of the Angels” - Con un ritmo procesional se desarrolla otro de los grandes aciertos del trabajo, una canción que nos remite inmediatamente a la banda sonora de “The Celts” que comentamos aquí recientemente. La sonoridad y muchos de los motivos melódicos encajarían a la perfección en aquella joya con la que Enya debutó muchos años atrás. Una verdadera maravilla con pasajes de gran belleza y extraordinarios contrastes entre coros que dejan sitio a detalles brillantes como el solo de violonchelo que aparece “sampleado” en el tramo final.

Echoes in Rain” - El primer “single” del trabajo es, quizá, la pieza más cercana a lo que el público espera de Enya: cuerdas pellizcadas (aquí de nuevo se nota la renovación instrumental ya que el timbre es muy distinto al habitual), sonidos orquestales vivos y una melodía cargada de optimismo. En la parte central escuchamos un pasaje de piano nada común en los discos de la artista que sirve para introducir una larga despedida en la que se repite constantemente la misma frase. Otra gran composición que justifica el tiempo empleado en la creación y grabación del disco.



I Could Never Say Goodbye” - Piano, cuerdas y coro dibujan un paisaje profundo sobre el que la artista canta una lenta melodía de gran belleza aunque próxima al tópico de las baladas de la vocalista.

Dark Sky Island” - En una linea similar al tema anterior se desarrolla este, con arreglos de piano que ya hemos escuchado muchas veces y un tema central que tampoco suena especialmente nuevo. Apenas una excusa para llevarnos al siguiente punto de la travesía.

Sancta Maria” - El juego de teclados del comienzo, combinado con voces y cuerdas es verdaderamente novedoso y el seguidor de Enya lo encontrará refrescante. Incluso el tono de voz con el que la artista canta una y otra vez el título de la canción es mucho más agudo de lo que nos tiene acostumbrados. La canción, sin embargo, termina por hacerse algo pesada a fuer de repetitiva.

Astra et Luna” - Se abre la canción de un modo que nos hace pensar en que volverá a ocurrir lo mismo que en las inmediatemente anteriores, con una música claramente identificable y sin mayor historia pero lo cierto es que la misma gana en intensidad conforme avanza hasta convertirse en uno de los momentos destacables del disco.

The Loxian Gates” - El segundo tema del disco cantado en el idioma creado por Roma Ryan cumple la función que en trabajos anteriores hacía la canción en latín. Es una pieza intensa, con un punto épico y un extraordinario trabajo de estudio mezclando coros, teclados, percusiones, etc. de forma magistral. No podemos evitar acordarnos del toque africano de “Storms in Africa” en “Watermark” o de “Ebudae” en “Shepherd Moons”, canciones de las que esta es digna sucesora.

Diamonds on the Water” - Cerrando el CD tenemos otra gran canción que en su corta duración contiene varios segmentos muy diferentes e igualmente brillantes. Raya, como casi todo el trabajo, a un nivel muy alto que hace que no nos sorprenda la buena acogida que, en general, ha tenido “Dark Sky Island” en todo el mundo.

El disco tiene una edición “deluxe” ampliada con tres cortes como es costumbre de las discográficas en los últimos años. Algo absurdo a nuestro juicio, puesto que, por una diferencia mínima de precio, ¿quién optaría por la versión con menos canciones?. En todo caso, y dado que esas piezas adicionales son consideradas como “bonus”, hemos optado por dejarlas fuera del análisis del disco. El enésimo regreso de Enya (dada la acostumbrada separación entre sus discos, cada uno es un regreso) ha sido uno de los más exitosos de toda su trayectoria que no es precisamente corta y supera ya los 30 años si contamos su etapa en Clannad. Llega un punto en que conseguir eso no es fácil y más en el caso de una artista que ha sido vista en muchos momentos con un punto de condescendencia por parte de la crítica que ha rayado en la falta de respeto. Admitimos que en algún momento su estilo facilitaba la parodia por inmovilista pero rascando un poco bajo el envoltorio, es evidente que ahí había música que merecía la pena, incluso en los momentos más flojos. Quizá de ahí la sorpresa que se produce cuando el producto que Enya nos ofrece es de una calidad superior a su nivel (de por sí, mayor que la media) como ocurre en este caso.

Pocas ambigüedades y chascarrillos hemos leído con ocasión de la publicación de “Dark Sky Island” y eso quiere decir algo: que el disco no merece bromas de ningún tipo.


sábado, 23 de enero de 2016

Enya - A Day Without Rain (2000)



Vamos a hablar hoy del disco que nos provoca una mayor indeterminación a la hora de opinar de él de toda la carrera de Enya. Lo es, no porque no tengamos una opinión clara del mismo sino porque ésta no coincide demasiado con la de la crítica en general. El listón que la irlandesa había puesto con “Shepherd Moons” estaba altísimo. Para qué engañarnos, era inalcanzable. A nuestro juicio, su siguiente trabajo renunció a intentarlo siquiera y continuó por el mismo camino con un resultado digno pero algo tramposo, algo que no ocurre con el disco que sucedió a éste cinco años más tarde. Sin embargo, para la mayoría de la crítica, lo que nosotros apreciábamos ya en “The Memory of Trees”, ocurría en este “A Day Without Rain”.

Paradójicamente, el disco peor valorado por la crítica hasta entonces, sin tener tampoco un single poderoso (el de presentación, “Only Time” era una balada extremadamente tranquila), se convirtió en el más vendido de la carrera de la artista alcanzando los 15 millones de copias, por encima de las obtenidas por  “Watermark” o “Shepherd Moons”. Alcanzó el número uno en las listas de varios países y ganó el “Grammy” al mejor disco en la categoría de “New Age” (tercero en la carrera de la artista). El contraste entre las opiniones “cualificadas” de los críticos y el éxito del disco nunca había sido tan grande en la carrera de la artista irlandesa y eso nos desconcierta porque no encontramos en “A Day Without Rain” motivos suficientes para ninguna de las dos posturas...

El proceso de creación del disco fue el mismo de siempre: un largo periodo de encierro casi monacal para componer la música mientras Roma Ryan escribía los textos y Nicky se encargaba de la producción.

Enya durante una firma de discos de la época.


“A Day Without Rain” - Un tema de piano electrónico con acompañamiento coral y sintético abre el disco en la tradición de los trabajos anteriores de la artista. El corte recuerda bastante a “Watermark” aunque con una mayor presencia de las voces a lo largo del mismo. No es una pieza especialmente destacable pero sirve para introducirnos en el nuevo trabajo de forma adecuada.

“Wild Child” - Fue el segundo single del disco aunque tenía las características ideales para haber sido el primero. Se trata de un tiempo medio cantado en inglés que cuenta con estribillo realmente bello. Los arreglos hacen un uso muy importante de los clásicos sonidos de “pizzicato”, cada vez más presentes en la música de la cantante irlandesa. A estas alturas nos damos cuenta de que las novedades en el disco habrán de venir de la parte compositiva y no de los arreglos que no se salen ni un ápice de la imagen de marca de la artista. En ese terreno, “Wild Child” es una gran canción que no necesita de demasiada pirotecnia para hacerse valer.




“Only Time” - Como decíamos más arriba, la canción que sirvió de presentación del disco es una balada ciertamente bella en la que la voz de Enya suena con una gran nitidez, siendo la primera vez, si la memoria no nos traiciona, en que en determinados momentos aparece en forma de “sampler”, es decir, no simplemente desdoblada en cientos de pistas sino “muestreada” y tratada para formar una especie de linea de bajo continuo a lo largo de todo el tema. No es una novedad especialmente relevante pero sí digna de destacar en alguien tan inmovilista con su sonido.




“Tempus Vernum” - Es una característica común a casi todos los discos de la irlandesa que el tema cantado en latín sea algo más oscuro que el resto y tenga una importante componente épica, con las cuerdas destacando en sus tesituras más graves. No es esta una excepción, desde luego y, como ocurría con todos sus hermanos de los discos anteriores, “Tempus Vernum” es un de las mejores composiciones del disco.

“Deora Ar Mo Chroi” - Sin solución de continuidad el corte anterior enlaza con esta preciosidad cantada en gaélico con un arreglo vocal casi al cien por cien acompañado sólo por unos tenues fondos electrónicos. Se puede apreciar, en general, una cierta mesura en el uso de los recursos que acerca mucho más el sonido del tema (y, en general, del disco) al de “Watermark” que a los que aparecieron más tarde.

“Flora's Secret” - El clásico vals que nunca falta en los discos de Enya tiene, nuevamente, un arreglo sencillo: la voz en primer plano, los coros en segundo y las cuerdas dibujando el ritmo de toda la pieza con unas percusiones puntuales en la segunda mitad de la misma. Un corte previsible que no aporta demasiado pero de escucha agradable aunque ¿de qué tema de Enya no se puede decir esto?

“Fallen Embers” - Otro elemento que no suele faltar en los discos de nuestra artista es el “lied” en el que su voz se enfrenta al piano. Somos laxos en la definición porque todo lo que suena es electrónico pero la canción, en el fondo, es el clasico duo de piano y voz. Una preciosidad.

“Silver Inches” - Antes de entrar en el tramo final encontramos este breve instrumental de ritmo alegre con sonidos de clavicordio y cuerdas pellizcadas. Una miniatura de las que abundan en la discografía de la artista, muchas veces como “caras b” de los singles.

“Pilgrim” - Nueva balada de preciosa factura en la que podemos disfrutar de la voz de Enya sin demasiados aditivos. Buen momento para recrearse en ella, algo que muchas veces podemos dejar pasar abrumados por la exuberancia de los arreglos y sonidos que la acompañan. Insistimos en que la producción de este disco parecía buscar de forma intencional este sonido menos cargado, lo que es un acierto en nuestra opinión.

“One By One” - Los discos de Enya no son muy dados a las sorpresas pero esta canción podría entrar en esa categoría porque, a los habituales coros, cuerdas pellizcadas y juegos vocales se suma una melodía muy peculiar en el estribillo que rompe en cierto modo, la linea habitual de la artista. Es una diferencia muy sutil, inapreciable en cualquier otro artista pero que tratándose de la irlandesa, nos parece una novedad refrescante.

“The First of Autumn” - También tiene algo diferente este instrumental, empezando por la introducción que sería una especie de versión acelerada de los que se escucha normalmente en las piezas en latín de la artista. Con un ritmo muy vivo (a veces sincopado) durante todo el tema, Enya nos muestra una pieza que, al margen de los sonidos, es bastante distinta de lo que venía ofreciéndonos hasta ahora. El tema no aparecía en la edición americana del disco aunque sí en las de la mayor parte de los países. Eso, unido a la corta duración total del trabajo, también fue criticado por muchos.

“Lazy Days” - Cierra el disco un tema algo más enérgico, de nuevo con reminiscencias de piezas de “Watermark” como “Storms in Africa” aunque sin llegar a la excelencia de aquella.

Planteábamos una duda al principio de la entrada que casi hemos ido respondiendo nosotros mismos mientras la escribíamos. Nos parecía extraño que la crítica empezase a afirmar que Enya siempre hacía el mismo disco, justo en este momento (cuando, nosotros pensamos que esto ocurría ya mucho antes). Lo que ocurre en “A Day Without Rain” no es exactamente que suene igual que los anteriores sino que regresa, intencionadamente o no, a un sonido más próximo a “Watermark” que a los discos posteriores a éste. La diferencia estriba en que donde los demás veían estancamiento, nosotros apreciamos una búsqueda consciente de un sonido más sencillo, más adecuado para unas nuevas composiciones que encontramos muy superiores en general a las del disco anterior, disimuladas en ese caso por la producción del trabajo, mucho más abrumadora y recargada pero ya habrá ocasión para hablar de “The Memory of Trees” más adelante. En la siguiente entrada del blog daremos un salto hasta el presente para hablar de lo más reciente de Enya que apareció apenas dos meses atrás.

Os dejamos con un tema que sólo apareció en la edición del disco en algunos países y como "cara b" del singles "May it Be" que formó parte de la banda sonora de la primera entrega de "El Señor de los anillos" meses más tarde:

 

martes, 19 de enero de 2016

Brad Mehldau - 10 Years Solo Live (2015)



El pasado año 2015 terminó con la publicación de un disco (deberíamos decir una caja para hablar con propiedad) que es el sueño de todo fan. En mayor o menor medida, todo artista cuya carrera haya alcanzado ya una cierta duración va dejando aquí y allá pequeñas piezas que no terminan de encajar en los discos, improvisaciones o versiones de otros músicos que sólo aparecen en un concierto determinado, etc. Como aficionados, muchas veces hemos deseado que este o aquel artista publicase algún día un disco con todo ese material “perdido” pero el escaso interés comercial que tienen estas recopilaciones de “rarezas” para las discográficas hacen que este tipo de contenido sean carne de disco “pirata” en el mejor de los casos.

Una de las cosas que siempre nos ha llamado la atención de Brad Mehldau son los escasos reparos que muestra a la hora de incorporar a su repertorio en directo piezas musicales que no tienen nada que ver con el jazz, regalando a la audiencia que acude a ver sus conciertos (o, en su defecto, a los que luego los ven en youtube) revisiones muy particulares de temas pop, rock, obras clásicas o, incluso, música electrónica. Por sus propias características, este material no tiene cabida en un disco convencional más allá de las dos o tres piezas que el pianista ha ido incluyendo en sus discos de estudio y en algunos directos. Parece insuficiente para el fan más ambicioso.

Quizá para satisfacer a ese grupo de aficionados, el sello Nonesuch lanzó a mediados de noviembre una extraordinaria caja de cuatro discos compactos (un mes antes había publicado el material en 8 vinilos) recogiendo hasta cinco horas de grabaciones en directo de estas piezas que Mehldau iba interpretando en sus actuaciones. La selección está realizada por el propio pianista y organizada en cada uno de los cuatro discos de forma temática e incorpora algunas piezas propias acompañando a las versiones.



El primer CD de la selección lleva el título de “Dark/Light” y en él, Mehldau organiza las piezas en parejas en las que se pretende crear un contraste entre la oscuridad y la luz. Así, abre el disco una pieza de Jeff Buckley, “Dream Brother”, grabada en 2013 en Budapest que se contrapone a un luminoso “Blackbird”, clásico de los Beatles, registrado en Girona en 2011. la siguiente inmersión en el lado oscuro viene de la mano de Radiohead y su “Jigsaw Falling into Place” (Leipzig, 2011), composición sobre la que Mehldau construye una improvisación verdaderamente impresionante en su interpretación en 2011 en Leipzig. Incorpora a continuación el músico una pieza propia, “Meditation I – Lord Watch Over Me” (Bruselas, 2014)  antes de volver a los Beatles (junto con Radiohead y Nick Drake, probablemente las mayores fuentes de inspiración para Mehldau fuera del jazz) y su “And I Love Her” (Vevey, 2013) que es objeto de una monumental revisión que supera el cuarto de hora de duración. Pasamos a los musicales con la inigualable “My Favourite Things” (Luxemburgo, 2010) del “Sonrisas y Lágrimas” de Rodgers & Hammerstein. Cerrando el primer volúmen encontramos un “blues” de Bobby Timmons procedente del mismo concierto que la anterior pieza.




El segundo CD lleva el título de “The Concert” y en él, Mehldau selecciona y organiza una serie de piezas como lo haría de cara a un concierto único. Comienza con “Smells Like Teen Spirit” (Luxemburgo, 2010) de Nirvana, elección más que soprendente a primera vista hasta que uno comprende algo que el propio pianista aclara en los comentarios del disco: que es parte de la música que Mehldau escuchaba cuando era veinteañero, un himno generacional. Mehldau comenzó a ver las posibilidades de la canción tras escuchar el arreglo que de la misma solía hacer nuestra admirada Tori Amos. Continúa el recital con un tema propio, “Waltz for J.B.” (Bassano dei Grappa, 2010). Dedicado al cantante y productor Don Brion, Mehldau quiere homenajear aquí su faceta de compositor y lo hace con un tema de jazz con solera antes de continuar con “Get Happy” (Saltzburgo, 2010), pieza de Harold Arlen y Ted Koehler, autores de auténticos estándares como “Stormy Weather”. Arlen también compuso las canciones de “El Mago de Oz”. En los conciertos, Mehldau siempre acompañaba el tema anterior de “I'm Old Fashioned” (Eindhoven, 2010) del dúo Kern/Mercer y aquí respeta esa secuencia para saltar a una época más reciente con uno de los grandes temas de la música electrónica de los años noventa: “Teardrop” (Viena, 2011) de Massive Attack. La extensa revisión del pianista de cerca de un cuarto de hora de duración apenas toma la pieza original como referencia para el comienzo desarrollando después una de las mejores construcciones de todo el disco. La siguiente parada nos lleva a “Holland” (Vevey, 2013) de Sufjan Stevens, deliciosa balada de aire folclórico sobre cuyo estribillo improvisa Mehldau toda la pieza. Un nuevo tema propio, “Meditation II – Love Meditation” (Leipzig, 2013) sirve de transición para el cierre del disco con “Knives Out” (Roma, 2011) de Radiohead, única composición que aparece en dos ocasiones en la caja. La toma pertenece a un concierto en el que fue tocada como “bis” y por ello realiza la misma labor en el CD.




El tercer disco de la caja lleva el título de “Intermezzo / Rückblick” y en ella continuamos asistiendo a una mezcla imposible de estilos aunque mirando algo más hacia el jazz más clásico que en el resto de la caja. Todas las grabaciones salvo dos pertenecen al periodo 2004/2005 por lo que son las más antiguas del trabajo. Las tras primeras, incluso, están tomadas del mismo concierto ofrecido en 2005 en Coopenhague. Comenzamos con un tema propio, “Lost Chords” que el propio pianista describe como el germen de su una de las versiones que aparecen en el cuarto disco de la caja: “Bittersweet Symphony” para seguir con “Countdown” de John Coltrane. Palabras mayores. De ahí saltamos al musical “My Fair Lady” con “On the Street Where you Live” del dúo Loewe/Lerner. Vuelve el jazz más clásico con Thelonius Monk y su “Think of One” (Menton, 2004), un músico al que, en palabras de Mehldau, tienes que comprender muy bien para interpretarle sin sonar ridículo. Volvemos a Coopenhague 2005 con un “medley” de dos piezas con el “Zingaro” de Antonio Carlos Jobim y “París” del propio Mehldau. Llegamos a los juegos para iniciados que el pianista aclara en el libreto del disco con “John Boy” (Roma, 2011), un título que alude al J.B. del vals que escuchamos en el segundo disco (Jon Brion) pero también a John Boy Walton, personaje de la serie de televisión “The Waltons”, que inspiró el disco “Highway Rider” de Mehldau que se abría, precisamente, con esta composición. ¿Se cierra así el círculo? Si y no. Falta un J.B. muy presente en la obra de nuestro pianista: Johannes Brahms. El músico al que se siente más próximo en sus propias palabras. Como queriendo probar la conexión, es Brahms el siguiente autor que se asoma por el disco con el “Intermezzo en si bemol mayor, Op.76, No.4”. Como el resto de las piezas del disco, procede de un concierto ofrecido en Londres en 2004. Continuando con las relaciones musicales le llega el turno a “Junk”, pieza de Paul McCartney compuesta durante su estancia en los Beatles pero que nunca apareció en ninguno de los discos del cuarteto y sí en el primer trabajo de Paul en solitario. En los conciertos, Mehldau la acompaña de “Los Angeles II”, tema propio que también suena aquí a continuación de “Junk”. Vuelve Thelonius Monk con “Monk's Mood”, pieza escrita cuando John Coltrane formaba parte de su banda, detalle importante puesto que es un solo de “Trane” lo que más atrae a Mehldau de la composición. Cierra el disco de nuevo “Knives Out” de Radiohead en una versión más “convencional” que Mehldau interpreta a menudo en contraposición con la que escuchamos anteriormente, con mucha más improvisación.




El cuarto disco de la caja presenta otra serie de dualidades, en este caso entre las tonalidades de Mi menor y Mi mayor. Comienza con “La Mémoire et la Mer” (París, 2011) de Leo Ferré, cantautor por el que Mehldau siente predilección habiendo grabado alguna otra canción suya en compañía de una Anne Sophie Von Otter. Contuinúa el disco con un “medley” de dos canciones rock separadas en el tiempo pero que comparten muchas cosas: “Bittersweet Symphony” de The Verve y “Waterloo Sunset” de The Kinks (Roma, 2011). La primera de ellas, como ocurría con la de Nirvana anteriormente, es parte de la banda sonora de la generación de Mehldau y la segunda, un himno que ha trascendido el tiempo. Una combinación perfecta para volver a Brahms y su “Intermezzo en Mi menor, Op.119, No.2” (Bilbao, 2011). Cerrando la caja tenemos tres cortes de rock de muy diferentes estilos, comenzando por el “grunge” de los Stone Temple Pilots y su “Interstate Love Song” (Bruselas, 2014) que es objeto de una extensa revisión partiendo de algunos fragmentos del riff de guiarra central. De ahí pasamos a Pink Floyd y su “Hey You” (Girona, 2011), originalmente publicada en “The Wall”, el primer disco que Mehldau recuerda haber comprado cuando apenas tenía 10 años. Cerrando esta magnífica colección tenemos otra canción inmortal: “God Only Knows” (Viena, 2011) de los Beach Boys.




Probablemente, Brad Mehldau sea uno de los pianistas más interesantes de nuestros días por encima de géneros musicales. No es que esto último importe cuando, precisamente en esta caja, podemos ver que, aunque su producción se encuadra claramente en el jazz, su formación musical bebe de todo tipo de fuentes lo que, sin duda, ha enriquecido notablemente su música. Las versiones contenidas en esta colección son, en su mayor parte, complejas, hurgan en lo más profundo de las piezas originales y extraen todo aquello que contienen y que no siempre es fácil de ver si no eres un músico de la talla de Mehldau. No es, por lo tanto, una selección al uso de grandes éxitos que el oyente pueda reconocer y tararerar una vez pasados los compases iniciales (en algún caso, ni siquiera entonces) pero sí es una magnífica obra musical que debe disfrutarse sin pensar siquiera en que estamos ante versiones de otros artistas. “10 Years Solo Live” tiene el valor añadido de contener una serie de registros en directo de un músico que adora, precisamente, eso: tocar en directo. En nuestra opinión, estamos ante uno de los grandes discos de los últimos años.

miércoles, 13 de enero de 2016

The day the music died



...and the stars look very different today...


Don McLean se convirtió en inmortal cuando escribió una canción inspirada, paradojas de la vida, en la muerte de Buddy Holly, Ritchie Valens y J.P. Richardson en un accidente aereo en febrero de 1959. El cantautor hablaba de ese día como “The day the music died” (el día en que murió la música). La coincidencia fue trágica pero el hecho de que los tres viajasen en el mismo avión la sitúa por detrás de la sucedida hace apenas unos días, mucho más improbable por el número y la talla de los artistas que ese día nos dejaron.

El pasado sábado 10 de enero fallecían en el mismo lugar y víctimas de la misma enfermedad algunas de las personalidades más importantes de la cultura popular en las últimas cinco o seis décadas. Una coincidencia asombrosa que no podemos atribuir a la casualidad.

El primero de ellos fue Davy Jones, un joven británico que con solo 15 años ya tenía su propia banda y que componía canciones en clave de rock'n'roll en la década de los años sesenta. En su juventud pasó por distintas bandas y grabó algún single e incluso un LP que pasó desapercibido.

El siguiente artista fallecido el pasado domingo había trabajado con una compañía de danza e incluso hizo sus pinitos en el cine antes trabajar con Marc Bolan y de firmar, ya en solitario, tres discos magníficos con varias canciones que hoy son historia de la música en las que hablaba de viajes espaciales, cambios o la vida en Marte.

Ziggy era el nombre del siguiente músico de la lista. Un showman en el sentido más amplio del término que tomó el relevo, curiosamente, del artista anterior, co-produjo un disco para Lou Reed y grabó varios discos fundamentales además de convertirse en una bestia escénica cuyos conciertos eran verdaderas “performances” teatrales. Su ambigüedad le llevó a convertirse en la gran estrella del “glam rock” y a coquetear con otras identidades como la de Aladdin Sane.

Continuamos con la lista de fallecidos hasta llegar a un artista que surgió en Los Ángeles a mediados de los años setenta, grabó un par de discos muy influidos por la música negra del momento. Llegó a grabar una canción junto a John Lennon y a escribir otra para Elvis, que al final grabó el mismo cuando el rey la rechazó. Su carrera terminó bruscamente por problemas con las drogas.

Llegamos así al encuentro con Thomas Jerome Newton, también conocido bajo un ficticio título nobiliario de duque. Este actor, polémico por sus opiniones políticas, grabó un magnífico disco en el que la influencia del “krautrock” era notable. Su carrera fue también breve y su salud mental se deterioró gravemente, al igual que en el caso anterior, por el abuso de las drogas.

Para encontrar al siguiente artista de esta sorprendente lista tenemos que desplazarnos a Suiza donde encontramos a un pintor que buscaba la tranquilidad de los Alpes para reencontrarse a sí mismo. Tras desplazarse a Berlín, donde compartió apartamento con Iggy Pop, el pintor grabó una serie de discos heroicos junto a personajes de la talla de Brian Eno o Robert Fripp que hoy forman parte de lo mejor de la música de esa década.

En los primeros años ochenta, en pleno reinado de la new wave, apareció un músico que aprovechó los postulados del movimiento para crear una serie de discos partiendo de postulados similares. Durante toda la década escribió un puñado de canciones que coparon los primeros puestos de las listas de todo el mundo. La moda, el baile o las vicisitudes del amor de aquellos días eran sus temas favoritos. Muchas de sus canciones son temas que no faltan en las mejores selecciones de música de la década aunque todos aquellos trabajos de la “araña de cristal”, sobrenombre con el que tituló su gira de despedida, no tuvieron una gran acogida por parte de la crítica. Su fama fue tal que llegó a actuar en varias películas y obras de teatro con resultados irregulares.

En la transición entre los ochenta y los noventa existió una banda llamada Tin Machine que para muchos críticos fue un precedente de lo que poco después sería conocido como “grunge”. Tras sólo dos discos llenos de energía y poco valorados en su momento, se disolvieron. El vocalista de Tin Machine fue otro de los artistas que nos dejaron el pasado sábado.

Ya en la década de los noventa hallamos la pista de un cantante que mezcló la electrónica más vanguardista con el jazz construyendo con ese discurso particular una discografía notable y extravagante. Como todos los anteriores, aprovechando las tendencias existentes, mezclándolas con otras y anticipando las lineas maestras de la música en los años siguientes.

El penúltimo hombre de la lista tuvo una carrera prometedora con un estilo clásico, formaciones deudoras de los años dorados del rock y el pop con guitarras, bajos, baterías y, en general, instrumentos reales tocados en directo, sin añadidos ni retoques de estudio. Fue aquel un gran compositor de canciones sencillas que abandonó la música por una serie de problemas cardiacos.

El más joven de todos ellos apenas comenzaba su carrera y lo hacía con dos discos estupendos, crípticos, cuyo verdadero valor aún tardaremos un tiempo en descifrar en su plenitud. A este último artista de la lista le sobrevino la muerte apenas unas horas después de cumplir años y de publicar una joya musical que se convierte en el epitafio más elocuente que nadie podría escribir.

Todos ellos, desde el adolescente Davy Jones hasta el Lázaro del último párrafo, pasando por el actor de Los Ángeles o el pintor  suizo fallecieron el pasado 10 de enero víctimas del cáncer. Pero la coincidencia más asombrosa, la que hace que les dediquemos esta entrada en el blog es que todos ellos, a lo largo de su carrera, escogieron el mismo sobrenombre para darse a conocer artísticamente. Todos ellos se llamaron David Bowie.



Imagen del encabezamiento tomada del Newyorker.

jueves, 7 de enero de 2016

The Alan Parsons Project - Vulture Culture (1984)



“Grand Funk Railroad allanaron el camino para Jefferson Airplane, quienes se lo aclararon a Jefferson Starship. Así, el escenario estaba preparado para la llegada de The Alan Parsons Project que creo que eran una especie de aerodeslizador”.

La cita, sin mucho sentido aparente, corresponde a un episodio de los Simpsons en el que Homer trata de explicar a Bart y sus amigos lo que él entiende por la historia del rock en los años setenta. La anécdota no tiene mayor recorrido pero pone de manifiesto la popularidad y trascendencia alcanzada por una banda (por llamarla de alguna forma) que nunca daba conciertos, carecía de un vocalista fijo y que, además, destacaba por los temas instrumentales que muchas veces superaban a los cantados en popularidad.

Decíamos que llamar “banda” al Alan Parsons Project era más una formalidad que otra cosa puesto que nunca funcionó como tal. El origen del grupo habría que buscarlo en la primera mitad de los años setenta. Alan Parsons era un afamado ingeniero de sonido que había participado en algunos de los discos claves de la historia del rock. No es una exageración ya que con sólo 18 años comenzó a trabajar como asistente en los Abbey Road Studios donde trabajó con los Beatles y, ya como ingeniero de sonido, con el propio Paul McCartney en solitario, los Hollies, Al Stewart o Pink Floyd, siendo su aportación al “The Dark Side of the Moon” de estos últimos, uno de sus trabajos más reconocidos en ese campo.

También trabajó en aquel tiempo con Paton, una banda escocesa menor, en comparación con otros nombres, pero de gran importancia en su carrera puesto que en ella militaban Ian Bairnson, David Paton y Stewart Tosh, quienes, junto con un gran número de músicos de estudio, tendrían gran importancia en el proyecto que Alan tenía en mente. Regresamos a los estudios Abbey Road en los que se conocieron los dos integrantes del que sería el Alan Parsons Project: Alan (evidentemente) y Eric Woolfson, compositor y letrista que trabajaba allí como pianista de sesiones. En los descansos entre grabaciones, ambos solían coincidir y hablar de sus proyectos personales. Entre otras cosas, Woolfson estaba trabajando en un disco conceptual con Edgar Alan Poe como eje central. Parsons, por su parte, estaba desencantado en parte con su trabajo, en especial con el hecho de tener que plegarse siempre a las ideas de los músicos aunque estuviera íntimamente convencido de que eran equivocadas. Woolfson sugirió una nueva forma de trabajar más cercana al cine en el que el director era la estrella y los actores simples herramientas (algo que empezaba a suceder con mayor frecuencia cada vez en el séptimo arte). Esa fue la idea que gobernó los discos del Alan Parsons Project: un dúo de compositores que diseñarían el concepto de cada LP y que tendrían a sus órdenes a un grupo de músicos y vocalistas de estudio (que resultó ser bastante más estable de lo que el concepto podría hacer pensar) para llevar a cabo sus ideas. Parsons y Woolfson también participan de la parte instrumental. Tras varios discos en los que todos los temas eran cantados por vocalistas invitados, a partir del quinto LP de la banda, “The Turn of a Friendly Card”, el propio Woolfson asumió ese rol en algunas canciones, muchas de las cuales están hoy entre las más populares de la formación.

Aunque poco a poco irán apareciendo por aquí todos los discos del proyecto, hoy comenzaremos por el que fue el octavo, “Vulture Culture”, publicado a finales de 1984. En la grabación participaron: Ian Bairnson (guitarra), Colin Blunstone (voz), Richard Cottle (teclados, saxo), Stuart Elliott (percusión, batería), el locutor radiofónico Lee Abrams (con el anagrama Laser Beam como pseudónimo), David Paton (guitarra, bajo y voces), Chris Rainbow (voz), Lenny Zakatek (voz) y, claro está, Alan Parsons y Erico Woolfson (teclados y voces).

Alan Parsons y Eric Woolfson: The Alan Parsons Project.


“Let's Talk About Me” - David Paton es el primer vocalista que interviene en el disco. Lo hace en una canción que comienza con aire tranquilo pero que se transforma enseguida en un poderoso tema pop con todos los elementos distintivos de la música del Project y una producción impecable aunque muestre, especialmente cuando se escucha hoy en día, un regusto muy característico de la música que se hacía en una época muy concreta. En otras palabras: suena demasiado “ochentero” por momentos aunque sigue siendo un tema muy convincente. El corte fue extraído como segundo “single” del álbum (cronológicamente hablando aunque en casi todo el mundo fue el primero).


“Separate Lives” - Los sintetizadores y la percusión electrónica marcan el inicio del siguiente corte en el que escuchamos a Eric Woolfson en el rol de cantante. Estamos ante una canción muy agradable, impresión que se confirma al llegar el estribillo, pegadizo como pocos en la trayectoria del dúo Parsons/Woolfson. En la parte central escuchamos los clásicos sonidos producto de la tecnología digital de la época, probablemente un Fairlight, aparato con el que Parsons llevaba ya un tiempo trabajando.

“Days are Numbers (the Traveller)” - El siguiente vocalista en hacer acto de presencia es Lenny Zakatek. Lo hace con una balada que cumple a la perfección con lo que en aquellos años se esperaba de cualquier banda “AOR”. Fue el tercer single del disco y contó con una buena acogida pese a que, a nuestro juicio, le falta fuerza y peca de excesivamente blando pero hablamos de un tipo de canción que tenía un público muy amplio en aquellos años.

“Sooner or Later” - Cierra la “cara A” del disco otra canción con Woolfson como cantante que bien podría ser una continuación de “Separate Lives” ya que comparten un patrón muy similar. Es uno de los temas en los que es más fácil identificar el estilo del Project con ese bajo insistiendo en una misma nota durante varios compases antes de cambiar a otra. Sin ser una mala canción, nos deja con la impresión de ser un intento más de repetir el éxito alcanzado con “Eye in the Sky” unos años antes.


“Vulture Culture” - El que fue primer “single” del disco (aunque sólo salió en Alemania) contaba con Lenny Zakatek como vocalista. El comienzo se asemejaba más al de algunos de los célebres instrumentales que el Project había incluido en sus discos anteriores pero tras esa impresión inicial nos encontramos ante una canción voluntariosa pero que no termina de funcionar. De hecho, creemos que es una de las más pobres de todo el disco.

“Hawkeye” - Llegamos al inevitable corte instrumental, marcado en esta ocasión por una potente percusión sobre la que se desarrolla un solo de saxo. La electrónica está presente pero queda en un segundo plano si la comparamos con instrumentales anteriores. Aunque no hay un gran desarrollo, la pieza tiene un punto pegadizo que termina por hacerla atractiva aunque a años luz de temas como “Lucifer” o “Mammagamma”.


“Somebody Out There” - Con Colin Blunstone como vocalista llega una de nuestras canciones favoritas del disco. Tiene una estructura que recuerda al estilo próximo al musical que tanto gustaba a Woolfson y se beneficia mucho de un estribillo potente, a la altura del resto de la canción. Es un tema poco valorado habitualmente (no aparece en ninguna de las principales recopilaciones del Alan Parsons Project) lo que no terminamos de entender ya que le creemos merecedor de mucho mejor suerte.

“The Same Old Sun” - Abre el tema una melodía que en una primera escucha nos trae a la memoria el “Metropolis” de Kraftwerk. Sin embargo, cuando Woolfson comienza a cantar, cualquier parecido desaparece para dejarnos disfrutar de una de las baladas que con tanta frecuencia se reserva para sí el vocalista. Es una canción con un punto dulzón que está a punto de echarla a perder pero que consigue mantenerse en dentro de los límites de lo aceptable y, en esa categoría, hay que reconocerle  su valor.

El éxito comercial del Alan Parsons Project tuvo un gran mérito. Hablamos de una banda sin vocalista fijo, lo que impide que el público reconozca inmediatamente una canción como suya, algo que va contra todas las normas del marketing musical. También incluyen varios temas instrumentales en sus discos, lo que no siempre es fácil de asimilar por el oyente tipo del pop y el rock. Sus seguidores procedían en buena parte del mundo del rock progresivo, género en el que se les suele incluir sin tener realmente una relación del todo clara con las lineas generales que marcan ese género más allá de la inclusión de temas instrumentales y del carácter conceptual de alguno de sus primeros discos (jugar con el AOR como muchos veteranos del progresivo hacían entonces también ayudó bastante). A finales de la década de los ochenta, el Alan Parsons Project se disolvió continuando cada uno de sus integrantes por su lado: Alan con su propio nombre y banda y Eric más centrado en los musicales teatrales, muchas veces basados en material del propio Alan Parsons Project. Woolfson falleció en 2009 víctima de un cáncer de riñón.

No hemos empezado a hablar de esta banda en el blog por su mejor disco, ni mucho menos pero eso nos sirve como excusa para obligarnos a volver sobre ellos en el futuro de modo que la visión ofrecida sea lo más completa posible. “Vulture Culture” es un buen ejemplo de un tipo de música que se hizo en la década de los ochenta y que hoy no tiene muy buena prensa. Sin embargo, estaba hecha con un gusto muy cuidado y eso nos hace rescatarla aquí para aquellos que nunca se hayan acercado a ella.
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