domingo, 2 de junio de 2013

Michael Nyman - Time Will Pronounce (1993)



Hablábamos tiempo atrás de cómo la muerte de Tony Simmons afectó a Michael Nyman hasta el punto de componer una serie de canciones en su memoria. La noticia le llegó al músico cuando estaba a punto de aparecer en el mercado un disco dedicado a su música de cámara con el que Nyman aprovechó para hacer su particular homenaje al que había sido su manager. Precisamente fue Simmons el responsable de buena parte de los encargos que recibió el músico en aquellos años y el disco que hoy comentamos, se iba a centrar en cuatro de ellos: música puramente camerística, sin relación alguna con películas, montajes teatrales o ballets. Música independiente hecha simplemente para ser escuchada.

Con “Time Will Pronounce”, el sello ARGO, subsello vanguardista de la gigante Decca continuaba sus colaboraciones con Michael Nyman, de quien ya habían publicado la banda sonora de “Prospero’s Books” y sus tres primeros cuartetos de cuerda. Sin embargo, el lanzamiento más comercialmente popular de la combinación de discográfica y músico fue “The Essential Michael Nyman Band” en el que, disfrazada de recopilatorio al uso, encontramos una colección de lo mejor de las bandas sonoras de Nyman para Peter Greenaway pero con temas regrabados bajo una estética mucho más potente y atractiva. El éxito de ventas del disco hizo que desde ARGO permitieran a nuestro músico la publicación de trabajos menos accesibles a primera vista como son los recogidos en el CD que hoy nos ocupa.

Integrantes de London Brass. Ellos ejecutan la última pieza del disco.

“Self-laudatory Hymn of Inanna and her omnipotence” – La primera de las comisiones fue compuesta para el contratenor James Bowman. El suyo es un registro poco habitual (casi diríamos marginal) en buena parte de la música de los últimos siglos pero en el barroco fue muy utilizado. Como ocurre con muchos otros elementos de la música antigua y barroca, en la contemporánea se está recuperando la voz del contratenor. Así, Bowman ha estrenado piezas de John Tavener o Benjamin Britten. Vivaldi, Haendel o Purcell figuran en su repertorio habitual y todos estos compositores, de un modo u otro, tienen que ver con la música de Nyman. Acompañanan a Bowman los integrantes de Fretwork, sexteto de cuerda cuya actividad musical se centra en músicos ingleses de la era pre-clásica (Byrd, Tallis o Purcell). La voz del cantante es la protagonista absoluta de la composición que nos recuerda por fuerza a los pasajes cantados por el niño en la banda sonora de “The cook, the thief, his wife and her lover”. Los integrantes de Fretwork, por contra, quedan en un segundo plano interpretando una partitura llena de tensión y dramatismo aunque aportando el necesario contrapunto al “tour de force” al que se ve sometido Bowman en buena parte de la pieza. Es muy interesante escuchar a un intérprete con un marcado “tic” barroco cantando música contemporanea y Nyman lo aprovecha a la perfección en determinados instantes. Cabe señalar que, aunque aparezca como una pieza unitaria, hay distintas secciones perfectamente diferenciadas a lo largo del himno, siendo nuestro favorito el segmento central que es, precisamente, en el que cuerdas y cantante suenan más barrocos y la partitura, especialmente la vocal, se aleja un poco de una cierta monotonía en la que cae, a veces, el compositor británico. Nunca será ésta una de las piezas favoritas del repertorio de Nyman pero no está exenta de interés.

“Time Will Pronounce” – De la segunda composición y hablamos recientemente en la entrada dedicada al disco “Piano Trios 1992-2010”. Se trata de un encargo del “Trio of London”, grupo formado por Elizabeth Perry (violin), Melissa Phelps (cello) y Julian Jacobson (piano). Precisamente Elizabeth Perry fue la “instigadora” de la obra. Miembro de la Michael Nyman Band entre 1981 y 1991, participó en la práctica totalidad de las grabaciones del grupo y en las bandas sonoras de la películas de Greenaway (con la excepción de “Drowning by Numbers”). Tras abandonar la formación de Nyman, fundó su propio grupo de cámara y comenzó a grabar música con ellos y en solitario, publicando en los más prestigiosos sellos. Curiosamente, unos años más tarde y acompañada por Melissa Phelps, Perry volvió a formar parte brevemente de la Michael Nyman Band. La pieza tiene una alta carga dramática, similar a la alcanzada en muchos momentos de la banda sonora de “El Piano”, escrita en las mismas fechas. De hecho, el tratamiento del instrumento principal de aquella película es similar y por ello, creemos que se trata de una composición que puede gustar a los oyentes familiarizados con aquel Nyman. En cualquier caso, es una gran pieza y, probablemente, la más accesible de todo el disco.

“The Convertibility of Lute Strings” – Escrita por encargo del neurólogo Anthony Roberts para la teclista Virginia Black, se trata de una extraña pieza para clavicordio. La música es completamente original pero, al proceder el encargo de un profesional de la mente, Nyman introdujo algunas referencias musicales tomadas de su ópera “The Man Who Mistook His Wife for a Hat”, basada en un libro del neurólogo Olvier Sacks. El extraño título procede de una costumbre muy extendida en el S.XVI en Inglaterra: los prestamistas, en ocasiones, no prestaban dinero a sus clientes sino determinados bienes que los propios clientes necesitaban o bien, para que ellos mismos los vendieran por su cuenta. Según algunos cronistas, las cuerdas de laúd se contaban entre los objetos más preciados dentro de esa práctica. El comienzo de la composición es lo más parecido a una obra estrictamente minimalista que ha escrito Nyman en mucho tiempo. El clave interpreta obsesivamente una secuencia de seis notas que va añadiendo nuevos motivos y variaciones con cara repetición. La peculiar sonoridad del instrumento le añade un aire de misterio que hizo que algún crítico escribiera que la composición sería “la música perfecta para una casa encantada”. Tiene algo, efectivamente, de eso y, quizá inconscientemente, nos recuerda a algunas músicas de Danny Elfman, por ejemplo. La segunda parte de la obra es mucho más reposada y melódica. Como le ocurría a la pieza anterior del disco, si en lugar de un clave sonase un piano, podríamos estar en presencia de un descarte de la banda sonora de la película de Jane Campion pero eso es mucho especular. Para cerrar la composición, Nyman vuelve al motivo inicial completando así el proverbial círculo.



“For John Cage” – La última pieza del disco tiene un orígen extraño marcado por distintas muertes de músicos que fueron auténticos puntales de la música del S.XX. Recuerda Nyman que comenzó a escribir la pieza en Japón el 29 de septiembre de 1991 y que anotó en la partitura una noticia que acababa de ver en la televisión del hotel: “A las 8:30 horas de la mañana de ayer falleció el músico Miles Davis”. Nyman dejó la pieza apartada un tiempo mientras trabajaba en otras obras, retomándola de cuando en cuando y en julio de 1992 hizo otra anotación mortuoria “Buenos Aires, 4 de julio. Fallece Astor Piazzolla”. Nyman concluyó la pieza, que era un encargo del grupo de metales “London Brass”, el 12 de agosto de 1992. Al día siguiente, leyó en el periódico que acababa de morir John Cage, quizá en el mismo momento en que Nyman daba por terminada la pieza un día antes. Quiso la casualidad que el músico no hubiera decidido aún el título de la obra (estaba considerando el de “Canons, chorales and waltzes” pero no le convencía del todo) y aprovechó el acontecimiento para dedicársela al que fue, en palabras del propio Nyman: “el mayor y más revolucionario pensador musical del siglo”. En lo musical, estamos ante nuestra pieza favorita del disco. Se abre como una especie de caótica fanfarria que dura casi dos minutos en la que se mezclan todos los integrantes de London Brass. A partir de ahí, se silencian algunos instrumentos y comenzamos a escuchar tímidas líneas melódicas que van apareciendo con timidez en un ambiente mucho más calmado. Surge entonces la tuba marcando un ritmo casi de rock’n’roll apoyada por lo que parece configurarse como una improvisada sección rítmica. Es el primer apunte de lo que ocurrirá al final pero pronto se diluye en otro pasaje relajado y lírico. En esa alternancia de momentos casi frenéticos con otros llenos de calma vamos acercándonos a la parte principal de la obra de la mano de la trompeta que va esbozando retazos de una melodía cada vez más evidente y que hace acto de presencia poco después cuando se combina el ritmo rock de la tuba, los trombones etc. con la propia trompeta regalándonos un momento especialmente brillante digno del mejor Nyman. Desde ahí hasta el final volvemos a combinar secuencias eufóricas con otras más pausadas sin nada especialmente reseñable.


Si algo bueno tuvo el éxito de “El Piano” fue que permitió que pudiéramos acceder a obras de Nyman que, en aquel momento, no habrían tenido mucha salida comercial. Afortunadamente, hoy en día y gracias a la independencia alcanzada por éste y otros músicos (y, por qué no decirlo, gracias a internet), todo aquello que el artista considera adecuado publicar, termina llegando a sus seguidores sin tener que superar sesudos estudios de mercado y opiniones de los expertos de las discográficas. Hoy lo vemos normal pero no era así hace 20 años. Sabéis que siempre hemos recomendado prestar atención al Michael Nyman que existe al margen de las bandas sonoras por lo que este disco no es una excepción. No es tan sencillo hoy encontrarlo pero se puede adquirir aquí:



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