Un lugar donde hablar de música y compartir opiniones con el único ánimo de ampliar gustos musicales y, acaso, descubrir nuevos artistas al eventual lector.
Cuando David Bedford realizó la
transcripción para orquesta de “Tubular Bells” que fue publicada
en 1975, no se limitó a esa obra ya que también se encargó de
adaptar el segundo disco de Mike Oldfield, “Hergest Ridge”. Ambas
obras fueron interpretadas en directo en varias ocasiones en la época
con Steve Hillage o Andy Summers a la guitarra pero sólo la primera
de ellas conoció una versión el disco.
Los motivos pueden ser muchos pero
entre ellos no se encuentra la calidad de la adaptación ya que a
nuestro juicio (y es la opinión común por parte de los aficionados
al músico en la red) lade “Hergest Ridge” era mucho más
acertada e interesante que la anterior. Probablemente en el ánimo de
los directivos de Virgin (eufemismo para decir Richard Branson)
influyó la floja acogida de “The Orchestral Tubular Bells” para
decidir dejar en el cajón las grabaciones de “Hergest Ridge”
interpretado por una orquesta sinfónica. Durante mucho tiempo se
llegó incluso a dudar de la existencia de esa obra pero con el
tiempo, y gracias a internet, aquella música se hizo accesible,
primero en forma de disco pirata y después como descarga “irregular”
en decenas de webs.
En pocas ocasiones hemos comentado aquí
discos “piratas” o, como es el caso, grabaciones radiofónicas
pero la relevancia del autor y, ¿por qué no? la calidad de la
adaptación nos ha animado a hacer una pequeña reseña del “disco”
al que llamaremos así sólo a efectos prácticos.
Las dos obras orquestales fueron
interpretadas en diciembre de 1974 en el Royal Albert Hall londinense
con la Royal Philharmonic Orchestra dirigida por David Bedford siendo
retransmitida por la BBC la velada de estreno de ambas. De esa
emisión salieron varias copias pirata que circulan por ahí pero hay
una segunda retransmisión de 1976 con algo más de calidad
procedente de un concierto en Glasgow con la Scottish National
Orchestra de la que se dice que Virgin adquirió los derechos con
vistas a una posible publicación que nunca se llevó a cabo aunque
es cierto que hay quien afirma disponer de casettes originales de la
época con el disco en lo que sería una tirada muy reducida de cuya
existencia no hemos encontrado ninguna confirmación verosímil. Sí
que hay un CD pirata de 1999 en el que aparece la obra imitando el
“artwork” de la edición oficial de Virgin de “The Orchestral
Tubular Bells” de un modo muy logrado.
David Bedford y Mike Oldfield
El comienzo de la obra es
extremadamente fiel al original con algún ligero añadido de
percusión. El poderoso bajo que aparecía en los primeros instantes,
es sustituído con acierto por los metales siendo esta la principal
novedad de los primeros momentos del trabajo. Desde el comienzo queda
clara la diferencia entre esta adaptación y la de “Tubular Bells”
que va más allá de la existente entre los discos originales. En su
revisión del “Opus 1”, Bedford parece luchar todo el tiempo para
“domar” una partitura rebelde, muy difícil de sujetar en muchos
momentos y la transcripción acusa este hecho sonando en exceso
dulcificada. Ahora es muy diferente y se aprovecha mucho mejor la
propia estructura de la obra (“Hergest Ridge”, tomada en
conjunto, es mucho más coherente que su predecesora) para dar su
espacio a todas las secciones orquestales con gran naturalidad de
modo que no suenan artificiosas en ningún momento. Especialmente
brillantes nos parecen las secciones en las que brillan las maderas,
que ya destacaban mucho en el álbum original. Los últimos instantes
de la primera mitad de la obra renuncian ligeramente al aire
sinfónico con la inclusión de campanillas que ya se oían en el
disco de 1974 que nos remiten a un ambiente mucho más bucólico y
cercano a una tarde en el campo que a una estricta sala de
conciertos. Es ahí donde escuchamos la segunda intervención de
Hillage a la guitarra en un estilo que parece querer asemejarse al
del propio Oldfield, cosa que consigue a medias.
El segundo gran segmento de “Hergest
Ridge” nos muestra un excelente arreglo de cuerdas que realza la
belleza de un pasaje ya de por sí bello. La elección del
violonchelo para interpretar la línea melódica principal es
brillante y su relevo por parte de la flauta fluye con una
naturalidad apabullante. A continuación llega el turno del violín
que ejecuta una serie de arabescos muy inspirados que no tenían esa
presencia en el disco de Oldfield tras los cuales gana protagonismo
la orquesta. Llegamos así a la que probablemente sea la sección más
brillante de la obra original y que en su sinfónica no rebaja ni un
ápice esta calificación aunque, sin duda, acusa la práctica
imposibilidad de emular las sensaciones que provoca un buen montón
de guitarras y bajos eléctricos sonando al mismo tiempo como ocurría
en la obra genuina. Se reserva un par de buenos solos Steve Hillage
en esta sección que contribuyen a compensar el déficit de energía
con respecto a la pieza original mientras suena un poderoso coro que
subraya el dramatismo de la sección. Desde ahí hasta el final, un
poco brusco en nuestra opinión, todo transcurre con normalidad
cerrándose así un arreglo muy notable por parte de David Bedford que
quizá mereció la misma oportunidad que tuvo el el de “Tubular
Bells” aunque, de haber sido así, ¿dónde habría parado la
serie? ¿tendríamos un “Orchestral Ommadawn”? ¿un “Orchestral
Incantations”? Quién sabe...
A pesar de que nunca fue publicada de
forma oficial, parte de la adaptación orquestal de “Hergest Ridge”
apareció en la banda sonora de la película documental “The Space
Movie” dirigida por Tony Palmer y estrenada en 1980 para conmemorar
el décimo aniversario del alunizaje del “Apollo XI”. Hubo planes
para editar el “soundtrack” en disco pero quedaron en nada. En
él, además de algún fragmento de “The Orchestral Hergest Ridge”,
sonaba su homólogo de “Tubular Bells”, algún extracto de
“Ommadawn” o “Incantations” y el single “Portsmouth”.
Si tenéis la suerte de encontrar
alguno de los CD piratas que existen con la grabación, es posible
que esté acompañada de otra interpretación en directo de un
extracto de “The Orchestral Tubular Bells” tal y como sonó en
las representaciones que de las dos obras se hicieron en la época. A
pesar de no tener carácter oficial, no creemos que ningún fan de
Oldfield quede decepcionado si escucha la obra que hoy hemos
reseñado.
Hay muchas cosas extraordinarias en la
carrera de Steven Wilson y no es la menos sorprendente que cada nuevo
proyecto en el que se embarca cree con mayor expectación que el
anterior y que casi siempre supere la más optimista de las
previsiones de sus seguidores. Lo cierto es que “The Raven that
Refused to Sing (and Other Stories)” Alcanzó un nivel que parecía
muy difícil de sostener (no digamos ya de superar); nuestra
impresión es que Wilson era consciente de ello y por eso se enfrentó
al siguiente reto con mucha más calma que en otras ocasiones,
reduciendo en la medida de lo posible el resto de proyectos y
adelgazando al máximo su agenda. Así, en los últimos dos años,
las únicas noticias que hemos tenido de él eran las
correspondientes a sus trabajos de remasterización y remezcla de
discos clásicos de las últimas décadas. Sabíamos que durante la
gira de su anterior disco se estaba trabajando ya en nuevas canciones
y que la intención era la de que su banda fuese lo más estable
posible para garantizar el mayor nivel de calidad posible pero no
muchos más detalles.
A principios de 2014 empezaron a
saberse algunas cosas relativas al nuevo disco, especialmente en lo
tocante al concepto central del album. Parece ser que Wilson vio un
documental titulado “Dreams of a Life” en el que se hacía una
investigación sobre la vida de Joyce Carol Vincent. Su historia
saltó a las portadas de los periódicos ingleses cuando su cadaver
apareció en su apartamento, tumbado en la cama, con la televisión y
la calefacción encendidas en enero de 2006. Alrededor de su
esqueleto, pues ese era el estado en que se hallaban sus restos,
varios regalos recién envueltos y preparados para ser enviados,
aparentemente, a sus familiares y conocidos en las navidades de 2003.
La cineasta Carol Morley se vio atraída por ese suceso y decidió
reconstruir la vida de Joyce buscando a sus posibles familiares y
conocidos para lo que llegó, incluso, a poner anuncios en prensa, en
marquesinas o en los transportes públicos. Como resultado de sus
esfuerzos descubrió que la fallecida era una mujer activa, inquieta,
cuya vida estuvo marcada por la escasa relación con sus padres y por
un maltrato por parte de una antigua pareja que la hizo cambiar con
frecuencia de domicilio y de trabajo (de hecho, el apartamento en que
apareció su cadáver era uno de los que el estado británico pone a
disposición de las víctimas de la violencia doméstica). A pesar de
esa situación, Joyce consiguió salir adelante y tener una vida de
cierto éxito y popularidad en sus círculos habituales lo que hacía
más inexplicable y desolador el hecho de que absolutamente nadie la
echase en falta durante más de dos años. El film mostraba
entrevistas con algunos de sus vecinos, con antiguas relaciones de
Joyce o con la gente de su barrio y, quizá de una manera algo
idealizada, retrataba toda una vida que luego nadie pareció
extrañar. A partir de ese concepto, Steven Wilson crea su propio
personaje femenino a través de cuyos ojos afronta el que es su
cuarto disco de estudio en solitario, según la discografía más o
menos aceptada que excluye muchos lanzamientos limitados y rarezas
del recuento final. Es curioso que el propio autor cite como
principal influencia a la hora de hacer el disco el que también
hacía el número cuatro de la carrera de Kate Bush, “The
Dreaming”, publicado igualmente tras un periodo de casi dos años
de preparación por parte de la cantante.
La historia de Wilson se construye a
partir del blog imaginario de una mujer que se inicia el 8 de octubre
de 2008 con una entrada en la que la protagonista escribe: “hoy
cumplo 30 años. Josef K fue arrestado el día que cumplia 30 años”.
Con esa referencia al protagonista de “El Proceso” de Kafka,
comienza uno de los discos más ambiciosos que hemos oído en los
últimos tiempos. El blog completo puede leerse aquí.
Gran parte de los temas habituales en Wilson se van desplegando en el
diario, comenzando por los recuerdos de la infancia y la adolescencia
de la protagonista (con algunas referencias a la propia trayectoria
de Wilson como una entrada encabezada con un “No Man is an Island”,
por ejemplo), la llegada de una hermana adoptada 3 años mayor que
ella, con la que sólo convive durante 6 meses hasta que sus padres
se separaran y con la que experimenta importantes descubrimientos
personales. Tiempo después la recordará como la persona con la que
más cosas ha compartido a pesar de lo breve de su convivencia. El
gran tema del disco, sin embargo, es la soledad. La protagonista se
siente sola desde que tiene recuerdos, con una escasa relación con
sus padres pero también, más adelante, con sus compañeros de
colegio, de instituto, etc. Allí establece relaciones utilitarias
pero superficiales “be friendly but don't make friends” dice en
la entrada del 14 de septiembre de 2009, aunque llega a tener un
breve noviazgo con un fotógrafo. Hay tiempo para hablar de música.
Los primeros discos que escuchaba junto con su hermana fueron de Dead
Can Dance y This Mortal Coil pero más adelante, su grabación
favorita fue un viejo vinilo con el “Cuarteto para el fin de los
tiempos” de Olivier Messiaen. Uno de los escasos “hobbies” de
que tiene la autora del blog es peculiar: colecciona recortes
periodísticos en los que se habla de mujeres desaparecidas. Ese
interés se refleja en pensamientos como el que tiene el 10 de marzo
de 2011 cuando recuerda a la perra Laika, primer animal en ser
enviado al espacio que fue encontrado en la calle por los soviéticos
que decidieron escogerla porque nadie la reclamaría. También habla
del arrepentimiento, de los fantasmas de las decisiones no tomadas...
poco después escribe: “en el último mes habré pronunciado apenas
veinte palabras”. Otro tema habitual en Wilson son los fenómenos
paranormales o, al menos, las historias inexplicables. En un momento
determinado, nos habla del caso de una tal Lena Springer, aparecida
de repente en medio de una calle de Viena y atropellada por un
autobús. Supuestamente Lena había desaparecido sin dejar rastro en
1876. Falleció, por tanto, a la edad de 28 años, 104 años después
de su fecha de nacimiento. La historia no es más que una recreación
del controvertido caso de Rudolf Fenz del que hay abundante
información en internet, un clásico de la parapsicología. La
presencia de “fantasmas” es cada vez más habitual en la
narración, incluyendo una visita de la protagonista con 13 años a
la protagonista actual. El blog acaba el 2 de marzo de 2015 con una
entrada en la que habla del comienzo de una ascensión lo que
asociado a los textos anteriores del mismo nos sugiere la idea del
suicidio de la protagonista, otro de los temas que aparecen de cuando
en cuando en el imaginario de Wilson.
Una de las imágenes del blog de la protagonista.
Participan en la grabación los mismos
músicos que lo hicieron en el anterior trabajo del músico con
alguna adición: Guthrie Govan (guitarras), Nick Beggs (bajo, Chapman
stick), Adam Holzman (piano, teclados), Marco Minnemann (batería),
Dave Gregory (guitarras), Chad Wackerman (batería), Ninet Tayeb
(voz), Theo Travis (flauta, saxo), Katherine Jenkins (narración),
Leo Blair (voz) y el propio Steven Wilson (voz, teclados, guitarras,
bajo, banjo, percusiones, etc.)
“First Regret” - El disco comienza
con un tema instrumental basado en una preciosa melodía de piano que
poco a poco se funde con una serie de efectos electrónicos que
desembocan sin solución de continuidad en el siguiente corte.
“3 Years Older” - El sonido de los
teclados nos da la bienvenida antes de ser interrumpido por una serie
de veloces acordes de guitarra acústicas que desembocan en un
poderoso riff tras el que podemos disfrutar de la extraordinaria
interpretación del propio Wilson al bajo. Comienza la canción
propiamente dicha con una excepcionales harmonías vocales entre
nuestro artista y Nick Beggs. Los textos parecen repasar la breve
relación de la protagonista de la historia con su efímera hermana
adoptiva. En el ecuador de la pieza asistimos a una soberbia
explosión de rock progresivo tras la que Adam Holzman ejecuta un
magnífico solo de piano de corte jazzístico, uno de los pocos
detalles en esa linea del disco que contrasta en ese aspecto con el
precedente “The Raven...” El gran momento de Holzman, sin
embargo, llega un poco después con un alucinante solo de “Hammond”
que rivaliza con muchos otros de los grandes de los teclados dentro
del género.
Primero de los tres "aperitivos" del disco que Wilson fue dejando en su web.
“Hand Cannot Erase” - El lado más
“pop” de Steven Wilson, aquel que solía encontrar su lugar en
los discos de Blackfield, aparece en este momento. La canción, todo
un “hit” en potencia, es sencilla y tremendamente directa. Emana
energía y optimismo a partes iguales y, además, está producida con
un gusto extremo, como todo lo que toca nuestro artista.
“Perfect Life” - La primera gran
sorpresa llega con el tema escogido como primer single. Sobre un
fondo electrónico y una base rítmica industrial pero próxima a
estilos como el “chill out” escuchamos la narración de Katherine
Jenkins en primera persona hablando nuevamente de la íntima relación
entre las dos jóvenes en su adolescencia. El concepto suena cercano
al de discos como el “Tr3s Lunas” de Mike Oldfield hasta que
comienza a cantar el propio Wilson repitiendo como un mantra el
título de la pieza rodeado de un ambiente excepcional creado por las
guitarras, los coros de Nick Beggs y algunos efectos vocales
electrónicos cosecha del propio Wilson. Esta segunda mitad podría
estar firmada por Brian Eno y no podría sorprender a nadie.
“Routine” - Con unos sencillos
acordes de piano comienza otra extraordinaria creación de Wilson en
la que describe la mecánica vida de la protagonista que aparece
también en la voz de Ninet Tayeb que toma los mandos por un
instante. Un delicioso estribillo acompañado por lo que parece un
clavicordio y un violín sintético se interrumpen con el canto de
Leo Blair, miembro del coro de la Cardinal Vaughan Memorial School.
Entramos así en la magistral segunda parte de la pieza con el sonido
de la celesta ejecutado por Holzman y el clásico sonido de flauta
del “mellotron” en un momento de claro sabor “crimsoniano”.
Es entonces cuando Guthrie Govan ejecuta un emocionante solo de
guitarra antes de la segunda aparición de Tayeb en la que se intuye
el giro hacia la oscuridad que comienza a experimentar el disco. A
modo de coda, una guitarra que parece sacada de “The Dark Side of
The Moon” acompaña a Wilson en la estrofa final.
“Home Invasion” - Asistimos a un
gran giro en este instante marcado por la enérgica guitarra de Govan
y una soberbia sección rítmica que no deja de recordarnos a King
Crimson en sus improvisaciones alrededor del “Mars” de Gustav
Holst. En estos momentos es cuando escuchamos al Wilson más cercano
a Porcupine Tree siquiera por unos instantes con un Marco Minnemann
imperial. La introducción termina y tras una breve secuencia en plan
“Money for Nothing” entramos en una especie de blues metálico en
la que se habla de la soledad y el aislamiento al que nos lleva
internet que ofrece la posibilidad de tenerlo todo sin moverse de
casa.
“Regret #9” - Enlazado con el final
del corte anterior llega este instrumental que comienza con un
espectacular solo de teclado sobre una base rítmica exquisita.
Holzman con un sonido muy cercano al del Rick Wright de “Wish You
Were Here” comienza a impartir una auténtica lección que alcanza
momentos de auténtico éxtasis musical con la entrada de la guitarra
eléctrica. Una barbaridad de tema que acaba, quizá, demasiado
pronto.
“Transcience” - Wilson en solitario
ejecuta todos los instrumentos de esta transición de influencias
“floydianas” en el comienzo que nos muestra de nuevo las
excelencias del músico a la hora de elaborar armonías vocales, en
este caso, en una sorprendente onda “folk”.
“Ancestral” - Llegamos de este modo
al corte más largo del disco, aquel en el que brilla con luz propia
Theo Travis a la flauta y el saxo. Con unos magistrales arreglos de
cuerda que hacen maravillas en un tema que tiene momentos cercanos al
trip-hop (ese ritmo continuo a lo Massive Attack) y que crece a cada
minuto mostrando trazas de lo que podría ser hoy Porcupine Tree de
seguir activos. Otro solo de Govan nos deja sin aliento antes de
atravesar el ecuador de la pieza marcado por la nueva aparición de
Ninet Tayeb. A partir de ahí, comienza la fase final del descenso a
los infiernos de la protagonista, excelentemente dibujado en una
suite de jazz-rock oscuro que recupera las mejores atmósferas de
“The Raven...”, con grandes dosis de “mellotron” y una
guitarra omnipresente, siempre inquietante con un claro “toque
Fripp”. El tramo final es una orgía de metal progresivo con un
“riff” que martillea sin parar nuestros oídos que desemboca en
el jazz onírico encarnado en los teclados de Holzman y la flauta de
Travis para terminar ambos mezclados en un cierre absolutamente
estremecedor.
“Happy Returns” - Volvemos casi por
sorpresa al comienzo del disco, con el piano que servía de
introducción como prólogo de una canción, de nuevo, en la onda de
Blackfield, con la guitarra acústica y unos teclados sencillos como
principal acompañamiento de la voz de Wilson que tararea un
agradable estribillo. Es la despedida de la protagonista en un texto
en el que parece dirigirse a su hermano y sus sobrinos en un párrafo
final que enlaza con el trágico desenlace de la verdadera Joyce: “Do
the kids remember me? / Well I got gifts for them / and for you and
sorrow / but i'm feeling kind of drowsy now / so I'll finish this
tomorrow”. Una letra sencilla pero conmovedora cuando concemos la
historia real en la que se basa. La canción formó parte del repertorio de la gira del anterior disco del músico.
“Ascendant Here On...” - La pieza
que cierra el disco es una pequeña joya en la que el coro infantil
citado anteriormente canta una sencilla melodía sobre unos
melancólicos acordes de piano. Emotivo sin caer en el
sentimentalismo.
La historia del rock progresivo corre
paralela a la de los llamados “discos conceptuales”, trabajos con
un hilo conductor en el que todas las piezas se relacionan entre sí
para contar una historia aunque puedan subsistir en muchos casos de
forma individual. Dentro de esa categoría, esta última entrega de
Wilson es una de las más elaboradas y complejas, algo que no debería
sorprendernos tratándose de un maestro de la simulación desde que
inventó Porcupine Tree muchos años atrás como una extraña banda
de culto de los años setenta rescatada del olvido gracias a unas
viejas cintas.
Tras varias escuchas del trabajo,
nuestra conclusión es muy similar a la que sacamos cuando lo oímos
la primera vez: por increíble que parezca, Steven Wilson ha vuelto a
superarse mejorando en muchos aspectos su trabajo anterior, el
brillantísimo “The Raven that Refused to Sing (and Other
Stories)”. “Hand. Cannot. Erase.” es un disco mucho más
versátil que aquel y, en cierto modo, retrata más fielmente lo que
es Steven Wilson abarcando todas sus influencias junto con su estilo
propio, el de Porcupine Tree en diferentes etapas o el de Blackfield.
A pesar de lo desconcertante de algún tramo del disco (ese “Perfect
Life” que, además, era el adelanto), su integración perfecta en
la historia que en él se narra justifica su estilo, lejano a lo
esperado en el artista. Si después de publicar “Grace for
Drowning” alguien nos hubiera dicho que los dos siguientes trabajos
de Wilson iban a ser aún mejores, le habríamos mirado con la
condescendencia con que se mira a los “fans” en el peor sentido
del término. Hoy nos encontramos con que esa descabellada afirmación
hipotética es una realidad, al menos en nuestra opinión, lo que nos
obliga a plantearnos ¿cuál es el techo creativo de Steven Wilson?
Quizá su próximo trabajo nos ofrezca una aproximación de dónde se
encuentra pero, mientras tanto, disfrutemos de un trabajo como este
que tiene todos los visos de convertirse en un clásico instantáneo.
Os dejamos con el "teaser" del disco aunque lo que deberíais hacer es salir corriendo a comprarlo YA.
El disco que hoy comentamos es, con
toda probabilidad, la primera grabación de Vangelis que llegó al
conocimiento del gran público. Supuso, además, su primera
colaboración con el documentalista Frederic Rossif. Aunque el LP
apareció en 1973, los seis capítulos de que constaba la serie
dedicada a la naturaleza comenzaron a emitirse en Francia en 1971 o
1972 según la fuente que consultemos así que estamos ante una de
las primeras grabaciones del músico en solitario a pesar de ser
publicada después de otros trabajos.
El trabajo fue grabado en París en la
misma época en la que Vangelis estaba inmerso en la composición del
“666” de Aphrodite's Child pero musicalmente ambos trabajos están
en polos opuestos. En aquel entonces, el músico griego tenía más
ideas que medios y tuvo que arreglarselas para recrear un sonido
similar al que buscaba a base de manipulaciones de órganos
eléctricos, utilización de todo tipo de percusiones y efectos etc.
que le llevarían a experimentar con sonoridades tan particulares que
durante mucho tiempo formaron parte de su particular universo, tan
reconocible en muchos aspectos.
La música se grabó en unos pocos días
con la peculiaridad de que, pese a ser una banda sonora, Vangelis no
dispuso en ningún momento de las imágenes a las que debía
acompañar la música así que sencillamente grabó una gran cantidad
de piezas que luego el director seleccionaría y encajaría en la
película a su criterio. De cara al disco, que sería el primero del
reciente contrato de Vangelis con Polydor (la rama “pop” del
gigante Deutsche Grammophon), el compositor realizó una selección
de siete composiciones, quedando fuera de la misma mucha música de
tanta calidad como la finalmente escogida y que a día de hoy no ha
visto la luz salvo en grabaciones piratas de sonido muy pobre.
Curiosa portada alternativa del disco en algunos lugares.
“L'Apocalypse des Animaux –
Générique” - La sintonía de la serie documental es un corto tema
a base de percusiones tribales en el que se escucha también el
peculiar sonido del “Hammond” alterado por el propio compositor y
unos tenues coros que completan una excepcional pieza.
“La Petite Fille de la Mer” - No
tarda en llegar el gran momento del disco. La escasez de medios de
Vangelis (comparada con los recursos de que dispondría un tiempo
después) no fue ningún obstáculo para que el talento del griego se
abriese paso. Con una simple guitarra, un piano eléctrico y unas
cuerdas procedentes del órgano citado anteriormente a modo de
“mellotron”, el compositor crea una composición fantástica de
una delicadeza extrema que aún hoy sigue siendo un clásico en su
discografía. Su influencia, además, fue notable y otros músicos
como Francis Lai en su célebre banda sonora de “Bilitis” lo
dejan entrever con claridad.
“Le Singe Bleu” - Continúa el
disco con un piano eléctrico al que se le aplica un efecto de
reverberación que se convertiría en característico del sonido de
Vangelis en estos años. Sobre él, escuchamos una melancólica
trompeta (¿no lo es casi siempre?) que ejecuta una melodía que la
que nos parece reconocer, muy ralentizada, eso sí, una versión
preliminar del “One More Kiss Dear” de “Blade Runner”. Los
teclados muestran a Vangelis como un interesante improvisador (en esa
misma época grabó varias “jam sessions” de jazz-fusión en
Londres que fueron publicadas sin su permiso años después) y su
capacidad para crear música para la trompeta no es tampoco
desdeñable.
“L'Ours Musicien” - Un fondo de
teclados épico acompaña a la guitarra que, por momentos, suena al
Morricone de las bandas sonoras del oeste. La melodía es otra
creación soberbia de Vangelis que muestra un talento muy superior a
los medios de que dispone en aquel momento. Hay mucho de influencia
mediterránea en esta pieza que ha pasado desapercibida entre tantas
joyas que el griego nos ha regalado pero que merece una revisión.
“La Mort du Loup” - El corte más
breve del disco es un diálogo entre sintetizadores con la percusión
de apoyo. La música bizantina que tanto ha marcado a Vangelis lo
hace aquí de forma evidente.
“Création du Monde” - Aunque es
evidente que “La Petite Fille de la Mer” es la composición que
pasará a la historia de este trabajo, no hay que olvidar esta
absoluta maravilla de un Vangelis casi sinfónico que nos ofrece aquí
una muestra de su tremendo potencial. En estos escasos diez minutos
está ya presente el Vangelis del comienzo de “Blade Runner”, el
creador de paisajes sonoros de “Heaven and Hell” que hechizó a
Carl Sagan para la realización de “Cosmos” y también uno de los
primeros gérmenes del “ambient” como sub-género electrónico.
Es una obra profunda y de un poder evocador inmenso. Imprescindible.
“La Mer Recommencée” - Cerrando el
disco encontramos otro corte atmosférico, no tan inspirado como el
anterior, mucho más estático en la parte de los teclados, pero con
breves destellos de percusión que serían bastante habituales en los
siguientes trabajos del músico.
Durante mucho tiempo, antes de que
internet fuese algo más que una cosa extraña que se dejaba entrever
en películas como “Juegos de Guerra”, “L'Apocalypse des
Animaux” fue para muchos aficionados el primer disco de Vangelis.
Su sonido era muy primitivo comparado con el de obras posteriores
pero tenía algo de mágico que sólo con el tiempo hemos podido
apreciar en su justa medida. Es el esfuerzo de un hombre tenaz, con
un talento en ebullición y que es consciente de ello y de cómo
conseguir exactamente lo que quiere, haciendo las concesiones justas
cuando es necesario y siendo intransigente cuando su integridad
artística lo exige. No dejéis pasar la oportunidad de escuchar este
disco si aún no lo conocéis. Hay trabajos más espectaculares pero
no superan a este en inspiración. Para adquirir el disco, os dejamos
un par de enlaces.