viernes, 20 de enero de 2012

Ucronía. Lo que vamos a narrar no sucedió nunca, aunque pudo haberlo hecho.




En el largo invierno del año 8 a.C. el emperador Augusto se presentó con las 10 mejores legiones romanas en el bosque de Teutoburgo para apoyar a los ejércitos del consul Varo, que con sus 30.000 hombres luchaba por conseguir la aceptación por parte de Arminio de la dominación romana de Germania.

El viaje fue largo y penoso pero por fín, llegaron a los agrestes territorios en disputa. Los 100.000 legionarios atravesaron con gran esfuerzo los terrenos boscosos de los alrededores. Llegaron al desfiladero de Teutoburgo en disputa y el espectáculo fue impresionante. La mayor Fuerza Bélica Imaginable entró arrasando todo lo que encontró a su alcance. ¡Oh, Que bello espectáculo destinado a ser cantado por trovadores de todo tiempo y procedencia se vivió en aquellas tierras! El estruendo rítmico de cientos de miles de talones marcando el paso y las caballerías más orgullosas que contemplaron las eras pretéritas dibujaron una escena digna de vivirse una y otra vez reflejada por los mas nobles pinceles de los artistas elegidos de los Dioses.

Los festejos preparados para la vuelta de los heroes a Roma desafiaban la imaginación rivalizando con los fastos más grandilocuentes que jamás vieron las viejas siete colinas, pero, oh, amigos, no corrió el vino en aquellos días. No sonaron músicas de homenaje. No hubo cantos de poetas. La entrada de los heroes en la Ciudad Eterna se produjo bajo un halo de tristeza como no se recuerda. Los laureles se marchitaron sin coronar ninguna imperial testa y la lluvia se mezclaba con los pétalos caídos por las calles del foro.

No hubo victoria. No hubo glorioso enemigo. No hubo tambores ni batalla. La guerra había terminado varias lunas atrás y nadie en la orgullosa Roma lo sabía. Los mayores esfuerzos del imperio habían fracasado y la gloriosa bestia marcial llegaba tarde a la que creían que sería la victoria definitiva sobre los bárbaros del otro lado del Rhin. Augusto comprobó en sus propias carnes el tremendo peso que se acumula sobre la nuca del poderoso cuando regresa cabizbajo entre los suyos y ningún esfuerzo consigue devolver la orgullosa frente del emperador a su postura característica.

Lo más triste de la derrota es descubrir que en el momento en que se inició la batalla, la guerra hacía tiempo que había terminado.

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