miércoles, 1 de octubre de 2014

U2 - The Joshua Tree (1987)



Algo más de 25 años después de la publicación de este disco, U2 son un grupo legendario que ha conseguido algo que sólo está al alcance de los muy grandes: decenas de grupos de éxito que suenan en las radios de todo el mundo en los últimos años suenan a U2. Forman ya parte de una dinastía del rock en la que sólo se encuentran nombres como los de los Rolling Stones, los Beatles, Pink Floyd, Led Zeppelin, Deep Purple, Queen, The Who, The Doors y pocas bandas más de gran calibre. Meses antes, sin embargo, esto no era así.

A pesar de haber publicado ya un puñado de trabajos interesantes con varios éxitos internacionales, la banda se encontraba en una especie de crisis de identidad. Sus giras por los Estados Unidos y los contactos con otros músicos de renombre habían hecho que apareciesen las dudas. En conversaciones con miembros de los Rolling Stones o con Bob Dylan, por ejemplo, éstos hablaban de las raíces de su música y de cómo era muy útil tenerlas presentes en los momentos de duda. Keith Richards hablaba del blues, Dylan del folk americano... y ¿a dónde podían remitirse los miembros de U2 en busca de inspiración? Los orígenes musicales de la banda estaban en el punk, algo que mediados ya los ochenta, no parecía una referencia demasiado prometedora. Esta especie de complejo de inferioridad frente a otros artistas “con raíces” hizo que Bono y compañía hicieran caso del consejo de Bob Dylan y buscasen sus raíces musicales en la tradición irlandesa y en el folk americano.

A decir verdad, ya con su anterior trabajo parecía que U2 buscaba un giro en su sonido, una evolución hacia algo diferente a lo que habían hecho en sus primeros tiempos. Si en aquel entonces optaron por buscar dos productores como Brian Eno y Daniel Lanois, sería lógico pensar que en su búsqueda de las raíces, en un cambio de sonido tan consciente como el que querían llevar a cabo con “The Joshua Tree”, seguirían probando con nuevos colaboradores que les ayudasen a conseguirlo. La apuesta, sorprendentemente, fue la contraria, es decir: repetir con Eno y Lanois. Intencionadamente o no, lo cierto es que esa decisión fue un acierto de esos que puede convertir una carrera simplemente interesante en otra gloriosa. A los productores se sumó como ingeniero de sonido Mark Ellis, más conocido como “Flood”, con una carrera interesante hasta ese momento colaborando con grupos de pop electrónico pero también con Nick Cave, trabajos estos últimos que llamaron la atención de la banda animándoles a contar con él en el nuevo disco.

Entre giras, grandes festivales y trabajo en el estudio, entre “The Unforgettable Fire” y “The Joshua Tree” transcurrieron nada menos que tres años, todo un mundo en el ambiente del rock y el pop pero la espera mereció la pena ya que el regreso de U2 fue por todo lo alto. Los textos, obra todos ellos de Bono, exploran la dualidad de sus sentimientos hacia los Estados Unidos. Por una parte, el rechazo a sus políticas en Latinoamérica (estamos en plena era Reagan) y por otra la admiración hacia sus paisajes (especialmente los espacios abiertos y los grandes desiertos) y los ideales que alumbraron su nacimiento como nación. Intervienen en el disco, al margen de la formación habitual de la banda, es decir: Bono (voz, guitarra, armónica), The Edge (guitarras, piano, voces), Adam Clayton (bajo) y Larry Mullen jr. (batería), Brian Eno (teclados y coros) y Daniel Lanois (percusiones, teclados, coros y guitarras).

Una de las varias imágenes icónicas del libreto del disco.


“Where the Streets Have No Name” – Un rumor electrónico sirve como introducción a unos acordes de órgano que no sino el comienzo de uno de los himnos más conocidos de la historia del rock en las últimas décadas. La guitarra de The Edge comienza a sonar, inconfundible, formando junto con batería y bajo una sección rítmica difícil de olvidar. Para cuando Bono comienza a cantar el oyente ya está hechizado sin remedio y no tiene más remedio que disfrutar hasta el final de una de las grandes canciones que nos ha dado la música moderna.



“I Still Haven’t Found What I’m Looking For” – Dudamos que haya muchos discos que comiencen con la brillantez de “The Joshua Tree” y es que la fantástica canción inicial enlaza con otra no menos magnífica y que ostenta, como aquella, la categoría de himno. De nuevo esas guitarras envolventes que fueron santo y seña del sonido de U2 en los años de su colaboración con el tándem Eno – Lanois suenan a lo largo de todo el corte, una balada épica llena de magia.

“With or Without You” – Como reza el tópico, no hay dos sin tres y el disco culmina un comienzo de leyenda con el tercer puñetazo directo al plexo solar. Un suave ritmo de batería convenientemente apoyado por el bajo sirve de pie para la guitarra “infinita” de The Edge que aprovecha ese invento tan del gusto de Daniel Lanois, por otra parte. Este hallazgo sonoro tan simple en apariencia sería el equivalente para los ochenta del “riff” que Robert Fripp creó para ese otro clásico que fue “Heroes” de David Bowie y la propia canción está a una altura similar salvando las distancias temporales. Evidentemente, los tres primeros cortes del disco fueron “single” alcanzando un éxito mundial y elevando al disco a la categoría de clásico desde su publicación.
     


“Bullet the Blue Sky” – El único problema que tiene un comienzo tan arrollador como el de “The Joshua Tree” es que, inevitablemente, el oyente tiene la sensación de que el nivel baja en lo que resta de disco. Ciertamente es así pero eso no quiere decir que lo que falta sea desechable. Comenzamos este tramo con una potente canción marcada por un oscuro fondo de bajo, deudor, quizá, del sonido de bandas como Joy Division. Bono combina la narración más o menos convencional con arrebatos de rabia muy acordes con el tono general del tema. Las guitarras incorporan un punto de acidez que no habían mostrado hasta ahora mostrando una variedad de recursos admirable en una banda de estas características.

“Running to Stand Still” – La exploración en músicas como el blues da sus frutos en los primeros instantes de esta suave balada en la que el piano hace acto de presencia por primera vez en el disco con un sonido ligeramente distorsionado que contribuye a reforzar esa idea de búsqueda de una tímbrica más desnuda, más auténtica, algo ciertamente tramposo puesto que el disco tiene un importantísimo trabajo en estudio que es de todo menos espontáneo.

“Red Hill Mining Town” – Otra muestra de ese rebuscar en las raíces que guía el espíritu de todo el disco la tenemos en esta canción en la que podemos escuchar, desde un cierto aire folk (no sólo americano sino también irlandés) mezclado con aires gospel. En cualquier otro disco de la banda, esta habría sido una de las canciones más destacadas pero en este queda relegada a un segundo plano. Hay varias canciones en discos posteriores que alcanzaron un gran éxito partiendo de premisas similares y que son inferiores a esta, en nuestra opinión.

“In God’s Country” – Volvemos con las guitarras envolventes y el bajo “à la Joy Division” omnipresente. La facilidad para construir buenos estribillos de la banda tiene aquí otro ejemplo en una canción potente que, sin ser de las imprescindibles, nos parece muy notable.

“Trip Through Your Wires” – Algo más forzado nos parece este blues con aires country (o irlandeses, que al fin y al cabo es el orígen de aquella música). A estas alturas el disco ya ha perdido mucho fuelle pero aún quedan algunas oportunidades para remontar el vuelo como veremos.

“One Tree Hill” – Vuelve el grupo a las esencias de los primeros cortes del álbum aunque sin llegar a los niveles de excelencia de aquellos. La canción está basada en unos pocos elementos muy simples, especialmente en las partes de guitarra pero sin demasiadas florituras se pueden construir canciones notables como en este caso.

“Exit” – Los primeros momentos del tema sólo nos muestran un lejano bajo pulsando una serie de notas mientras Bono canta en un segundo plano que poco a poco se va haciendo más presente hasta ocupar toda nuestra atención de la mano de las guitarras mas combativas de todo el disco. Quizá sea el tema más arriesgado del disco por lo que se aleja del resto y, desde luego, nos parece uno de los más interesantes.

“Mothers of the Dissapeared” – Como cierre, la banda nos deja un himno reivindicativo con origen en el contacto de Bono con las Madres de la Plaza de Mayo y grupos similares centroamericanos, afectados todos por el apoyo a las dictaduras en aquellas regiones de la administración norteamericana. La canción, como no podía ser de otra manera, es emocionante y contiene un cierto poso esperanzado.


Cuando hoy en día tantas bandas suenan como imitaciones de U2 es porque algo hicieron bien Bono y compañía en su momento. A la hora de hablar de la banda irlandesa en el blog, habíamos pensado hacerlo con un trabajo más afín a los estilos que por aquí tratamos como sería “Zooropa” pero “The Joshua Tree” es tan grande que creímos necesario empezar por él quedando el resto, quizá, para el futuro. Aquellos interesados en adquirir el trabajo, lo tienen a su disposición en los enlaces siguientes:

amazon.es

play.com

Nos despedimos con una versión en directo de "I'm Still Haven't Found What I'm Looking For":

 

domingo, 28 de septiembre de 2014

The Pat Metheny Group - Still Life (Talking) (1987)



Es curioso cómo en el mundo de la música existen discos que son capaces de crear auténticas facciones enfrentadas entre los fans de un artista en concreto (y usamos el término “fan” con toda la intención). Mientras que unos los consideran una obra maestra, los otros los tienen por auténticos sacrilegios que hacen que el músico en cuestión pase a la lista de los ignorados, aunque es habitual que un tiempo después esta situación se revierta (bien porque el fan cambia de opinión, bien porque el artista vuelve al redil). Ocurrió con “Bringing It All Back Home” de Bob Dylan, “Trans” de Neil Young, “You’re Under Arrest” de Miles Davis o “Achtung Baby” de U2.

El disco que hoy tenemos aquí podría formar parte también de esa lista. En su momento supuso una ruptura con la trayectoria anterior de su autor en muchos aspectos. El primero de ellos y quizá el que explica los demás, es la ruptura del músico con un sello como ECM. Ya hemos hablado en anteriores ocasiones de la editorial de Manfred Eicher, una fuente inagotable de buena música durante décadas cuyos discos tienen una pátina de calidad indiscutible aunque eso encierra también cuestiones algo más oscuras. Llegó un momento en que Pat Metheny, uno de los músicos estrella del sello, se cansó de algunas de las normas establecidas por Eicher y decidió abandonar la discográfica. Se habían producido cambios en la forma de pensar del guitarrista que, tras una estancia en Brasil se planteó un giro en su música, que incorporaría a partir de ese momento nuevos elementos latinos y eso requería la participación de más músicos y un proceso de creación, grabación y producción mucho más elaborado y cuidado. Ahí es donde se produce el choque con ECM, partidarios de un proceso de creación musical mucho más espontáneo y directo (se dice que los artistas disponían de dos días para grabar y de un tercero para realizar los retoques necesarios sobre la grabación y que esto no era negociable). Metheny no asumió esas condiciones y abandonó el sello tras publicar “First Circle” en 1984 para firmar con Geffen tras un par de trabajos muy concretos con otros sellos.

Para el nuevo disco, titulado “Still Life (Talking)”, el Pat Metheny Group iba a experimentar una ampliación incorporando a los habituales Lyle Mays (teclados), Steve Rodby (bajo, percusión), Pedro Aznar (voz, percusiones, guitarras) y Paul Wertico (batería, percusión) las voces y la percusión de Armando Marçal. La ausencia por cuestiones de agenda (era un músico muy solicitado en aquel entonces) de Pedro Aznar fue reemplazada de modo puntual en este disco por las voces de Mark Ledford y David Blamires.

Portada del single de "Last Train Home"


“Minuano (six eight)” – El disco da comienzo con una pieza escrita a dúo por Metheny y Lyle Mays, lo que queda en evidencia en el momento en que escuchamos las armonías vocales de los primeros instantes que hacen las veces de introducción hasta la entrada de la sección rítmica, perfectamente construida de manera que va creciendo de forma paralela al resto de la pieza. Es indudable que Lito Vitale aprendió mucho de la forma de componer de Mays y cualquier seguidor del argentino reconocerá en muchos fragmentos de esta pieza las bases de gran parte de la obra del músico en los años posteriores. Volviendo a la composición, en ella escuchamos una versión de Metheny reconocible para sus seguidores pero enriquecida con un montón de elementos nuevos que llevan su música a otra dimensión. En la parte final escuchamos una preciosa sección con el protagonismo de los teclados de Mays absolutamente rompedora que nos deja con muchas ganas de escucharla evolucionar durante más tiempo del que lo hace antes de regresar al tema central, de claro aire brasileño.



“So May it Secretly Begin” – Aunque la guitarra sigue siendo la principal protagonista, la aparición de una sección de cuerda (suponemos que sintética, ya que no aparece acreditada en el disco) revela el cambio que estaba experimentando el sonido de la banda. El toque latino sigue muy presente, especialmente en el piano y la guitarra acústica aunque quizá apreciamos una cierta falta de músculo en una pieza que en momentos suena peligrosamente cercana al “smooth jazz”.

“Last Train Home” – Llegamos al punto culminante del álbum. La pieza que elevó a Metheny a los altares, que saltó del disco a las sintonías de televisión y radio haciendo que prácticamente todo el mundo esboce un gesto de reconocimiento cuando comienza a sonar el metronómico ritmo de las escobillas de Paul Wertico instantes antes de que la guitarra-sitar de Metheny comience a ejecutar una melodía inolvidable. A partir de ahí, todo es magia y la banda se conjunta de manera impecable a partir, especialmente, de los elegantes teclados de un Mays en estado de gracia. Una obra maestra sin paliativos que se iba a convertir en un clásico instantáneo.



“(It’s Just) Talk” – De nuevo Brasil se hace presente en el disco empapando toda la sección rítmica de un tema en el que, de nuevo, las voces tienen un protagonismo importantísimo. Más allá de eso, la pieza nos muestra al Metheny más conocido en plena transición aún hacia ese nuevo sonido con influencias del sur que culminaría un poco después en su disco “Secret Story”.

“Third Wind” – Segunda pieza escrita por Metheny y Mays en el disco y, sin duda, la más frenética del mismo con un ritmo desatado desde el comienzo que convierte a sus protagonistas principales (Paul Wertico y Armando Marçal) en las auténticas estrellas del tema. Metheny, a pesar de la altura de alguno de sus solos, no es sino un acompañante de lujo. Steve Rodby, muy contenido durante todo el disco, hace aquí también una labor impresionante.

“Distance” – Lyle Mays firma en solitario la pieza más breve del disco. Se trata de un interludio electrónico más cercano al “ambient” y a la música clásica más vanguardista que al jazz por lo que su inclusión en el disco choca bastante al no terminar de encajar con la filosofía de este aunque tomada de modo aislado es una composición notable.

“In Her Family” – Cerrando el trabajo encontramos un tema íntimo en el que la guitarra acústica se da la mano con el piano para construir una pieza casi impresionista de esas con las que Metheny nos obsequia de cuando en cuando. Mientras avanza el tema se van incorporando distintos elementos como una suave percusión y algunos sonidos de cuerdas muy evocadores.

Cuando apareció el siguiente disco del Pat Metheny Group, “Letter from Home”, se habló de que cerraba la trilogía latina iniciada con “First Circle” y de la que el disco que hoy hemos comentado sería el segundo volumen. Lo cierto es que esto no iba a suponer un regreso al Metheny anterior tras la publicación de aquel disco ya que la mayoría de los elementos que se habían incorporado a la paleta sonora del guitarrista iban a permanecer en su música prácticamente hasta nuestros días. “Still Life (Talking)” es un gran disco que no podemos dejar de recomendar y una pieza de la categoría de “Last Train Home” debería estar en la discoteca de todo melómano que se precie. En su momento, como comentamos al principio, el trabajo suscitó cierta polémica entre los fans que consideraron que Metheny había "dulcificado" su sonido con la intención de vender más discos y hubo muchos de ellos que se bajaron del barco considerándose en cierto modo traicionados. Al mismo tiempo y a partir de la popularidad alcanzada por el single "Last Train Home", muchos otros aficionados se sumaron a la lista de seguidores del guitarrista en adelante. Sin entrar en demasiadas discusiones, ya que a nosotros nos gustan tanto el "nuevo" Metheny como el anterior, escogemos disfrutar de toda su música sin complejos. Aquellos interesados en hacerse con el disco lo pueden adquirir en los enlaces de costumbre.


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Nos despedimos con una rara actuación del grupo en la RAI interpretando "(It's Just) Talk" en directo:


miércoles, 24 de septiembre de 2014

Mike Oldfield - Five Miles Out (1982)



El número cuatro tiene algo especial, casi místico, que hace que en multitud de ocasiones sea ésta la cifra utilizada para elaborar categorías cerradas que se comportan como verdades absolutas. Así, tenemos tierra, aire, fuego y agua como los cuatro elementos naturales de la antigüedad, las cuatro estaciones, los cuatro puntos cardinales, los cuatro jinetes del Apocalipsis o los cuatro evangelistas. Sin embargo, muchas veces las personas son inconformistas a este respecto y buscan algo más. El cuatro les parece limitado y comienza la búsqueda del “quinto Beatle”, el “quinto estado de la materia” etc.

En la discografía de Mike Oldfield ocurre algo similar. Casi todo el mundo coincide en señalar a los cuatro primeros trabajos, es decir, a “Tubular Bells”, “Hergest Ridge”, “Ommadawn” e “Incantations” como los cuatro grandes momentos de su obra. Nosotros, puntillosos como somos, solíamos añadir a la lista un quinto disco que es, precisamente, del que vamos a hablar hoy aquí: “Five Miles Out”.

Tras la gira que dio lugar al disco en directo “Exposed”, Oldfield fue reduciendo el número de músicos que le acompañarían en el escenario de forma paulatina. Una decisión, en apariencia tan simple, iba a tener un peso insospechado en el disco que hoy comentamos por varias razones mucho menos evidentes de lo que cabía esperar. El hecho de trabajar con una banda más pequeña propició que de forma casi inadvertida, Oldfield y sus músicos comenzasen a funcionar efectivamente como un grupo al uso en el que todos podían aportar sus propias ideas a cada canción así que, si bien el nucleo creativo seguía siendo Mike, hay muchos aportes por parte del resto de participantes en el trabajo. Una consecuencia menos previsible del funcionamiento del grupo a una escala más pequeña tenía que ver con la logística de los viajes. Al ser una banda más manejable, determinados trayectos podían hacerse en pequeños aviones y en uno de ellos tuvo lugar la traumática experiencia que dio lugar al tema central del disco y, por extensión, a todo el trabajo. Durante un vuelo entre San Sebastián y Barcelona, la banda, transportada en una avioneta de hélices en lo que era prácticamente el bautizo aéreo de un joven piloto, se vio en medio de una tormenta angustiosa. En la hora escasa que duró la travesía, Oldfield y sus compañeros llegaron a pensar que no saldrían vivos de allí en varias ocasiones. Cuando aterrizaron en su destino, supieron que todo el tráfico aéreo de la zona de los Pirineos había sido suspendido en las horas precedentes por el grave riesgo de tormentas.

Oldfield, aficionado a su vez a la aeronáutica, se obsesionó con escribir una canción que reflejase todo lo vivido en aquel viaje y de ahí, pronto se pasó a un disco entero. Un disco que devolvería al músico a los primeros puestos de las listas tras un cierto bajón sufrido con “Platinum” y “QE2”. La banda que grabaría el disco estaba integrada por Maggie Reilly (voz), Morris Pert (percusión y teclados), Tim Cross (teclados), Rick Fenn (guitarras) y Mike Frye (percusión). Oldfield, por su parte, interpreta guitarras, bajo, teclados y canta a través de un “vocoder” en momentos puntuales. Como atractivo especial en algunos de los temas aparecen como invitados el gaitero Paddy Moloney, el batería Carl Palmer o el también batería Graham Broad.

Interior de la carpeta del vinilo con el esquema de una de las piezas del disco.


“Taurus II” – El disco seguía el estilo apuntado en “Platinum” un tiempo antes con una larga “suite” en una cara y temas cortos en la otra. El largo instrumental es una evolución de algunas ideas apuntadas en “Taurus” del disco “QE2” pero ampliadas y complementadas con muchas otras de nuevo cuño. Abre la pieza un poderoso “riff” de guitarra que se repetirá en varias ocasiones. Tras la introducción y un breve tarareado a cargo de Maggie Reilly entramos en una segunda parte tremendamente excitante con los teclados (fundamentalmente el “sampler” Fairlight) ejecutando una melodía de lo más interesante. Es de destacar el excepcional trabajo de las percusiones, absolutamente dominantes a lo largo de toda la suite. La inconfundible guitarra de Oldfield reclama su lugar algo después entre “samples” de metales y ritmos desaforados que culminan con un nuevo giro argumental que nos remite a los mejores tiempos de los cuatro primeros discos del músico. Una serie de intervenciones de guitarra van preparando el ambiente para la intervención estelar de Paddy Moloney con un magnífico solo de gaita irlandesa acompañado de una percusión muy sencilla, “samples” de acordeón y voces. Poco a poco se incorpora el bajo y unas percusiones más rotundas que anuncian la entrada en otro segmento de la suite. Escuchamos entonces a Maggie Reilly intepretar una cancioncilla deliciosa titulada “The Deep Deep Sound”. A su conclusión volvemos a escuchar los clásicos sonidos del “Fairlight” repitiendo la misma melodía antes de asistir al enésimo cambio. Una especie de coro electrónico interpreta una serie de melodías en un tono muy bajo sobre una batería que parece imitar el latido de un corazón. Más “samples” de metales (al estilo de algunos fragmentos de “Platinum” refuerzan la pieza desembocando todo en una especie de canción de cuna, como sacada de una cajita de música, que dará pie a la segunda gran intervención de Moloney y sus “uilleann pipes” que se alterna con la guitarra de Oldfield y los típicos sonidos de flautas del omnipresente “Fairlight”. Como aparente cierre de la suite, escuchamos otra breve canción a ritmo de música disco realmente sorprendente a estas alturas pero que funciona a la perfección. Sin embargo, parece que Oldfield no quedó satisfecho con ese final y prolongó algo más la pieza con un contundente instrumental rockero lleno de energía en el que se iban a repasar algunas de las mejores ideas de todos los minutos anteriores.

“Family Man” – La batería marca un ritmo continuo sin contemplaciones al que responde la voz de Maggie Reilly anticipando la entrada de los teclados y la guitarra. Estamos ante una monumental canción pop que serviría a Oldfield para triunfar en los Estados Unidos aunque no en esta versión sino en la del dúo Hall & Oates unos meses después. El talento de Mike como escritor de canciones iba a quedar más que claro en este tema que, sin lograr la fama de otros posteriores, queda como uno de sus mayores logros en este campo. Imprescindible.



“Orabidoo” – Ya habíamos escuchado algún retazo de tema de “cajita de música” en determinados momentos de “Taurus II” pero el delicado comienzo de este corte es aún superior. Con un suave acompañamiento de guitarra y una serie de sonidos electrónicos, Oldfield compone una auténtica joya que justificaría por sí sola todo el tema pero que resulta ser sólo la introducción. Tras ese maravilloso comienzo aparece la voz electrónica de Oldfield y una fantástica batería que ejerce como un instrumento más en la pieza y no como un simple elemento rítmico. Maggie se incorpora a los coros así como la guitarra y el bajo enriqueciendo aún más una canción que es considerada por muchos como una de las mejores composiciones de Oldfield aún hoy. El ensalmo se rompe con una serie de citas de la melodía central de “Taurus II” al órgano, al piano, con diferentes instrumentos “sampleados” sucesivamente para desembocar en un segmento de gran animación y espíritu rockero. El cierre lo pone otra sección de aire folk en la que se diría que la guitarra de Oldfield quisiera emular a la gaita de Moloney antes de pasar a un momento épico de esos que tan bien le quedan a su autor con el que concluye el tema. A modo de coda, escuchamos la breve canción “Ireland’s Eye” a cargo de Maggie y Oldfield quien acompaña con la guitarra acústica.

“Mount Teidi” – Otro magnífico instrumental nos acerca al final del disco. Destacan especialmente las percusiones de Carl Palmer, tocando al unísono con cada nota de la melodía principal durante toda la primera parte. Los teclados van ganando en intensidad con cada repetición del motivo principal hasta que llegamos a la melodía central de la pieza, una tonada excepcional que hace las veces de enlace con la recuperación del tema inicial en un continuo “in crescendo” lleno de belleza. El tema está dedicado, obviamente, al Teide, volcán que Oldfield visitó cuando acudió a ver a Palmer que en aquel entonces residía en Tenerife.

“Five Miles Out” – Parecía difícil mejorar a estas alturas lo que había sonado en el resto del disco pero, a nuestro juício, Oldfield lo consigue con una canción que, si bien, no es de las más exitosas de su repertorio, en nuestra opinión es la mejor o le anda muy cerca. Es muy complicado reunir en apenas cuatro minutos tal cantidad de giros, variaciones y temas diferentes sin caer en el caos más absoluto. Sin embargo, Oldfield lo logra con creces y nos permite escuchar breves citas de “Tubular Bells” o “Taurus II” junto con momentos estremecedores de Maggie Reilly, unos teclados impresionantes, percusiones que rozan la perfección, voces electrónicas, ritmos cambiantes. Un catálogo de música en cuatro minutos que es difícilmente mejorable en el que el músico repasa el turbulento viaje de avión al que aludíamos en el comienzo. No se puede pedir más como cierre de un disco que, a nuestro juicio, es un clásico.



Las ventas acompañaron a “Five Miles Out” algo más que a sus inmediatos predecesores pero, además de eso, iluminaron un nuevo camino para Oldfield como músico “pop” cuya máxima expresión llegaría en sus próximos trabajos comenzando por el ya comentado en el blog: “Crises”.

Gracias a la reciente y exhaustiva reedición que está acometiendo Oldfield de lo más interesante de su discografía, hoy podemos encontrar varias versiones diferentes del disco a cual más interesante. Os dejamos algunos enlaces donde adquirir la más sencilla de ellas.

amazon.es

rakuten.es (disco100)

Nos despedimos con un extracto de "Taurus II" en directo en el festival de Roskilde.