lunes, 29 de abril de 2019

Pat Metheny - Trío 99-00 (2000)



A la hora de enfrentarse a la carrera de Pat Metheny, un enfoque cronológico, que puede servir con la mayoría de los artistas, sería con toda probabilidad erróneo. Y esto es así porque el guitarrista gusta de cambiar continuamente de estilo, de cambiar de un jazz clásico a uno mucho más vanguardista, de discos con su grupo volcados en sonidos y ritmos latinos a trabajos en solitario absolutamente rompedores, de formatos eléctricos a discos intimistas y acústicos. Una búsqueda continua del cambio que hace muy difícil que un disco suene parecido al anterior.

De uno de esos vaivenes surgió el disco que comentamos hoy aquí. Se trata de “Trio 99-00”, el testimonio de una serie de sesiones de estudio de Metheny en compañía de Larry Grenadier y Bill Stewart. Se diría que en las etapas de cambio, el guitarrista norteamericano se refugia en el formato de trío. Lo hizo con “Rejoicing” cuando estaba fraguándose su salida del sello ECM y grabó ese disco en compañía de Charlie Haden y Billy Higgins y lo volvió a hacer con “Question and Answer” a modo de descanso en una de las etapas de mayor éxito del Pat Metheny Group, esta vez junto a Dave Holland y Roy Haynes. Exactamente lo mismo ocurrió en 1999. Metheny acababa de terminar una extensa gira con su grupo tras publicar uno de nuestros discos predilectos de la banda: “Imaginary Day” y decidió regresar al formato de trío tomando prestado al contrabajista Larry Grenadier del grupo de Brad Mehldau y al batería Brian Blade de la banda de Joshua Redman. Juntos dieron algunos conciertos pero Blade no pudo continuar con ellos, siendo sustituído por Bill Stewart, quien ya había coincidido anteriormente con Metheny en el disco que éste grabó con John Scofield titulado “I Can See Your House from Here”.

Después de varios conciertos juntos, el trío se metió un par de días en el estudio de grabación consiguiendo unas cuantas horas de material. Tras unas semanas en las que se desentendieron del tema, se volvieron a reunir para escuchar aquello y hacer la selección de lo mejor de las sesiones para el disco. La mayoría de las piezas eran composiciones originales de Metheny para la ocasión pero no faltaban algunos clásicos del “jazz”, temas antiguos del Pat Metheny Group e incluso algún estándar olvidado.

Metheny, Stewart y Grenadier en directo.


“(Go) Get It” - El comienzo viene marcado por la introducción de Bill Stewart a la batería pero en apenas unos instantes es Metheny el que toma las riendas con un solo espectacular que, de hecho, le valdría el “Grammy” del año 2000 precisamente en esa categoría (la de mejor solo instrumental de jazz) por lo que poco más podemos añadir. Grenadier está de lo más eficaz en el contrabajo sin perder en ningún momento el rastro de un Metheny imperial. Un comienzo inmejorable.




“Giant Steps” - ¿Cómo concentrar la esencia de Metheny en un sólo corte? Si este no lo lo logra se queda muy cerca porque tenemos uno de los mayores hitos de la historia del “jazz” (el “Giant Steps” de Coltrane) interpretado a la guitarra pero con un ritmo de “bossa nova” que lo hace casi irreconocible en mucho momentos. Precioso.

“Just Like the Day” - Empuña Metheny aquí la guitarra acústica para ofrecernos una magnífica melodía con el regusto de los mejores discos del Pat Metheny Group. Todo delicadeza que gana mucho, además, con el sutil acompañamiento de Grenadier y esa batería que está por todas partes pero que no estorba nunca. El trío funcionando a un nivel altísimo.

“Soul Cowboy” - De las intimidades del Metheny más inspirado pasamos a un espectacular blues lento del que no sabríamos con qué interpretación quedarnos porque los tres artistas dan un auténtico recital. Destacamos en todo caso a un Bill Stewart superlativo en todo momento.




“The Sun In Montreal” - Una de esas piezas que todo músico tiene por ahí guardada. En el caso de Metheny es una composición en la que empezó a trabajar incluso antes de crear el Pat Metheny Group a mediados de los setenta pero que nunca decidió dar por terminada hasta ahora. Para los amantes de la música del guitarrista es una verdadera delicia.

“Capricorn” - En 1967 Miles Davis publicó “Water Babies”, un disco compuesto, salvo uno de los temas, por Wayne Shorter, el saxofonista de su banda en aquel momento. En realidad no se trataba de un disco como tal sino de un trabajo publicado por su discográfica en un momento en el que Davis estaba semi-retirado y el material procedía en su mayoría de las sesiones de grabación de sus anteriores trabajos. Un par de años más tarde el propio Shorter regrabaría bajo su propio nombre todas estas piezas en el disco “Super Nova”. “Capricorn”, como señala en los comentarios del disco,  es uno de los temas favoritos de Metheny que hace aquí una versión acertadísima.

“We Had a Sister” - Metheny participó en 1993 en “Wish”, disco de Joshua Redman en el que colaboraban también Charlie Haden y Billy Higgins. Además de tocar, Metheny aportaba un par de composiciones al trabajo. Esta es una de ellas que aquí escuchamos en una sutil versión a la guitarra acústica de la que poco se puede decir. Es muy difícil que un trío de músicos suene tan homogéneo e integrado como lo hacen aquí el guitarrista y sus acompañantes.

“What Do You Want?” - Volvemos a los registros del “jazz” más clásico con esta veloz pieza que contentará hasta a los más puristas. Aquellos que le dieron la espalda a Metheny cuando abandonó el sello ECM para adentrarse en otros estilos.

“A Lot of Livin' to Do” - No falta en el disco un “estándar”, en este caso procedente del musical de 1958 “Bye Bye Birdie. La canción, escrita por Charles Strouse llevaba una letra de Lee Adams que aquí, lógicamente, está ausente. En todo caso, Metheny se lo lleva inmediatamente a su terreno de forma que sólo aquellos oyentes que conozcan el original repararán en que no es una pieza de Metheny.

“Lone Jack” - Los dos últimos cortes del disco son dos piezas clásicas de la discografía del Pat Metheny Group. La primera de ellas pertenece al disco de debut de la formación publicado en 1978 y la escuchamos en una versión más rápida que la original y con un ritmo cambiante que hace de cada compás un nuevo desafío. Escuchamos aquí el único solo de batería del disco y, aunque no los habíamos echado en falta hasta ahora, Stewart nos deja con las ganas de que se hubiera prodigado algo más.




“Travels” - El cierre lo pone el tema que daba título al disco “Travels” de 1983. Una balada preciosa que en ese formato acústico se disfruta de una forma muy diferente al original. Un colofón de lujo para un disco que no debería pasar desapercibido.

Sabemos que Metheny es un músico controvertido que tiene una legión de detractores surgidos principalmente de entre aquellos que le más le admiraron en sus inicios. Sería absurdo negar que su cambio de estilo de finales de los años ochenta le ayudó a alcanzar una mayor popularidad y con ello, a ganar mucho más dinero pero también sería injusto no reconocer que, de forma paralela a ese tipo de trabajos (que por otra parte, cuesta calificar como “comerciales” porque no lo son), Metheny no ha descuidado su faceta más clásica de “jazzman” y ha seguido publicando discos más ajustados a los estándares del género. “Trio 99-00” sería un ejemplo perfecto de esto que decimos y una vía para la reconciliación con el artista por parte de aquellos que dejaron de prestarle atención. Os dejamos con una muestra de lo que era capaz el trío en directo:


martes, 23 de abril de 2019

Jeroen Van Veen - Preisner Piano Music (2018)



El pianista holandés Jeroen Van Veen continúa con su labor de incorporar a compositores actuales al catálogo del sello Brilliant Classics a través de sus interpretaciones de obras para piano. Ese trabajo que empezó años atrás con varios extensos volúmenes dedicados a autores minimalistas se fue ampliando en tiempos más recientes con otros creadores más alejados del núcleo duro del género como Einaudi, Tiersen, Richter, Pärt o Yiruma. Dentro de esa apertura entraría el disco que hoy traemos al blog en el que que Van Veen se sumerge en la obra para piano del polaco Zbigniew Preisner.

Desde el comienzo de su carrera, la música de Preisner estuvo ligada al cine del director Krzysztof Kieslowski de la mano del que llegó su reconocimiento internacional, especialmente gracias a la trilogía de películas “Azul”, “Blanco” y “Rojo”. Tras el temprano fallecimiento de Kieslowski en 1996, Preisner trabajó con multitud de directores pero nunca alcanzó la relevancia que obtuvo en esa etapa. La producción musical del compositor al margen del cine no ha sido demasiado extensa pero tampoco es desdeñable aunque en su gran mayoría se ha centrado en piezas orquestales, a veces con la participación de cantantes solistas como la antigua vocalista de Madredeus, Teresa Salgueiro, o Lisa Gerrard. Como curiosidad, en los últimos años Preisner ha tenido una interesante asociación con el guitarrista de Pink Floyd, David Gilmour, encargándose de los arreglos orquestales de sus dos últimos discos de estudio así como de sus conciertos.

El disco de Van Veen se titula “Piano Music” aunque no recopila estrictamente la obra para piano de Preisner ya que para ello, en la fecha en la que se publicó, sobraría uno de los discos. El compositor polaco sólo escribió un puñado de obras para piano que aparecieron recopiladas en el disco “Ten Easy Pieces for Piano” en 1999 por lo que Van Veen, además de dedicarle a esa obra el primero de los dos discos del trabajo, lo completa con un segundo CD en el que interpreta arreglos para piano de algunos fragmentos de las bandas sonoras más conocidas de Preisner. Hace apenas un mes apareció “Twilight”, el segundo disco de piano escrito por el autor polaco pero lógicamente, ninguna de esas piezas tiene cabida aquí ya que el trabajo de Van Veen fue grabado a finales de 2017 y se publicó en 2018.



El primero de los dos discos recoge la obra “10 Easy Pieces for Piano” que Preisner publicó en 1999 con Leszek Mozdzer como intéprete. Lo abre “To See More”, una alegre y dinámica pieza que cuenta, además, con una muy inspirada melodía que nos recuerda mucho el estilo cercano al folk del George Winston de los años ochenta. Continúa con “The Art of Flying”, igualmente dinámica aunque con un carácter algo más serio. Curiosamente sigue teniendo similitudes con muchas piezas de pianistas que en su día fueron circunscritos al campo de la “new age” como Michael Jones o Ira Stein. El siguiente corte es “A Good Morning Melody”, una composición mucho más pausada y meditativa en la que la melodía va surgiendo lentamente de forma que casi ni nos damos cuenta. Es una pieza bellísima, probablemente de las más bellas del álbum.


 


“Meditation” continúa en una línea similar, quizá con un punto extra de melancolía y un tono ligeramente más clasicista que las composiciones anteriores. “Talking to Myself” comienza con un tono oscuro que enseguida se intercala con arpegios más brillantes aunque nunca abandona del todo esa sensación inicial. El tema central es triste pero muy bello y recuerda en algún momento a la banda sonora que Preisner compuso para “Azul”. “About Passing” es, probablemente, la pieza más ambiciosa del trabajo con un comienzo casi furioso que desemboca en una melodía maravillosa transcurridos los dos primeros minutos. Una auténtica joya a reivindicar. Tras ella llega “Farewell”, un tema muy melódico con trazas de himno que vuelve a recordarnos a los anteriormente citados Winston o Jones. “A Tune A Day” es un tango (ritmo muy habitual en la obra de Preisner) vivaz y juguetón sin demasiadas pretensiones que nos lleva a la pieza más larga de todo el trabajo: “Greetings from Pamalican”. Es un corte que casi podríamos calificar de ambiental, especialmente en sus primeros minutos. A partir de ahí comienza a evolucionar aunque siempre teniendo presentes las pinceladas melódicas de su introducción. El tema central podría pasar por una variación del tema central de “Merry Christmas Mr.Lawrence” de  Ryuichi Sakamoto aunque más adelante la composición deriva por derroteros muy diferentes. Cerrando el disco tenemos “A Good Night Melody”, una versión de la anterior “A Good Morning Melody” en un tono más tranquilo si cabe como correspondería a la despedida del día.

El segundo disco recoge, como dijimos antes, piezas para piano y arreglos de otras orquestales procedentes de diferentes bandas sonoras del autor con amplia presencia de sus trabajos junto con Kieslowski. Comienza con “Marionettes” una pieza correspondiente a “La Double Vie de Veronique” (1991) que es también una de nuestras favoritas de toda la producción de Preisner.


 


De ahí pasamos al tema central de “Aberdeen” (2000), película dirigida por Hans Petter Moland, para seguir con su tema homólogo en el film de Luis Malle, “Damage” (1992), una pieza vibrante y llena de tensión. Tras ellas encontramos una gran selección de composiciones extraídas de películas de Kieslowski: cuatro correspondientes al sexto capítulo de su serie “Dekalog” (1990) y dos más procedentes del noveno, incluyendo la icónica melodía titulada aquí como “Part 3”.


 


Todas ellas son piezas breves, de tono triste y bella factura. Regresamos entonces a “La Double Vie de Veronique” con dos extractos más de la obra antes de llegar otros dos cortes pertenecientes a la banda sonora de “Fairytale: a True Story” (1997), fábula dirigida por el británico Charles Sturridge, destacando el solemne “The Coming of the Queen”. “The Secret Garden” (1993), de la polaca Agnieszka Holland es la última película que aparece aquí ajena a Kieslowski y lo hace con dos cortes, incluyendo el “orientalizado” tema principal de la película. De ahí hasta el final todo son composiciones creadas para la trilogía de los colores (“Bleu”, “Blanc” y “Rouge”), con especial preponderancia del primer volumen, “Bleu” que, con toda probabilidad, es la obra magna de Preisner. Esto puede tener que ver con el propio argumento de la película que habla del fallecimiento de un compositor y de la situación en la que queda su viuda de quien se insinúa que puede ser, en realidad, la autora de buena parte de la obra de este.





Zbigniew Preisner estudió Historia y Filosofía pero no música. Es, por tanto, uno de esos raros casos de compositor autodidacta que han llegado a lo más alto y es probable que esa ausencia de formación reglada tenga que ver con su peculiar estilo a la hora de orquestar sus composiciones, algo que siempre nos llamó la atención desde que escuchamos su banda sonora para “Bleu”. La etapa en la que formó pareja artística con Kieslowski fue una maravilla y estuvo llena de guiños que interconectaban todas sus películas. Ambos eran grandes admiradores de la cultura neerlandesa y decidieron inventarse un compositor olvidado de esa nacionalidad: Van Den Budenmayer, que vivió en el S.XVIII cayendo en el olvido después. Tanto en el “Dekalog” como en “La Double Vie de Veronique” y en la “trilogía de los colores”, el dúo formado por el director y el compositor “rescata” diferentes piezas del músico que pasan a formar parte de las bandas sonoras (incluso en una escena de “Rouge” aparece un retrato del supuesto compositor).

La obra publicada de Preisner tiene bastantes carencias aún. Una veintena de bandas sonoras no han sido publicadas en forma de disco (sólo fragmentos sueltos que han formado parte de algún concierto). Sí lo han sido, afortunadamente, 25 de ellas y, además, existe otra decena larga de discos grabados al margen de la música para el cine y la televisión que ofrecen mucho donde buscar si el lector tiene suficiente curiosidad. Sin ser el piano el instrumento más empleado por el compositor polaco, creemos que este disco no es una mala forma de acercarse a su obra.

Como despedida os dejamos la versión original de "Song for the Unification of Europe". Quizá, la pieza más conocida de Preisner.


lunes, 15 de abril de 2019

John Adams - City Noir (2014)



Poco a poco y sin hacer ruido (y esto último lo decimos tanto en sentido literal como figurado), John Adams se ha hecho un hueco entre los compositores más importantes de nuestros días. En febrero de este mismo año recibió el prestigioso Premio Erasmus que viene otorgándose anualmente desde 1958 a personalidades destacadas en cualquier campo que hayan hecho una aportación importante a la cultura y a la sociedad europeas y del resto del mundo. Adams es el tercer compositor, tras Olivier Messiaen y Mauricio Kagel que se hace acreedor de esta distinción.

Lo interesante del caso de Adams es que no ha sido precisamente un músico rompedor. No ha inventado ningún género, no ha revolucionado el panorama de su tiempo ni siquiera es un miembro destacado de un movimiento novedoso de esos que pasan directamente a los libros de texto. De hecho, en sus comienzos se le quiso incluir en una especie de segunda avanzadilla del minimalismo norteamericano pero pronto se desmarcó del mismo con obras que no tenían ninguno de los elementos característicos del género. Es innegable que algunas de sus composiciones de esa primera época eran deudoras tanto de la obra de Reich como de la de Glass pero enseguida iba a buscar otros caminos.

Una de las diferencias más notables con respecto a sus contemporáneos era el uso de formaciones instrumentales “convencionales”. Mientras las vanguardias de los años sesenta y setenta optaban por instrumentaciones novedosas, con importante presencia de los vientos y los teclados en detrimento de las cuerdas y el uso de nuevos recursos como los sintetizadores y demás aparatos electrónicos, Adams vuelve a la orquesta como principal medio de expresión. Hay obras para piano, piezas electrónicas y música de cámara en su producción inicial pero si hay algo que caracteriza la música de Adams, mirada en conjunto, es su obra sinfónica y las grandes óperas y oratorios. En todas ellas, además de recuperar esa tradición orquestal, incorpora influencias de los dos grandes movimientos del siglo XX en la música popular: el jazz y el rock.

El disco que traemos hoy aquí contiene dos muestras del John Adams más reciente: una obra sinfónica y un concierto. La primera de ellas fue un encargo de la Orquestra Filarmónica de Los Ángeles que acababa de incorporar a Gustavo Dudamel como director. Adams quiso hace una especie de homenaje a Los Ángeles y lo hizo centrándose en el concepto de “noir” entendiendo como tal el género cinematográfico pero también las novelas de Raymond Chandler o la obra del fotógrafo Arthur Fellig, alias “Weegee”, famoso por sus fotos de crímenes obtenidas en Nueva York. De hecho, dos de sus instantáneas sirven de portada y contraportada del disco. El propio Adams define “City Noir” como una respuesta a la frustración que le suponía ver películas clásicas de cine negro: la música le parecía maravillosa y muy poderosa para centrar la atención del espectador en cada escena pero ningún tema musical duraba más de un minuto dejándole siempre con ganas de mas. “City Noir” pretendía ser “una banda sonora imaginaria de una película de cine negro que a la vez fuera tuviera la estructura formal de una auténtica sinfonía”. La segunda obra del programa es un concierto para saxofón. Adams siempre fue un gran admirador de ese instrumento y un gran seguidor de John Coltrane, Eric Dolphy o Wayne Shorter pero siempre echó de menos una mayor presencia el saxo en la música clásica, especialmente al ver que estaba plenamente instalado en otros géneros como el jazz, el pop o el soul. La primera versión de "City Noir" fue escrita en 2009 pero aquí comentamos la revisión de 2013 hecha por el propio Adams. Al final os dejaremos un video con la versión original de la obra.

John Adams



CITY NOIR

“The City and Its Double” - El comienzo del primer movimiento es vibrante con protagonismo de los metales y sufre un brusco frenazo tras unos pocos compases para entrar en un segmento en el que una vibrante batería jazzística acompaña las florituras del saxo. Aparecen entonces los metales marcando la transición hacia el siguiente sector. El músico explica el título del movimiento (la ciudad y su doble) como un contraste entre la ciudad que todos vemos en su actividad normal y su “doble”, la parte oscura, violenta, sensual y completamente diferente. Eso se refleja en la segunda mitad del movimiento, introducida por las cuerdas (muy cinematográficas) que poco a poco nos conducen hacia un frenesí sonoro con los metales al mando.




“The Song is for You” - El segundo movimiento es oscuro, con un comienzo muy pausado, largas notas serpenteantes nos llevan hasta un sinuoso solo de saxo como sacado de un “blues” lento. Sin embargo, todo sigue imbuido del aire pesado del inicio, con una atmósfera viciada. Más adelante vuelven a aparecer las trompetas y saxos hasta llevarnos a un final marcado por un melancólico solo de viola.

“Boulevard Night” - El último movimiento es, quizá, el que más identificamos con el estilo habitual de Adams, al menos en esos instantes iniciales a cargo de las cuerdas. La melodía de trompeta que entra a continuación nos sitúa de nuevo en un ambiente inequívocamente jazzístico. Esta atmósfera se rompe bruscamente cuando entramos en una sección llena de ritmo alimentada por las cuerdas. De nuevo el Adams más clásico de obras como  “Short Ride in a Fast Machine” se hace presente. El final está lleno de épica y ritmo como correspondería en el cine negro a la escena en la que se descubre toda la trama de la película.

SAXOPHONE CONCERTO

“Animato” - El concierto se divide en dos movimientos aunque en la presente edición el primero de ellos aparece separado en dos cortes distintos del CD, quizá por equilibrar la duración entre ambos ya que de los casi 28 minutos de duración de la obra, 22 corresponden a ese primer movimiento. No hay muchas sorpresas aquí. Adams habla en las notas del disco de su intención de que el saxo suene más americano en contraposición con el estilo francés en el que el intérprete ejecuta el instrumento con un vibrato rápido que lo aleja del sonido “jazzy” que busca para su obra. Timothy McAllister, el saxofonista del disco, hace una ejecución modélica de una partitura que, por otra parte, no llega a emocionarnos en exceso.




“Moderato” - La segunda parte del largo movimiento inicial es también la más interesante a nuestro juicio. El material melódico a cargo del saxo es muy inspirado y contribuye con acierto a la narrativa de la obra. El ambiente “noir” que tenía ya la primera composición del programa vuelve aquí a estar muy presente lo que nos habla del acierto por parte de “Nonesuch” al incluir en el disco dos obras con un encaje tan natural entre ellas.

“Molto Vivo” - El cierre del concierto es también el movimiento que más nos recuerda a las raíces minimalistas de Adams, más concretamente, a algunas obras de Steve Reich. La música es vibrante y el saxo ejecuta breves frases en rápida sucesión mientras el resto de la orquesta le da la réplica, unas veces imitando su recorrido, otras proponiendo melodías alternativas pero siempre subordinada a la acción del saxo. Un final interesante para una obra que cumple sin llegar a emocionar.


La grabación que hoy hemos comentado está interpretada por la St.Louis Symphony dirigida por David Robertson con Timothy McAllister como solista en el concierto para saxofón y es una más de las publicadas por el sello Nonesuch sobre la música de John Adams en los últimos años. Compositor y discográfica han formado un tandem realmente interesante que nos ha permitido disfrutar de la práctica integridad de la obra de Adams quien, recientemente, ha re-grabado varias de sus obras más representativas aprovechando su etapa como compositor residente de la Filarmónica de Berlín durante la temporada 2016/17. La caja está disponible a través del propio sello de la orquesta berlinesa.

Os dejamos con la versión original de "City Noir" dirigida por el propio John Adams en 2010.

 

lunes, 8 de abril de 2019

Dead Can Dance - Aion (1990)



Poco después de publicar “The Serpent's Egg”, Brendan Perry y Lisa Gerrard decidieron separarse. El dúo, que empezó como pareja musical, había pasado a serlo también en el apartado sentimental pero esa relación tocó a su fin tras lanzar el citado disco. Ambos artistas tenían unas personalidades extraordinariamente fuertes y llegó un momento en que decidieron terminar con la relación. La pareja abandonó Londres con destinos muy diferentes. Brendan Perry se trasladó al pueblo irlandés de Belturbet junto con Neph, su lebrel irlandés. Lisa, por su parte, regresó a Australia.

Pese a todo, ni la separación sentimental ni los miles de kilómetros de distancia entre ambos músicos iban a suponer el final de Dead Can Dance. El contacto entre ambos continuó siendo fluido y la colaboración musical iba a seguir muy viva, tanto es así que no tardaron en intercambiar ideas y en ponerse a trabajar en un nuevo disco que iba a suponer una mirada mucho más explícita a la música medieval y renacentista. En él se iban a mezclar muchas ideas procedentes de diferentes ámbitos: la pintura de El Bosco, textos de Luis de Góngora, danzas italianas, cantos prohibidos y el ya tradicional sonido de la banda para componer un trabajo fascinante que llevaría por título “Aion”. La portada del disco iba a ser un fragmento de “El jardín de las delicias”, obra del citado Hieronymus Bosch a la que la banda ya había hecho alguna referencia en el pasado cuando publicó un EP titulado “El jardín de las delicias arcanas”. La instrumentación del disco también iba a tener un enfoque inequívocamente medieval con la presencia de gaitas y de distintos tipos de viola da gamba en algunos cortes. En este aspecto, todo el peso recae de nuevo en el dúo Perry/Gerrard quienes, al margen de cantar, se encargan de prácticamente todos los instrumentos con la única excepción de los ya citados (la viola da gamba que interpretan Andrew, Lucy y Anne Robinson junto con Honor Carmody y las gaitas ejecutadas por Robert Perry) además del teclista John Bonnar. El contratenor David Navarro-Sust aparece en dos de los cortes.



“The Arrival and the Reunion” - El comienzo del trabajo es espectacular: la voz de Lisa Gerrard, casi a cappella, entonando un profundo canto al que pronto se suma Brendan Perry y distintas lineas vocales a cargo de la propia Lisa y David Sust. Apenas un toque de percusión aislado hace de acompañamiento para el dúo en una invocación que promete grandes cosas.

“Saltarello” - Continúa el trabajo con una interpretación verdaderamente arrebatadora de un “saltarello” anónimo del S.XIV. Gaitas, crótalos e instrumentos de cuerda se funden con programaciones rítmicas actuales en una danza espectacular y fascinante que nos mete de lleno en el universo medieval que Dead Can Dance van a recrear a lo largo de todo el disco.




“Mephisto” - El siguiente corte instrumental es muy breve (no llega al minuto) y hace las veces de transición con una melodía repetitiva y misteriosa que desemboca en uno de los grandes momentos del disco.

“The Song of the Sibyl” - El “canto de la sibila” es una melodía ancestral cantada en catalán y hecha inmortal por su uso durante las distintas ceremonias de la época de la Navidad en todo el mediterráneo y, particularmente en Mallorca. El texto habla del Apocalpsis y llegó a estar prohibido  tras el Concilio de Trento. La versión de Dead Can Dance es sobrecogedora, tanto en las partes cantadas a dúo como en las que ejecuta Lisa en solitario. Una maravilla.




“Fortune Presents Gifts Not According to the Book” - Del S.XV del que data la versión anterior del “canto de la sibila” saltamos a comienzos del XVII sin salir de España. Interpreta ahora el grupo una adaptación del poema del cordobés Luis de Góngora, “Da bienes fortuna”. La canción es interpretada en solitario por Brendan Perry y la parte instrumental es extraordinaria. Escuchamos un instrumento de cuerda pulsada, probablemente sintetizado, en la introducción que de repente cambia de ritmo introduciéndonos de lleno en el universo musical de la banda. Ambientes misteriosos y sonidos enigmáticos acompañan a la voz de “crooner” de un Perry en estado de gracia a lo largo de un tema que bien podría verse como un adelanto de canciones similares que el artista nos dejaría en discos posteriores.

“As the Bell Rings the Maypole Spins” - En muchas culturas europeas existe un baile que se suele celebrar en mayo en el que los danzantes giran alrededor de un poste de cuyo extremo parten una serie de cintas de colores que se entrelazan conforme avanza la danza. La visión de esta danza de Dead Can Dance es fascinante porque combinan en un mismo tema ritmos que bien podrían ser “trip hop” (de no ser porque en 1990 el género prácticamente no había nacido aún) con gaitas y cantos arcanos por parte de Lisa dando forma a una pieza hipnótica, fuera del tiempo.

“The End of Words” - Continúa el disco con una nueva exhibición vocal por parte del dúo que juega con la polifonía creando combinaciones magníficas entre dos voces que mezclan a la perfección (tres si unimos a David Sust). Una transición vocal de muchos quilates que nos deja ante otra de las joyas del trabajo.

“Black Sun” - Volvemos a escuchar a Brendan Perry como protagonista absoluto en una canción marcada por un poderoso ritmo sintético acompañado de sintetizadores y percusiones antiguas. Uno de los mejores temas del disco y también uno de los pocos que se ajusta al formato habitual de canción pese a estar imbuído del espíritu de Dead Can Dance desde el principio al final.




“Wilderness” - Una curiosidad de “Aion” es que es un disco en el que abundan los cortes de escasa duración. Aquí tenemos otro ejemplo aunque la duración no tiene nada que ver con la calidad. Una vez más, Lisa hace magia sin necesidad de ningún acompañamiento salvo el de ella misma haciendo todas las voces en una pieza, una más, magnífica.

“The Promised Womb” - Si hay un instrumento cuyo sonido nos traslada casi inmediatamente a la época medieval ese es la “viola da gamba”. De un cuarteto de ellas se sirve aquí el dúo para acompañar otro precioso lamento de Lisa Gerrard.

“The Garden of Zephirus” - Otro tema de transición, repetitivo como lo era “Mephisto” y en el que, aparte de una sencilla linea melódica, escuchamos samples con cantos de aves.

“Radharc” - Cerrando el disco tenemos una pieza que podría enlazar perfectamente con el siguiente trabajo de la banda que llegaría unos años después. Ritmos orientales y melodías del mismo corte se suceden de forma magistral hasta la entrada de los dos cantantes, Lisa como voz principal y Brendan como segunda voz. El título, procedente del gaélico irlandés, puede despistar al oyente ya que no hay ningún tipo de referencia celta en la pieza que, por otra parte, es un gran cierre para un trabajo mayúsculo.


Hemos dicho antes que “Aion” fue el primer disco grabado por Dead Can Dance tras la ruptura sentimental entre Brendan Perry y Lisa Gerrard y es cierto pero es muy posible que buena parte del disco estuviera ya hecha o, al menos, compuesta previamente. La grabación se hizo en su mayoría  en la iglesia de Quivvy, en el condado de Cavan, en Irlanda y el resto en unos estudios londineses y fue muy rápida. Contrasta con los más de tres años que transcurrieron antes del siguiente trabajo de la banda, en el que sí se evidenció la dificultad de trabajar a distancia. Sea como fuere, “Aion” es un disco que está entre esos trabajos a los que tenemos un especial cariño, no solo dentro de la discografía de Dead Can Dance sino en general.



 

lunes, 1 de abril de 2019

Dead Can Dance - Within the Realm of a Dying Sun (1987)



Hace un tiempo hablamos aquí de “The Serpent's Egg” como el disco que consolidó el estilo de Dead Can Dance y consagró al dúo como una de las propuestas más originales y con mayor personalidad del panorama musical de finales de los ochenta: el típico disco del que se suele decir que marca un antes y un después. Pues bien, en las dos próximas entradas vamos a hablar precisamente de eso: del disco que hicieron antes y del que llegó después.

Comenzamos por el “antes” y para eso nos situamos en los primeros meses de 1987 con la banda reducida prácticamente al dúo de Brendan Perry y Lisa Gerrard. Del quinteto fundacional se había caído James Pinker y también Scott Rodger (aunque éste último ni siquiera participó ya en el anterior disco de la banda). Peter Ulrich es aún parte de la grabación en calidad de percusionista pero a efectos prácticos, no forma parte ya del núcleo creativo del grupo. La evolución sonora de Dead Can Dance fue rápida ya que todos sus primeros discos mostraban un cambio casi total de instrumentación con respecto al inmediatamente anterior. De una formación casi rockera en su disco de debut pasaron a los trombones, percusiones y violonchelos en el segundo y de ahí a una formación camerística en este “Within the Realm of a Dying Sun” en el que escuchamos un quinteto de cuerdas, una potente sección de metales además de las ya acostumbradas percusiones, sintetizadores y la presencia del oboe de Ruth Watson. Pese a la apariencia clasicista, el sonido del disco no iba a tener mucho que ver con eso y sí con la particular propuesta de la banda que empezó a definirse en el disco anterior y aquí daba un paso más hacia esa mezcla entre música antigua con influencias orientales y con un aire atemporal que pocos grupos han sabido darle a su música. Junto con el citado Peter Ulrich y la pareja Perry-Gerrard, los músicos que intervienen en el disco son: Alison Harling y Emlyn Singleton (violines), Piero Gasparini (viola), Gus Ferguson y Tony Gamage (violonchelos), Ruth Watson (oboe), John Singleton y Richard Avison (trombones), Andrew Claxton (trombón y tuba) y Mark Gerrard (trompeta).



“Anywhere Out of the World” - Bastan unos simples compases para identificar rápidamente el estilo de Dead Can Dance. Percusiones metálicas y sintetizadores crean un ambiente lúgubre, ideal para acompañar a Brendan Perry en su primera intervención vocal del disco. Estamos ante una canción lenta en la que todos los detalles se suman para crear una sensación de inquietud. Como una especie de Depeche Mode góticos, Perry y Gerrard saben dar el toque melódico justo a piezas hipnóticas que nos trasladan a un mundo propio del que es difícil escapar.




“Windfall” - El segundo corte prima las cuerdas para formar una base a la que se añaden sutiles toques electrónicos. Las melodías son simples, casi minimalistas, y cumplen una función ambiental que deja en segundo plano cualquier otra intencionalidad.

“In the Wake of Adversity” - En la misma linea va la siguiente pieza en la que, eso sí, volvemos a tener el inestimable aporte de la voz de Brendan Perry. Cabe resaltar que en estos primeros trabajos, aun está muy contenida. Suele quedar bastante enterrada entre el resto de instrumentos en la producción, algo que sería rectificado paulatinamente en el futuro.

“Xavier” - Por fin y tras hacerse esperar, podemos escuchar a Lisa Gerrard en la introducción de la siguiente pieza; un lamento dramático que hace las veces de introducción para otra canción con Perry como protagonista. Los metales y las cuerdas aparecen de forma más nítida que en cortes anteriores y le confieren una solemnidad más acentuada a la que es, en nuestra opinión, una de las mejores piezas del disco.




“Dawn of the Iconoclast” - Una solemne fanfarria abre la segunda parte del disco que va a ser la del reinado de Lisa Gerrard. Su voz se basta y se sobra para llenar todo el espacio sobre una larga nota electrónica que sirve de colchón para una intervención espectacular. En determinados momentos la voz de Lisa se desdobla en un bellísimo juego vocal que se disuelve lentamente hasta el final del tema.

“Cantara” - Llegamos así a nuestra canción favorita del disco y una de las tres o cuatro mejores de Dead Can Dance según nuestro criterio. Comienza con un ritmo constante marcado por una cuerda sintética sobre el que se dibuja una bonita melodía. Por estos derroteros transcurre la pieza hasta que de repente aparecen las percusiones y los ritmos electrónicos y, por encima de todos ellos, la voz de Lisa Gerrard. Primero en solitario y luego con el acompañamiento de Brendan, ejecutan un motivo que va creciendo en intensidad hasta desembocar en un autentico torbellino musical. “Cantara” es una pieza extraordinaria cuya versión de estudio, sin embargo, palidece ante lo que son capaces de lograr de ella los miembros del dúo cuando la interpretan en directo. Una verdadera maravilla.

“Summoning of the Muse” - Jugar a ser solemnes tanto tiempo puede llevar a un empacho y el comienzo de este corte con las campanas mezclándose con las cuerdas parecía ir en esa dirección pero es ahí cuando aparece Lisa Gerrard al rescate con una serie de polifonías vocales que rozan lo sublime. El tema es grandilocuente, si, pero todo eso queda en un segundo plano en el momento en que escuchamos a la cantante de origen australiano. Su enorme potencial comienza a desatarse y ya no habrá forma de reprimirlo.




“Persephone (The Gathering of Flowers)” - Para el cierre, Lisa decide mostrarnos su registro más grave y conmovedor. Es en su primera mitad una canción procesional de gran belleza pero es aún mejor en su segundo tramo, con las cuerdas y los sintetizadores mezclándose para componer un complejo telar del que emerge de nuevo la voz de la cantante multiplicada en distintas lineas melódicas por un breve instante. El cierre es de intensidad creciente con instrumentos y voz en una simbiosis perfecta.

El tercer disco de Dead Can Dance es el que libera por fin el potencial vocal de Lisa Gerrard que se desplegará en toda su extensión en los trabajos siguientes. Reafirma también un estilo que llegará a su culminación con el siguiente disco “The Serpent's Egg” donde se incorporan plenamente influencias orientales que aún son sólo leves apuntes en este “Within the Realm of a Dying Sun”. Falta aún la última pata de la silla que sería el elemento medieval pero ese llegará con “Aion”, el disco que centrará la siguiente entrada del blog. De momento os dejamos con “Cantara” en directo. Una experiencia insuperable.