domingo, 30 de noviembre de 2025

Philip Glass - The Fall of the House of Usher (2019)



Aunque la atención suele recaer sobre las tres primeras, lo cierto es que la producción operística de Philip Glass es ingente y se acerca a los treinta títulos si incluimos ahí todos los formatos de obras para teatro escritas por el compositor norteamericano. Sin llegar a la repercusión de sus monumentales “Akhnaten” o “Satygraha”, hay varias óperas “de cámara” de Glass a las que merece la pena acercarse. Hoy queremos hablar de una de las menos conocidas que, paradójicamente, está basada en un texto extremadamente popular como es el cuento de Edgar Allan Poe, “La caída de la casa Usher”. La adaptación surge como un encargo conjunto del American Repertory Theater y la Kentucky Opera y la obra se estrenó en 1988. Glass puso música a un libreto de Arthur Yorinks, con quien ya había trabajado en “The Juniper Tree”. Para la obra, Glass opta por una instrumentación escueta: un quinteto de cuerdas (dos violines, viola, violonchelo y contrabajo) y una sección de viento compuesta por flauta, clarinete, fagot y trompa. A ello se suma la percusión, el sintetizador y la guitarra, de particular importancia en dos momentos puntuales porque es el instrumento que toca Roderick Usher en el cuento original. La grabación, publicada en 2019 por el sello de Glass, Orange Mountain Music, recoge una interpretación en directo de la Wolf Trap Opera con la Inscape Chamber Orchestra.


El primero de los dos discos se abre con el “Prologue” en el que el personaje de Roderick Usher narra la carta que le envía a su amigo de la infancia William contándole lo mal que se encuentra e invitándole a visitarle a su casa. Es un comienzo sin música al principio y con un suave acompañamiento de guitarra después. Tras esa introducción llega la intervención de la orquesta con los clásicos recursos narrativos de Glass que nos conduce hasta la primera de las seis escenas en las que se divide el primer acto. El comienzo es frenético con todos los instrumentos lanzados a tumba abierta apoyados en una percusión muy reducida pero tremendamente eficaz. Mientras que la orquesta se centra en esta parte rítmica, el sintetizador aporta las únicas melodías antes de la entrada de William que hace así su presentación. Entramos entonces en una sección de ritmo obsesivo que nos lleva a un precioso dueto en la distancia entre Roderick y William, uno llegando a la casa y otro observándolo desde lo alto de una de las torres. Les acompaña de un paisaje instrumental más calmado protagonizado primero por los vientos y luego por las cuerdas. Esto nos lleva a la segunda escena, en la que William llama a la puerta y tiene una breve conversación con el mayordomo y luego con el médico que está tratando a Roderick. La música es tensa, inquietante, y juega todo el rato con la base rítmica que marcó al principio de la escena el propio William al golpear la puerta de madera. La tercera escena cuenta el encuentro entre los dos viejos amigos con una música más animada que se llena de ensoñación y misterio con la entrada de una melodía electrónica coincidente con la aparición de la voz de Madeleine procedente de otra estancia. Se trata de la hermana de Roderick a la que William no conocía. En ese momento ella empieza a cantar una melodía sin letra muy “glassiana” que acompaña al diálogo de los amigos y nos lleva a la siguiente escena. La música es puro Glass con un ostinato a las cuerdas solo interrumpido por breves florilegios de clarinete. Volvemos a escuchar a Madeleine entonando otra melodía lenta de esas que abundan en las óperas del compositor. Llegamos así a un interludio instrumental durante el cual, William se dirige a su habitación siguiendo las instrucciones. Por el camino vuelve a oir la voz de Madeleine y retrocede sobre sus pasos hasta llegar a otra estancia en la que se encuentra a la mujer sentada de espaldas en la cama mientras su hermano la peina cuidadosamente. Sin ser visto, se retira. La música es rápida, con una extraña percusión que a veces parece ir a destiempo pero cumple perfectamente con su función contribuyendo a crear una atmósfera absolutamente opresiva. La escena quinta transcurre en varios extraños sueños de William en los que aparecen también los dos hermanos. Los tintineos de sintetizador imitando una suerte de campanillas inciden en esa brumosa sensación onírica que lo envuelve todo con las cuerdas aportando una gran fuerza a la narración. La sexta y última escena del primer acto transcurre algunos días más tarde. En ella, el ánimo de los dos amigos parece intercambiado: el antes enfermo Roderick ahora se muestra feliz y optimista mientras que William es quien se encuentra abatido. La música combina esos dos estados con el violonchelo y la flauta acompañando a Usher y la orquesta entera el diálogo de ambos. Volvemos a escuchar por unos instantes la guitarra en diálogo con el fagot en un interludio que nos lleva al final de la escena, ya con las cuerdas y el resto de instrumentos en una canción que nos recuerda a “Freezing”, del ciclo “Songs from Liquid Days”. El final es de los que hielan la sangre cuando William sugiere que salgan a tomar el aire con Madeleine y Roderick le dice que Madeleine está muerta.




El segundo acto comienza con un oscuro preludio instrumental en el que escuchamos la quizá sea nuestra melodía favorita de la obra, cadenciosa y repetitiva hasta la obstinación, termina por crear una atmósfera extraordinaria que nos recuerda a momentos similares de “Akhnaten”. La primera escena es escalofriante y nos muestra a Roderick y William llevando el ataúd de Madeleine a la cripta de la casa. Cuando Roderick lo abre, William se queda petrificado al comprobar que ambos hermanos son idénticos. Al percatarse de ello Roderick cierra la tapa y comienza a atornillarla. La música es lenta, continuando con la melodía del preludio, y realza el dramatismo de una obra que se dirige a su desenlace. La segunda escena comienza con las cuerdas en un estilo muy similar al del cuarteto “Mishima” aunque enseguida intervienen los vientos acompañando el sufrimiento de un Roderick que empieza a caer en la desesperación acusando al médico de haber matado a su hermana. La música, acorde con la acción, combina momentos de veloz tensión, especialmente cuando acompaña a Usher, con otros mucho más lentos en el turno de William. Saltamos en la tercera escena unos días más adelante cuando Roderick irrumpe en la habitación de William en medio de una tormenta (perfectamente escenificada por la música) preguntándole si está oyendo lo mismo que él, justo en el momento en que comenzamos a escuchar el canto de Madeleine y la música escenifica el descenso a la locura de Usher. El desenlace se produce en la cuarta escena cuando William intenta tranquilizar a Roderick contándole una historia sobre una obra de teatro que representaron de niños pero la voz continua de Madeleine sonando todo el tiempo acaba por hacer pensar a su hermano que la enterraron viva. Tras un momento de gran tensión con la orquesta a todo rendimiento y las percusiones, incluyendo golpes metálicos, no dejándonos ni un respiro, aparece en la escena la propia Madeleine poniendo así el final a la alucinógena narración.


Cronológicamente, “The Fall of the House of Usher” sería la octava o novena ópera de Glass pero solo la tercera basada en una historia narrativa preexistente tras “The Juniper Tree” y “The Making of the Representative for Planet 8”. Eso hace que se trate de una ópera distinta a las más conocidas del músico hasta entonces (principalmente a la trilogía “Einstein-Satyagraha-Akhnaten”) porque incorpora, por fuerza, un desarrollo escénico mucho más convencional. Sin embargo, en lo puramente musical esta diferencia no se aprecia tanto y en ese aspecto, “The Fall of the House of Usher” cumple muy bien. No tiene la cantidad de momentos brillantes de alguna de las citadas más arriba pero sigue funcionando, en nuestra opinión. En todo caso, es una buena oportunidad para escuchar una obra no demasiado conocida de Glass que estuvo inédita durante mucho tiempo.



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