jueves, 5 de enero de 2012

Giancarlo Simonacci - John Cage: Piano Music (2010)



Meses atrás leíamos en un blog amigo frecuentemente citado aquí, un artículo buscando “culpables” de la evolución de la música en las últimas décadas en el que se nos daba un primer sospechoso en la figura de Gyorgy Ligeti. En la entrada se aportaban pruebas sobradas de su implicación en los “hechos” juzgados. No añadiremos ni una coma a ese magnífico artículo pero no podemos conformarnos con la inculpación de un solo sujeto ya que creemos que los “delitos” que se le imputan son demasiado amplios como para que la carga de los mismos recaiga sobre un único implicado. El análisis de los hechos, nos ha llevado hasta un segundo “sospechoso” (seguro que apareceran más) en la figura de un controvertido ¿músico?, ¿compositor?, ¿showman?, ¿artista? del que hablaremos largo y tendido a continuación.

John Milton Cage senior fue un inventor norteamericano que, probablemente, no aparecería en ningún libro de historia por sus creaciones pero que, sin embargo, suele ser mencionado por otros motivos. Se cuenta que una de las frases que repetía a su hijo era: “si alguien te dice “no se puede” te está señalando, precisamente, el camino que tienes que seguir”. Esa falta de respeto por lo preestablecido que inculcó a su descendiente tiene mucho que ver con la carrera que éste emprendería poco después y que le iba a llevar a ser una de las figuras más importantes, rupturistas e influyentes de la historia de la música del pasado siglo XX.


John Cage, con cara de no haber roto un plato.
El joven John Cage fue un personaje tremendamente inquieto y, contrariamente a lo esperado, la música no fue, ni mucho menos, su interés más importante. Ciertamente, asistió a clases de piano pero las horas de ensayo y repetición para interpretar una pieza no le convencían en absoluto así que se centró en la literatura. A pesar de graduarse con las mejores calificaciones, tampoco parecía que ese campo fuera suficientemente atractivo para Cage, al menos la actividad que desarrollaba dentro del ámbito académico. Como alternativa, propuso a sus padres que le permitiran hacer un largo viaje por Europa para aprender y reunir experiencias que le dieran la base para convertirse en el gran escritor que quería ser. Lo curioso del tema es que la etapa europea de Cage le llevó a descubrir la arquitectura, la pintura o la poesía y, finalmente, la música, de la mano de compositores vanguardistas como Stravinsky aunque también descubriendo a Bach.

No es un dato que se suela mencionar mucho pero las primeras composiciones propias de Cage fueron creadas en España, concretamente en Mallorca, y fue la etapa española del músico la que le inclinó definitivamente hacia la música y, más concretamente, hacia la música como acompañamiento de otras artes escénicas como la danza o el teatro. Cage solía recordar un paseo por Sevilla como el momento clave en el que decidió cuál sería su futuro. De regreso a EE.UU. Cage retomó su formación musical de un modo casi obsesivo e intentó recibir clases de Henry Cowell. Éste le remitió a un discípulo de Arnold Schoenberg con quien empezó a trabajar. Poco después, John Cage y el propio Schoenberg trabajaron juntos.

La obra de Cage es un compendio de influencias de toda procedencia, desde la arquitectura a las filosofías orientales, el “I Ching”, la danza, el concepto de azar, la indeterminación, etc. Todos estos elementos se reunen en su música y se menifiestan en las formas más diversas. Uno de los ejemplos clásicos es una invención de Cage llamada “piano preparado”. Se trata de un piano de cola en cuyas cuerdas, el intérprete introduce diversos objetos (cubiertos, bolas metálicas, tornillos, etc.) de modo que, al comenzar la interpretación de la pieza, ni siquiera él mismo sabe cómo sonará exactamente cada nota ya que todas las características del sonido han sido alteradas por la manipulación del instrumento. Siempre que se habla de Cage, se termina haciendo mención a su uso del silencio aunque esto no deja de ser impreciso. Para el músico, el silencio no existe. Contaba el propio compositor cómo en una ocasión durante una visita a la universidad de Harvard, entró en una cámara anecoica para experimentar el silencio absoluto. La experiencia fue un pequeño fracaso (o un gran éxito, según se mire) que dio origen a toda una nueva filosofía en Cage. En lugar de experimentar la sensación de silencio absoluto que esperaba, el músico escuchó dos tipos de sonido, uno grave y otro agudo. El técnico de sonido le explicó que eran sonidos procedentes del propio cuerpo de Cage, uno se correspondía con la circulación de la sangre y el otro es un efecto propio del funcionamiento del sistema auditivo llamado tinnitus o acúfeno. La constatación de la imposibilidad física del silencio, llevó a Cage a experimentar con los sonidos que se perciben cuando no hay sonido, valga la paradoja, y a incorporarlos a su música, algo que llevó al extremo en la que quizá sea su pieza más conocida y que siempre se menciona cuando se habla del músico, razón por la cual, la vamos a obviar a partir de ahora.


¿A quién se le ha caído la caja de herramientas en el piano?
 El espíritu visionario de Cage se manifiesta en una afirmación tan descabellada y, sin embargo, tan proféticamente exacta como la que hizo en 1937: “Creo que el uso de ruidos en la composición musical irá en aumento hasta que lleguemos a una música producida mediante instrumentos eléctricos, que pondrá a la disposición de la música cualquier sonido y todos los sonidos que el oído pueda percibir.”

La influencia de Cage en nuestros días es abrumadora. La obra de artistas como Brian Eno, no deja de ser, en cierto modo, una extensión de la de Cage (recordemos que Obscure Records, sello del músico británico, publicó una gran cantidad de obras de Cage en los 70). Buena parte de los pioneros de la experimentación electrónica citan a Cage como fuente de inspiración y ¿qué es el Rozart Mix compuesto por Cage en 1965, sino un anticipo de toda la era del sampling que muchos sitúan en los años 80? ¿no vemos claramente el ambrión de las remezclas, tan populares hoy que no se concibe un disco de éxito sin sus correpondientes “versiones” a cargo de distintos deejays, en el “Credo in Us” de Cage de 1942? ¿Sospecharían los aficionados a la música electrónica al escuchar el “Imaginary Landscape No.1 de nuestro músico que la pieza data de 1939?

"Rozart Mix"

"Credo in Us" Pero... esto no es de Cage... ¿o sí?


"Imaginary Landscape No.1"


En el blog tenemos costumbre de centrar cada entrada en un disco en concreto. Para ilustrar la carrera de Cage, hemos pensado un reciente lanzamiento del sello Brilliant publicado en 2010 en el que el pianista Giancarlo Simonacci repasa obras para piano “convencional” de Cage que abarcan practicamente todos los años de la carrera de su autor. Creemos que piezas con un formato más convencional como es el del piano, pueden servir de iniciación a Cage más fácilmente que otras más complejas al lector interesado. Se trata de una caja de tres CDs que complementa otros dos lanzamientos del mismo sello de años anteriores en los que Simonacci repasa la obra de Cage para piano preparado y para piano con acompañamiento vocal y de violín.

La obras contenidas en el primer disco son: “Three Easy Pieces” (1933), ejercicio pianístico de brevísimas piezas consistentes únicamente en una melodía para una sóla voz lo que se repite en “Quest” (1935). “Metamorphosis” (1938) es una de las escasas piezas dodecafonistas de Cage, aunque no tiene mucho que ver con los postulados de su maestro Schoenberg aparte de este hecho. El resto de piezas son “Jazz Study” (1942), “Triple Paced” (1943, primera versión), “Ad Lib” (1943), “Soliloquy” (1945), “Ophelia” (1946), “Two Pieces” (1946), “In a Landscape” (1948), “Dream” (1948), “Suite for Toy Piano” (1948) en su versión para piano convencional, “Seven Haiku” (1951), “For M.C. and D.T.” (1952) y “Waiting” (1952). En ellas podemos ver la evolución del estilo de su autor en estas décadas. Algunas de ellas como “In a Landscape” se han convertido en clásicas y forman parte del repertorio de muchos intérpretes contemporaneos.




El segundo disco contiene una transcripción para dos pianos hecha en 1968 por Cage de  “Socrate” obra para piano y voz de Erik Satie, compuesta en 1918, con la que el compositor norteamericano salda en cierto modo la deuda estilística que mantenía con el francés, una de sus principales influencias, especialmente el lo que a la música para piano se refiere. Cage, en su faceta de musicólogo, fue el responsable de un cierto repunte en la popularidad de la música de Satie en su momento, algo olvidada hasta que Cage dirigió los focos hacia ella. Junto con Simonacci, interpreta “Socrate” la pianista Gabriela Morelli. Junto con esta transcripción, tenemos también la pieza original “Cheap Imitation” (1969), una especie de recopilación de todas las técnicas empleadas por Cage en su música para piano hasta ese momento con su marca de fábrica muy presente: una simplicidad totalmente intencionada y ausencia absoluta de virtuosismo.

El tercer CD nos deja tres versiones de los “Etudes Boreales”, de 1978. La primera para piano sólo, la segunda para cello y la tercera para ambos instrumentos. El cellista escogido para la ocasión es Marco Simonacci. Los estudios estaban dedicados por Cage al percusionista Michael Pugliesi quien, además, fue el encargado de estrenar la versión para piano en su momento en una demostración más del papel que el azar tenía en la música del autor. Paradójicamente, la partitura de la obra en ésta versión, indicaba al milímetro todo lo que debía hacer el intérprete durante la ejecución por lo que la libertad del mismo quedaba totalmente limitada.

Sirva esta entrada como presentación de John Cage, compositor fundamental cuya obra se ha frivolizado en muchas ocasiones. Como bonus, os vamos a regalar una interpretación exclusiva de la obra más conocida de Cage. Sólo teneis que pulsar el botón de "Start / Stop" de aquí debajo y escuchar muy, muy atentamente. Transcurridos exactamente 4 minutos y 33 segundos, debeis pulsar de nuevo el mismo botón.


Si habeis seguido las instrucciones anteriores correctamente acabais de asistir a vuestra personal e intransferible versión de la obra más citada del músico norteamericano. Enhorabuena.

Si, por el contrario, preferís escuchar las versiones de Simonacci, podeis adquirir la caja de tres discos aquí:

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martes, 3 de enero de 2012

Brendan Perry - Ark (2010)



La carrera musical del músico inglés Brendan Perry, especialmente en sus inicios, transcurrió por unos derroteros dignos de cualquier serial de Holywood. Nacido de padre inglés y madre irlandesa, Brendan no tuvo ningún tipo de formación musical y la única relación con su carrera posterior que podemos encontrar en estos años, fue su participación ocasional en el coro de la iglesia. De ese tiempo, Brendan recuerda con agrado la belleza de alguno de los himnos que interpretaba, a pesar de los textos, con los que, nunca mejor dicho, nunca comulgó en exceso.

El destino llevó pronto a los padres de Brendan a tener que trasladarse, nada menos que a Auckland, Nueva Zelanda y fue allí donde nuestro músico tomó contacto por primera vez con un instrumento musical tocando la guitarra en la escuela católica a la que asistía aunque, a decir verdad, su técnica tenía más de autodidacta que de aprendida, según cuenta él mismo. Como los estudios no eran lo suyo, y tras fracasar en sus oposiciones a profesor, empezó a probar suerte en varios grupos locales y acabó formando parte de The Scanvangers, banda punk en la que entró como bajista sin haber tocado nunca antes ese instrumento. Al respecto, cuenta Brendan la anécdota de cómo a los pocos días de incorporarse a la banda empuñó un bajo por primera vez para una actuación televisiva, aunque, afortunadamente, se trataba de un playback y sólo tuvo que hacer algo de mímica. Como quiera que la carrera de la banda no terminara de despegar, los miembros del grupo decidieron trasladarse a Melbourne, Australia, en busca de pastos más verdes cambiando el nombre por el de Marching Girls pero el proyecto no daba más de sí.


Brendan Perry en una foto reciente.

Tras esa etapa, el músico comenzó a investigar en solitario interesandose en los instrumentos electrónicos, sintetizadores, cintas magnetofónicas etc. para terminar formando su propia banda llamada Dead Can Dance junto con un par de músicos locales a los que pronto se incorporó Lisa Gerrard. No nos vamos a extender demasiado en la carrera de Dead Can Dance porque ya tendremos tiempo de tratarla con mayor profundidad proximamente. Valga comentar que el cuarteto se quedó en dúo cuando Brendan y Lisa se trasladaron a Londres algo después y que desarrollaron una brillante carrera creando un estilo indefinible y muy particular que mezclaba música antigua, folk, ritmos exóticos y algo de electrónica hasta su disolución a finales de los años 90. Tras la separación del dúo, las carreras de sus dos integrantes fueron por caminos realmente diferentes. Lisa entró en el mundillo de la música para cine, en solitario o acompañada de grandes del género como Hans Zimmer y lanza trabajos en solitario con cierta regularidad, casi siempre en una linea cercana a la de Dead Can Dance. Brendan, por el contrario, publica con cuentagotas. De hecho, el disco que hoy tratamos es el segundo que graba en los casi 15 años transcurridos desde la desaparición de Dead Can Dance. Si a eso añadimos que el primero data de 1999 y que, en buena parte, estaba compuesto cuando aún existía la banda, entenderemos más facilmente todo lo que tiene de excepcional y de acontecimiento casi único la aparición de un nuevo disco de Brendan Perry.

Si bien en su LP de debut en solitario, “Eye of the Hunter”, Brendan se acompañó de un puñado de músicos, para este “Ark”, asume la tarea interpretativa en solitario y todas las canciones son suyas (en el disco anterior se incluía una versión de su admirado Tim Buckley). No deja de sorprendernos el hecho de que, mientras que su primer disco distaba bastante de lo que Perry componía para Dead Can Dance, la música de “Ark” está mucho más cercana a aquellos patrones estéticos que le dieron fama en su etapa en el ya legendario dúo.

“Babylon” – Perry abre el disco de forma contundente con unas cuerdas sintéticas de de un aire ciertamente similar a algunos pasajes de Vangelis pero también a los momentos más intensos de la discografía de Dead Can Dance. No en vano, el tema fue compuesto en 2005 para la gira de reunión del dúo que transcurrió por varias ciudades de EE.UU. Enseguida entran las percusiones y esa profunda voz de crooner de Brendan, que podía haber hecho carrera en los territorios que pisó Sinatra con toda dignidad. Cualquier seguidor del dúo que formaron Perry y Gerrard, reconocerá el estilo del grupo en este tema. El texto está disfrazado de ecología pero no es sino un afilado dardo en contra del imperialismo norteamericano y su máquina de guerra: “The eagle flies up towards the Sun / high above the fields of Babylon / in one claw he holds an olive branch for peace / in the other twelve arrows for his enemies”. En palabras de su autor, el disco gira alrededor de la trilogía que forman este “Babylon”, “The Bogus Man” y “This Boy” y en la crítica a la guerra, los políticos y la ambición desmedida. Pasamos al segundo de ellos:

“The Bogus Man” – Mucho más electrónico que cualquiera de los trabajos anteriores de Perry, el tema destaca por el uso intensivo de samples y librerías de sonido en el que trabajó en los ultimos años. Todo en este tema nos recuerda a los últimos trabajos de Dead Can Dance, especialmente al disco “Into the Labyrinth” en el que no habría desentonado. Continuando con la linea de crítica política del tema anterior, Perry nos regala fragmentos realmente envenenados: “Poor mothers’ sons will fight your wars / so rich men can reap the rewards” o este otro del estribillo: “Hail Father Ubu / here comes the Grand Guignol / opportunist, you change your tune to suit the times / sycophantic, cold-blooded, reptilian / careering, profiteering, the party line”.

“Wintersun” – Continuando con los ambientes electrónicos, se produce un cierto giro estilístico en este corte que nos recuerda, por lejanos que puedan parecer, a algunos trabajos de la mejor etapa de Depeche Mode, por poner un ejemplo. Los textos no son tan directos como en temas anteriores y en esta ocasión se centran en el paso del tiempo, simbolizado en el Sol invernal del título que contempla pasivamente el transcurrir de las eras.



“Utopia” – Bowie escribía que ella sería reina y él rey y que ambos serían heroes por un día. Perry, repite una estrofa similar pero sin convertir a los protagonistas en heroes sino dandoles la libertad para ser aquello que ellos decidan. Así imagina nuestro artista su particular utopía y la disfraza de nuevo de canción cercana al pop electrónico pero con ese punto inquietante que siempre acompaña a su música. En algún momento se echan de menos algunas cuerdas reales en lugar de tantos instrumentos electrónicos pero en conjunto, la canción funciona, incluso en esos momentos en los que la voz de Perry se sale de sus registros habituales amenazando con quebrarse.

“Inferno” – Y si un día alguien dijo que el infierno eran los otros, Perry parece replicarle argumentando que el infierno es la televisión y la dosis diaria de anestésicos que nos suministra haciendonos inmunes a todo lo que nos enseña: “I watch the TV, it is my world / Takes my mind beyond these walls / The more I see the less I care / For all the people out there”. En lo musical, el corte renuncia a las percusiones y se centra en los ambientes oscuros e inquietantes tan presentes en muchos temas de Perry hasta la segunda mitad en la que cuerdas y ritmos programados intensifican su actividad para terminar junto antes de la lapidaria sentencia final: “Sometimes I just don’t feel myself at all / Sometimes I don’t feel anything at all”.

“This Boy” – Cerrando la trilogía “antibelicista”, Perry nos muestra el punto de vista del niño enviado a luchar en las guerras de los mayores sin saber qué hace allí y, de nuevo las palabras, afiladas como una guadaña, retratan con exactitud lo injusto de las guerras modernas: “Sometimes it’s hard for us to find the truth / In a world we no longer seem to understand / But don’t let them break us and don’t let them nail us / Into boxes for the old man’s parade”. Con un lento ritmo de marcha, nuestro músico interpreta una de las mejores canciones del disco en su estilo más característico.

“The Devil and the Deep Blue Sea” – Junto con las criticas a la política de defensa de las grandes potencias, la otra gran linea temática del disco es la ecología y queda puesta de manifiesto en este tema en el que Perry nos pregunta qué vamos a hacer cuando el cambio climático haga el planeta inhabitable con la que es la única referencia al arca del título del disco “What you going to do when the rain comes? / Are you going to sail on the rising seas like Noah?”. Musicalmente estaríamos ante lo más parecido a un single que vamos a encontrar en todo el disco. No se trata necesariamente de una canción de corte comercial, especialmente porque toda la sección inicial es de corte ambiental pero a partir de la entrada de los ritmos programados y, de un modo más marcado con la llegada del estribillo, tenemos una melodía realmente pegadiza. Quizá no sea más que un delirio pasajero por culpa de las recientes fiestas pero nos parece que esa parte de la canción podría formar parte del repertorio de Bono y sus U2 sin problemas.

“Crescent” – Segundo de los temas compuestos por Brendan para el reencuentro de Dead Can Dance de 2005, cierra el trabajo con una inquietante reflexión. ¿Qué importa lo que llamamos realidad y percibimos a través de nuestros sentidos cuando sabemos que es mentira? “The stars you see in the night sky / Have been dead for centuries / Starlight creates the illusion / Of life for all these years”. Es un canto a los sentimientos por encima de la percepción, lo imaginario frente a lo real, el amor frente a la religión y todo envuelto de los clásicos sonidos intemporales marca de la casa que nos trasladan a épocas y lugares distantes pero siempre con la extraña sensación de no habernos movido del sitio.



Es esa habilidad para construir una música definitivamente contemporanea pero que nos sigue pareciendo tan familiar como si nos hubiera acompañado durante los últimos siglos la que nos ha atraído siempre de la música de Dead Can Dance, primero, y de Lisa Gerrard y Brendan Perry en sus carreras en solitario, después. Aunque hoy nos hayamos centrado exclusivamente en un trabajo del inglés, no os quepa duda de que tanto su compañera musical de tantos años como el dúo que ambos formaron, tendrán una presencia muy destacada en el blog en el futuro.

Por ahora os dejamos un par de enlaces para que podais adquirir el disco:

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Para despedirnos, podeis echarle un vistazo al videoclip de "This Boy" a continuación:

domingo, 1 de enero de 2012

Blackfield - Blackfield (2004)



Aviv Geffen es una superestrella de la música en su país, Israel, desde principios de los años 90. Su magnitud es tal que suele aparecer citado en encuestas sobre sus compatriotas más importantes o influyentes, siempre en los primeros puestos. Su carisma le ha convertido en uno de los principales ídolos de la juventud Israelí en las últimas décadas y todo esto desde una postura de activismo político cercano a los partidos de izquierda en su país y muy crítico, por lo general, con las actitudes de su gobierno y de su ejército, en el que se negó a ingresar en su momento, convirtiendose en uno de los primeros objetores de conciencia en Israel con todo lo que eso conlleva.

Una de sus canciones más populares, “To Cry for You” tomó tintes premonitorios tras el asesinato de Isaac Rabin durante un acto pacifista en el que Geffen se encontraba a escasos centímetros del Presidente en el escenario. “Fue el momento más dramático de mi vida. Fui el último que le abrazó” declaraba Geffen en una entrevista reciente. El tema no es sino un mas de los muchos himnos que la juventud hebrea ha adoptado de entre todo el repertorio del músico, admirador confeso de U2, Pink Floyd, Radiohead, Nirvana, Lennon o Dylan, a quien suele citar como su mayor influencia junto con Roger Waters.

Pero todos estos datos más una docena larga de discos grabados con ventas millonarias en su país natal no han servido para que Geffen sea conocido más allá de Israel, donde sólo unos pocos curiosos han oído su música. Evidentemente, el partir de un mercado distinto al anglosajón y el cantar en hebreo, no benefician la proyección internacional de un artista. Ya explicamos en otra entrada anterior dedicada al último disco de Blackfield cómo en el año 2000, Geffen se pone en contacto con Steven Wilson para organizar una serie de conciertos de su banda, Porcupine Tree, en Israel. A raiz de esa circunstancia, surge una gran amistad entre ambos personajes que acuerdan juntarse para trabajar en algunas canciones y ver qué podía surgir de ahí. Los primeros resultados estaban destinados a publicarse en forma de EP en 2001 pero, como suele ocurrir en estos casos, la cosa fue a más y comenzó a tomar forma la idea de formar pareja artística de forma más estable. Ya en 2002, Geffen hace coros en un par de canciones de “In Absentia”, disco imprescindible en la trayectoria de Porcupine Tree y, ya bajo la denominación de Blackfield, el dúo publica su primer LP en 2004 titulado también Blackfield con una banda integrada principalmente por músicos que habían acompañado a Geffen en sus discos y conciertos anteriores. La formación de Blackfield para su disco de debut estaba compuesta por Aviv Geffen (teclados, guitarras y voz), Steven Wilson (guitarras, teclados y voz), Daniel Salomon (piano), Seffy Efrati (bajo) y Tomer Z (batería) y percusiones. De forma puntual, intervienen en distintos temas del disco los baterías de Porcupine Tree, Chris Maitland y Gavin Harrison, el también batería Yirmi Kaplan y el cuarteto de cuerda Illusion.

Sobre Steven Wilson hemos hablado largo y tendido en el blog en estos meses y seguiremos haciendolo en el futuro puesto que le consideramos como uno de los músicos más interesantes de la actualidad. Sin embargo, en el proyecto Blackfield, su papel está en un segundo plano frente al de Geffen. Es el israelí el autor de la mayoría de las canciones de la banda aunque el sello particular de Wilson es inconfundible en todos los aspectos, desde la producción, arreglos e interpretación hasta la composición en las canciones de su autoría.


Steven Wilson y Aviv Geffen en una imagen promocional.

A continuación pasamos a hacer una breve reseña de los diez temas del disco:

“Open Mind” – Abre el disco la única canción escrita a dúo en el sentido tradicional en el que uno de los músicos hace la música (Aviv Geffen en este caso) y el otro la letra (Wilson, como es fácil suponer). Se trata de una de esas letras tan particulares del músico británico con pensamientos sueltos surgidos de la mente de personajes realmente complejos, acerca de una chica que no sabemos bien si es real o imaginaria. El formato de la canción es el de una balada acústica con ramalazos de rock duro en determinados momentos y una brillante sección de cuerda en la parte final.

“Blackfield” – Es la primera de las dos canciones del disco escritas en su totalidad por Wilson. Introducida por una sucesión de notas de piano, no tarda en golpearnos con una enérgica entrada de guitarras  para construir una poderosa canción pop realmente brillante demostrando que Wilson domina a la perfección el formato a pesar de no ser su favorito. La letra es una reflexión del autor sobre las dos caras de la realidad y sobre cómo hasta la persona más bondadosa puede cambiar por completo bajo las circunstancias adecuadas: “when it gets dark, all the pale things under the earth will reverse”.

“Glow” – Le toca el turno a una canción de Geffen en la que Wilson sólo hace la versión en inglés del texto. Las letras del israelí tienden a ser oscuras y depresivas y ésta no es sino un ejemplo de su forma de escribir. El desarrollo es similar al de la primera, con una primera parte muy tranquila y un final mucho más potente.

“Scars” – Tenemos ahora una canción que Geffen había publicado en el año 2000 en su LP “Yoman Massah” (viaje). Lo único que varía es la letra, que ahora es en inglés en adaptación de Wilson. El resto del tema es el mismo con la excepción de la regrabación de las voces. Una canción de amor y desamor con la idea de que, al final, lo único imborrable son las cicatrices a las que hace referencia el título.

“Lullaby” – Segunda y última de las canciones de Wilson para el disco de debut de Blackfield y una de las más bellas del trabajo. Basada en unas simples notas de piano como la anterior canción de su autor y con el apoyo de una sección de cuerda, la particular canción de cuna transcurre placidamente y sin sobresaltos narrandonos una particular y contradictoria relación entre dos personajes que se desarrolla a medio camino entre el dolor y el placer.



“Pain” – Íntegramente escrita por Geffen, es otra de las grandes canciones del disco. Siguiendo con el tono general del trabajo, nos habla de la ruptura, la soledad, el reencuentro y los intentos vanos de construir una relación soportable tras una separación. Escuchando canciones como esta, es más fácil entender el por qué de la denominación de “art rock” que muchos críticos suelen utilizar cuando se refieren a Blackfield.



“Summer” – De nuevo tenemos una canción de Geffen cuya letra es adaptada al inglés por Wilson. A estas alturas del disco, no nos puede sorprender la perfecta factura de todo lo que hace el dúo. Incluso en la que es una de las canciones más intrascendentes del trabajo, podemos apreciar el enorme talento y el detallismo casi enfermizo de sus autores para que todo esté en su sitio.

“Cloudy Now” – Y llegamos a la que probablemente es la mejor canción del disco. Fue escrita por Geffen en 1993 para su LP “Anshav Meunan” y se convirtió en todo un himno para la juventud hebrea en aquellos años. Con un retrato paralelo entre la situación de Israel “In a violent place we can call our country is a mixed up man and I guess that’s me, the sun is in the sky but the storm never seems to end. It’s a place of sorrow but we can call it a home” y la infancia del protagonista “In a special place that I call my life the father was cruel and he lost his wife but I don’t see either cos I live across the street” Geffen alcanzó una gran popularidad en su país natal. La canción acaba con una sentencia perfectamente vigente casi veinte años después: “We are a fucked up generation. It’s cloudy now” (Somos una generación que está jodida. Y se está nublando).



“The Hole in Me” – Parecerá algo exagerado insistir de nuevo con que la siguiente canción del disco es realmente brillante pero en nuestra opinión también lo es. Geffen compone letra y música en una canción de aires folclóricos en su inicio, con un cierto aire a músicos como Yann Tiersen, por ejemplo, para girar sobre sí misma al llegar al estribillo con un cambio de tono magnífico.

“Hello” – Una vez más Wilson adapta una letra de Geffen para música del propio músico israelí. La que cierra el disco es otra (sí, una más) magnífica canción a cargo de este particular dúo.

Nos cuesta mucho, haciendo memoria, encontrar discos en los últimos años con un porcentaje tan elevado de grandes canciones en su interior. Discos en los que no hay temas de relleno, en los que hasta el más mínimo detalle está cuidado con una una obsesión rayana con lo enfermizo. El LP de debut de Blackfield es uno de esos raros ejemplos como también lo es el segundo que aparecerá por aquí más adelante. Además, es un ejercicio poco común de humildad por parte de Steven Wilson. Estamos hablando de una estrella internacional que colabora con un músico de gran éxito en su país pero desconocido fuera del mismo y que, sin embargo, es quien lleva la mayor parte del peso del grupo en la parte compositiva sin que a Wilson se le caigan los anillos por aceptar ese papel secundario. Tenemos que recordar que durante los años en los que se gestó el primer disco de Blackfield, Steven publicó un par de discos de estudio con Porcupine Tree, otros dos con No-Man, dos más con I.E.M., tres como Bass Communion y un par de singles en solitario y, quizá con la excepción de No-Man, en todos ellos es la cabeza pensante y el principal elemento creador (cuando no el único).

Sólo las particulares caracterísiticas del mercado discográfico en las que nos encontramos en los últimos años pueden explicar que "Blackfield" no esté reconocido como uno de los 4 o 5 mejores discos de la primera década del siglo XXI y que a oídos del gran público, el nombre de la banda no diga gran cosa. Queda aquí esta recomendación para aquellos que busqueis un pop rock de calidad y sin ningún atisbo de contaminación comercial. Os dejamos un par de enlaces para adquirir el disco:

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Os dejamos con el video oficial del primer single del disco, "Hello":